(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Provincias vascongadas. (España)."

Google 



This is a digital copy of a book that was preserved for generations on library shelves before it was carefully scanned by Google as part of a project 
to make the world's books discoverable online. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 
to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 
are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other marginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journey from the 
publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with librarles to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prevent abuse by commercial parties, including placing technical restrictions on automated querying. 

We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfrom automated querying Do not send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a large amount of text is helpful, please contact us. We encourage the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attribution The Google "watermark" you see on each file is essential for informing people about this project and helping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remove it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are responsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can't offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
any where in the world. Copyright infringement liability can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organize the world's Information and to make it universally accessible and useful. Google Book Search helps readers 
discover the world's books while helping authors and publishers reach new audiences. You can search through the full text of this book on the web 



a qhttp: //books. google. com/ 



Provincias Vascongadas 



¥-i 



Provincias Vascongadas 



f 

r 




I 



A 






-^ 



'^ >» is rioriiui II US niniis ^^^ 



-y 







i 



fr 






/ y 



// 



■^'^ 



'T 



L ]?í¡ÓIiO©0 



¥ .AS provincias vascas, más visitadas que conocidas, presen- 
«-^^tan. cual ningunas otras de España, condiciones y carac- 
teres originalísimos. La desigualdad y belleza de su suelo, lo 
diseminado de su población, las costumbres de sus habitantes, 
y, sobre todo, su idioma, exigen de este país especial y detenido 
estudio; tanto más necesario, cuanto más ignorados son sus 
orígenes, aunque tantos se le suponen. Si como afirma Estrabón, 
en su tiempo había en España monumentos que tenían más de 
600 años de antigüedad, no se referiría seguramente á ninguna 
de aquellas provincias, porque no se tiene ni la más remota idea 



VI 



P R ó L o GO 



de ellos; y si á los hoy conocidos pudiera señalárseles tal fecha, 
su descubrimiento no data de la época del ilustre geógrafo, sino 
de nuestros días. 

En los pocos monumentos que se conocen de los vasconga- 
dos, parece que han tenido presente aquello de que los pueblos 
no viven ni deben vivir de sus glorias ; bastábales sin duda te- 
nerlas, no necesitaban evocarlas ó perpetuarlas, por creerse 
siempre capaces ó dispuestos á repetirlas, y estar habituados ó 
tener afición á los goces tranquilos del hogar y de la familia. 
Más nos inclinamos á esta creencia, que á comparar á los vas- 
cos con esos degenerados individuos de la nobleza, que debiendo 
sus títulos á las heroicas proezas y caballerosos hechos de sus 
antepasados, olvidan su origen profanándole, y venden ó man- 
chan sus ejecutorias, para ellos inútiles, por sustituir con actos 
vergonzosos y feos los muy elevados que merecieron las debi- 
das recompensas, honrando á los que los ejecutaron, que á la 
vez que se enaltecían á sí mismos enaltecían á la patria. 

Aislado siempre el vascongado, hallábase sin duda bien ave- 
nido en su aislamiento, sin cuidarse de consignar sus hechos. No 
conozco país más desprovisto de antiguos documentos, si excep 
tuamos algunos llamados poemas ó versos, conocidos sólo por co 
pias, en los que se cantan antiguas hazañas, y aunque su antigüe 
dad no neguemos, no está comprobada de una manera evidente. 

Y no es porque asintiendo á agena opinión, admitamos que 
la historia sea una fría cronología, en la cual deban marchar 
todos los sucesos derechamente para adquirir en todas partes á 
la vez igual importancia ; porque alcánzasenos también que, 
sometida la humanidad á las mismas perturbaciones que el cuer 
po humano, la fiebre y la calma, la agitación y el reposo, obran 
alternativamente sobre cada parte del organismo, y no falta 
algún miembro ó algún órgano, que atrae hacia sí la vida de la 
historia y la atención pública. Esto habremos de conseguir á 
costa de exquisitas investigaciones, supliendo el afanoso celo y 
la constancia, el vacío del monumento y del libro. 



I' R U L o íl o 



Vil 



Aun cuando en algunos puntos, después de lo mucho que 
de ellos se ha escrito, « sábese que nada se sabe,» como ya se 
ha dicho acertadamente al tratarse del idioma éuscaro, no por 
eso hemos de desanimarnos y dejar de consultar hasta las pie 
(iras, con la esperanza de que no sea completamente infructuoso 
nuestro trabajo; pues ya que no profundicemos ninguno de los 
asuntos que afectan á la historia del país vasco, en todas sus 
manifestaciones, de todos hemos de ocuparnos, y quizá con al- 
gún provecho, aun dada la escasez de nuestras fuerzas, que no 
corre el tiempo en vano para el esclarecimiento de algunos ig- 
norados ó desfigurados hechos. 



II 



Un distinguido bilbaíno (i), pretendiendo encerrar en la 
hoja de un álbum toda una historia, ha dicho: 

«Vemos en todas épocas al pueblo vascongado, ni indepen- 
diente ni sujeto, con tales condiciones de sujeción é independen- 
cia, que le pongan por completo en el caso de meras provincias 
ó señoríos subalternos, ni le coloquen tampoco en el más alto 
predicamento de las monarquías influyentes. Envuelve sus prin- 
cipios la oscuridad de los tiempos como la niebla sus montañas, 
y bien así como los rayos del sol la disuelven poco á poco mos- 
trando al cabo entre las flotantes nubes que se alejan las cum- 
bres y los valles antes ocultados, de la misma manera va disi 
pando el tiempo la confusión y duda de nuestra historia para 
enseñar, sino soberbios alcázares y torres primorosas, sencillas 
viviendas y amenísimos lugares, donde se invoca á Dios con 
nombre no aprendido de pueblos conquistadores». 



(i) D. Fidel de Sagarminaga. 



Indudablemente que sólo el tiempo puede ir disipando la 
confusión y la duda de la historia del país vascongado, cuando 
hasta el mismo suelo era desconocido de los primeros historia- 
dores, y aun geógrafos. Ya fuera por aversión al pueblo éuscaro, 
como lo declaran los mismos escritores romanos, por la dificul- 
tad de la pronunciación de sus nombres y de los de las pobla- 
ciones, los cuales les latinizaban, ó por no tener un completo y 
exacto conocimiento del país y de los hechos de sus pobladores, 
la confusión, en efecto, no puede ser más grande. 



lll 



Contemporáneos de la creación, testigos y compañeros de 
todos los cataclismos, son los eternos Pirineos, que cruzan el 
país vasco, y nosotros los cruzamos para visitarle. 

No podemos comprender encerrados en un coche, y con 
vertiginosa velocidad conducidos, la imponente grandeza del 
trayecto que se recorre desde poco más allá de Salvatierrra 
hasta Irún, sin que prescindamos de la alegre llanada de Álava. 
La estrecha garganta de la Borunda por la que pasamos para 
ir á Alsasua ; el circular paso de la divisoria de Otzaurte ; los 
bellísimos panoramas que se extienden á nuestra vista cada vez 
que salimos de uno de los 26 túneles que horadan los Pirineos, 
sucediéndose estos túneles casi sin interrupción y habiéndolos 
como el de Oazurza, de cerca de 3 kilómetros ; el viaducto de 
Ormaiztegui, verdadera obra de titanes, y serpenteando siem- 
pre el tren por entre elevados montes, cubiertos de verdor pe- 
renne, y por encantadores valles sembrados de blancos caseríos, 
siguiendo las carreteras el tortuoso curso de los ríos, aparece 
todo á nuestra vista como un sueño fantástico, y se suceden, 
como en una linterna mágica, los más bellos cuadros. Y si á 



la izquierda de Miranda tomamos el camino de Vizcaya, al 
ascender á la Peña de Orduña, rodeándola, para bajar á la ciu- 
dad vizcaína, hallándose el viajero casi al nivel del elevado Gor- 
bea, á su frente domina los pintorescos valles que se van suce- 
diendo sin interrupción hasta Bilbao, valles surcados por ríos, 
cercados de montañas y adornados con cascadas. 

Por todas partes los Pirineos ó sus derivaciones ; esas altas 
montañas que han tenido y no pueden menos de tener siempre 
grande importancia, no sólo en los límites de los Estados y de 
las provincias sino en las condiciones especiales de sus habitan- 
tes, por la naturaleza del suelo, por el clima, por la vegetación, 
por el gran papel que representan en las revoluciones políticas 
antiguas y modernas, aun cuando ellas no fueran hasta cierto 
punto las bases de la geografía física. 

Esa elevada cadena que desde el cabo de Creus en Catalu- 
ña se extiende hasta el cabo de Finisterre en Galicia, en su parte 
oriental separa á Francia de España, y domina á Cataluña, Ara- 
gón y Navarra, formando los Pirineos propiamente dichos, atra- 
viesa la parte occidental las provincias vascas, y la septentrio- 
nal Castilla la Vieja, Asturias y Galicia, teniendo como punto 
dominante el Monic de la Maladctta, que se eleva 3403 metros 
sobre el nivel del mar, poseyendo también su historia ó su tra- 
dición mitológica, que no carece de belleza. Así la refiere Mon- 
caut (i) : 

« Hércules, ese titán humano, que parece servir de lazo de 
unión alegórico entre el trabajo de la Naturaleza primitiva y el 
primer esfuerzo civilizador del hombre, siguiendo sus peregrina- 
ciones en el límite de España y de las Galias, encontró á la nin- 
fa Pirene de la que estaba perdidamente apasionado. Observe- 
mos que esta ninfa acuática contiene como raíz de su nombre 
la palabra griega pur, puros, fuego... una ninfa de fuego; lo 
cual parecería extraño, si no hubiésemos hablado del foco cen- 



( I \ Hisloirc Jas Pyrenées. 



tral, trabajando bajo los mares para romper la corteza supe- 
rior. 

• Debía ser un espantoso y gigantesco amor el de este semi- 
diós que recorría la tierra para exterminar los monstruos. En 
los mayores esplendores de su pasión, el objeto que la inspira- 
ba desaparece por un suceso trágico... Al aspecto del ensan- 
grentado cuerpo de su amante, Hércules prorrumpe en clamores 
y amenazas dignas del héroe cuya maza es como el rayo de Jú- 
piter. — La enterró llorando, y para erigirle un mausoleo que no 
le pudiesen destruir los hombres ni el tiempo, pone roca sobre 
roca, montaña sobre montaña y forma esas inmensas pirámides 
que denomina los Pirineos. — La ninfa del fuego, durmiendo bajo 
la cadena de montañas que le sirve de tumba, ¿no es la traduc- 
ción poética, reducida á las proporciones de la mitología griega, 
del gran cataclismo del cual la geología nos ha revelado la ra- 
zón y las leyes?» 

Esa inmensa línea de 90 kilómetros que se eleva desde el 
Mediterráneo al Océano, no es solamente una solución provi- 
dencial del sistema hidráulico para regar extensas comarcas de 
España y Francia, sino un santuario de independencia abierto á 
las razas oprimidas. 

Y en efecto, como la historia enseña, casi todas las monta- 
ñas han llenado á su vez esta misión : los Alpes á la voz de 
Guillermo Tell; el Olimpo y el Oeta amparando á los últimos 
griegos perseguidos por los turcomanos, y en nuestros días los 
Krapachs, el Cáucaso y el Atlas ofreciendo el mismo refugio á 
los polacos, á los georgianos y á los berberíes, débiles todos pa- 
ra resistir á los enemigos que les arrebatan ó turban su nacio- 
nalidad ; pero este carácter protector de las montañas, en nin- 
guna parte se presenta más permanente, más grandioso y 
rodeado de más heroísmo que en los Pirineos. 

Es muy competente nuestra generación para dar testimonio 
de tales afirmaciones : si Francia y España, campo de batalla 
de tantos pueblos conquistadores, han visto en estas montañas 



PRÓLOGO 



XI 



SU Yugurta y su Guillermo Tell, su Abd-el-Kader y su Chamil,... 
y últimamente un Zumalacarregui, han sido además el asilo na- 
tural donde los vencidos de todas las naciones, griegos é iberos, 
romanos, vándalos, cántabros y visigodos se refugiaron en ellas 
para protestar contra el sistema de exterminio practicado por 
los devastadores. 

Así los Pirineos fueron el asilo bienhechor donde los restos 
de aquellas naciones conservaron sus penates y sus creencias ; 
y en aquellos valles ha encontrado el historiador al ibero, al 
galo, al cántabro, al autrígon, al caristo y al várdulo, con 
sus costumbres y libertades primitivas; pues aunque dos mil 
años de lucha las modificaran, no las destruyeron ni aun con 
todo el poder y la saña de una especie de feudalismo gro- 
sero y feroz, que en pocas partes de España ha tenido más 
dominio que en el país vascongado, merced á la docilidad 
de sus sencillos pobladores. 

Y es notable y triste verdad ; « estos pueblos de una misma 
familia, esta región de una naturaleza tan particular, no posee 
historia propia: se necesita para hallar sus anales, examinar una 
multitud de crónicas, de monografías parciales, después de cuyo 
estudio habrá pocos lectores que no retrocedan asustados. Se 
comprende desde luego cómo estas obras son impotentes para 
enseñar el conjunto de los hechos, á pesar de la importancia de 
sus indagaciones bajo el punto de vista local. 

»Las poblaciones pirenaicas no son mejor tratadas por los 
historiadores de Francia y de España, que muy preocupados 
con las fronteras políticas que separan las dos naciones, no han 
tenido bastante en cuenta la homogeneidad política y social que 
ha reinado especialmente en las mesetas pirenaicas en los siglos 
pasados: han considerado á sus habitantes como separados por 
la cresta de las dos vertientes, y han confundido con Cataluña, 
Aragón y Navarra, el país vasco, el bearnés, el bigorrés, el Co- 
minges y el Rosellón ; y esta nacionalidad compacta, hablando 
la misma lengua, compartiendo las mismas vicisitudes, se en- 



Xlt 



PROLOGO 



cuentra destruida por una violenta separación en dos partes que 
nada puede justificar (i). » 

Hemos reproducido las anteriores líneas, como una demos- 
tración de cuál es también nuestro trabajo, no para hacer la 
historia de un país mal conocido y peor juzgado, que no es 
nuestro propósito, bastándonos sólo presentar sus vicisitudes y 
hechos más salientes ; pero aun para esto, no sólo se carece de 
monumentos escritos, sino artísticos, y los que de estos existen 
en algunas comarcas, unos no se han explicado bien y otros se 
desconocen. Se ha carecido siempre de una base segura, se 
cuestiona hasta la raza á que pertenecían los primeros poblado- 
res de las provincias vascas, y todo son dudas y suposiciones, 
que han revestido cierto carácter por el apasionamiento con que 
algunos puntos se han tratado ; apasionamiento que aún existe. 

Han consignado algunos que los vascos-cántabros fueron 
los primeros habitantes de los Pirineos Occidentales; que se es- 
tablecieron incendiando los bosques que cubrían las montañas, 
perpetuando la memoria de este incendio los nombres de diver- 
sos sitios y de pueblos como Zibero, Zuhara, Subaste, Zugarra- 
murdi, Germendi, etc., etc. «Diodoro de Sicilia, hablando con 
la exageración familiar á los autores griegos, cuenta que el ex- 
cesivo calor del incendio hizo correr un río de oro y plata que 
los Pirineos contenían abundantemente en su seno.i Y afíade 
Chaho: tUn hecho digno de notarse es que aun en tiempo de 
Estrabón, los éuscaros y los celtíberos, que no poseían mone- 
das, y sólo comerciaban cambiando, pagaban frecuentemente en 
granos, láminas ó lingotes de oro y de plata, las mercancías 
que compraban.» 

Estos metales preciosos se han convertido sin duda en hie- 
rro; porque ni memoria existe de que los Pirineos contuvieran 
oro ni plata, y menos para que corrieran ríos ni arroyos de tan 
preciosos metales. 



(i) HMo&t (tti Pyrenies, por Si. Cínac Moncavt. 



PRÓLOGO XIII 



IV 



La cuestión iniciada en el siglo xvi por el sabio historiador 
Jerónimo Zurita en su descripción de los verdaderos límites de 
la Cantabria, ha sido desde entonces tratada por muchos y muy 
ilustrados escritores, y parécenos que si no está ya dilucidada, 
nos ha puesto en camino de serlo el Sr. D. Aureliano Fernán- 
dez Guerra, cuya opinión siguen otros, rindiendo el debido tri- 
buto á lo que considera verdad histórica , á la cual todo debe 
sacriñcarse. 

En este asunto no comprendemos el empeño de los escrito- 
res vascongados (i), porque á nuestro juicio ni aumenta ni dis- 
minuye la gloria del país. ¿Qué importa á los éuscaros ser ó 
haber sido cántabros? ¿Puede dudarse de su valor, de su cons- 
tancia, de todas las virtudes que han poseído y poseen porque 
procedan de Tubal ó de Jafet, de los iberos ó de cualquiera de 
las muchas razas, naciones ó pueblos á que pertenecían los pri- 
meros invasores de nuestra Península, porque hayan estado en 
paz ó en guerra con cartagineses y romanos? 

No intentamos, ni espacio para ello tenemos, aun cuando 
la aptitud no nos faltara como nos falta, contender en la deba- 
tida cuestión de si los celtas vinieron á la Iberia de la Galia ó 
fueron á ésta desde nuestra Península ; bástenos la evidencia de 
que existió en este suelo aquella raza belicosa, bárbara, y como 
era semi-nómada, lo mismo pudo mezclarse con los iberos por 



(i) Entre los que debemos exceptuar está el Sr. D. Ladislao Velasco, que 
dice en su libro Los Éuscaros: «Difícil sino imposible es señalar con precisión los 
límites de la llamada Cantabria en las tres épocas citadas, moviéndose sus fronte- 
ras al compás de los sucesos, y señalados sus diversos pueblos por autores que 
escribían desde lejos, muchos años después, é ignorando casi siempre sus verda- 
deros nombres ó desfigurándolos lastimosamente.» 



XIV 



PRÓLOGO 



la fuerza, que pacíficamente, según opina Estrabón, y según 
Diodoro de Sicilia, después de larga lucha. Lo cierto es que vi- 
vieron mezclados los celtas y les iberos, y que no ocuparon sólo 
la Celtiberia, sino toda la Península. De que así lo encontraron 
los romanos, dan testimonio sus escritores y los griegos; y el 
vacío que ellos dejan, de anteriores épocas, le llenan, en parte, 
los monumentos que no faltan, aunque no abundan, en las pro- 
vincias vascongadas (i). 



(t) «Los fragosos términos boreales de nuestra Península, ceñidos en exten- 
sión de I 20 legfuas por el Océano desde el cabo de Finisterrc hasta la desembo- 
cadura del Bidasoa y arranque de los montes Piíincos, fueron en la mus remota 
edad asiento de aquellas tribus ¡oféticas un tiempo acampadas, á orillas de los 
ríos, en las faldas meridionales del Caucase, entre la Cólquidc, la Armenia y la 
Ab.-inia. Decíanse iberos, esto es, ribereños, en oposición á los celtas, ó siquier 
montañeses, 

«Parte de los iberos emigraron hacia el Norte, pasando el W'olga y subiendo 
hasta los estribos de los montes ('rales, donde aún quedan, según parece, vesti- 
gios de su antiquísima lengua. 

nPartc vadearon el Don, el Dniéper y el Dniéster, ya tomando rumbo hacia las 
fuentes del Vístula por detrás de los montes Carpacios, yn viniendo á las orillas 
del Danubio. Cuando lograron esguazarle, bajaron á Tracia, cuyo rio principal, 
hoy Maritza, que nace en los Balkanes y desemboca en el Archipiélago frente a la 
isla de Samotracia, guardó en su antooomástica denominación de Ebro memoria 
de aquella gente. 

••Creciendo en pueblo numeroso é inquieto, rebosaron por los términos occi- 
dentales, poblaron la Liguria y la Aquitania. y pudo tan sólo el vasto Océano 
español (diez y ocho siglos antes de la era cristiana) ser dique á su espíritu aven- 
turero. 

nOtra nación mas oriental, nómada y feroz, enemiga implacable de las honra- 
das tribus agrícolas, hecha á vivir de saitcamicntüs y robos, y por ello á guarecer- 
se astuta en muy cerrados tosQucs (de donde les vino el renombre de cellos), 
ocupó las intratables llanuras de lu Tartaria ó Escitia. Complacíase en abandonar 
sus aduares y ranchos cada primavera, invadiendo los territorios vecinos, sin 
detenerse hasta encontrar sitio á su gusto que á viva fuerza dominaban. Lnos 
veces superados los montes Kifcos, subían hasta los hielos del Norte; y no pocas 
deteniéndose largos üiglos entre el Don y las apacibles riberas del Danubio, lan- 
taban desde allí valientes cotonios á las faldas alpinas y pirenaicas y á las tierras 
de los señores y kcltorios, 

«Mil y quinientos unos antes del nacimiento de Cristo cayeron sobre España, 
llevando la desolación y la muerte á sus campos, y encendiendo horrible lucha 
entre sus paciücos moradores. Domado el Píriaco. se corrió la mayor parte de los 
celto-galos hacia las fuente» del Ebro. encastillándose en los agrios montes de 
Ualicia y Asturias, paro dominar más adelante las sierras de Portugal y Andalu- 
cía; mientras los célticos embreñados en las de Aragón y Navarra, cuáles por 
alianza con las tribus ibéricas primitivas, cuáles uniéndose li muchas en matri- 
monio, se vieron señores de la extensa región que por este vinculo se hubo de 



PRÓLOGO XV 

Á cinco kilómetros al sur de Vitoria se han encontrado no 
há mucho, dos brazaletes de oro, de tosca y sencilla manufactu- 
ra, hachas de piedra, cuchillos de silex, puntas de flechas, de 
lanzas, alisadores, cuñas de silex ó piedra, y dientes de anima- 
les desconocidos, cuyos objetos parecen pertenecer á los aborí- 
genes ú hombres de las primeras edades, á pueblos anteriores 
al celta; informando de todas maneras respetable antigüe- 
dad (i). 

Y no sólo en Álava, sino en Guipúzcoa y en Vizcaya, si hu- 



llamar Celtiberia. Todavía mediado el siglo viii de nuestra era, y cuando con la 
insensata revolución que entregó la península ibérica al yugo de los alárabes, 
quisieron nuestros pueblos hacer ostentación de su origen y antigua libertad, di- 
jese oficialmente Celtiberia (lindante con las provincias cartaginense y galaica) 
así cuánto se extiende desde el río España en Asturias hasta la desembocadura 
del Bidasoa, como cuánto hay desde las riberas saguntinas hasta el límite de 
Francia. La linea meridional de la genuina Celtiberia, cortaba, pues, las montañas 
de Asturias, buscando el nacimiento del Carrión ; y por bajo de Lerma y Salas de 
los Infantes, y por cima de Soria, Teruel y Segorbe, llegaba al Mediterráneo, poco 
después de tocar en Ara-Christi del Puig, entre Murviedro y Valencia. ¡ Con cuán- 
ta razón Tito Livio llamó á la primitiva Celtiberia «región entre dos mares»! 

»E1 incesante flujo y reflujo de tan varias y numerosas tribus cazadoras, gue- 
rreras y mercaderes, como invadieron la península durante los diez y ocho siglos 
anteriores á nuestra redención, trajo á España gentes de toda la redondez de la 
tierra. Pasaban de treinta las naciones que sólo entre la Coruña y el Tajo se nu- 
meraban al tiempo de la división de Augusto ; mientras que en la genuina Celti- 
beria subían á diez y nueve, ya iberas y celtas, ya celto-escitas (es decir los habi- 
tantes de las selvas armados de arco), ahora, de tracios, lacones y focenses. Bien 
se ha de imaginar que las más inquietas y audaces ejercieron el supremo domi- 
nio, arbitras de la paz y de la guerra. Así llegaron á prevalecer los saefes en la 
comarca del Sil ; los kempsos en la del Duero ; mientras en las antiguas montañas 
y costas de Burgos, reinó la prosapia de los draganes. Había esta última abando- 
nado las nevadas selvas de la Escitia ; y su primer población, Drdkina, que signi- 
fica la breñosa y áspera, en la provincia de Santander, aún no se sabe dónde 
estuvo. 

«Poseían los cántabros, ó sean los mas atrevidos c inquietos de los célticos- 
draganes, la marina que corre de Villaviciosa á Laredo, y lo mediterráneo limita- 
do por las guájaras de Covadonga y Liébana, fuentes del Carrión; Buenavista en 
las márgenes del Valdavia; confluencia del rio Fresno, ó de Amaya, con Pisuerga; 
y desde la antigua Móreca (hoy Castro-Morca, oriental y finítima á Villadiego) 
hasta el rio de Agüera, occidental á Castro-Urdiales. Ese fué el territorio de la 
Cantabria.»— £/ Libro de Sanioña, por el Sr. Fernández Guerra. 

(i) Conserva estos objetos, que hemos visto, nuestro antiguo amigo D. La- 
dislao de Velasco. 

Los dientes ó muelas parecen pertenecer, una al Hispariam Prostylimus, fósil 
de la época terciaria, anterior al hombre, y las otras dos al Equus fosilis de la 
cuarta. 



PRO LOGO 



bíera más añción á estas investigadoncs, se baUarían objetos 
parecidos; pues algunos otros existen que acusan no menor 
antigüedad. Ya que no hay monumentos escritos, lo son, y 
grandes, los de piedra y hierro; y asi como los encontrados en 
Álava dan testimonio de la existencia de una raza primitiva, de 
los íberos quizá, existiendo éstos en aquella tierra, no podían 
menos de existir en la más montuosa de Guipúzcoa y Vizcaya, 
antes de mezclarse con los celtas, que no serían seguramente 
los que habitaban en Álava anteriores á los de aquellas monta- 
fias (i). 

Asi á la vista de los monumentos hasta hoy conocidos, dijo 
con razón el Sr. Amador de los Ríos: «Observando el número 
de sus monumentos arquitectónicos, su especial carácter y la 
época en que fueron los más construidos, concíbese fácilmente 
que aquellas comarcas vivieron largo tiempo en un estado ex- 
cepcional, y en un alejamiento un tanto sistemático, de las co- 
rrientes de la civilización general del Occidente; hecho peregri- 
no, de que da visible y cabal testimonio la existencia allí de una 
lengua primitiva, como lo es sin duda la lengua éuscara.» Allí 
ha encontrado, en efecto, á la vez que ruinas arquitectónicas, 
numerosas inscripciones romanas y notables fragmentos esta 
tuarios del arte clásico. 

Escritores antiguos han referido las costumbres de los cán- 
tabros, presentándolos como enemigos del reposo y de la ocio- 
sidad, insensibles al frío y al calor, tolerando con alegría los 
trabajos más penosos; y en efecto, examinando el retrato que 



( I ) Kesulta, por ejemplo, de un pasaje de iJiodoro de Sicilia, que los celtas y 
los iberos, mezclados en Aragón, provenían de dos razas diferentes. Véase la tra- 
ducción literal . «nespués de haber hablado de ios celtas con bastante extensión, 
ya es tiempo de pasar a sus vecinos los celtíberos. Estos dos pueblos, los iberos 
y lo* celtas, después de hacerse la guerra para la posesión del territorio que ocu- 
paban, concertaron la paz, conviniendo poseer el país en común, contraycnd<> 
alianzas, y recuerdan aun que de esta fusión les vino el nombre de celtíberos, 
pueblo heri^ico procedente de dos poderosas naciones.» .Martial, que era aragonés. 
nos enseña que sus compatriotas se consideraban como procedentes de una mez- 
cla de ibero» y de celtas.— Chamo. 



PRÓLOGO 



XVII 



nos han legado de aquellos naturales, ya por ser finítimo el 
vascongado que no podía menos de participar de idénticas cua- 
lidades, ó porque también se refirieran á ellos, de todas mane- 
ras hallamos poco diferentes sus hábitos antiguos de sus cos- 
tumbres actuales. Hoy los vemos tan sobrios como en su vida 
primitiva nos cuentan; y los que eran infatigables aficionados á 
todos los ejercicios propios para fortalecer el cuerpo, son hoy 
incansables y apasionados por los juegos de pelota, de la barra 
y de la carrera. Sencillos y modestos en su porte, abrigan un 
corazón valiente y un alma demasiado altiva; y así como se 
someten voluntariamente á la mayor servidumbre, sacrificarán 
su bienestar y su vida antes que someterse á una esclavitud 
odiada, ó perder su libertad querida. Orgullosos de ella desde 
sus primitivos tiempos, consideran su más sagrado deber con- 
servarla, y saben que no es tan fácil arrebatársela, porque la 
defiende su suelo. 

En los vascos y en los cántabros se transmitían de padres 
á hijos, con el amor entusiasta por la independencia, el odio im- 
placable hacia los enemigos. Así preferían las madres degollar 
á sus hijos antes que verlos en poder del contrario; los hijos 
mataban á su padre cuando le veían cargado de cadenas ; her- 
manos al hermano. Rudas virtudes belicosas que eclipsaban las 
de los espartanos. 

Transmitiéndose de padres á hijos aquella intrepidez y per- 
severancia en todos los peligros y fatigas de la guerra, aquel 
desprecio de la muerte, aquella constancia en sus aficiones, 
aquel odio implacable en sus enemistades, eran no menos á 
propósito para provocar al enemigo que para combatirle. Ági- 
les, flexibles, nerviosos y muy vivos en sus danzas, que no han 
sufrido variación alguna, al son de un tamboril y de una flauta 
de tres agujeros; inquietos, turbulentos, tan prontos para irri- 
tarse como para sosegarse, vese en los actuales vascos retrata- 
dos los primitivos pobladores de las costas de aquel mar que 
las azota impetuoso, de aquellos montes que abrigan entrañas 



Jk 



XVIIl 



I t o G o 



de hierro, de aquellas cordilleras cubiertas de bosques secula- 
res, pobladas de durísimos robles y más durísimas hayas, y df 
aquel suelo, que, en general, sólo presenta alguna pequeña lia 
nura donde los ríos tienen su lecho. 

Para pelear usaban una especie de escudos llamados /¿■//tu, 
el venablo, la honda, la espada y armas así ligeras, que no es- 
torbaban su agilidad para correr por las montañas y asaltar ó 
sorprender al enemigo. Era tal la costumbre, ó la necesidad de 
guerrear, al menos en los tiempos á que se refieren los antiguos 
historiadores, que, cuando se creían inútiles para la guerra, 
preferían la muerte á una vejez que consideraban deshonrosa, 
y se precipitaban de lo alto de una roca (i). 

Estrabón enseña que los éuscaros no se trataban mucho con 
los demás españoles. Según él, la vida de aquellos montañeses 
era pobre y miserable, comparándola sobre todo con el lujo que 
reinaba en Roma bajo Augusto y Tiberio. «Comían, dice este 
geógrafo, pan de bellotas dulces; durante la tercera parte del 
año, no bebían más que agua; cuando por ventura se procuraban 
vino, le consumían prontamente en sus alegres banquetes á los 
cuales convidaban á sus parientes y amigos. La manteca y la 
grasa sustituían al aceite para la preparación de los alimentos. 
Para sus comidas, se sentaban al rededor de una mesa circular, 
ocupando los puestos de honor los ancianos y las dignidades de 
la república. Los jóvenes cantaban y bailaban durante el festín. 
En algunas comarcas los montañeses formaban sus lechos en 
tierra con yerbas y hojas. No poseían moneda nacional, y co- 
merciaban cambiando. Castigaban con la muerte los grandes 
crímenes, precipitando á los culpables de lo alto de una roca, 
y á los parricidas se les llevaba fuera del país para matarlos. 
Las mujeres cántabras vestían trajes floridos y brillantes; los 



(O 



i'.Mtti pigrfl incnnuit 'L-tas 
taihcllL'S lamdudum annub prxvcrtcrc saxo : 
nec vitam sinc Marte pati.. 

SlLt» i i M >i.^>, I. Ili. 



PROLOGO XIX 



hombres de negro, dejando caer afeminadamente sobre sus espal- 
das los bucles de su larga cabellera, siempre desnuda la cabeza, 
aun en campaña, y combatiendo con la espada y el escudo. En 
las noches de luna llena, se les ve á la puerta de sus habitacio- 
nes con su familia, cantar á coro, ejecutar danzas y venerar á 
un Dios desconocido, por el que celebraban festejos que dura- 
ban hasta el amanecer». 

«Los éuscaros combatían armados á la ligera, teniendo por 
armas defensivas, dice el geógrafo, un haz de nervios fuerte- 
mente unidos (eskuta), ó una pequeña rodela redonda (errede- 
la) que se ajustaban con correas. Sus armas ofensivas eran la 
javelina, el hacha, y una espada de su invención, larga, punti- 
aguda, de dos ñlos, la espada iberiana, elogiada por Polibio, que 
los romanos adoptaron, y que aterrorizó á los griegos la pri- 
mera vez que experimentaron sus terribles efectos». 

Según los límites señalados por antiguos geógrafos, no ha- 
bía más vascos que los pobladores desde Pasajes, Fuenterrabía, 
Irún y el valle de Oyarzún para arriba : antepasados diferentes 
de los actuales guipuzcoanos, vizcaínos, alaveses y navarros es- 
pañoles, todos los cuales, dice el P. Flórez: «bajaban mucho 
del Norte al Mediodía». Estos vascos españoles, son reputados 
por Moncaut, por tronco y progenie de los vascos franceses ; 
fundándose para esta afirmación, en que la irrupción céltica que 
quince ó diez y seis años antes de Cristo, penetró en España 
por las fronteras pirenaicas más vecinas al Mediterráneo, obligó 
á los iberos á cejar hacia el Pirineo Oceánico, desde donde se 
fueron dilatando hasta topar con los cántabros, los cuales pu- 
sieron ya un dique á su inundación, obligándoles á contentarse 
con el abrigo de los fragosos montes que se alzan en Guipúzcoa 
y Vizcaya, ó á pasar al otro lado á las vertientes septentriona- 
les de la gran cordillera, como con efecto pasaron muchos, ocu- 
pando y poblando la Aquitania. 

Chaho opina que los vascos de los Pirineos se dividen en 
siete principales familias ó tribus: souletinos, altos-navarros, 



XX 



bajos-navarros, labordanos, guipuzcoanos, alaveses y vizcaínos, 
y de estas siete poblaciones que constituyen un conjunto miste- 
rioso, cuyo origen tanto ha preocupado á los anticuarios, cua- 
tro: los labordanos, los guipuzcoanos, los alaveses y los vizcaí- 
nos, los considera como pertenecientes á la familia cántabra. 
La alta y baja Navarra es representación de los antiguos vasco- 
nes. Los souletinos son de raza vascona ó navarra ; á menos 
que por sabias inducciones sacadas de su dialecto particular, no 
se les considere como un resto de los iberos que habitaron pri- 
mitivamente la Nueva-populania ó Aquitania del César. 

De todos modos, el país que media entre el Bidasoa y el 
Nervión se dividía en tres distintos pueblos: autrígones, caristos 
y várdulos. 



« Algunos hijos de este suelo, arrastrados por su excesivo 
cariño al país, han pretendido con más patriotismo que razón, 
negar toda fundación romana no ya dentro del recinto sagra- 
do de la montaña, sino en sus vertientes del Oeste y Mediodía, 
en la llanura de Vitoria y Valle de la Borunda (i).» 

Citamos estas líneas de un vascongado nada sospechoso 
por su grande amor á su país, para prevenir juicios de apasio- 
nados euscalrriacos, que no sólo han negado que los romanos 
pisaran siquiera el territorio vascongado, sino que se oponen 
terminantemente á que no sean unos mismos los vascos y los 
cántabros. No parece sino que hay interés, como ha dicho muy 
oportunamente un distinguido escritor moderno, en representar 
á sus antepasados como indóciles, belicosos y ferocísimos, se- 



(t) Lo$ Buscaros, 



PRÓLOGO 



XXI 



gún fueron, á no dudar, los naturales de la Cantabria antigua. 

No volvió á abrir Augusto las puertas del templo de Jano 
para batir á los vascongados, sino á los cántabros, que inquie- 
tos por demás y malos vecinos, t movían á toda hora litigios y 
guerras á sus otros vecinos y aliados de Roma : es decir, á los 
vácceos, de tierra de Campos; á los turmódigos, de Burgos y á 
los autrígones, raza vasca ó ibera primitiva que poblaba los tér- 
minos de Castro Urdíales y Bilbao, juntamente con los valles 
de Mena, Orduña, Sedaño y Trías, y los alfoces de Pancorboy 
Briviesca (i).» 

No fué campo de pelea el territorio vascongado ó sea el de 
los autrígones, caristos y várdulos, sino el de los cántabros; y 
en tierra cántabra ganaron los romanos las batallas de Vc¿¿ica, 
junto á Aguilar de Campóo; de Vinni >, ó Sierras Albas, donde 



(i) El Libro de Sanloñn, y añade : «Guerrero por inclinación, la vida sin con- 
tinua batalla era enojosa c insoportable para el cántabro, excitándole á buscar sol- 
dada en extranjera hueste. Ni halló igual la indomable fiereza cnnt.ibricn. Muchos 
de ellos, los cóncanos especialmente, habitadores en la Licbana y en la marina de 
Comillas y Santillana, conservaban la costumbre escítica de beber sangre de ca- 
ballo: otros, reconociéndose hijos de los masagctas y gelonos de la Tartaria, lle- 
vaban tocados á manera de turbantes; y tocios ellos comían pan de bellotas, be- 
bían en vasos de cera, embriagábanse con el zitho ó cerveza, no usaban aceite sino 
la grosura y la manteca de vacas, y tenían por cama el duro suelo. Muchos no ha- 
blan perdido aún las costumbres traces, militando lodo varón, y dejando para 
mujeres la tarea de labrar y cultivar los campos. El esposo había de dotar a la 
doncella: pero extraños a la plata y al oro, desconocían la moneda ó jamás se 
prestaban á recibirla. Cambiaban frutos por frutos ó por manufacturas. Sus armas 
defensivas y ofensivas consistían en pequeños broqueles, envenenadas flechas, y 
espadas fálcalas, ó á manera de hoz, de hierro por industria felicísima templado. 
Sus naves, horadados troncos ó pellejos henchidos de viento, Nunca la pereza fué 
parte á detenerlos para no salir á buscar, por la contratación y el comercio, los 
frutos y comodidades que les negaba la tierra. 

<i Espíritu de emigración, innato en la raza, llevábalos á regiones desconocidas, 
aguijoneándolos para descender á la desembocadura del Ebro, entrar por la mar 
y establecerse en la isla de Córcega, asi como el odio á naciones tiránicas y des- 
apoderadas, fue en el cántabro una pasión invencible. Horacio le llama antiguo 
enemigo de los romanos, porque desde que sus águilas rapaces acosaron nuestra 
península se declaró contra Homa. Por ello militó en las huestes de Aníbal, y pe- 
leó en Cannas y Trasimcno; por ello no siguió la facción pompcyana. antes sí la 
revolucionaria de Cesar, que brindaba con esperanzas de libertad á las naciones 
opresas de la ambición latina ; por ello, en tín, sostuvo más de cinco años de gue- 
rra á muerte, contra el hijo artificial de César, cuando quiso este y logró hacer 
una sola ciudad de todo el orbe. » 



nacen el Carrión y Pisuerga; de Araa'llo, Aradillos, sobre Rei- 
nosa, de .Is/ura, río Ezla, cerca de Mansilla; y la del monte 
Medullio^ sierra de Mamed, sobre el Sil. Pero tales triunfos no 
vencen la altivez, la constancia, el heroísmo, la ferocidad de los 
cántabros ; irritado y enfermo se retira Augusto, y Marco Agri- 
pa, á quien encomienda aquella lucha, la prosigue por mar y 
tierra y la termina en las aguas de Santoña y Laredo. 

Es evidente que los autrígones ó vizcaínos, no fueron venci- 
dos en esta guerra, sino vencedores, porque era á ellos á quie- 
nes molestaban los cántabros, sus vecinos. Los vascongados 
gozaban de una especie de independencia garantizada por su 
lealtad, por sus sencillas y patriarcales costumbres; así que, le- 
jos de inspirar temor á los señores del mundo, inspiraban tran 
quila confianza. La población vascongada, además, debía ser 
pequeña , porque sobre serlo el territorio, sus montes eran se- 
guramente bosques casi impenetrables; pues aun muchos siglos 
después, se limitaba la existencia de ferrerías por la mucha lefia 
que consumían ; sin cultivo las laderas de las montañas, y esca- 
so en los valles, no se tiene noticia de ninguna población impor- 
tante; no existían las villas de Vizcaya, y es más que verosímil 
qvie ni la naturaleza del país ni sus pobladores ofrecieran incen- 
tivo alguno á dominadores tan poderosos como los romanos, 
acostumbrados á una civilización que no había de ser cultivada 
seguramente en aquella pequeña y pobre comarca. 

El Sr. Velasco, en el párrafo de sus Éuscaros, con el cual 
comenzamos este capítulo, tiene razón respecto á Álava; pero 
no se hallan esos vestigios de dominación romana en Guipúz- 
coa ni en Vizcaya; así que, aunque estuvieran sometidas volun- 
tariamente al imperio, no se veían inmediatamente dominadas y 
teniendo que soportar en su suelo á los romanos; que á ha- 
ber esto sucedido habrían legado multitud de documentos como 
en los que en otros puntos comprueban su existencia, de la cual 
no son testimonio el hallazgo de algunas monedas de las que 
usaron en su tráfico en las costas. 




PROLOGO 



XXIIl 



La fundación de Bermeo y de Fuenterrabía, por algunos 
atribuida á romanos, no está probada: sólo puede exponerse el 
paso de la gran vía militar de Astorga á Burdeos, para cuyo 
sostenimiento y seguridad solfa haber de trecho en trecho, cas- 
tros con poca gente guarnecidos; y ni aun de estas pequeñas 
fortalezas hay restos. 

Para estos limitados presidios dejaría Augusto las cohortes 
de que habla Estrabón y se repartieron desde Asturias al Piri 
neo, añadiendo Josefo que una legión sola bastaba para el pre 
sidio ; sin que deba deducirse de esto que estuviesen destinadas 
tales fuerzas á sujetar á los vascongados, porque no creemos 
que jamás necesitaron estarlo; y aun necesitándolo, no bastara 
seguramente una legión sola. 

No pretendemos por esto, sostener, ni creemos que perma- 
necieran siempre tranquilos; pues parece evidente que en las 
guerras de Julio César, al pedir Petreyo socorro á los lusitanos, 
pidióle Afranio á los cántabros, «y á todos los demás bárbaros 
que pertenecían al Océano. » No quiere decir esto que se refi- 
riera concretamente á los habitantes desde Laredo á Fuente 
rrabía; y aun cuando no pocas veces á todos se denominaba cán- 
tabros, y muchas bárbaros, es muy frecuente en los antiguos 
escritores dar una misma denominación á pobladores de comar- 
cas de distinto nombre, y omitirlos con frecuencia. 

De todas maneras no puede ya asegurarse de un modo ter- 
minante que los autrígones. caristos y várdulos, continuaran tan 
aislados y sin tomar parte en los grandes acontecimientos exte- 
riores; esto, admitiendo que fuera completo su aislamiento, pues 
no podemos hacer afirmaciones seguras, porque es general la 
creencia de la gran confusión que reinó entre los antiguos histo- 
riadores y geógrafos al deslindar el país cántabro desde sus 
orígenes. 

Si cántabros y vascongados tomaron parte en las guerras 
de César peleando en la Aquitania, también la tomaron bajo las 
enseñas cartaginesas, y « después de las batallas de Cannas y 



XXIV 



PRÓLOGO 



de Trasimena que hicieron temblar á Roma sobre sus cimientos, 
y en las cuales los cántabros participaron no poco de la gloria 
y del peligro, los romanos arrepentidos de haber dejado sucum- 
bir á Sagunto, sin socorrerla, resolvieron atacar á los cartagi- 
neses en España (i). » 

Refiriéndose á la parte que los vascos tomaron en la guerra 
de Italia en las legiones de Aníbal, cita Chaho una composición 
vascongada, de desconocido bardo, en la cual un joven guerre- 
ro se dirige á un pájaro, suponiéndole su amada ausente y dice: 
«Hace mucho tiempo que no oigo tu voz melodiosa. No hay 
hora, ni momento que tu imagen no se presente á mi triste re- 
cuerdo. A este apostrofe, el bardo en escena, responde á la jo- 
ven, sin otra transición. — Una tarde pasaba al pié de nuestras 
montañas el extranjero que venía de África con soldados ex- 
tranjeros. Dice á nuestros ancianos y á nuestros padres, que sus 
hijos son valientes, es verdad; y dice además que él no nos bus- 
caba, sino nuestros enemigos, los romanos. — Entonces gritó la 
juventud: Aníbal, si no mientes, si tales son tus proyectos, nos- 
otros no nos mezclaremos con tus soldados extranjeros ; pero sí 
marcharemos delante de ellos y delante de ti. En vano es que 
los romanos hayan querido sublevar las Galias contra nosotros; 
te seguiremos hasta el fin del mundo. — Y partimos á la hora 
que las mujeres dormían tranquilamente, sin despertarse los ni- 
ños echados sobre el seno de sus madres. Y los perros fieles, 
pensando que, como de costumbre, volveríamos con la aurora, 
no ladraron. — Muchos días, desde entonces, muchas noches han 
pasado y no hemos vuelto, valientes éuscaros, con pierna suelta 
y pié ligero. Hemos peleado por el africano : hemos atravesado 
el Rhóne, más furioso que el Ebro; hemos franqueado los Al- 
pes, más empinados que los Pirineos. — Vencedores en todas 
partes, hemos descendido como un torrente en la bella Italia, 
donde se encuentran campiñas fértiles, ciudades doradas, muje- 



(l) MONCAÜT. 



PRÓLOGO XXV 

res encantadoras ; mas todo esto no vale más que nuestras mon- 
tañas, nuestras madres, nuestras hermanas y nuestras novias. 
— Dicen que antes de un mes entraremos en la ciudad de los 
rojnanos, y adquiriremos oro á casco lleno. Mas yo respondo : 
Yo no quiero. Ya basta: prefiero volver á las montañas y vol- 
ver á ver á la que amo. Mi país está lejos, el tiempo es largo. » 
Al fin de esta campaña, de la que dice Polibio que la bra- 
vura de los españoles, auxiliares de los cartagineses, tuvo la 
mejor parte en las victorias de Aníbal, los vascos cambiaron y 
se aliaron con los romanos. La federación cantábrica llama sus 
milicias que combatían al otro lado de los Alpes. Trescientos 
de los principales montañeses fijeron encargados de conducir á 
sus compatriotas á España y de llevarlos á Scipión (i). Los éus- 
caros y los celtíberos exigieron de los romanos el mismo sueldo 
que de los cartagineses, y fiaeron, dice el mismo Tito Livio, el 
primer pueblo extranjero que Roma admitía á este título, para 
tener el honor de combatir bajo sus águilas. La defección de la 
liga cantábrica produjo la caída de los cartagineses en Italia. 
Los vasco cántabros contribuyeron poderosamente á su expul- 
sión de España (2). 



VI 



Los vándalos que en el siglo v invadieron el mediodía de 
las Galias y destruyeron la Nuevapopulania, impacientes por 
penetrar en España, intentaron franquear los Pirineos occiden- 
tales, por sitios menos difíciles que los del narbonés; pero por 
aquella parte, los cántabros ó más bien los vascongados, no 



(i) Tito Livio. 
(2) Chaho. 



enervados por la sensual civilización romana, les opusieron fuer- 
te resistencia. En este peligro común, las poblaciones de Aqui- 
tania tuvieron la prudencia de rodearse al patricio Constancio, 
jefe de la milicia imperial, fortificaron á Lapurdún, así como. la 
línea de la Nive y de la Nivela, é hicieron frente á los ván- 
dalos (i). 

Derrotados después por las huestes montañesas y prisio 
ñeros sus jefes, la organización de los individuos pirenaicos que 
habían cerrado la entrada de aquellos verdaderos bárbaros en 
España, se encontró momentáneamente destruida; lo cual hizo 
decir á Orosa, <que Constancio retiró de los Pirineos á los fieles 
paisanos encargados de defenderlos». 

Pero por este tiempo, más que en los Pirineos occidentales, 
era en los orientales y en la antigua tierra de los vascones, 
donde se efectuaban sucesos importantes en los que intervienen 
franceses y españoles (2). 

No hubo ni podía haber tanto movimiento por la parte de Gui- 
púzcoa, que no tenía la dependencia francesa que Navarra; pero 
se efectuaba, ó se aspiraba en todos los Pirineos, á un movimien- 
to de concentración y de autonomía que ofrecía muy serias y 
aun invencibles dificultades, á pesar de que no faltan escritores, 
especialmente franceses, que la consideran una necesidad en el 
porvenir ; y han consignado que, así como los antiguos vascos 
decían á los romanos que los Pirineos comenzaban en el Ebro 
y terminaban en el Adour, é ingertos en sus rocas, de las que 
se consideraban parte integrante, tenían los que habitaban á 
uno y otro lado de los Pirineos identidad de origen, de lengua- 
je, de costumbres, leyes, etc., puede ser que algún día intenten 



(1) MONCAUT. 

(3) «L'na carto de Arsius, primer obispo del Labourd, — g8o— clasifica en su 
diócesis el valle del liaztán hasla el col de BcKilc. el valle de l.eiius, el territorio 
de llernani y de San Sebastián hasta Santa Maria d'Arosl. en Guipúzcoa: proban- 
do esto que los limites separativos de Francia y España han variado frecucntc- 
mcntc, y que el principio 8C({ún el cual se han lijado es arbitrario*. Hislone pti- 
mitive des Euslcarlemt-Dasques. por Ai.i'stIn Chamo. 



PRÓLOGO 



XXVII 



,Ios modernos la unidad nacional, de que particularmente goza- 
ron en lo antiguo (i). 

En todo el país verdaderamente vasco, no hay una tradi- 
ción, ni monumento ó ruina que denuncie la dominación ó es- 
tancia del pueblo godo, si exceptuamos una pequeña parte de 
Álava invadida por Leovigildo. Sisebuto y Suintila pelearon con 
la gente vascona en los llanos de Álava y Rioja ; pero sin in- 
tentar siquiera penetrar en el interior montuoso del país vas- 
congado (2). 

I Tampoco se han hallado, hasta ahora, en los valles y mon- 
tañas de Vizcaya y Guipúzcoa vestigio alguno del arte latino- 
bizantino. Es inútil buscar los restos de aquellos monumentos 
que han inmortalizado á Tarragona, Ampurias, Mérida, Clunia, 
Itálica, Córdoba, Sevilla y Granada: no han podido existir en 
sus montañas monumentos árabes, porque no llegaron hasta 
ellas los sectarios de Mahoma, ni los visigodos. Hay sin embar- 

'go templos de notable arquitectura, tomada de la que más so- 
bresalía en Castilla. De aquí que, en los siglos x, xi, xii y parte 
del XIII, las basílicas de Armentia y de Estivaliz en Álava y la 
le Iciar con el monasterio de agustinas de Hernani, en Guipúz- 
coa, iniciaron las construcciones que durante las centurias xiii y 
XIV levantaron, en todo el país vasco, monumentos tan notables 
como la iglesia parroquial de Mondragón, la de San Ildefonso 

t' San Pedro en Vitoria, 
f I ) «L'interposition d'un pctit pcuplc libre prcvicnt les luttcs que le seul voi- 
inagc des grandes nations cst capablc de fairc nailrc. Si de mauvaiscs inspira- 
iions nc vicnnent contradiré la voix de la justicc et de In saine politique, l'inde- 

Kendancc de la fcdération cantabriquc sera proclamce sans combat». — Ciiaiio. 
(a) "El territorio comprendido entre los termines de Pamplona, Logroño y 
arago2a, los Pirineos aragoneses y catalanes, y alguna vez que otra los llanos 
c Álava, donde los cántabros y celtíberos fácilmente hacían incursiones, lo mis- 
10 que los vascones orientales, fueron el teatro constante de aquellas conftisas 
luchas; nunca el antiguo territorio de los autrigones, caristos y várdulos, ni si- 
quiera el de los vascones que habitaban entre c! Urumea y el Arga, y que hasta 
los tiempos de Garibay hablaron el vascuence, como le hablnn en gran pnrtc to- 
davía».— Cánovas. 



XXVIlt 



P R o LO C o 



Caveda (i) cita como notables en el segundo periodo de la 
arquitectura ojival las iglesias de San Sebastián de Azpeitia, con 
una fachada moderna; la de Guetaria, de tres naves; la colegial 
de Santa María de Vitoria; la de Santiago, en Bilbao, capillas 
y claustro, correspondiente todo al siglo xiv y otras, como ve- 
remos, pues en ninguna de las tres provincias hermanas faltan 
verdaderas obras de arte que merecen ser más conocidas de lo 
que lo son. 

El borromonismo, siglos xvii y xviii, ó estilo borrominesco, 
sobresale y le usa D. Ignacio Ibero director de la suntuosa fá- 
brica de Loyola, en la construcción de la torre de Elgoibar. 
Autor de muchos detalles en Guipúzcoa fué Tomás Jáuregui. 
En estas construcciones y otras muchas que pudieran citarse de 
la escuela borrominesca, predomina constantemente el mismo 
carácter: libertad suma y profusión en el ornato; capricho y, si 
se quiere, extravagancia en la invención ; variedad inñnita en las 
formas; licencia y muchas veces desquiciamiento en los miem- 
bros de un orden y en la manera de combinarlos (2). 

Si como se ha dicho, son los monumentos la verdadera cró- 
nica de los pueblos, los pocos que de aquellos existen en el país 
vascongado, nos ayudan fácilmente á formar su historia, no 
complicada en verdad por grandes vicisitudes. «Cuántas veces 
se vea á la Aquitania cambiar de formas, otras tantas la civili- 
zación se ha renovado. Si se para la atención en una época cu- 
yas construcciones no tienen originalidad, puede asegurarse sin 
temor, que de ella carecen también sus ideas (3).» 

No es de extrañar se ignoren, no sólo obras de arte, sino 
muchas de las grandes glorias de los vascongados. Sin revelar 
está aún la remota fecha en que se lanzaron atrevidos á la pes- 
ca de la ballena en los lejanos mares de Terranova; y si sabe 



(O En un notable Ensayo Mstórieo sobre los diversor géneros de Arquitectura 
empleados en Esfatla desde la dominación romana hasta nuestros dtas. 
(3) Cavcda. 
(I) El Arle en Alemania, por Fohfoui-. 



PROLOGO XXIX 



mos que adquirieron esclarecido renombre y eterna fama un 
Zamudio en Rávena, un Urbieta en Pavía, un Cristóbal de Mon- 
dragón en Flandes, un Martín de Idiáquez en Nordlhinghen, 
conquistando las Filipinas Legazpi, dando £1 Cano el primero 
la vuelta al mundo (i), adquiriendo igualmente en los mares 
honor y gloria Oquendo, amén de otros que en mar y tierra 
ejecutaron grandes proezas, no todas sabidas (que son muchos 
los héroes ignorados), sobresalen como figuras relevantes en la 
historia patria, ilustrada también por eminencias políticas y lite- 
rarias, especialmente en los siglos xvi y xvii, como secretarios 
de Estado. 



VII 



Erro afirma que el vascuence fué la lengua universal, y por 
consiguiente la primitiva del género humano, la que precedió al 
diluvio. Larramendi la considera como la matriz, la primitiva y 
universal de España. Astarloa corrobora los argumentos por 
otros alegados para demostrar que el vascuence, no sólo fué la 
primera lengua que se habló en España, sino que la formó el 
mismo Dios en la confusión de la Torre de Babilonia ; y tan en- 
cantadora halló su extraordinaria perfección que declaró ser la 
única lengua digna de ser comunicada por Dios al primer hom- 
bre. Hablando después con más seguridad, confiesa de buena fe 
no poder probar ni aun si vino á España el vascuence con los 
primeros pobladores, y menos justificar la formación ó creación 
de tal idioma en la Torre de Babel. Guillermo Humboldt da al 
vascuence origen europeo y el más antiguo de los idiomas de 



(i) «Por tierra y por mar profundo 

con imán y derrotero, 
un vascongado, el primero, 
dio la vuelta á todo el mundo.» 



nuestro continente; no dudando que se haya hablado en otro 
tiempo, en toda la península ibérica; Thierry sostiene que la 
lengua vascongada fué la de los iberos; Chaho encuentra ana- 
logias de vocalixación entre el vascuence y el sánscrito; y ape- | 
itas hay escritor que se haya ocupado del idioma vascongado 
que no le atribuya analogías con otros, estando todos contestes ^j 
en vlrclarar su antigüedad. Y en efecto, á falta de antiguos mo- ^M 
lutinrntos y de documentos de toda clase, está el idioma éusca- 
ft> (t) que cuenta, cuando menos, más de 37 siglos de antigüe- 
il*il, quo no se parece á ninguno otro europeo, ni tiene seme- 
JAiuA con las lenguas conocidas, aunque sean análogas algunas 
l^tUhnis; y reconociendo Tragia, que no cede en cultura, ri- 
quria y suavidad á ninguna otra lengua; y en su misma riqueza, 
au mucho artiñcio y reglas exactas, su fecundidad en variar los 

•nombres y los verbos, su suavidad y cultura, energía y número, < 



1.-1 

I 



lí 



halla suticientes motivos para considerar increíble sea una de 
las primitivas lenguas, siendo las conocidas por tales, pobres y 
faltas de lodo esto. De esta misma perfección se vale Astarloa, 
orno del más robusto argumento, para probar su antigüedad, 
ue todo la informa (2). 

Es evidente que las cuestiones de origen son difíciles de re- 
solver, con especialidad cuando se trata de pueblos muy anti- 
uos, á menos que no se pretenda sacar únicamente del Génesis 
de la tradición de los judíos, toda la filosofía de la historia ; 



( I ) Lo escribimos con c y no con k, porque con c escribe este adjetivo ct no- 

Isimo diccjnnario de la AcAdcmin. 

( j) Reconoce también su .intigdednd el Sr. Fcrnindci (íucrro, y separa el ¿us- 

ro del idioma de los cántabros, diciendo que estos, «por el contrario, usaban 

i lenguaje celta, más O menos rudo, que en otro scniicullu y nuevo se vino á co- 

ompcr y transformar. Hizo esto la comunicación forzosa y continua con las fa- 

ilias y cohortes romanas, fortalecidas en las ciudades, atalayas y cumbres, de 

|ue fueron desposeídos por Marco Agripa, bajados al llano, aquellos naturales. Va 

n el trance de tenerse que entender a toda hora, y sin remedio, los cántabros con 

loldados nacidos en Italia y r.recia, en Siria y E/iciplo, en Libia y Mauritania, brotó 

c tantas aquella enérgica y sonora lengua, que. al decir del Emperador de las 

:»paAa« Alfonso Vil, enardecía los corazones como el vibrante y agudo clamor de 

,n« trompeta, y que andando los tiempos se había de inmorluliitar en la vcnturo- 

sima pluma de Cervantes.»— 17 Uhto Je Sanlotta. 



PRO LOGO 



XXXI 



cuya empresa es tan ardua como la de restaurar los títulos de 
los orígenes primitivos, no existiendo un solo pueblo en cuyo 
favor haya podido hacerse satisfactoriamente. Respecto á la 
existencia de las relaciones de origen entre el éuscaro, las len- 
guas ¡ndostánicas, el antiguo egipcio y algunos dialectos de la 
América meridional, es un punto sobre el cual se han abstenido 
sabios filólogos, así como de saber si los patriarcas que de las 
costas de África pasaron á España, venían de Oriente ó de Oc- 
cidente. Esto no puede contestarse, dice Chaho; y que los éus- 
caros no eran de la raza blanca del septentrión, ni de la raza ne- 
gra africana; pudiéndoseles mirar como una raza intermediaria 
del Indostán al Occidente, ó que quizá escapase al naufragio de 
la antigua Atlántida, habiendo enviado desde las regiones del 
Oeste sus colonias hacía el Oriente. En medio de estas dudas, 
llama e.xcéntricos y absurdos á Astarloa y á sus continuadores. 

Eickhoft ha afirmado el parentesco del éuscaro con las len- 
guas africanas: Wíseman, su comunidad con el egipcio antiguo; 
fundándose el primero en los muchos nombres de poblaciones 
africanas que son vascongados ; deduciendo que este estudio de 
la geografía antigua lleve á suponer la existencia de los éusca- 
ros en el Indostán, y haga descubrir las relaciones del vasco y 
||el sánscrito, hasta ahora inapercibidas. 

Sin investigar nosotros la verdadera etimología de los nom- 
bres vascongados de no pocas poblaciones, ríos y montes de 
España, que hacen suponer ser el vascuence el idioma de los 
primitivos pobladores (i), si no con el mismo fundamento, le hay 
para suponer también que no han podido ó debido ser extraños 
los vascongados al origen de los nombres que han tenido y tie- 
nen poblaciones de Italia y África y aun de países más remotos. 

Grim considera interesante averiguar si el idioma vasco po- 
see afinidades reales con las lenguas caucásicas, ó si se limita 



(i) Humboldt. en sus investigacioDcs, deduce del estudio comparativo de los 
bombrcs de los lugares de la península ibérica y de la lengua vasca, que ern esta 
Ib de los iberos que no hablaban otra. 



XXXII ¡'ROLO G O- 



toda relación á alguna vaga semejanza en la forma exterior de 
las palabras: Abbadfa declara que en el sánscrito, georgiano, 
finés y en muchas lenguas de África y de la América del Norte, 
se desvía de la sintaxis vasca: Chaho, siguiendo á Eickhoff res- 
pecto á la «originalidad africana» de la lengua vasca, ha creído 
poder unir los iberos á las poblaciones indígenas del norte de 
África, que, en una época ante-histórica, invadieron á España 
como más tarde lo hicieron los árabes : Bergmann considera á 
los vascos como un pueblo de raza saabméenne (lapofinesa), 
procedente de las orillas del Báltico en Germania y en Gaulia, 
y sucesivamente rechazada por los celtas hasta el pié de los Pi- 
rineos: para Maury y Schleicher, el vasco es una lengua poli- 
sintética, cuyo organismo se parece al de los idiomas del Nuevo 
Mundo : Charencey encuentra afinidades en el vasco con ciertos 
idiomas del Oural ; afinidades que no excluyen diferencias con- 
siderables, expuestas por el príncipe Luciano Bonaparte en su 
obra La lengua vasca y los idiomas fineses ; y por este estilo 
podríamos ir exponiendo las infinitas y variadas ideas de cuan- 
tos se han ocupado del idioma vascongado, objeto para todos 
de muy profundos estudios ; deduciéndose siempre que no es un 
idioma arbitrario, porque corresponde á los sonidos articulados 
por el hombre, á los ruidos y murmullos de la naturaleza. 
O, por ejemplo, designa lo que es redondo, i, lo agudo, «, lo 
hueco. 

Careciendo los vascongados de escritos antiguos, no han 
fijado aún la ortografía de la lengua de una manera terminante, 
no marchando muy acordes los más sabios vascófilos respecto á 
su alfabeto. 

«Hay buenas razones para que los iberos pirenianos perdie- 
ran la escritura nacional : después de su establecimiento en las 
montañas y en un período de 30 siglos hasta la Edad media, no 
han tenido literatura escrita. Aun durante los primeros siglos 
de su residencia en los Pirineos, les ocuparon tan exclusivamen- 
te la agricultura y la guerra, que descuidaron y perdieron todas 



PROCOOÓ 



XXXHt 



las otras artes que no les eran necesarias; ni aun fabricaban 
moneda, y en el siglo de Augusto comerciaban por cambios.» 
De aquí deduce Chaho que los cronistas de la Edad media em- 
pleaban las letras romanas ó góticas para escribir en romance ó 
en latín, pues el alfabeto ibérico no le usaban los montañeses. 

No nos ocuparemos, ni hace á nuestro objeto, de los oríge- 
nes del idioma éuscaro: multitud de escritores españoles y ex- 
tranjeros se han ocupado y ocupan con grande ingenio y pocas 
pruebas en esclarecer asunto tan controvertido, hallando siem- 
pre el gran vacío de la falta de monumentos literarios. 

Inútilmente buscamos en las provincias vascas códices y li- 
bros antiguos; se ha dudado de que sus leyendas, sus sencillos 
poemas, los improvisados cantos de sus bardos, que hoy cono- 
cemos, sean obra del tiempo que representan, ni aun antiguos, 
porque no es testimonio de remota ancianidad su primitiva sen- 
cillez, que se halla esta en todas las leyendas y tradiciones mo- 
dernas, y son el sello peculiar (¡ue las distingue, el que también 
sobresale en las composiciones de los versolaris^ esos vates del 
pueblo, cuyas improvisaciones son tan celebradas. Pero á falta 
de los anteriores monumentos, ha conservado imo que parece 
indestructible, el de su lengua viva (i), que, aunque no existen 
documentos que acrediten su antigüedad, pues los más antiguos 
que se conocen son de la Kdad media, está probada la existen- 
cia de este idioma por el testimonio de los mismos historiado- 
res y geógrafos romanos. 

Y dice con razón el escritor antes citado, ¿qué libro sería 
comparable á ese concierto vivo de un millón de voces cuyos 
acentos impregnados de atrevimiento y de originalidad, singula- 
res, incomprensibles, sin analogía con casi todas las lenguas de 



(i) «Lengua virgen y sabia, tal como la hablaba, después de haberla improvi- 
sado, la sociedad indiana ó atlántica en la cuna : verbo sonoro, mágico, cuyo so- 
plo inspirador separa, a los ojos extasiados del éuscaro, los velos que ocultan á 
las miradas extrañas los esplendores de su venerable historia.»— Chaho, Hístoiie 
Primilive des Euskariens-Basqties. 

i 



XXXIV 



PROLOGO 



los pueblos existentes, parece murmuran aún, después de 24 
siglos, las últimas armonías de un mundo destruido! Una esta- 
tua exhumada de las ruinas es un monumento del pasado 
cuando representa una deidad venerada es como una religión 
muda que habla al espíritu, ¿qué será pues un pueblo entero, un 
pueblo vivo? 

Es notable la conservación de un idioma cuya existencia co- 
nocida se remonta á tantos siglos, sin hermandad verdadera 
con otros idiomas, como tampoco se les encuentra parentesco 
con otras razas á los aborígenes que aún hablan el vascuence. 

No para afirmaciones seguras, ni para aproximadas deduc- 
ciones, sino para confundir más y más, se examinan rastros vi- 
sibles del idioma éuscaro en la isla de Cerdeña, en la Liguria, 
en el Lacio, en Sicilia; y Hervás (i) publica una copiosa lista 
de vocablos de Italia de origen vascongado como los siguientes: 

Liguria —ligontria, tierra árida. 
ASTUTUS— dí//Va, adivino. 
Horror —orróa, bramido espantoso. 
Issfi.A — de ins, mar, ulia. población. 



Puede divagarse respecto al remoto origen de la lengiil 
éuscara; pero no puede admitirse la opinión en obra de la Real 
Academia de la Historia expuesta « de que debió haber empe- 
zado á introducirse á mediados del siglo viii, no debiendo haber 
tenido forma ni consistencia de lengua particular hasta el si 
glo xn». 

El carácter primitivo ó de muy remota antigüedad, de tal 
idioma, no dialecto, es evidente. No por alardear de vanidosos, 
sino por considerar pertinentes cuantas pruebas puedan presen- 
tarse en un proceso que aún no está sentenciado y no es del 
todo indiferente, al menos para EspafSa, no concluiremos nues- 
tras ligeras observaciones y somera exposición sin consignar 



^1) Catalogo delle lin¡¡ue conosciute. 



w 



^ 



^ 



opiniones tan autorizadas como la de César Cantú, que mani- 
fiesta que los iberos, precedieron á los celtas y á los pelasgos: 
de ellos vinieron los turdetanos, los lusitanos, los cántabros de 
España, los aquitanios de la Galia, los ligurianos de Italia y los 
vascos, únicos que conservan el lenguaje. Y añade; «El finés y 
€l vasco son los únicos que se separan de todos los idiomas de 
Europa. Desde los primeros tiempos históricos se encuentra el 
segundo en el Mediodía de ésta ; floreció en España hasta el 
momento en que los celtas derramaron en aquel país sus toscos 
dialectos. Confinado en el día á Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra, 
conserva, según dicen, su primitiva pureza, monumento de los 
siglos primitivos. Mientras que en las demás lenguas, las raíces 
de las palabras compuestas se unen entre sí para representar 
una idea y se convierten en elementos nuevos del lenguaje, en 
el vasco, por el contrario, permanecen agrupadas en su primi- 
tiva integridad como los elementos de las letras chinas. Por 
ejemplo, Epizquiá, sol, significa hacedor de la luz; //¿argüid, 
luna, luz apagada; Jatingokoa, Dios, el que está arriba». 

Se han establecido también relaciones entre el vascuence y 
la lengua de Abraham ó sea el antiguo caldeo, con el fenicio, el 
cananeo y púnico ; conviniendo sabios lingüistas, antiguos y 
modernos, en el estrecho parentesco de los vascos con ciertas 
tribus antiquísimas, hebreas, caldeas ó fenicias; ya un dialecto 
tártaro, perteneciente á la familia de las lenguas de aglutina- 
ción, que hablan aún más del medio millón de españoles en el 
espacio comprendido entre el Ebro y el golfo de Vizcaya, divi- 
dido en tres ramas, el labortano, el vizcaíno y el guipuzcoano; 
eslabón evidente por analogías con las lenguas americanas, en- 
tre estas familias y las úgrico tártaras (i). Esto mismo dice 
Mr. Maury (2) fundándose en «muchas particularidades comu- 
nes entre el vasco y otros varios idiomas hablados desde el 



\ I ) ftecueráos áe la villa de Laredo. 
(a) La Terrd el riiomme. 



XXXVI 



PROLOGO 



norte de Suecia hasta los últimos términos del Kamchatka 
desde Hungría al Japón». 

Sigue sin embargo cuestionándose y se cuestionará por mu 
cho tiempo en nuestro humilde juicio, sobre el origen semítico 
ó jafético del vascuence, sus analogías con antiquísimos idiomas 
y dialectos hasta de América ; pero hay que reconocer que es 
de admirar la existencia de este antiguo idioma, careciendo de 
monumentos literarios, de arte, hasta casi de gramática, com 
batido por civilizaciones llenas de vitalidad y de gloria, perma- 
neciendo como petrificado en las montañas más que en los va- 
lles, en las dispersas caserías más que en las apiñadas y grandes 
poblaciones, sucediéndose siglos y siglos y pareciendo, cual se 
ha dicho exactamente, como el eco perdido de una civilización 
misteriosa que se ha borrado de la memoria de los hombres; y 
esto sucede cuando vemos que los idiomas griego y latino, á 
los que no se concede la antigüedad que al vascuence, sosteni- 
dos por gallardas y vigorosas civilizaciones, depurados y enno- 
blecidos por el arte, la ciencia, la filosofía y la literatura, sólo 
viven, há muchos años, en sus espléndidas creaciones inteleo- 
tuales. 



VIII 



No hay tradición, historia, documentos, ni el menor vestigio 
de un templo, de un monasterio, que permita aventurar la me- 
nor conjetura ni del paganismo que precedió á la religión de 
Jesucristo, ni del ejercicio del cristianismo en los primeros si- 
glos de este. No hay noticia de un santo, de un mártir vascon- 
gado anterior al siglo vm. Tan supuesta es la ida del Apóstol 
Santiago á predicar en la Cantabria, como la de San León 
obispo de Bayona, para lo que hubo necesidad de adelantar 
nueve siglos su existencia (i). 




(i) Floreciendo este >Anto en el siglo x, víctima de su celo tai niartli 



PROLOGO 



XXXTII 



Los monumentos que en Vizcaya se han descubierto hasta 
ahora, no prueban que debieran su extraña construcción á reli- 
gión alguna determinada. Ni el supuesto ídolo de Miqueldi, ni 
la actual ermita de San Miguel de Arrechinága, ni algunos otros 
restos de monumentos ó cosa parecida, pueden presentarse con 
verdad como de procedencia religiosa. 

Silio Itálico supuso á los gallegos y asturianos muy lejos de 
seguir la religión patriarcal, porque practicaban la adivinación 
por el fuego, por las entrañas de las víctimas y el vuelo de los 
pájaros, así como los sacrificios bárbaros de los galos y los 
celtas; y respecto á los vasco-cántabros, se les atribuyó ser los 
verdaderos adoradores de yaungoicoa, el Dios de arriba. 

t El bearnés y el país vasco, iniciados más tarde que el Lan- 
güedoc en las grandezas del cristianismo, habían conservado en 
sus valles, alejados del movimiento social, un cierto sello de 



en su misma diócesis. Un dist¡nf?uicIo vascongado dice á este propósito : "\ino á 
España, ú Fucntcrrabía, y predicó el cristianismo en esa comarca, que hacía parte 
del obispado de [tayona. Su muerte y su predicación en el F'irinco, no son sucesos 
que nos hagan presumir la completa conversión de los éuscaros dos siju^los antes. 
El 6n de estos sobrado entusiastas panegiristas del país, es presentarlo desde los 
orígenes del cristiuilismo a la cabeza del movimiento religioso, halagando con 
ello los sentimientos populares. Pero la inexorable realidad histórica, está muy 
distante de sus sueños y alirmaeiones; fuimos á no dudarlo de los últimos en 
nuestra patria en entrar en el girón de la Iglesia y somos hoy quizás los primeros 
en conservar el sentimiento católico. 

DÜijo de este prurito de dar antigüedad al conocimiento de la Religión, c im- 
portancia á santos del país, son las diversas y remotas épocas en que se supone 
florecieron. 

oEl más antiguo, sino el primero de los santos vascongados, es San Prudencio, 
que nació en la pequeña aldea de Armcntia, á i kilómetros de Vitoria. En tanto 
los unos le hacen figurar en el siglo mi, otros en el iv, y así sucesivamente hasta 
el XII. .No nos detendremos á probar como lo han hecho los más formales cronis- 
tas c historiadores eclesiásticos, que no pudo San Prudencio, hijo de Álava, obis- 
po de Tarazona, florecer hasta después de la caída de la monarquía goda. Con 
buen criterio, nuestro paisano el historiador de Álava. Landázuri, lo confirma, 
sin que sea pertinente a mi propósito investigar si fué por los años 844 ó 1 300. 

«Otro tanto diré de San Fausto, labrador, hijo de Cataluña, cuyo cuerpo se ve- 
nera en el pueblo de Bujanda ( .Uava ) y es otro de los justos, á que la cariñosa 
piedad del país ha querido d.ir un antiquísimo origen con demasiada credulidad. 

■>Las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya, no sabemos tengan otros santos que 
con algún fundamento pretendan a una fecha anterior á la que señalamos "—¡.os 
Placaros, por D. Laiíislao ue Velasco, pág. 131. 



o L o Ci o 



superstición pagana y de relajamiento moral romano, que se 
oponía constantemente al completo establecimiento del catoli- 
cismo: reinaba sin duda la Iglesia, los obispos ocupaban sus 
sillas, las parroquias tenían iglesias y párrocos ; pero los sacer- 
dotes no ejercían su poder más que á condición de cerrar los 
ojos á las costumbres, á las creencias y á las adoraciones más 
extrañas: el clero y el pueblo parecían observar aún cierta ca- 
pitulación tácita, que se elevaba á la introducción del cristianis- 
mo, y cuando los montañeses habían dicho á los sacerdotes: 
Nosotros queremos abriros los templos del Dios vivo y rezar 
con vosotros al Eterno, al Jehová de los judíos, el Jaugoicoa de 
los vascos; pero queremos también conservar las divinidades de 
las fuentes y de los árboles, los espíritus del hogar y de las 
montañas; en su consecuencia, las piedras druídicas de Crechets 
y de Peyros Alarmes, en Barouse el pedernal de Larayc de 
Hcas, la piedra de fous en Lartiga de Salabre, continuarán 
veneradas como lo fueron, aterrorizando á los pastores de las 
altas montañas; nadie osará tocar á estas rocas, temiendo ser 
heridos en el acto por el rayo. El viajero, al contrario, nunca 
deja de cortar una rama y deponerla con la plegaria suplicante, 
Diojt nous counserbé (Dios nos proteja), sobre estos monu- 
mentos temidos. Las rocas tienen el alma sensible y son sus- 
ceptibles de fiereza; un descreído prorrumpió en injurias cerca 
de la capilla de Tabes y arrojó piedras en el lago vecino; se 
oyó en seguida el trueno á pesar de estar el cielo sin una nube 
y el rayo cayó sobre la cabeza del culpable. El habitante del 
valle de Aurc dirigía sus plegarias á las piedras sagradas del 
cantón de Xes/ür, entre A'/s/os y Hcclicltes; es verdad que los 
latigazos dados á aquellos altares groseros terminaban algunas 
veces la ceremonia y acababan de decidir á los dioses que con- 
cedieran las lluvias bienhechoras que reclamaban los campos. 
Las piedras de Naurouse en el Lauragais, no han perdido aún 
la espantosa cualidad que les atribuía la superstición de los ga- 
los: esparcidas en veinte leguas á la redonda, cuenta la tradi- 



PRÓLOGO 



XXXIX 



ción, que fueron reuniéndose poco á poco en la cima del mismo 
ribazo. A pesar de la columna erigida á la gloria de Riquet, 
que las abruma con su peso, no cesan de aproximarse: apenas 
las separa el espesor de una hoja de sable, y el día en que se 
junten, se cumplirán los destinos de la humanidad, la trompeta 
del juicio final conmoverá el mundo». 

Las crónicas francesas de los Pirineos están llenas de estas 
supersticiones populares que adulteraban la pureza del cristia- 
nismo, manteniendo al vulgo en una especie de reserva y con- 
tribuyendo á conjurar el cambio á toda innovación que preten- 
diera minar las creencias oficiales. Así se comprende el éxito 
que en un pueblo de tal modo preparado obtenían los sarcas- 
mos irreligiosos y cómo los montañeses tomaban en serio los 
chistes obscenos que la reina Margarita esparció en el suelo 
bearnés, presentando la llanura del Gave por teatro. 

Su fíepíamerón, más peligroso que el Decamerím de Bo- 
cado, retrata las costumbres del clero bajo el aspecto más 
odioso, atribuyéndole los vicios más torpes y vergonzosos á la 
vez que unos crímenes cuya relación debe omitirse. Es todo un 
trabajo verdaderamente enérgico y de influencia para perturbar 
el catolicismo. 

Esto que pasaba al lado allá de los Pirineos en los que no 
había tanto aislamiento como en la parte de acá, no podía me- 
nos de suceder en ésta lo mismo respecto á la existencia de 
supersticiones populares, de las que no faltan testimonios. 

En el siglo x, cuando San León fundaba en la Vasconia 
francesa, aún pagana, la diócesis de Bayona, costándole pronto 
la vida su celo apostólico, la nueva diócesis se extendía hasta 
los valles del Baztán y de Guipúzcoa, pudiendo deducirse que 
el estado religioso de los vascos españoles, en esta época, no 
difería apenas del de los pobladores de la otra vertiente. Lejos 
de haber conocido los primeros, ni aun presentido, el cristianis- 
mo, excepto en la llanada de Vitoria, á donde la invasión sa- 
rracénica había obligado á guarecerse las familias cristianas de 



xu 



P R ó L o G I 



la orilla derecha del Ebro, los vascos, al contrario, rechazaron 
la nueva religión y defendieron sus antig^uas creencias con esa 
tenacidad y esa energía que constituye el carácter de su raza. 
Y con estas mismas cualidades, en cuanto abrazaron el cristia- 
nismo, no hubo creyentes más convencidos y más fervientes. 
Nada, en efecto, comparable con el ardor de su fe sencilla, sin 
cera, inquebrantable, que no admite ni discusión ni temperamen 
to. Parece que sobre aquellas alturas el hombre se considera 
más cerca de Dios, y se ve invenciblemente impulsado á elevar 
á El su pensamiento. Dice un canto vasco: «.Quien no conozca 
la plegaria, vaya por nuestras montañas y aprenderá en seguida 
á orar sin que nadie le enseñe!» De aquí la grande influencia de 
que goza el sacerdote en las tres provincias ; prestándose á ello 
la configuración del país, la dispersión de los caseríos que exi 
gen la asistencia de un clero cuatro veces más numeroso que en 
cualquiera otra región de España ; pero este estado de cosas 
no existe sin peligro bien comprendido por los antiguos legisla- 
dores, que prohibían al clero mezclarse en la política; y el mis- 
mo fuero de Tolosa, consignaba que cualquiera que iba á votar, 
habiéndole visto con algún eclesiástico, sería, por esta circuns 
tancia, excluido del voto. ¡Cuántas desgracias se hubieran evi- 
tado á observarse rigurosamente el espíritu de sabiduría y pre 
visión que dictara esta ley 1 

Las turbulencias que agitaban á Francia excitaban la exal 
tación intolerante de Felipe II. Mientras este rey hacía levantar 
en el Escorial la octava maravilla, iba en peregrinación á Mont- 
serrat y cambiaba con los barceloneses los juramentos ordina- 
rios (1564), las provincias vascas conservaban aún ciertas reía 
clones con el país de Labour, porque Guipúzcoa y Vizcaya de- 
pendían del obispado de Bayona. D. Felipe quería poner las 
circunscripciones religiosas en relación con los límites políticos, 
y romper toda la que pudiera existir entre sus estados y los he- 
réticos de Gascuña y de Bearne. Pretendió de Su Santidad 
Pío V, y obtuvo sin dificultad, un breve que autorizaba al arzo 



PRÓLOGO 



XLl 



bispo de Auch y al obispo de Bayona, á nombrar dos vicarios 
generales escogidos en España para gobernar aquellas dos pro- 
vincias. Este breve amenazaba á la vez á los dos prelados gas- 
cones á unir el país vasco al obispado de Pamplona, si pasaban 

^seis meses sin nombrarse los delegados. 

H Retardando los prelados gascones el cumplimiento del man- 
dato papal, del que reclamaron, tuvo Su Santidad que dirigir 
una excomunión que afectaba no sólo al arzobispo de Auch sino 
á sus sufragáneos de Dax, Olorón y Lesear, lo cual excitó las 
iras calvinistas de Juana de Albret, cuyo culto proclama ofi- 
cialmente, y hace destruir los altares y las imágenes en todas 
las iglesias. 

^M Evidentes son las relaciones del desenvolvimiento material 
^Rcon el pensamiento humano, encargado de acoger y presentar 
á la vista todas las manifestaciones de aquel ; y mucho habría 
adelantado la historia con el detenido estudio de todas sus vici- 
situdes, como hoy reg^istra notables y originales progresos y 
elocuentes enseñanzas á cada descubrimiento de ignorados mo- 

■numentos. 
Estudio y muy especial merece la transformación de la ar- 
quitectura, coincidiendo con el movimiento interior de la exis- 
tencia monástica; así cuando quedó el clero á la cabeza de esta 
cuestión de arte, como si hubiese continuado al frente de la 
reorganización civil y política. La sustitución del gótico al ro- 
mano, de la ojiva al arco, de la elegancia atrevida á la solidez 
armoniosa y fuerte, ofrece vastísimo campo á muy importantes 
consideraciones, en las que no podemos engolfarnos, aunque 
para ello fuéramos competentes; así como para examinar la 
forma del templo y la del claustro, tan en combinada armonía 
con el movimiento operado en el espíritu del clero regular y se- 
cular que los habitaba; pues no sólo en el espíritu, y en sus ten- 



dencias, sino en el templo y el claustro revelaban su poder, su 
predominio y su influencia. 

La civilización cristiana había seguido las huellas de la civi- 
lización romana; y podría ser, como algunos han dicho, que co- 
menzara sus conquistas por los Pirineos orientales y las costas 
del Mediterráneo, ó más bien de levante, puesto que Narbona y 
Tarragona fueron antiguos y verdaderos focos del cristianismo, 
que avanzó poco á poco hacia el norte de España y por el me- 
diodía de Francia; estableciéndose los primeros obispos en Elna, 
en Carcasona, Barcelona, Gerona y Lérida. No nos compete ex- 
tendernos en este asunto; lo que sí creemos poder afirmar, es 
que, en la parte occidental de los Pirineos, tanto franceses como 
españoles, no se extendieron las predicaciones evangélicas sino 
mucho más tarde; y en aquellas regiones, por regla general, 
permanecieron en un estado aproximado á la idolatría; y esto, 
cuando los pueblos del litoral del Mediterráneo vivían á la som- 
bra y bajo la protección de numerosos obispos y abades de gran 
influencia. Los habitantes de los Pirineos, que se hallaban bien 
con su estado social, que le defendían resueltos, á la vez que su 
independencia y libertades, no podían menos de ser refractarios 
á toda innovación extraña, máxime cuando esta innovación afec- 
taba á sus creencias, que no se veían combatidas por santas y 
ejemplares predicaciones; pues no tenemos noticia de que fue- 
ran á predicarles en vascuence, y no poseían otro idioma. 

Dedúcese, pues, de todo , que la naturaleza del país, la es- 
pecialidad de sus habitantes, sus costumbres antiguas, su idio- 
ma, forman un conjunto original, un tanto discrepante del resto 
de la nación española, sin que discrepancia haya en el patrio- 
tismo. 

Objeto los vascongados de muy profundos estudios, hechos 
más por extranjeros que por nacionales, aún no han esclarecido 
tales y tantas investigaciones la historia antigua del país éusca- 
ro, la fecha y naturaleza de su independencia, absoluta ó relati- 
va, la procedencia de su idioma, y otras cuestiones de tiempos 



PRÓLOGO XLIII 

menos remotos que esclarecimiento merecen, siquiera por lo que 
interesa al verdadero conocimiento del estado social de España, 
en el cual nos hallamos casi á oscuras. 

A podernos guiar por nuestro propio sentimiento, hubiéra- 
mos abarcado en conjunto la historia general de las tres provin- 
cias hermanas, asimilada en muchos sucesos, aun cuando éstos 
no fueran presentados con la claridad y el orden de una crónica 
más limitada por el sacrificio necesario que exigiera el desem- 
peño de una obra que, además de informar sus relaciones políti- 
cas, sociales, administrativas, su historia general en fín, pudiera 
deducirse de ella la saludable enseñanza que ofrecer debe esta 
clase de obras. Nuestra tarea es más modesta ; iniciamos el plan 
presentando nociones, procurando historiar someramente algu- 
nos de los acontecimientos que puedan dar idea del modo de 
ser de cada una de las tres provincias aisladamente. 

Necesitando sujetarnos al objeto de la publicación para la 
que se escribe este tomo, á aquél es preciso someter las inves- 
tigaciones y el pensamiento, supeditar los juicios y ceñir las 
deducciones, limitando siempre éstas, cosa más difícil que dejar 
correr la pluma impulsada por el propio sentir, si éste se halla 
inspirado por el amor al país vascongado, por el patriotismo y 
por ese sentimiento que la humanidad imprime en nuestro cora- 
zón, cuando al bien de la humanidad quiere uno consagrar su 
existencia. 





1 



48 Álava 

nicación por este lado sería imposible si la industria humana no 
hubiera vencido los obstáculos de la naturaleza. En su cumbre 
se halla el puerto, en lo antiguo fortaleza de San Adrián y la 
famosa Peña Horadada, llamada así por estarlo naturalmente 
en el espacio de unas 70 varas de largo y 10 de ancho; y á la 
parte sur está horadada artificialmente para paso de carruajes. 
En no interrumpida continuación de la sierra de San Adrián, 
elévanse también la de Aránzazu, asiento del célebre Santuario 
tan venerado por las tres provincias hermanas, y del que nos 
ocuparemos al hablar de Guipúzcoa, en cuya jurisdicción se 
erigió; los altos de Arlaban, tan célebres en la guerra de la In- 
dependencia y en la primera carlista ; la enhiesta cumbre de 
Gorbea y la de Amboto, origen de fantásticas y poéticas leyen- 
das; la alta peña de Orduña, al otro frente, el elevado monte 
Ibar, la brava sierra de Tolofio, y luego la encumbrada cordi- 
llera de Andia. 

Parece que la naturaleza quiso rodear por todas partes el 
terreno conocido por la llanada de Álava (i), cortándose sólo 
aquel anillo de cordilleras para dar paso al río Zadorra, ó más 
bien éste, á fuerza de tiempo, se abrió camino por entre estos 
peñascos, como parece habérsele abierto también el Ebro por 
las Conchas de Haro; siendo opinión admitida, que aquella lla- 
nura, así como la de la hermandad de la Ribera, Miranda, Santa 
Gadea y parte de la Bureba, no podía menos de ser una gran 
laguna, hasta que el Ebro se abrió el camino citado y que lleva. 

Abundante el país en frondosas arboledas de hayas, robles, 
encinas, en sabrosos pastos, en aguas minerales, cosecha de 
toda clase de cereales, no faltan minas de hierro, turba, etc., no 
escaseando las canteras de piedra y mármoles, y préstase alguna 
atención, aunque sin muy especial cuidado, á la productiva cría 
de ganados. 

El perenne verdor del suelo, el casi apiñamiento de los 



(i) Álava significa llanura inmediata á las montañas. 



Álava. 



49 



/ 






pueblos, el tortuoso curso del Zadorra, y las bellas alamedas y 
frecuentes plantaciones de toda clase de árboles desde el chopo 
piramidal hasta el recortado roble, ofrecen al viajero que 
contempla el paisaje 
desde una torre de 
Vitoria, uno de los 
más encantadores 
panoramas de que 
puede disfrutarse. En 
aquella poética lla- 
nura se ven más de 
1 50 pueblos , cada 
uno con su monte al 
lado, y el Zadorra, 
cuyas aguas cristali- 
nas en unos sitios, 
y cubiertas en otros 
de variadas yerbas y 
flores acuáticas, que 
parecen vestir al río 
de gala y le hacen 
bellamente poético , 
serpentea por entre 
las arboledas ó los 
prados que alimen- 
tan á numerosos ga- 
nados, que allí pace 
el lanar, el vacuno y 
el caballar. 



1 Hacha de picJri. — 2 Cuchillo ele sílex. — -; Puntai de piedra, 
lilex y hueso —(Colecci¿n del Sr, D. Ladiilao de Velaico. 1 



II 



Respecto á los primeros pobladores de Álava no hemos 
de repetir lo que en otro lugar hemos expuesto, y á lo cual 



nos remitimos; pues si no son exactamente iguales, no puede 
haber mucha diferencia entre ellos y los primitivos habitantes 
de una y otra vertiente de las sierras de Andia, de Aránzazu y 
de Arlaban. Los escasos historiadores que se han ocupado dd 
territorio alavés, hacen suy-o, por lo general, cuánto los anti- 
guos han atribuido peculiar á los cántabros, y aplican á Álava 
la misma historia, sin dejar por esto de consignar la absoluu 
carencia de datos concernientes á remotos tiempos. Modernos 
descubrimientos y detenido estudio de antiguos y sencillos mo- 
numentos, conducen á fundadas conjeturas respecto á que los 
primitivos pobladores de esta región, hayan sido indígenas ó 
exóticos; pero lo que está fuera de toda duda es que los celtas 
y los romanos han existido en Álava, de lo cual se descubren 
cada día evidentes testimonios, y aun de mayor antigüedad (i). 



(i) a cinco kil^mctroa prAaimamcntc al Sur de la ciudad de Vitoria, en la 
vertiente Norte de la cordillera que separa a Álava del condado de Trcviño. y e»ii 
conocido con el oombre de f'uerlo Vitoria, se emprendió hace % años la explota»] 
ción de un terreno llamado la íehaa ie San Bartolomé. Forma éste un valle c»-l 
trecho y baftante accidentado, que corre Je Este á Oeste, elevado á más dfl] 
700 pies sobre la llanura eo que se asienta la ciudad de Vitoria, y pertenece «1< 
serie de lerrer'-- ■'• i- cpoca cuaternaria. AI año de emprendidas las labores dfl 
esta explotac '!a, asomaron un día al surco de los fuertes y penetraDtel| 

arados de rolur.?r q n trízatela (>> de metal. Reconocidos, resultó eran de or 
con pc»o de «■> oozai, j ochavo* y 3 adarmes, y su valor 5,807 reales. .Vo había] 
trar un a6o, coando en punto no lejano á aquel en que aparecieron loll 

tfrj aunque al|;0 mis elevado y á mayor profundidad, al abrir lanias dfl 

des "icntc no reunidas y si a distancia unas de otras,] 

vari .:.;.is las unas y rotas las otras, cuchillos de silcx^ ,| 

alguno cali vKiupIclo. y tronos de otros ; y mis tarde, en aquel y otros sitioSij 
punta» de flcchsi. ''.<: bn/as, alisadores, cuñas de silcx, 6 de pivdra, y dientes de ^ 
•nhnales de ■ 

Laantiglii: istórica de estos objetos parece evidente, asi como la cxit- 

Icncla en aquellos sitios de unos pueblos ó habitantes en estado de embrionaría| 
y primitiva cultura -. y antigüedad y remota acusan lumbicn los fósiles allí dcscu<^ 
Nertos que pertenecen más al Ai/iari'on-prostylum, cuadrúpedo de la época ter 
ciaría, y anterior por tanto i la existencia del hombre, y otros al equus Josilis, 
prínítgeHiut, correspondiente á la cuaternaria, en la que, al decir de los mas doc- 
to* gcdlogos, ya el hombre aparece. 

El e«Ur los instrumentos hallados hechos ó tallados en una clase de piedraque 
no ' ' ' iquel ptiis, demuestra que los que los usaron no podrán reputarse 
COI. 'lüS, Junque fueran de tus primeros pobladores, los antiquisimos 

ibcrut que hallo Julio Cisur adheridos ú una y otra vertiente del Pirineo, pobla^' 




L' 

^^^^^ Dolmen de Eguílaz 

^■r notable que la mayor parte de los descritos por los anticua- 

dorcs aborígenes, de cuya opinión participa Humboldt, y es la más admitida y 
cneralizada. 
El Sr. Rodríguez Fcrrcr posee en su finca denominada cl Retiro, á dos leguas 
media de Vitoria, una hermosa espiocha de piedra hallada en 1867 ¡unto a su 
nca en unas minas de calamina antiguas y abandonadas. De pizarra talcosa. per- 
fectamente bruñida, pertenece álos últimos tiempos de la Edad de piedra. (Dis- 
curso inaugural del Ateneo de Vitoria el 10 de Octubre de iSjo. por D. Ladislao de 
Velasco.— ¿os íTu-ícaí os, por el mismo.) 



f 



W^^^^^ ^^^^^ ^^^•^^^•' 



A 1. * T A 



9 Otros de su clase mcbos ó separaciones 
ÜMa ó excavadóo practicada en el sudo 



::í^^ 



\ 



\ 



\ 



# « 



^.M 



-'íl 



V:^y. 



^^á 



^c 



ü'f ■ 



A. 



DOLMKN DK ARHIZALA 



^*ÍÍK>brc el cual se eleva el monumento. Esto unido al hacinamien- 
to de huesos que hay dentro de él hasta la altura de más de 
cinco pies, manifiesta que este túmulo no era de una familia, sino 
la tumba de algunos guerreros muertos en algún combate» (i). 



(i) Informe de D. Pedro Andrés ¿abala en ?o de Enero de i8j? á la Ac*demi« 
de San Femando; y añade: o A poca distancia del camino cubierto de la entrada 
del sepulcro y en la misma Knea al Oriente se encuentra tierra que parece que- 



De las tres armas encontradas, dos tenían forma de flecha ó 
lanza, y una de clavo sin cabeza : eran de cobre. 

Con razón dice el Sr. Becerro Bengoa, que, algo de lo más 
curioso que encierra la comarca alavesa, respecto á los desco- 
nocidos tiempos de su primitiva historia, es la colección de mo- 
numentos megalíticos llamados dólmenes, y cuya construcción 
se atribuye al pueblo celta. 

Además del de Eguilaz, compuesto de seis enormes piedras 
calizas, menos la de la pared del fondo que es arenisca, se des- 
cubrió á 2 kilómetros de Salvatierra, en el mismo llano que el 
anterior, el dolmen de Arrízala, conocido en el país con el nom- 
bre vascongado de Sorguineclie (casa de las brujas). De cons- 
trucción más sencilla que el de Eguilaz, se compone de 7 piezas 
calizas, procedentes sin duda de la inmediata rica cantera de 
Arrigorrista. Cerca existen restos de otros dos destruidos (i). 



mada en un grueso de tres pies ó más que sigue en distancia de diez pies descu- 
biertos hasta el día. Esto puede ser efecto de las hogueras que encendían los 
celtas el último dia de Abril en los túmulos, para honrar á los muertos, ó bien 
por haber quemado encima de la misma fosa en donde hablan dado sepultura á 
los guerreros, los cuerpos de los enemi^^os y sus armas, cosa que creían los anti- 
guos era un sacrificio que apaciguaba los manes de los héroes difuntos.» 

(\) Añade el Sr. Becerro: «Entre Betoño y Durana existen dos montículos 
que contienen cada uno un dolmen. El primero, bastante elevado, á la derecha de 
la carretera, se llama Capelamendi, esto es, Gael celta, mcndi monte sepulcral ; y 
el segundo, más pequeño, comprendido en la huerta de la fábrica de harinas del 
Sr. Guiroga, detrás de la venta, se llama Euskil-mendi. esto es, monte sepulcral 
de los éuscaros; innegable muestra de que allí se riñó una gran pelea, y de que 
después los celtas vencedores enterraron las victimas principales de ella, respec- 
tivamente separadas. Y vencieron allí los celtas y construyeron sus dólmenes, 
porque los iberos ó éuscaros no los construían, ni tos hubieran alzado tales cua- 
les son, de quedar dueños del campo. 

«No es esa la única localidad que lleva en el llano de Álava el nombre de Gael 
(celta), puesto que el pico más elevado de la cordillera que se alza al (rente de la 
de Salvatierra á Arlaban, donde dominaban los iberos, en la sierra que va desde 
los montes de Vitoria á la Encía, es el llamado Cafetdui 6 sea «alto celtas, sin du- 
da ocupado por tos invasores cuando dominaron en el llano y alzaron estos mo- 
numentos. 

»En un ligero registroque hice en i 879 en el dolmen de Euskalmendi, hallé un 
número grande de esqueletos colocados en tres capas ó lineas, separados entres! 
por losas pequeñas de cayuela. 

»En el valle de Cuartango, que riega el Bayas (Ibay-a; el río) y que termina en 
la angostura de Techa (Atecha; portillo) existen cuatro dólmenes, uno admirable- 



AI preguntar el Sr. Becerro si hay más dólmenes en los Ua- 
sos de Álava, se contesta afirmativamente, y tiene razón en 
■naífestar que debiendo ser la colección más completa consti- 
tairá para el pasado prehistórico uno de los capítulos más ricos 
de todas las naciones. 

£1 Sr. Baraibar además, con gran copia de datos y abun- 
dbuHe flustración, se ha ocupado también de la existencia de 
dólmeaes en el valle de Cuartango, cerca de Anda, de los de 
Ecealmendi, Capelamendi y Arrizala en el valle de Salvatierra. 
Cree asimismo fueron construidos por los celtas, y para probar 
este punto, apoya en respetables autoridades la invasión céltica; 
fe hace cargo de algunas costumbres características de aquel 
pueblo, del prestigio que en él gozaban las mujeres, de los sa- 
criñcios de víctimas humanas y de los enterramientos, dedu- 
ciendo de la descripción de los túmulos celtas más auténticos, 
que los alaveses lo son también. Corrobora su opinión con los 
rastros de la lengua céltica que se encuentran en algunos nom- 
bres de lugares, inmediatos al camino que verosímilmente de- 
bieron seguir los celtas invasores, y con algunos nombres célti- 
cos encontrados en lápidas, descubiertas por él mismo, si bien 
de época romana. También presentó al Ateneo de Vitoria una 
hacha de cobre muy bien conservada, encontrada bajo una roca 
en el pueblo de Nograro. De los estudios hechos por el Sr. Ba- 
raibar á consecuencia de estos y otros descubrimientos, deduce ^ 
que los dólmenes alaveses son indudablemente célticos; que I^^| 
invasión céltica debió seguir en Álava el itinerario marcado por 
el Sr. Velasco en su obra Los Éuscaros, penetrando por el 



mente construido de mármol negro de Anda, rodeado aún de su montículo, excep- 
to por la parte superior, en la que se ve la tapa desprendida ; y los otros tres mit { 
pequeños situados en las tierras inmediatas á la derecha del río y del ferrocarril 
de Miranda á Bilbao. No se tenía noticia de la existencia de estos últimos monu- 
mentos hasta que, por ligeras indicaciones de algunos habitantes del valle, nos 
decidimus A recorrerlo en 1870 el inspirado novelista y académico, mi qucridtt I 
oompaAcro de Vitoria O. Sotcro Mantcli. y yo. y tuvimos la satisfacción de verlos, 
dibujarlos y darlos ik conocer entonces, aunque sin tiempo suficiente para estu- I 
diarlos con atención.» 



ÁLAVA 15$ 

hondo barranco de la Borunda, extendiéndose por los valles 
alaveses incluso el de Cuartango y partiendo después á Casti- 
lla por las salientes naturales; que en su invasión debieron re- 
ñir empeñadísimos combates, desalojando á los éuscaros de la 
tierra llana y obligándoles á refugiarse en los montes, siendo 
puntos principales de estos hechos los señalados por los dólme- 
nes, los cuales, por contener muchos cadáveres, fueron quizá 
sepulcros destinados á los soldados muertos en una misma ba- 
talla ; y por último, que el dolmen de Arrízala debió construirse 
poco antes de ser expulsados los celtas por los éuscaros, re- 
hechos de la primera derrota, como hacen sospechar las cir- 
cunstancias de no haber sido terminado, ni enterrádose bajo un 
montículo como los otros, y de tener en sus inmediaciones res- 
tos de otros dos dólmenes que no llegaron á ser erigidos. 

Pertenezcan estos sepulcros á los celtas ó á los aborígenes 
ú hombres de las primeras edades, informan de todas maneras 
muy respetable antigüedad, y enseñan que, si no se estaba en 
este país en contacto con otros pueblos, se practicaban sus cos- 
tumbres; si bien los dólmenes estaban generalizados en toda 
Europa (i). 



( I ) Los altares druidicos y los Slone-heug, ó piedras sueltas de Inglaterra, del 
país de Gales y de la Germania, pertenecen al estilo ciclópeo más imperfecto. Era 
ritual el uso de las piedras no desbastadas, para los antiguos altares (a) : así lo 
hacían los druidas cuyos dólmenes (b) se formaban de seis ó siete piedras planta- 
das verticalmente, sobre las cuales se colocaba una más larga y de más anchura, 
desde donde corría la sangre humana por un surco hendido al efecto. Todavía se 
encuentran en América muchos Menhiros (c), monolitos en bruto, de altura de 
dos á veinte metros y algo semejantes á los obeliscos (rf). En el condado de Cor- 
nouailles y en el país de Gales, los Cromleke (e) son piedras circulares 6 cuadra- 
das, sostenidas por otras que les sirven de base : Noruega, Francia (/) y Portu- 

(/!} Quod si altare lapidetim feceris mihi| non xdifícabis illud de sectis lapidibus ; si enim levaveris cul- 
trum super eo polluetur {Éxodo., XX). Et i^diñcavis ibi altare Domino Deo luo de lapidibus quod ferrum non 
tetigit. Kt de saxis informibus et impollitis et añeres super eo holocausta Domino Deo tuo. iDeuUrono- 
mic, XXVU.) 

(í) Dol-mtH, mesa de piedra. 

Kc) .^»r#í-Aír, piedra larga. 

{d) A veces se les denomina Hir-uien-sul, larga piedra del Sol, lo cual Ins asemejaría al destino de los 
obeliscos, según se ha supuesto. 

{t) Croum'ltchs^ lugar curvo. Véase De Tremenville; Aniigüedades de la Bretaña. 

{/) Piedra suelta, piedra de hadas. 




Es opinión por muchos consignada y en general admiti- 
da, que * conservaron los alaveses su independencia y amada 
libertad por más tiempo que las otras provincias de España, ora 
porque su ferocidad y barbarie los hidese temibles á los extran- 
jeros, ora por la ignorancia que éstos tuvieron de aquella re- 
gión, ó en fin, porque la fragosidad y esterilidad del país pre- 
sentaba la empresa más trabajosa que útil, ni ofrecía objetos 
capaces de fomentar su ambición y codicia > (i). Hase dicho 
también que lo que se ha atribuido á los asturianos y cántabros 
más occidentales, de que aún no habían recibido el yugo de la 
dominación extranjera el arto 728 de la fundación de Roma, 
aislados entre los montes y el Océano, sin trato ni sociedad con 
las demás provincias, viviendo desconocidos é ignorados, y los 
elogios que algunos hicieron de su valor, constancia y pericia 
militar, debe aplicarse á los alaveses, vizcaínos, guipuzcoanos y 
navarros ; pues aunque libres é independientes, su espíritu beli- 
coso y marcial les hacía abandonar la patria para alistarse en 
los ejércitos de otras naciones, en los que se distinguieron ad- 
mirablemente. Formaban la x'anguardia; á ellos debióse en gran 
parte la victoria que Aníbal consiguió del cónsul Flamino, así 
como la de la batalla de Cannas, v, altamente celebrados, se ha 



I 



gal («), poMcB m«€h«* di c«ta Mptcic. fin el cotKlsdo d« >ViU, no le|ot de 



Saltobur^, <ie 
tírtmaítretictisi 
Im eiMlc» >. 
trcaidAdcs ; 

BcUdM. 



'e piedra* ca Sruto en 

1 j8 de allur*, »ohrc 

' imcoic otra» p4cdr«* larga? .unidas ea Mía ex- 

L'itunas de csus piedras pesan hMta )o to- 

• i# K*^*tU. por la Real Acaderaij de la niMOrlft. 



*»<•«—•*••»«- 



tiempo de los romanos, creyendo debe quedar sentado de una 
vez para siempre, que aquellos señores del mundo lo fueron 
también de Álava y en ella moraron. En este sentido se expresó 
el ilustrado Marina á principios de este siglo, apoyándose en 
verdaderas autoridades antiguas; antes el P. Risco adujo prue- 
bas de lo mismo ; negaron terminantemente Henao y otros 
que las legiones imperiales hubieran paseado por Álava sus 
águilas vencedoras, y trató de explicar la existencia de epígrafes 
y ruinas romanas, con la peregrina especie de que habrían sido 
llevados por capricho de algún coleccionador; y últimamente, 
Landázuri, Ortiz de Zarate y Moraza, con apasionado provin- 
cialismo, llegaron á afirmar que jamás /os rotnanos conquistaron 
á los vascos ; que < no han sufrido los alaveses la dominación 
fenicia ni cartaginesa, romana, goda ni árabe • . 

Limitándonos á los romanos, ¿nada decían á aquellos seño- 
res, muy ilustrados por cierto, los evidentes testimonios de do- 
minación romana encontrados en tantos pueblos? Las pruebas 
aducidas por D. Diego de Salvatierra y D. Lorenzo del Pres- 
tamero (i), son elocuentes; así como las expuestas por Amador 



(i) El primero en su historia m. s. compuesta en el último tercio del siglo xvi, 
cita sin detallarlas varias estatuas romanas descubiertas en Iruña; y el segundo 
refiere haberse halladoen i 7Qqcl medio cuerpo inferior de otra de mármol blanco, 
casi del tamaño natural. 

Hay más, en la Academia de la Historia se hallan el expediente y los dibujos de 
los descubrimientos que hizo el Sr. Prcstamcro en i 704 en la villa de Comunión 
(Álava), término de Cabriana y de Miranda de Ebro, cuyas láminas representan: 
I ." Plano general de un editicio romano con diez pavimentos mosaicos. 
Pavimento de mármol negro y blanco. 

de los mismos mármoles en forma de cruces. 
id.cn forma de pina.— Este tenia ti pies, t pulgadas y media 
largo y 9 y I de ancho. 

id. blanco y más blanco en forma de ladrillos, 
de grecas entrelazadas en cuatro colores. 
Diana cazadora, labrada de mármoles y vidrios. 
Juego de cuadrados, con cubos por orla, 
de una masa compuesta de cal, arena y tierras cocidas. 
Galería de la misma masa.— 77 pi¿s s pulgadas largo, y 8 pies 
I pulgada ancho. 
II Un hipocaustum ó estufa.— Tenia dos hornos contiguos de 16 pies 3 pul- 
gadas largo, y 1 4 pies ancho cada uno. 



a.« \ 


•avim 


1* 


Id. 


4* 


Id. 


s.* 


fd. 


6.« 


Id. 


1' 


Id. 


8.- 


Id. 


0- 


Id. 


10 


Id. 



A L A V A 



"»0 



de los Ríos (i) y D. Miguel Rodríguez Ferrer que conserva un 
torso de soldado romano, de mármol y delicada labor. Pero hay 
además los testimonios recientes é incontestables presentados 
por el Sr. Baraibar, que en el despoblado de Iruña, á dos leguas 
al Occidente de Vitoria, describe vestigios de población romana, 
restos de murallas y mosaicos, monedas é inscripciones (2); y 
muy -redentemente, — Mayo de 1883 — tuvo él mismo la for- 
tuna de encontrar dos importantes lápidas, formando una parte 
del enlosado de una habitación en Trespuentes, y la otra en 
una heredad de Iruña al clavar la reja del arado. 
Merecen conocerse: son las siguientes (3). 




|] CIN IVS 
EREWVS 
15PAN11 



h 



ITVTS^E 
■ SAC 




El Instituto provincial de Vitoria conserva parte de una es- 



1 3 Cimento subterráneo que sostenía un peristilo. 
I 3 Estanques 6 baños. 

14 Pavimento con las 4 estaciones del año.— 215 pies largo, y 16 ancho. 

Se encontraron además barros de Sagunto, monedas que justificaban ser cons- 
truido aquel edificio en el tiempo del buen gusto de los romanos, lápidas con ins- 
cripciones, etc., etc. 

Las dimensiones informan una gran casa, con estanque, fuentes, columnas, etc. 

(!> Estudios monumentales y arqueológicos en las Provincias Vascongadas. 

(3) .Marina copia varias. 

(•?) La de la izquierda es de piedra arenisca y mide 0*49 metros de ancho 
por o'óa de largo. La de la derecha es un trozo de mármol rojo y blanco, roto por 
la mitad y forma como el dado de una columna 6 aras. Su altura es de o'44 m. y 
su anchura de o's; m. 



tatúa de mujer, atribuida al siglo de Augusto: es mayor del 
natural y sobre la subtúnica y túnica ostenta un pallium ó 
manto, que envuelve la parte superior del pecho, derribándose 
sobre la espalda en amplios y bien dispuestos pliegues. Cíñese 
la túnica perfectamente al desnudo, con noble estilo estatuario 
y revélase aquel con bellas y grandiosas formas, sin detrimento 
alguno, antes bien con mayor gracia y perfección en el movi- 
miento del plegado. 

Los hallazgos de inscripciones superan en número y signi- 
ficación á los de estatuas; y se han hallado también muchos 
mármoles de diferentes especies, cornisas, pilastras de lo mismo 
y de alabastro blanco; piezas de vajilla de Sagunto, abundancia 
de piedrecitas cuadradas sueltas, como de pavimentos de mosai- 
cos, y á poco más de un metro de profundidad un piso embaldo- 
sado de mármoles jaspeados oscuros y rojo claros. 

Es indudable que hubo allí población romana. Contra los 
que han afirmado lo contrario y que la hubiera en ningún lugar 
de Álava están los testimonios expuestos, y los hallados en Sal- 
vatierra, Ocáriz, San Román, Albéniz, Araya, Alegría, Arcenie- 
ga, Armentia, Asa, Asteguieta, Contrasta, Ibarguren, Ilarduya, 
Margarita, Barcabao, Urabain, Ollabarri, Eguilaz, Castillo y El- 
ciego; la calzada que desde Puentelarrá atraviesa toda la pro- 
vincia y la de Guipúzcoa, siguiendo por Andoaín á Francia; los 
mosaicos y baños de Cabriana, el campamento de Carasta, los 
puentes de Mantible, Trespuentes y Mamario, y otra multitud 
de restos de autenticidad evidente. 

Tolomeo menciona en los Caristos, pueblos de Álava, el iti- 
nerario de la vía romana que la atravesaba como hemos dicho, 
y aún se han encontrado restos de otro camino romano desde 
las inmediaciones de Zuazo hasta las ruinas iruñenses, lo aial 
demuestra la importancia que tuvo Iruña, que no estando sobre 
el camino de Asturica ad B-urdegala, se unía á él por un ramal 
aislado, según acostumbraban á hacer los romanos para sus 
principales fortalezas y poblaciones, y lo era evidentemente la 



ÁLAVA 



6t 



antigua Vennia, que tal nombre afirma el Sr. Baraibar tenía la 
célebre Iruña, que no se limitaba ciertamente á ser una de las 
mansiones ó castros escalonados y bien guarnecidos, que había 
en toda vía romana para su seguridad , pues ya vimos que esta- 
ba separada de ella. 

El sabio catedrático del Instituto de Vitoria, con la exposi- 
ción de descubrimientos romanos, ha terminado brillantemente 
la tarea que comenzó hace tres siglos Salvatierra en su «Gobier- 
no y República de Vitoria» y lo copió el Dr. Arcaya en 1656, 
dando pruebas de perspicacia al suponer que los romanos tu- 
vieron en el despoblado de ¡ruña larga y floreciente man- 
sión; si bien no podían menos de creerlo así, en nuestro 
juicio, al encontrarse con tantos testimonios de indubitable pro- 
cedencia romana, y los que aún pueden hallarse, pues mucho 
hay allí todavía por descubrir. No puede ya dudarse de la afir- 
mación del ilustrado alavés, é importa poco á nuestro objeto el 
nombre que tuviera Iruña en la antigüedad y la exacta posición 
que ocupara en las vías romanas, aunque fuese otra de la fijada. 

«Los llanos de Vitoria, Alegría y Salvatierra, todas las co- 
marcas que defendía la cordillera Cantábrica, y corrían hasta el 
Ebro en Álava, Navarra y Castilla, todo el país en fin al Este y 
Sud del Pirineo, pasó á poder de los romanos (i).» 

En el valle de la Borunda, allí inmediato, obligado paso por 
aquella parte de Álava á Navarra, hay también testimonios de 
su ocupación, no sólo por los romanos, sino por los celtas, como 
se evidencia en el monumento de Eguilaz: vestigios y ruinas de 
sus fortalezas y vía dejaron los romanos, y aquella vía, ó su 
trazado, le conservó la Edad media entre senda y camino, con- 
vertido en carretera en 1832. En nuestros días, cruza el ferro- 
carril la senda del celta, la vía romana, la carretera española y 
el valle todo, que si en los más remotos tiempos albergó á ra- 
zas que no existen, no há mucho ha sido aquel valle y los inme- 



Los Éuscaros. 



dtatos, teatro de sangrientas batallas y de hecatombes no me- 
nos feroces que las de aquellos siglos llamados bárbaros, porque 
ahora peleaban hermanos contra hermanos en civil contienda. 
Si los primitivos iberos ó aborígenes se distinguían por sus 
pacíficas y patriarcales costumbres, la necesidad de rechazar á 
los invasores, que jamás suelen presentarse en son de paz, ó su 
trato con belicosos pueblos, sí no variaron sus hábitos, desperta- 
ron en ellos ese instinto guerrero, y^ tuvieran que emplearle 
para la propia defensa, ó ya para limpiar el país de enemigos; 
de todos modos, aquellos pacíficos pobladores de las montañas 
y de los valles, mostraron que sabían ser guerreros; que si la 
civilización ha convertido en ciencia el arte de la guerra, la natu- 
raleza dotó al hombre de agilidad, astucia, fuerza y valor, y que 
no se necesitaba más para pelear. De cualidades tan sobresa- 
lientes no carecen los alaveses, por lo que puede fundadamente 
juzgarse que tampoco carecerían de ellas sus más remotos an- 
tepasados. 





1^-^^ 




, ?¥»9! 


^ 










1^ 


É.^^ 1 










B^K^U^^H 


r J 








^É 


É H 


b 




í 




^i 


W ■ 


■ 




- •'] 




Hi 


^ 1 


^B CAPITULO II 


^1 




■H 


R 1 


1 Siglo V.— Los godos en España.— 


Domina- 


^ 




1^1 


V 1 


1 clon de los Reyes de Asturias. 


— Forma- 


"^ 




^^^^^1 


^^^ ^^1 


^^L ción del condado de Álava. - 


- Guerras 




s'' 7/ '^' 


^^Pm| 


Rv ^1 


^^1 entre los reyes de Navarra y ( 


::aslllla.— 


\ 




Í^í*iM 


Iw ^1 


^H Conquista de Álava por Don Alfonso de 


\ 


^^ 


■R ^H 


L™ 








ni 


^ I 


^H ^^IGLO de regeneración social el v 


\ 


1 


H 


^ 1 


^P y^ de nuestra era, porque iba en 




^ 


m¡^í^jlt 




efecto á tener su natural desenlace 




^^ 


^p™-^ 


^^^••■^ ■ ^^1 


y aun desenvolvimiento la 


revolu- 




'^^— < 


Eb^^ .^^ 


1^' . ^1 


ción social que se operaba 


no sólo 




í 


^^flffi 


r'' '*' ^1 


en España sino en toda 


Europa, 




-^ 


^^^f 


ltí<:' ^1 


encaramándose sobre las ruinas del 




y 


' ^ jI^Hf'I/ 


» ^^^^^1 


ya caduco imperio romano 


, el visi- 






^ ■ 


godo, que llegó en tiempo 


de Euri- 






'^ 


^B 


k co, primer soberano godo 


indepen- 








^^1 


r diente, á su mayor apogeo 


sigue la 


oscuridad 


respecto 


al país ^^^1 


^_ de los caristos, autrígones 


y várdu 


os, cuyo nombre conserva- ^^| 



I • ,1 1 



,» A iti-liH'il'íoi» <ic este mismo siglo los giápar- 
,., ,.,n^va^^A i^vcBCS, denominándose vascones á los 



^^ . I.« uodo» ilr iodo el país desde el Duranzo, el mar 

'T\ I itíU.io^ r^^ U Calia desde el Ródano y el Lo« 

•■ V ). .^An.^ «Un-^Uv *vüün Lafuente, de este lado de k» 

„ U l'lüMft* «^W««** fxccpto las montañas de Gálico. 

"* . ' ,. ... ^ui wactHX comprender todo el país vasco; 

n^ra " ^^ ^ inayor monarquía que se fundo sobre 

j>«íi> w «^»" c\i ^' _ j^ Occidente, dejó de dominar en las 






a wo ptiede suponerse que también estu- 
^.>mbros, los autrígones, los caristos y los 
k u»iHt^" en el reinado de Eurico, continuarían 
• I que >a no fueron tan poderosos los si- 
; V hkIos modos no pudo ser muy duradera esta 
. voinos á los guipuzcoanos unidos con los vas- 
.inlra Recaredo, y obligar á Leovigildo á ter- 
, ,u i.i-- con su hijo y volar á su socorro, entrando 
iitr cu Álava, devastándolo todo á su paso (i); 
'"■ Mtn lomar parte los alaveses ó antiguos várdulos 

ira, en la que fueron los que más sufrieron; por- 
1,, s<r detuvo ante los montes de Navarra y Gui- 
. uiandü con estos montañeses. 
^ V* iH'rquc temiera que estos bajaran á los llanos de Álava. 
AxiuU de sus habitantes, y no muy seguro Leovigildo de la 
..^^.^lilidad de éstos, para contenerlos y elevar un trofeo que 
.^fiiriuara el triunfo que había obtenido, construyó una forta- 
W$A A l'i c^''^^ ^^^ ^' nombre de Vicioriaco. Podía vanagloriarse 
y\t\ dominio de un campo de batalla, ó más bien de un vasto 
desierto, humeando aún los incendios que él mismo había pro- 
ducido, y enrojecido el suelo con la sangre de los suyos y la de 
jos alaveses; pero no tuvo la satisfacción de que quedara uno 



(i) Morct cree cTccto de esto guerra la ruinn de Iruña. 



ú 



Álava 



65 



siquiera en aquella tierra desolada, para conseguir Leovigildo 
imponer los hierros que llevaba preparados. 

Este heroico pueblo, dice un escritor francés (i), atraviesa 
los Pirineos y se hace dueño, á despecho de todas las resisten- 
cias, y con el concurso de sus hermanos pirenaicos, de una por- 
ción de la Nuevapopulania que toma de ellos su nombre, com-- 
prendiendo la Gascuña de nuestros días. Añade que el descendiente 
de Leovigildo, Recaredo, que había demostrado en sus brillantes 
campañas contra los francos, que sabía manejar dignamente la 
espada de su padre, y á pesar de que no se distinguieron sus 
armas en sus vengativos propósitos contra los visigodos ó po- 
bladores de la Nuevapopulania, ajustó la paz con los francos y 
llevó la guerra contra los vascones de la Cantabria, á los que 
pretendía someter. Aunque este párrafo esté algo oscuro, nos 
importa especialmente consignar que en la Nuevapopulania ha- 
bía vascongados ó procedentes de España y que los vascones 
contra quienes se dirigía Recaredo no podían ser otros entonces 
que los navarros, y quizá los guipuzcoanos; de todos los cuales 
dice que, fuertes en su posición, orgullosos de su libertad vir- 
gen, aquellos hijos de las montañas se entendieron ; y Álava y 
Vizcaya opusieron tal resistencia á los visigodos, que se vieron 
éstos obligados á retirarse, sin haber obtenido otro resultado 
que el incendio de algunas poblaciones de la llanura. 

En el reinado de Suintila se sublevaron los montañeses de 
la Cantabria, á los cuales se llama indóciles, y los vascones; 
nada se dice de los vascongados, que si no se les considera como 
cántabros, seguramente que residiendo en medio de éstos y los 
vascones, no dejarían de tomar parte en esta nueva guerra, 
como la habían tomado en la anterior. El triunfo que obtuvo el 
rey visigodo, lo sería en la llanura, porque sobre no decirse 
que fuera larga su expedición, no era empresa de poco tiempo 
vencer á aquellos montañeses á cuyo esforzado valor ayudaba 




(1 ) En la Histoire frimilive des Euskariens-Basques. 



lo abrupto del país; así qtxu 

sublevados vascooes, 

ron* (i), sobre no reüerírae 

lo9 vascones, cuando d 

también se sublevaron los moBtaftrses de la 

nuestro parecer violento dedddr qne fn¿ la ; 

en absoluto. 

Ayuda á tal juicio, ó más faiea añrmaááa, d «cr que «■ d 
reinado de Kecesvinto, los vas eoo e* de K'^fafla ay odawM a los 
de Aquitania, que guiadas por d noble Troya pertorioraa 
aquel pacífíco reinado; hacieodo lo núsmo en d agóenir de 
Wamba, quien con grande ^ército entró á sangre y íacgo por 
la Bureba y Álava, y conseguida la paz á los 7 días se din^ 
por Calahorra y Huesca á Cataluña, contra d griego I^idoqoe 
le disputaba d trono, olvidando mercedes recibidas. IDorocadas 
sus huestes, vencido en Nimes y condenado á muerte, le ooooe- 
dió Wamba generosamente la vida. 



II 



Ocupíliulose ya en el siglo viii más concretamente de 
"tei provincias vascongadas nuestras antiguas crónicas, aunque 
. siempre de una manera deficiente, vemos que por este tiempo 
Álava era Álava y alaveses los alaveses, no carístos, ni v-ár- 
dulos: de aquella manera los nombra ya d obispo D. Sebastián 
y el monje de Albelda, y al tratar de la irrupción mahometana 
el arzobispo D. Rodrigo, dice que los sarracenos se apodera- 
ron de toda España, « á excepción de algunas pocas reliquias 
que se conservaron en las montañas de Asturias, Vizcaya, Álava, 
Guipúzcoa, Ruconia y Aragón. * V'ense también desde entonces 



( I ) Lapvbmtb : Hitlorta Je E*faMa. 



ÁLAVA 



67 



clasiñcados los alaveses en dos estados: el noble y el llano. 

D, Alfonso I, al ascender al trono, ó más bien, al ponerse 
al frente de los reconquistadores de España, para reinar pe- 
leando, llevaba la ventaja de ensanchar el reino de Asturias, 
anexionándole el ducado de Cantabria, ó al menos los países 
montuosos de Santander, la Bureva, Álava y la Rioja, en cuyas 
comarcas y hasta el Pirineo levantó castillos para defensa de 
los cristianos, reparándose también por los naturales Orduña y 
otros pueblos de Álava y de Vizcaya. La monarquía asturiana 
empezó á ser grande bajo el reinado del primero de los Alfon- 
sos; y si antes no habían pertenecido á ella, sino todos, algunos 
vascongados y navarros pertenecían ahora, y gloria de estos 
pueblos es haber tomado parte en los primeros tiempos de la 
restauración española, como no sería muy patriótico, ni muy 
cristiano, haber permanecido siempre aislados en una indepen- 
dencia que pudiera parecer egoísta. 

Aunque la elección del rey católico allegara nuevas gentes 
y territorios, aún era pequeña aquella monarquía para tan 
grande rey; y como si no pudiera respirar libremente entre 
aquellas montañas, alza la cruz, suena la trompa, excita el celo 
religioso, enciende en todos los pechos el santo amor de la pa- 
tria, inflama el ánimo guerrero, hace sentir en todos su elevado 
esfuerzo, allega recursos, é improvisa un ejército de astures, 
cántabros, éuscaros, galaicos y de algunos godos allí refugia- 
dos. No ostentaban estos guerreros improvisados el reluciente 
casco romano, ni vistosos arreos; los más llevaban un grosero 
traje, y otros cubrían su cabeza con un birrete ó morrión tos- 
quísimo, formando un enrejado de hierro y sujeto al cuello con 
una correa, y la cabellera bastante larga y tendida. Sus armas, 
los útiles de la labranza, como la hoz, la segur y la guadaña, 
manejadas diestramente, la saeta de tres pies de larga, el chuzo 
y el bidente, que era una ancha media luna de hierro sobre un 
mango de más de una vara de largo. Los jefes vestían mejor 
arreo, ceñían espada y embrazaban escudo. 




Con aquella pobre gente que no llevaba más enseña que la 
cruz, ni más pensamiento que el de la victoria, ensanchó gran- 
demente el reino. 

Antes que emprendiera D. Alfonso sus triunfales campañas 
y fructíferas algaradas, correspondía, como hemos visto, á aquel 
monarca, el territorio alavés, no hollado por los musulmanes; 
así que ninguna expedición penetró en Álava; y respecto áDon 
Fruela, dice D. Alfonso el Magno, ó más bien el obispo D. Se- 
bastián, que venció y domó á los vascones rebeldes; vascones 
revelantes superávit atque eu/omuit, por lo cual se han sacado 
inexactas deducciones de supuestas rebeldías de alaveses y viz- 
caínos, cayendo todo por su base al manifestar que nada tenían 
que ver los naturales de aquellas provincias con los vascones 
que eran los navarros (i). 

En el mismo defecto incurrieron otros escritores respecto al 
reinado de D. Fruela, que sucedió á D. Alfonso, diciendo que 
se rebelaron los alaveses y vizcaínos, como acostumbraban 
hacerlo al principio de cada reinado, acudiendo el rey á suje- 
tarlos; pero esta expedición fué contra los navarros, como cla- 
ramente lo dice el monje de Silos: domuit quogue navarros sibi 
reiieiantes. Y no fué al empezar á reinar Fruela, sino al ter- 
cer año. 

En cuanto á la señora que tuvo la fortuna de caer prisio- 
nera , así como á otros les trae el cautiverio servidumbre, ésta 
fué vencida para triunfar, cual consigna el P. Flórez, y lejos de 
estar probado que esta D.'' Munia fuese alavesa, como preten- 
den ó han pretendido algunos, el Tudense y D. Rodrigo dicen 

■ de Navarra. De todas maneras, 



. sangre 



que 



(i) Kcficro una memoria de Oña que el conde Fernán González quiso imperar 
también en la provincin de Álava, y que los condes que la gobernaban por los 
reyes de León, dejasen d estos y se sujetasen a él solo: y Vela, que era entonces 
conde de Atuva, no lo podio llevar con paciencia, porque el rey »D. Alfonso el I, 
yerno del santo rey D. Pelnyo, cuando ganó délos moros h Álava, la dio en tenen- 
cia á \'c1b Jiménez su progenitor», el cual la defendió de los infieles que por dos 
veces pretendieron cobrarla á fuerzo de mano. A ser cierto cuíinto aquí se con- 
Si({na, más resonancia hubiera tenido y no fuera sólo Sota quien lo publicara. 



Álava 



69 



fuera alavesa no es testimonio bastante para que la guerra fuese 
con los alaveses, que pudo caer prisionera en Navarra, ó por su 
hermosura ser cautivada sin ser cautiva por quien la elevó al 
trono; y como antes de ser reina había sido poderosa señora, 
era natural que tuviese poderosos parientes en Álava y que á 
la sombra de ellos se guareciese su hijo D. Alfonso huyendo de 
Mauregato; pues como dice Morales, «le podían dar buen am- 
paro y seguridad > . 

Más turbulentos los navarros que los vascos, se les ve casi 
en constante lucha con sus vecinos los franceses, ó aliados con 
ellos para pelear contra otro enemigo; y si antes de la derrota 
de Roncesvalles sacudían la tutela que les querían imponer los 
monarcas franceses, después de aquel triunfo, « sosteníanse en 
una situación no bien definible, ni enteramente sujeta á los reyes 
de Asturias, ni del todo independ¡ente>; eran los que se aliaban 
á veces con los sarracenos para libertarse del dominio ya de los 
cristianos de Aquitania, ya de los de Asturias. 

Álava venía sirviendo há tiempo de asilo á las muchas fa- 
milias que huían de la invasión sarracénica, como consta de una 
escritura del archivo de San Millán de la Cogulla, año 871, en 
la que así lo consignan al conceder ciertos bienes que hereda- 
ron de sus abuelos cuando fueron de León á tierra alavesa. Sus 
nombres no son vascongados. 

Al examinarse los sepulcros de Arguineta en Elorrio, se 
cree procedan también de cristianos refugiados en el país vas- 
congado, no limitándose á gfuarecerse sólo en Álava; penetra- 
rían en Vizcaya y aun en Guipúzcoa, donde no podían menos de 
hallar hospitalaria acogida. 

Al proclamar Hixem la guerra santa, juntó tres grandes 
cuerpos de ejército, destinando el segundo á los montes Albas- 
kenses (montañas vascas), penetró por Vizcaya hasta la Vas- 
conia; y no obtendría grandes ni notables resultados cuando 
los omiten las crónicas. 

Otra vez sirve Álava de refugio á un rey perseguido, á Don 



Alfonso III, cuyo suceso repetido enaltece á esta noble tierra; 
y se cuenta que, á poco de restituido á su trono, tuvo que vol- 
ver á Álava, no como huésped sino á reprimir una insurrección 
de los alaveses. Mas reuniendo antecedentes y en vista del re- 
sultado de esta insurrección, sólo puede culparse á los alaveses 
la docilidad en prestarse á ser instrumento de agenas ambicio- 
nes, ó condolerse de que se \'ieran obligados á serlo. Aquella 
sublevadón fué originada por las ambiciosas aspiraciones del 
conde Eilón quien, como el conde Fruela de Galicia, se sublevó 
contra el poder del joven monarca, cuya presencia bastó para 
desconcertar á los suble\'ados, que se le sometieron al instante; 
y el conde, cargado de cadenas, acabó sus días en un calabozo 
en Oviedo, sin que haya noticia del interés de los alaveses por 
su rescate. Consideramos por lo tanto como cargo injusto el 
que se atribuya aquella insurrección de los alaveses á estar 
« siempre inquietos y mal avenidos con la dominación de los 
reyes de Asturias» (i). 



III 



Al conde Eilón, que ya parece había ejercido el mando ó 
gobierno de Álava, sucedió el conde Vela Jiménez, que defen- 
dió bizarramente el castillo de Celorico contra las coaligadas 
huestes musulmanas de Córdoba y Toledo, como el conde 
de Castilla Diego Rodríguez defendió también no menos gallar- 
damente el fuerte castillo de Pancorbo. Sólo se apoderaron los 
enemigos de Castrojériz, que por indefendible abandonó el conde 
Nurto. 

Afición tomaron los mahometanos á esta parte de la Penín- 



(l) LArVKNTK. 



ÁLAVA 



71 



sula conñnante con Álava, cuyas fronteras invadían frecuente- 
mente; y para defenderlas, como una parte de su reino (i), en- 
comendó D. Alfonso al conde Diego Rodríguez la fundación del 
castillo y ciudad de Burgos, como punto avanzado y estraté- 
gico; que mucho ocupó al monarca la construcción de estos y 
otros fuertes no menos importantes. Vemos desde entonces que 
los condes Vela y Diego recibieron orden de su rey D. Alfonso 
para molestar y perseguir al mahometano, que tuvo que sos- 
tener muchas persecuciones y ataques, hasta que apurado por 
los condes, dirigió sus legados á nuestro rey, dice el Atbeldense, 
pidiendo la paz, que no le quiso conceder entonces el príncipe 
cristiano, por más que insistía en solicitarla con repetidas em- 
bajadas. 

Atacados de nuevo por los infieles Celorico y Pancorbo, de- 
fendiéronlos con el mismo ó mayor brío que anteriormente los 
condes de Álava y de Castilla. 

La pérdida, por los coaligados reyes de Navarra y de León, 
de la célebre batalla de Valjunquera, atribuyéronla á la nega- 
tiva de acudir á ella los cuatro condes de Castilla Ñuño Fer- 
nández, Abolmondar el Blanco, su hijo Diego y Fernando An- 
súrez, por lo que invitados por D. Ordoño á una conferencia en 
Tejares, fueron allí cargados de cadenas y conducidos á las 
cárceles de León, á sufrir ejecución sangrienta. 

Como vemos, no figura Vela Jiménez, aunque se habla de 
haber sido invitado y castigado el conde de Álava, que segu- 
ramente no estaba gobernando su provincia y sí alguno de los 
condes de Castilla; pues ya en escrituras de este tiempo apa- 
rece el conde Fernán González siéndolo también de Álava (2), 



(i) Lafuente dice: «Se aseguró al rey de Oviedo la posesión del coadado de 
Álava». No conocemos el pacto, y esto demostraría que no tenía antes tal po- 
sesión. 

(j) <> kcgnante Regimiro in Legíonc, ct comité Fcrdinando Gundisal viz in Cas- 
tella et in Álava».— Escritura de donación al monasterio de San Miguel de Sal- 
cedo, año 937. — Sandoval y Berganza citan otras con la misma denominación. 



72 ÁLAVA 

y dependiendo del rey de León á mediados del siglo x, desde 
cuya época data la independencia de Castilla. 

Esté ó no ligada á ella la batalla de Simancas, y fuera el 
conde D. Vela en contra de Fernán González, ya defendiendo 
la soberanía del rey de León, ó la propia de Álava, resulta que 
abandonó á los alaveses perseguido por el de Castilla, pare- 
ciendo lo natural, si al monarca leonés había defendido, que á él 
se guareciese, que poderoso era; pero al ir á Córdoba con los 
moros, mostraba desconñar tanto del rey como del conde; y así 
era. Continuaron los Velas con los sarracenos, á los que incita- 
ban á hostilizar al castellano, acompañándoles algunas veces en 
sus expediciones; hasta que esperando poco de los musulma- 
nes, ó menos vivas las pasiones, acogióse aquella familia á Cas- 
tilla, recibiéndoles bien el conde D. Sancho. Aun cuando éste 
restituyera á los Velas su anterior poder, le consideraría depen- 
diendo de él ; porque á no serlo, no se concibe que volvieran á 
ponerse en actitud tal, que los arrojara el conde desús estados, 
é ignominiosamente, como se ha escrito. Buscaron asilo en el 
reino de León, cuyo monarca D. Alfonso V, no sólo les acogió 
benévolo, sino que les dio haciendas con que pudiesen vivir 
bien ; y cuando más olvidados debían estar los odios de los Velas 
á los condes de Castilla, ó sea á los descendientes de Fernán 
González, se renovaron con la llegada del conde García á León 
á concertar con D. Bermudo su matrimonio y consentimiento 
para que tomara el título de rey de Castilla ; mataron entonces 
al conde, con la rara y horrible coincidencia de que Rodrigo 
Vélez, que cuando estuvo reconciliado con el conde D. Sancho, 
tuvo en la pila bautismal al niño García, fué el asesino de su 
ahijado (i). 



(i) Tuvo lugar este suceso el i 3 de Marzo de io2q, ausente de León D. Ber- 
mudo. Para huir los asesinos del merecido castigo se retiraron al castillo de Mon- 
zón, en tierra de Campos, á donde fué á buscarlos el viejo rey de Navarra, cercó 
el castillo, le asaltó y degolló á sus defensores, excepto á los tres hijos de Vela 
que fueron quemados vivos. 



Extinguida la línea masculina de los Fernán González, el 
condado de Castilla correspondía á la mujer de Sancho el Grande 
de Navarra que alzándose con la soberanía de Castilla, se en- 
contraba el más poderoso de los monarcas cristianos. Su auto- 
ridad en Álava está probada por documentos conocidos; así 
como que, dividiendo el reino entre sus hijos, dejó á Fernando 
el condado de Castilla con las tierras conquistadas al reino de 
León; á González el señorío de Sobrarbe y Rivagorza; á Ra- 
miro, habido fuera de matrimonio, el territorio que formaba el 
condado de Aragón; y al primogénito García, Navarra, incluyen- 
do Álava, que ya no pertenecía ó dejó de pertenecer á Castilla, 
y se consideraba como parte integrante de Navarra, cuyo rey 
nombraba los condes que la gobernasen. 

Esta dominación debía ser muy violenta para los alaveses; 
porque en efecto, las leyes primitivas de Sobrarbe, base del sis- 
tema político aragonés y navarro, no admitían ni era fácil ave- 
nir con ellas la independencia ó autonomía alavesa; y dicen 
escritores no sospechosos (i), que, tsi la cofradía de Arriaga 
no hubiese tomado por protector al rey de Castilla, uniéndose 
voluntariamente á él, riesgo corría de que D. Sancho Ramírez 
tratase á la provincia como lo exigían las leyes políticas de su 
país, es decir, como territorio de honor encomendable necesa- 
riamente á los ricos-hombres navarros de naturaleza y transmi- 
sible á sus hijos. Los derechos de la cofradía y la independen- 
cia de que hasta entonces habían gozado, desaparecían, i 

Más aceptable y conveniente para los alaveses el dominio 
de Castilla, fué un acto de buena política, y un reconoci- 
miento explícito de la mayor libertad que permitían las leyes 
castellanas; pues aunque no fuera más que el derecho de behe- 
tría, ya de mar á mar ó de linaje, era una garantía de sus li- 
bertades, más seguras con la protección de Castilla. De ella 



(i) Los Sres. Marichalar y Manrique. 



74 



Álava 



disfrutaban en 1085 (i), reinando Alfonso VI: el VII agregó á 
Miranda de Ebro varios solares de Álava, disponiendo á la vez, 
que si algún hombre de aquella comarca, ó de Losa, ó de Val- 
degovia, tuviere querella con los pobladores de Miranda, y se 
tomasen por esta causa prendas, en este caso obliga á los de 
Álava á que acudan á la iglesia de San Nicolás, situada cerca 
del puente de Miranda, llevando consigo su alcalde de fuero, 
para que con el de esta villa juzgasen. En el privilegio dado á 
la villa de Cerezo en 1 146, la concede el Emperador jurisdic- 
ción civil y criminal en 142 lugares, entre los que se cuentan 
muchos de Álava; apareciendo en otros documentos como rei- 
nante en Toledo, León, Álava y Zaragoza, y como conde de 
Álava, Lope, que parece sucedió á D. Ladrón. Vemos otra vez 
á los reyes de Navarra dominando en Álava, cuya gente con 
su rey D. García acudió á la conquista de Almería. D. Sancho 
el Sabio concedió á la villa de La Guardia su fuero de población, 
señalándole su gobernador y jefe militar. 

La Guardia, villa murada, que aún conserva los restos de 
su castillo, cuyo torreón se distingue desde muy larga distancia, 
sirve como de atalaya en el país. La fundó D. Sancho Abarca, 
cuya estatua se ve en el bello pórtico de la iglesia de Santa 
María, de estilo ojival, poseyendo algunas obras de arte. Fué 
plaza de armas considerable desde el siglo xii. En 1165 la 
aumentó D. Sancho cuando la dio el fuero, que experimentó 
bastantes vicisitudes, y no pocas extorsiones y violencias sus ve- 
cinos, en todo el tiempo que la villa perteneció á Navarra. En- 
tregóse á D. Alfonso VIII de Castilla, cuando éste conquistó á 
Vitoria ; pero á virtud de pactos se restituyó al rey de Navarra. 
Como plaza fronteriza de Castilla sostuvo en diferentes ocasiones 
continuas escaramuzas, señaladamente por taparte de Briones. 



(1) En el nionoxtcrio de San Juan de la Peña hay una escritura de donación 
otorgada en la era i i j }, año 1 08$, en que se dice al lin, reinando Alonso eo 
LcOn, en N'axcra, en toda Castilla y en Mava; el Sr. Kortunio obispo en Armentia 
y el conde Lope Irtiguez en \lava.— Marine. 



75 



En 1366 constaba su población de hijos dalgo, francos, clé- 
rigos y judíos, que contribuían con 1497Í florines. 

Volvió á Castilla en 1367 en calidad de rehenes, hasta que 
en 1386 la restituyó graciosamente D. Juan I á su cuñado Don 
Carlos 111 de Navarra ; fué tomada la villa por asalto en 1 430 
por los castellanos y aunque resistieron los navarros en la for- 
taleza, la cedieron también y poco después el castillo, al valero- 
so empuje de los castellanos. Firmada la paz en 1437 se de- 
volvió Laguardia á la corona de Navarra que se incorporó 
definitivamente á Castilla en el reinado de Enrique IV, obte- 
niendo después suerte más próspera. En las dos últimas guerras 
civiles, ha sido sitiada y conquistada algunas veces, y destruidas 
por último la mayor parte de sus antiguas obras fuertes, que 
no lo eran mucho para la artillería moderna. 

El mismo D. Sancho el Sabio, comprendiendo las ventajas 
del terreno en que se hallaba situado el pequeño pueblo de 
Gazteiz, le aumentó y fortificó, le hizo como á La Guardia plaza 
de armas y la dio en 1 181 el fuero de Logroño, poniendo áesta 
población, que reedificaba como nueva, el nombre de Vitoria, 
que, según Larramendi, significa cosa sobresaliente y escogida, 
aunque sólo ocupaba á la sazón, de la que es hoy linda capital 
alavesa, la parte denominada villa de Suso. Un año después 
concedió el mismo rey á Bernedo y Antoñana el fuero de La 
Guardia, que era entonces de Navarra, y con dársele, « les qui- 
taba las malísimas costumbres y sujeciones con que anterior- 
mente se regían, y que les eximía del fuero de batalla, hierro y 
agua caliente » . 

A los Sanchos de Navarra debió Álava la creación de bas- 
tantes villas; los dos primeros Teobaldos echaron los funda- 
mentos á las de Antoñana y Peñacerrada; Alfonso VII había 
poblado á Salinas de Oñana, y Álava toda iba adquiriendo la 
importancia debida. 

Las perturbaciones que trabajaron á Castilla, ocasionadas 
en primer término por el funesto afán de dividir el reino insti- 



j otra Imor^a . presentó oca- 
ai rey de N i r ar rA pasa eatiar coa buen ejército 
por la Riofa, apoderáiidose de diferoites pbsas de Castilla y 
de AlaTa, al^pndo á so p r o pied a d añeíos deredios, qoe si no 
eran exactos, así se les suponia. Hizole finente el castellano; 
oootBVO al na^-arro la fuerza más que la raxóa; r^resó á los lí- 
mites de su reino ; asentáronse poces en 1 1 58, pero duraron 
poco; porque las nue\'as turbulencias que produjo la minoría 
de D. Alfonso V'Ill, cuj'a tutela fué tan disputada por los Cas- 
tros y los Laras, á la vez que debilitaban el poder de Cas- 
tilla, permitían que el leonés por una parte y el navarro por 
otra, deseando el primero vengar agravios y el segundo eng^ran- 
deoer y ensanchar sus estados, apoderáranse ambos de impor* 
tantes plazas. 

Próxima Castilla á ser unida toda á la corona de León, cuyo 
monarca llegó á Toledo, necesitóse de toda la energía y valer 
del joven Alfonso para hacer frente á tantos disturbios y des- 
gracias. Aun sin haber alcanzado la mayor edad, convocáronse 
Cortes en Burgos, que se celebraron en 1 1 70, encomendósele 
el reino, y dióseie además esposa, la princesa Leonor, hija del 
rey Enrique 11 de Inglaterra, á lo cual contribuyóla esperanza de 
que por este medio viniese á D. Alfonso el condado de Gascu- 
íla, que poseía el monarca británico, y que confinaba con los 
dominios del de Castilla por la parte de Guipúzcoa. Tanto este 
territorio como el de Álava, según hemos visto, no eran á la 
sazón independientes como algunos han supuesto, ni pertenecían 
de derecho al reino de Navarra. Ocupaba este monarca algunas 
poblaciones por derecho de conquista; y alegando el de verda- 
dero propietario D. Alfonso, en cuanto se concertaron sus 
bodas, llamó al rey de Aragón D. Alfonso II, para poner fin á 
la discordia que entre ambos mediaba, ajustaron en Sahagún 
un tratado de alianza y amistad, cambiándose mutuamente al- 
gunas fortalezas; marcharon juntos á Zaragoza ; celebráronse 
las bodas en Tarazona, con asistencia del rey de Aragón; y 



ÁLAVA 



77 



entrando de lleno D. Alfonso en el ejercicio de su autoridad 
suprema, contando apenas 15 años de edad, atendió á las cosas 
del reino, que bien necesitaba de sus cuidados después de tan 
turbulenta minoría. Aprovechando su amistad con el aragonés, 
quiso recuperar cuánto el navarro le conquistara. Por Tudela 
el rey de Aragón y por Logroño el de Castilla, llegó éste á 
Pamplona; no fué tan fácil la prosecución de la campaña, por lo 
prevenidas que el navarro tenía sus plazas; pero al cabo de 

I cinco años, recuperó el castellano cuántas le pertenecían. 

f No cesó por esto la contienda, porque no se avenía Don 
Sancho de Navarra á ver reducido su reino, considerándose con 
derecho á diferentes pueblos de la Rioja. Mediaron entonces 

I prelados y ricos hombres, y convinieron en exponer sus quejas 
y someter sus diferencias al rey de Inglaterra, al que enviaron 
sus embajadores, no sin pactar antes ambos reyes de Castilla y 
de Navarra las necesarias treguas, dándose mutuamente en 
fieldad varios castillos que perdería quien embarazase la ejecu- 
ción de la sentencia (i). 

A los embajadores acompañaron á Londres dos caballeros 

' destinados á defender con las armas los derechos de estos prín- 
^Bcipes. No hubo que apelar á este extremo, tan autorizado en- 

f: 



(1) III. «El Rey Alfonso pone en fieldad á Naxara castillo de Christianos, y Or 
castillo de Judíos, y Arnedo castillo de Christianos, y Celorico castillo de Judíos. 

IV. «El Rey de Navarra pone así mismo en esta fieldad á.Estella, castillo que 
tiene Pedro Kuiz, y el castillo de los Judíos, y Funes y Marañón. 



XVII. «Demás de esto entrambos Reyes, empeñando cada uno su fe y palabra, 
firmaron y establecieron buenas y firmes treguas por siete años, asi por los vasa- 
Lllos y castillos y tierras, como por otras cualcsquícr cosas. V para que pcrmancz- 
tan firmes pone Sancho Key de Xavarra, a Ergun en rehenes y Alfonso á Cala- 
borra. 



XXI. También establecieron, que lodos los vasallos de entrambos Reyes, que 
desde que empezó esta guerra, hubieren perdido heredades, las vuelvan á reco- 
brar enteramente y de la manera que las poseían el dia en que les fueron quila- 
das; y no las pierdan por ningún delito que hasta entonces hubieren cometido, ó 
auto contra ellos proveído, ni dentro de estos siete años estén obligados á res- 
ponder i ninguna demanda». 



tonces á pesar de su barbarie, y de llevar en sí aparejada la 
razón, no al que la tenía, sino al más fuerte ó al más diestro. Y 
no bastaba á veces para el triunfo de la causa que se defendiera 
quedar vencedor en el combate, que vencedor fué el que en el 
reinado de Alfonso VI peleó en defensa del oficio toledano ó 
mozárabe contra el paladín del romano, y sin embargo, á pesar 
de los aplausos del pueblo y de la nobleza que á ambos repre- 
sentaba el castellano viejo Ruiz de Matanzas, fué inútil. Osti- 
gado el rey por su Santidad, dio por nulo el duelo, hizo que se 
introdujera el rito romano, y para vencer la resistencia que de 
todas partes se oponía al nuevo rezo, se convino en echar al 
fuego los dos misales, prevaleciendo el que saliera ileso de las 
llamas. De nuevo triunfó en este juicio de Dios; pero no fué 
más atendido que el anterior duelo; y al gran regocijo del pue- 
blo, de la nobleza y del clero, encariñados todos con un rito con- 
servado por tantos siglos y en medio de la dominación musul- 
mana, sucedió el asombro y la pena de verse obligados, por 
mandarlo así el rey, á desterrar de las iglesias de Castilla el ve- 
nerado oficio gótico. 

Nos hemos permitido esta digresión, no del todo ociosa, 
porque considerándose aquellos tiempos de caballería, se ve 
que cuando al poderoso convenía, ni el Jiikio de Dios bastaba, 
cuando menos el duelo; irreligiosa costumbre, anatematizada 
por varios pontífices. Los pueblos guerreros podían poner el 
valor sobre la justicia; pero la sociedad cristiana del siglo xiii, 
cometía una grande aberración sometiendo á un singular com- 
bate el mejor derecho á unos lugares, en caso de no querer 
sentenciar el rey de Inglaterra. Se podrá objetar que en último 
resultado, este derecho de la fuerza ha regido siempre; es 
exacto, y aun hoy rige por desgracia ; pero esto no probará 
que con la fuerza vayan hermanadas la razón y la justicia. La 
civilización de la humanidad tiene aún muchas etapas que re- 
correr. 

Oídas por el inglés y su parlamento las pretensiones de los 



Álava 



7Q 



monarcas de Castilla (i) y de Navarra (2), sacando delante de 
todo el pueblo los Santos Evangelios, hizo jurar á los embaja- 
dores antes de pronunciar la sentencia, que los reyes sus repre- 
sentados la observarían firmemente, en cuanto tocase á las mu- 
tuas restituciones y á la tregua ó suspensión de armas, t y sino 
lo hiciesen así, entregarían sus personas á la disposición del 
mismo rey; ^ y sentenció mandando que firmaran y guardaran 



(1) » En el nombre del señor, Alfonso Rey de Castilla y de Toledo se qucxa de 
D. Sancho ru tio. Rey de Navarra, y pide le restituya a Logroño, Atlevn, Vcnarcd, 
que está cerca de Rivaronia y á Agoseyo, Autol. Resa y A Álava con sus merca- 
do? Estgualete y Divina, y de todo el derecho á la tierra que llamaban Di.'RANno: 
todo lo cual poseyó por derecho hereditario el rey Alfonso de buena memoria, el 
que ganó de poder de los Sarracenos á Toledo, y después de su muerte lo poseyó 
con el mismo derecho la Reina Urraca su hija; la cual muerta, su hijo el empera- 
dor Alfonso de buena memoria lo poseyó tambicn por derecho hereditario: y 
después de la muerte del Emperador, el Rey Sancho su hijo lo poseyó sin con- 
tienda por derecho hereditario : y después de la muerte del Rey Sancho, poseyó 
también por derecho hereditario todo lo referido su hijo el Rey Alfonso nuestro 
señor, hasta que el mismo Rey de Navarra se lo quitó todo al sobredicho Rey de 
Castilla, su sobrino, huérfano, pupilo inocente, hijo de su amigo y señor, y sin 
habei sido requerido sobre ello y se lo detiene violentamente». 

Pedía además la devolución de Roa, los frutos que percibió el rey de Navarra 
de Logroño y de los demás lugares y los danos causados apreciados en cerca de 
cien mil marcos de oro; y solicitaba <■ Puente la Reina y Sangucra.y todo el terri- 
torio que hay desde estas dos villas hasta el río Ebro, porque fué del Rey Alfonso 
de buena memoria, abuelo del Emperador, que le poseyó en paz, y por él, según 
costumbre de España, el Rey Sancho de Aragón su pariente. . . . 

n Pide también por causa de sucesión materna, la mitad de Tudela,que el conde 
de Percha dio á la reina Marjfarita su sobrina, que fué mujer del Rey Carcía, y 
abuela del mismo Rey Alfonso, pues no pertenece ya á Navarra esta villa.» 

(j) • Pide Sancho Rey de Navarra el Monasterio de CHdcyo, Monte de Oca, el 
valle de San Vicente, el valle de Olio Casto, Cinco Villas, Monte-negro. Zerralvo 
hasta Agreda. Todo esto pide y tbdo lo que hay debajo de esto hacia Navarra, y 
todos los frutos de esta tierra, desde que murió el Rey Sancho de Pcñalen. porque 
todo esto pertenece á su reino, y lo poseyó quieta y pacificamente su rebisabuelo 
García Rey de Navarra y de Naxara ; y su bisabuelo por su imbecilidad fué despo- 
jado violentamente de este reino por Alfonso Rey de Castilla su pariente. Pero en 
tiempo subsecuente el Rey García su nieto y padre de éste, de ilustre memoria, 
por permisión divina y por la lealtad de sus naturales recobró, aunque no entera- 
mente, su reino. Y lo que falta todavía lo pide su hijo Sancho al presente Rey de 
Navarra». 

Pedia el castillo de Nájera, Gramón, Pancorbo, Belorado, «el Monasterio de 
Zerezo, Celorico, Bilivio, Mcdria, Vegueta, Clauves, Verbea y Lantarón; y la res- 
titución, con las rentas de los castillos de «Kel, Ocón, Parnugos, Gramón, /.erczo, 
Valorcanas, Trepcana, Milicr, Amihugo. Hayaga, iMíranda, Santa Gadca, Pórtela, 
Malvecin, Leguin y el castillo que tiene Godin». Y solicitaba además le restituyera 
el rey de Castilla hasta la cantidad de cien marcos de plata. 



perpetua é inviolable paz ambos reyes, se restituyeran recípro- 
camente por entero todo lo pedido en derecho, y el rey de Cas- 
tilla diese durante diez años al de Navarra su tío, tres mil mara- 
vedís en cada uno, pagados en Burgos en tres plazos. Después 
de expresada su conformidad á la sentencia por los monarcas 
españoles, reuniéronse en la Abadía de Fitero, donde juraron 
una tregua de diez años, y mantenerla « fielmente sin fraude ni 
engaño, » siendo perjuro y alevoso el que la quebrantare. No 
tardó esto en suceder, demostrándose el poco aprecio que daban 
los monarcas á sus propias palabras : volvieron á guerrear los 
reyes de Castilla y de Navarra; pero efectuaron á poco y sin 
intervención agena, una conferencia entre Logroño y Nájera, y 
arreglaron sus diferencias. Cítanse los castillos y pueblos que 
se devolvieron en la Rioja; mas nada se dice del territorio ala- 
vés, que creemos continuaría en poder del monarca de Navarra 
por cuanto en una escritura del año 1 1 84 se intitula * Rey de 
Pamplona y de Álava » . 

Y en efecto, debió haberse distribuido este territorio; y así 
se consigna en el mismo instrumento citado por Garibay, en el 
que se dice: « Yo D. Alonso Rey de Castilla, doy por quito á 
ivos D. Sancho Rey de Navarra, de Álava perpetuamente para 
t vuestro Reino, conviene á saber, desde Ichiar y Durango, que 

• quedan dentro de él, exceptuando el castillo de Malvesín, que 
i pertenece al Rey de Castilla, y también Zufivarrutia y Badaya, 

• como caen las aguas hacia Navarra, excepto Morellas que 

• pertenece al Rey de Castilla, y también desde allí á foca y de 

• foca abajo, como divide el río Zadorra hasta que cae en el 
t Ebro » . 



Poco duraderas eran las paces en aquellos tiempos, pues el 
afán de pelear ó el de satisfacer insaciables ambiciones podía más 
que las palabras, los juramentos y los más solemnes contratos; 
no siendo obstáculo tampoco para invadir un reino el que el 
monarca estuviera guerreando con los infieles, que hasta la 



ÁLAVA 



8l 



alianza de estos se buscaba en las luchas que entre sí sostenían 
los cristianos. Así sucedió al Rey de Navarra, con quien se ajus- 
taron paces, merced á la intervención de los papas Celestino III 
é Inocencio III, por medio de sus legados Gregorio y Ragnerio, 
quienes le obligaron bajo las penas de excomunión y entredicho 
á apartarse de la alianza y amistad de los musulmanes, ni jus- 
tificada ni honrosa. 

Poco le afectaban tan terribles castigos, porque no conten- 
tándose con sus amistosos tratos con el emir mahometano, mar- 
chó á África á entenderse directamente con él ; aunque algunos 
cronistas han supuesto, sin probarlo, que le indujeron á tan 
atrevido viaje, ciertos amores con una princesa africana. Des- 
mentida esta novela, por extranjero inventada, y sólo cierta su 
marcha al África, dejando huérfano el reino, sin duda para in- 
teresar en su demanda al musulmán, ayudóle tomando parte 
activa en sus guerras, en las cuales demostró el navarro el he- 
roísmo que le conquistó el sobrenombre de Fuerte, á costa 
indudablemente de su descrédito político. 

La orfandad en que D. Sancho dejó su reino la aprove- 
charon los reyes de Aragón y de Castilla, apoderándose el pri- 
mero de la antigua Ruconia y el segundo no paró hasta la fron- 
tera francesa. 

De no escasa importancia la conquista de Álava por D. Al- 
fonso, ha sido presentada de muy distintas maneras y en com- 
pleta contradicción. El príncipe de Viana consigna que el rey 
de Navarra t vióse con el rey de Castilla su primo, é díjole como 
le era forzado ir á tierra de moros, é encomendóle su regno; é 
como quier quel dicho su primo daba por consejo al dicho rey 
que hobiese de ir de allende en socorro del dicho rey moro, 
ansí el dicho rey de Navarra fué. E siendo en la dicha Treme- 
cén adolesció muit fuertement, é cuidó morir; é algunos de Cas- 
tilla, que fueron con él, tubiendole sus físicos por muerto, 
nnieron á Castilla, é fueron al rey de Castilla su señor á le 
facer reverencia, é eil demandóles nuevas del dicho rey de Na- 



82 ÁLAVA 

varra, é cilios le dijeron como lo dejaban en tal estado, que ya 
debía ser muerto, ca ya le habían sus físicos desamparado. E 
sobre esto el rey de Castilla, hubo su consejo, especialment, 
entre otros, con D. Diego de Vizcaya; fuele dado por consejo, 
que pues el rey de Navarra era tanto su deudo, é non hubiese 
ningún fijo, que pusiese esfuerzo en correr é tirarle su tierra, 
antes que el Conde de Champaña, el cual era su sobrino, ni los 
del regno, lo supiesen si se apercebiesen ; é si no que el dicho 
conde regnaría en el regno de Navarra, porque era su sobrino 
del dicho Rey D. Sancho, é más cercano por parte de su madre; 
é con el deudo que habia con el rey de Francia lo podia empes- 
cer; é que no le habria tanto de amor é de vergüenza como 
debia. E ansi, el dicho Rey de Castilla corrió toda la tierra de 
Álava, é Guipúzcoa é Navarra » (i). Prescindimos de exponer 
algunas contradicciones en que incurre después el desventurado 
Príncipe, y veamos cómo refiere el mismo hecho el arzobispo 
D. Rodrigo contemporáneo de los sucesos: 

« El noble Rey D. Alfonso queriendo vengar los agra- 
vios que había recibido del de Navarra, congregó contra ella su 
ejército, y con el del Rey de Aragón su fiel amigo ganaron á 
Ruconia y á Aybar, que tocaron al Rey de Aragón; ganaron 
también á Isaura y á Miranda, que quedaron al noble rey: y 
así habiendo hecho varios estragos, volvieron entrambos re- 
yes á sus Reinos. Al mismo tiempo el noble rey de Castilla em- 
pezó á infestar á Ibida y Álava, y ganó con dilatado sitio á 
Vitoria 1 

t Entretanto cansados los de Vitoria con los asaltos y traba- 
jos del sitio, y extenuados con la falta de víveres, se vieron pre- 



(i) Y continúa diciendo, que Navarra por tener su gente con el rey no pudo 
defenderse; que se rindió Vitoria; que se enviaron letras al rey de Navarra parti- 
cipándole todo; que no las recibió hasta cerca de un año, y aunque doliente aún 
el navarro, las comunicó al rey moro, c vino ¿Cartagena y por Aragón á Navarra, 
desde donde envió mensajeros al rey de Castilla sobre su conducta, y el de Cas- 
tilla con dilaciones y excusas no le quiso rendir nada, y como el navarro se sintió 
flaco de su cuerpo no pudo recobrar lo perdido en Álava y Guipúzcoa. (CrónicA 
de los Reyes de Xavarra.) 



ÁLAVA 83 

cisados á entregarse. Pero el venerable García obispo de Pam- 
plona, agradable por el deseo que tenía de su libertad, recono- 
cida la opresión de la hambre, pasó apresuradamente á hablar 
al Rey Sancho en tierra de moros con uno de los sitiados; y 
declarando la verdad de las cosas, obtuvo licencia para que se 
entregase Vitoria al Rey de Castilla. Y así volviendo en el tiem- 
po aplazado con aquel caballero que habían enviado los sitiados 
de Vitoria, les manifestó la orden del Rey Sancho, para que se 
entregase la ciudad al Rey de Castilla. Con que ganó el noble 
Rey Alfonso á Vitoria, Ibida, Álava y Guipúzcoa con sus casti- 
llos y fortalezas, á excepción de Treviño, que después le fué 
dado á trueque de Inzura. También dio á Miranda en semejante 
trueque por Portella : y adquirió á San Sebastián, Fuenterrabía, 
Beloaga, Zeguitagui, Aircorroz, Aslucea, Arzorozia, Vitoria la 
vieja, Marañón, Ausa, Atavit, Irurita y San Vicente t. 

Más acertado el arzobispo que el príncipe, ya tuviera ó no 
D. Alfonso agravios que vengar, consideró propicia la ocasión 
de estar huérfano el reino por la ausencia de D. Sancho; no 
habiendo noticias de que dejara Regencia ni delegara solemne- 
mente el poder soberano en autoridad alguna. 

La conquista de Vitoria no fué obra de poco tiempo, porque 
parece evidente que D. Alfonso encomendó á D. Diego López 
de Haro la continuación del cerco mientras el rey iba á Guipúz- 
coa. Y fué brava la resistencia; pues aunque la amparasen fuer- 
tes murallas, necesitaron los vitorianos mostrar valor y cons- 
tancia, y probar hasta dónde llegaba el sufrimiento por las 
privaciones de todo género que experimentaron; no siendo 
menos de alabar su lealtad : precisados á rendirse, solicitaron 
del rey de Castilla un plazo para saber la voluntad de D. Sancho 
su señor. Entonces fué cuando pasó á África el obispo de Pam- 
plona, informó al rey de la situación de la ciudad, y concedida 
su entrega, lo fué á D. Alfonso de Castilla en el año 1 200. Don 
Alfonso le confirmó sus fueros y libertades, sin poner en ella 
justicia ni autoridad alguna. 



Dueño el castellano de Vitoria, lo fué de toda Álava y Arra- 
ya (i), dando su gobierno á D. Diego López de Faro ó Haro 
cuya jurisdicción se extendía hasta el mar de Vizcaya (2) ; y 
como el prestigio de su nombre, y sus gallardos hechos, le cons- 
tituían la persona más conspicua de aquel país, hasta muerto 
fué considerado. « Aunque han pasado cerca de seis siglos des- 
pués del fallecimiento de este héroe, se le pide á su memoria un 
obsequio muy particular, pues todos los años, luego que el 
ayuntamiento de la ciudad de Nájera hace el nombramiento de 
sus constituyentes para el gobierno del año siguiente, pasa á 
publicar y leer la elección delante del panteón de D. Diego 
López, diligencia tan necesaria, que es nula la elección si se 
omite esta circunstancia ; por lo que á cualquiera hora que se 
concluya, aunque sea la más intempestiva, se pasa á el monas- 
terio, cuyo abad y monjes cuidan bien de tener abiertas sus 
puertas hasta que se finalice el acto » (3). 

Con D. Diego habían acudido hijosdalgo, caballeros y sol- 
dados de la cofradía de Álava, á las inmediatas órdenes de Ro- 
dríguez de Mendarizqueta á la batalla de las Navas de Tolosa; 
después á la conquista de Baeza; adquiriendo importancia y 
gloria, que no en balde era uno de los magníficos florones de 
la corona de Castilla. Así que, cuando la inmortal D." Beren- 
guela concertó la boda de su hijo D. Fernando III con la prin- 



(O Arraya y la .Minoría constituíanla hermandad de la cuadrilla de Salva- 
tierra compuesta de las cinco villas de Macstu. Alauri. Virgara mayor, Virgara 
menor y Azactta. y las del N'allc Kcal de la Minoría eran Arcnaza, Ibisatc, iKoroin, 
Cicujano. Muntu, AIccha y Lcurza. siendo villas separadas Bcrroci. Izarza, On- 
raita, Kaitcuui. Corres, Apcllaniz, Arlucca y l'rarte. 

Fue sci^or del valle de Arraya el famoso fabulista D. Félix María Samaoiego, 
natural de La Guardia, 

(3) En una escritura del aAo laoi se dice: «reinando el rey Alonso en Tole- 
do, en Castilla, en Aluva y en San Seboslián. y bajo su dominación Diego Lúpct 
en Borobiu (que será Burcba) y Soria hnstn el mar de Vizcaya», (Archivo i« .San 
\tlllin, etc.— M Aiti.N A, lliccionatio de U Academia). Kn otra escritura de i 2 i n, se 
dice también que dominaba Diego Li'>pc;. de Faro en Castilla la Vieja, en Álava, 
en Vizcaya y en Sitiera, reinodo D. Alfonso en toda Castilla, en Toledo y en \tavft 
hasta San ^c^astiAn. 

(1/ Mam.na. 



ÁLAVA 8$ 

cesa Beatriz, recibió á su nuera en Vitoria, acompañando á la 
reina gran séquito de prelados y caballeros, de los maestros de 
las órdenes, de abadesas y de mucha nobleza de caballería. 

Confirió el rey Fernando á su hijo D. Alfonso el mando ó 
adelantamiento de la frontera, y estando en Vitoria, faltó á la 
confianza por su padre en él depositada, acogiendo á D. Diego 
López de Haro que indispuesto con el rey se retiró á Vizcaya 
y promovió rebelión, hallando D. Fernando fácil manera de 
apaciguarla, y que los mismos que la promovieron le ayudaran 
poderosamente á conquistar Sevilla, á cuya gloriosa empresa 
acudieron alaveses. 

También el rey D. Sancho tuvo que morar en Vitoria al ir 
á apaciguar la rebelión de vizcaínos, y unióse allí con la reina 
que acababa de dar á luz en aquella ciudad al infante D. En- 
rique. 

Prósperas siempre para Álava las regias visitas, la recibió 
de San Fernando (1239) y fueros Antuñano; Salvatierra de 
D. Alfonso X, repoblándola (i), Arceniega el de Vitoria, y Es- 
tavillo y Armiñón el de Treviño. 



(i) Villa que se había llamado Hagurain y que volvió á tomar el nombre de 
Alba-tierra, de la antigua Alba de los romanos. 




\- ^. 



\ 



■ ^ .Vi 



^ 



.-.-^^^ü 



A- 



\ 



..^ 



Ir-vij-.^ 



^ 



~^^. 



■?: 



■u 



s:^ 



CAPITULO 111 



Unión de Álava con Castilla. — Célebre cofradía 

de Arriaga. — Fueros, privilegios y exenciones 

concedidos á Vitoria y Álava por 

varios monarcas 



IV., 



I 

^A historia de Álava, unida ya á la de 
Castilla, si antes, como dice el cro- 
nista de D. Alfonso XI se gobernaba y 
^ , regía, no por fuero escrito sinon por alve- 

r Vi^ } drio^ y lo era ahora inmediatamente por 

los adelantados mayores de Castilla, según 
consta en documentos publicados, no ofrece 
más de notable que nuevas fundaciones de 
villas y concesiones de cartas-pueblas y 
privilegios otorgados por los reyes castellanos, los cuales po- 
seían en el territorio alavés muchas poblaciones de realengo, 
designadas en escrituras conocidas. Hallábanse en este caso 
Vitoria, Salvatierra y hasta i6 más, (i) y para que acudieran á 



Ll' \ 



( 



(t) El |8 de Enero de i s^Sla Cofradía de Álava entregó espontáneamente al 
rey |6 aldeas inmediatas á Vitoria y Salvatierra. 



ellas pobladores concedían los reyes los privilegios que en todas 
partes. 

Además del realengo, había en Álava el señorío de aba- 
dengo, solariego y de behetría, de que disfrutaban las iglesias, 
monasterios y prelados, caballeros, ricos hombres y fiijosdalgo; 
concedido todo por los reyes (i), reteniendo siempre ten ellos 

para nos el señorío real é la justicia; el semoyo é el buey 

de marzo » ; de cuyo tributo se eximía á algunos pueblos. 

En general los monarcas solían ser un dique á las desme- 
didas pretensiones y ambición de la nobleza, que redundaban 
en perjuicio de sus vasallos, viéndose estos obligados á acudir 
al rey que por su parte unas veces y por las cortes otras, dic- 
taban leyes para armonizar en lo posible las diferentes clases 
del estado, como se hizo en las cortes de León, Benavente, etc., 
si bien produciendo una legislación confusa y casi incomprensi- 
ble, que aumentaba las dudas y los pretendidos derechos, y 
por consecuencia los e.\cesos y desórdenes. De aquí los pleitos, 
violencias, injusticias, muertes, guerras intestinas entre villas y 
lugares realengos con los de señorío, solariego y de behetría, 
entre señores y vasallos, de cuyos males no se vio libre Álava; 
y entonces aparece la célebre cofradía del campo de Arriaga, 
verdadero pacto de fraternidad que no podía menos de producir 
muy beneficiosos resultados para la concordia de todos y buena 
administración del país. Podrá ser más antigua la creación de 
esta cofradía; podrá remontarse á los primeros años de la irrup- 
ción musulmana; no hemos tropezado con la cofradía ni hallado 



( I) Solía usarse en tales concesiones esta fórmula que hallamos en varios do- 
cumentos, con la variante del objeto de la concesión: «el nos por faccrvos bien 
é mcrcct, damos vos ¿ otorgamos vos, por esto que nos dodcs, que todos los vue»- 
tros vasallos, ó collazos, ó abarqueros que habcdcs en Álava, también los que nos 
vos damos que eran vecinos de Vitoria c de Salvatierra, como los que vos habc- 
des, que non vos los coian en Vitoria, nin en oalvaticrra, ¿ que los ayadcs libres>| 
i quilos, salvo todo nuestro scnnorio, c todos los nuestros derechos en todas 
cosas, que nos finquen asi como los habernos en los otros vuestros vasallos de 
Álava, en tal manera, que cualquiera labrador que este heredamiento poblare, 6 
labrare, que nos dé aquel derecho que nos dan los otros vuestros vasallos, ó abat" 
queros, ó collazos que son en Alavaa. ( frivile^io de I). Aljonso X). 



A L A T A 



89 



documento en nuestras investigaciones; pero de seguro que aun 
existiendo no tendría la grande autoridad que después tuvo (i). 
No conocemos documento alguno que cite la cofradía de Arria- 
ga anterior al privilegio de Alfonso X, dado en Sevilla á 18 de 
Agosto de 1258 á virtud de un convenio entre la provincia de 
Álava y las villas de Vitoria y Salvatierra, sobre la adquisición 
de varios pueblos, en el que dice: t Campo de Arriaga que sea 
término de Vitoria, e que finque prado para pasto, e que no se 
labre, e que se fagan h¡ las yuntas assi, como se suele facer». 
Componíase la cofradía de infanzones, hijos dalgo, ricos- 
hombres, caballeros y escuderos, obispo de Calahorra, su arce- 
diano y clérigos de la provincia, teniendo también su parte se- 
ñoras y damas alavesas. Esta cofradía elegía los cuatro alcaldes 
y jueces universales que habían de gobernar aquel año toda la 
tierra, de los cuales uno era siempre justicia mayor, á quien 
tocaban las apelaciones y daba las sentencias definitivas. Ade- 
más de las juntas ordinarias celebraban otras cuando ocurría 
algún especial motivo, conservando por medio de ellas y de sus 
acertadas providencias, invariables é ilesas sus propias y priva- 
tivas leyes, usos y costumbres, exenciones, franquezas y liber- 
tades. Además de los alcaldes tenía para el gobierno militar y 
político, un señor ó conde, elegido libre y espontáneamente por 
la misma provincia, que le servía de capitán general ó jefe de 
guerra para ocurrir á las que se ofrecieran. No vemos que esto 
se efectuase. 



i\) El ¡lustrado Sr. Becerro Bcngoa en su excelente Libro de Álava, dice que 
en los siglos VIH y ix "aparece gobernada la provincia por sí misma, congregán- 
dose los alaveses para los asuntos de su gobierno, en la Cofradía del Campo de 
Arriaba, y sitio de Lacua, á la cual pertenecían el llano de Álava y los valles in- 
mediatos. Todos los años, el día 24 de Junio, se reunían en dicho punto los cofra- 
des, después de haber traído en procesión desde el alto de Cstiváliz lu Imagen de 
la Virgen, y de haber hecho oración en la ermita de San Juan el Chico, existente 
aún pero muy reducida sobre el río Avcndaño; allí, á la sombra de los grandes 
árboles, que poblaban el extenso campo, escogían en pública asamblea sus cuatro 
alcaldes mayores, uno de ellos ¡efe de la Justicia, quienes por espacio de un año 
gobernaban la provincia. En estas juntas se hacia tambicn la elección del Seüor ó 
¡efe militar*. 



90 



Álava 



Lo que sí es de consignar que no se ve representada en la 
cofradía la clase popular; así representaba un conjunto aristo- 
crático, sistema gótico observado en Asturias, Aragón y Nava- 
rra. Hubo de sufrir notable variación, porque ya en tiempo de 
D. Alfonso XI, como veremos, se presentaron á este rey en 
Burgos, labradores con la procura de la cofradía ; lo cual prueba 
que estaba en ella representada esta clase; aun cuando en Álava 
no formaban los labradores, ni podían formar una clase tan pre- 
ponderante como en otros puntos de España, porque ninguno 
disponía de muchas tierras, para ser opulento. De todas ma- 
neras, esta representación era popular. No podía menos de serlo 
así cuando ya en las cortes de Benavente, años antes, se había 
admitido el brazo popular en ellas, en lo cual se anticipó Espa- 
ña en medio siglo á Francia é Inglaterra. 

La antiquísima y célebre aldea de Arriaga, cuna de San 
Prudencio, patrón de Álava, cuya casa está en lo alto del tér- 
mino, se halla en las inmediaciones de Vitoria : merece visitarse 
por los recuerdos que evoca, y para contemplar la elegante 
torre greco-romana de su iglesia. Cuando en su término en el 
campo de Lauca, se reunía la cofradía que gobernaba la pro- 
vincia, era grande su vecindario que hoy apenas cuenta 1 5 ve- 
cinos. Allí está también el histórico puente, donde murió el ge- 
neral francés Serret, en la célebre batalla de Vitoria, puente 
desde donde se echaba la carta al Zadorra, para ver si no retro- 
cedían las aguas en su curso (i). 

Á corta distancia se ve la ermita juradera de San Juan el 
Chico, donde tantas fíestas se celebraban por aquella cofradía 



(1) Cuando D. Allonso Vlll confírmó los fueros de Vitoria concedidos por Don 
Sancho el Sabio, parece que les dijo, que: a mientras corriera el río Xadorra hacia 
el Ebro, los tendrían». A su virtud, desde entonces y hasta hace 78 años, los vi- 
torianos acompañados de su procurador sindico, del escribano y los alguaciles 
del municipio, acudían anualmente en la mañana de San Juan d la orilla del río 
/adorra, i introduciéndose en él á caballo un alguacil, lanzaba una carta á las 
aguas, la corriente la arrastraba, el escribano levantaba testimonio, y probado 
que las aguas seguían su curso natural y que los fueros continuaban, tornabui á 
Vitoria por la ermita de San Juan el Chico y se festejaba el acto. 



LAVA 



91 



promiscua, pues podían pertenecer á ella, como vimos, las due- 
ñas y señoras principales alavesas. 

La cofradía de Álava ejerció sin duda jurisdicción, mero, 
mixto imperio, como consta del convenio celebrado el 24 de Di- 
ciembre de I 29 1 entre el concejo de Vitoria y la cofradía, la 
que otorgaba al concejo la jurisdicción y el derecho de imponer 
pena de muerte: « si por aventura alguno volviere baraia nin 
feriere á otro en la villa nin fuera de la villa por enemistad que 
hayan nin por otra razón ninguna fasta estos moyones, damos 
poder á vos el conceio sobre dicho, que á cualquier que lo fi- 
ciere que lo podades matar, quier por justicia, quier por otra 
muerte qual vos quisieredes ó por bien tovieredes, sin nuestro 
mandado e sin nuestro conseio > . 

Todo esto es verdaderamente significativo, porque corres- 
pondiendo la jurisdicción y justicia al rey, la delegaba, ó con- 
sentía ú otorgaba cierta independencia en Álava, ó sea en el 
territorio de la cofradía; sin que esto pudiera influir, en nues- 
tro concepto, en el derecho de behetría de mar de que há 
tiempo disfrutaban los alaveses, el cual, mientras existiese, 
nadie podía coartarlo, siendo independiente de los demás dere- 
chos que pudiera tener el monarca. 

No se libraba la tierra alavesa de los desórdenes y contien- 
das, tan generales entonces, por lo que pugnaban intereses en- 
contrados. Vitoria pleiteaba con la cofradía sobre la propiedad 
de 45 aldeas; envió D. Alfonso á su merino mayor de Castilla 
Juan Martínez de Leyva, ante el que expuso la cofradía, « que 
el consejo de Vitoria les tenía forzadas las 45 aldeas, e que 
estas dichas aldeas e toda la tierra de Álava era e debia ser 
suya, así como lo fué de aquellos onde ellos venian : » Vitoria 
contestaba, « que dichas 45 aldeas eran e debian ser del rey su 
señor e suyas sin parte de los cofrades de Álava, porque las 
habian comprado e ganado asi como debian » ; y el arbitro sen- 
tenció que 41 de estas aldeas pertenecían á Vitoria y 4 á la co- 
fradía ; reiterando que los vitorianos no pudiesen tener en tierra 



de Álava, ni por compra, ni por donación, ni por prenda, ni por 
otra razón alguna más aldeas que las que les adjudicaba la sen- 
tencia, mandándoles al mismo tiempo vender dentro de un año 
las heredades que tuviesen fuera de realengo, para que nada 
poseyesen en territorio de los cofrades. Confirmó el rey la sen- 
tencia y se restableció la paz, aunque no de una manera segura 
y permanente, porque á los dos meses, hallándose D. Alfonso 
en Burgos, se le presentaron procuradores de la Cofradía, hijos- 
dalgo y labradores á ofrecerle • el señorío, etc., toda la tierra de 
Álava, et que fuese suyo ayuntado á la corona de los regnos; 
et que le pedian merced que fuese rescebir el señorío de aquella 
tierra, et que les diese fuero escripto por do fuesen juzgados, 
et posiese oficiales que feciesen y la justicia > . Partió el rey á 
Vitoria, preséntesele el obispo de Calahorra, individuo por de- 
recho propio de la Cofradía, exponiendo que hidalgos y labra- 
dores reunidos en el campo de Arriaga, le rogaban por su con- 
ducto fuese á la junta, « et que vos darán el señorío de Álava, 
según que vos lo enviaron decir con sus mandaderos ; » acudió 
D. Alfonso al campo de Arriaga y • diéronle el señorío de 
aquella tierra con el pecho forero, et que oviese los otros pechos 
reales, según que los avia en la otra del su señorío • . A su vir- 
tud se otorgó en Vitoria el 2 de Abril de 1332, el notable ins- 
trumento en que tal sesión se consigna y el otorgamiento del 
fuero (i). 

Vitoria, capital de Álava, asentada en un principio en la an- 
tigua Gazteiz, correspondiente á aquella parte de la población 
llamada villa de Suso ó Campillo, debe, sino su fundación, su 
engrandecimiento primitivo al rey D. Sancho el Sabio de Nava- 
rra, que fué quien ocupó á la cofradía de Arriaga el lugar de 
Gazteiz, en 1 181. Considerando la ventaja del sitio, una eminen- 
cia, rodeada de extensa llanura, la fortificó, construyendo dos 
castillos y cercándola de altas murallas : nombró jefe militar de 



(1) Víase Apéndice núm. 1. 




LATA 



9? 



esta plaza de armas á Pedro Ramírez, concedió el monarca fue- 
ro y legislación particular, viniendo á ser en sustancia el mismo 
\jáe Logroño, la dio el título de villa y nombre de Vitoria, que 
[significa sobresaliente y escogido. Lo era también su legislación, 
como lo prueban los siguientes artículos, que hoy envidiamos 
ilgunos: «Si el gobernador de la villa tuviese justo motivo para 
lacer justicia en algún vecino, no le pondrá en la cárcel con tal 






tü 



'í?m 



Objetos de hierro y piedra encontrados en Viui.ascso 
(Colección del Sr. Vclatco) 



que el delincuente dé fianza, y caso de que por no darla y cons- 
tar el delito fuese encarcelado, al salir no pagará carcelaria.» Se 
prohibe en la decisión de las causas y litigios la bárbara costum- 
bre de las pruebas vulgares de hierro caliente, agua hirviendo 
y desafío ó lid campal, reduciéndose la forma del juicio á la de- 
posición de testigos, los cuales debían jurar en la iglesia de San 
Miguel, situada á la puerta de la villa, delante de la cual, como 
se acostumbraba en todas partes, tenía el alcalde su tribunal 
para juzgar y administrar justicia. Se establece que los clérigos é 
infanzones contribuyeran como los demás vecinos, y no tuvieran 



91 



A L A V 



en la misma población casa más libre que las de los vitorianos. 
Se eximía de todo pecho y contribución las heredades de los 
nuevos colonos y pobladores, así como las de los antiguos, 
tanto las patrimoniales como las adquiridas de cualquiera mane- 
ra, contentándose el legislador con el tributo personal de dos 
sueldos al año por casa; «é sino fuere con vuestra voluntad, nin- 
gún otro servicio hagáis.» Este fuero de Vitoria, que se hizo 
célebre, se comunicó á muchas villas y lugares, como Orduña, 
Salvatierra, Tolosa, Vergara, Arceniega, Lasarte, Deva, Azpei- 
tia y Elgueta. 

Confirmados por D. Alfonso VIII, cuando conquistó á Vito- 
ria, concedió nuevas exenciones y privilegios, confirmado todo 
por D. Fernando III y D. Alfonso el Sabio que aumentóla pobla- 
ción y la concedió después el Fuero Real que unificaba el caos 
legislativo que á la sazón existía, sin que por entonces consi- 
guiera su objeto, por negarse los pueblos y los señores á des- 
prenderse de sus privilegios, á cuya conservación contribuían las 
turbulencias del reino. Los confirmó D. Sancho IV para que le 
ayudaran contra su padre : D. Juan II la dio el título de ciudad (i). 
Apenas ha habido monarcas que no concedieran mercedes á 
Vitoria: D. Fernando el Católico la hizo la de que se titulara 
Muy Noble, y la reina D.'' Isabel obtuvo de Alejandro VI, la 
traslación de la iglesia colegial de Armentia á la parroquia de 
Santa María, hoy catedral. 

Hemos insinuado anteriormente, que las vicisitudes de los 
tiempos, y en especialidad las producidas por las disensiones 
locales, disminuyeron la población de Álava ; y, en efecto, ya en 
principios de este siglo contaba cerca de lOO lugares menos, 
arruinados unos y agregados otros á Castilla, Vizcaya y Guipúz- 
coa ; lo cual se hacía fácilmente cuando reyes y señores dispo- 
nían de los pueblos como de cosas muebles. Pero estas desmem- 
braciones paulatinas no afectaban tanto á la provincia y á la 



(i) En I o de Novicmhrc de 14? i desde Medina del Campo, 



_pu 

Kói 



corona como la expulsión de los judíos que pechaban anualmente 
cerca de i 2 millones de maravedises. En Vitoria, hasta sin médicos 
se quedaron, porque eran judíos los que ejercían esta profesión. 
I Aunque no se han 
reedificado algunos 
ueblos, de los que 
lo quedan las ermi- 
tas, fué reponiéndose 
poco á poco la pobla- fl 
ción de Álava; pero 
sin cuidarse de con- 
servare restaurar sus 
más antiguos y pre- 
ciados monumentos, 
tanto más dignos de 
ser atendidos cuanto 
que no abundaban. 

Siendo, como fué, 
voluntaria la entrega 
de Álava á la corona 
de Castilla, es evi- 
dente que en ello ga- 
naban los entrega 
dos, y para ganar 
tenían que verse ne- 
cesariamente ó muy 
oprimidos , ó muy 

recargados de tributos, y éstos eran sin duda grandes, por- 
que el Sr. Becerro nos dice, que, con la entrega * quedaron 
libres de tributos, pechos y servicios » ; y como el realengo no 
les eximía de ciertos tributos, de aquí el que éstos fueran meno- 
res que los que pagaban antes, aun disfrutando « de todas las 
franquicias, buenos usos y costumbres que desde antiguo te- 
nían > . 




KeSTOS encontrados en la parte ANTir.UA DE 

Vitoria, incendiada en ijoj 
(Colección del Sr. Vclaico) 



por 



el de 



pocaga- 
tl poderoso. 
i el pro- 
aétr j en flostración, 
am poderoso estado; 
de ÁJxwz á Castilla, 
L T de ao ■eaor trasoendeocia 
y los que se evitaroa ; y tiene 



Careciendo Abra de h 
ó triiirinnil, 6 
aatíz al dBA, pa(t|iie en 
La Mooarqaia osad 
greso de los tieoipos, aa la 
y siempre se gana tía ca ion 
así, pues. la entrega, ó más 
fué mi acto de grande 
por los males que se 
rasóo d Sr. B ecer r o en raMrar de patriócico d pensamiento 
presentado por D. Pedro de Egaña á las juntas de Ala>^, de 
erigir en d campo de I .ama, iii i nriliafn i Arríaga, un monumento 
que c o nmem or e y perpetúe aqod acto, al qoe contribuyeron 
alaveses de todas las clases y de todos los bandos, inspirados 
tmánimemente en los mis elevados •n uiimirmos de unión, de 
firatemídad y de patriotismo. 

Xo puede menos de llamar la ateodóo la existen c ia en Álava, 
como consigna la escritura, de los collazos que habían desapareci- 
do completamente de Castilla, y alli se concedía á los hijos-dalgo 
que los collazos de su propiedad Riñesen perteneciéndoles, y ^M 
que si desamparasen las casas ó solares de sus señores, pudiesen ^* 
éstos prenderlos donde los encontrasen y ocuparles sus hereda- 
des. Elstos collazos recordaban los sier\*os colonos de los impe- 
rios romano y gótico, adheridos al terruño, y que no podían li- 
brarse del territorio de los señores, más que ascendiendo, por 
medio del rescate, á la condición de labradores colonos. Una ven- ^M 
taja tenían sin embargo los collazos de Álava, la de que resen'án- ^^ 
dose el rey la jurisdicción y administración de justicia, podían 
recurrir al trono contra las vejaciones del señor, lo cual les 
ponía en mejor condición que á los N'asallos aragoneses y cata- 
lanes. 

Todos ó casi todos los monarcas que siguieron á D. Alfonso 
hasta Carlos III, aun Fernando Vil, confirmaron la anterior es- 
critura; en la que además de lo que dejamos expuesto se con- 



ÁLAVA 97 

signaba que los ° labradores que morasen en las tierras de las 
iglesias monasteriales y collazos de los hidalgos, fuesen libres de 
todo pecho y pedido, salvo de! buey de marzo y el semoyo, 
pero si los señores lo tuviesen por bien no quedasen libres: que 
los hidalgos de las aldeas de Vitoria tuviesen el mismo fuero 
que los de Álava : se establecían otras excepciones y penas por 
delitos, etc. ; y que no pudiese haber herrerías en Álava, porque 
no se consumiesen los montes. También se dictaban disposicio- 
nes sobre la caza, ventas, compras, donaciones, desafíos ; que no 
haría el rey ninguna nueva población en Álava, y eximía á cier- 
tas aldeas de todo pecho. — Para disfrutar del privilegio de la 
■cláusula XV — los 500 sueldos — el hidalgo en Álava, era preciso 
lo fuese < segund fuero de Castilla > , conforme la cláusula XIX 
de la escritura. 





.A^i^rú-'^'^'^'^'^ '^-^-^ 



% 




I 



CAPITULO lY 



astado social. — Orden de la Banda. — ServicioB de los alaveses. — Kl condd 
^^ de Salvatierra y los comuneros. — Pero López de Ayala. — Ordenanzas 

^B Atravesaba España, y de ello no se libraba Álava, una de 
las épocas más turbulentas de su variada historia. Sólo la justi- 
ficación y la valiente energía de D. Alfonso XI, pudieron hacer 
frente á tantos desórdenes y á tantos enemigos. No podía, en 
efecto, afirmar la autoridad soberana sin enfrenar la licencia de 
la nobleza; para conseguirlo, mandó la observancia de las leyes 
que prescribían que ninguna persona poderosa comprase casas, 
ni tierras, ni tuviese heredamiento en las ciudades, villas ó luga- 
res pertenecientes á la corona; prohibió embargar la jurisdicción 
real, cobrar pechos desaforados y hacer daños y fuerzas; impu- 
so graves penas á los motores de armadas; limitó los casos de 
desafiamiento; hizo volver los alcázares tomados á los pueblos; 
ordenó derribar las fortalezas roqueras, que no se consintiese 
levantar otras, y tomó bajo su guarda y encomienda los castillos 
los prelados, ricos hombres, hijos dalgo y otro cualquiera 



I (i). Taaibíénse 
p rop U Bo coartar hs Ebertaifes lie las iwinif ^mis . &u s titu} t 3 i J o la 
cleco áo popular de alcaldes por los de e J e cci á n real; alterando 
así gravemente tacaóstenda de los csocgos, en cnanto á la pro- 
váíóa y á la duracióa de los oficios; porque si se recAi£an antes 
los cargos de la república de los Tc dn o s oonstítnfdos en a\iiata- 
niento, degialos ahora la corona, y se con virti eron de anuales 
en TÍtalidos ; lo cual era un retroceso en las libertades públicas. 
Es evidente que D. Alfonso trató de amenguar el desmedido 
poder de algunos orgullosos magnates : pero yerran los escrito- 
res que le juzgan por esto enemigo de la nobleza : pues en pro- 
tegerla fué más allá que ninguno de sus antecesores, y hasta 
faltó al principio no desmentido en nuestra antigua jurispruden- 
cia, de que los señores no pudieran ejercer jurisdicción sino por 
expreso privilegio de la corona; así es que, cediendo sin duda á 
poderosas inñuencias, • Et estables^emos, dijo, que la justicia se 
«pueda ganar de aquí adelante contra el Rey por espacio de 
ifient annos. continuadamiente sin destaiamiento ninguno (2) e 
^non menos... Et la jurisdí^ion givil, que se gane contra el Rey 
*por espacio de quarenta annos e non menos > (3). 

Estando en Vitoria D. Alfonso, creó la Orden de caballería 
de la Banda, que ha sido seguramente una de las más distingui- 
das, y su creación un excelente pensamiento por lo que contri- 
buía á dulcificar la rudeza de las costumbres de aquella época, 
á consolidar la amistad y cariño entre los asociados, á hacer 
renacer el espíritu de unión, y á que fuesen todos más caballe- 
ros, más leales y más nobles : que los hijos segundos y terceros 
de las casas más distinguidas, dejaran la vida oscura que hacían, 
cuando no era insurrecta ó vandálica; mostrando el regio funda- 
dor de la Orden que, si los crímenes y desmanes le obligaban 



(o Cortes de ValUdoIid, 173$.— Oe Medina del Campo. itaS. — Oe Madrid» 
I 339, etc., etc. 

(3) B. N., Esc. y Tot. omiten : ninguno. 
(l> Efe. : e non de menos. 



ÁLAVA 



lOI 



á un rigor inexorable no acostumbrado hasta entonces, quería 
imperasen en sus reinos esas costumbres dulces y galantes, orí- 
jen de las más heroicas acciones, para decir al mundo que en 
"aquella sociedad eminentemente guerrera, se rendía el debido 
culto á la cortesanía y á la civilización. Y tan adelante fué en 
esto España, como en otras muchas cosas, que lo que hizo Al- 
fonso XI en 1332, lo imitó Eduardo III de Inglaterra en 1350, 
fundando la Orden de la Jarretierra, y Juan II en Francia institu- 
yendo la de la Estrella; pero en ninguna había como en la cas- 
tellana tanta delicadeza en el objeto, tanta originalidad en la 
idea, ni el espíritu caballeresco que en todo sobresalía (1). 

Al pretender D. Alfonso abrir ancho campo de gloria y for- 
tuna á los hijos desheredados de nobles y opulentas familias, y 
perpetuar sus honores, le engañó su buen deseo: lo consiguió 
al pronto, pero no estaba en su mano contener ó dirigir esos 
grandes sacudimientos que así como los terremotos derriban 
por su base la secular encina y el fortísimo alcázar. Las turbu- 
lencias de los tiempos y aquel estado de continua guerra, no 
permitían á aquella sociedad asentar nada permanente que nece- 
sitase orden y justicia, para que hubiera derechos respetados y 
deberes ejercidos. 

Regresó D. Alfonso á Burgos, y desde aquella ciudad dirigió 



(i) El distintivo de los caballeros era una banda del hombro izquierdo á la 
cadera derecha. Negra en un principio, Tuó después encarnada y de otros colores, 
con estos escudos : 



&, 



!>Í?vJaL^ 






?dfB* 






m 



á Vitoria (i) una real cédula mandando que ningún judío pudiese 
tener obligación sóbrelos cristianos vecinos de aquella población, 
previniendo á los alcaldes y jurados de ella, que no consintiesen 
ú otorgaran cartas de deudas de cristianos á judío, dando por 
nulas las que se hiciesen, é imponiendo la pena de cien marave- 
dís de la moneda nueva á cualquier escribano que contraviniere 
á este decreto, fundado en la costumbre inmemorial observada 
constantemente en Vitoria, la cual reclamaron al rey sus vecinos. 
Concurrieron los alaveses con los guipuzcoanos y vizcaínos 
á la batalla del Salado, peleando bien, como dice la Crónica 
rimada : 

€ Lioneses, asturianos, 
Gallegos , portogaleses, 
Bisca/nos, guipuscoanos, 
E de la montanna alauescs, 
Cada uno bien lidiauan, 
Que siempre será fassanna, 
E la mejoría dauan 
Al muy noble rrey de Espanna.» 

También acudieron al cerco de Algeciras, comandados por 
D. Ladrón de Guevara y D. Beltrán Vélez. su hermano, cuyo 
D. Ladrón murió en la campaña (2); y no sólo ayudó Álava al 
rey con hombres, sino con alimentos, que las crónicas refieren las 



(I) El 38 de Abril de mi. 
(a) 



^ • A poco tiempo ñnara 
Un rrico omnc, buen varón, 
El rrico omnc de Gucuara, 
Que llamaron don Ladrón. 

oRcal varón en sus manos, 
En batalla grand bra(;cro. 
En i\ perdieron lipuscoanoB (a), 
llucn escudo de acero. 

■Dios lo quiera perdonar, 
r»uc8 por el la muerte priso, 
E le quiera dar lugar 
En el su santo Paraíso.» 

Crónica rimadt, 3j6í y sig. 



(<i) CalpaicowuM. 



llegadas de bastimentos de Vitoria y de otros puntos. D. Alfon- 
so mostró su gratitud concediendo á los alaveses exenciones, 
fueros y privilegios, además de los que años antes concediera á 
nilarreal, á Alegría (i) y á diferentes poblaciones. 

La parte que alguna tierra de Álava tomó en defensa de la 
randera levantada por los comuneros de Castilla, no fué en pro 
de los mismos derechos y libertades, como se ha supuesto, que 
en nada se mermaban las de los alaveses, sino impulsado el cau- 
dillo por deseos de venganza, y por obediencia los que le se- 
guían, porque era su señor y disponía déla vida de sus vasallos. 

Tiempo hacía que el conde de Salvatierra D. Pedro de Ayala 
andaba indispuesto con la corte de la reina Isabel, que ponía 
coto á sus ambiciones y tiranía. Había hecho degollar el conde 
á un escribano, vasallo suyo, por haber dado á D." María su ma- 
dre una copia del testamento de su difunto esposo, y al saberlo 
los reyes le hicieron prender y confiscar sus bienes, de lo cual 
resultó grave daño á sus tierras. Llevado el de Salvatierra á la 
corte, se temió por su vida ; pero la reina aseguró no se le im- 
pondría pena de muerte ni mutilación de miembro, y se remiti- 
rían al concejo, como se hizo, las diferencias entre madre é hijo. 
Concluido este asunto, no por eso dejó el conde de inquietar á 
la corte, por cuyo motivo mandó el concejo ( 1499) que no per- 
maneciese en Vizcaya, %por lo tal redunda en nuestro deservicio 
é en dagno é escándalo de ese dicho condado é Encartaciones. > 
Posteriormente se restringieron los injustos derechos que el de 
Ayala, como dueño y señor, exigía de sus vasallos, que sólo se 
atrevían á quejarse. 

En 1520 estaba en desacuerdo el conde con su mujer por 
los muchos agravios, y como Sandoval dice, por la mala vida 
que por la recia condición del conde la condesa padecía; razón 
bastante para haber mandado el rey que la condesa D." Marga- 



(1; La concedió titulo de villa y á sus vecinos facultad para nombrar anual- 
mente alcalde y merino naturales del pueblo. 



rita con sus hijos estuvieran en Vitoria, dándoles el conde ali- 
mentos según su calidad (i). 

Considerándose el de Aj'ala gpravemente ofendido y revol- 
viendo en su mente proyectos de venganza, porque no era de 
los que á las ofensas se rendían, halló propicia ocasión de satis- 
facer su saña contra el rey en el levantamiento de las Q>muni> 
dades: alzó en Agosto (1520) el mismo pendón en las merín- 
dades de Castilla la Vieja, favoreddo por Burgos, cuya ciudad 
envió comisionados á Vitoria para que se unieran á la junta: 
negóse aquella por no faltar al rey ; pero no era este el verda- 
dero motivo, sino la discordia que reinaba en los pueblos, que 
en el estado de centralización en que no hacía mucho tiempo se 
encontraban, querían todos, validos de sus antiguas preeminen- 
cias, erigirse en cabeza, y cada cual, á su vez, exponer los dere- 
chos que para ello le asistían. Decidióse, pues, Vitoria á no ayudar 
á las comunidades, aun cuando lo solicitó Guipúzcoa y Vizcaya, 
que deseaban se uniesen todos; y deseábanlo también los de 
Nájera y Haro que demandaban además ayuda contra el condes- 
table de Castilla y el duque de Nájera que decían les tenía tira- 
nizados ; mas á éstos y á Vizcaya y Guipúzcoa respondió Vitoria 
graciosamente, y con desdén á Burgos, desatendiendo el verda- 
dero espíritu que en Álava reinaba. 

Consta en el archivo de la Diputación, que viendo el diputado 
general Diego Martínez de Álava que los ánimos se inclinaban 
á favorecer las pretensiones de los pueblos levantados y á con- 
federarse con ellos, por lo que de popular tenía la causa, echó 
mano á cuantos recursos estuvieron á su alcance para aquietar- 
los y al efecto hizo determinar un acuerdo y nombrar á Juan de 
Álava para que fuese á Tordesillas y viese lo que hacían los 
procuradores de las comunidades con encargo de que diera des- 
pués cuenta de todo á la provincia. 



(1) El diputado Diego Mvlinez de Álava íaé cl encargado del curaplimiealo 
de lo por cl rey mandado. 



^ 



»e 



m^ 



Como el tiempo urgía, y el de Salvatierra apretaba, la junta 
de Tordesillas envió á la provincia y ciudad de Vitoria á Anto- 
nio Gómez de Ayala, como juez ejecutor, con provisiones para 
los que se le presentasen, y encargo de que le diese favor el 
conde de Salvatierra. Afanábase éste por decidir á la junta de 
la provincia; pero se excusaban sus individuos con la falta de 
poderes para obrar en vista de tan difíciles y extraordinarias 
circunstancias; volvieron á reunirse asistiendo los procuradores 
de Salvatierra y Laguardia, y después de una sesión tumultuosa, 
acordaron estorbar que la provincia y ciudad tomasen parte en 
s alteraciones de Castilla. 
Gran contrariedad era ésta para el conde, cada vez más 
exasperado, pues hasta le habían quitado á Ampudta los impe- 
riales, si bien se la recuperaron Padilla y el obispo Acuña, espe- 
rando que él en tanto se apoderase de Burgos; pero «un deudo 
del conde de Salvatierra supo halagar á éste andando un día de 
camino hasta encontrarle y decirle que le estaban muy agrade- 
cidos los de Burgos, por lo cual si tuviesen algún motivo de 
mor le pedirían socorro. Esto y la seguridad de haberle ya 
recuperado la villa de Ampudia templó sus fueros, y nada á gus- 
to de sus capitanes Gonzalo de Barahona y el Abad de Ruella, 
volvió la espalda á Burgos, y comenzó á tomar sus medidas 
ara posesionarse de Vitoria (i).» 

En posesión el conde del cargo de gobernador y capitán ge- 
neral desde Burgos hasta Fuenterrabía, algo podía hacer ; álte- 
se la tranquilidad en Vitoria con la prisión del juez ejecutor y 
un escribano, aunque estaban amparados por el de Salvatierra, 
lo cual no les evitó ser conducidos con grillos á la fortaleza de 
Bernedo; agitáronse los ánimos del pueblo vitoriano, y una or- 
den de la junta de Tordesillas al conde para que levantara gente 
y tomara la artillería que el condestable había de conducir desde 



(i) Decadencia de España— <.* farle, Historia del levantamiento de las Comu- 
iiadei de Castilla, por D. Antonio Ferker riEi. Kiu. 

»4 




Fucnterrabía, acabó de excitar á todos, haciéndose teatro de 
jruerra civil la provincia. 

Los más seguían al conde, quien con su gente, la levantada 
por su capitán Gonzalo de Barahona y otros, presentó en el 
campo de Arriaga (Marzo de 1521) unos 13,000 hombres, con 
los que se apoderó de 7 cañones en Arratia, procedentes de Bil- 
bao; pero los destruyeron sus conductores. Parece que también 
impidieron el paso de la artillería que para las tropas imperiales 
se llevaba de Fuenterrabía, aunque nos inclinamos á creer que 
ambos hechos son uno mismo. Acudió el conde contra Vitoria: 
aumentando sus fílas con la voz de que iba á ser saqueada, sen- 
tó sus banderas en Arriaga, á una media hora. Su triunfo no 
pareda dudoso; mas no le deseaban los de la ciudad, ni el com 
bate, y para quitar pretextos al conde, rogó la ciudad á los 
contraríos de aquél que se retiraran á Treviño. Entonces se 
abríeron las puertas de la ciudad y Gonzalo de Barahona se con- 
tentó con cruzarla con banderas desplegadas, retirándose des- 
pués al pueblo de Audagoya de la hermandad de Cuartango. 

Decidióse la Diputación á servir mejor la causa del rey que la 
del pueblo, pues aunque no interesara tanto la de las comunidades 
á los vascongados como á los castellanos, afectaba á toda Espa- 
Aa- El poder temió que se propagara la insurrección á todo el país 
vasco, y «llegó á tanto la alarma, que pidió y obtuvo de las jun 
tas, no sin gran oposición, la suspensión de las garantías forales, 
estableciendo así una cosa parecida á la que hoy llamamos es- 
tado de sitio ó guerra » . No siempre las corporaciones populares 
se inspiran en el sentimiento público, y á veces le olvidan, aun 
cuaodo 00 falten ocasiones en que, si no contrariarle, deban din- 
gírle por el camino más conveniente ; en esta ocasión, y ya de 
parte dd Gobierno, ordenó que todas las hermandades acudie- 
sen armadas, ó á lo menos con la mitad del importe de sus fo 
güeras, al lugar de Aranguiz, surtidas de víveres para ocho 
días. Dióse el mando de estas gentes á D. Martín Ruiz de Gam 
boa y Avendafto, como capitán general de Álava; se reforzaron 



h 



I 

I 



sus huestes, sorprendieron á las fuerzas del conde en Audagoya, 
saqueando y quemando el pueblo; pasaron en seguida á Salva- 
tierra, tomándola; quemaron la casa-fuerte de Gauna, y el 1 2 de 
Abril pelearon ambos contendientes en el puente de Durana, 
quedando derrotados los comuneros. Preso Barahona, fué dego- 
llado en Vitoria; y preso también, poco después el conde, le con- 
dujeron á Burgos, donde se vio tan pobre y desamparado que 
hubo de aceptar los socorros de un antiguo criado suyo que se 
hallaba al servicio del condestable su enemigo. ¡Cuánto debió 
sufrir la orguUosa altivez de aquel magnate! (i). 

En 1524, estando en Burgos el emperador, que no había 

Ividado la saña que tuvo á los comuneros, ni saciado su sed de 
sangre, habiéndose derramado tanta, hizo morir al conde desan 
grado. Al llevarle á enterrar iba con grillos en los pies descu 
biertos y éstos fuera del ataúd. Ni aun al muerto se perdonaba 
En la contienda entre el rey D. Pedro y su hermano D. En 
rique, siguió Álava en un principio el partido del monarca legí 
timo, á costa de no pocos suírimientos, que sabía arrostrar su 
noble lealtad. Intereses encontrados y pasiones bastardas divi- 
dieron á los alaveses, y mientras los gamboinos apoyaban á 
iD. Pedro, defendían los oñacinos á D. Enrique. En poco estuvo 
que en su llanada se dirimiera la cuestión fratricida: el ejército 
de D. Pedro penetró en Álava por la parte de Salvatierra, y el 
de D. Enrique, compuesto en gran parte de aventureros y no 
muy distinguidos extranjeros, acampó debajo de la montaña en 

uya cumbre estaba el castillo de Zaldiarán: detuviéronse 
poco y marcharon á la Rioja donde se libró la famosa batalla 
de Nájera en la que fué derrotado D. Enrique, debiendo su sal- 
vación al caballero alavés Ruiz Fernández de Gauna. 

Hallóse en esta batalla Pero López de Ayala, una de las 
figuras más conspicuas de la Edad media. Descendiente de 



(t) L(i cas.i-solnr de la raniiliadcl conde de Salvatierra, en Vitoria, fue á poder 
ícle la ciudad que la destinó ñ cárcel, hasta 1 8<; 7 que fué demolida. 



ilustre familia alavesa, antes y después enlazada con la regia 
estirpe de Aragón y de Castilla, nació en 1332; mozo ya, fué 
doncel del rey D. Pedro de cuyo ser\4do se separó para ir al 
de D. Enrique. Poeta insigne y discreto historiador de cuatro 
diferentes reinados, pues así manejaba bien la espada como la 
pluma; creado alférez mayor de la Orden de la Banda, llevó en 
esta pelea el respetado pendón de aquella, experimentando la 
desgrada de quedar prisionero de los iní^leses, librándose mer- 
ced á un crecido rescate. Unióse después á D. Enrique, quien 
en sus larguezas dio al de A>'ala la puebla de Arceniega y la 
Torre del Valle de Orozco, conürmándole la posesión del valle 
de Llodio: nombróle en 1374 alcalde mayor de Vitoria, le con- 
firió al arto siguiente el mismo cargo en Toledo; le «nvió como 
su embajador á la corte del rey de Aragón para concertar las 
diferencias que habían provocado el desafío de Juan Ramírez de 
Arellano, mereciendo grandes elogios su comportamiento; no 
menos distinciones mereció de D. Juan I, quien le otorgó por 
privilegio rodado la villa y aldeas de Salvatierra de Álava : de 
él se valió el rey para que ofreciera su amistad á Carlos VI de 
Francia : y hallándole Ayala ocupado en guerra contra ingleses 
y flamencos, sirvióle tan eficazmente con su consejo en la famo- 
sa batalla de Rosebeck, que no sólo mereció la honra de que le 
nombrase su camarero, sino que le concedió durante su vida y 
la de su hijo mayor. Fernán Pérez de Ayala, mil francos de oro 
anuales. 

Continuó prestando á Juan de Castilla sus servicios ayudán- 
dole con dignos y políticos consejos, y en la batalla de Aljuba- 
rrota, después de reconocer la posición ventajosa que tenían los 
portugueses y suplicar al rey que esquivase hasta la menor es- 
caramuza en aquel lu^ar, que entendía había de resultar contra 
la reputación y salud de sus soldados, como la gente moza lo 
achacara á temor y comenzara la pelea, peleó bizarramente 
Ayala, hasta caer en poder de los enemigos abrazado al pen- 
dón de la banda. Paseáronle metido en una jaula de hierro; 



A L A. V A 



log 






encerráronle cargado de hierros en el castillo de Oviedes; 
obtuvo su rescate por 30,000 doblas ; agracióle el rey con 
los cargos de copero y camarero mayor; fué de embajador 
á Inglaterra, y en las cortes de Guadalajara de 1390, prestó al 
rey uno de esos servicios que no suelen ser agradecidos, porque 
en vez de falaz lisonja son valerosa y digna contrariedad. Que- 
ría D. Juan apellidarse rey de Portugal abrigando el descabe 
liado proyecto de abdicar en su hijo D. Enrique el reino de 
Castilla, reservándose los de Andalucía y Murcia con el señorío 
de Vizcaya; con lo cual juzgaba que, aplacados los portugueses 
para quienes la posibilidad de unirse en una sola cabeza ambas 
coronas, había sido pretexto á la rebelión, abandonarían la cau- 
sa del de Avís, declarándosele sus vasallos. Al tratarse de esto, 
López de Ayala, penetrado de los desastres que acarrearía tan 
menguado proyecto, posponiendo toda lisonja, con gran entere- 
za y dignidad lo desaprobó en un discurso, abundoso en máxi- 
mas políticas y morales, y el rey considerando primero irreve- 
rente la libertad de Ayala, y deponiendo después su infundado 
enojo, mostró su grandeza de ánimo pidiéndole perdón de haber 
dudado de su fidelidad y olvidó su descabellada empresa. 

Durante la minoridad de Enrique III, intervino Ayala más 
directamente en la gobernación del Estado, formando parte del 
consejo de regencia por voto de las Cortes de Madrid. En 1392 
ajustó treguas con Portugal. Determinado el rey en el siguiente 
año de tomar sobre sí el peso de la república, retiróse Ayala á 

I sus posesiones de Quejana de Álava, para descansar, en el seno 
de su familia y en la dulce paz de las letras, de las inquietudes 
de la Corte. 
Entonces, 1396, dotó á la iglesia de San Juan del retablo 
mayor y frontales del mismo. En otras obras pías se ocupaba 
cuando fué investido en 1398 con el título de Canciller mayor 
de Castilla, de cuyo cargo era exonerado el arzobispo de San- 
tiago, D. Juan García Manrique. Volvió á la Corte; logró que 
US hijos Fernán Pérez y Pedro López fuesen honrados por el 



1 
1 

I 



río 



i t. A V A 



con los empleos de merino mayor de Guipúzcoa y alcalde 
mayor de Toledo, cargo que él había hasta entonces por sí 
ó por sus tenientes desempeñado: se dedicó asiduo á ser\'ir la 
Cancillería, de cuyas tareas se desquitaba con el cultK-o de 
las letras durante el estío, ora en su casa de Quejana, ora en el 
monasterio de San Miguel del Monte, retiro agradable, cercano 
á Miranda de Ebro. hasta que ^Icció ea 1406 en Calahorra, 
sepultándose en d OB onas t er io de Quejasa, Cbndación de su 
padre, uno de los alaveses que ünBarcn el acta de la entrega 
en 1332. 

iistá situada la casa moaasterío de Qu^ana, que no repre- 
tntamos por su poca ñnportaBda artística, y perteneció á la 
Orden de Santo DooÑngo, á 2 lepas de Ordyfta; conser va aún 
noublcs enterraaMeafeos de los Ajusfas, Sarwif >n: y Guxmán, 
y cfl la capiBa, fuadaciáu de Perú López de Ayala y de su mu- 
jer D.* Leonor de Gaxaáii, úeat oaas giaadcs tablas góticas 
coo los rebatos de k» Ayalas« Fenáa y i^ro» y ddante de 

ans ^pMWlescDlDC M Daonos altares 

qpoe aspirui bocror. Ea raarihin, la capilla, los 

y otros rióos y gl o ri o sas fe añ gio b están 

y cah i m e s de palva» fAaáas y ense 

se iMBb de NoesKim SeAondd Cabello, 

de ofo ée pesa <fe 14 aaicas, » r.ai i : a do en la 

aa cabda de ífamia SeAoca dado por 



alrmiFliir «il 
:A>id,<ie< 



para 




hacerlas familiares Las Décadas de Tito Livio, hasta entonces 
descubiertas, la Historia Troyana de Guido de Colonna, y la 
Caída de Principes, de Boccacio : compuso el famoso poema 
Rimado del Palacio, en el que con inusitada valentía combate 
todos los vicios de la época, sin perdonar al mismo Sumo Pon- 
tífice, porque dice muy bien, 



191. Si la cabeza duele, tudo el cueqx> es doliente. 



^^^^ No librándose los prelados y el clero de sus censuras, tam 
^^poco podían librarse los reyes. 



235. Kste nombre de rey | de bien regir desciende: 
Quien há buena ventura | bien assy lo entiende; 
líl ([ue bien d su ]meb!o | gobierna et defiende 
liste es rey verdadero; | tírese el otro dende. 



^M Escribió además Ayala las crónicas del Rey D. Pedro, de 
^■Z'. Enrique II, de D. Juan / y de D. Enrique III, en cuyas 
^^meritorias vigilias llegó á sorprenderle la muerte: en todas estas 
obras es claro, conciso, elegante más que otro alguno de los 
escritores de su tiempo: en todas resplandece el decoro de la 
narración, la pureza y frescura del lengpjaje, la sencillez del es- 
tilo, sin que asome en ella, ni aun remotamente, aquella pedan- 
tesca afectación, que algún tiempo después caracteriza la prosa 
de los más notables escritores castellanos, que se precian de 
^—imitar en sus producciones las elegancias latinas (i). 
^m También acometió López de Ayala, siguiendo el camino que 
su padre le trazara, la empresa de escribir la Historia de su 
casa y el Libro de cetrería, que no ha visto aún la luz pública 
^■y le escribió en 1386 estando preso en el castillo de Oviedes. 
^B Véase, por lo expuesto, si hasta estamos obligados á reco- 
^'mendar á la provincia de Álava, que no olvide á uno de sus 
más preclaros hijos; que honre sus abandonados restos, que 
enaltece á los vivos honrar á los muertos, y considere debida- 



( II Hislorij critica de la lileratuta española, por D. Josií Amador oe los Ríos. 




mente la mc i ofia del que no sólo es una gloria de Álava sino 
de F.spafta 



II 



Aun cuando AJa\'a no hubiera tomado parte, que la tomó y 
mucha, en la fratricida lucha entre D. Pedro y D. Enrique, bas- 
taba lo que en ella figuró Ayala. Pero no podía eximirse aquella 
provincia aunque no fuera más que de experimentar las conse- 
cuencias de la guerra y de las vicisitudes á ella inherentes. En 
el parlamento que el rey D. Pedro tuvo en Bayona, obligábase 
el de Navarra á dejar libre á las tropas confederadas el paso 
por su territorio, y á combatir f>ersonal mente f>or D. Pedro, el 
cual le daría en compensación las provincias de Guipúzcoa y 
Álava, Calahorra, Alfaro, Nájera y todas las tierras que decía 
haber pertenecido antiguamente á Navarra. Su rey, Carlos el 
Malo, en vez de cumplir lo que pactó y firmó, conferenció á 
poco con D. Enrique en Santa Cruz de Campezu, á presencia 
de los arzobispos de Toledo y Santiago y de varios magnates 
de Castilla, y juró por la hostia sagrada que no daría paso á 
las huestes de D. Pedro y serviría con su poder y persona á 
I). Enrique, que le dio en recompensa la villa de Logroño. 
Mas así como los reyes disponían á su antojo de los pueblos, 
éstos, cuando la ocasión se les deparaba, se entregaban á quie- 
nes más beneficios les otorgaba. Derecho tenían los pueblos de 
Álava á ser atendidos y amparados por D. Pedro cuyo partido 
seguían ; pero no les pudo otorgar el socorro que demandaron 
al verse sitiados por D. Enrique. Suplicáronle entonces les per- 
mitiese capitular honrosamente, por no poder soportar ya más 
tiempo el hambre y la miseria, y D. Pedro les contestó que 
nunca se partiesen de la corona de Castilla, y que en vez de en- 
tregarse al navarro, como pretendían, se diesen á D. Enrique. 
Dispuestas estaban Vitoria, Salvatierra y Santa Cruz de Cam- 



ii6 



A LA V* 



las nociones de humanidad. Tan exacerbadas estaban las pasio- 
nes y tan endurecido el corazón de todos. Prolongábase tal 
estado, porque en aquel constante bregar hacían su aprendizaje 
guerrero los hijos de los caudillos que perpetuaban con su 
nombre los rencores de familia y perf>etuaban también á la vez 



^f\^: 



^r^ 



OtTALLE Oe LA BaSIUCA de ARMEJtTIA 



la destrucción del país ; pues apenas se daba un paso sin encon- 
trar campos y montes talados, pueblos incendiados y caseríos 
en ruinas. El blasón de una de las casas antiguas de Álava, de 
Zarate, es la representación de las anchas hojas acuáticas del 
río Zadorra, que parece quedaron cubiertas con el polvo levan- 
tado por el tropel de los contendientes, con un cerco de sangre; 
que fué mucha la derramada en la batalla del Zadorra, librada 
al pié del alto Araca y sobre el viejo puente del camino de 
Arriaga, mandando á los oñacinos Fernando Ortiz de Zarate, 
primero de este apellido. 



Álava 117 



IV 



Fundada Vitoria en una colina, apenas era dueña de más 
terreno que el que ocupaba, y como la villa pertenecía al rey 
de Navarra, los del llano, que era de los alaveses, no podían 
menos de oponerse á las aspiraciones de ensanche de la nueva 
población. De aquí la continua lucha entre unos y otros, pues 
aunque en menor número los vitorianos, hallaban siempre seguro 
asilo y defensa en sus torres y murallas. De ellas salían á sor- 
prender á sus enemigos y á efectuar algaradas, dejando en pos 
tristes recuerdos. Molestábanles mucho los vecinos de Avenda- 
fio, y quejándose de ello al rey de Navarra, es fama que sacó 
su espada, cortó de un golpe una planta que cerca de él había, 
y dijo á los mensajeros: «Esto habéis de hacer con vuestros 
enemigos;» á poco arrasaron á Avendaño. 




t20 



ÍL A T A 



las mansiones del camino romano de Astorga á Burdeos, tuvo 
en aquellos tiempos y posteriores verdadera importancia por su 
gran población. De haber existido en tiempo de los romanos, 
hay testimonios evidentes (i). En sus cercanías y en todo el dis- 
trito desde Irufta hasta Alegría, en cuyas inmediaciones estuvo 
Tulonio, se notan vestigios de la vía romana. 

A la iglesia de Armentia se trasladó la cátedra episcopal de 
Calahorra, y se fijó allí, después del cautiverio de esta ciudad, 
la silla dfl Obispado alavense ; cuyo establedmiento se debió á 
la piedad de los reyes de Asturias, los cuales, viendo á sus pre- 
lados fugitivos á causa de la invasión sarracénica, crearon, para 
conservar el culto, el obispado de Álava. Excelente prueba de 
haberse visto libre de mahometanos aquella región, aun la llana, 
porque á dominar en ésta, hubieran llevado á sitio más montuo 
so el Obispado. Los obispos Teodomiro, Recaredo y Vivere qui 
existieron en los siglos viii y ix, confirman escrituras como obis' 
pos de Calahorra residentes en Álava. La extensión de esta di 
cesis, en algún tiempo, se dilataba por el N. hasta el Cantábrico, 
comprendiendo el señorío de Vizcaya; por el E. confinaba con el 



o- 

i 




"4 



At- A V A 



Asentada Ayala en jurisdicción de la villa de Alegría, dio 
nombre á la famosa hermandad de 36 poblaciones. Era tam- 
bién Ayala la 3.''' cuadrilla de las seis en que se dividía la 
provincia de Álava, y Vicariato del obispo de Calahorra, com- 
prendiendo 28 pueblos. 

La antigüedad de Ayala infórmala una bella ermita ó más 
bien restos de la parroquia que fué de aquel lugar, cuyos veci- 
nos con los de otras aldeas inmediatas pasaron á poblar la villa 
de Alegría según consta del privilegio de población que le dio 
Don Alfonso XI en Sevilla á 20 de Octubre del año 1337. 

La ermita, cuya vista reproducimos, está dedicada á Nuestra 
Sra. de Ayala. Es digna de que se evite su completa destrucción. 

En una pequeña eminencia, desde la cual se descubre una di- 
latada y deliciosa campiña, á 1 1 kilómetros de Vitoria, está el cé- 
lebre santuario de Estibaliz, cuya e.xistencia, bajóla advocación de 
Santa María, consta en el siglo xi. Su dueña en el siglo xv, Doña 
María López, lo vendió á Fernán Pérez de Ayala en 2,000 mara- 
vedises de juro de heredad, situados en las alcabalas de la villa de 
Nájera y mil florines de oro del cuño de Aragón: y la casa de Aya- 
la lo traspasó al hospital de Santiago de Vitoria por 1 500 ducados 
de oro el 5 de Marzo de 1542. Ha conservado pila bautismal y 
sacramento, á pesar de no tener más feligreses que un sacerdote 
que la sirve y pone de su cuenta la ciudad, como patrona, y un 
ermitaño que cuida de su aseo y limpieza. 

Según la opinión más admitida, pertenece el santuario al 
arte románico de transición. El conjunto de su fachada es bello, 
como pueden ver nuestros lectores por la lámina que la repre- 
senta, que demuestra además los deterioros sufridos por el 
tiempo y por la guerra civil, que tanto han destruido la parte deco- 
rativa. Su sencilla planta coronada por tres ábsides, sus colum- 
nas embellecidas por curiosos capiteles historiados, la pila bau- 
tismal y un frontal de piedra del altar del Cristo, ostentan 
detalles que, según opinión del señor Amador de los Ríos, lo 
hacen remontar á la época visigoda. 




L 



^'- — =_ — «». z '<^ . -*. 



Santuario de N'tra. Sra. de Estibaliz 



ga, donde celebraba sus juntas la célebre cofradía. Poco esti 
mado este valor histórico, aquella imagen mutilada y vestida á 
la moderna, se conserva en Villafranca de Estibaliz, población 



lat 



Á.L A T A 



situada en d térmioo dd referido santuario, d cual debió ser 
parroquia de esta villa, mu)' condderable en lo antiguo. Con 
razón dice d erudito alavés señor Becerro de Bengoa que: 
t Procede de toda justicia y honra de Ala\-a, qoe esta basílica, 
verdadero monumento arqueológico, se restaure cenciemiuta 



■U 



ry 



SAjrrvAkio dc Estivaux. — Detallc de ua Pokiada 



m*nU, puesto que aún queda casi toda en pié;... y procede asi- 
mismo que cumplida por la provincia esta reparación, debida á 
tu honroso pasado, seAale la Excma. Diputación un día al aAo, 
al siguiente del regreso de las juntas de Mayo, por ejemplo, en 
el cual los vitoríanos y los alaveses del llano, acompaften al 
Diputado á celebrar en Estibaliz una función solemne.» 



túB 



jlt A V \ 



Esta reparación, que el arte y la historia exigen de consuno, 
sobre conservar los preciosos restos que aún existen, evitará, 
no que sirva de establo de ganados, como equivocadamente se 
ha dicho, sino ni aun de casa de labranza. 

Cerca de Estibaliz, hubo otra ermita famosa, el Otero de San 
Román, en el cual fué armado caballero D. Pedro I de Castilla 
con otros muchos caballeros en 1367, por el príncipe de 
Gales. 

También en Marquínez, donde además de una parroquia 
dedicada á Santa Eulalia, había tres ermitas tituladas Nuestra 
Señora de Violarra, San Roque y San Juan, hay aún bellezas 
artísticas que admirar y antigüedades que estudiar. 

Época de progreso para Vitoria fué el final del siglo xiv y 
todo el XV, por lo mucho que aumentó su población, erigiéndose 
entonces las iglesias de Santa María, San Vicente, San Pedro y 
San Miguel. 

De este tiempo datan también los edificios de la calle de la 
Cuchillería, erigidos por los mismos que contribuían á la des- 
trucción del país por la parte que aquellos señores tomaban en 
las sangrientas discordias que ocuparon, sin interrupción apenas, 
toda la Edad media. Excitadas las pasiones de todos parecían 
querer neutralizar su afán destructor, ya erigiendo templos don- 
de pedir el perdón de sus culpas y dar descanso á los restos 
del que en vida sólo se ocupó de la guerra, ya levantando sun- 
tuosas moradas que eran á la vez fortalezas, pues se necesitaban 
gruesas paredes y altos torreones que amparasen la defensa y 
garantizasen la acometida. 



II 



Si después de esta breve excursión por la provincia, entra- 
mos en Vitoria, y recorremos, uno á uno los restos de su glo- 
riosa antigüedad, forzoso es conceder la primacía entre todos á 
la Catedral de Sania Alaria. 



I30 



ALA T A 



En I i8i era á la vez %lesia y casdBb; r al derarse la fÜ- 
brica actual en d s^glo xrr, detafareáó lodo icaigk> de la obra 
románica y dd faave- Looe bojr d ffaSbo gótko ó ofival, con 
un hermoso póróoo cabierio, deoondo coa lies aicadas de ri- 
quísimo trabajo, en las que bajo degaatcs d o ad e tes acompa- 
ñan á la imagen de la Virgen ■lohitpd de saatos de tamafio 
natural, ojivas cuajadas de estataítas y di »ei & o > asamos de es- 
cultura (i). Forman d tendió tres seacSas Bares y d crucero, 
donde hay un notable enterraniiento. 

En el centro dd cmoero se dcva la capSa. wayxx con un 
lindo tabernáculo, un elevado retablo de her n o sa talla, obra 
del original escskor alavés Valdívidso, dos degantes pulpitos 
y encima la bandera y banderines qoe los alaveses llevaron á la 
guerra de África, una espingarda y una gumía, cogidas al moro. 
Hay en la iglesia algunos enterramientos notables que los reve- 
lan las inscripciones. En la sacrístia, además de la sublime Con- 
cepción de Juan de Carreño, es de admirar d magnífico cuadro 
que representa á Jesucñsto }'acente en brazos de su madre, 
contemplado de rodillas por la Magdalena, llamado de la Pie- 
dad, que se atribuye á Van-Dick, y la cruz de derecía de plata 
y oro, primorosamente labrada, de grandes dimensiones y que 
se supone ser trabajo de Benvenuto Cellini (2). Hay además 
otra cruz de plata, ñligranada de primoroso trabajo y de mé- 
rito. 

Notable preciosidad histórica, por ser obra de hada el siglo xii, 
según la opinión más admitida, aunque podría atribuírsele ma- 
yor antigüedad , y se considera como el único resto románico 
que queda, e-s una imagen de la Virgen, sentada, denominada 
de la Eidavilud, llevando en la mano derecha un clavo den- 



(O CfM U Váitibf» i)ac cati alli represcnUda U cabera del artista que enri- 
queció M|ttal p^fXUtf», 

1 3) **i tirfH «Ua hlttoria cata cruz que haber pertcoecido al botín que se co- 
>■ •■• tn U celebre batalla de Vitoria. 

< lit metal, por tcr de madera la cruz que reproducimos, es uno de 
lo« aif nM mM nutablca por au trabajo artiatico del que puede envanecerse Álava. 




tro de una S. Guardada en 
una pieza de la sacristía, sólo 
la sacaban, poniéndola moder- 
nas vestiduras, en la procesión 
del Corpus. Sin duda para que 
armonizase más con los trajes 
con que incautamente la vestía 
poco ilustrada piedad, ha su- 
frido algunas reparaciones pro- 
fanas, que son de lamentar, 
porque es la imagen más anti- 
gua de Vitoria, y aunque no 
tuviera otro mérito, conside- 
ración merece. 

La parroquia de San Vi- 
cente, aparte de su antigüedad, 
ofrece poco de notable, si ex- 
ceptuamos la torre de gusto 
bizantino recién construida, que 
es bella, y se ha alzado sobre 
el asiento de 

telégrafo óptico , y las dos 
grandes conchas, de peso de 6 
arrobas cada una, que sirven 
de pila de agua bendita. La de 
San Miguel, erigida sobre las 
ruinas de una modesta iglesia 
románica, ostenta, á la altura 
de la población á que está el 
templo, en un alto pórtico de 
dos grandes arcos que contie- 
nen una preciosa hornacina de 
jasf>e, la imagen de la Virgen 
Blanca, patrona de los vitorianos ; y hay en el mismo pórtico 



I 




ija 



Álava 



U*»" 



una bella portada de gusto romano ; en el altar mayor, un 
magnífico retablo de tres cuerpos con esculturas de Gregorio 
Hernández; al lado, un curioso arco con labores del renacimien 
to, y en la parte exterior del ábside está el 
> sitio famoso donde se guardaba el Machete 

viloriano^ sobre el que juraba el Síndico 
cumplir fiel y lealmente su cargo, bajo pena 
que le cortarían la cabeza caso contrarío, 
con el alfanje de hierro y acero agudo se- 
mejante á el Machete vitoriano, sobre el 
cual el que juraba ponía la mano (i). La 
parroquia de San Pedro tiene por la calle 
de la Herrería un ancho y elegante pórtico, 
con doseletes y labores qne debieron ador- 
M^ B'J» - ^^^ ^^^ estatuas, que no se colocaron, en 
«r.jE^ K» la vuelta de su bonito ábside ; conserva la 

iglesia curiosos sepulcros con magníficas 
estatuas yacentes, distinguiéndose la del 
obispo de Córdoba, D. Diego de Álava, 
que falleció en 1562, ejecutada en Milán; 
en la capilla de los Reyes una admirable 
tabla del siglo xv adornando el fondo la 
decoración de un enterramiento; en la de la 
Soledad llama la atención una estatua de 
Maciiktb vitoriano Gregorio Hernández, y en la sacristía una 
losa de una pieza de mármol negro de 
Anda, — valle de Cuarlango, — que forma el tablero de la mesa, 
de 13 pies y 9 pulgadas de largo y 5 y 4 de ancho. 

Los conventos de San Antonio, Las Brígidas y Santa Cruz, 
no ofrecen particularidad notable; menos aún los que se deno 



( I ) El último juramento prestado (u¿ en 1 84 1 y desde entonce» no ha vuelto 
Á repetirse la ccremonin, trasladándose el Machete al Ayuntamiento, en cuyo ar- 
chivo se conserva como recuerdo histórico, y en el sitio donde estaba hay una 
Upida conmemorativa del acto de la trasladación. 



■ ^JUé: 



,.< 



i- i 



136 A I- A V A 

fantería, fué fundado por el patriarca San Francisco en 1214» 
según la tradición ; aunque no consta de documentos auténticos, 
parece exacto, como se consigna en una lápida, que al santo 
fundador se debe el pequeño templo de Santa María Magdalena, 
cuna y origen de la actual fábrica, según lo demuestra el señor 
Cola y Goiti, en su libro La ciudad de Vitoria. 

Más interesante sin duda alguna para el artista la casa del 
Cordón llamada así por un extenso cordón de piedra, como los de 
la orden de San Francisco, sobre el doble arco ojival y una 
pequeña puerta al lado de la grande del arco. Obra del siglo xiv 
este caserón como su curiosa capilla, más que por su belleza 
artística, es notable por sus recuerdos históricos. Habitábala, 
cuando debido á las influencias del rey D. Carlos fué elevado 
al solio pontificio en 1522, por muerte de León X, el carde- 
nal Adriano, maestro de D. Carlos y venido á España á encar- 
garse del gobierno por fallecimiento del rey Fernando el Cató- 
lico; pero no pudo competir con las relevantes prendas de 
Cisneros, el regente, que aunque tuvo asociado á Adriano, fué 
una figura decorativa en el gobierno. D. Carlos le nombró 
posteriormente único regente del reino, cuyo nombramiento y 
el embarque del rey en la Coruña, acabó de desazonar á los 
magnates, que no querían ser gobernados por un extranjero, 
aun cuando ya gobernaban tantos, y á pesar de las excelentes 
condiciones del honrado Adriano. Á llevarle la noticia de la 
elección del cónclave, y á cumplimentarle de parte de Carlos V, 
fué su mensajero Hurtado á la casa del Cordón. Celebróse ea 
Vitoria con grandes fiestas este nombramiento, y de todas partes 
acudían á felicitar al nuevo pontífice (que prometió elevar á ca- 
tedral la colegiata de Santa María); rio pudiendo quizá cumplirla 
por el corto tiempo de su reinado, pues apenas duró un año. 

En la misma calle de la Cuchillería hay alguna otra casa de 
la propia época, como la de la Sra. D.* Guadalupe de Cincune- 
gui y de Zavala, n.° 36, cuya sencilla portada revela su anti- 
güedad, no exenta de belleza, y muy especialmente la casa 



la grandeza de sus fundadores, acusa la incuria artístico- histórica 
de sus sucesores. 

Lo propio podemos decir de la casa llamada de los Ala- 
vas. Asentado este edificio entre las calles de la Zapatería y de 
la Herrería, construido hacia el año de 1530, hay que compren- 
der, por lo que ha quedado, la grandeza de lo que ha sido. Da 
á la primera calle parte de una severa fachada de sillería, con 
dos grandes puertas de arcos de medio punto, y con varios 
huecos de balcones y ventanas que caracterizan la época de la 
construcción, con otros restos de mayor grandeza, sin faltar los 
correspondientes escudos de armas. A la calle de la Herrería 
mira la otra fachada, compuesta de dos partes; una de tres 
pisos de mampostería con un cuadrante de reloj y campana, 
apresado en 25 de Julio de 1782 por el ilustre marino D. Igna- 
cio María de Álava en un navio inglés, y la otra parte de la 
fachada la forma una galería de arcos y columnas del mejor 
gusto; no lucen lo que debieran por las obras en ellos ejecu- 
tadas. 

Los Alavas, de esclarecido renombre, que constituyen una 
de las glorias alavesas y de España, han dejado notables re- 
cuerdos en esa casa, que puede .ser considerada como un museo 
de familia tan distinguida y por tantos títulos apreciable. 



-««S\!^ 



(TÍ 



L^. 



"rsi^r 



_,.Kwsn 



»;• 



CAPITULO VI 

Disensiones civiles. — Deplorable situación del pueblo. — Despotismo 

de los magnates 



I 

/\s tan antigua la fecha de las deplorables disensiones que 
^^-^han ensangrentado la tierra alavesa, que ya en tiempo del rey 
D. Sancho García y de D." Urraca su mujer, año 924, consta 
que había bandos y enemistades en Álava y dice «que los de- 
safíos y desagraviamentos que acostumbraban hasta allí, los 
hayan y puedan hacer en adelante en el lomo de Otero de Es- 
tibaliz en los días primeros de Mayo, después del sol salido 
hasta el sol entrado, y no desde más adelante hasta el otro 
día 1.° de Mayo venidero.» 

Aquí se daban reglas ó se consignaba cierta especie de 
organización á aquellas luchas, que no es presumible observasen 



I40 



ÁLAVA 



regularidad alguna y se atuviesen á reglas, si no había autori- 
dad que las impusiera, y siendo los contendientes dueños de 
la fuerza y por consiguiente del país. Si nos atenemos á otros 
pareceres, ya en el siglo vi existían enemistades entre los vas- 
congados, que si no eran producidas por gamboinos y oñacinos, 
lo eran entre otros linajes; no faltando quienes las hagan ascen- 



--• 7 



:r^ 






m 






ií^l 



r^^ 






&^^^^ 



VITORIA.- Palacio de Bbxdaña 



der á los tiempos de los romanos. En todos podían existir, 
porque la ambición, el interés y todas las malas pasiones tienen 
más antiguo abolengo. 

Al comenzar el siglo xv no pudo librarse Álava de la per- 
turbación que por todas partes y más á su alrededor reinaba. 
Trataron algunos valerosos alaveses de hacer frente ó poner 
término á las mutuas diferencias de los magnates, especialmente 
del conde de Castañeda, y más adelante de D. Pedro López de 
Ayala, contra quien se hicieron tuertes las hermandades, llegan- 



Álava 



141 



do hasta cercarle en su villa de Salvatierra ; pero acudió en su 
ayuda á levantar el cerco el conde de Haro, que cayó sobre la 
herniandad con 500 lanzas y 4,000 infantes y la mató gente. 
Así se protegían mutuamente los magnates poderosos; prolon- 
gaban las luchas, aumentaban los desastres y devastaban la 
tierra. 

En las contiendas entabladas por los aristócratas Ayalas 
contra los demócratas Callejas, llegaron á hacerse campo de 
batalla las calles y casas de Vitoria (i). «Los Ayalas celebra- 
ban y tenían sus hermandades en San Miguel; los Callejas en 
San Pedro. Los primeros á veces en los hospitales, cuyas ha- 
ciendas gastaban en bandolerías, comidas y borracheras. Así 
continuaron hasta el año de 1476, en que el católico rey Don 
Fernando V los extinguió, dándoles para su gobierno y oficios el 
famoso arreglamenío capitulado {pL),* ó sean las ordenanzas de 
aquel año y el siguiente, que estuvieron en vigor hasta que 
en 1747 se sancionaron las modernas. 

Los servicios que á los reyes prestaron los alaveses en las 
guerras contra Navarra (para la que sólo el valle de Arama- 
yona aprestó 500 hombres) y Portugal, en la invasión francesa 
en Guipúzcoa, y en las expediciones contra Málaga, Vélez Má- 
laga y Granada, en cuya conquista les guiaba Diego Martínez 
de Álava, les granjearon de tal manera la voluntad de los Reyes 
Católicos, que guerreando éstos con el de Navarra, accedió á 
los deseos de los alaveses de que conquistaran para sí la forta- 
leza de Estella. Y tan deferente estuvo siempre con ellos, que 
cuando entró en Vitoria D. Fernando al frente del ejército que 
conducía á Guipúzcoa contra los franceses, como en Álava estu- 
vieran preocupados desfavorablemente respecto á ciertos pre- 
lados que en sus negocios mostraron malas intenciones á favor 



(i) Hasta hace pocos aflos han existido algunas con sus torres, y hoy existe 
la de Avcndaño y otras, aunque ya desñguradas por las reparaciones que han ex- 
perimentado. 

(a) Padre Vitoria. 



tisfecho de la ingerencia del clero en ciertos asuntos que debie- 
ran serles algo, sino totalmente, extraños. 

No es porque en Álava dejase de estar encarnado el espí- 
ritu democrático; pero dominaban corporaciones más aristócra- 
tas que populares, y los señores atendían más á sus disensiones 
intestinas y rivalidades que á los principios que informaban la 
constitución político administrativa del país que les debe algu- 
nos infortunios. Aquel pueblo que no abría las puertas de Vito- 
ria á D." Isabel la Católica, y la detuvo ante ellas hasta que 
juró sobre los Evangelios la observancia y confirmación de sus 
fueros y privilegios (i); y que, á pesar de las regias cartas con 



(i ) «En veinte y dos de Setiembre, año del nacimiento de Nuestro Señorjcsu- 
Christo, de rail y quatrocientos y ochenta y tres años, este dicho dia fueron en 
las puertas que dicen el portal de Arriága de la leal ciudad du Vitoria, estando 
cerradas las dichas puertas é las cerraron por acuerdo de dicha ciudad c de la 
Junta general de la provincia de Álava, que en el dicho tiempo estaban juntos en 
la dicha ciudad, estando la Kcina Nuestra Señora Doña Isabel, por la gracia de 
Dios, Reina de Castilla, de León, Aragón y de Galicia, etc., que venia á estar en la 
dicha ciudad con otras muchas gentes de perlados y caballeros que con su Alteza 
venían, en presencia de mi, el escribano, y testigos de inso escritos, salieron fue- 
ra de las puertas de la dicha ciudad á recibir á su Alteza el alcalde, justicia y re- 
gidores, caballeros, escuderos, hijosdalgo de la dicha ciudad, e los diputados, 
alcaldes, e procuradores de las hermandades, villas e tierras de la dicha provin- 
cia, c juntamente suplicaron e pidieron por merced á dicha Señora Reina Nuestra 
Señora, que á su Alteza pluguiese, pues ahora nuevamente venia y entraba en la 
ciudad y su provincia, de les observar y mandar que les fuesen guardados y ob- 
servados, y confirmados todos los privilegios, exenciones, libertades, fueros, 
buenos usos y costumbres de la dicha ciudad de Vitoria e su tierra, c de las otras 
villas, c lugares que son comprehcnsos en la dicha provincia tierra de Álava, e 
de no nos enagenar de su corona real, e guardar todo el privilegio que señalada- 
mente la dicha tierra de Álava tenia dado y otorgado por los reyes de gloriosa 
memoria, e confirmado por sus Altezas : e aquello le dixeron á su Alteza como 
Reina y su señora natural: e luego la Reina Nuestra Señora dixo, que á su Alteza 
le placia de lo asi facer, e pusieron delante á su Alteza un libro délos Evangelios, 
e sobre el libro una cruz, e su Alteza quitó un guante que en su mano traia e tocó 
con su mano derecha sobre la cruz en el dicho libro e dixo que juraba por Dios 
L vivo c verdadero, c por la gloriosa Virgen María su Madre, e ;i las palabras de los 
I Santos Evangelios do quier que son escritas, que su Alteza guardaría e observa- 
ría, e mandaría guardar e observar todos los privilegios y libertades, y exencio- 
nes, buenos usos y costumbres, e prehcminencias, c franquezas que la dicha ciu- 
dad de Vitoria y su tierra, e las otras villas e lugares de la dicha provincia de 
Álava tenían, u no cnagenaría su Alteza, ni daría lugar que fuesen enagenados de 
su corona real por ninguna vía ni manera, ni que los fuese contravenido ni pasa- 
do contra ellos por ninguna ni alguna nancra, cquc para lo asi facer dixo su Alte- 
za que daba e dio su palabra real; e asi fecho este auto por su Alteza, abrieron las 



«44 



Alat 



que trataron de establecerse los jesuítas en Vitoria los expulsa- 
ron de la dudad en tiempo nada menos que de Felipe II (i), no 
era seguramente el pueblo de las comunidades, ni el pueblo 
libre que no se dobl^aba á los tiranos; pero éstos excitaban su 
vanidad, su orgullo quizá para naanejarle á su voluntad, para 
tener en él an instrumento dódl á sus conveniencias. No era el 
pueblo el que disfrutaba libertades, sino sus señores : la condi- 
ción del pueblo, de las clases inferiores, no sólo desheredadas 
sino \'nipendiadas, no pKxlía ser más abyecta, ni más degradan- 
te, á la par que más humilde y bajamente servil ; pues hasta 
para cuidar y veng^ su honor ultrajado, cuando el ofensor era 
hidalgo ó noble, necesitaba acudir al soberano, como sucedió en 
el caso siguiente, que no es el solo que la tradición y crónicas 
refieren. Enlazados los Mugicas con los de Butrón, se enseño- 
rearon del valle de Aramayona y requirieron á solteras y casa- 
das acudieran á pernoctar al castillo, amenazando, en caso de 
resistencia, con colgar de las almenas al padre ó marido de la 
que no acudiese. Hubo aldeana que si no imitó á la Lucrecia ro- 
mana y á la Coronel de Sevilla, se embadurnó la cara con boñiga 
fresca de sus vacas para inspirar repulsión al brutal requirente. 
De estos y otros atropellos inauditos quejáronse los del valle á 
los Reyes Católicos, enviaron éstos un juez pesquisador; en el 



puertas de la dicha ciudad e su Alteza entró en ella, c de este «uto como pasó a»i 
el alcalde, regidores de la dicha ciudad, como la dicha junta, diputados, alcaldes 
e procuradores de la dicha junta de Álava, pidiéronlo así por testimonio, y i. todo 
lo cual fueron presentes por testigos el cardenal de España, D. Pedro González 
.Mendoza, y el duque D. .AKonso de Aragón,* etc., etc. 

(i) Pretendieron los jesuítas fundar un colegio en Vitoria, se opuso el Ayun- 
tamiento, obtuvieron los PP, regias cartas de recomendación, escudados con ellas i 
llegaron ¡x poner campanas y Sacramento; pero apenas lo supo el municipio, llamó 
á ayuntamiento general, y juntos ciudad y vecinos, el ao de Marzo de i J77, te 
acordó lu expulsión de los jesuítas. 

Si mAs adelante permitió el obispo residieran en la ciudad uno ó dos de sus 
Individuos, continuó la prohibición de fundar casa y de adquirir hacienda rotí 
en toda la comarca, 

Pontcriotmcntc, D. Diego de Rojas y Contrcras, obispo de Cartagena, y gober- 
nador del Supremo Consejo de Castilla, les permitió fundar el colegio de San 
Prudencio. 



M6 



Álava 



íoso de esta casa para que no cantasen sus innumerables 
ranas. > 

¿Qué clase de privilegios y libertades gozaban estos des- 
graciados? Cuando los hombres no salían de la tierra á pelear 
con sus señores que se ponían á sueldo de los reyes para en- 
grandecer sus estados, se veían obligados á tomar las armas 
para destrozarse en civil contienda, y era el premio de la san- 
gre que derramaban y de los sacrificios que hacían, la deshonra 
de sus madres, de sus mujeres ó de sus hijas, y la abyección de 
todos. ¡Qué utilidad reportaba al honrado labrador, al pueblo 
todo, el no contribuir al mayor esplendor y riqueza de la patria 
común, y hacerlo al señor que disponía de su vida y ultrajaba 
su honor! Solamente la grande ignorancia en que se tenía al 
pueblo, y su respetuosa obediencia, por no decir servilismo, 
podía sostener aquel estado de cosas que tanto se ha prolon- 
gado, porque se ha prolongado también la ignorancia, basada 
en la superstición y en el aislamiento (i). No hubieran dispues- 
to seguramente aquellos señores tan á voluntad de aquellas 
pobres gentes constituidas en verdadera servidumbre, á disfrutar 
el pueblo de verdaderas libertades y fueros; pero éstos eran 
para los que les envilecían. ¡Cuan distinta era la situación de 
los pobladores de realengo! Así se amplió tanto, y mejor hu- 
biera sido á ser los reyes menos dadivosos con los magnates y 
más justos. 

Los monasterios que empezaron á establecerse con humil- 
dad cristiana, desinterés y modestia, fueron haciéndose tan alti- 
vos, interesados y soberbios, que las Juntas generales de Álava 
(5 Mayo, 1523) acordaron suplicar en nombre de la provin- 



( I ) Kxplotábase udmirablcmcntc esta triste condición del pueblo. lin alguno» 1 
del valle de Avala, ciertos especuladores devotos, inventores de milagros para 
explotar más la caridad pública y fe religiosa, obteniendo mayor abundancia de 
limosnas, llevaban dos crucifijos, uno de ellos calentado a muy elevada tempera- 
tura, y según eran f> no favorablemente acogidas sus postulaciones, as( daban á ¡ 
besar una ú otra de las dos sagradas imágenes, abrasándose por consiguiente los 
labios de los poco dadivosos con aquellos embaucadores, hasta que fueron des- 
cubiertos. 



ÁLAVA 147 

cía á SS. MM. mandasen refrenar las compras de heredamien- 
tos y juros que hacían los monasterios, por el gran daño que 
reportaban á sus vecinos. 

No era pues muy lisonjera la condición del pueblo en Ala- 
va, donde tal predominio ejercían los señores, que desmesura- 
damente lisonjeados, por necesitarlos D. Enrique II para sus 
guerras con D. Pedro y hacerse perdonar su bastardía, prodigó 
señoríos y mercedes, y su hijo D. Juan I tuvo que poner coto á 
la prodigalidad de su padre, prohibiendo á los vasallos realen- 
gos, que pudiesen serlo á la vez de los magnates y caballeros. 
Ejercer poder y usurpar atribuciones era moneda corriente, en 
el que tenía fuerza, la cual era la verdadera razón de estado. 

« Los mismos y aún más desastrosos efectos que las debili- 
dades y necesidades de los monarcas habían producido en Ála- 
va respecto al señorío particular antes de los Reyes Católicos, 
produjeron después la tiranía y despotismo de la casa de Austria, 
mayormente pasadas las guerras de las comunidades, en que 
tan activa parte tomaron algunos señores alaveses. El señorío 
se desbordó, y al tratar de la jurisdicción hemos ya visto, que 
de las 53 hermandades que componían la provincia, hubo épo- 
cas en que sólo 17 eran realengas, y todas las demás pertenecían 
á señorío, y que las casas de Hijar, Oñate, Infantado, etc., po- 
seían en señorío las tres cuartas partes de la provincia. El mal 
ha llegado hasta nuestros días, y gracias á las cortes de Cádiz, 
ha desaparecido para no volver, contribuyendo poderosamente 
á desarraigar de cuajo la influencia señorial, las leyes de desvin- 
culación y abolición de diezmos, porque apenas había población 
en cuyo diezmo no fuese partícipe algún señor, viéndose cons- 
tantemente molestadas por diezmeros, silleros y demás cobra- 
dores de esta prestación (i).» 



(i) Historia de la Legislación citada. 



\ * ;^ 



^ : 






CAPITULO VII 



Apuntes de la historia moderna de Álava 

Señoríos. — Despoblación. — Aduanas. — Sumisión á Francia. — Patriotismo 

de los alaveses. — El general Álava 



y 1 PENAS se había restablecido la paz que interrumpieran las 
j-*^comun¡dades, cuando tuvo que aprontar Álava un contingen 
te de 2,000 hombres de guerra para enviarlos contra los france- 
ses mandados por Andrés de Fox que acababa de conquistar á 
Pamplona, en cuya defensa fué herido Ignacio de Loyola. Co 
frieron los alaveses á levantar el sitio de Logroño ; obtuvieron 
después valioso triunfo en Noain, haciendo su prisionero al ge- 
neral Fox; vertieron generosa y bizarramente su sangre ante 
los muros de Fuenterrabía ; y en todo el reinado de Carlos I y 
en el de Felipe II, continuaron contribuyendo con hombres y 
provisiones para aquella constante lucha con los franceses. 

Entonces aquellos magnates, que tanto llevaban la voz del 
pueblo cuando les convenía, se apresuraron á aprovechar los 
rigores del poder absoluto, siguiendo malas costumbres por 



las cofradías toleradas, y faltando á lo pactado, á lo que cons- 
tituía fuero y privilegio en la provincia, á la cláusula primera de 
la concordia de 1332 que prohibía enagenar ningún pueblo de 
Álava separándolo del señorío de la corona. Varios nobles, de 
los que cuidaban más estar al lado de los reyes que otorgaban 
mercedes, que al de los pueblos que pedían justicia y protección, 
hallaron fácil manera de obtener el señorío de varias localidades 
alavesas, titulándose descaradamente señores y exigiendo con- 
tribuciones, como si las merecieran mejor los particulares que 
el Estado. Y todo esto, sin protesta de los pueblos ni de sus 
autoridades, que soportaban todos la tiranía del poder, la orgu- 
llosa ambición de la aristocracia y la abyección propia. ¡Qué de 
extrañar es lo reducida que quedó la población de Álava, pues 
en el siglo xvii, según el pleito seguido entre la provincia y 
Vitoria, parece que ésta tenía 800 vecinos y aquella 1 4,000, 
aún contando con más pueblos que hoy ! 

Es verdad que había contribuido mucho á su despoblación 
la expulsión de los judíos en 1492 ; pero aún así, en 1490, tenía 
más habitantes que á principios del siglo actual. 

En 1636, á pesar de la pobreza en que estaban sumidos sus 
pueblos, envió la provincia 400 hombres para la defensa de 
Fuenterrabía ; se les unieron óoo más al año siguiente, invadie- 
rpn la tierra francesa de Labort, y al regresar á Álava, no to- 
dos, llevaron consigo una epidemia que apestó al país. 

Al tomar Irún los franceses y amenazar á Fuenterrabía (i 638) 
envió Álava 800 hombres y i 2,000 fanegas de trigo. Aun en 
medio de la miseria creciente de los sufridos alaveses enviaban 
hombres para las guerras de Francia y Cataluña, hasta que 
en 1653, no había hombre disponible que dar; en los tres años 
siguientes aún se pudo disponer de 100 hombres en cada uno; 
de ninguno en 1659, y posteriormente se fueron dando otros 
ciento, tripulando los del año 1 663 la escuadra de Oquendo. 

No fué menos triste para Álava, que lo fué para toda Espa- 
ña, el funesto reinado de la casa de Austria; y aunque no pu- 



»5i_ 

dieran esperar grandes atenciones de la nueva dinastía, procu- 
róles, á la vez que á España toda, un gran beneficio, poco 
estimado de los alaveses, por ser menos comprendido. Mandó 
D. Felipe V en 17 17 (i) que las aduanas de Vitoria, Orduña y 
Balmaseda se trasladaran á la frontera y puertos de mar; pero 
reclamó la provincia contra esta medida como contraria al fuero, 
y á los cinco años se ordenó que las aduanas establecidas en 
Bilbao, San Sebastián é Irún, volvieran á los puntos en que an- 
tes estaban. Daba así el rey á los alaveses, á los guipuzcoanos 
y vizcaínos una evidente prueba de lo mucho que estimaba «su 
especialísima fidelidad y amor, y que nunca había sido ni era su 
ánimo p>erjudicarles, ni minorarles sus privilegios, exenciones y 
fueros, y pesando más en mi estimación confirmarles este con- 
cepto que cualesquiera intereses que pudieran de lo contrario 
resultar en favor de mi real Hacienda, etc.» ; pero perjudicaba 
á los vascongados, ó más bien se perjudicaban ellos mismos, 
pidiendo la conservación de unas aduanas que les hacía apare- 
cer como extranjeros en su patria, que imposibilitaban la crea- 
ción de toda industria y manufactura, que eran la remora de 
todo progreso, de su riqueza y de su bienestar; así que, los más 
ilustrados vascos desearon después la traslación de las adua- 
nas á la frontera, y al efectuarse esto en 1841 comenzó para las 
provincias vascongadas la era de prosperidad de que hoy dis- 
frutan, por el desenvolvimiento que han adquirido las artes y la 
industria, sustituyendo á las humildes férrerías antiguas, las ad- 
mirables fábricas de fundición que ostenta Bilbao, y las no me- 
nos notables fábricas de toda clase de artefactos que se hallan 
en las tres provincias, merced al contrafuero del establecimiento 
de las aduanas en la frontera y puertos de mar. Se han creado 



(i) Este monarca hnbia dicho ya en 6 de Agosto de i 703, confirmando la Ks- 
critura de 1 í la : "Siendo la provincia antes libre y que no reconocía superior en 
lo temporal, gobernándose por propios fueros y leyes como consta en la escritura 
de contrato de dicha entrega que está confirmada por los reyes mis predecesores, 
y por mi en t t de Julio de i 70 i , etc.» 



tantos intereses desde entonces al abrigo de los aranceles, y se 
ocupan tantos brazos, que no hay fuerza humana capaz de des- 
truir la obra benéfica de la industria moderna, ni quien lo intente 
con razón. El país lo ve y lo reconoce: sobrellevando antes una 
existencia más miserable que próspera, abiertas sus fronteras al 
trabajo extranjero, desde que han protegido el suyo las aduanas, 
ha cesado en gran parte esa emigración dolorosa á Ultramar en 
busca del sustento que les negaba su suelo por no hallar en él^fl 
ocupación. Hágase la estadística de los obreros que mantienen " 
las fábricas de las tres provincias levantadas desde la traslación 
de las aduanas, y se verá de cuánta prosperidad es deudor el pais 
á este contrafuero, no sólo consentido sino sustentado, desechan- 
do la junta de 1843 d Vizcaya una proposición en sentido con- 
trario. Y no es sólo la industria la que puede concurrir en mu- 
chos ramos á la sombra de la protección con la extranjera 
similar; también el comercio se ha desarrollado extraordinaria- 
mente, reducido antes á los pobres consumos de un país pobre, 
y al contrabando á Castilla. Testigo, sino, Bilbao, cuya aduana 
es de las más productivas; cuya matrícula y número de casas 
envidiarían otros puertos, cuya marina aumenta de día en día, 
y su riqueza y población. 

Los franceses que trajeron y defendieron á Felipe V, le 
declararon á poco la guerra, invadieron Guipúzcoa, de la que 
se hicieron dueftos sin mostrar los invasores grande sarta, pues 
decían que no era la guerra contra el rey ni contra los españo- 
les, sino contra el ministerio. Solicitaron en este sentido la sumi- 
sión de Álava, y se dirigió ésta al rey mostrándole su situación; 
y aquel monarca, desde Almansa, el 22 de Agosto, escribió á 
la diputación exponiendo la injusticia de lo que el Mariscal pre- 
tendía, y que no debía enviar diputado alguno á tratar con el 
mismo, «pues una provincia en que el enemigo no tenía plazas 
ganadas ni tropas establecidas, no debía darle la obediencia ni 
enviar diputados.! — (!) no llegó á tiempo esta comunicación ó 
no pudieron complacer al rey, porque los diputados Salinas, 



Salazar, Berastegui y Montoya, con el secretario de la provincia 
Echávarri y además Landázuri, acudieron á Bayona á prestar 
sn manos del mariscal Berwick su obediencia al rey de Fran- 
cia (i). Por los poderes que el de Berwick tenía, concedió todo 



' (i) y dice el documento de adhesión : «en consecuencia de lo que V. A. se 
sirbió prcbenirles y ordenarles después de haverles admitido benignamente, el 
acto de su reherente sujeción, proponen á la («cnerosa y Noble piedad de \'. A. que 
la dicha Provincia desde su primera erección, se mantuvo siempre libre, gober- 
nándose por sí. sin conocer superior en lo temporal, en la hera de mil trecientos 
y setenta años, en que boluntariamentc se unió ¡i la Real corona de Castilla, en- 
^trcgándosc á el Señor Rey [)on Alfonso, el onceno, debajo de ciertos pactos, y 
con la misma libertad, fueros, usos y costumbres en que se gobernaron, y los Se- 
ñores Reyes Católicos la han mantenido cada uno en su tiempo, añadiendo su 
gran justiticacioo, otros diversos privilegios conGrmados y jurados por los Seño- 
res Reyes sus subcesores, y últimamente por el Señor Fhclipe Quinto, con el es- 
pccialisimo de las entregas, de que dimanan sus mayores franquezas y cxemp- 
cioncs. Inconcusamente observadas y guardadas, sin cosa en contrarío, como 
todas las demás leyes del i^)uaderno con que la dicha Provincia se gobierna, lo 
que los dichos comisarios en su representación suplican rendidamente al Señor 
Rey Cristianísimo y a V. A. en su real nombre se sirva declarar compelerles. Y 
que la obediencia prestada en manos de V. A. debe entenderse por su soberana 
picdod^dcbajo de la estimable condición de guardarla y hacerla guardar en todos 
tiempos y acontecimientos, lodos sus fueros, leyes, privilegios, usos y costum- 
^^bres, en la misma conformidad que les han sido observadas, guardadas, y pracli- 
^Bcadas hasta su última conlirmacion, y juramento, como también d su ciudad, villas 
^^y lugares los demás honores, gracias particulares, privilegios, franquezas y libcr- 

Ítades, mercedes, cslabiccimientos, costumbres, facultades y arbitrios que gozan 
para su gobierno y consistencia, en que esperan que V. A. les dispense el des- 
Oogo y providencia que solicitan, para que la Provincia quede asegurada en el 
honor y en la complacencia de que en lo futuro también se le observarán, los fue- 
ros, franquezas y privilegios: Asi de su iN'atiba libertad como de las que le han 
concedido la benignidad de los Señores Reyes. — Proponen á V. A. qucel terreno de 
dicha Provincia, es y ha sido tan estéril, que no goza de otros Irulos que de una 
corta cosecha de granos tan escasa, que apenas alcanza á la manutención de sus 
Naturales, y que con la Industria de el comercio en que la necesidad le á puesto, 
y le ha facilitado la situación de las .aduanas de su territorio, con la total libertad 
de no contribuir con derechos algunos de todo cuanto necesitan sus Naturales y 
habitadores, conduciéndolo de cualesquiera puertos Marítimos y otros parajes, á 
podido subsistir y atraer dependencias y géneros que necesita para su conserva- 
ción, en cuya posesión invariable dcribada del citado privilegio de las entregas, 
sea mantenido, y esperan para que no se disipe y aniquile enteramente: sea de 
serbir V. A de preferir la forma que le asegure en el gozc de la referida fran- 
queza. 

n_Proponen á V. A. también que los Señores Católicos Reyes en atención á la 
libertad y nobleza de esta dicha Provincia nunca la han pensionado con alojamien- 
tos de tropas, y en todos tiempos y ocasiones que los señores comisarios de ijue- 
rra del Rei han conducido algunas por el territorio de dicha Provincia, antes de 
entrar en ella y con término competente han dado aviso á su diputado General 
como Maestre de Campo y Comisario General que es de ella, para que nombre 



lo que se le pedía, *Ia manutención de sus fueros, privilegios, 
exenciones, libertades y demás contenido en dicho memorial, 
y por tan grande beneficio no les pido otra cosa que quedar 
quietos en sus bienes, conforme á la obediencia que me ha dado 
la Provincia por sus cartas de 22 y 24 de este mes y acta que 
en su consecuencia han ratificado sus diputados; dado en Bayo- 
na á 29 de Agosto de 17 19. — Benvick (i).> 

Sometida á Francia quedó Álava y en situación especial 
y difícil, hasta que ajustada la paz en 1721, volvió á ser 
española esta preciosa parte de la Península, aun cuando no 
había sido francesa más que en el papel ó contrato otorgado 
por la necesidad; pues no se registra el menor hecho en que 
desmerecieran los alaveses de su acendrado españolismo; así 
que, al decir un distinguido y apasionado escritor alavés, «no 
se mostró resentido el monarca con el país sino muy al contra- 
rio, » se ignoraban los verdaderos antecedentes de la sumisión; 
y era justo que dijera D. Felipe, como dijo, que: t atendiendo á 



comisarios y salgan á recibir dichas tropas, á quienes las entregan los del hcy 
para que las bayan conduciendo por los tránsitos ntas cómodos á lin de cbitar 
desórdenes y hacer que se prcbenga todo lo que necesiten y de que han dado sa- 
tisfacción d los mas justos y moderados precios, sin que por la Provincia se les 
aya dado mas que el cubierto como seu executado siempre, y practico en el año 
de mil setecientos y cuatro cuando pasaron por dicha Provincia las auxiliares 
tropas de Francia, en consideración de los dichos privilegios y de la pobreza de 
sus Naturales, y ninguna disposición que ay en los pueblos de su recinto pora 
alojarlos, y mucho menos para poderlo executar sobre esperar los referidos comi- 
sarios experimentar los sobresalientes efectos de la soberana conmiseración de 
V. A. Asi lo esperan de la noble propensión de su Magestad cristianísima y deque 
se dignara su Kcal benignidad de Interponer sus «cales Oficios con los Señores 
Aliados, y especialmente con el rey de la Gran bretona á fin deque se sirban con- 
ceder su protección en lodo lo que ba espresado en este memorial comosc lo pro- 
meten de los favorables y eficaces influjos de V. A. y lo firman en la ciudad de 
Bayona li veinte y nucbe dias del mes de Agosto de mil setecientos y diez y nuc- 
he. — D. Pedro de Salinas.— D. Tomás Francisco de Salazar.— D. Benito de Berastc- 
gui.— Lnndázuri. — D. Diego de Montoya por la M. N. y .M. L. provincia de Álava su 
secretario D. Pedro González de Echóvarri.n 

(1) Este pacto le garantizó Stanhope en nombre del rey de Inglaterra, bajo 
cuya real protección ponía á la provincia de Álava, y la << prometió su Keal garaa- 
tcría de el mismo modo y extensión que ha sido concedido y prometido a ella, aqui 
sobre referido, por el señor .Mariscal duque de Bcrwich, de parte del señor Kcy 
Cristianísimo.* 



Álava 



«55 



lo que aquellos naturales tienen merecido en mi servicio por su 
especialisima fidelidad y amor, y á que mi ánimo no ha sido ni 
será nunca perjudicarles ni minorarles sus privilegios, exencio- 
nes y fueros, y pesando más en mi estimación confirmarles este 
concepto que cualesquiera intereses que pudieran de lo contra- 
rio resultar en favor de mi real Hacienda... he resuelto... que 
las aduanas planteadas en los puertos marítimos de Bilbao, San 
Sebastián é Irún, se trasladasen á los puertos secos y parajes 
de Orduña, Vitoria y Balmaseda, donde antes existían.» 



II 



La revolución francesa que inauguró el período de progreso 
y libertad en Europa, tuvo gran resonancia en las provincias 
vascongadas, en las cuales se dio prueba de una ilustración 
poco común en el resto de España, leyéndose con avidez las 
publicaciones de los enciclopedistas extraordinariamente gene- 
ralizadas en todo el país vasco, especialmente en las capitales 
y pueblos de importancia. De aquí el que tanto simpatizaran los 
vascongados con los principios liberales proclamados por Vol- 
taire y Rousseau. 

Fuera por este sentimiento político, aunque sólo encarnado 
en la gente más principal de las Provincias, ó por lo que á 
Godoy disgustaran los fueros que con frecuencia se oponían á 
sus deseos, aun cuando halló diputados que le consideraban, 
como al rey, sagrado é inviolable (i), se propuso destruirlos, 
cediendo sólo obligado por las circunstancias (2). 



(i) Al exigir Godoy la reposición de cierto comisionado, contestó el diputado: 
«cuando releve á D. Gaspar de Vivanco, no pense que podía ofender el decoro 
personal de V. E., sagrado inviolable, de todos mis respetos.» 

(2) En 1704 el duque de la Alcudia escribía al general Rubí que mandaba á 
la sazón el eiército de Guipúzcoa, «que por entonces disimulara para no embara- 



_»S6 

Los excesos á que se entregó el jacobinismo francés, asus- 
taron á los que en España habían simpatizado con las ¡deas 
que comenzaron la revolución, y al tener que hacer frente á 
sus ejércitos invasores, no alentó á los españoles más que un 
sentimiento, aun cuando por contrarrestar á los franceses se 
sostuviera una política, ó lo que la personificaba, refractaria á 
las personas de más ilustración en el país. Acudieron los alave- 
ses á la defensa de la patria, tomando parte en las campañas 
ele 1793, 94 y 95, derramando su sangre en los combates de 
Elgueta y Sasiola. 

Un hecho notable para los vitorianos registra la historia de 
este tiempo. Al llegar el 14 de Abril de 1808 Fernando VII 
á Vitoria de paso para Francia, se propusieron libertarle, con- 
certando el plan el alcalde Urbina, D. Mariano Luís de Urqui- 
jo y el duque de Mahón. Dispúsose que huyera disfrazado, 
ya saliendo por la carretera de Vergara para Francia, protegi- 
do por el regimiento de infantería del Rey, ó hacia Durango. 
Don Fernando, por no distinguirse en aquella ocasión como en 
ninguna se había distinguido con un acto valeroso, é incapaz de 
apreciar el generoso sacrificio de los vitorianos, ni su patriótico 
deseo, no tuvo ánimo para secundar el proyecto ni arrostrar el 
menor peligro. No querían los vitorianos que saliese de la capi- 
tal, y sobre todo que siguiera á Francia; pero bastaron al rey 
las seguridades y pruebas de afecto que le daba Napoleón, en 
carta que el i 7 recibió en Vitoria, para apresurarse á seguir á 
Francia. Impulsados los vitorianos por su afecto monárquico, y 
sin cuidarse de que estaba Vitoria guarnecida por 4000 france- 
ses mandados por el general Verdier, y 300 granaderos de 
caballería de la guardia imperial, reuniéronse en la puerta su- 
perior del Ayuntamiento donde estaban los coches, protestaron 
contra la partida y el manifiesto engaño, rompieron por dos 



zar las disposiciones de la guerra, porque era conveniente halagar A los estupi- 
dos del país y sacar partido.» (Colección de documentos de la guerra con Ftaicia, 
á*tie 179) ¡i i/'H.) 



>^8 



Álava 



veces los tirantes del coche, y se decidieron á morir antes que 
consentir que el rey marchara. Estando como estaba la guarni- 
ción sobre las armas, el conflicto era inminente y sería sangrien- 
to; la partida de Fernando iba á ser la señal ; pero se apresuró 
á publicar un decreto asegurando á los vitorianos * que estaba 
cierto de la sincera y cordial amistad del emperador de los fran- 
ceses, y que antes de cuatro ó seis días darían gracias á Dios y 
á la prudencia de Su Majestad de la ausencia que ahora les in- 
quietaba»: hubieron de resignarse. Creían, en su entusiasmo y 
respeto monárquico, que el rey no les engañaba. 

Y no fué Fernando Vil, sino el engañado José I el que entró 
á poco en Vitoria (i i de Julio) de paso para Madrid, á ocupar 
casi por fuerza un trono que no ambicionaba, y que le obli- 
gaba á sostener la despótica voluntad de su hermano. Volvió 
á la capital alavesa al mes, á consecuencia de la derrota 
de Bailen, y allí esperó al emperador que llegó el 8 de No- 
viembre. 

En aquella lucha, verdaderamente titánica, los alaveses hi- 
cieron lo que todos los españoles, tomar las armas y derramar 
valerosamente su sangre. Invadió Napoleón las provincias vas- 
congadas, suspendió los fueros, volvió á llevar las aduanas á las 
costas y fronteras, y creó el Gobierno de Vizcaya que compren- 
día las tres provincias; las cuales, á despecho de los invasores 
procuraban reunirse en juntas, y en una de estas se nombró di- 
putado al general D. Miguel Ricardo de Álava, que había apren- 
dido como marino el manejo de las armas en los encuentros en 
el cabo de San Vicente y en el de Finisterre, valiéndole el pri- 
mero el ascenso á oficial, y teniendo en el segundo la honra de 
pelear al lado de Gravina, como ayudante suyo, También os- 
tentaba el glorioso timbre de haber peleado valerosamente en 
Trafalgar. Ascendido á capitán de fragata, como ya no era en 
el mar donde más había que defender la patria, sino en tierra, 
ingresó en el ejército en el que derramó su sangre y conquistó 
la faja de general. 



Tuvo Álava no pequeña parte en la célebre batalla de Vi- 
toria el 21 de Junio de 1813, y debióle la ciudad el no haber 
sufrido el saqueo y el incendio de que fueron víctimas otras po- 
blaciones que no tuvieron la suerte de que las salvara tan vale- 
roso patricio, al que en prueba de agradecimiento regaló Vito- 
ria una espada de oro, y quedó grabado en el corazón de todos 
los vitorianos el nombre de tan esclarecido alavés (i). Sólo una 
reacción insensata y un inconsciente fanatismo político de quie- 
nes tienen en más sus extraviadas pasiones que el alto senti- 
miento de la patria, podían haberse atrevido á quemar en la 
plaza pública de la Diputación, por ser liberal, el retrato del 
que tantos beneficios había dispensado aun á los mismos que 
con tan negra ingratitud le pagaban ; llegando sus compatriotas 
hasta á embargarle sus rentas y sueldos, teniendo que buscar 
en suelo extraño la seguridad y consideraciones que su patria 
le negaba. 

Fernando VII, al que disgustaban los fueros vascongados, 
nombró en 18 14 una junta que t refórmaselos abusos que nota- 
ra en las provincias vascongadas respecto al Ministerio de Ha- 
cienda*: en 1820 se consideró la Constitución más justa y be- 
néfica para las provincias que los fueros y se suspendieron 
éstos, restableciéndose en 1823; al año siguiente se cometió el 
contrafuero protestado por el país y aplaudido por los realistas, 
de exigir un donativo temporal de tres millones de reales al 
afto; en 1829 se mandó al canónigo D. Julián González, que 
«imprimiese la colección de todos los documentos relativos á las 



(1) No pudicndo consentir la provincia que los restos de D. Miguel Ricardo 
de Álava continuaran en Barégcs (Altos Pirineos) donde falleció el 14 de Junio 
de 184?, los trasladó á Vitoria, y el ¿ i de Junio de 1884, después de haberlos te- 
nido expuestos al público en el Palacio de la Diputación, los condujo procesio- 
nalmcnte i la iglesia de San Pedro, en la que se celebraron solemnes honras 
y Misa de Réquiem, pronunciando la oración fúnebre el ilustrado párroco señor 
Limbari, y por la tarde, con honores de capitán general en mando, se llevaron 
al panteón de familia que existe en el cementerio de la ciudad. 

No recuerda Vitoria se haya efectuado entierro más suntuoso, ni fiesta cívica 
mis solemne; pero esto no basta: la ciudad, la provincia toda, debe un monumen- 
to público á tan esclarecido patricio. 



provincias vascongadas, recogidos y copiados por él mismo;» y j 
esta obra iba á servir de fundamento para la extinción de loa) 
fueros, que se suspendió por las invasiones liberales en 1830, 

La historia de Álava, después de la guerra de la Indepen- 
dencia, no se distingue más que por la exacerbación de las pa- 
siones políticas; pues hasta en la insurrección de 1827 que tuvo 
su principal foco en Cataluña, tomaron también parte los alave- 
ses, formando D. Pedro Lansagorreta una pequeña partida, ¡ 
con la que penetró por sorpresa en Ullibarri-Arrazua, á leg^ai 
y media de Vitoria, se apoderó de las armas de algunos volun* ' 
tarios realistas y se encaminó á Guipúzcoa. Los de Aramayonal 
arrestaron después á Lansagorreta, y dieron fin á aquel amago 
de insurrección. Siete años duró la que acaudilló en 1833 el di- 
putado foral D. Valentín de Verastegui , ayudado por los domi- 
nicos y franciscanos desde el pulpito: consignados están en otra 
obra los hechos de aquella fratricida lucha, así como la parte 
que Álava tomó en los tristes sucesos políticos de 1841, en la 
guerra de África y en la de Cuba. 

Modesto y sencillo el alavés en su trato , honrado, valiente, 
fiel cumplidor de su palabra , cuando obra impulsado por sus 
propios instintos, vese siempre en él al hombre de ejemplares 
costumbres, de virtudes públicas y privadas, al buen ciudadano, 
al honrado padre de familia ; pero cuando abdica de su propia 
voluntad por seguir la del que le conduce á servir sus pasiones, 
se identifica con ellas y se hace instrumento de muerte y de ho- 
rrores el que por propio instinto lo es en estado normal de pax 
y de ventura. 




h 



Antes de incorporarse Álava á Castilla, se gobernaba y re- 
gía la provincia no por fuero escrito sinon por alvedrio; pero no 
fué obstáculo para que D. Alfonso X otorgara á Vitoria y á 
algún otro pueblo de la provincia el Fuero Real ó Libro de las 
leyes, que se fué generalizando á todo el territorio perteneciente 
á la cofradía de Arriaga. 

En 141 7, como vimos, Vitoria, Treviño y Salvatierra que 
formaban hermandad, se reunieron para formar un cuaderno de 
34 ordenanzas, á fin de perseguir y castigar los malhechores, y 
evitar « los muchos e enormes e graves delitos que se habian 
• cometido e perpetrado asi de noche como de dia, robando e 
»furtando e pidiendo pan, vino, e tomando viandas en poblado 
»e en despoblado, e desafiando sin razón, e matando á los ¡no- 



>centes sin culpa;» cuyo cuaderno aprobó la reina tutora Doña 
Catalina, á cuya aprobación se sometió, enmendando algunas 
ordenanzas. Organizóse á su \Hrtud la hermandad de Álava, 
creándose los alcaldes de hermandad, sin suprimir {>or esto la 
jurisdicción de los jueces ordinarios de los lugares. 

ó abundaban los delitos ó se estimaba en muy poco la vida 
de las personas, por lo que se prodigaba la muerte en aquellas 
ordenanzas ; pues hasta por un hurto insignificante se ahorcaba 
al villano, y si era fijodalgo se le enterraba vivo. Por delitos pe- 
queños se cortaba las orejas al delincuente á raíz del casco. No 
se concedía apelación del juicio y sentencia de los alcaldes en el 
momento que hubiesen comprobado la verdad. Lo cierto es que 
se necesitaba todo este rigor, porque según de las mismas orde- 
nanzas se deduce, la osadía y atrevimiento de los malhechores 
tenía por causa principal la protección que les dispensaban algu* 
nos caballeros y personajes de la provincia. Confirmó este cua- 
derno D. Enrique IV en 1458, formando uno nuevo con leves 
aumentos y correcciones, y en 4 de Mayo de 1463 mandó desde 
Fuenterrabía á los doctores González de Toledo y Gómez de 
Zamora y al licenciado Alonso de Valdivieso, que acababan de 
formar las ordenanzas de Guipúzcoa, que, por no guardarse algu- 
nos de los capítulos del cuaderno de la hermandad de 1458, 
porque otros debían ser reformados, corregidos y algunos aña- 
didos, y por otras causas que habían redundado en deservicio 
del rey y daño de la provincia, les daba poder para que cono- 
ciesen de las reformas de la hermandad, reformasen y corrigie- 
sen los capítulos del cuaderno que vieren se debían corregir y 
enmendar y añadiesen los capítulos y cosas que fuesen necesa- 
rias y cumplideras. A su virtud se formó un nuevo cuaderno de 
60 ordenanzas, le presentaron para su discusión y aprobación á 
los procuradores de las hermandades de Álava, y reunidos en 
Rivavellosa le aprobaron el 1 1 de Octubre de 1463, sancionán- 
dole luego D. Enrique. 

Este cuaderno, que es una de las bases del derecho político 



ÁLAVA 



.63 



de la provincia de Álava, ocupábase de los alcaldes, de la con- 
tabilidad, repartimientos, estableciendo que en ningún caso se 

^podrían tomar ni vender los vestidos y ropas de cama ; decretá- 
base la revisión de cuentas desde 1460 por sospechas de infor- 
malidad y poca exactitud en ellas; se exigía para los enviados 
en corte que no tuviesen negocios particulares en ella, y que 
antes de pagarles á su vuelta el salario que se les señalase, 
prestasen juramento de no haber agenciado negocio suyo parti- 
cular; se prohibía que los caballeros y otras personas poderosas 
tomasen prendas por autoridad propia y sin mandamiento de 
juez, bajo severístmas penas pecuniarias ; que se protegiera á los 
malhechores y acotados, y si alguno los acogiere en su casa, 
sufriría la misma pena que mereciesen los delincuentes, y sus 
casas tomadas, derrocadas y quemadas por la hermandad, t por- 
que sea pena á ellos y á otros ejemplo ; » los nombres y señas 
de todos los criminales acotados se escribirían y publicarían en 
la junta general, circulándose las listas por todas las hermanda- 
des para que nadie los acogiese, pudiendo ser presos y muertos 
por cualquiera que los hallase dentro de la hermandad sin incu- 
rrir en pena alguna ; nadie podría apoderarse de fortaleza agena 
contra la voluntad del señor, salvo el caso de acogerse á ella 
para salvar la vida ; los caballeros, personas poderosas ó con- 
cejos que protegiesen ó sostuviesen algunos acotados ó malhe- 
chores, deberían entregarlos á la hermandad, imponiendo graves 
penas á los contraventores. Si hubiese riñas, diferencias ó deba- 
tes entre linajes y linajes, concejos y concejos ó personas pode- 
rosas de que pudieran nacer escándalos ó grandes ruidos, la 
hermandad general acudiría y pondría paz, adoptando las medi- 
das convenientes para ello, y aun haciendo pesquisas y castigando 
á los culpados: se imponían graves penas á los que quebrantasen 
tregua pactada, ó puesta por el rey ó las autoridades de la pro- 

^ vincia, y aun cuando no estuviese consentida por las partes. 

■ Este cuaderno y los de 141 7 y 145 8 son las únicas leyes 
coleccionadas y peculiares á toda la provincia de Álava, resul- 



tando ser su situación legal: sobre administración de justicia 
civil el Fuero Real; sobre juntas de provincia, justicia criminal, 
casos y alcaldes de hermandad y demás, el cuaderno de 1463;! 
porque respecto al estado político y derechos de las distintas! 
clases de aquella sociedad, la escritura de 1332, el uso y la^ 
costumbre inmemorial suplían las faltas ú omisiones de que ado* 
leciesen los anteriores escritos. 

El fuero de Soportilla Ibda ó sea Portilla, concedido para 
los pleitos de hidalguía en la cláusula Vil del convenio de 1332» 
es otra de las disposiciones legales más importantes de Álava, 
pero se ignora el texto de este fuero por haberse extraviado, 
sólo por una carta de los Reyes Católicos y una real cédula deí 
Felipe IV, se sabe oficialmente parte de lo que disponía este^ 
fuero que parece fué concedido por D. Fernando el Emplazado 
á los nuevos pobladores de Soportilla; el original se hallaba 
en 1480 en el archivo de Beranteville. En este fuero se excep- 
tuaba de empréstitos y pechos á los nuevos pobladores, excepto 
los dos tributos de moneda forera y martiniega, y el yantar del 
rey cuando pasase por Portilla, debiéndole cobrar en especie y 
no en dinero ; y sábese por la cláusula Vil del citado convenio 
de 1332, que aquel fuero se hizo extensivo después á todos los 
hidalgos de Álava, sirviendo siempre de norma para los pleitos 
de hidalguía. 

Cartas, cédulas reales y pragmáticas sobre diferentes puntos 
de administración provincial y local, se han expedido también, 
ya á instancia de sus juntas ó por real iniciativa. Se halla en 
este caso lo mandado en Octubre de 1476 por los Reyes Cató- 
licos, quienes para extinguir los funestos bandos de Ayalas y 
Callejas que tanto perturbaban la provincia y la misma Vitoria, 
establecieron la Santa Hermandad; que las hermandades de Ala- 
va tuviesen por jefe á un diputado, juez superior y ejecutor, que 
lo fué D. Lope López de Ayala, creándose entonces, aunque 
duraron poco, los alcaldes cuadrilleros; acordándose después en 
junta general, para el mejor gobierno de la provincia, dividirla 



i66 



Álava 



en seis cuadrillas, asignando á cada una de. ellas cierto número de 
las hermandades, en que según el orden civil y económico, esta- 
ba ya dividida desde tiempos muy remotos (i). Los mismos re- 
yes, á petición de la provincia, dispusieron que ningún caballero 
ni otra persona alguna pusiese fiscales en ninguna tierra de 
dicha provincia, por pertenecer á la corona el nombramiento de 
tales oficios, no sólo en el territorio de realengo sino en el 
de señorío. 

Consecuencia de las leyes generales de la Santa Hermandad, 
acordadas en las cortes de Madrigal de 1476, fué la provisión 
de los Reyes Católicos de 3 1 de Agosto del mismo año, man- 
dando que la hermandad general de Álava, formada ya desde 
los tiempos de D. Juan II, unida á la hermandad de Guipúzcoa 
y al señorío de Vizcaya, se incorporasen á la general del reino. 
El juez ejecutor y diputado de Álava continuó siéndolo, excepto 
en un pequeño intervalo; y de vitalicio que fué este cargo en 
los dos primeros diputados, Avala que lo desempeñó hasta 1 501 , 
y Diego Martínez de Álava que falleció en 1 533, se hizo después 
trienal, ocasionando la elección no pocas disputas entre Vitoria 
y la provincia, hasta que la concordia de 28 de Enero de 1534, 
convino en que la elección se hiciese por 3 votos de la provincia 
y 3 de la ciudad de Vitoria, y el elegido fuese vecino precisamen- 
te de esta ciudad. En contra de esto pleiteó la provincia, consi- 
guiendo la anulación de la Concordia (1804) declarándose se eli- 
giese el diputado general por las juntas, y circulase el cargo entre 
todos los vecinos de las 53 hermandades de Álava. Jefe supremo 
de la provincia el diputado, sólo cesaban sus facultades cuando 
estaba congregada la junta general. 

£1 sistema municipal, sin unidad ni uniformidad de jurisdic- 



(1) La i.« cuadrilla de Vitoria la compoDÍan. . 18 hermandadc». 

Ln a.* de Salvatierra 6 

La ).* de Ayala 5 

La 4.' de la Guardia 7 

La 5.* de 7.uya ; 

La 6.' de Mendoza 13 



Álava 



167 



ción, era un verdadero caos: apenas había dos pueblos con 
igual organización. Merced á las muchas poblaciones de señorío 
particular, era muy frecuente, que además de los alcaldes ordi- 
narios hubiera alcaldes mayores ó gobernadores puestos por el 
señor (i): así era variada la organización y elección de Ayunta- 



(1) uOtra causa de csla conrusiún jurisdiccional era, el que n veces los pueblos 
que componían una misma hermandad, pertenecían á distintas jurisdicciones. Asi 
por ejemplo, la hermandad de Arraya y Laminoria, compuesta de dos valles, per- 
tenecía, á fines del siglo pasado, el primero á su señor D. Felipe de Samaniego, y 
segundo á la abadía de Santa Pía, cuyo abad confirmaba los oficiales municipales 
elegidos el día i." del año por los concejales salientes. La hermandad de la Hivc- 
ra, dividida en alta y baja, correspondía en jurisdicción, la primera á los condes 
de Orgaz y la baja á los duques de Frías. Sucedía también, que algunas herman- 
dades estaban sujetas á un mismo alcalde, como las de Ariñiz, Ijudayoz, Cigoitia, 
Ubarrundia, Iruña y Arruzua, que tenían por señor al duque del Infantado, y eran 
conocidas por tierras del duque con un solo alcalde ordinario en Foronda, asis- 
tiendo al duque el derecho de nombrar un gobernador cuando lo tuviese por con- 
veniente. Fallaba, pues, en Álava la unidad y uniformidad de jurisdicción como 
consecuencia de los derechos del señorío particular, desconocido y no consentido 
en Vizcaya y Guipúzcoa, participando de este señorío algunas municipalidades 
privilegiadas. Vitoria le tenía sobre los cuarenta y tres lugares de su jurisdicción, 
y por concesiones de los Keyes Católicos sobre las hermandades de Zuya y Bcr- 
ncdo, y sobre las villas de Elburgo y Alegría. Salvatierra sobre los pueblos de la 
hermandad de San MilUin. Los principales personajes que disfrutaron señoríos en 
Álava, fueron el conde de Oñate sobre Guevara y Salínillas; los duques de Frías 
sobre la Hibcrabaja: del Infantado sobre las tierras que llevaban su nombre; de 
Hijar sobre las tierras llamadas del Conde y Salinas de Anana con sus pueblos; y 
el de Wcrwik sobre las hermandades de Ayala, L'rcabustaiz, Arccnicga, Arrasta- 
ria y Llodio. El marques de Mirabel tuvo el señorío de Berantevilla y las villas de 
Hereña y Turiso, y el de Villamenasar sobre Berguenda. Fontecha perteneció al 
conde de Orgaz. La hermandad de Aramayona á la casa de Mortara, y las de Mas- 
troda y los (juetos á la casa de Hurtado de Mendoza. Llegó á tal punto la división 
y subdivisión de señoríos en Álava, que el solo pueblo de Portilla tenía á la vez 
los tres distintos señoríos del duque de Frías, de D. Iñigo Ladrón de (huevara y 
de D. José de Abalas. La extensión del señorío particular absorbía casi todo el te- 
rritori<^y durante algunas épocas no hubo otras hermandades realengas que 
Vitoria, Salvatierra, Labraza, Vellogin, Morillas, Cuartango, Valdegovia, Valde- 
rejo, Villa-Kcal, .Mendoza, Gamboa, Axparrena, Üerrundia, Laguardia, Oquina, 
Marquiniz c Iruraiz, menos la villa de Alegría, Elburgo con sus pueblos, Erenchun 
yGanna;yaun de estas diez y siete hermandades las seis de Salvatierra, Mori- 
llas, Cuartango, Valdegovia, Valderejo y Villa-Hcal, pertenecieron á las casas de 
los señores de Ayala y Avendaño hasta los siglos xvi y xvii : y las de Gamboa, Ax- 
parrena y Barrundia al señorío del conde de Oñate. ¡ Excelente modo de cumplir 
los reyes sucesores de D. Alonso .\l la cláusula 1 del contrato de 1333, sobre no 
poder cnagenar ninguna villa ni aldea de Álava, debiendo fincar para siempre en 
la corona real los nuestros reinos de Castilla c de León, debiendo ser toda realen- 
ga ! Por fortuna han desaparecido ya tales señoríos, depresivos de la dignidad real 



ttíS 



ÁL A T 4 



j pugnaba en ella la oofaleía coa el esudo llano y los 
plebeyos, que los había: en las benaandades donde existía esta 
de estados, obtenían los hidalgos preferencia en la 
I de los cargos nninidpales. Los alcaldes salientes solían 
deliren algunos pueblos su sucesor: en otros el alcalde con 
dos ó más vecinos; en Contrasta todos los vecinos elegían dos 
caaifidatos que proponía el señor para que eligiera el alcalde; 
d sefior de Comunión elegía el a)-untamiento sin intervenir 
gún vecino : en EIdego y Erei^ los cargos de alcalde y síndic 
alternaban entre los de estado noble y llano ; y, por últimoJ 
desde el sufragio universal que se practicaba en Marquines, 
insaculación en \'aríos pueblos, hasta el aristocrático sistema < 
San Vicente de Arana, donde sólo podían ser electores los hijos- 
dalgo, eligiéndose entre ellos mismos á la suerte por medio de 
habas blancas y negras, no se coooda seguramente forma elec- 
toral que en Álava no se practicara hasta 1845. 



j coocolcadores de Us libertades popaUretj fHAIoria tfe Im Ltfttiscióm y MocOc-i 
citmn iel Dcrtcke CrrU Je Eifa*.a por los Skes. habqcís de Moxtcsa j O. Cate- 

TAXO Makmqck). 



«^^«^z 



'«?— ;j-». 



^ 




^ /]^ toda la provincia, si exceptuamos alguno que 
jff ^^otro caserón, llamados palacios por sus dimen- 
siones y haberlos habitado personas que se distin- 
guieron, no se conserva edificio antiguo notable (i). 
En cambio los hay modernos muy notables; merecien- 
do especial mención las escuelas de Yodio, mandadas erigir 




(i) Lo es por la historia más que por el arte el llamado palacio de Larraco. 
Cosí consumida la población varonil de Álava por los incesantes pedidos de hom- 
bres para las guerras en que estaba empeñado con mejor deseo que fortuna 
Don Felipe IV, un insigne patricio que vivía en el rincón de Larraco (campo cer- 
cado) no lejos del histórico solar de Mariaca, y descendiente de ¿I, armó á su costa 
un regimiento de voluntarios y los ofreció al rey enviándolos á campaña, 
fe Tales son los antecedentes que para la consideración publica tiene la casa-pa- 
jlacio de Larraco, reconstruido en el siglo xvii, y modernamente reformado, sin 
nada notable que le distinga si exceptuamos ua alto mirador que sirve de montera 
al edificio. 

Hasta principios de cate siglo conservábanse allí armas y recuerdos del ilus- 



170 



LAVA 



y sostenidas por el marqués de Urquijo, verdadera providencia 
de aquel su pueblo natal, al que ha dotado, á mucha costa, de 
abundantes aguas potables y de un excelente cementerio, ade- 
más de los muchos y constantes beneficios que ha dispensado y 
dispensa. 



& 



í^ár-SS^-^ 






né»'" 



-^ 



VITORIA. — CA8A Consistorial 



No se distingue esta generación y las que la han precedido 
en el presente siglo, por la construcción de magníficos conven- 
tos y suntuosas catedrales ; pero sí lega á nuestros descendien- 



tre patricio Ugartc; pero si han sabido apreciarse no se han conservado en su 
sitio. 

Lo que si se conserva inmediata es In casa primitiva de la familia, los restos de 
una ermita y ruinas, como testigos mudos de mayor grandeza. 

Todo esto lo puede contemplar el viajero desde el ferrocarril de Miranda á Bil- 
bao', pues al llegar á la altura de la estación de Inoso, en la enhiestoda Peña de 
Orduña, tendiendo la vista por los hondos, frondosos y pintorescos valles de Leía- 
ma y Orduña, que parecen la base del alto y casi siempre nevado Oorbca, allá 
bajo, cerca de la apenas visible carretera de Altuba, se distingue la casa-palacio 
que nos ocupa, y se le ve por algún tiempo merced á las revueltas de la vía férrea 
para salvar la Peña, cuyo trayecto merece especial visita. 



Álava 



"7' 



tes admirables hospicios, suntuosas casas de misericordia, eri- 
gidas muchas, como la de Vitoria, sobre las ruinas de aquellas 
casas de oración y recogimiento, albergue de las órdenes mo- 
násticas, que tuvieron su época gloriosa, pero que pasaron. 

Se halla instalado el Hospicio en el antiguo local del cole- 
gio de San Prudencio, á su vez alzado cerca del derruido tem- 
plo de San Ildefonso, cuyo nombre tomó la primitiva iglesia en 
honor y memoria de los reyes Alfonsos de Castilla, que allí in- 
mediato tuvieron siempre su palacio. Construyóse el colegio 
fundado por el vitoriano Salvatierra, obispo de Segorbe y de 
|Ciudad-Rodrigo, en el siglo xvii, con verdadero lujo y esplen- 
lidez, como aún se ve en su fachada y distribución general. Es 
todo excelente; su portada de columnas dóricas empotradas 
sostienen el balconaje y columnata jónica del segundo cuerpo, 

Í «roñado por una moderna escultura que representa la Caridad, 
a cual se ejerce verdaderamente y de una manera tan admirable 
[ue honra á Vitoria. 
Otro de los edificios destinados á beneficencia, digno de 
nentarse, es el hospital civil, llamado de Santiago. De construc- 
ción moderna, tan notable en su conjunto y detalles, como en su 
servicio y administración, es monumental, de grandes proporcio- 
nes y capacidad, y puede servir de modelo. 



II 



La llamada Plaza Nueva de Vitoria es una de las más lindas 
de España. Comenzóla el arquitecto D. Justo Antonio de Ola- 
guibel en 1781 y la concluyó á los diez años. Es un cuadro de 
sillería de 220 pies, cuya línea dividen 19 arcos: en el piso llano 
hay un pórtico de 1 5 pies de ancho con pavimento de losa y te- 
chumbre de capillas: encima dos pisos, y todo el edificio tiene 50 



172 



A L A TA 



pies de altura. La casa consbtortal , que con dos colaterales cie- 
rra el frente de mediodía, se distingue de las demás, que son 
treinta y cuatro, por su riqueza y acabado. Cuatro calles íoraa.- 
das de nuevo con hermosos asientos de piedra y de hierro, ha- 
cen otro cuadro exterior al de la plaza, proporcionándole des- 
ahogo, comodidad y belleía. Costó más de cuatro mOlones y 
medio. ^| 

Lo que distingue de las demás á la casa consistorial es un 
gran resalto que abrazando los cinco arcos centrales con arqui- 
trabe plano y columnas de una pieza aisladas, tiene sobre ellas 
un bello balcón corrido, con balaustrada de piedra en el piso 
principal y balconaje de hierro en el segundo. Al adorno en los 
marcos de los huecos y pilastras recuadradas, se añade un bien 
proporcionado ático guarnecido de dos jarrones, sobre aeróte- 
ras, coronado con las armas del municipio. ^ 

La fachada posterior que da á la calle de San Francisco,^ 
hace en su centro un resalto de buena sillería almohadillada, 
airosa y grande puerta que soporta un gran balcón voladizo, 
teniendo también esta fachada por remate otro ático con escudo 
de armas en la cima. ^ 

En el salón de sesiones, una faja que recorre todo su perí- 
metro por la parte superior, contiene una leyenda recordatoria 
de la jura de los fueros por D." Isabel la Católica el 2 de Se- 
tiembre de 1483, cuya acta existe en el Archivo. En otro salón 
se recuerda en tarjetones la fundación de Vitoria por D. San- 
cho, y la declaración de ciudad jKjr D. Juan II de Castilla en 
Noviembre de 1 43 1. m 

Independiente de la hermandad ó cofradía de Arriaga, la" 
tuvo también Vitoria; y la primera memoria de su hermandad 
se halla en un privilegio rodado de D. Fernando IV, á favor de 
la entonces villa, fechado en Burgos á 27 de julio de 130Í. 
En 1 3 1 5 se agregó Vitoria con otras villas de Álava, á las céle- 
bres hermandades de Castilla, Galicia, Asturias y León, cuyos 
procuradores suscribieron lo que se acordó sobre sus demandas 



en las Cortes de Burgos de este año. También consta que Vi- 
toria en 6 de Agosto de 1358, formaba hermandad con las 
villas de Haro, Logroño, Nájera, Santo Domingo, Miranda, 
Treviño, Briones. 

Igualmente es notable en el mismo orden, el palacio de la Di' 
putación, que no poseía en lo antiguo local á propósito para sus 
juntas; pues hasta el primer tercio del siglo xvii, las corres- 
pondientes á Vitoria se habían celebrado indistintamente ya en 
casa del Diputado General, ya en el salón del Hospital de San- 
tiago ó en la portería ó refectorio del convento de San Francis- 
co, sin que esto disminuyera el prestigio de su autoridad, como 
no disminuía la de los reyes que administraban justicia en el 
pórtico de las iglesias: creyóse, sin embargo, en la necesidad de 
tener local á propósito, y arregló la provincia una gran sala con 
archivo, armería y dependencias, en el expresado convento, 
donde se celebraron muchos años las sesiones. Pudieron muy 
bien albergar los frailes á la Diputación, hasta principios de 
este siglo; pero iniciada nuestra revolución política y social, era 
imposible; tenía que pensar en local propio; exigíalo su decoro, 
y comenzó su construcción en 1833, bajo la dirección y planos 
del arquitecto señor Saracibar; se suspendió por la guerra civil; 
terminada ésta se concluyó el primer cuerpo en 1844 y el 
gundo en 1S58. 

Más que por su importancia artística, aunque es de agrada- 
ble conjunto y excelente perspectiva, el palacio de la Diputa* 
ción contiene de suyo recuerdos históricos notables, ó más bien 
personifica la historia de la provincia. 

Forman la fachada principal dos esbeltos cuerpos salientes, 
en medio de los cuales y sobre anchurosa y suave gradería de 
ingreso, se levanta un elegante intercolumnio dórico, de una 
pieza cuyas columnas soportan una corrida y graciosa balaus- 
trada de piedra tallada, sirviendo de antepecho á otro interco- 
lumnio más pequeño de orden jónico del balcón central, corona- 
do todo por el escudo de armas de la provincia. Las estatuas 



176 



Al A T A 



de dos diputados generales, D. Prudencio M." Verásteguí y 
Don Ricardo de Álava, que se ven á los lados en el primer 
cuerpo, grandes candelabros y balaustradas entalladas en pie- 
dra, realzan la belleza del magnífico peristilo. En los balcones 
y en las puertas hay guarda -polvos primorosamente tallados, y 
sobre aquellos, los escudos de las principales villas alavesas. El 
salón de sesiones está cubierto con airosa rotonda, de prolija 
labor, que alumbra con luz zenital, sostenida aquella por co- 
lumnas arrimadas de orden compuesto, entre cuyos huecos 
hay colocadas en grandes hornacinas seis estatuas, de mayor 
tamaño del natural , sobre las cuales se lee en grandes tárjelo- 
nes con letras de oro : Vela Giménez, conde y señor de Ala- 
va, 882; Fernán González, primer conde de Castilla, 931; Al- 
fonso XI de Castilla, 1332; Isabel I, 1474 76-84; Carlos V de 
Alemania, I de España, 152 i; Felipe V de Borbón, 1 701. En la 
cabecera de este salón en forma de hemiciclo, con doble fila de 
escaños, de buena talla, y bajo dosel con el retrato del rey, se 
halla la silla presidencial; detrás de este asiento, la capilla, cuya 
puerta cubre el dosel durante las sesiones. En esta capilla hay 
que admirar un crucifijo de Ribera, de 10 pies y 8 pulgadas de 
alto por 7 y 7 de ancho, y en la inmediata sala de remates, un 
San Pedro y San Pablo, del mismo autor, ambos de 7 pies y 7 
pulgadas de alto y 4 y 8 de ancho. Lamentable es que se per- 
diera la riquísima biblioteca compuesta de las mejores impresio- 
nes del apogeo de las artes en Flandes. 

La Diputación foral, verdadero congreso vascongado, la 
constituían el Diputado general, los procuradores de los pueblos 
por éstos nombrados, los alcaldes de la hermandad donde la 
junta se reunía, y los secretarios por ciudades y villas y tierras 
esparsas. Sin previa convocatoria, celebraban sus sesiones dos 
veces al año: en 4 de Mayo y en 18 de Noviembre; duraban- 
ocho días, precediéndoles grande aparato de fiestas, banquetes 
y regocijos, que tenían lugar en todo el trayecto que recorría 
el Diputado general desde Vitoria al pueblo en que se cele- 



178 



Álava 



braban las sesiones, en lo cual se alternaba. Levantábanse en 
los pueblos del tránsito arcos de ramajes para el paso del Dipu- 
tado general, al que se recibía y despedía con cohetes, repiques 
de campanas y comparsas de las más apuestas jóvenes, que le 
rodeaban bailando al son de las panderetas; así demostraban el 



-V' 



VITORIA.— Calle del Institlto 



respeto y cariño consagrados á aquella autoridad por todos 
acatada y obedecida. 

Hemos dicho que la Diputación foral era un verdadero con- 
greso vascongado, y en efecto, allí se trataban todas las mate- 
rias administrativas y sobre todo se legislaba. Y es digno de 
notarse que, cuando ya en sesiones ordinarias ó extraordinarias 
se presentaban asuntos graves contrarios al régimen foral, se 
suspendía la resolución, volviendo los procuradores á sus her- 
mandades á consultar á sus representados, y hecha esta verda- 
dera consulta al país, se reanudaban las sesiones. 



ÁLAVA 



179 



El Diputado general era en lo antiguo el único jefe civil, 
político y militar, titulándose también Maestre de Campo y 
Comisario. Así en tiempo de guerra guiaba las fuerzas alavesas 
como sucedió en la conquista de Granada (i), en guerras poste- 
riores, y últimamente en África ; si bien en esta ocasión era 
nominal el cargo militar del diputado, porque mandaba las fuer- 
zas vascongadas un general del ejército, D. Carlos María de la 
i Torre. 

El establecimiento de los juzgados de i .° instancia y de los 
corregidores políticos, anuló las atribuciones judiciales que 
tenían los alcaldes y disminuyó en mucho las generales de la 
Diputación, muy especialmente desde el concierto económico 
de 1876, cuya corporación está asimilada á las demás del reino 
excepto en lo relativo á presupuestos y cuentas provinciales. 

Descuella también entre los edificios modernos el Semina- 
rio Conciliar, cuyas obras empezaron en 1878, para inaugurarse 
en 1880 bajo la advocación de San Prudencio y San Ignacio. 
Regalados los terrenos por el Ayuntamiento y varios particula- 
res, se ha costeado su construcción con limosnas de los dioce- 
sanos y de sus prelados. Ocupa 1,500 metros cuadrados ; 35 
lineales su fachada principal. La capilla está llena de grandes 
cuadros, entre los que sobresalen un San Jerónimo, un San 
Agustín, una Resurrección de Lázaro y un Paso del Mar Rojo. 
La biblioteca, que cuenta con algunos miles de volúmenes, se 
ha formado con donativos de libros. 

Han cursado de 1882 á 83, 95 alumnos internos y 90 ex- 
ternos. Aumentado este número, se hizo necesaria la ampliación 
del edificio, y el actual dignísimo obispo de la diócesis, D. Ma- 
riano de Miguel y Gómez, con verdadero é ¡lustrado celo, y 
con la energía y actividad que le distingue, se propuso ejecutar 
el necesario ensanche y lo consiguió. Compró la antigua casa- 
solar del marqués de Arabaca con su jardín y huerta, y se em- 



(i) El diputado Diego .Martínez de Álava, salió de Vitoria el 3 de Marzo de 
1491 con una compañía y regresó el 33 de Marzo de 1493. 



Álava 

prendieron inmediatamente las obras, aumentando al seminario 
1,200 metros cuadrados, quedando su principal fachada de 83 
metros lineales y más embellecida, ostentando en un pináculo 
en medio los escudos de armas del fundador, el Exmo. é limo, 
obispo Sr. D. Sebastián de Herrero y Espinosa y del actual 
prelado. 



MiJ 



rrtJitiifM 



^ — ^^T^^P^^^-^ST" 



^siz ,^s>^^r 



N'ITORIA.— .Monasterio de uas Salcsas 



El Instituto provincial es otro de los edificios consagrados á 
la instrucción pública, tan atendida en la capital alavesa. Situado 
en la calle de su nombre, á la que da la fachada principal, está 
rodeado de otros tres por los lindos jardines de la Florida. E>e 
buena piedra sillería aquella fachada, ofrecen excelente golpe de 
vista la esbeltez de sus líneas y la solidez del conjunto. 

Creado en 1842, se instaló humildemente, y cuando la Dipu- 
tación y el Ayuntamiento proyectaban la construcción de un 
edificio de nueva planta, se ordenó (1850) la suspensión del Ins- 
tituto: reclamaron aquellas corporaciones, lograron una R. O. 
para la existencia del Instituto, declarándole de primera clase, y 



aprobados los planos del arquitecto D. Pantaleón Iradier, comen- 
zaron las obras en Junio de 1851, inaugurándose aquel centro 
de enseñanza el i.° de Noviembre de 1855. 

Los gabinetes científicos y la biblioteca, son notables. A ésta 
legó D. Paulino Alvarez Ag^iniga, las dos selectas y numerosas 
que poseía en Haro y en la Habana. ¡Digna muestra de agra- 
decimiento por la enseñanza que en aquel Instituto recibiera! 

Merece consignarse el Seminario de Aguirre, cuyo nombre 
lleva por haberle comprado este señor en 1853. Es magnífica 
su fachada principal, estilo Berruguete, con hermosos y valien- 
tes detalles ; en el patio, esbeltas columnas y medallones; la 
escalera ha perdido parte de su antiguo y tallado balaustre de 
piedra por haber servido de almacén de víveres á la administra- 
ción militar en la última guerra civil. 

La cárcel construida en 1858-59 con planos y dirección del 
arquitecto D. Martín Saracibar, es la primera celular construida 
en España. Es su planta en forma de cruz, cuyos cuatro marti- 
llos, están tres destinados á celdas, y el cuarto con la fachada 
principal al Juzgado y sus dependencias, cuerpo de guardias é 
ingreso. Colocado un altar en el centro del crucero, todos los 
presos ven la misa sin verse unos á otros. Pueden colocarse 100 
presos en sus correspondientes celdas independientes: el núme- 
ro de detenidos por todos conceptos es de unos 40, término 
medio. 

Llama grandemente la atención de todo viajero que llega á 
Vitoria el suntuoso monasterio de las Salesas, que ve al pasar 
en el ferro-carril. A expensas de D.* Rosario del Wal Fernán- 
dez de Córdoba (sor María de Gracia), se ha construido este 
edificio cuyas obras se inauguraron el 8 de Diciembre de 1879, 
con arreglo á los planos del arquitecto D. Cristóbal Lecumbe- 
rri, que designó para ejecutar la obra á D. Fausto íñiguez de 
Betolaza. 

Ocupa el edificio un gran rectángulo de 228 metros de fon- 
do por 223 de fachada, que da sobre el paseo de la ciudad. 



i8a 



Como puede verse por la lámina, es un edificio de estilo del 
siglo xiii, y en su conjunto y por su aspecto uno de los prime- 
ros monasterios de España. 



III 



No terminaremos la reseña, siquier ligera, de lo más notable 
que encierra Vitoria, sin dar una idea de lo que constituye, como 
se ha dicho, « un verdadero monumento arquitectónico greco- 
romano, en el que se aunan la valentía de la construcción, la 
severidad del estilo, y el acierto y el conocimiento del terreno en 
el proyecto Los Arquillos » (i). Y en efecto, ofrece un golpe de 
vista sorprendente, y es de gran comodidad además aquel gran 
paseo de soportales y balcones, encima y debajo de viviendas 
particulares, y á considerable altura; pues se halla esta galería 
al nivel de los tejados de la Plaza Nueva. 

Sobre los planos de Güemes, dirigió aquellos Arquillos Ola* 
guibel en 1794. 

El viajero que haya visitado cuánto de notable encierra la 
ciudad, sin excluir el Círculo Vitoriano, en cuyo centro de ilus- 
tración y recreo se admira la franqueza y bondad de sus socios, 
vaya luego á la Florida^ uno de los más bellos paseos de Es- 
paña. 

La avenida de la calle del Prado, según representa la lámi- 
na, es encantadora, y más moderna; porque el salón central, 
construido en 1820, conserva los gigantescos chopos que le cir- 
cundan y se plantaron aquel año. 

Constituyen la Florida extensas alamedas, grandes jardines 
ingleses, que ostentan cien especies distintas de lozanos y her- 
mosos árboles y plantas, teniendo todos y todas una etiqueta 



(1) ColA V GoiTl. 




Vitoria. — Paseo de la Florida 



Álava 



i8, 



"con su nombre en latín y castellano, magnífico invernadero, y 
linda casa del jardinero que adorna aquel verdadero pensil, al 
que nuestras discordias políticas convirtieron en patíbulo, pues 
en uno de sus paseos laterales fué fusilado en 1841 Montes de 
Oca. 



.JW} 









ij^C- re- 



viro ría.— Los A it y un. LOS 



El magnífico paseo primitivo está decorado con las estatuas 
de Ataúlfo, Sigerico, Teudis y Luiva, compañeras de las que 
adornan la Plaza de Oriente en Madrid. 

Con razón dice el Sr. Becerro que * nada hay comparable á 
la hermosura y frescor, bellas perspectivas, calma y puro am- 
biente de este sitio en las plácidas mañanas del verano. No hay 
nada más animado y magnífico que esas tardes de los días fes- 
tivos en que todo el vecindario acude á solazarse á este punto. 
Sitúase el tamboril vascongado al pié de la estatua de Ataúlfo; 
! dentro del gran círculo y en torno suyo se forma agitado baile. 
Alternando con él toca la música del regimiento que guarnece 



á Vitoria, alegres aires, á cuyo compás bailan también en re- 
vuelto concurso los jóvenes, debajo de la estatua de Luiva. 
> Entre ambos bailes y en la línea principal de la Florida se 




VITORIA. — Avenida del Prado 



mueve el paseo de artesanos, costureras, estudiantes, sirvientas 
y militares. Paralelamente á él, y en la hermosa alameda de los 
olmos se sitúa el de las clases más elegantes. En uno y otro 
luce sus galas, su lozanía y su humor, siempre complaciente, la 
juventud vitoriana. En los paseos inmediatos pululan animados 




jadas de hermosas jóvenes , de elegantes damas y de todo un 
pueblo risueño y animado, van y vienen entre los jardines y las 
arboledas, cuyos asientos ocupan alegres grupos; cuando los 
ecos de la música pueblan el espacio, y el confuso murmullo lo 
inunda también; cuando un precioso mundo de elegantes y her- 
mosos niños baila en lo alto, en mano de sus ayas, formando 
vistosísimo contraste con el fondo de la verde y nutrida vegeta- 



»4 



i86 



ÁLAVA 



ción de las alamedas, cuando aquel cuadro se ofrece lleno de 
vida y de encanto, compréndese por qué las bellezas de la Flo- 
rida no se olvidan, sino que quedan agradablemente grabadas 
en la memoria de cuántos han contemplado este paseo, cuyas 
flores forman una maravillosa alfombra puesta á los pies de la 
ciudad y perfuman con sus aromas aquel puro ambiente del que 
son fragante, vistoso y riquísimo pebetero. » 




iqo 



tiVTWWz COA 



de Guipúzcoa, como los hemos visto en Álava, y es un dato 
importante que puede y debe apreciarse, hay que proceder en 
todo por conjeturas, inclinándonos siempre á considerar á los 
guipuzcoanos como los más antiguos habitantes en la península, 
sino los primitivos; fundándonos para esta verosímil creencia 
en el idioma y en la naturaleza del país. Así, pues, los constan- 
tes pobladores de aquella región, los antiguos éuscaros, caristos 
ó várdulos, pueden mirarse como descendientes de los primitivos 
pobladores de tan seculares montañas, los legítimos guardadores 
del idioma vascongado. 

Constituyendo primitivamente la población de Guipúzcoa , 
caserías esparcidas, á la vez que el aumento de sus moradores,' 
se harían precisas las divisiones de territorios gobernados con 
independencia unos de otros por medio de sus respectivas judi- 
caturas, cualesquiera que fuesen. cEstos particulares territorios 
con limitadas dimensiones se titularon valles, y es el más anti- 
guo género de población que nos consta por auténticos docu- 
mentos haber tenido esta provincia.» Después se fueron creando 
las villas, como atestiguan los privilegios otorgados por los 
reyes sus fundadores. 

A lo que dejamos escrito respecto á la Cantabria y á las 
guerras de Roma, poco nos resta que añadir. Insistiremos en la 
creencia de algunos, de que en la segunda guerra púnica siguie- 
ron los guipuzcoanos como auxiliares y confederados las bande- 
ras de Aníbal, ocupando puesto preeminente y hallándose en 
las batallas del lago Trasimeno y de Cannas. 

En cuanto á la dominación romana, la acusan las piedras de 
valor y monedas encontradas en Irún (i), habiendo méritos, 
según el erudito investigador Sr. Gorosabel, para considerar 
á Irún como colonia romana. Que no fueron e.\traños á las gue- 
rras de aquellos tiempos, lo dicen las tan debatidas palabras de 
Julio César, que los considera auxiliares de los aquitanos ; y 



(fl Se encontraron en 171)0 en el prndo de Ucraun. 



GUIPÚZCOA 191 

aunque no hay prueba evidente de que lo fueran los guipuzcoa- 
nos, lo hace probable la vecindad. 

De todas maneras, no se han hallado aún en Guipúzcoa los 
vestigios romanos que en Álava; y sólo se han visto en el límite 
de ella, pudiendo creerse con fundamento que no habría resi- 
dencia de romanos en el interior de la provincia. Esto no impi- 
de ni afecta á su independencia, que más se la garantizaba el 
país que á los alaveses, ni el que tomaran parte en algunas 
guerras de Roma, como enseñan algunas tradiciones y relacio- 
nes históricas, y aun el famoso canto de Lelo, si tiene la anti- 
güedad que se le supone (i). 

Las irrupciones de los suevos, deque hablan antiguas histo- 
rias, más se reñeren á los vascones que á los várdulos ; á éstos 
pudieron afectar de rechazo las de los érulos; consta que Eurico 
se apoderó de Pamplona después de vencer á los suevos, y sólo 
por conjeturas se cree que combatiera contra los guipuzcoanos. 
Por conjetura también cree Moret que en el tratado que ya no 
subsiste, entre el rey godo Atanagildo y el emperador Justinia- 
vo, tal vez se estipularía la conservación de la libertad de los 
vascongados amigos del imperio, y que no estuviesen sujetos á 
los godos, siendo cierto que aquel tratado en nada era favora- 
ble á los mismos godos, y por eso San Gregorio Magno excusó 
enviar copia suya á Recaredo, sin embargo de haberla solici- 
tado (2). 



(i) Lelo, ill Lelo 

Lelo, ill Lelo 
Leloa Zarac 
III Leloa, etc., etc. 

Es el argumento que un tal Zara tuvo relaciones ilícitas con una matrona mujer 
dcLelo, durante la ausencia de este en la guerra. Habiendo quedado la matrona 
embarazada, temió la vuelta del marido, resolviendo matarle de acuerdo con el 
amante, que lo ejecutó así al regresar aquél. Averiguado el crimen, se formó el 
BaUaaró junta de mandones del país, se desterró á perpetuidad á los adúlteros- 
asesinos, y se mandó que en lo sucesivo, en los cantos poéticos ó Erectas se men- 
cionase la muerte del inocente Lelo. (Los Euskaros.) 

(3) Diccionario Geogrdfico-Hislórico de España, por la Real Academia de la 
Historia. 



En la lucha que los reyes godos tuvieron con los vascones, 
no permanecerían indiferentes los guipuzcoanos, como no lo 
estuvieron los alaveses; y si nada tuvo que temer el centro de 
la provincia, no sucedería lo mismo á los extremos, particular- 
mente los confinantes con Francia; no siendo extraño que Fuen- 
terrabía debiera su fundación á algijno de aquellos monarcas,^^ 
si no es que la debió antes á los romanos. ^M 

Garibay es de opinión que los guipuzcoanos en tiempo de 
Suintila «vinieron al señorío y unión de los reyes godos, habien- 
do 644 años andado en la devoción y amor de los romanos. » 
Ora formando alianzas ú organizando resistencias, no podían 
menos los guipuzcoanos de ser guerreros ; y ya fuera por verse 
estrechados por Leovigildo ó por necesidad de extenderse ó 
vengarse, atravesaron el Bidasoa invadiendo la provincia de 
Labourd y otras colindantes. Los mismos escritores franceses 
no ocultan la importancia que allende los Pirineos adquirieron 
los éuscaros, que llegaron hasta Angulema, y sino á Tolosa 
cerca de ella, pudiendo, si no afirmarse, admitirse que dejaron 
su idioma y costumbres, que uno y otras generalizadas están 
aún más allá del Adour; cuyo idioma y cuyas costumbres 
tenían ya de antes mucha semejanza, si no se confundían 1 
de una y otra vertiente del Pirineo. 

En cuanto á monumentos godos, no tenemos noticia de 
existencia en Guipúzcoa. 



II 



La crónica de Sebastián, obispo de Salamanca, cita á Gui- 
púzcoa, ya conocida así en el siglo vm, considerándola exenta 
y libre de la dominación musulmana, si bien en los documentos 
de aquella época hasta el siglo xii, se la titula Ipuzcoa ; D. Al^ 
fonso el Sabio en su Crónica general de España, la llama 



N 



zcoa: la Historia Compostelana la designa con el nombre de 
Ispucia. 

P Según el arzobispo D. Rodrigo y la Crónica general de 
D. Alfonso X, se libró Guipúzcoa de la irrupción sarracena por 
lo fuerte de sus montañas. De los siglos ix y x no dan noticia 
de este país ninguno de los historiadores, ni se hallan docu- 
entos de este tiempo que den alguna luz de su historia. 

No hallando el diligente Garibay con qué llenar este vacío 
de la historia de su patria, tse contentó con deducir por conje- 
turas y persuasiones nada fundadas, algunos sucesos que atri- 
buye y contrae á Guipúzcoa en lo relativo á los siglos expresa- 
dos. Por esto aunque no desdijese de la verosimilitud respecto 
á Guipúzcoa lo que refiere Garibay, como no puede fundarlo 
con solidez, se hacen sospechosos en su historia á los que con 
algnjna crítica hagan reflexión sobre su narrativa, i 

Y sin embargo, no parece verosímil estuvieran inactivos los 
g^ipuzcoanos en aquella época, en la cual todo era movimiento 
en los límites del dominio de los musulmanes, ora pretendiendo 
éstos penetrar en el país montuoso no conquistado, ora procu- 
rando los peninsulares molestar á los invasores (i). 

La existencia de los señores y jefes de Guipúzcoa es evi- 
dente. Sandoval dice que en la batalla de Guadalete murió 
Arducia, que era señor de Álava y Guipúzcoa, pero no dice ni 
se sabe de dónde tomó esta noticia, pues hasta el año de 1025 
no se halla escritura alguna ; y en la de este año figura como 




(1) oAl invadir á toda España los f.nnatizados hijos del Desierto, imagino yo 
que un golpe de muy atrevidos guipuzcoanos hubo de adelantarse con naves á 
fortificar y mantener (en la linde occidental de los aulrigoncs;, el Amanum Portus, 
el puerto de los Amanes, que en honra de los emperadores Vcspasiano y Tito se 
quiso llamar Flaviobriga Colonia (1714). Desde allí, sin duda contribuyeron al 
empuje de los alarbes enseñoreados de la Cantabria; y haciéndose defensa, ejem- 
plo y admiración de todos, vino el forastero y gentílico nombre de los várdulos ú 
ser el de la ciudad ; y muy pronto, el de la nueva provincia autrígona y cantábrica 
en una refundida. La romana colonia se dijo ya Castro Vardulias, fortaleza de vár- 
dulos. Castro Urdíales ahora, y toda la nueva y gemela región se ufanó con el titu- 
lo de Vardulia.» (El Libro de Santoila.) 

«5 



194 



GUIPÚZCOA 



tal señor Garda Azenariz «que la gobernaba bajo el imperio 
del rey D. Sancho de Navarra.» A él sometida estaba Guipúz- 
coa en 921, según Garibay y Moret, reinando D. Sancho Abar- 
ca, no el segundo de aquel nombre, pues éste fué quien estando 
en San Sebastián en 17 de Abril de 101 4 como soberano de ella, 
dio al monasterio de San Salvador de Leyre, *en los términos 
de Hernani á la orilla del mar, un monasterio que se dice de 
San Sebastián con su parroquia, y aquella villa que los antiguos 
llamaban Izurum con sus iglesias, conviene á saber, de Santa 
María y San Vicente mártir...» 

En 1066 gobernaba á Guipúzcoa órbita Aznárez, al que 
siguió el conde Lope íñiguez, señor de Vizcaya y Álava, cuyas 
escrituras de donación confirmó D. Alfonso VI de Castilla; pues 
en 1076, ya no estaba Guipúzcoa sometida á Navarra; porque 
con motivo de las turbulencias que resultaron por la muerte 
violenta que dio al rey de Navarra D. Sancho, su hermano Don 
Ramón, « los naturales de las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya 
y Álava, regiones de Cantabria, considerando que los naturales 
del reino de Pamplona se habían unido con el rey de Aragón y 
que el rey D. Alonso se había apoderado del reino de Nájera, 
siguieron la parte y voz del rey D. Alonso por parecerles ser 
mejor el título y derecho que el rey D. Alonso tenía á Navarra, 
agora por querer estar en la gracia y protección de más pode- 
roso rey que el de Aragón, ó por estar para sus contrataciones 
y las demás cosas más á mano Castilla, ó por todo ello ó otras 
causas que á ello les movió.» 

En 1123 volvió á unirse Guipúzcoa á Navarra, de resultas 
de la paz que se ajustó entre ambos reinos en este mismo año. 

En el señorío de Guipúzcoa habían sucedido al conde Lope, 
Sancho y Diego López, y á éstos D. Ladrón de Guevara, cons- 
tando por documentos que en esta provincia como en las de 
Álava y Vizcaya, ejercía por este tiempo el rey de Navarra la 
soberanía ó protectorado, y seguía ejerciéndole en 1 147. Suce- 
dió en 1150a Guevara su hijo Vela, primer sucesor á la vcj: de 



GUIPÚZCOA 



195 



los mayorazgos que fundó la casa de Oñate; en 1181 Diego 
López y en 1187 íñigo de Oriz, quien así como su antecesor 
sólo figuran en las escrituras como señores de Guipúzcoa y 
Álava. 

Como primer merino de Guipúzcoa por D. Alfonso Vil, apa- 
rece D. Diego López de Salcedo (i), desempeñando también el 
cargo de Adelantado en Álava y en Guipúzcoa, según Landá- 
zuri; pero no se ve una sucesión de cargos exacta; pues aunque 
hasta el año i 200 produjera alguna confusión aquel frecuente 
cambio de dominio ó pertenencia, correspondiendo tan pronto á 
Navarra como á Castilla, desde aquel primer año del siglo xiii, 
ya está más despejado el terreno y podemos caminar más des- 
embarazadamente, á pesar de no podernos detener como quisié- 
ramos en el examen de algunos sucesos importantes, limitándo- 
nos á exponerlos. 



III 



Cuando en 1200 cercaba á Vitoria D. Alfonso VIII, envióle 
Guipúzcoa embajadores ofreciéndole abandonar á Navarra para 
unirse á Castilla, pidiéndole acudiese personalmente á recibir el 
homenaje de los guipuzcoanos, disgustados de los desafueros 
que les hacían los reyes de aquel país. Acudió el castellano, y 
dice la Crónica m. s. que » le entregaron la tierra, especialmente 
las villas de San Sebastián, Fuenterrabía y la fortaleza y casti- 
llo de Veloaga que es en el valle de Oyarzun, que son en la 
frontera de Francia, cuya tierra con esto hacia el Rey D. Alonso 
libre entrada para los pretensos que le podian resultar especial- 
mente en el ducado de Guiana Patrimonio de Inglaterra. En las 



(t) Confirma como tal un precioso documento expedido en la era iig4i 
kfio I I f 6, á favor de la iglesia de Tuy. 



fronteras de Navarra le dieron el castillo de Alhaun con otras 
fortalezas que oy están arruinadas y en la frontera de Álava le 
dieron el castillo de Achoriz de el valle de Lenis y en la frontera 
de Vizcaya el castillo de Amásate que agora se dice Mondragon 
y en la misma frontera le dieron el castillo de Helosua que en 
algunas memorias de tal manera se refiere esto que dicen aver 
entrado el Rey D. Alonso en esta tierra con solos veinte de 
á caballo de su servicio.» i 

¡Evidente prueba no sólo de lo voluntaria que fué la unión 
de Guipúzcoa á Castilla, sin que mediara intimación ni fuerza de 
ninguna especie, sino de la grande y completa confianza de 
Don Alfonso en la nobleza y lealtad de los guipuzcoanos! Ante 
ellos se presentó casi solo, poniéndose á merced de sus nuevos 
vasallos, que ya en otras épocas habían podido apreciar cuan 
digna y bondadosa era la soberanía de Castilla, que nunca de- 
jara de estimar en todo su valor las elevadas condiciones que 
distinguían á los guipuzcoanos. Además, ¡cuánto confiaron mu- 
tuamente el rey y la provincia, cuando no consta se firmaran ni o- , 
guna clase de pacto ni condiciones, sometiéndose todos á prom^H 
sas verbales ! Tanto más de apreciar en aquellos tiempos en los 
que ni aun se respetaban solemnes pactos, escrituras y juramen- 
tos, de lo que dan solemne testimonio las crónicas (i). ' ^^ 

(i) Mucho Bc ha escrito sobre la existencia ó falta de uoa escritura que consig* 
nara lo que se pactase, si se pactó algo, entre D. Alfonso y Guipúzcoa; pero lo que 
es incuestionable es la falsedad de la escritura presentada por Lupián Zapil* 
(D. Antonio de Nobis) á las juntas celebradas en Vitoria el 2 de .Vlayo de 1(164^ 
creyendo obtener los 4,000 ducados ofrecidos al que presentara el instrumento 
que deseaba la provincia ; la cual no aceptó el presentado considertindole apócri- 
fo. No lo creyó asi Núñez de Castro, cronista de D. Alfonso VIII, suponiéndole en- 
contrado por el Jerónimo Kray Luís de la Vega, en el archivo de la catedral de 
Santo Domingo de la Calzada, y nada menos que el diploma original, si^^uicodo- 
le Mondcjar y otros que obruron con más ligereza que cuidadoso esmero ; pero 00 
ha podido resistir al análisis de regular critico, y no se acreditaría hoy segura- 
mente de mediano investigador el que conociendo lo publicado sostuviera su au- 
tenticidad, hasta por el mismo Llórente negada. En la ¡unta a.* celebrada pitr 1« 
Diputación en la villa de Azcoitia á 7 de Mayo de 1Ó91 «hizo la presentación por 
medio de una carta de la nueva recopilación de los fueros con que actualmeolc k 
gobernaba, O. Miguel de Aramburu, caballero de la Orden de Santiago y vecino 
de la de Tolog.i, compuesta y coleccionada por este mismo caballero cu virtud de 



Cesaron desde entonces las intermitencias de la unión de 
Guipúzcoa á Castilla; ya es una la historia de ambas, y partici- 
pan los guipuzcoanos de muchas de las glorias de los caste- 
llanos. 

Dos años después (1202) confirmó D. Alfonso en Burgos 
los fueros, usos, costumbres y privilegios de la villa de San 
Sebastián, concediendo además diferentes franquezas y merce- 
des (i); en 1203, los de Fuenterrabía; dio título de población y 



comisión de lu misma provincia. Hecibió ésta con la maior estimación y aprecio 
la nueva rccopilncioo y solicitó y obtuvo por medio y dirección del mismo autor 
la aprovacion del Kcy y la impresión en el número de mas de 3,000 cxcmplarcs 
como todo consta de las actas y acuerdos succcsivos de otras ¡untas en las que 
también se acredita la gratitud de la provincia á la laboriosidad de su hijo y dili- 
gencias y dirección la mas acertada con que manejó este negocio hasta su entera 
conclusión.» (Landáí^uui, Historia m. 5.) 

(1) Era este privilegio el concedido por el rey de Navarra D. Sancho el Sabio 
hacia el año de i 1 50, y según otros el de 1 1 80, pues carece de lecha, dando á 
San Sebastián los fueros de repoblación y aumento, conformes á los que tenían Ks- 
tella y Jaca. Por este precioso privilegio se señalaron á San Sebastián los términos 
que había de tener su territorio; se le confirmaron los fueros y buenas costum- 
bres de que á la sazón gozaba ; se le concedieron además diferentes franquezas y 
mercedes, según los capítulos siguientes: i ." Los pobladores de San Sebastián 
no vayan en hueste ni en cabalgata, sino que sean libres c ingenuos de todo fuero 
malo y de toda mala costumbre perpetuamente. í." Los pobladores de San Sebas- 
tián, que arribaren á ella por mar ó por tierra con sus mercaderías, no paguen la 
lezda allí ni en todo el territorio de su majestad ; salvo por las que comprando en 
Bayona llevasen á vendci ó otra parte, f." Las naves propias de San Sebastián 
sean exentas de pagar el portazgo y lezda, y las extrañas paguen una tercera par- 
te menos que en Pamplona. 4.° Los habitantes de San Sebastián pueden hacer 
hornos, baños y molinos, sin tener que pagar al rey ningún censo. í." Nadie se 
hospede en casas propias de vecino á no ser con voluntad de 54 dueño. 6." Nin- 
guno, no siendo navarro, seo poblador en la villa á no ser con licencia del rey y 
consejo de todos los vecinos. 7." Cualquiera que poblase en San Sebastián, si fuese 
deudor, no responda ni el ni su ñador al acreedor hasta dos años. 8." Cualquiera 
que tuviese querella de poblador de San Sebastián venga á recibir el derecho en 
San Sebastián : y sino hiciese asi. y llevase prendas, pague mil sueldos al rey. 
9.* Si acaeciese que alguna nave se quebrase en el termino de San Sebastián, y 
los dueños de ella la recuperasen con todas sus mcrcaderias. paguen diez sueldos 
y la lezda, según queda dicho. 1 o." Los pobladores de San Sebastián gocen siem- 
pre en todo territorio de su majestad los pastos, bosques y aguas, asi como los 
hombres que vivan en la comarca. 1 1 .^ Donde quiera que los pobladores de San 
Sebastián comprasen heredad, y habitasen en el termino de la misma villa ó fuera 
en sus heredades, gocen de tal adquisición libremente, y sin ningún mal interdic- 
to ó cnso. 1 1." No hagan guerra ni duelo con hombres de fuera bajo ningún pacto, 
sino que pongan por testigos uno navarro y otro francés : y si no tuvieren testi- 
gos, hagan un juramento. 15.° Ninguno sea preso dando fianzas de estar á dcrc- 



198 



GUIPÚZCOA 



villa á Giietaria en 1 209 cuando á su regreso de Francia quiso 
mejorar y fortificar las marinas, y pobló á Motrico, dándole tam- 
bién los fueros de San Sebastián. 

El afecto de los guipuzcoanos á su rey, mostráronle esplén- 
didamente cuando al venir á España D." Beatriz á unirse con su 
esposo el santo rey D. Fernando la recibieron en Guipúzcoa. 

Libre D. Alfonso de los disgustos producidos por la disolu- 
ción del matrimonio de su hija D." Berenguela con el rey de 
León y habiendo anteriormente dejado expedito el camino para 
Gascuña, cuyo ducado cedió en dote á la reina D.° Leonor su 
padre D. Enrique II de Inglaterra al casarse aquella con nues- 
tro rey, cesión que, más parecía haberla hecho con ánimo de 
dejarla estampada que cumplida, atravesó Guipúzcoa con su 
ejército y le movió contra los gascones, apoderándose, sino del 
todo, de la mayor parte de lo que la correspondía en aquel 
país (i). 



cho: y si no pudiese cumplirlo, vuelva de su pie. 14." Si algún poblador de San 
Sebastián tuviese acto con alguna soltera de la misma villa con voluntad de ella, 
no pague la calumnia; pero sí, cuando es con casada, i 5.* Si alguno trajese contra 
su vecino lanza, espada, maza, cuchillo ú otra arma, pegue mil sueldos y pierda 
el puño. 16.' Si alguno pegase á otro con el puño 6 le agarrase por los cabellos, 
pague sesenta sueldos ; y si le echase en tierra 360. 1 7." Si alguno entrase en la 
casa de su vecino, y le tomase prendas por fuerza, pague veinte sueldos: pero si 
fuese liador, podrá prenderle según es de fuero. 18." El merino del rey no reciba 
calumnia de ningún hombre de San Sebastián, á no ser con aprobación de i 2 buenos 
vecinos, ki." Ningún hombre de San Sebastián sea citado á juicio fuera de la mis- 
ma villa ; ni sen juzgado sino es por sus propios alcaldes. 30.' Los pobladores de 
Son Sebastián nombren al fin de cada año el preboste y alcalde. 31." Los pobla- 
dores de San Sebastián, donde quiera que se hallen, sea en territorio ó curte de 
Su Majestad, sean juzgados según el fuero de la misma villa.— Las demiis disposi- 
ciones son penales, de derecho civil privado: lo que se debía pagar por las merca- 
derías que tr.iídas del extranjero se vendiesen en la ciudad, etc. 

(1) Al regresar de esta expedición y h.-illándosc en San Sebastián en Octubre 
(1304) con su mujer y sus hijos Fernando y Enrique, donó al obispo y catedral 
de Santa María de Acqs-Dax— de 1 s villorios que tenia en Angón y enSa, con todos 
los derechos con que le estaban obligados por ¡uro hereditario, para que los hu- 
biesen y poseyesen « irrevocablemente paru siempre».— Firma reinante en Ga»cu- 
fta.— Firmab.m con el rey los obispos de Durgos, de hayona, de Vacas, etc.; el 
vizconde de Bcarne y el conde de Armañac. 

No debió haberla subyugado toda, cuando volvió al año siguiente (1 aof) i re- 
cobrar del rey de Inglaterra lo restante del territorio que le pcrtcnecU, pues no 



A la gratitud que los guipuzcoanos debían á D. Alfonso VIII, 
correspondieron con su afectuosa lealtad y tomando parte en 
empresas tan gloriosas para la monarquía y la cristiandad como 
la de las Navas de Tolosa, y en el reinado de San Fernando en 
la conquista de Sevilla, para la que el almirante Bonifaz formó 
una armada en los puertos de Guipúzcoa y Vizcaya, tripulada 
con vascongados que mostraron la pericia y el valor que han 
sido y son proverbiales en los marineros de aquellas bravísimas 
costas. 

No sólo tenían ya fama entre nosotros, sino hasta en leja- 
nos países; porque ya desde mediados del siglo xii, la pesca de 
la ballena y el curtido de cueros ocupaban á una gran parte de 
vascongados (i). 

No se conformaban los reyes de Navarra con la pérdida de 
Guipúzcoa y de Álava, por lo que no desistían en su propósito 
de recuperar aquellas provincias aprovechando cuantas ocasio- 
nes creían propicias, y haciendo alianzas con enemigos siempre 
del rey de Castilla; lo cual motivaba las frecuentes estancias de 
estos monarcas en San Sebastián, aprovechadas para los fueros 
y cartas de población que se otorgaban á las villas que se re- 
poblaban (2). En todas estas divergencias con Navarra, y aun 
en las que produjo el señor de Vizcaya, D. Lope Díaz de Haro, 
no consta que los guipuzcoanos faltasen á la fidelidad prometi- 
da á los monarcas de Castilla, que hasta en las contiendas que 
la vecindad de Guipúzcoa y Francia producía entre sus natura- 



habfa dominado á Burdeos, Kcgla y Uayona. Redújose esla nueva campaña á atre- 
vidas excursiones, que dejaban en pos la desolación y el exterminio. 

Parece que al regreso de esta expedición vinieron con el rey familias bearnesas 
que se establecieron en las inmediaciones de Pasajes. 

(1) En la carta-puebla concedida por D. Fernando III á Zarauz , en Burgos 
á 28 de Setiembre de 1 2T7, otorga el fuero de San Sebastián, salvo que le diesen 
por San Martin de cada año dos sueldos por cada casa, y por cada ballena que ma- 
tasen, una tira de ella desde la cabeza hasta la cola. 

(a) Hallándose en San Sebastián el rey D. Sancho, el i 3 de Abril de lapo, 
tomó bajo su protección y amparo el monasterio de canónigos de San Rartolo- 
m¿ de la misma villa, y en este propio año dio fueros á Tolosa, Segura y Villa- 
franca. 



les, esmerábanse nuestros reyes en que no se vulnerasen en lo 
más mínimo los derechos de sus vasallos. 

En las treguas ajustadas en 1293, entre los bayoneses y 
maestres Juan y Gonzalo Martínez, procuradores del rey Don 
Sancho, juntáronse en Fuenterrabía y San Juan de Luz los jue- 
ces comisionados para valuar los daños que recíprocamente se 
hicieron, y procurar su reintegro (i). 

Por cuestiones de Navarra con Francia unas veces, de Na- 
varra con Castilla ó Aragón otras, y no pocas con los alaveses 
y guipuzcoanos, andaban con frecuencia inquietos los siempre 
belicosos navarros, no siendo límites las fronteras á las algara- 
das en que mutuamente se causaban graves daños, talando é 
incendiando cuánto unos y otros encontraban á su paso, aunque _ 
no hallaran la menor resistencia. ^H 

En la lucha entablada ó más bien sostenida en Francia so- 
bre el señorío del condado de Bigorre^ en la que peleaban en- 
carnizadamente franceses , ingleses y navarros, apoderáronse 
los segundos de Bayona (1." de Enero de 1295), t>ase natural 
de las operaciones inglesas con Navarra y las provincias vascas. 
Enojadas éstas entonces con los franceses, parece que cuatro 
mil vascos ofrecieron su concurso al general inglés, y este re- 
fuerzo les permitió apoderarse de Sordas y Saint Scver. Los 
franceses, guiados por el conde de Valois , se reforzaron tam- 
bién y se apoderaron de esta última villa después de tres meses 
de sitio (2). 

No resuelve esto la cuestión, se hace precisa la alianza de 



(1) En 1394 tuvieron otra conferencia en el valle de Lorraunloscomislantdo* 
por Guipúzcoa y Navarra, producida por los daños que mutuamente 8C cau- 
saron. 

En este mismo año, á 34 de Junio, dióD. Sancho corta-puebla ala villa de Oeva, 
con nombre de Monreat, concediéndola el fuero de Vitoria. Habíase principiado 
su edificación en el alto de Iciar. con el nombre de Monrcal de Dcva ; pero conoci- 
dos los inconvenientes de tal localidad, solicitaron bajar á la orilla del mar, con 
el f;occ de las mismas mercedes concedidas, y lo concedic^ Ti. Alfonso W en Algc- 
ciras á I 7 de Junio de 1 14 1, á condición de que los pobladores de Dcva le paga- 
sen lus pechos, fueros y derechos con que hablan de contribuirle en Iciar. 

(a) Hiatoire des Pyrénies. 



GUIPÚZCOA 20I 



Felipe el Bello con los reyes vecinos y su establecimiento defi- 
nitivo en el Bigorre ; pide á la reina de Castilla una nueva de- 
marcación de fronteras y la restitución de los castillos que 
conservaba de los navarros : la reina consintió en ir á Vitoria 
para preparar el arreglo ; pero se hizo éste difícil, y terminaron 
las conferencias, sin contraer compromiso alguno aquella se- 
ñora. 

No satisfacía á Felipe el Bello poseer el señorío de Bigorre 
teniendo secuestrada esta provincia , pues la propiedad directa 
estaba en litigio, en espera de sentencia definitiva, que se ocu- 
paba de obtener, aunque con la calma de un hombre hábil que 
espera que el tiempo y las circunstancias ayudarán sus pro- 
yectos. 





CAPITULO II 



Guerras y tratados de Guipúzcoa con Inglaterra 



I 



¥ .AS guerras y tratados de Guipúzcoa con Inglaterra, apenas 
^^han llamado la atención á nuestros historiadores antiguos y 
modernos, y necesario fué que la ilustrada y celosa diputación 
de la Provincia en 1863, anunciara concurso público para pre- 
miar la memoria que con mayor exactitud y mejor crítica pre- 
sentara las luchas que los vascongados sostuvieron con la na- 
ción inglesa en los siglos xiv y xv, y los tratados de paz que 
las terminaron. Fué justamente premiado el erudito guipuzcoa- 



204 



GUIPÚZCOA 



no D. Pablo de Gorosabel , y gracias á él puede llenarse este 
gran vacío en nuestra historia patria (i). 

La antigua Aquitania, situada entre el río Garona y los Pi- 
rineos, pertenecía al principio del siglo xii á Guillermo X, y á 
mediados del mismo á su hija Leonor que casó en segundas 
nupcias con el duque de Normandía, heredero presunto del 
trono de Inglaterra, que ocupó después con el nombre de Enri- 
que II de la dinastía de los Plantagenets ; así se transmitió el 
ducado de Guiena á la casa inglesa. No bien avenidos con ella 
los habitantes del ducado, se sublevaban con frecuencia, prote- 
gidos por los reyes de Francia, á los que prestó homenaje En- 
rique, cuyo ejemplo siguieron los sucesores en el ducado, con- 
viniéndose que el rey de Inglaterra y sus herederos tendrían en 
feudo lo que poseían aún de Bayona y de Burdeos, á título de 
pairia en la corte de Francia. No fué esta paz muy duradera: 
excesos cometidos por los ingleses dieron motivo ó pretexto á 
Felipe el Hermoso para citar á Eduardo I en su calidad de va- 
sallo ante el tribunal de pares del reino, y por su negativa á 
comparecer se le confiscaron los feudos; lo cual ocasionó una 
nueva y encarnizada guerra ; ocuparon los ingleses á Bayona, y 
á los ocho años (1302) se hizo la paz, restituyéndose á Ingla- 
terra las ciudades que le habían sido confiscadas. Rómpense de 
nuevo las hostilidades en 1324; fué sangrienta la lucha; prisio- 
nero el rey Juan de Francia, el tratado de Bretigny (1360) ase- 
guró la paz, concediendo á Eduardo la posesión con plena 
soberanía independiente del ducado de Aquitania, al que se 
agregaron importantes provincias , y desapareció el vasallaje 



(1) No hnllando el Sr. Gorosabel los suficientes datos en nuestros antiguos y 
modernos historiadores, sin exclusión del mismo Garibay tan cercano li los suce- 
sos, acudió i los cuadernos de las iinti^uos Cortes y A los archivos, y como ¿I 
dice, ano era bastante aún todo esto pura conseguir el importante objeto á que me 
dirijo; por lo cual, á fin de completar en lo posible el trabajo, ha sido neccMrlo 
con>ultar los historiadores nacionales y extranjeros. Estos han sido Wallinghaniij 
Froissard, Villaní y Meyer, y sobro todo la gran colección diplomática de Irit» 
dos hecha por Tomás Rymcr.» 



del rey de Inglaterra. Nuevamente se sublevaron los aquitanos 
que no soportaban la tiranía del de Gales, al que llamaban el 
príncipe Negro, por la armadura que usaba de este color; pro- 
dújose otra sangrienta lucha entre Francia é Inglaterra, con- 

tquistando en poco tiempo los franceses toda la Guiena menos 
Jayona y Burdeos; se echó á los ingleses de la Normandía; so- 
metiéronse á Francia Burdeos y Bayona , y concluyó la domina- 
ción inglesa en la Guiena, después de tres siglos. 

I Durante este período había estado enlazada la casa real de 
Castilla con las de Inglaterra y Francia, inclinándose por esto 
unas veces á la primera y otras á la segunda. D. Alfonso VIII 
casó en i i6o con Leonor de Inglaterra, heredera también de la 
duquesa de Guiena, y por enlaces sucesivos perteneció á Casti- 
lla el ducado de Gascuña, de no escasa importancia por confi- 
nar con Guipúzcoa, desde donde pasó con sus tropas á tomar 
posesión de aquella tierra, y á defenderla de las pretensiones 
del rey Juan de Inglaterra. Por muerte de D. Alfonso se trans- 
mitió el ducado á su hijo D. Enrique I, y por las turbulencias que 
enflaquecieron la monarquía castellana durante la minoría de 
aquél, se apoderaron los ingleses de aquel territorio. Desconten- 
tos sus habitantes, ofrecieron en 1253 la soberanía á nuestro 
monarca, pero no anduvo perezoso el de Inglaterra en enviar 
poderosa escuadra y refuerzo de tropas á Gascuña, y esperando 
los gascones en vano la ayuda del de Castilla, tuvieron que su- 
cumbir á pesar de sus esfuerzos, asegurándose el inglés en su 
posesión por medio de un tratado de paz celebrado con el cas- 
tellano y el enlace del príncipe de Gales con la infanta Doña 
Leonor, que aportaría al matrimonio el ducado de Gascu- 

,fla (1254). 

f Continuaron bastante tiempo muy cordiales las relaciones 
políticas y de familia entre las cortes de Inglaterra y de Casti- 
lla; ofreció D. Fernando IV (1295) auxilio de tropas, pero no 
armonizaban tan bien los subditos de ambas naciones habitantes 
en la costa del Océano, tomándose mutuamente barcos, y oca- 



sionándose grandes pérdidas al comercio de Bayona, terminan- 
do estos daños al celebrarse un convenio, además de las treguas 
que los bayoneses pactaron con los de Santander, Laredo yi 
Castro Urdiales, no muy bien observadas por parte de éstos. 

No tuvieron los guipuzcoanos en estas disensiones una par- 
te directa, hasta que al renovarse (1324) las hostilidades entre' 
Inglaterra y Francia, la tomaron las provincias de Guipúzcoa, 
Vizcaya y Santander, acabando en 1344 por ajustar éstas con 
Bayona un tratado de tregua (i), natural consecuencia de la 
que habían convenido los reyes de Francia é Inglaterra para 
tres años, interviniendo en esta concordia los legados del papa. 

Poco sincera esta concordia, no duró mucho tiempo. Reno- 
váronse al año siguiente las hostilidades entre ingleses y fran- 
ceses: se hallaron empeñados en estas querellas los habitantes 
de nuestras costas del Cantábrico ; se ajustó por el merino 
mayor de Guipúzcoa tregua por un año, cuya prórroga no fué 
respetada, como consta por las reclamaciones que los guipuz- 
coanos hicieron en las cortes de Castilla contra los robos y 
violencias de que aquellos habían sido objeto por parte de los 
gascones y otros subditos de Inglaterra; y no obteniendo la 
debida reparación, trataron de tomar venganza por sí mismos, 
apresando naves inglesas cargadas de vinos y otras mercancías 
que iban de la Vasconia, matando cruelmente á sus conductores. 
Como si esto no bastara, en 1350 reunieron una gran escuadra 
de naves bien tripuladas, pertrechadas de armas y provistas de 
todo género de defensa y ofensa, y se presentaron en los mis- 
mos dominios de Inglaterra, resueltos á destruir la marina de 
esta ya orgullosa y perturbadora nación. Tal terror infundieron 
en ella, que su rey apeló á los arzobispos de Cantorbery y 



(i> Resulta esto ¡ustiñcado por medio del poder que la villa de Berineo di6 el 
mismü año i Martin Juan de Arrcscurrenaga, «para que fuese á la puente de Fuea- 
tcrrabía, donde los comisarios de los reyes de Castilla c Inglaterra, y de D. Juan 
Nuñcz de Lara, señor de Vizcaya, se habían de juntar á librar los robos y u^ravfc 
que hablan acontecido, y para pedir á ciertos vecinos de Bayona y Ularriz algunoAl 
hurtos.» 



GUIPÚZCOA 



207 



York, pidiéndoles procesiones y que impetraran la ayuda di- 
vina (i). 

Llegó nuestra escuadra á las costas de Inglaterra, hízola 
frente el mismo rey Eduardo III, peleóse brava y encarnizada- 
mente el 29 de Agosto del mismo año en las aguas de Rye ó 
Winchelsea, con grave daño de ambas partes ; se celebraron al 
año siguiente treguas (2) de veinte años por mar y por tierra (3), 
consignándose, entre otras cosas, que los de Castilla y Vizcaya, 
en los que se comprendía Guipúzcoa, podían pescar libremente 
en los puertos de Inglaterra, Bretaña y demás lugares y puer- 
tos, pagando los derechos acostumbrados á los señores del país. 
Celebrada esta concordia sin real licencia, se solicitó de las 
cortes, y el rey contestó á la petición, que «á lo que me pidieron 



(i) Escribíales entre otras cosas : o En verdad no creemos que ignoráis cómo 
los españoles, con quienes determinamos renovar, por medio de la unión conyu- 
gal de nuestra hija, el tratado celebrado poco tiempo ha entre sus reyes y nues- 
tros antecesores, convertidos ahora en enemigos con sus cómplices, invadieron 
hostilmente a muchos mercaderes de nuestra nación, y á otros que navegaban 
por la mar con vinos, lanas y otras mercaderías, les robaron sus bienes matándo- 
los inhumanamente, destruyendo además no poca parte de nuestros navios y 
causando otros muchos males, sin desistir de perpetrar otros en adelante. Tanta 
es ya su soberbia, que habiendo reunido en las partes de Flandes una inmensa 
escuadra tripulada de gente armada, no solamente se jactan de destruir todos 
nuestros navios y dominar el mar .inglicano, sino también de invadir nuestro 
reino y exterminar el pueblo sometido á nosotros. Siendo así, pues que nos pro- 
ponemos marchar prontamente bajo la conlianza de la divina misericordia, de 
cuya voluntad, más bien que de la humana potencia, depende la victoria; para 
obviar á nuestros enemigos semejantes cosas, en defensa de la santa iglesia y so- 
corro de nuestro reino, os rogamos atentamente con respecto á nosotros y al ejér- 
cito que con nosotros ha de marchar, hagáis reunir las acostumbradas procesio- 
nes, ofrecer oraciones devotas, celebrar misas, ofrecer limosnas y otros oficios de 
alabanza divina que creáis serán agradables á Dios, por vos, el clero y pueblo de 
vuestra ciudad y diócesis, por vuestros sufragáneos, varones religiosos, y otros 
de vuestra provincia donde consideréis conveniente, para que el Dios omnipoten- 
te, que por su clemencia nos sacó poco há á nosotros y á nuestro ejército de tan- 
tos peligros, extendiendo lu diestra de su protección, abata la soberbia de nues- 
tros enemigos, conceda á nosotros y al pueblo el triunfo de su victoria para ala- 
banza de su nombre, y pueda disfrutar con quietud la dulzura de la paz.— Testigo 
el rey, en Retherheth, á i o de Agosto de 1350.» 

(2) En Londres, á 1." de Agosto de 1751, representando á los españoles Juan 
López de Salcedo, de Castro Urdíales; Diego Sánchez de Lupardo, de Bcrmco, y 
Martín Pérez de Golindano, de r.uetaria. 

(3) Los de Ltayona y Uiarritz habían ajustado tregua por 4 años con el rey de 
Castilla y condado de Vizcaya. Por Vizcaya se entendía también Guipúzcoa. 



208 



GUIPÚZCOA 



por merced en razón de la tregua que fué puesta entre el rey 
de Inglaterra á los de las marismas de Castilla, de Guipúzcoa, 
é de las villas de Vizcaya, que me pluguiese ende ; á esto res- 
pondo que me place é que lo tengo por bien.» 

En 1353 celebróse en la iglesia de Santa María de Fuente- 
rrabía tratado de paz perpetua, amistad y benevolencia, entre 
Bayona y Biarritz y Castro Urdiales, Laredo, San Sebastián, 
Fuenterrabía, Guetaria y Motrico. 

Merced á la paz convenida, mercaderes de la marina de 
Castilla y de Guipúzcoa tenían establecimientos y factorías en 
la Rochela y otros puntos de las costas de Francia y Flandes 
pertenecientes á los ingleses que les protegían y favorecían, 
como lo habían hecho los franceses antes del tratado de paz de 
Bretigny (8 Mayo 1360), por lo que la población se beneficiaba, 
no sólo por el comercio que tanto fomentaban los españoles, 
sino porque mercaderes y marineros de la marina de Castilla y 
de Guipúzcoa se establecieron en la Rochela. 

Durante este tiempo había dado Fernando IV á Azpeitia 
privilegio de población y título de villa ; Alfonso el Sabio pobló 
é hizo lo mismo con la que es hoy Mondragón, y favoreció á 
Vergara; D. Sancho IV á Tolosa y á Segura concediéndolas 
privilegios, mostrando así su afecto á Guipúzcoa todos los 
reyes. 

Fué por este tiempo, año 13 18, cuando D. Alfonso XI. 
para evitar los naufragios en los que perecían tantos buques 
guipuzcoanos, señaló el sitio en que debían anclarlos bajeles en 
la concha de San Sebastián y en el canal de Pasajes; disponiendo 
además que los de San Sebastián no pagasen en la aduana de 
Sevilla más que la veintena , como los bayoneses y geno- 
veses. 

Al año siguiente de haber poblado y dado el fuero de San 
Sebastián y título de villa á Renteria, D. Alfonso XI, llamándola 
Villanueva de Oyarzun, y dado también el mismo fuero á Zu- 
maya, refieren las crónicas que fué la famosa batalla de Beotivar, 



GUIPÚZCOA 



209 



llamada así por el sitio en que se dio, y en la cual hicieron pro- 
digios de valor los guipuzcoanos. Pero ella merece capítulo 
aparte. 





^^ CAPITULO III 

^^B Beoüvar. — Servicios y mercedes. — Los guipuzcoanos en Canarias 

^^ EGüN vemos en las Averiguaciones de Cantabria por Henao, 
^h^ «quedaron muy desavenidos los navarros con los guipuz- 
^Boanos desde que éstos dejaron la Confederación con el Reino 
^He Navarra y se unieron al de Castilla, año de mil y doscientos. 
^\ si bien desde entonces, no hubo guerra entre los reyes de 
ambas coronas, no cesaban de procurarse navarros y guipuz- 
coanos todo el daño posible con correrías, robos y destrucción 
de los lugares de las rayas, en tanto grado que no pudiera ex- 
perimentarse mayor, si entre las dos naciones estuviera rota la 
guerra declaradamente con acuerdo de los dos príncipes. Fueron 
más sensibles estos males en el año de mil trescientos veinte y 
uno (i) por parte de Larrauns porque los navarros con el abrigo 



(i) «En el año de 1331 de la Natividad del Señor. Remembranza sea, que vino 
Francia D. Poncc de Morcntaya, vizconde Anay, Gobernador general de Nava- 



de los castillos de Lecumberri y Gorriti, donde se recogían, hi- 
cieron grandes hostilidades en la comarca de Tolosa. Para em- 
barazarlas los guipuzcoanos de una vez se apoderaron por fuerza 
de armas de la fortaleza de Gorriti, distante tres leguas de To- 
losa, entrando por la parte de Gasselu, esto es castillo, por el 
que en el más alto de él hacia Navarra había antiguamente, como 
se ve en sus ruinas que están bien manifiestas; y la compañía 
de Tolosa demolió casi al mismo tiempo la fortaleza de Lecum- 
berri, apartada de ella cuatro leguas y media. Era entoncesl 
Ponce de Moreutain gobernador de Navarra, por D. Carlos pri- 
mero de este nombre allí y cuarto en Francia, cognominado el 
Hermoso, y con ardiente deseo de recobrar los puestos perdidos 
y asolar toda la provincia de Guipúzcoa, juntó con presteza un 
ejército copioso de navarros, gascones y franceses y rompió con 
furia por Verástegui, etc., etc.» 

El valioso triunfo obtenido por tan pocos guipuzcoanos, se 
debió á subir éstos á las montañas y cerros de Beotivar calderas 



rra, el día miércoles ante la ñesta de Santa Cruz de Setiembre, que vino nueva que 
los guipuzcoanos avian tomado el castillo de Gorriti y mandó el gobernador jun- 
tar cuanta gente pudo, E todo esto no fué por otra cosa salvo por destruir á Gui- 
púzcoa. E salió el dicho Gobernador de Pamplona con gran gente un dia doraiogo 
víspera de Santa Cruz, y era la gente cincuenta. Y partieron el dicho dia de Santa | 
Cruz é anduvieron recogiendo la gente toda la semana fasta que se juntaron de 
Navarros c Gascones é Franceses hasta setenta mil combatientes, y entraron en 
Guipúzcoa dia viernes ante la tiesta de San Mateo, c quemaron á Berastegui. Y el 
dia siguiente llegaron fasta Beotivar. Y salióles entonces Gil López de Oñaz, que 
era señor de la casa de Larrea, cun ochocientos guipuzcoanos, y desbarataron 
toda la hueste c tomaron preso á .Martin de Aybar que decía que vendcria el sol 
por dineros en Guipúzcoa, é al tercero dia murió c mataron á Juan López de L'rroz 
.Merino de las Montanas é á Pero de Aybar é Martin de Ursa fijo de dicho Martin 
de Aybar é á Pero de Sotes é Pero García c Juan de Oriz fijo de Diego Pérez Faget 
e bien á otros cincuenta y siete cabnlleros c otra mucha gente... c mucha gente de 
la ciudad fueron presos i muertos y el señor de Bosovvcl é Juan Cerberan c Juan 
María de Mcdrano c Juan Hcnriquez y murió el hermano del Gobernador, y el Al- 
mirante Benaut Caritut y D. Martin de la Peña. Lo vieron Gil López y su compa- 
ñía toda la Hostillamcnta de vestías y armas de la hueste que montaba cien mil 
libras. Y escapó el Gobernador. Y todos los otros fueron presos 6 muertos. Y esto 
acaeció el sobre dicho dia savado. Hasta aquí la memoria de la batalla de BeotivaftJ 
la qual cita Esteban de Garibay como existente en la villa de que se sacó copia 
como notó Hcnoo y permanecer en el Archivo general de la Provincia {»),» 



W 



C*«iiAY, libro tt, up. I), r. ag),— Uknao. libro $, cap. 4$, 1. 194.— LANDÁnmi, m. i. 



y tablas de cubas deshechas, y armándolas las llenaron de pie- 
dras y cal, y cuando los enemigos iban por los caminos, las 
arrojaron con ímpetu furioso, arremetiendo otros en aquellos 
angostos pasos con tanto empuje á la vanguardia, que causaron 
gran destrozo y mayor pánico. Esto desvanece la extrañeza de 
que escaso número de guipuzcoanos vencieran á tantos enemi- 

(gos (i). 
[ Otros escritores disienten en los detalles; pero todos con- 
vienen en que los guipuzcoanos obtuvieron un gran triunfo, 
consignado también por los autores franceses. No le negare- 
mos nosotros, ni el que debieran tan colosal resultado á que el 
terreno fuera como le describen los antiguos cronistas, que 
seguramente no estuvieron en él como nosotros hemos estado. 
Situado á 2 kilómetros de Tolosa, hemos visto que el valle al 
que supusieron «que en más de dos tiros de mosquete, es 
incapaz de dar paso á cinco hombres de frente,» es una faja de 
tierra llana de cosa de un kilómetro de largo por cerca de 200 
metros de ancho, teniendo unos 100 metros en los extremos 
opuestos (2). En cuanto al horrible despeñadero, no existe; pues 



(i) Esta batalla la recuerda anualmente el regocijo de la burdun-danza ódan- 
' tk de espadas, que se celebra en Tolosa el día de San Juan Bautista. 

Para demostrar la alegría de los victoriosos triunfadores ^guipuzcoanos, al vol- 
vca estos á sus casas formaron su danza enlazados unos con otros con las mismas 
armas que quitaron á sus contrarios. De aquí el origen, según algunos, de la lla- 
mada esfata-danzcí. 

(3) Beotivar-co-Celaya.— Prado dk Beotivar.— Forma la figura de un óvalo 
irregular, encerrado hacia el Sur por la elevada montaña de Zumisaldapa de 
jurisdicción de Beláunza, con sus hijuelas de Betor Iramendi y otras; hacia el 
Norte, por una estribación de la gigantesca cordillera de Usturre dividida en los 
altos peñascales de Elordicta y Arnicu, ó Arrizcu, es decir /<eiiascoso,- y por ñn 
hacia Oriente y Occidente por los boquetes de entrada y salida de la mencionada 
encañada. 

Tanto el Arnicu y Elordicta, como Zumisaldapa y demás montes de Beláunza, 
son aún hoy de dilicilísimo acceso, á pesar de los caseríos de Beotivar, Areva y 
otros que se han levantado en sus términos, y de los jarales que se han desmon- 
tado en sus faldas, pero lo eran más todavía en aquella época en que la mano del 
hombre no había despojado sus abruptas cumbres y sus bosques vírgenes, de su 
salvaje y vigorosa aspereza. 

Pasan por el valle el camino y las aguas de Berástcgui, que vienen, hasta llegar 
alli, tocándose constantemente; apartándose á su entrada, el camino para el Norte, 



las eminencias á uno y otro lado del valle tienen una inclinación 
más horizontal que vertical. No podía deberse tan valioso triunfo 
solamente al terreno; algo podría ayudar éste; pero no puede 
presentarse como el cercano de Dos-hermanas, Peñas de San 
Fausto y otros que adquirieron por sus circunstancias notoria 
celebridad en la guerra civil de los siete años: serían sorprendidos 
los enemigos, podría mucho el valor de los guipuzcoanos, y 
aun creemos que unos y otros no lucharían en el número desig- 
nado, en el que puede haber error ú omisión sin duda. El mis- 
mo Moret rechaza las fuerzas y el número de muertos, expo- 
niendo razones poderosas; pareciendo exacto que acudieron 
gran número de señores guipuzcoanos con los servidores y gen- 
tes de sus casas; no faltando cronista que se incline á creer que 
en vez de 800 pudieran ser 8000 los combatientes vencedores, 
debiendo atribuirse esta diferencia á descuido de copista. 

Respecto á la verdad de la batalla y al triunfo obtenido 
por los guipuzcoanos, es evidente, y fué de inmensa importancia 
para la monarquía, tan combatida durante la minoridad de Al- 
fonso XI. En su Poema ó crónica rimada escrita por Rodrigo 



y las aguas para el Sur, las cuales después de pasar por debajo de un puentccillo 
conocido en aquel tiempo con el nombre de Igu£ra,f><co-Zubi-Chii]uiya, vuelven i 
reunirse con el camino cerca de los molinos de Beláunza, empujados el uno y las 
otras por las laderas del valle, que se acercan en aquel punto casi hasta tocarse. 

La extensión de la encañada desde su entrada cerca de Derrobi hasta los moli- 
nos de Beláunza, sera como de media legua: y su anchura que en algün siüo podrá 
llegar á unos 800 pies, se estrecha en tiles términos, en su mayor parte, que 
opcnas deja espacio entre las montañ.-is que la flanquean, ú la calzada y ú la regata 
que van por su fondo. 

Se ve pues por lo expuesto, que para llegar á Tolosa, el ejército invasor había 
de atr.ivesar grandes y peligrosos dcsñladcros, muy fáciles de guardar; y en cuya 
total extensión no había de encontrar más que el mezquino valle de Beotivar, con 
espacio suficiente para mover desahogadamente algunos centenares de hombres. 

Pero aun llegado aquí, podría verse encerrado hacia la izquierda por las ele- 
vadas montañas de ficlaunza, como Zumisuldapa y otras: hacia la derecha por los 
ásperos breñales de Elordicta y Arnicu, y finalmente de frente por el estrecho bo- 
quete que forma la aproximación de las indicadas montañas. 

Oñar, que conocía dctalladumcntc los menores accidentes de este terreno, y que 
sabia por lo tanto que era el único que ofrecía la posibilidad de alguna resistencia, 
se fijó en él para aguardar al enemigo y probar un esfuerzo, con la esperanza li- 
viana de suplir con sus ventajosas condiciones topográficas U inferioridad de M>* 
fuerzas. (Ara^uistain : Tradiciones vasco-cántabrts.) 



GUIPÚZCOA 



215 



Yáfiez, contemporáneo de los sucesos que describe, se halla 
esta notable narración de la batalla de Beotivar, cuyo triunfo 
se presenta con claridad aun cuando sacrífíca á la brevedad he- 
chos importantes y muy especialmente la parte que los franceses 
tomaron en la pelea. 



«Todos están mal andantes 
E grandes guerras áuian, 
Ya muertos sson los infantes 
Que á Castiella defendían. 

El rey su defendedor 
Chiquillo le tienen a^ar, 
Non tienen rrey nín sennor 
Que los pueda amparar. 

Castellanos tienen tierras 
En que derecho avemos, 
Por muertes e por guerras 
Á Nauarra les tornemos. 

En aquesto acordaron 
Nauarros e su conpanna, 
Con muy gran poder entraron 
Por tierras de la montanna. 

Amenasando los castellanos 
Que todos serian muertos, 
Supiéronlo lepuscanos (i) 
E tomaronge los puertos. 

Con los de la montanna 
Todos fueron ayuntados 
Assás poca companna 
Todos apeonados. 

Dios les dio aquel dia 
Grant seso e saber 
De vna nueva maestría 
Que luego fueron facer. 

Las calderas que tenian 
Con sogas las ataron, 
Üe piedras las enchian, 
E del monte las echaron. 



Por donde yua \Tia ladera, 
Bien commo varones, 
Dieron en la delantera 
Do estauan los pendones. 

Los cauallos se espantaron 
Que tener non los podían, 
Contra la gaga tornaron 
Que los franceses trayan. 

Los de la gaga cuydaron 
Que algunos los seguían. 
Las riendas todos tornaron. 
Contra Navarra foyan. 

Debieron de la montanna, 
Lepuscanos, poca gente. 
En los nauarros con sanna 
Ferian brauamente. 

Leuaron los arrancados 
E callauan e ferian, 
De asconetas e de dardos 
Muy grandes golpes flfasian. 

En alcange los leuron 
Muy gran tierra de andadura, 
Desta lid escaparon 
Nauarros con amargura. 

El caudíello escapó 
Con muy poca conpanna, 
E dexó bien nueve mili 
Muertos por esa montanna. 

Aquesta los dexemos 
Que lepuscanos vencieron, 
E los fechos declaremos 
Que después contes9Íeron (2). » 



(i) Así llama á los guipuzcoanos. 

(3) Otras muchas poesías refiriendo aquella batalla podríamos citar; pero 
basta la expuesta. 



2l6 



GUIPÚZCOA 



II 



A pesar del triunfo que sobre los navarros y franceses 
obtuvieron los guipuzcoanos, no desistieron los primeros de los 
derechos que creían tener sobre Guipúzcoa ; y como siempre 
procuraban aprovecharse de las turbulencias de Castilla, incli- 
nados como estaban al partido de los Cerdas, cedióles el pre- 
tendiente D. Alfonso sus derechos sobre aquella provincia, la 
de Álava y Rioja, para cuando reinase. No dio resultado tan 
gran liberalidad con los bienes ágenos; antes contribuyó á 
acentuar los rencores de ambos pueblos limítrofes, hasta el 
punto de que los guipuzcoanos conducidos por Lope García 
de Lazcano, entraron en son de guerra en Navarra, tomando 
pueblos y castillos y saqueándolos. 

Don Alfonso que había continuado otorgando mercedes á 
aquella provincia, poblando á Azcoitia, Salinas de Leniz, Elgue- 
ta, Plasencia, llamada entonces Soraluca y campo de Hcrlaivia, 
á Eibar, Elgoibar, etc., concediéndoles privilegios y dándoles 
indistintamente el fuero de Vitoria, de San Sebastián, de Logro- 
fio, etc. ; permitió á la villa de San Sebastián nombrar sus escri- 
banos, sin embargo de haberse apropiado el monarca todas las 
escribanías numerarias; y confirmó cierta sentencia de jueces ar- 
bitros á favor de aquella villa contra la de Tolosa, sobre la dis- 
cordia que de antiguo tenían entre sí ambas repúblicas, y han 
continuado teniendo, por considerarse cada una con derecho á 
la capitalidad. 

Merece especial mención que D. Alfonso permitiera á San 
Sebastián, en i6 de Enero de 1332, construir molinos de viento 
dentro del palenque y arcas del pueblo, y atalaya, porque son 
los más antiguos de España y aun de Europa. 



En la célebre batalla del Salado se distinguieron los guipuz- 
coanos, como en funciones de guerra sabían distinguirse, tenien- 
do por caudillos á D. Pedro Núñez de Guzmán, que moraba en 
I as montañas de León y á Amador de Lazcano, al que hizo el 
ey alcalde y gobernador de Cazorla y caballero después de 
a Banda (i); no fué menos notable el comportamiento de los 
guipuzcoanos en el cerco de Algeciras, guiados por el meri- 
no mayor de la provincia D. Baldomcro Vélez de Guevara, 
yendo además hacia el Estrecho varios bajeles de la misma pro- 
vincia, por lo que agradecido D. Alfonso, expidió cédula real, 
diciendo á los de San Sebastián ; • al tiempo que nos teníamos 
cercada la nuestra ciudad de Algeciras por el grand menester 
en la goarda de la mar, que nos vinisteis á servir con naos», 
declaraba que este servicio no había sido forzoso. 

Siempre los reyes de Navarra con la mira puesta en Guipúz- 
coa y Álava, concertó secretamente Carlos II con D. Pedro de 
Aragón, en Tudela, alianza contra D. Pedro de Castilla, y que 
lograda que fuese la conquista de este reino, se darían al de 
Navarra las tres provincias vascongadas. 
^P En la lucha entre D. Pedro y D. Enrique siguió Guipúzcoa 
á su rey, que entró en San Sebastián en 1366 de paso para Ba- 
yona; y en este mismo año, estando en Libornia, cerca de Bur- 
deos, se otorgó la escritura por la cual cedía al príncipe de 
Gales las provincias de Guipúzcoa y Álava (2). No era este el 
mejor medio de obligar á aquellos naturales á seguir los pendo- 
nes de D. Pedro, y disculpaban tal comportamiento el que se 
pusieran como se pusieron muchos de parte de D. Enrique , 
aun cuando no extrañara en aquellos desventurados tiempos se 
dispusiera de pueblos y provincias enteras como de rebaños. 
Continuaron, no obstante, obedeciendo á D. Pedro San Sebas- 



rt 



(i) Antes que éste, Lope García de Lazcano acaudilló á los guipuzcoanos que 
entraron en Navarra y tomaron el castillo de Llnsa en el año de i 3 '34, según la 
Crónica de D. Alfonso .\l, cap. CL, y Mariana, Lib. .\V1, cap. IV. 

(a) Lleva este documento la fecha de 3 1 de Setiembre. 



3l8 



G V I P.U Z C O A 



tÜn y Guetaría, sin cuidarse para nada de los ingleses sus ved' 
nos, pues residían en el ducado de Guiana, del que les separaba 
sólo el río Bidasoa. 

Debió ser completamente nominal la cesión de Guipúzcoa á 
los ingleses, porque no vemos que ejercieran acto ninguno de 
dominio, como lo ejerció D. Enrique en cuanto sucedió á su her- 
mano, ya haciendo población y dando título de villa á Usurbil á 
la que concedió el fuero de San Sebastián, ya estando despuí 
en Mondragón, villa solicitada por D. Beltrán de la Cueva, seftor 
de Oñate, á cuyas instancias repetidas no accedió el rey, y si 
concederle la villa de Leniz (i). 

D. Enrique II y D.Juan I favorecieron á algunas poblaciones 
de Guipúzcoa, que no se registra reinado del que no recibiera 
mercedes, y D. Enrique III autorizó que una pequefía flota tri- 
pulada por andaluces, vizcaínos y guipuzcoanos, zarpara de Se 
villa (1393) á explorar las costas de África. Visitaron desde el 
paralelo 34 al 29, y al encontrarse frente de las Canarias, las 
llamas del volcán de Tenerife asustaron de tal modo á los expe- 
dicionarios, que la llamaron isla del Infierno sin atreverse á abor- 
darla, como lo hicieron á Lanzarote, trayéndose á España ciento 
sesenta indígenas, entre ellos un rey y reina, cera, pieles y otras 
producciones: « Ovieron moy grand pro los que allá fueron. E 
enviaron á decir al Rey lo que allí fallaron, é como eran aque- 
llas islas ligeras de conquistar,» para lo que solicitaron permiso 
del rey que nada contestó á tal petición. De esta incuria, que 
entonces también existía, se aprovechó más adelante el nor- 
mando Juan de Bethencourt (2). 



(O A petición de los mondragoncscs habla ¡do el rey á Mondragón, cuya villa, 
para que aquél lucra A Oñatc, construyó un camino llamado en el idioma del pai« 
Erreguevidea, camino del rey. 

(a) No fué la expedición de tos vascongados la primera que fué á Canarias. En 
la historia de aquellas islas por D. Agustín Mirallcs— Las Palmas, 1860— se habla 
de un escrito árabe, cuyo m. s. original se conserva en la biblioteca de Paria. 
Refiriéndose al año 3^4 de la Egira, ggg de Cristo, dice hablando de una expedi- 
ción de musulmanes: • Esta expedición, desconocida de todos nuestros historia- 
dores, C8 la I.* relación circunstanciada y auténtica que ha llegado hasta nosotros 



GUIPÚZCOA 219 



sobre la Gran Canaria, dándonos una curiosa idea del país y de sus habitantes en 
aquella lejana época.» Ya había en las islas otros árabes náufragos. 

En 1391 dos capitanes genoveses, Doria y Vivaldi, emprendieron un viaje de 
exploración á Canarias; pero no se volvió á tener noticia de ellos. 

En i34t,Altonso IV de Portugal encomendó al ilustre aventurero florentino 
Corbizzi una expedición que da mucha luz sobre el estado de las islas en el si- 
glo xiv. El i.°de Julio del mismo año tres carabelas bien aprovisionadas, tripuladas 
por florentinos, genoveses y castellanos, zarparon de Lisboa con rumbo á Canarias, 
llevando caballos, armas y máquinas de guerra: á los cinco días aportaron á una 
de las islas del grupo, abundantes en cabras y otros animales, hombres y mujeres 
desnudos. Aquí adquirieron grandes cantidades de pieles y sebo, sin atreverse á 
internarse en el país. Pasaron á otra isla Canaria, donde descubrieron multitud de 
gente que les salió al encuentro... «Cuando los isleños conocieron que los extran- 
jeros no querían desembarcar, intentaron algunos llegar nadando á los navíosl 
pero aunque lo consiguieron, su tentativa les salió muy cara; pero los portugueses 
retuvieron cuatro á bordo, que luego fueron conducidos á Lisboa.» 

{ Irían aquí los guipuzcoanos? 

1 345. Una expedición que salió de Cádiz dirigida por Alvaro Guerra, encon- 
tró á algunos españoles, restos de antiguas expediciones ó de anteriores naufra- 
gios, que les sirvieron de intérpretes con los naturales. 

I 360. Expedición de mallorquines que quedaron prisioneros y fueron tiempo 
después sacrificados. 

1377. « Martín Ruiz de Avcndaño, noble vizcaíno, aporta á Lanzarote, y es re- 
cibido con afectuoso interés por aquellos naturales. 

I 382. Una tempestad arroja sobre las costas de la Gran Canaria un buque 
mandado por Francisco López, salvándose del naufragio trece españoles, hechos 
prisioneros. Los trataron como amigos, contribuyendo con sus conocimientos á 
suavizar las costumbres de los insulares, «hasta que en i 399 una armada de viz- 
caínos y andaluces al mando de Gonzalo Peraza .Vlartel, se presentó entre las costas 
de la isla y saqueó cuánto encontró á su paso; consecuencia de esta invasión fué 
la desconfianza con que principiaron los canarios á mirar á los mallorquines, su- 
poniéndoles espías de los españoles y la cruel resolución que adoptaron de aho- 
garlos á todos en el mar, haciendo sufrir la misma suerte á siete prisioneros que 
habían caído en su poder en las últimas refriegas.» 

1403. i.° Mayo. Bethencourt con más de doscientos hombres de armas salió 
de la Rochela, preso en Sevilla, queda en libertad y zarpa para Lanzarote. 

3 1 Octubre de 1480. Expedición de trescientos hombres á las órdenes del 
guipuzcoano Miguel .Mujica á las Canarias, donde murió peleando en el referido 
mes. 



y poderosos en las cosas de mar, había que contenerlos con otra 
fuerza que les hiciera frente en el propio elemento, y lo consi- 
guieron los audaces y expertos marinos de la costa del Cantá- 
brico, distinguiéndose en los combates por mar y tierra ocurri- 
dos cerca de la Rochela. Y tanto agradeció el rey de Castilla 
el servicio prestado por los vascos, que apenado al saber que 
unas de sus naves mercantes habían sido embargadas en Lisboa, 
pidió su restitución y la negativa fué causa de una guerra entre 
ambos pueblos vecinos, consiguiendo así rescatar las naves. 

Invitado por el rey de Francia concurrió D. Enrique desde 
Burgos, con cuantas tropas pudo reunir, sobre Bayona que hacía 
gran daño en las costas de Guipúzcoa y Vizcaya; mas no pudo 
tomarla por no haber concurrido el de Anjou, como ofreciera, y 
regresó por Guipúzcoa, otorgando algunas mercedes en recom- 
pensa de servicios prestados. Siguieron prestándolos los g^ipuz- 
coanos en aquella sostenida lucha contra Inglaterra á la que nos 
empujaba la alianza con el francés ; hubo épocas en que más que 
lucha de nación á nación, lo era de piraterías ; el mismo rey de 
Castilla, D. Juan II, al recibir una embajada bretona para poner 
ñn á las hostilidades que tantos daños mutuamente ocasiona- 
ban, mostró su disgusto por semejante guerra, y para la con- 
cordia nombró juez representante de Guipúzcoa á Fernán Pérez 
de Ayala, merino mayor de la misma; firmóse en Segovia el tra- 
tado de paz y la indemnización de los daños causados por una 
y otra parte; mas como no se incluyó en esta paz á los subditos 
ingleses, continuó la lucha la flota castellana, cuyo capitán era 
Fernán Pérez de Ayala, y en la que iba gran golpe de gente 
guipuzcoana; recorrió el litoral del golfo de Gascuña, incendió 
San Juan de Luz y Biarritz, cayó sobre Bayona (14 Agosto 1419) 
é incendiando, talando y asolando la tierra, la corrieron toda has- 
ta Burdeos. 

Las guerras en que habían tomado parte los guipuzcoanos 
parecía haberles connaturalizado tanto con el uso de las armas, 
que era la lucha su estado normal, y apenas cesaba por las 



GUIHUZCOA 



223 



fronteras: tuviéronla con Navarra y Aragón (i) (1430 á 1435); 
ayudaron á los guipuzcoanos los vizcaínos y alaveses : los 
grandes daños que produjeron, afectaron al duque de Bretaña, 
que se vio precisado á enviar sus embajadores pidiendo al rey 
D. Juan II cesaran tantos desastres y que los daños ocasionados, 
según costumbre, se pagaran recíprocamente, como así se con- 
vino. En otras cuestiones entre ingleses y guipuzcoanos arregla- 
ron entre sí sus diferencias, sin intervención del monarca ni de 
otros poderes ; si bien D. Juan II contribuyó mucho amenazando 
al de Armagnacq que « le haría la guerra con toda la provincia 
de Guipúzcoa, si otra vez deserviese al rey de Francia.» 

Es verdad que en medio de aquel desorden, sino todo pare- 
cía lícito, se toleraba. Por alardear de más valor ó de mayor 
poder se concertaban duelos á muerte entre guipuzcoanos y gas- 
cones de la frontera, y lo que empezaba por un combate perso- 
nal, para vengar la muerte del vencido en él se reunían sus 
parientes, deudos y vasallos, hacían lo mismo los del vencedor 
y se empeñaban sangrientas luchas, trabándose mortíferas bata- 
llas, como la librada en San Juan de Luz, tan funesta á Fernando 
de Gamboa y su gente. 



II 



En el reinado de D. Enrique IV atravesó Guipúzcoa una de 
las épocas más funestas de su historia. Parecían demostrar los 
sangrientos sucesos en que tanta parte tomaban todos, lo que 
pueden las pasiones inspiradas más en el amor propio que en 

IJegítimas y poderosas causas. 
(i) En estas guerras los tolosanoB conquistaron los lugares de Lciza y Areso 
|Navarra), dcjdndolos para la corona y en ellos á sus moradores, y el rey O. Juan II 
ios dio á Tolosa, reteniendo para sí cl señorío mayor y las alcabalas.— En Sala- 
manca á ao de Setiembre de i4';o. 



324 



GUIPÚZCOA 



Los que se llamaban parientes mayores (i), cabezas de lt\ 
naje y bando ^ que fueron una de las mayores calamidades quí 
tuvo, y los bandos gamboinos y oñacinos con aquellos enlaza-j 
dos, hacen el proceso de los señoríos. «No es fácil, dice la Crc>n!\ 
ca m. s., individualizar todos los sucesos que ocurrieron en est 
particular ni dar puntual noticia de la gran efusión de sangre y 
de los males y daños que se ocasionaron en el país de resultad^l 
de estas parcialidades y banderías. > El concienzudo y grave 
Henao, dice ocupándose de estos bandos que «deben entrar en 
la cuenta de los más execrables que sustentó en Europa la vana 
porfía de los mortales para ruina y asolación, no sólo de íamilias 
sino de república y provincias. Que mientras duraron fueron más 
perniciosos para Guipúzcoa, Vizcaya y Álava que si crueles y 
bárbaros las talaran, porque de sus mismos hijos eran alteradas 
y consumidas perpetuamente con rencillas y debates sangrientos. 
Nadie vivía en quietud, el padre se recelaba del hijo, éste de 
aquél, los hermanos peleaban entre sí cual si fueran extraños; 
matándose unos á otros, y bebiendo su sangre, y las haciendas^ 
y casas carecían de dueños ó eran de quien se les antojare. » 

En efecto, el saqueo é incendio de caserías y pueblos, la tala 
de montes y de árboles frutales, los más feroces asesinatos y los 
choques más sangrientos era el estado en que por mucho tiempo 
estuvo sumida la provincia, sin que hubiera autoridad que pudiera 
poner coto á tales desmanes; pues los alcaldes de Hermandad 
que tenían autoridad y poder para ello, participaban de las mis- 
mas pasiones y formaban parte de uno ú otro bando. 

No sólo se ensañaban mutuamente parientes y linajes, sino" 



(i) Parientes raayores-iíiie-ma^i/siac. Llamábanse así los jefes de alguDl 
familias que por circunstancias que se ignoran, merecieron tan honorífico titul^ 
entre los demás de Guipúzcoa. No se sabe si además de la excepción de la ¡ust 
ordenanza, gozaban de algunos otros privilegios y derechos; pero sea que asf 
fuera, ó sea por el prestigio que les daban su nombre y sus riquezas es lo cierto 
que ejercían una gran influencia en los asuntos del país. 

En Echavc, Izarti, Zaldivia, y otros escritores vascongados pueden verse DOl 
cías curiosas sobre ellos. ( J. V. Araquistain.) 



que se desañaba á villas como lo hicieron Lazcano , Gamboa y 
otros, por cartel formal (Julio de 1456) fijado á las puertas 
de la villa de Miranda de Iraurgui, que es Azcoitia, no Azpei- 
tia, como dijo equivocadamente Garibay. Les desafiaban entre 
otras muchas causas, por « aver hecho hermandad é ligas, é 
monipodios contra ellos, é averies hecho derribar sus casas 
fuertes, é muertoles sus deudos; é parientes, é tomadoles sus 
bienes, é puestolos mal con el Rey, é finalmente aver procura- 
do de desfacerlos, é quitarlos sus nombres de la tierra; é queri- 
doles quitar sus ante-iglesias é monasterios, é otras muchas co- 
sas Por las cuales razones, é causas, é cada una de ellas, é 

por la naturaleza, é superioridad, é lealtad , é fidelidad, que de- 
bemos al dicho señor Rey, á nosotros, é á cada uno de nos 
pertenece derecho vos tomar la amistad en enemistad, é vos 
desafiar, é facer guerra, é cruel destruicion de vuestras perso- 
nas, é bienes, como á enemigos de nuestro señor el Rey é nues- 
tros, etc., etc.» 

La resonancia que tuvieron en Castilla estos desórdenes 
obligaron al rey á trasladarse á Guipúzcoa, á donde llegó en 
Febrero de 1457; recorrió la tierra, entró en San Sebastián 

Hel 1 5 de Marzo, morando en la casa del Preboste de la villa; 

^embarcóse para Pasajes, en una carabela que los de este pue- 
blo hablan tomado á los ingleses; navegó á Fuenterrabía, retro- 
cedió por mar á Guetaria, y bien informado de la permanencia 
del desorden que tanto perturbaba la provincia . para cortarlo 
radicalmente hizo derribar las guaridas de aquellos famosos 
parientes mayores, que prevalidos de sus fortalezas ejecutaban 
sus lucrativas y sangrientas algaradas, y se arruinó la torre de 
Olaso en Elgoibar, la de Zaldivia en Tolosa, la de Lazcano en 
este pueblo, de Astigarritia en Guetaria, la de Lizaur en 
Andoain, las de San Millán y de Murguía cerca de Hernani, 
as de Ozaeta y Gaviria en Vergara y otras muchas, demos- 
trando su número la parte que en aquellas banderías tomaban 
todos. Ordenó D. Enrique nuevas leyes de hermandad y cuan- 



hi II I Tililá 

■ A] I lili lirj^mAuifx. mv 
nlnllgmt y escnderos 



«Ow fiodo<3fe,i 



asas y wiTarwBcs oo eran 

Las tres proñacas Ta s o o ogadas enviaroB geole á D. Enn- 
qae coa nocivo de h. gnena oaatra Navarra (2), en ^vor de sn 
primo d p r fa dpe de Vlaaa. Si esto daba ana tregua á veces á 
las aviles discordias, se rqvoducáao al Toker estas huestes. 

No prodojo meaos desgracias y faé mas permanente la lu' 
cha esitrc los bandos gambotnos y ofarinon que tuvi er on su 
origen ó existían ya hacia d s^lo xn, por rivalidades entre las 
poderosas casas de Ofiaz en Goipúxooa y de Gamboa en Ala- 
va, y los parientes y deudos que una y otra tenían en Viz- 
caya tomaron también parte en la hicfaa que se extendió á las 
tres provincias hermanas y aun á las confinantes ; que ninguna 
se vio libre de los horrores á que con inusitada ferocidad se 
entregaban ambos bandos, llegando hasta asesinar á niños en 
los brazos de su madre (3). 



(1) Gaki»«t. 

(3) A 18 de Majo de 1461 manifestó D. Enrique i la proTincia que había he- 
cho un «eAalado scnricio en el locorro del castillo de Ortzorroz con los trabajo* 
que había tufrído. orrecieado pagar «na sueldos acgúa le había escrito coa Con* 
zalo Correo. (Archíro Je la lüputacióm de Cmifüzcoa.) 

(1) entre los mochos hechos que podiéranos citar, lo haremos del siguiente, 
ao por ser cl más horrible, sino por su comprobada exactitud. 

• En 1430 Femando de Gamboa el Ladrón de Váida, y los de Carames, e de 
lr«cta, c de Acheta, con todo cl poder de los gamboanos, con una luna de noche 
de Navidad y atravesando montes y valles llegaron á la alborada a Lcrcano, y sal- 
16 Juan López de Lczcano de la cama en camisa por una ventana al río que va sola 
c«aa y ps*6 A nado allende, y asi escapó de la muerte, y mataron unos 10 hom- 
bres cfl la casa y cerca de ella degollaron á .Vlartin López su hermano, de 1 3 años, 
«11 los brazos de su madre, y tomándose á donde habian salido, que era toda 
comarca de Oois, dábanles en las espaldas y mataban muchos dcllos y llegando 
sobre Azpcitía saliólo al travos Juan López Yarza con sus parientes y mataron i 
Fortuno de Váida hermano de Ladrón de Váida y otros muchos con él en manera 



No pudiendo los enemigos de la casa de Loyola derribarla, por 
muy fuerte, derribaron la de Yarza té hicieron muchas muertes.» 

■ En 1446, pelearon en Zumarraga, quemaron á Azcoitia; 
perdieron unos y otros contendientes muchos hombres, y de los 
principales, en estos y otros encuentros que se repetían, pues 
siempre el vencido deseaba vengarse ; y el vacío de los jefes y 
principales los llenaban los parientes más próximos, que nunca 
faltaban, pues eran extensos los linajes, y vemos pelear en 1447 
á los de Váida, de Ortiz y de Sánchez, del bando de Gamboa, 
y en Socorro de Lazcano, los del linaje de Onís, de Butrón y de 
Mugica. 

Al año siguiente los gamboinos cercaron á todo el bando 
de la casa de San Millán «e pusiéronle Lombardas, e otros per- 
trechos, ca eran 2500 ornes, e mucho armados,» y acudieron 
en su socorro los Lezcanos, el señor de Urtubia, y otros del 
linaje de Onis, peleando parcial y colectivamente con empeñada 
crueldad.» «Unos á otros se tiraban de saetas, hasta de unas 
ventanas á otras, sin temor de justicia, porque no la habia sino 
en el cielo (i).» 

I En 1457 se levantaron las hermandades de la provincia 
«contra todos los parientes mayores, no acatando á Onis ni á 
Gamboa, porque facian e consentian muchos robos e maleficios, 
en la tierra y en los caminos, e en todos logares, e fecieronles 
pagar todos los maleficios, e derribáronles todas las casas fuer- 
tes que una sola no dejaron en toda la provincia e quitáron- 
les todos los parientes de las treguas de los solares, que no les 
quedó uno solo, e fecieronse todos comunidades, e echaron des- 
terrados a los dichos parientes mayores por cierto tiempo de la 
provincia toda, e han vivido fasta aquí en justicia.» 



que antes que llegasen en su tierra dejaron muertos i;o hombres y todas las 
las, acémilas y cosas de arreo que habían Icbado.a (Bienandanzas de C* de So- 
izar.) 
En este mismo año, y en noche de luna quemaron los gamboinos la casa de 

Jnzuetacon doce hombres que había en ella. Era de madera. 
(1) Oaribay. 




Y aún se hiso más: los abogados 3rclér^s fueron excluidos 
de las Juntas, p or qu e a qu e ll o s sc^én d fuero «eran habidos por 
parientes mavores,» y d dero, p orqo e no debia entrometerse 
en materias poiíikas. ^^ 

Se expulsó taafaiéa á los que se consideraban sospechoso^^ 
y se consonó, «qae qaalqoier p e rs o«a de esta provincia que 
fuere á tierra de Vaca>^ e Eacaitadooes, e Oftati, é Aramaya- 
na, é Álava, é Navana, é Labort de aquí adelante, en qualquier 
tíempo en seo, é con t incm». de Taadear ende algunos, ó usar de 
armas; allende las ocns peaas dd QoMlemo de esta Herman- 
dad, que tales cosas habb», sem a k^ qimadas las casas, é los 
que alias no tu w i acn de smo casas; sean acotados, é encarta- 
dos por d mismo caso de toda esta ftuwi n cia , é mueran por 
dio (i).* ^É 

No bastó esto, ai los esfuerros de la hermandad para da^^ 
{(•a á Gnipéaco^ ni las Iqpes qoe al efecto se crearon, fueron 
bastantes, y tuvo d rey qne enviar (1469) al conde de Haro 
con d carácter de virrey de aqndb p r o vin cia y de la de Vizca* 
ya, para apaciguar los bandos, n e rrsitando para conseguirlo 
la pena o^iial á abonos i nd i vidnos principales. 




Dice la historia m. s. q\ie lá imitadáo de la hermandad que 
hno en d táenipo de su padre entre d tedio de Navarra y 
quiso qne se hiciese otra noevamente d rey D. £tt> 
riqne IL> Leída la real orden en junta cdcbrada en Tolosa, i 
fin de c|oe se uniese en hennnndad toda la tierra de Gnyúirioa 
en cottfarmidad á lo que tenia ordenado didio rey en Me* 



o U I I' U Z C o A 2J^ 



dina del Campo, comprendiendo á toda la tierra guipuzcoana 
con Navarra, « según que fuera en tiempo del rey D. Alfonso 
nuestro padre que Dios perdone; » dieron cuenta los procurado- 
res del cumplimiento de lo ordenado por el rey haciéndose la 
hermandad de «Guipúzcoa con Navarra como también entre 
ella misma ; pero que respecto á que la tierra de esta provincia 
(Guipúzcoa) era montaña y apartada y se cometian en ella hur- 
tos y otros delitos de noche por los montes que no se podia 
guardar la hermandad no concediendo S. M. el permiso de po- 
ner en el cuaderno de ella quatro capítulos por no bastar los 
jrdinarios para mayor servicio de Dios y beneficio de la tierra. > 
imitábanse éstos á la creación y nombramiento de siete alcal- 
les; á residenciarlos si cumplían mal; á la investigación de los 
delitos, y á la seguridad de los caminantes (i); todo lo cual 



( I ) Lo consignado en estos cuatro capítulos es muy importante para el cono- 
cimiento del estado social de aquella época en Guipúzcoa, dejando por nuestra 
parte, al lector, que haga las muchas, importantes y graves consideraciones & que 
se prestan. 

•El I .' que se creasen y nombrasen siete alcaldes de hermandad de la misma Gui- 
púzcoa, de los cuales los tres de un Alcaldía (estas eran las de Aistondo, Averia y 
Sayaz á quienes llaman Alcaldías nacionales en esta Provincia) recaiendo la cle- 
eion en las personas mejores de la tierra, hombres de bien de buena fama arraiga- 
íos y abonados en lo que pareciese conveniente, imparciaics y sin adhesión á 
vando ni á intriga y que mirasen á el bien y provecho del pnys y á los cuales se 
les recibiese juramento en una cruz y santos evangelios y que su judicatura fuese 
común y se cstcndicse d toda Guipúzcoa sin respecto al territorio de su do- 
micilio. 

• a." que por si acaso los de la Hermandad tuviesen noticia cierta que los di- 
thas Alcaldes 6 algunos de ellos usan mal de su oficio, que en este caso se con- 
greguen todos los procuradores de las villas y lugares de Guipúzcoa ó la muior 
parte en aquel pueblo que les pareciera conveniente y puedan remover de su ofi- 
jo el Alcalde ó Alcaldes y poner en su lugar aquel 6 aquellos que mejor les parc- 
licsc, teniendo facultad qualesquier Alcalde ú Alcaldes de Hermandad, de juzgar 
' hacer justicia en los malechorcs y sus bienes, y que si no se conformasen los 
'Alcaldes, que tomasen conocimiento en la causa en dar el juicio ó juicios, la sen- 
tencia ó sentencias, que aquello que mayor parto acordase prevaliese y que no 
hubiese apelación alguna. 

»1.° que el Alcalde ó Alcaldes ante quien se diese la querella del delito ó de- 
litos, fuesen obligados á investigar la verdad de la acusación por quantos medios 
pudiesen bajo juramento y por otras provanzas manitieslas y pudiesen dar sobre 
ellos la sentencia ó sentencias que se debiesen. 

>Lo 4.° que para que los transitantes por los caminos andubicsen con livertad 
y seguridad, y en atención á que en los hiermos y despoblados y por las hereda- 



confirmó el rey D. Enrique, añadiendo que los siete alcaldes 
fuesen nombrados anualmente y que si falleciese alguno durante! 
el año y hubiese por consiguiente que sustituirle, «diese cuenta 
la provincia al rey para que lo aprobase y confirmase y lo mis- 
mo en el caso de ser depuesto por algún motivo (i).» 

No debió distinguirse la hermandad por su celo, cuando- 
D. Enrique III decía en 1397 á D. Gonzalo Moro, oidor de su 
audiencia y corregidor y veedor puesto por el rey en Guipúz- 
coa, que habían ocasionado sus habitantes algunos bullicios, 
alborotos y discordias, y que la hermandad no cuidaba de la 
observancia de lo dispuesto por los reyes su padre y abuelo; 
por lo que le mandó pasar á Guipúzcoa, congregar los procura- 
dores suficientes, reconocer el cuaderno de leyes que confirma- 
ron sus predecesores y las reformase, aprobando el rey desde 
luego cuánto hiciese. 

Celebróse á su virtud en Guetaria la junta general en Julio 
del citado año de 1397, y con acuerdo unánime se ordenaron 
63 capítulos, en los cuales se prodigaba la pena de muerte y 
otros castigos á fin de atajar «los muchos delitos de muertes y 
heridas que se cometían en la provincia. > Se imponía la pena 
de muerte al que robase, en un camino, de 10 florines para arri- 
ba, satisfaciendo además lo que robó y las costas; el ladrón 
reincidente por cualquiera cantidad menor también moría, y el 
que encubriese al ladrón y lo robado, sabiendo que lo era ; asi- 
mismo el forzador de mujer, el que quebrantase casa ó iglesia 
para hurtar; el que cortare barquines en las herrerías, con inten- 
ción de hacer mal ; el que talare árboles ó viñas ; el que incen- 
diara mieses, frutales ó herrerías ; se imponían fuertes penas á 



des especialmente, los hijosdalgo y andariegos de el pays pedían á otros que 
transitaban algunas cosas y se las hacían dar contra su voluntad por lo qual *C 
perjudicaba mucho y de diversas maneras, ordenaron que ninguno tuviese atre- 
vimiento de pedir ni de mandar á otro cosa alguna asi á caminante como i otro 
qualquicra, fuese hombre ó mugcr, y en el caso de que lo hiciese quedase com- 
prehcndido en la clase de robador y perseguido como tal.» 

(1) O. Juan I confirmó en Burgas el 1 8 de Setiembre del aúo i 379 («ra 141 7) 
los anteriores capítulos. 



SUIPUZC o A 



S'íl 



los que acogiesen á los acotados, y á los mozos de éstos y á 
sus mancebas que fueren cogidas, «por la primera vez sean 
traidos públicamente desnudos y en camisa con una soga á la 
garganta y las manos atadas, á la villa más cercana, y peguen 
una de las orejas á raiz del casco en la puerta de la villa y per- 
manezcan en esta postura desde la hora de prima hasta la de 



I 1 L E T A B 1 A 



vísperas, y si no se quisieren corregir, por la segunda vez que 
delinquieren que les corten ambas orejas á raiz del casco, y por 
la tercera que muera por ello. Cualquiera que pidiere en casa, 
Terrería, monte ó villa, pan, carne, sidra, dinero ú otra vianda, 
por la primera vez vuelva duplicado lo que tomó, y si fué den- 
tro de la villa fuese para el Preboste, y si fuera de la cerca 
para el Merino ; » la reincidencia aumentaba las devoluciones 
hasta imponer la pena de muerte, exceptuándose «ser hombres 
viejos que no lo pueden ganar con ningún oficio, los quales 
:ngan licencia de pedir por amor de Dios, pero porque no se 
"abuse de esto, que los que hubiesen de pedir soliciten la lícen- 



GtriPLZcoa 



cía dd Akalde dd lagar de donde soo.» Para la persecucióa de 
los malhechores se coavocaban cobcáooes, una espede de sotna- 
tenes que obligaban á todos los hombres de 25 á 58 años, y el 
pueblo que no lo hada, iadenuúzaba al robado: tque porque 
algunas veces hay sospechas qoe cosas robadas ó hurtadas se 
hallan en casas fuertes de caballeros ú otras personas y también 
algunos malhechores, que se lo hagan saber á los dueños de la 
tal casa el Alcalde de la Hermandad y que tenga obligación de 
mostrársela, y hecho el reconocimiento se hallase alguna cosa 
robada ó hurtada, la tome y se la entregue á su dueño, y si el 
de la casa fuere persona de mala fama de encubridor, aunque 
dé actor de quien son las cosas, y sino le diere que sea tenido 
por ladrón de ellas, incurriendo en las mismas penas que el 
ladrón según fama de actor, ó no lo dé á d Alcalde y Merino 
que éste se las quitó por un juramento, y si el Alcalde con el 
Merino ó sin él si lo pudiere hallar en la dicha casa á algxin 
malhechor, que haga deel justicia con arreglo á los capítulos 
de este quademo, y si el dueño de la casa no quisiere consentir 
el que á el Alcalde ó Merino, que éstos hag^n la combocatoríaflf 
por las villas, lugares y colaciones, disponiendo la cosa de modo 
que no se cese hasta que se tome la casa, y halladas en ella las 
cosas que se buscan ó los delincuentes en quienes tenian sos- 
pechas, que entreguen las cosas hurtadas á su dueño y le derri- 
ben las tales casas pagando el Señor de ellas las costas causa* 
das á la Hermandad, y si no estuviere en ella el reo sino es 
otro que la tiene por él que sea la casa derribada y el que ha* 
bita en ella pague las costas si tubiere de dónde y sino que sea 
desterrado de toda la Merindad de Guipúzcoa por dos años, 
teniendo esto lugar en las casas fuertes, pues deben poner en 
días hombres de bien (1).» Se establecían por primera vez 



(1) Para eludir estos castigos hicieron estos señores 11 casillas cerca de «us 
palacios f en otras partes, y sostener en ellas y en otras muchos acotados y mal'M 
hechores;» y ¿ su virtud se ordenó que -pur cada vez que conocidamente lo hicie 
ron en cualquiera tiempo, sehan comprehendidas sus casas principales en U mis» 



GUIPÚZCOA 



'U 



i 



alcaldes en multitud de villas que se designan, dotándolos, y 
tíos lugares que hubieren de poner el alcalde, juntarán concejo 
á son de campana repicada y en él escogerán entre sí el alcalde 
que sea bueno, abonado y arraigado y no de tregua, y no pu- 
diendo convenirse en uno escojan dos y hechas suertes para 
qual de aquellos dos lo obtendrá en cada un año, y el que salie- 
se queda alcalde de aquel año, y as/ en lo sucesivo.» 
i En la forma de administrar la justicia á la vez que se daba 
gfran importancia al testigo, por no poderse usar el tormento (i) 
á causa de ser comunmente todos hijosdalgo, al que faltando al 
juramento encubría la verdad, le quitaban en la plaza pública 
de cinco dientes uno ; y lo mismo á los que amenazaban ó so- 
bornaban á los testigos. 

Se prohibían los andariegos que sin tener señor que los 
mantuviera y vistiese eran llamados por algunos caballeros, con 
daño y pidiendo por la tierra ocasionaban muchos males y per- 
juicios al país; los desafíos así á las personas como á las ferre- 
rías, á no ser por razones justas, las cuales eran si un hijodalgo 
hiriere á otro, prendiere ó corriere por muerte de padres, abue- 
los, hijos, nietos, biznietos, hermanos, tíos, cuñados ó primos 
del que desafió por herida ó prisión, y no haciéndolo el que 
tuviese motivo, no podría hacerlo ningún pariente por ellos: 
se establecían reglas para autorizar los desafíos y penas á los 
contraventores; se vedaba, bajo pena de la vida, el uso de los 
rallones (2), cuya herida no se curaba, y causaban muchas 



jna pena... que dcbia corresponder al que á lo» acolados acogiesen y tuviesen en 
ellas.» 

( 1 ) Por el abuso que se hacia de la pena de muerte se estableció el tormento, 
del que debió abusarse cuando en 1469 pidió la provincia y aprobó el rey que 
• ninguno de los Alcaldes de la hermandad no puedan dar tormento á ningún 
hermano de ella sin consejo y firma de letrado conocido, hermano de la misma 
hermandad, incurriendo en pena de muerte el Alcalde que lo contrario hiciere, 
porque la Provincia lo puede mandar matar por ello, aplicándose sus bienes á la 
hermandad.» 

(2) Arma que termina en un hierro ancho como escoplo. Dispárase con la ba- 
llesta y servia especialmente para caza mayor. 



»-» 



6C trczcoA 



muertes; y al herrero que le fabr i ca se se le quemaría su casa, 
y si no la tu vie se le riwtmijil M knta qoe espirase. 

No pudáeron oienos de prodscár tan rigurosas ordenanzas 
los apetecidos resultados; y cooio signaos cabezas de bandos, 
viendo minorados sos partidos y por kaír de que no se les im- 
pusiesen las penas dd íu^ka m a , iote t p o ní an apelación en la 
Real Chancülerta, presentándose ante sus alcaldes con varios 
pretextos, alegando no ser seguros k» jaeces en Guipúzcoa, se 
seguía de esto no poderse ejecutar la justicia, y para proveer 
el debido remedio, el rey. en coofonnidad con el privilegio y 
leyes que tenia Guipúzcoa de no poder apelarse de sus alcaldes 
de hermandad sino á la real persona, en los cinco casos de her- 
mandad, declaró el monarca ser estos el hurto ó robo, forza* 
miento, incendios, talas y cortas, y el poner asechanza para 
herir ó matar. 

No terminaron sin embargo los desórdenes y crímenes en 
Guipúzcoa ; y deseando D. Enrique IV evitarlos, atendiendo los 
clamores y quejas que á él llegaban, pasó personalmente á 
aquel país, como dijimos; mandó derribar ciertas casas fuertes 
y llanas en las cuales se refugiaban los delincuentes; hizo en 
algunos justicia ; ordenó el examen del cuaderno de leyes, que 
aprobó y confirmó, y representándole la provincia la necesidad 
de aumentarlas, se consignan 147 en la Real cédula dada en 
Vitoria en 30 de Marzo de 1457, estableciendo mayor regula- 
ridad en la administración de justicia, en la celebración de las 
juntas, que las monopolizaban algunos pueblos, y se declaró á 
otros el derecho de que en ellos se celebraran, limitando su 
duración por gravosa á sólo doce días (i). 



(1) Tomblén se establecía que ■ en atención á que en Us villas de San Sebas- 
tian y Tolosa se administra mejor la justicia por sus alcaldes de hermandad que 
no en las demás de la provincia, y que según una ordenanza del cuaderno, la villa 
de San Sebastian con las de Fucntcrrabiay Villanucvadc Oyarzuncon suslicrr*», 
tenían un alcalde de hermandad de forma que San Sebastian lo tuviese en dos 
año», la de Kucntcrrabia el t.- y la de V'illanucva de Oyarzun el 4.*, y por lo que 
toca á alcaldía de la villa de Tolosa con Hemani, la de Tolosa en ^ aúos y la d« 



Consígnase en estas ordenanzas que «en adelante no solo 
los de la provincia, pero ni tampoco los de fuera de ella que 
llevan trigo á su territorio no lo conduzcan por mar ni por tie- 
rra á ningún reino estrafio especialmente á tierra de Labort, 
bajo de la pérdida del trigo, el qual se aplicará á los que lo 

descaminaren. » 

y En el artículo 144, cel rey, usando de su plena potestad, 
anula y da por de ningún valor todos los capítulos anteriormen- 
te hechos por la hermandad para que no se cumplan algunas 
de sus reales cartas y mandamientos ni diesen lugar á que fue- 
sen llevadas ni presentadas en Juntas y que los escribanos no 
diesen fe de la presentación de ellas para que no recibiesen ni 
aceptasen derramas algunas ó imposiciones que el Rey mandase 

Í todos los otros estatutos, ordenanzas, y costumbres contrarias 
real servicio, rentas, pechos y derechos y otras qualesquiera 
que en este cuaderno están insertos y de que no se hace men- 
ción mandando y prohibiendo el que no se use mas de ellas por 
ningún motivo y que no se hagan otras sin su licencia y especial 
mandato, y prohive y manda á los procuradores y demás oñcia- 
les de la hermandad que no se introduzgan á conocer en otras 
cosas que las contenidas en este cuaderno y el del Dr. Gonzalo 
Moro bajo la pena en que incurren los que se meten á conocer 

[lo que no tienen jurisdicción y facultad para ello.» 
Hubo necesidad de reformar á poco estas leyes municipales 

Ilcrnani el quarto, pero habiéndose experimentado que el año que faltaba el al- 
calde de Hermandad en San Sebastian y en Tolosa se ocasionaba perjuicio á la 
justicia en esta provincia, de lo qual tomaban atrevimiento los delincuentes para 
hacer mal, se ordena que desde el dia 24 de Junio del presente año en adelante, 
las villas de Tolosa y San Sebastian tengan siempre un alcalde de Hermandad, y 
que las villas de Fucntcrrabia, Villanucva de Oyarzun, Hernani y todas las demás 
de la provincia tengan sus alcaldes de Hermandad en los años que lossolian tener 
en los tiempos anteriores, en la forma que los usaron y acostumbraron según 
curso y cuaderno de hermandad, y sin que por esto las villas de San Sebastian y 
cada unu de las otras dejen de tener insolidum un Alcalde de hermandad en los 
años que en las dichas villas de Fucntcrrabia, Villanueva de Oyarzun y Hernani 
los tuvieren, y los alcaldes que hubieren de ser en estos años ejerzan su empleo 
como basta allí lo us.tron en la provincia, con arreglo á la disposición del cuader- 
no y de la hermandad.» 



y el gobierno de la provincia, y el mismo D. Enrique IV hallán- 
dose en Fuenterrabfa el 4 de Mayo de 1463, la encomendó á los 
doctores González de Toledo y González de Zamora y á los 
licenciados Alonso de Valdivieso y García de Santo Domingo, 
que habían entendido en la reforma de las leyes de Álava: jun- 
tóse la provincia en Mondragón el 13 de Junio del mismo año; 
reconocieron que las anteriores ordenanzas de la hermandad no 
habían proveído cumplidamente á los casos y cosas que poste- 
riormente se habían experimentado y en los que pudieran en ade- 
lante ocurrir, é hicieron una recopilación, ascendiendo á 217 el 
número de las ordenanzas que habían de ser tenidas por cuader- 
no de leyes, derogando los anteriores cuadernos en todo lo que 
no estuviesen conformes con el nuevo, y dejando en su fuerza y 
vigor las cartas y privilegios que los reyes hubiesen dado á la 
hermandad. Nuevas leyes se añadieron en los años de 1469 
y 70, ampliando las anteriores y llenando los vacíos que la ex- 
periencia aconsejaba; y aun hubo que formar otras en tiempo 
de los Reyes Católicos. Congregados los procuradores de las 
villas y Alcaldes en Basarte el 8 de Enero de 1482 en la Iglesia 
de Santa María de Olas, con asistencia del corregidor de Gui- 
púzcoa Juan de Sepúlveda y á virtud de un llamamiento; y fun- 
dándose • en que por el mal Gobierno y desorden de los Minis- 
tros de la hermandad de esta Provincia y defecto de corregidor, 
estaba la justicia muy perjudicada, los querellantes aumentados 
y los malhechores ensoberbecidos», acordaron nuevos capítulos 
ó leyes, cuyo cumplimiento mandó el mismo corregidor á virtud 
de las facultades que tenía. No se conformaron algunos procu- 
radores con lo que establecía respecto á la asistencia del escri- 
bano á junta ; pero los mandó el corregidor saliesen de la pro- 
vincia en el término de seis días y en el de veinte se presentasen 
en la Corte, con testimonio de todo lo sucedido; mas temiendo 
sin duda el castigo que se les impondría, otorgaron su completa 
aprobación á las ordenanzas, que confirmaron los Reyes Católi- 
cos el I 7 de Marzo de 1482. 



GUIPÚZCOA 



237 



No dicen mucho en favor de las costumbres públicas, y muy 
especialmente de los encargados de moralizarlas y de administrar 
justicia la mayor parte de las adiciones que se hacían á las orde- 
nanzas, limitadas muchas de aquellas á corregir abusos de alcal- 
des, letrados, procuradores y escribanos, intentando además 
poner límites á desmedidas codicias, á vergonzosos sobornos y 
á escandalosos abusos, siendo siempre el pobre el peor librado. 

Como convenientes para la paz y buen gobierno de la pro- 
vincia, se formaron otras ordenanzas, respectivas á las juntas, 
que confirmaron en 15 19 los reyes D."^ Juana y D. Carlos. Se 
recopilaron en 1583 y 1692 las anteriores leyes, añadiéndose 
algunas otras, omitiéndose en la compilación la prolijidad de 
muchas; no pareciendo aún suficiente la anterior recopilación, 
determinó la provincia hacer otra más extensa, incluyendo en 
ella cuantos documentos había en su archivo que tuviesen rela- 
ción con la parte legislativa así municipal como provincial, cuya 
colección, calificada por Landázuri de extensa y difusa, obtuvo 
real aprobación en Madrid el 28 de Febrero de 1704 (i). 

Posteriormente, en 1758, se unió á la precedente Recopila- 
ción el Suplemento de los fueros, privilegios y ordenanzas, im- 
preso en San Sebastián el mismo año. 



(i) Es la impresa en Tolosa por Bernardo de Ugartc en 1696 con el título de 
Sueva recopilación de tos Jueras, privilegios, buenos usos y cosliimtres, leyes y or- 
denanzas de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa. 



CAPITULO Y 

Entrevista regla. — Muerte de Gaón en Tolosa. — Mala administración dejustlcia. 
— Ingleses y guipuzcoanos. — Rivalidades de pueblos. — Invasión francesa. — 
Servicios marítimos y terrestres de los guipuzcoanos. — Complemento al 
escudo de armas de Guipúzcoa. — Capitulación de Fuenterrabía. — Valerosos 
giüpuzcoanos. — Recuperación de Fuenterrabía. 



I 



•-|\o debemos omitir el viaje á Guipúzcoa del rey D. Enri- 
'^^que IV con motivo de las vistas y conferencias con el de 
Francia Luís XI entre Fuenterrabía y San Juan de Luz en la isla 
de los Faisanes. «Llegó el Monarca á la villa de Salinas de Leniz 
primer territorio de Guipúzcoa y de allí se dirigió á las de Mon- 
dragon, Vergara, y las demás de la carrera hasta S. Sebastian 
en donde entró el 29 del mes de Marzo como escribió Garíbay, 
acompañado del Arzobispo de Toledo, del marqués de Villena, 
del Obispo de Calahorra y de muchos grandes del Reino, ecle- 
siásticos y seculares y otras muchas gentes. Viéronse los dos 
Monarcas en S. Juan de Luz, territorio del Reino de Francia, 



240 



GCIPUZCOA 



después de haber concluido y terminado las diferencias de Caá- 
lufta entre los re^'es tio y sobrino por mediación dd Re>- de 
Francia. Vinieron después á la ribera del Rio Vidasoa acompa- 
sados de diferentes caballeros de esta pro^ñnda de Guipúzcoa 
y de mucha grandeza y de resultas arreglaron los límites de 
ambas coronas por esta parte quedando para Fuenterrabía por 
propio y pribativo territorio hasta el otro lado y margen opues- 
ta del río Vidasoa lo que actualmente posee. Ad\'ierte Garibay 
que para la pesca de salmones de que es tan abundante el 
Vidasoa coDvioieado el que las Nasas se {xjngan en el terrítorío 
príbati>t> de Francia en doade hace su pesca Fuenterrabía hay 
condkioo de que por cQo se dé annalmrn te por el arrendador 
un salmoD al seftor de Octnria casa Principal de Parientes ma- 
yores es Francia jifadi á kgm y inedia de distancia del río.» 
En esta entrensia es fuá», tfac d§o Larfs XI, que tenía alto con- 
o^ao dd valor de Ga^páKxa,de donde podía sacar los soldados 
■ds ágiles j aamaemoai, cspeeiÜBeBCe para la gxierra marítima. > 
Emb aAo faé t»bíén ^"^«f»* por la muerte de Gaon, judío 

de Vieaná en la TiDa de Tolosa. < Resultó esta muerte por 

iafaer ido Gaon á cxibrar a esta Pr o vin da el derecho llamado el 
P^üd» á lo qoe se r *"«Jo«*«« los natonles en virtud de su libertad 

i la saaon el Rqr «b FnenterraUa y aunque se indignó 
por d HelatV» y eaipead á p roceder contra los delin- 
se retiraron á kis montes faníoBdo del primer me- 
de irriacíoo dd Rey, pero ■ittfi i 4r r éste de la libertad 
4|ne ¿ncala d pays por fstones y docomentos antiguos que se 
le I. il i añau n y de no kaberse pagado en d semejante impuesto 
I á los mlp ndo s y maad6 ^ae no se pagase este derecho 
■fxniendo en la — Meiia perpetoo silencio > (i). 
Aproveitendo d estado de agitadóo y desconcierto que 
nosprooorado desciftir, aonqne someramente, comprome- 



tí) 



.Cmosat. 



GUIPÚZCOA 



241 



tían algunos el honor de la provincia y el de la nación. A la 
sombra de la paz concertada, varios mercaderes ingleses carga- 
ron en Londres un navio con pianos , joyas y efectos de gran 
valor para venderlos en Guipúzcoa. Fatigada la tripulación por 
lo que trabajó en una recia tormenta de dos días, se echó á des- 
cansar, menos tres guipuzcoanos y dos vizcaínos, quienes ha- 
llando la ocasión propicia á su depravado propósito, degollaron 
á todos los ingleses, echando los cadáveres al mar, y dueños 
del buque y su valioso cargamento lo vendieron todo en un 
puerto de Galicia. Dos de los asesinos, Necola y Larrea, fueron 
á poco á Orio y á Asteasu, sus pueblos natales, á gozar del fruto 
de su maldad; aparecieron por entonces en la costa de la Breta- 
ña los cadáveres de los degollados; gestionó Inglaterra la cap- 
tura y castigo de los delincuentes; el mismo embajador español, 
el bachiller Sasiola, que era guipuzcoano, vino á esta provincia, 
interesó á la Diputación para apresar á los asesinos, prendió á 
uno en Orio; pero los alcaldes del pueblo y los vecinos le qui- 
taron á la fuerza, so pretexto de que carecía de jurisdicción 
para semejante procedimiento. Arrancado de esta manera el 
preso de poder del alcalde de la hermandad, entregáronle al 
lugarteniente del preboste carcelero de la misma villa, erigién- 
dose éste en juez de la causa, y por sí y ante sí puso en libertad 
al reo, como inocente. Alarmó, como es natural, tan escandalo- 
so hecho, que era un baldón para la provincia y un sarcasmo 
de sus privilegios; tomó parle más activa la Diputación, y á sus 
resultas, Necola y Larrea y el teniente de preboste de Orio, 
H^eron condenados á la pena de muerte, que no pudo ejecutarse 
en los dos primeros por haberse fugado, y sí en el tercero por 
real mandato. 

Profundamente impresionados los ingleses, concluyeron sus 
relaciones políticas y comerciales con los vascongados ; por lo 
que uno y otro país .sufrían con esto grandes perjuicios. Envió 
Guipúzcoa comisionados al rey, que se interesó con el de Ingla- 
terra, y comisionados ingleses y guipuzcoanos, previo el regio 

3» 



M» 



ce I mcoA 



permiso, coBda ya oa oa tratado Qa maá u eo Loodres á 9 de 
Marzo de 14S3, ca d qoe se ojucati ha catre los subditos de 
Inglaterra y Gia piim a »— i***^. IneaA ianEt^i ncii y abstinencia 
de hostilidades por mar y tierra y ^nas doloes, por diez años; 
á no dedanr los reyes de aaihiw pawrs. caoa seis oieses de an- 
tictpacióo que no qoeríaa se diseñase: se rwtableria la compra, 
venta y irá6oo de lajilgaiii Modo en aKrcaderías salvo los 
derechos c iapaesliis estableiádos de ami^Tio; se garantizaba la 
seguridad de las tnpciacáoacs y efectos de los buques, y se 

Tal 6k fá tratado qoe de p o t enci a i po te ncia ajustó la que 
ja f 111.S m— fanTn á ser poderosa Alfaióa ooo la pequeña 
y hamiác p ioii at i a de Gi á pofCHTa : pobre ca productos, rica 
y "■■*'—" Sa escasa agricnhnra la sustituía sur- 
de la Bretafta, Viwiilfi y otros poertos de Francia 
y de los Riáes B^ios. dd iv%^ y coaa es t i bi c s qoe le altaban, 
á caaMo de los cortos prodacfeos de sa propia iadustria. Y en 

r y tierra, ¡afutadoi los mares 

daai^ileaKaite los marinos \'as> 

Ea la cuagaLti de SeiriBa. ea d cerco át Algedras, 

h espefióáa ooatra lagfaaefra y cootra la Rocfada, en el 

í Caaarias (1) uc u paroa las naves 

y Merecab ¡■portanda adquiríe- 

y fixite aMña de goena poseia Guipúzcoa en 

xm y xiT, qoe dd»b a^pwt"^»' " > después, cooao se 

h iu i pm t a acia de Pasayes. San Sebastián. 

Zaraoz, Dera y otros paertos; ao de otra manera 

estado ea ladaí cono coa la gbiena estavu, atrevién 

e á ■- á a t acar te casas MÍsaas^vas, en aaián unas veces 

fas nriinim fiiliHiami y a xieii éodose otras á aventura- 

oorrcnas. 



(■I 



1 llM 



GUIPÚZCOA 



24? 



La misma importancia que adquirieron los puertos, fué cau- 
sa de discordias y litigios como los producidos por Renteria á 
San Sebastián sobre el puerto y canal de Pasajes, los cuales 
pusieron en una terrible conmoción á Guipúzcoa y á los turbu- 
lentos parientes mayores. Hubo peleas, muertes, robos, talas de 
viñas, de manzanales y de toda clase de árboles, por una y otra 
parte. Se sometieron de nuevo las disidencias al rey, cuya sen- 
tencia mandó ejecutar bajo ciertas penas (1377); ocurrieron sin 
embargo nuevas diferencias; declaróse en 1455 que la jurisdic- 
ción de Pasajes y sus aguas desde las puntas hasta la iglesia 
de Lezo, en pleamar, pertenecía á San Sebastián; varióse á poco 
este límite; no se conformaba Renteria con ninguna decisión, en 
su contra todas ; pretendió después el Pasajes de San Juan se- 
gregarse de la jurisdicción de Fuenterrabía, constituyéndose en 
villa, y consiguiólo al fin y su autonomía, no sin tener que hacer 
frente á las pretensiones de San Sebastián de que se reincorpo- 
rase, sosteniéndose por una y otra parte pretensiones aún no 
terminadas. 



II 



Reconocidos y aclamados por los guípuzcoanos los Reyes 
Católicos, con motivo de la guerra contra Portugal, formaron 
parte del ejército muchos individuos de las tres provincias, dis- 
tinguiéndose los de Guipúzcoa por su acrisolada ñdelidad al 
monarca (i). 



U) ll.isc dicho que estando Ruipuzcoanos en el cerco del castillo de Burgos, 
echando de menos al rey, temienin por el, y amotinados prorrumpieron en las 
TmBcs de Jaca rey. daca rey. sin sosegarse hasta que supieron su paradero; pero 
no creemos que esto sucediera en Burgos, sino en el cerco de Zamora, que al te- 
ner que abandonarle produjo tal disgusto y murmuración, que una compañía de 
vizcaínos O vascongados, oyendo decir, y acaso pensando ellos también, que ha- 
bla traición de parte de los nobles, pronunciaría aquellas frases y penetró tumul- 
tuariamente en un templo donde el rey conferenciaba con sus oficiales, y en bra- 
zos le arrancó de entre aquella gente. 



2^^ 



GUIPÚZCOA 



Auxiliado el portugués por Luís XI de Francia, envió éste 
contra Guipúzcoa poderoso ejército que penetró en la provincia; 
la cual piara evitar la toma de Fuenterrabía por el francés, salió 
á su encuentro, introduciendo mucha gente en aquella plaza y 
en Irún : quemaron los invasores algunas casas de este pueblo, 
de Renteria y de Oyarzun ; fueron desde la corte en auxilio de 
los guipuzcoanos Juan López de Lazcano y Sancho del Campo, 
con gente de á caballo, se introdujeron en Fuenterrabía, en una 
salida derrotaron á un destacamento francés de unos looo hom- 
bres; guareciéronse los fugitivos en la torre de Urdanivia, se 
quemaron en ella unos 120. y muchos de los franceses no 
queriendo perecer abrasados se arrojaban encima de las picas, 
prefiriendo esta muerte. 

Doña Isabel, que se hallaba en Burgos, envió ayuda á Gui- 
púzcoa; se defendió valerosamente Fuenterrabía, y convencido 
el francés de la imposibilidad de conquistarla, levantó el campo, 
bastante hostigado además por los guipuzcoanos que escaramu- 
ceaban por aquellos contornos, aunque no pudieron impedir la 
quema de la iglesia y torre de Oyarzun (20 de Abril de 1476) 
donde perecieron cincuenta hombres. Avanzaba el francés que- 
mando caseríos, hacia Renteria; acudió á defenderla el merino 
mayor de Guipúzcoa Pérez de Sarmiento; no pudo evitar que la 
incendiasen, y se retiró á San Sebastián, aprovechando los 
franceses esta retirada para volver sobre Fuenterrabía. Sitiaron» 
la ; las esforzadas acometidas fueron rechazadas con no menor 
esfuerzo, hasta que socorrida la plaza por mar, levantaron el 
sitio, con gran pérdida de gente. 

No se retiraron sin embargo de la provincia, donde no po- 
día menos de ser excesivamente molesto un ejército de 40,oooj 
hombres, exasperados con la tenaz resistencia que por de 
veces les opuso F'uenterrabía, y la insistencia de los guipuz- 
coanos en molestar de continuo su campamento. Para obligarles 
á pasar el Uidasoa, juntaron los Reyes Católicos (Junio 1476) 
un ejército de 50,000 hombres, compuesto de vascongados y 



r, uiPuzcoA 



24 S 



castellanos, se dirigieron con él á Guipúzcoa, y bastó para que 

los franceses se retiraran á Bayona, quedando sin embargo 

algunas fuerzas merodeando en España (i). 

^H Como si no fueran bastantes para ocupar á los guipuzcoa- 

"^ nos los franceses que en su territorio quedaban, aún se presentó 

I en el mismo año el famoso pirata Colora con nueve navios, en 
el cabo de Higuer, saltó á tierra alguna de su gente; pero les 
rechazaron los guipuzcoanos matándoles 100 hombres. 
De nuevo sitiada Fuenterrabía , se pactaron treguas por 
unos tres meses; mas sólo por tierra, pues por la mar conti- 
nuaba la guerra, hasta que en 147S se ajustó la paz. 

Continuaba en tanto la guerra contra Inglaterra y Portugal, 
ayudando algo á esta nación los gallegos, por lo que ordenó el 
rey de España una expedición marítima á las costas de Gali- 
cia, se aprestó en San Sebastián, tomando en ella parte algunos 
otros pueblos de la provincia, y regresó victoriosa (2). 
Ik Para hacer frente á los turcos que combatían en los estados 
^r de Ñapóles, se acudió á Guipúzcoa y Vizcaya, las cuales con- 
gregadas, si en un principio se negaron, consideraron al fin ser 
» causa urgente y del servicio de Dios el aprieto en que se halla- 
ba la cristiandad por medio de estos inñeles y acordaron el 
socorro como se pedía. Este fué de cincuenta navios con buena 
tripulación y municiones, mandados por el capitán general Don 
Francisco Henríquez, primo del Rey Católico. Juntóse la escua- 
dra vascongada en Laredo, donde se celebró misa y se bendi- 
jeron las banderas y estandartes. 

Iban llenos los buques de caballeros é hijosdalgo, bien ar- 



(1) En esta guerra, dice la Crónica de los Reyes Católicos por Pulgar, los gui- 

puzcoani.is se mostraron leales a su Kcy, esforzados en las peleas y liberales de 

I «US bienes porque mantuvieron la guerra á sus propias expensas todo el tiempo 

kquc duró: y añade la Crónica m. s.: o Este merecido elogio del ilustre autor coetá- 

Inco acredita y realza muy bien el singular mérito de Guipúzcoa." 

(3) Entre los trofeos con que volvieron, llamaron la atención dos piezas de 
I artillería, de hierro, una tomada en Bayona de Minor que tiraba bala de piedra de 
I ciento setenta y cuatro libras, y la otra basa volante tomado en Vivero, que la 
arrojaba de fo libras. 



2j\b 



GUIPÚZCOA 



mados, como viaje tan largo y tal empresa requerían. Uniéronse 
en las costas de Galicia y Andalucía veinte navios más, y todos 
se dirigieron al reino de Ñapóles, cayendo sobre Ütranto del 
que se había apoderado el turco. Allí acudió también la escua- 
dra portuguesa, capituló la plaza (1481), y finalizada la expedi- 
ción volvieron los vascongados á sus casas llenos de gloria. 

Años después concurrieron igualmente los vascongados á la 
conquista de Baza y sitio de Granada, hasta su rendición: 
en 1496, buques de Guipúzcoa y Vizcaya condujeron á la infan- 
ta D." Juana á los estados de Flandes donde se hallaba su es- 
poso D. Felipe, yendo lucida nobleza de guipuzcoanos y viz- 
caínos, á su costa : para transportar después á la infanta Dofta 
Catalina, hija de los Reyes Católicos, á desposarse con el prín- 
cipe de Gales, se dispuso grande armada de navios guipuzcoa- 
nos y vizcaínos, en la Coruña, de donde zarparon en 1501; al 
año siguiente, procedentes de Flandes entraron en Fuenterrabía 
Doña Juana y su esposo D. Felipe, quienes admiraron el mar- 
cial continente de los guipuzcoanos, así como agradecieron las 
grandes pruebas y demostraciones de afecto que les prodigaron. 
Dirigiéndose los príncipes al puerto de San Adrián, fueron pa- 
drinos de pila de D. Felipe de Lazcano, primogénito de la casa 
de este apellido en Guipúzcoa. 

En guerra nuevamente con Francia, el duque de Borbón, el 
de Angulema y Montpensier, con 10,000 infantes y 400 caba- 
llos invadieron Guipúzcoa (1512), incendiando á Irún, Oyarzun, 
Renteria y Hernani, y sitiando á San Sebastián; pero la defen- 
dieron bizarramente sus naturales mandados por el infante Don 
Juan de Aragón, y á pesar de no ser sus murallas tan fuertes 
como las que después tuvo, y de la brecha abierta, se rechaza- 
ron valerosamente ocho asaltos y los franceses levantaron el 
cerco (i). 



(i) Al enviar un parlamentario los sitiadores i San Sebastian pnra que se rin- 
diera, sus habjlontcs anticip.íronsL- a incendiar i ^6 casas c\tr<imur.ilcs A la vista 



GUIPÚZCOA 347 



Al retirarse éstos en el mismo año del sitio de Pamplona, 
persiguiéronles los guipuzcoanos por la sierra de Veíate y Eli- 
zondo, y los batieron, apoderándose de las 1 2 piezas de artille- 
ría con las que habían batido á la capital de Navarra, las cuales 
condujeron á Pamplona (13 Diciembre de 15 12) custodiadas 
por 500 infantes guipuzcoanos y 500 vizcaínos (i). 



del enemigo, después de lo cual con el mismo parlamentario respondieron que 
juzgasen por aquel incendio la respuesta. (Sokalucr.) 

A vista de tales hechos ¡qué de extrañar era que el Rey confiara tanto en Gui- 
púzcoa, que encomendara á ella sola su defensii, y que dijera que « no importaba 
menos Guipúzcoa que todo el reino? » 

(i) Reunidos en junta general en Motrico el 23 de Noviembre de 1513 los 
procuradores de los escuderos fijos-dalgo de la provincia con el corregidor «pla- 
ticando en cosas del servicio de Dios c de su Alteza é pro c bien común de las 
Repúblicas de la dicha provincia especial en lo del privilegio ¿ merced de las ar- 
mas por su Alteza nuevamente concedidas á la dicha provincia por la toma de 
artillería á los franceses en el lugar de Veíate que es en el Reino de Navarra don- 
de varonilmente pelearon con los dichos franceses los vecinos de esta provincia 
desbaratándolos é matando muchos de ellos, les tomaron por fuerza de armas la 
Artillería que llevaban que eran 1 2 piezas de metal con que vatieron c convatic- 
ron á la ciudad de Pamplona é la dicha Artillería asi ganada é tomada la llevaron 
á su costa con la gente que la ganó é la entregaron al duque de Álava capitán ge- 
neral de su Alteza que en la dicha ciudad de Pamplona estaba, para que la dicha 
Artillería que primero le ofendió y le tuvo cercado en la dicha ciudad fuese desde 
en adelante en su favor é de ella c quedase como quedó para su Alteza y á su ser- 
vicio y acatando lo susodicho porque á la dicha provincia quedase perpetua me- 
moria de ello á los que agora son y serán de aquí adelante en la dicha provincia 
tengan voluntad de guardar é acrecentar su honra en los fechos de armas que se 
les ofrecieren, dio por armas a la dicha provincia las dichas doce piezas de Arti- 
llería é dio herencia poder é facultad para que juntamente con las Armas que de 
primero tenia y tiene la dicha provincia que es un Rey asentado sobre la Mar con 
una espada en la mano pudiesen poner por armas la dicha Artillería, ctc , según 
que todo ello mas largamente parescia por la carta de merced de su Alteza c sobre 
ello platicando largamente la dicha ¡unta é procuradores dijeron que porque las 
Naos de la dicha provincia van á Reynos extraños que consentían é consintieron 
é daban é dieron herencia que tomasen las dichas Armas los Maestres de Naos de 
la dicha provincia para pintar en sus vandcras c divisas todas ellas enteramente 
c bien así los consejos de la dicha Provincia para que puedan pintar é asentar las 
dichas Armas si quisiesen en las obras públicas de los tales consejos poniendo 
las dichas Armas de la dicha Provincia encima de las Armas de tal concejo é po- 
niendo é escribiendo allí los dichos Maestres como los dichos concejos al derre- 
dor del escudo en la orladura de las dichas Armas Artnce Provincice Guipuz- 
coce.» 

La Real cédula original, dada en Medina del Campo el 28 de Febrero de 1513, 
la presentó á la junta el procurador de Vergara. En ella se dice que, aunque mu- 
chos guipuzcoanos de guerra andaban fuera de la provincia en el servicio de la 
reina «especialmente en las armas de mar la una mía é la otru de los Ingleses que 



248 GUIPÚZCOA 



De nuevo atacaron los franceses del ejérdto de Labrít á 
Fuenterrabía (i 5 1 3) y otra vez les rechazaron los g^ipuzcoanos. 
Insistieron aquellos en 1 5 2 1 , se apoderaron de su castillo que 
estaba en el camino llamado el Peñón, saquearon y quemaron 
algunos caseríos, embistieron á la codiciada plaza con tal furia 
que apenas quedaba tiempo á los sitiados para preparar los 
desperfectos que la artillería enemiga causaba, acudieron en su 
socorro de Castilla, pero no tan pronto que apretado el alcaide 
de Fuenterrabía Diego de Vera y sus defensores, juzgaran im- 
posible prolongar la resistencia; capitularon, saliendo libremente 
la gente de guerra con armas y ropa, y que los vecinos sin ser 
robados, pudieran quedarse ó salir de la villa. 

Dolió mucho esta capitulación, de la que culparon á Vera 
que no esperase algunos días más el socorro; le procesaron y á 
la sumaria del fiscal real contestó que la gente le obedecía mal, 
y que le faltaban algunas cosas necesarias á la defensa (i). 

No había llegado Fuenterrabía á tal extremo que no hubie- 
ra podido esperar algunos días, como lo prueba él deseo de sus 
defensores y el que unos quinientos de ellos resueltos á morir 
por defender lo que pudiesen de su patria, salieron de la plaza, 
se fortificaron en Lezo y formaron un presidio militar, eligiendo 
por jefe á Juan Pérez de Ascué, quien con aquel puñado de va- 
lientes se atrevía contra los tres mil franceses escogidos que 
guarnecían á Fuenterrabía. Repitiendo las emboscadas y los asa!- 

y<» mandé proveer y otras armadas de mar se levantaron esforzadamente c salie- 
ron á ponerse en la delantera de los franceses en el lugar llamado Veíate, etc.» 

Merece ser bien conocido este documento que damos en el Apéndice, copiado 
de la Cédula impresa con el sello de armas de la Provincia como lo publicóla 
Diputación.— Véase el Apéndice n.° 2. 

(i) Algo habría de verdad en esto, porque sacada de Fuenterrabía, sino toda, 
la mayor parte de la artillería, para combatir á los comuneros, quedó desmantela- 
da la plaza, cuya circunstancia aprovecharon los franceses para sitiarla. Escasea- 
ban las municiones de guerra y de boca, insuficientes para la mucha gente que se 
había introducido en la plaza, según expuso Vera; pero. también es cierto que se 
opusieron á la entrega los oiiballcros guipuzcoanos y naturales de Fuenterrabiu. 
añadiendo éstos que, con sus muicrcs c hijos, querían morir en servicio de sus 
reyes y en la defensa de la villa, quericndu ponerse delante de todos en la batería 
o donde hubiese más alrunta. 



tos que inopinadamente daban, causaron notables dafíos al ene- 
migo, le mataron á su nuevo gobernador Mr. Champarrón y á 
mucha de su gente, con la cual iba á incendiar Irún; y en el 
puente de Mendelo, á tiro de cañón de la plaza, derrotaron á 
seiscientos de su presidio que acampaban fuera de ella (i). 

No se avenían los vascongados con la pérdida de Fuenterra- 
bía, que les importaba y á España, toda su reconquista: ayuda- 
ron á ella los alaveses acaudillados por Juan Ruiz de Verg^ra; 
nombróse capitán general de Guipúzcoa á D. Beltrán de la 
Cueva, encargándole muy especialmente la defensa de San Se- 
bastián ; trabaron los guipuzcoanos rudas peleas en Irún, Oyar- 
2un y Rentería, y pusieron en tal aprieto á los franceses que no 
podían separarse de la plaza un tiro de ballesta sino en orden 
de batalla y mucha gente. Esto obligó á los nuevos dueños de 
Fuenterrabía á aumentar sus fortificaciones, no dejando más que 
una puerta, y ésta hacia la parte de Francia ; y puede decirse 
que cuando no se peleaba se tramaba alguna emboscada ó aco- 
metida, porque no había tregua en la enemistad de unos y otros: 
interesaba á los franceses conservar Fuenterrabía, y recuperarla 

Iá los españoles (2). 
1 ( I ) En uno de los muchos combates que constantemente emprendía Azcué, le 
mató una bala de cañón. 
I (2) Entre la multitud de alg^aradas y hechos de guerra que tuvieron lugar y 
Tcfiere Garibay, renunciando nosotros con pena á reseñarlos todos, por faltarnos 
espacio, lo haremos de alguno, como demostración gráfica de la saña con que se 

tmbatia. 
Uno de los guipuzcoanos que más se distinguieron fue Pedro de Urdanivia, 
dueño de la casa de Aranzate. En una cuestión con Juan de Aeza de Irún, dio á éste 
una bofetada en público. No tuvo por entonces otro efecto este hecho; pero ha- 
biéndose pasado Aeza al servicio de Francia, de donde era originario por linca 
I paterna, después de estar al parecer reconciliado con su ofensor, insistió con el 
Aobcrnador francés en la necesidad de prender a L'rdanivia, por ser el causante de 
podos los daños que experimentaban los franceses. Conseguido por Aczn el per- 
miso, salió en una noche de Enero (i 5 2 j) de Fuenterrabía con seiscientos hom- 
fcrcs. dirigiéndose sigilosamente á Oyarzun; el ladrido de unos perros despertó 
IbI casero Pedro de Tampes, que acudió d la alarma, pero le prendieron y maniata- 
ron, llegaron á Oyarzun con las mayores precauciones, y d la casa de Urdanivia, 
quien viéndose rodeado de enemigos, pudo evadirse de ellos, hizo repicar las 
campanas, y con sólo cinco ó seis hombres que se le unieron al principio, aumen- 
tados luego con otros seis, procuró detener á los franceses hasta que llegasen los 

3» 



250 



GUIPÚZCOA 



Viendo Mr. de Beofit, alcaide del castillo de Beobia, que no 
podía conservarle, intentó destruirle ; lo que sabido por Beltrán 
de la Cueva, congregó las gentes de la frontera de Guipúzcoa, 
y se apoderó del castillo. Quisieron recuperarlo los franceses 
reuniendo al intento mil hombres de la tierra de Labort, que 
con tres mil quinientos alemanes pasaron en dos gabarras de 
extraordinaria gratideza, con piezas de artillería para batir el 
castillo; pero trastornó su proyecto su alcalde Ochoa de Asua, 
impidiéndoles atravesar el río. Entonces dirigiéndose por los 
montes, aprovecharon la oscuridad de la noche para vadear silen- 
ciosamente el río por Arizmacurra, distante un cuarto de legua 
de Beobia, ante cuyos muros asentaron su artillería. 

Dos valerosos guipuzcoanos, Juan Pérez de Ascué y Miguel 
de Ambulode, de Fuenterrabía el primero y de Oyarzun el se- 
gundo, aunque vecino de Irún, al frente cada uno de cuatrocien- 
tos hombres determinaron acometer al enemigo. Comunicaron 
su proyecto al general que mandaba en San Sebastián ; le negó 
considerando harto difícil su realización y la poca ayuda que 
podía prestarles; pero tanto insistieron, resueltos á ejecutarle 
por sí solos, que condescendió al fín, y aquellos caudillos, tal 
maña se dieron y tales ardides emplearon, que, dice la crónica, 
< fueron muertos 2,800 alemanes con su coronel, presos 700, sin 
que muriese más de un solo español por equivocación que pade- 
cieron los de su nación, persuadidos que era uno de los alema- 
nes por hallarse con el traje de estos.» Los franceses volvieron 
las espaldas. Contribuyeron á la expedición hasta las mujeres. 
Atendió esmeradamente D. Beltrán á los prisioneros, casi todos 

4 

refucrzoa. Creyendo los encinigos verse corabatidos por mayor núracro, fueroa 
retirándose h<ista territorio de Irún. Llevando yo Urdanivia más de doscientos 
hombres, utacú impetuoso á los franceses, mató á mis de la mitad de ellos, pren- 
dió á otros y Acz» con el resto, y trasponiendo el monte Jaizqui vcl, se guarecía en 
Fuenterrabía. De los guipuzcoanos, según la crónica, sólo murió uno, «jueclaado 
muy pocos heridos. 

Sollado el prisionero Pedro de Tampes, derramó heroicamente mocha sanare 
enemiga. 



GUIPÚZCOA 351 



heridos, y dice Belsunce (i) que cuando se supieron en Roma 
los pormenores de este combate, escribió el papa á Beltrán pi- 
diéndole como gracia el envío de estos bravos y fieles alemanes, 
con los que quería formar la guardia de su persona. 

Llevados de su ardimiento los vencedores quisieron penetrar 
en Francia (2) el 30 de Junio de 1522, fiesta de San Marcial. 

El alcaide de Fuenterrabía Mr. Leida, solicitó su relevo á la 
vez que refijerzos. Sustituyóle en el mando Mr. Chaufarón, ve- 
terano gascón, acompañado de mil hombres. Extrañado de que 
un pueblo de la poca importancia de Irún causara tantas moles- 
tias y daños á los fi-anceses, parece que juró reducirle á cenizas, 
y á efectuarlo fué con sus mil soldados. Acudió á hacerles fren- 
te Juan Pérez de Azcué con gente de Irún, Oyarzun y Rentería: 
separaba á ambos combatientes el río Amute ; preguntó Chau- 
farón si había algún español hidalgo que se quisiera batir de 
pica con él, á lo que respondió Azcué que no sólo con pica sino 
con lanza y rodela y aun montante, combatiría con él : admitido 
por el francés le dijo pasara el río ; á lo propio le invitó Azcué, 
exponiendo que sólo tenía consigo seis compañeros y Chaufarón 
mucha gente, asegurándole bajo palabra de honor que él sería 
el único combatiente y ninguno de los demás le ocasionaría el 
menor daño. 

Acudieron en esto gran número de guipuzcoanos y Ortiz de 
Roxas con veinticuatro jinetes; y como no decidiera el francés, 
pasaron todos el río, rechazaron á los gascones ; alcanzó Azcué 
á Chaufarón, al que dio una fuerte cuchillada ; y temerosos los 
de Fuenterrabía se introdujeran en ella mezclados los españoles 
con los franceses, cerraron las puertas é hicieron fuego, sin cau- 



(i) Histoire des Basques. 

(a) Juan Pérez del Puerto, dueño de la casa de Aguirre, pasó el Bidasoa, en- 
contró en la Isla de los Faisanes una pieza de artillería francesa; montado sobre 
ella, gritó : Santiago, España y Vitoria, estimulando á cuantos estaban en la parte 
de acá á seguirle; lo impidió el general Beltrán de la Cueva, bajo pena de la vida; 
Qiandó á Pérez del Puerto regresara, y auxiliado por doce hombres trajeron la 
pieza sin que los franceses lo impidieran. 



aij2 



GUIPÚZCOA 



sar el menor daño á los españoles, que no experimentaron en 
toda la acción ni una baja (i). 

Nuevo triunfo obtuvieron los guipuzcoanos el 25 de Marzo 
de 1523, verificando una bien urdida emboscada, aunque costó 
la vida al alférez Juan de Alquiza, sepultado en la iglesia parro- 
quial de Irún . otra emboscada bien cara á los gascones y nava- 
rros, efectuaron los guipuzcoanos en Setiembre de aquel mismo 
afto ; y de grande auxilio fueron cuando el Emperador trasladó 
parte de su ejército de Flandes á Guipúzcoa para llevar la gue- 
rra á Francia por este lado. Encomendó al condestable de Cas- 
tilla D. íñigo Fernández de Velasco y al príncipe de Orange el 
sitio de Fuenterrabía ; establecieron riguroso bloqueo, esperan- 
do rendir por hambre á los bloqueados, que supieron resistir 
bravamente; pero el hambre y los padecimientos los diezmaban; 
pidieron socorros, los envió Francisco I, con Gaspar de Coligny, 
que murió en Dax; le reemplazó el mariscal de La Palice, que 
llegaba de Italia, reuniéronsele en San Juan de Luz las milicias 
vascas de los Pirineos ; acamparon en Hendaya, frente á Fuen- 
terrabía, á donde debía conducirlos el almirante de Bretaña Lar- 
tigue, con sus buques ; mas no pareció, y dispuso el mismo La 
Palice el paso del Bidasoa, que lo efectuó hábilmente superando 
toda clase de obstáculos, y levantó el cerco, abasteciendo á la 
plaza, cuya guarnición relevó, aumentándola hasta cuatro mil 
hombres. Poco tiempo después ordenó Carlos V al condestabl 



(1) Tuvieron los franceses trescientos muertos y cuatrocientos prisionero*, 
que iueron llevados á Irún aquel mismo día. 

Al siguiente murió Cbaufaron, siendo magníficamente sepultado en el ccroen- 
tcrio de la Iglesia parroquial. 

También lo fue d poco en el de Irún el valeroso jefe de la gente guipuzcosn| 
constante fatigador de la guarnición francesa de Fuenterrabía, cuya» ccntinelí 
mataba. Ocupado en esto, hallándose en el foso de la plaza, mandó al soldado Ju^ 
Pírez de Cigurroa que tirara a un centinela, y al hacerlo circulaba al mismo tlcl 
po Azcuc por delante del soldado, que no pudo verle por la oscuridad de U nock 
y le atravesó la cabeza de un balazo, cayendo muerto al foso. 

La insistencia en las cometidas, especialmente de los guipuzcoanos, fue I 
que no cesaron de día ni de noche ; distinguiéndose veinticuatro compañero* I 
la tierra. 



GUIPÚZCOA 



253 



al de Orange, que continuaban en Guipúzcoa, pasar el Bida- 
soa con sus veinticuatro mil combatientes y arrojarse sobre el 
Bearn y el territorio de aquel lado de los Pirineos : al hacerlo 
incendiaron cuantas poblaciones osaron defenderse, trescientos 
vasco navarros contuvieron tres días á poderosos enemigos de- 
lante del castillo de Bidache, pereciendo en las llamas sus defen- 
sores, excepto algunos que prefirieron precipitarse de lo alto 
de las murallas para ser recibidos por las picas españolas: mien- 
tras por esta parte continuaban la campaña, se reunían fuerzas 
para recobrar á Fuenterrabía. 

Atendida con especial cuidado por los franceses, cuya soli- 
citud se extendía á Bayona, desnuda de tropas y mal fortificada 
en algunos puntos, pusieron en un estado de defensa imponente 
la confluencia de la Nive y del Adour : la presencia de Lautrec, 
gobernador de la Guiena, inspiró confianza á los bayoneses, 
que resistieron los sucesivos ataques de los españoles durante 
tres días y sus tres noches, al cabo de las cuales volvieron sobre 
Fuenterrabía, verdadera manzana de discordia entre Francia y 
España, empeñada ésta en recuperarla y en conservarla aque- 
lla. Estableciéronse las baterías de sitio del lado de Miranda y 
cañonearon el bastión de la reina; se abrió brecha, se causaron 
grandes destrozos en la plaza; un convoy que se la enviaba 
cayó en poder de los españoles entre Bayona y Biarritz, y Fuen- 
terrabía se rindió al fin á últimos de Setiembre de 1524, desfi- 
lando la guarnición con armas y banderas desplegadas (i). 
Entonces, aunque tarde, comprendió el rey de Francia cuánto 



(1) La pérdida de Fuenterrabfa exasperó de tal modo á Francisco 1, que sin 
tener en cuenta las razones que expuso su gobernador Frangct, ni sus eminentes 
servicios, sus nobles cicatrices y sus gloriosas canas, se le acusó hasta de cobar- 
de y traidor, y aquel caballero, honor del ejercito francés, como le llaman histo- 
riadores de la misma nación, subió al cadalso en la plaza de Lyon, despojado 
de su armadura, de sus títulos y de sus blasones, que rompió el verdugo, y 
degradado de su nobleza, declarado traidory plebeyo, infamado y sus descendien- 
tes inhabilitados para llevar jamás las armas. Después, el noble anciano fue em- 
pujado violentamente por los ejecutores y precipitado al banquillo de los crimi- 
nales. 



25» 



GUIPÚZCOA 



le hubiera valido seguir el consejo del duque de Guisa, al apo> 
derarse los franceses de Fuenterrabía. Aconsejó arrasar la 
plaza, y con sus materiales reconstruirla en Hendaya. 




ca ; pero mal podía ser ésia la causa cuando D. Carlos había 
confirmado los fueros el 23 de Mayo de aquel arto, estando 
Wuormacia, y hasta el 1 1 de Noviembre no ordenó al correj 
dor de Guipúzcoa, Acuña, que suspendiese las garantías forale^ 
durante las agitaciones y guerra de los comuneros; así que aii 
la confirmación de los fueros fué después del levantamiento 
las comunidades, y aun para suspender las garantías no andui 
seguramente muy precipitado el Emperador, que no tenía fama 
de perezoso. Si á favor de reales privilegios se alzaban los pue- 
blos contra el que acababa de confirmárselos, perdían ipsoj'atto 
todo derecho á su protección. Pero no podemos ni débeme 
presentar como causa los fueros; á lo más servirían de pretext 
á los mal avenidos con la armonía que debía reinar entre le 
guipuzcoanos, á los que acostumbrados al ejercicio de toda claa 
de abusos á la sombra de las luchas de bandos y linajes, se 
veían vencidos, sometidos y sus casas derribadas, considerando 
ocasión propicia el tumulto que produjeron las comunidades 
para alzarse en armas, arrastrar en pos de sí fuerzas incons- 
cientes y recuperar lo perdido. Esto no podía consentirlo ningún 
poder sin abdicar de su autoridad. 

No hay identidad alguna entre el grito de los comuneros di^ 
Castilla y el de los vascongados, como lo vimos en Álava y lo 
vemos en Guipúzcoa. A la cabeza de la civilización de entonce 
iba San Sebastián por su comercio con casi toda Europa ; y 
sólo no siguió el partido de los comuneros, sino que los resistió, 
porque importaba más á la provincia agruparse á los pendones 
del rey que otorgaba mercedes, que pelear por los señores que 
tanto daño habían hecho á la provincia y al mismo San Sebas- 
tián. Los que en Guipúzcoa se declararon comuneros lo hicieron 
para tener motivo de satisfacer venganzas personales, desper- 
tando odios mal apagados; así que San Sebastián que sólo 
atendía á aumentar su comercio y riqueza, que nada le impor- 
taba el triunfo ó la derrota de los comuneros, porque en nada 
afectaba á su política y administración, tenía el mayor interés 



<; u 1 f» C z c o A 



257 



en que se mantuviera la paz, base de su prosperidad y de la de 
toda la provincia. 

Los valientes vascongados no podían faltar en el ejército de 
Italia, cuando tomaban parte en todas las campañas en que se 
interesaba la monarquía ; así que en la celebre batalla de Pavía, 
después de distinguirse por la certera puntería de sus arcabuces, 
en deslizarse y escurrirse por entre las patas de los caballos, 
dando cuenta de muy famosos capitanes franceses, un guipuzcoa- 
no, Juan de Urbieta, es fama que intimó el primero la rendición 
al rey de Francia que acababa de caer con su caballo. 

A San Sebastián fué el ilustre prisionero, haciéndole la 
guardia el virrey de Ñapóles, y allí permaneció cinco días (1); 
y á San Sebastián fué también el Emperador cuando para tras- 
ladarse á reducir á los sublevados de Gante, prefirió como 
camino más corto ir por Francia, confiando en la caballerosidad 
del que había sido años antes su prisionero. Se estaba en paz 
con la nación vecina, y así se celebraban concordias entre los 
<liputados de Guipúzcoa, Vizcaya, Encartaciones y cuatro villas 
<ie la costa de mar, con los de Bayona y tierra de Labort, para 

2I libre comercio y satisfacción de daños que mutuamente se 
causasen. 

De luto, por la muerte de la emperatriz D." Isabel, se pre- 
sentó D. Carlos en San Sebastián, á cuya villa dio el timbre de 
JJoble y Leal por sus servicios contra los comuneros ; se hespe- 
rio en la casa de su secretario de Estado D. Alonso de Idiá- 
«quez (2), é hizo los honores al regio huésped un gallardo escua- 
drón de 1,500 hombres, bien armados, y vestidos de luto con 
capotes de terciopelo negro. 

Dos años después (1542) rota la armonía con Francia, 

imenazaban á Guipúzcoa 50,000 franceses; acudió el Empera- 



(i) Mandó el ayuntamiento (9 Marzo i 536) que «ninguno suba á la sierra del 
Castillo mientras que el dicho rey de Francia estuviese en esta dicha villa. >■ 

(3) üuipuzcoanos eran también el confesor Ibarra y los médicos de cámara 
Cicoriaza y Zavala. 

13 



258 GUIPÚZCOA 



dor á defender á San Sebastián con dinero y refuerzos; olvaron 
unidos y acordes guipuzcoanos y navarros, siguiendo las órde- 
nes de D. Carlos, y limitóse esta campafta á pequefias aojara» 
das ; no sacando de ellas la mejor parte los franceses; algaradas 
que se repitieron en 1558 reinando D. Felipe II, diri^[iéndoIas 
D. Beltrán de la Cueva, el alcaide de Fuenterrabfa, D. Diego 
de Carvajal y e| comendador D. Juan de Boija, duefio de b 
casa de Loyola y coronel de Guipúzcoa. Ocuparon sin resisten- 
da á San Juan de Luz, talaron el territorio excepto Zibuní, 
donde se alojaron los guipuzcoanos, y aunque no pasaron más 
adelante y regresaron á España, fué nuestro ejército el valladar 
que se opuso á la con insistencia intentada invasión francesa. 





£ W las glorias marítimas que tenía conquistadas Guipúzcoa, 
J* ^'aumentó otras nuevas emulando su gente de mar las proe- 
^^ de la de tierra. El héroe de las expediciones marítimas del 
sig-lo XVI, Machín de Munguía, opuso (i 538), con una sola nave, 
•^Cróica resistencia á la armada de Aradino Barba roja, consi- 
stiendo, después de sostener por tres días rudos combates, 
•"^Vínirse en Corfú á la escuadra de Andrea Doria, quien al verle 
Herrar exclamó: cPluguiera, capitán, á Dios, que yo fuera Ma- 
cHfti de Munguía, y vos Andrea Doria.» 

En 1540 contribuyeron los guipuzcoanos y vizcaínos á la 
^^ridición del famoso corsario turco Caramani, que acababa de 
^^cjuear á Gibraltar, y con quien se trabó terrible y sangriento 
*^c»r»ibate marítimo, cuyo triunfo debióse, según el general Don 
*^ernardino de Mendoza que mandaba la escuadra española, á 
^ios y á los vascongados. 

Entre todos descolló entonces el inmortal hijo de Queta* 



36o 



GUIPÚZCOA 



ría, Juan Sebastián del Cano (i), el primero que dio la vuelu 
mundo en la pequeña nave Victoria, única salvada de las cinc 
de la expedición de Magallanes, que salió de Sanlúcar el 20 
Setiembre de 15 19, y después de la muerte de aquel atrevida 
portugués y de otros jefes que durante el viaje le sucedieroii 
en el mando, del Cano fué el venturoso que regresó al mismo 
Sanlúcar de Barrameda el 6 de Setiembre de 1522, concedién- 
dole el emperador D. Carlos el escudo de armas con el mun- 
do, al que rodea una cinta con esta inscripción : Primus ci^H 
cuNDEniSTi ME, y una pensión vitalicia de quinientos ducados. ^^ 

En su segundo viaje en 1526, falleció del Cano en el Océa- 
no Pacífico el 4 de Agosto, siendo capitán general de la flota. 

La Provincia de Guipúzcoa erigió la estatua de bronce que 
se ostenta en Guetaria. 

Otro ilustre marino, D. Miguel López de Legazpi, hijo de Zu- 
márraga, cuya casa natal aún existe medio ruinosa, junto á la es- 
tación del ferro-carril, de padres acomodados, siguió la carrera de 
Jurisprudencia, pasó á Méjico donde fué Escribano mayor y alcalde 
ordinario, y merced á la amistad de otro guipuzcoano no menos 
distinguido, el P. Andrés de Urdaneta, que después de haber 
sido militar y marino vestía el hábito de agustinos en Méjico, 
tuvo la suerte de capitanear la expedición á Filipinas que zarpó 
de la Natividad, Méjico, el 2 i de Noviembre de 1564, y la for- 
tuna que no consiguieron los cuatro que le precedieron, ayudán^j 
dolé poderosamente como piloto mayor el infatigable Urdanet^^^ 
«que era tan cabal para todo, para la navegación, la guerra, la 
predicación y fundación de iglesias, que no había otro que le 1 
igualara (2).» De valer era en efecto, pues se le debe el cono 



(1) Adoptamos este apellido porque así se firmaba el interesado: porque «C 
consta en documentos ñrmados por el mismo; en el expediente seguido por «i:s 
madre y en el incoado años después por su sobrino, Rodrigo de Gainza: por oom- 
brarlc asi Oaribay, Mariana y oíros de sus contemporáneos; no debiendo omitir 
que el fínnüo Sr. Soralucc ha presentado muchas y muy atendibles prueba» pan 
que deba llamarse del i'.inu y no Elcano. 

Í2) Historia de Mi/ico, por el P. Grijalva. 



'cimiento del rumbo de los mares para comunicarse ventajosa- 
mente entre América y China, y á él deben también los marinos 
conocer el viento llamado huracán y otros datos cosmográficos. 

L Urdaneta volvió á Méjico y vino á España á dar cuenta de 

' la expedición. Legazpi en tanto, más con ¿a cruz que con ¿a espU' 
da^ con política que con la fuerza, fué enseñoreándose de varias 
islas hasta la de Luzón; rechazó á los portugueses que acudieron 
desde las Molucas á disputarle la conquista, apaciguó subleva- 
ciones de indios, usando del perdón en vez de la venganza; y así 
la colonización de Filipinas tomó un carácter de estabilidad y 
homogeneidad de que ninguna nación había dado ejemplo, inclu- 
so España, en América. Es verdad que este ilustre guipuzcoano, 
fundador de Zebú, conquistador de Filipinas, su primer gober- 
nador y capitán general, fué, como militar, inteligente y bravo; 
como gobernador de la colonia, político, prudente, justiciero y 
previsor; ni ensangrentó sus conquistas, ni fué mercader en vez 
de colonizador, atendiendo sólo á los intereses generales al esta- 
blecer por el pronto el gobierno de Filipinas. De todos sentido 
y por la patria Horado, falleció el 20 de Agosto de 1572. 

I En los alrededores de San Sebastián, entre el camino á Pa- 
sajes y la Zurrióla, al pié del monte Ulia, y lamiéndola las aguas 
del Océano, se ve la modesta casería que representa la lámina, 
en cuya casa nació en 1577 D. Antonio Oquendo, hijo del céle- 
bre D. Miguel que llegó á ser general de marina. Al lado de los 
generales D. Pedro de Toledo y D. Luís Fajardo aprendió el gran 
valor y pericia que se necesitan para distinguirse en los comba- 
tes navales y llegar á adquirir tal fama que de él dijera el general 
holandés Tromp, al acusársele por no haber apresado ó echado 
á pique con su armada á la fragata de Oquendo, que la tuvo 
rodeada ametrallándola: «Que la Capitana Real de España con 
D. Antonio Oquendo era invencible. » Así consideraban sus ene- 
migos al que en cien combales nunca fué vencido. Mereció por 
sus proezas se le encomendara el gobierno de la escuadra vas- 
congada, ser luego general de ella y de las flotas de Nueva 



26a 



GUIPÚZCOA 



^£spaña; subió á Almirante general de la armada del Océano; tal 
encumbramiento, á pesar de sus méritos, aumentó las rivalida- 
des de sus émulos; pudieron éstos más en el ánimo del débil 
Felipe IV que consintió fuese arrestado en el presidio de Fuen- 
terrabía, cuando disfrutaba en su casa el retiro que había pedido, 
por no ser juguete de sus contrarios; mas no se cebó en él la 




Casa donde nació Oquknoo 



desgracia; la patria necesitaba emplear su valor y pericia, y pró- 
digamente los empleó, hasta que murió en la Coruña en i 640, 
al regresar victorioso (1). 



(O En las escaleras del Ayuntamiento de San Sebastián existen dos grandes 
cuadros al óleo, costeados por suscrición, representando dos de sus combates 
principales: el de 1611 en las aguas del fJrasil contra la armada holandesa, á la 
que tomó doce banderas, y el del Canal de la Mancha en 1639. 

El P. (icnao que le asistió en sus últimos momentos dice que estando muy de 
peligro oyó el estruendo de la artillería por la salida de la procesión del Corpus y 
creyendo que se disparaba contra enemigos, pronunciando esta palabra se esforzó 
por incorporarse en la cama para ir á la capitana á defender la armada y morir en 
ella: y añade: u Entre en persuasión que el ahinco para salir de la cama habia 
apresurado la muerte Después fue abierto el cadáver para embalsamarle y lle- 
varle asi al templo de la Compañía en S. :>ebast¡an, y notamos como cosa particu- 
lar que el corazón era muy grande, aunque el cuerpo pequeño, y que del coraxoa | 
brotaba un pelo crecido, que en héroes tan de primera magnitud que O. Antonia { 
Oquendo es pora reparado.» 



GUIPÚZCOA 



263 



Su hijo D. Miguel procuró seguir las gloriosas huellas de su 
padre y de su abuelo; pero tuvo la desgracia de perder todos 
los navios de su mando contra las costas de Rota (9 de Octubre 
de 1663) y se retiró á su casa á escribir las hazañas de su 
padre. 

Muchas páginas llenaríamos si hubiésemos de narrar, aunque 
sólo fuera la vida ó breve reseña de los más ilustres marinos 
guipuzcoanos, aun omitiendo los que en otras carreras se han 
distinguido tanto que la historia ha transmitido sus nombres á la 
posteridad; esto sin separarnos de la época que estamos narran- 
do; pero no es tal nuestro objeto ; si bien no podemos ni debe- 
mos prescindir de consagrar algunas líneas á un héroe original 
y extraño, ó más bien á una heroína, la Monja alférez, que 
alguna instrucción y no poco deleite los dramáticos lances de su 
vida proporcionan. 



II 



De San Sebastián procede una de las mujeres más notables 
por sus aventuras que ha producido España; que mereció ser 
retratada en Sevilla por el célebre Pacheco, y sirvió á Mon- 
talván de argumento para una comedia famosa. 

El año de 1585 nació en aquella entonces villa D.^ Catalina 
de Erauso, que heredó de su padre el capitán D. Miguel el es- 
píritu guerrero en el que tanto se distinguió. De opuestos senti- 
mientos su madre D.'^ María Pérez de Galarraga, entró á Cata- 
lina, cuando apenas contaba 4 años de edad, en el convento de 
monjas dominicas del que era priora una tía suya. Allí continuó 
once años, hasta que pocos días antes de su profesión, riñendo 
con otra monja, fué maltratada, é indignada, fingiendo una indis- 
posición, se retiró del coro, escapándose del convento. Ya en la 
calle, nueva para ella, se internó en el monte, acomodó sus ropa- 



ye» al traje varonil, á costa de no pocos trabajos llegó á 
éetlétt ae colooó al sen-icio de un catedrático, al que abandooó 
por Mi rigor en eoseflarle latín, admitióle en Valbdolid de paje 
d «eerecario del re)*, D. Juan de Idiáquez, y visitando á éste oe 
día d padre de Catalina, lamentando ambos su desaparicióa,^ 
teaió dieran resultado las diligencias que se practicaban en : 
batea y oonx> no la habían enseñado á querer á sus padres, por- 
que ni les había tratado, y sólo la habían hecho odiosa la cbu- 
aura, se fugó de Valladolid á Bilbao. Por herir aquí de uoa 
pedrada á un muchacho que se burlaba de ella, pasó un mes en 
la cárcel. Siguiendo su vida aventurera sir\ñó en Estella á un 
caballero de Santiago; tuvo el valor de volver á San Sebasdán, 
donde oyó en la iglesia de un convento la misma misa qoe su 
madre y hermanas; embarcóse en Pasajes para Sanlúcar, de aquí 
á las Indias en calidad de grumete en un galeón al mando de un 
tío suyo, peleó contra los holandeses ; sustrajo á su tío quinien- 
tos pesos que le ayudaron á escapar, púsose al ser\'icio de uo 
rico mercader, y la siguiente aventura, por la misma Catalina 
referida, la retrata. .fl 

t Estábame yo un día de fiesta en la comedía, en mi asiento^ 
que había tomado, y sin más atención, un fulano Reyes, vino y 
me puso otro tan delante y tan arrimado que me impedía la 
viüta, Fedíle que lo apartase un poco, respondió desabridamen 
te, y yo á él; y díjome que me fuese de allí que me cortaría la 
cara. Yo me hallé sin más armas que una daga ; salíme de allá 
con sentimiento : entendido por unos amigos me siguieron y so- 
segaron. El lunes por la mañana estando yo en mi tienda ven- 
diendo, pasó por la puerta el Reyes, y volvió á pasar. Yo reparé 
en ello, cerré mi tienda, tomé un cuchillo, fuime á un barbero, y 
hí/elo amolar y picar el filo como sierra ; púseme mi espada, que 
fué la primera que ceñí ; vide á Reyes delante de la iglesia pa- 
seando con otro, fuíme á él por detrás, y díjele: «ah, señor Re- 
yes!» volvió él y dijo. ¿Qué quiere? Dije yo : esta es la cara que 
se corta, y doile con el cuchillo un refilón de que le diere 



GUIPÚZCOA 



265 



Juntos : él acudió con las manos á su herida, su amigo sacó la 
^espada y vínose á mí ; yo á él con la mía ; tirámonos los dos, y 
fo le entré una punta por el costado izquierdo que lo pasó, y 
cayó. Yo al punto me entré en la iglesia que estaba allí. Al pun- 
to entró el corregidor D. Mendo de Quiñones, de hábito de Al- 
cántara, y me sacó arrastrando y me llevó á la cárcel, la primera 
jue tuve, y me echó grillos, y me metió en un cepo. » 

Hizo el obispo que volviera Catalina á la iglesia, cuyo asilo 
había sido violado ; por el dinero de su amo se vio libre de toda 
persecución . pero no contaba con la amorosa de cierta dama 
que se enamoró de ella, y por evadirla huyó á Trujillo, donde 
un nuevo duelo con el dicho Reyes y su amigo, á quien esta vez 
mató, la obligó á ir á Lima: sirvió en esta ciudad á un mercader 
que la despidió tpor haberle sorprendido enamorando á su hija;» 
cansada de servir sentó plaza ; se encontró en la Concepción de 
Chile, en casa del gobernador, á su hermano D. Miguel, quien 
en cuanto supo la patria de Catalina, le hizo muchas preguntas 
sobre su padre y acerca de ella misma sin llegar á conocerla ; la 
tomó por soldado de su compañía, en la que estuvo tres años, 
hasta que celoso de ella por suponer que galanteaba á su que- 
rida, la envió á la frontera á pelear diariamente con los indios. 
Ln uno de estos encuentros, viendo Catalina arrebatar la ban- 
dera de su compañía, se precipitó sobre los enemigos, mató por 
su mano al cacique, y recuperó con heroísmo y á costa de su san- 
gre la bandera, que le fué concedida con el grado de alférez. 
Distinguiéndose en todos los encuentros y acciones, hubiera sido 
nombrada capitán de la compañía cuyo mando tuvo, á no haber 
hecho ahorcar á un jefe indio, al que el gobernador quería con- 
servar prisionero. 

En la vida de guarnición no escasearon los duelos y las 
muertes, y sirviendo de padrino en un desafío, queriendo defen- 
der los padrinos á sus ahijados, se acometieron mutuamente, 
resultando herido y muerto el de su contrario, cuyo padrino era 
propio hermano el capitán D. Miguel de Erauso. 



Huyó, atravesó con mil trabajos los Andes, llegó al Potosí 
después de mil peripecias y aventuras ; sufrió hasta el suplicio 
del tormento porque confesara sobre cierta sangrienta riña de 
dos señoras, sin que el castigo quebrantara su entereza; por 
haber matado á un portugués se vio condenada á muerte, lle- 
gando el caso de ser conducida al patíbulo, mostrando feroz 
entereza, salvándose milagrosamente por una feliz combinación; 
nuevos desafíos y quimeras la privaron varías veces de su liber- 
tad; pero nada la amilanaba ni disminuía su entereza. • Éntreme 
un día, dice ella misma, en casa de un amigo á jugar: sentámo- 
nos dos amigos; fué corriendo el juego; arrimóse á mí el nuevo 
Cid que era un hombre moreno, velloso, muy alto, que con la 
presencia espantaba y llamábanle el Cid. Proseguí mi juego, 
gané una mano y entró una mano en mi dinero y sacóme unos 
reales de á ocho y fuese. De allí á poco volvió á entrar; volvió á 
entrar la mano y sacó otro puñado y púsoseme detrás ; previne 
la daga: proseguí el juego; volvióme á entrar la mano al dine- 
ro; sentíle venir, y con la daga clávele la mano sobre la mesa. 
Levántele, saqué la espada, sacáronla los presentes, acudieron 
otros amigos del Cid, apretáronme mucho, y diéronme tres he- 
ridas; salí á la calle y tuve ventura, que sino me hacen pedazos; 
salió el primero tras mí el Cid ; tiréle una estocada ; estaba ar- 
mado como un reloj : salieron otros y fuéronme apretando 

Llegando cerca de San Francisco me dio el Cid por detrás con 
la daga una puñalada que me pasó la espalda por el lado izquier- 
do de parte á parte; otro me entró un palmo de espada por el 
lado izquierdo y caí á tierra echando un mar de sangre. Con 
esto unos y otros se fueron; yo me levanté con ansias de muerte 
y vide al Cid á la puerta de la iglesia, fuíme á él y él se vino á 
mí diciendo: Perro, ¿ todavía vives? Tiróme una estocada y apár- 
tela con la daga, y tiréle otra con tal suerte que se la entré por ' 
la boca del estómago, atravesándolo, y cayó pidiendo confesión: ; 
yo caí también » 

Curada milagrosamente de sus heridas, tuvo que huir persc — t 



GUIPÚZCOA 267 



guida por la justicia hasta Guamanga, donde trabó también lucha 
con sus perseguidores; acudió el obispo al ruido de la pelea-, se 
apoderó de Catalina, Ilevósela á su casa ; y merced á sus conse- 
jos y exhortaciones, declaró aquella singular mujer su estado y 
la verdad de su vida. Entró en el convento de Santa Clara ; pasó 
al de la Santísima Trinidad de Lima; comprobado no ser profe- 
sa, regresó á España, donde volvió á vestir su uniforme de alfé- 
rez, obteniendo del rey una pensión. No aviniéndose su carácter 
aventurero á residir tranquila en Madrid, partió para Italia, re- 
gfresó á poco á España y fué á Méjico, donde se cree que murió 
aquella mujer singular, que tanto tiempo ocultó su sexo, y es 
fama guardó siempre su virtud. 




*■ 1 ' v " 




i\ 












Jim « 



CAPITULO VIII 



Antigüedades artísticas de Guipúzcoa 



I 



I. que recorra la provincia de Guipúzcoa, en vano buscará 
restos ni indicaciones de monumentos antiguos, de castillos 
z>r¡ales, tan frecuentes en el resto de España, y aun en otras 
t«s de los mismos Pirineos, y muy especialmente en la ver- 
te francesa. No los han hecho desaparecer la cólera de los 
"»bres, ni una gran revolución, ó uno de esos cataclismos que 
*sforman la faz de la tierra, porque después de uno de estos 
*l)Ies acontecimientos, quedan las ruinas en el suelo para tes- 
'*^niar la existencia de lo que fueron. 

» a expusimos en el prólogo que la falta de monumentos 
-^s, cuando se han hallado en Álava, demostraba la carencia 
^sta raza en Guipúzcoa: de la dominación romana sólo se 



270 GUIPÚZCOA 



han encontrado vestigios en las inmediaciones á Francia, y res- 
pecto á los musulmanes, nada. Como las razas conquistadoras 
siempre dejan señales de su dominio, no debió existir en lo ge- ' 
neral de la provincia. Pudo ésta ser amig^a de los romanos, no 
conquistada, bastándoles á aquellos señores del mundo con do- 
minar en algún puerto, en algún punto importante y necesario 
á su gran vía. 

Las familias que por su preponderancia basada en la rique 
za, en el valor ó en otras causas, llegaron á tener gran influenci 
en el país, aun cuando dieran á su poderío el carácter feudal qu» ^e 
en otros pueblos, como no luchaban con extraños sino entre r» -> •{ 
mismos, no erigieron esos soberbios castillos que en otras part^^ss 
de España, sino casas-torres de piedra algo fuertes y poco bella_^. 
Si alguna sobresalía por su arquitectura no ha quedado el men^^r 
resto. Dada la poca riqueza, en general, de la provincia, no -^s 
de creer se gastaran grandes sumas en esta clase de construzíac- 
ciones. De todos modos, se derribaron por completo cuan ^do 
D. Enrique IV consideró este castigo oportuno para acabar c:on 
aquella constante y encarnizada lucha de gamboinos y oñacin «3$, 
con aquel eterno batallar de unos con otros linajes. Las torx-es 
que ellos dejaron en pié las mandó destruir el monarca: los 
pueblos se prestaron gustosos á esta destrucción, aumentán- 
dola. 

No se hallarían antes en Guipúzcoa esas fortalezas, testimo- 
nio del antagonismo entre el pueblo y la aristocracia; no porque 
dejaran de existir estas clases, sino porque no era la lucha en- 
tre ellas, sino entre los mismos señores ; y naturalmente, éstos 
necesitaban del pueblo para defenderse y ofender; así vemos 
que á Mugica seguían sus colonos y siervos y sus lacayos, y lo 
propio á Lazcano. 

La guerra se ha hecho en Guipúzcoa en todos tiempos, 
como hemos visto en las dos últimas guerras civiles, y lo mismo 
que no vemos hoy el menor rastro de las terribles defensas 
improvisadas por los carlistas, porque la disposición de sus 



M' 

k 



montañas, sus profundos barrancos, la naturaleza especial de 
su suelo, se presta todo 
con poquísimo trabajo á 

lonvertirse en podero- 

os fuertes y formidables 
ciudadelas, con la retira- 
da siempre segura, por- 
que están escalonadas 
las montañas, lo propio 
sucedería y sucedía anti- 
guamente, pues más que 
de organizadas batallas 
campales, nos hablan las 
crónicas de sorpresas de 
pueblos ó casas fuertes, 

le ataques aislados y de 
celadas. 

Para rechazar los 
guipuzcoanos las inva- 
siones francesas se fiaron 

ás de su valeroso es- 
fuerzo que de la defensa 
que pudieran ofrecerles 
las fortalezas, si excep- 
tuamos las de Fuente- 
rrabía , San Sebastián, 
Renteria, Tolosa, Her- 
nani y Villafranca. Estas, 
más que del país, fueron 
obra de los reyes. 

Las casas- torres que 
se conservan, casi rui- 
nosas las más, no pare- 

n hechas para ofrecer una formidable resistencia y menos 




272 



GUIPÚZCOA 



^i: 



á la artillería; por lo cual no debieron tener grande importat 
cia, y así lo revelan sus vetustos paredones. En muchos sitios 
en particular á la cabeza de los puentes y en bifurcación d 
sendas y caminos, se ven de esas antiguas torres conservand< 
sólo el primer piso convertido en casería. 

Hay alguna excepción 
la Torre Lucía ó real Torrc' 
larga en Zarauz, como pue' 
den verlo los lectores en I9 
lámina que acompaí^amos. 
Es de piedra sillería y per- 
tenece á la arquitectura do- 
méstica de fines del siglo .xv, 
de la que hay en Orio 
ejemplares curiosos. Según 
Saavedra ( i ) , los muros 
laterales que van volantlo 
de piso á piso , eran de 
mucho uso en el norte tic 
Francia á fines de la lúhd 
media. Por una hermosa 
escalera exterior se 
penetraba en el pri- 
mer piso: en el alto 
debió habenin mag- 
nífico balconaje co- 
rrido en toda la fa- 
chada, y para sos 




374 



GUIPÚZCOA 



taban por los costados, resultando de esta combinación un mi- 
rador del más bello aspecto. 

En Fuenterrabía, la casa de Echeveste, que también repro- 
ducimos, es otro ejemplar notable, aunque no tan bello como 
el de Zarauz ; pudiendo decir lo mismo de algunas casas en , 
Tolosa, Azpeitia, Deva, Mondragón, Vergara y otras poblacio- 
nes; recordando dos de Vergara, la de Ozaeta y la de Gaceiria, I 
á los señores de estos antiguos solares, jefe cada uno de losj 



-."-í^ 



;?W¿^ 



FUENTERRABÍA. — ANTicfAS Murallas 



bandos que tanto daño hicieron á la villa y á la provincia por 
satisfacer sus personales odios y venganzas. J 

Fuenterrabía, como plaza fronteriza, tenía castillo y muros'' 
formidables; pero carecía aquél de carácter feudal. Encierra dos 
partes distintas; la fachada del Poniente que es de la época de 
Carlos V, y las construcciones sobre el Bidasoa que son ante- 
riores. La fachada del Poniente tiene en su centro una puerta con 
arco elíptico y cuatro aspilleras sobre las que se ven otras cua 



GUIPÚZCOA 



a75 



tro ventanas cuadriláteras con guardapolvos. Termina en una 
gran terraza, sobre la que hay tres troneras para piezas de ar- 
tillería, apoyándose dicha terraza en magníficos arcos de sille- 
ría. Es notable esta parte como construcción. De la ornamenta- 
ción interior no queda el menor vestigio. Muros ruinosos, restos 
de una elegante escalera, ojivas muy agudas de elegante traza- 
Jo y no muy cargadas de ornamentación, es lo único que se ve 
dentro del edificio. 



.•-^■x- 



_.. /»' •-■■, — :. ".. _V», .-"'."-i 



^'^é 



i'^mt^: 



\ 






FUENTURRABÍA.— Kestos dk las anticuas fortificaciones 



En los montones de ruinas del castillo y del recinto de la 
población, podrían descubrirse, desembarazándolos, los restos 
de las fortificaciones de Sancho el Fuerte ; permitiendo apreciar 
la gran importancia que tuvo y todo revela; pues además de lo 
mucho que Fuenterrabía ha figurado en los tiempos de que nos 
hemos ocupado, aún la veremos figurar en hechos de más alta 
prez y trascendencia. 

b Pasajes tuvo también su pequeña fortaleza destinada á de- 
fender la pintoresca y no muy ancha entrada de su puerto que 



«76 



GUIPÚZCOA 



se esconde entre dos elevadas montañas, como si las hubiera 
cortado de un tajo un gigante. La fortaleza se reduce á una 
torre no de gran consideración, de hada el tiempo de los Reyes 
Católicos. 

La inmediata Rentería posee una antigua casa particular, 
cuyas ventanas trilobadas ojivas en asterisco y una puerta 
adelantada con ménsulas , pertenecen á la última época del 
período ojival. Fué villa murada con cinco puertas, y las ca- 
sas torres de Laztelu, Morroncho, Urdinso, Orozco y ITranni, __ , 
con un baluarte cerca de la puerta que mira á Francia. Fr ■— ^ 
su mayor enemigo y el que en las frecuentes entradas enr-»T 
esta villa acabó con todos los vestigios que en ella quedaban-» ^o 
de su remota antigüedad; conociéndose sólo algunos del cas 
tillo de Bcloaga, situado en lo que ahora es término del valla 
de Oyarzun. 

Kn lo antiguo había astilleros en Rentería; en 1762 s» 
halló en el principio del muelle una escalera de piedra de i> 
gradas, y una argolla de fierro, como en los embarcaderos. Sr 
comercio marítimo era tan floreciente, que en los papeles de sr 
archivo se registran buques hasta de 800 toneladas y se cont^s=^:^a* 
han en los lugares de aquella frontera y contomos más de 200^^^1=3)0 
marineros. I loy impide el fango la llegada de buque alguno. 

Merece «-spccial mención el retablo principal de la iglesi. « ^^^ 
parroquial, todo de jaspes del monte Archipi, término del.í 
villa, cuyo retablo es obra de D. Ventura Rodríguez. 

Ni en Rentería ni en sus inmediaciones, aun cuando veciti-*" 
á la vía romana, si por ella no pasaba, ó algún ramal, y próxim; 
á la frontera y de importancia siempre el valle de Oyarzun e: 
el que se asienta, se han hallado apenas restos de conslruccic;:^*'^ 
nes romanas, que no son muy importantes los de que se tien « *™ 
alguna noticia; tampoco hay castilos feudales ni construccioner^^' ^ 
religiosas románicas ó bizantinas notables, ni en el resto de I ^ '■* 
provincia. Las construcciones ojivales debieron seguramente ses=*''' 
importadas por los ingleses que edificaron la catedral de Bayc^*** 



GUIPÚZCOA 



277 



na. Algunas casas particulares ensayaron el estilo gótico , pero 
tímidamente. En cambio, el renacimiento, y más tarde el chu- 
rriguerismo, han dejado huellas indelebles de su paso. 

Las iglesias ó más bien ermitas, que debieron elevarse en 
los siglos XIII al .\v, y se salvaron de la destructora gnjerra 
de los bandos, fueron destruidas por el orgullo de los arqui- 
tectos del renacimiento que hicieron tabla rasa del pasado, con 
muy raras exepciones. Vese en algimas iglesias conservada una 
puerta antigua, alguna pila para tomar agua bendita, algún 
capitel ; pero en cantidad insignificante para poder apreciar la 
importancia de la iglesia destruida y sobre cuyas paredes se han 
construido las que han llegado hasta nosotros. 

El descubrimiento de las Américas fué para los vasconga- 
dos un gran venero de riqueza, y aún lo es hoy mismo para 
algunos, si bien no tantos como anteriormente. Emigraban mu- 
chos, perecían ó no salían de la pobreza los más; pero los que 
ayudados por la suerte ó el ingenio, ó á fuerza de trabajo 
y economía juntaban un buen capital, regresaban á su pueblo, 
donde el deseo de mejorar la casa nativa, les hacía derribarla, 
así como la pobre ermita que á los ojos del indiano se presen- 
taba fea y miserable comparándola con las construcciones que 
había visto en las tierras que recorrió á su regreso; y eficaz- 
mente ayudado por los arquitectos del renacimiento, destruyó 
sin piedad todas las construcciones de algún valor histórico, 
para él de ninguna importancia por desconocerla (i). A estos 
indianos se deben hoy e.xcelentes edificios de escuelas, cemen- 
terios y otras obras modernas no menos útiles, que informan el 



^"'(t) León del Zureo, alcalde de Kcntcria, propuso en 2(y de Diciembre 1 6> 5 lo 
siguiente: «En este dia dijo el dicho alcalde que la villa de Tolosa, Universidad de 
Iruo y la villa de Hcrnani valiéndose de ta ocasión de tener en esta provincia á 
Bernabé Cordero, insigne arquitecto, han fabricado los altares de sus parroquias 

con admiración y así es conveniente valerse ele esta ocasión y que sacando dos 

trazas la una se remita ol general Martin de Zamalvide, dándole cuenta como las 
dichas villas y Universidad han conseguido el tener obras tan grandiosas mediante 
el fdvor y socorro que han tenido de sus hijos devotos y generosos que han teni- 
do en Indias, etc., etc.» 



progreso de los tiempos, y más se les debería á tener más pa- 
triotismo algunos de estos afortunados emigrantes de gran for- 
tuna y sin familia. 

Llama la atención de cuantos recorren las provincias vascas, 
que en las casas más humildes, en las caserías más insignifican- 
tes situadas en los más elevados cerros, se encuentren blasones 
esculpidos en las fachadas, y no recientes, sino de épocas remo- 
tas; observándose que en general dominan en sus cuarteles el 
lobo, el jabalí, el perro, la zorra, el buey, que pueden dar una 
idea de las costumbres primitivas. El león y el leopardo, las ca- 
bezas de moros, la media luna, las estrellas, la cruz, la grana- 
da, etc., tienen su origen en las cruzadas y en las luchas de 
Castilla y Aragón; no siendo tan comunes, ni viéndose aisladas 
sino acompañando á otros signos. 

Encerrado el vasco en sus montañas, no se mezclaba en los 
grandes acontecimientos europeos y no podían ejercer en él in- 
fluencia las modificaciones aristocráticas. Cada valle era, y es 
hoy en parte, una especie de confederación : adoptaba un signo 
que luego grabó en la casa consistorial y á él se añadían los 
que los reyes autorizaban á poner. Orgulloso el vascongado de = 
pertenecer al valle que le vio nacer, que le defendía con heroís- — 
mo y le amaba con pasión, tomó por signo las plantas que en m' 
él crecían, los animales contra los que constantemente tenía que ^ 
luchar. Más tarde, los reyes de Navarra, de Aragón y de Cas - - 
tilla añadieron á esos signos primitivos otros tomados del bla - ■ 
son caballeresco de Europa para perpetuar los servicios presta- - - 
dos. Las familias vascas, en general, se contentaban con la -^ 
sencillez heráldica del primer blasón ; las de más riqueza é ^^ 
importancia, cuyos servicios podían ser mayores, ó las que se^^ 
unían por enlaces á casas castellanas, aragonesas ó navarras, •- - 
recargaron los blasones de cuarteles y multitud de detalles dr-"^ 
los que hacían ostentoso alarde. 

Inútil es, pues, buscar monumentos anteriores al siglo xv. — — 
Si alguno pudo quedar en San Sebastián de construcción poste — 



ñor cono las casas palacio de Mottara, Saa WMSm, dd conde 
ée Vlhlrirar y b de Balencegaí, pere da y ca 1S15, de cofo 
aóio se libró la parte de la calle de la Triaidad, haj del 
tjwmo de Agosto, pegada al mooBe de Urgdi^ ca ci qge 
eitS c3 foerte. De esta destrocdóo se salvan» d uumijute de 
San TeiflK>. y las parroquias de San Vioeoce y de Sama Ifarfa. 

El eooveBto de San Tdmo ó San Pedro Goodler. ttaiado 
por fray Martín de Santiago, de la rntsma orden . cía ob saa- 
taoso tcmfrfo acabado en 1551, siendo sos fandadores d secre- 
tario de Estado D. Alonso Idiáquez y sa mnier D * Ei^ndaiie 
Obzabal, en d enterrados ; sus arquitectos. B or toooia y 
■ola, vizcaínos: hoy sirve de parque y almaceaes, se baila 
lastimoso deterioro y sólo da idea de su andgno ^^pVnflor i 
de la* Cachadas dd patio, que aparte reprodoÓBos. obra 1 
rcfifl^oso Juan de Santesteban. 

En privílegtos de principios del siglo xi se habla ya de I 
pduroqoías de Santa María y de San Vicente; pero la 
ábn <k la actual fábrica es más moderna. La de San V 
data dfrl afto 1 507, y se debe á Migud de Santa Cday y Ja 
átt Crrutía, vecino de Alquiza. Se compone de tres naves < 
aMptítectura gótica: el retablo del altar mayor de gran ostent 
úém, con tres cuerpos de distintos órdenes, y d airoso atrio í 
t/)do ejecutado en 1 584 por Ambrosio Bengoechea y Juanes • 
fríarte. Kt apostolado y otras estatuas con varios rdieves q 
rqwesentan ios misterios de Cristo son de mérito, asi cohm) 
dorado y la medalla de las ánimas con Nuestra Sefloca 
cima. 

Al sur del templo se acusa el crucero por la mayor de^^' ""^ 
ción y por una rosa central que da luz al interior. Dos 
ventanas ojivales adornadas de toros y perfiles de la 
surmontadas de arquivoltos que se apo)'an en cabezas de qi— -*p- 
rubines, se abren á derecha é izquierda del crucero. En los ^Ji- 
gulos de los contrafuertes se ven dos capiteles represen tan t/o 
una cabeza de hombre colocada entre dos personajes dispuestos 



302 



GUIPÚZCOA 



horizontalmente que ponen sus manos delante de la boca de 
aquel. La portada, de la que estos capiteles hubieron de formar 
parte, ha desaparecido con la construcción de otra de mal gusto, 
de época muy reciente. Corre á mitad de la altura del muro y 
sólo en la parte sur una banda adornada de flores con grandes 
frutos. En el lado norte se observan piedras salientes en inten- 
to de continuar la construcción. Una pesada torre carga sobre 
este pórtico. La puerta de ingreso es de distinta época y de 
muy mal gusto. El interior responde también al estilo ojival de 
la decadencia, viéndose en muchas de sus partes el renacimien- 
to. Los altares están empotrados en los contrafuertes y los hay 
de todas clases y estilos. 

Puede observarse que debió durar mucho tiempo la cons- 
trucción de este templo, pues las bóvedas que cierran la iglesia 
acusan ya una época más avanzada que las demás partes -^^ 

que hemos examinado. Apenas tiene esta iglesia cimientos. Fun 

dada sobre arena, demuestra la conñanza que en hacerlo así^si 
tenían los arquitectos de aquella época; confianza que por tra— -Mr 
dición se ha transmitido sin duda á los de nuestros días en~v^ ;fl 
aquella ciudad cimentada toda del mismo modo. 

Pedro de Zaldua, natural de Asteasu, uno de los arquitectos ^33 
de más fama de la provincia á principios del siglo xvii, trazó )^ y 
dirigió en 1 604 el pulpito de piedra negra con balaustres d» Más, 
mármol trabajado en Lisboa para la iglesia de Santa María; ^ 
á él se debe también la portada principal que tenía aquel te 
pío, que ya no existe por haberse construido otro mayor qu' «:-«ic 
el antiguo, en el mismo sitio (i). 

Lazardi y Salazar trazaron y construyeron en i 743 la actuas^^ '^J 
iglesia de Santa María; los retablos mayor y laterales son áM -^c 
Villanueva, y los de la Soledad y Nuestra Seftora del Socon — ^wo 



(1} Zaldua construyó también el palacio de D. Juan Maocisidor, secretario 1 
guerra de F'clipc til en Flandcs : le mandil edificar al estilo flanienco, junto i Z 
rau/, en un prtido inmediato ul convento de San Francisco, ¿i lo hubiera acabad 
sería una de las obras más celebrados de Guipúzcoa. 



284 



CUIPUZCOA 



del famoso Rodríguez. Ibero acabó en 1764 la iglesia, que 
consta de 3 naves (i). 

Todas las partes de la iglesia de Santa María pertenecen á 
aquella época churrigueresca, cuyo género lo invadía todo; pues 
Gracián en la prosa, Góngora en la poesía, Rizi en la pintura, 
el mismo Jordán, seguían aquellas corrientes amenazadoras; sin 
que por esto dejemos de reconocer en la mayor parte de las 
obras de aquel tiempo y en todos los géneros, imaginación 
fecunda y gran talento, siquiera se extraviaran con frecuencia. 
Y tiene razón el ilustrado arquitecto de Guipúzcoa Sr. Goicoa, 
al que tan preciosos datos debemos ; al arquitecto no debe juz- 
gársele sólo como ornamentista, hay que estudiar el conjunte 
de sus obras, la disposición de sus trazas y el repartimientcc: 
interior, para lo cual son necesarias grandes dotes que adorna 
ron en alto grado á Churriguera. Así, en la disposición genera 
de los cornisamentos de la iglesia que nos ocupa, hay una puré: 
za de líneas que no se ven generalmente en las obras de lo 
discípulos de Churriguera, como salta á la vista comparand- 
los altares que hemos citado con el resto del templo. Y es qi 
Lizardi y Salazar, si bien influidos por el gusto dominante, si 
pieron sustraerse á los delirios de los churrigueristas, qu 
derrocharon caudales para dar lama á sus fantasías, entre Is 
que merece especial mención el famoso transparente de Tolec 



(i> Había nacido lberocnAzpcitia.cn i 72^, y sin salir de Guipúzcoa api — 
dio con su padre tu arquitectura, ayudándole en la construcción del colegio 
jesuítas de :3an Ignacio de L.oyola. Trabrijó con el en la monstruosa turre de EliC3 
bar, y editicó la casa Ayuntamiento y dos posadas en esta villa, dos claustf ímt 
los lados de la iglesia. Construyó la graciosa fachada de la parroquia de San Se Yn 
tián de Azpeitia, a satisfacción de Ventura Rodríguez. (Son seguramente de Ib '«c 
que seguía aún las huellas de Churriguera, la portada de la iglesid y el ábsida 
altar mayor, de un gusto pervertido.) Los oltarcs del Consulado y su inmccS 1 
son de Tomás Jaüregui, otro continuador de Churriguera (a\. Churriguera se ^^r~ 
muy superior, y hay en sus trazas gran imaginación y un dibujo preciso. ^ 
obras son en general muy superiores á las de sus disclpulosy continuadores. <2 < 
extremaron la ornamentación, bl bueno ó mal gusto camina en todas los cos«* < 
un mismo paso. 

I deben á Jáuref ni otro* muchúimM reublo* <!« la provincU de Gy 



a86 



GUIPÚZCOA 



admiración todavía de los bobalicones. Y fué una época en la que 
se construyeron muchas obras en España ; así es que por todas 
partes se encuentran ejemplos del mal gusto entonces predo- 
minante, y que debía morir gracias al renacimiento que se inició 
en las artes con la construcción del real palacio de Madrid y la 
venida de arquitectos extranjeros para dirigirlo, por más que 
hubiera entre nosotros eminencias capaces de hacerlo. 

La corrupción en el arte arquitectónico se debió también á 
influencias exóticas; que no es justo atribuirlo sólo á Churri- 
guera, cuyo antecesor fué Berromino, como parece querer indi- 
car la palabra churriguerismo, aplicada á todo aquello que 
está ejecutado sin orden ni concierto, cual si hubiese sido su in- 
ventor. 

Consignadas las anteriores observaciones, por creerlas per- 
tinentes y muy á propósito al tratarse de la arquitectura de 
Guipúzcoa, terminaremos manifestando que son de gran valen- 
tía los arcos de la iglesia de Santa María que unen entre sí los 
pilares del centro. Son estos octógonos, adornados de cuatro 
capiteles corintios, perfilándose en la cornisa todas las líneas 
inferiores. Cuatro estatuas de Evangelistas completan la deco- 
ración de estos pilares. Todo acusa la intención de terminar con 
una cúpula y cuerpo de luces en esta parte central, que se halla 
cubierta por un casquete esférico apoyado en una cornisa muy 
decorada. 

El coro ocupa todo el ancho de la iglesia; el arco central 
es muy elegante, muy rebajado. El total del templo presenta 
un conjunto armonioso y bello. Su órgano, moderno, es uno de 
los de más mérito de España, y si no es superior, no le excede el 
de la Magdalena de París y el de San Francisco el Grande en 
Madrid. 

Domingo de Estala y Juan de Alzolaraz, construyeron la 
puerta de tierra de la fortaleza de San Sebastián, en la que se 
colocó en 1 5 7 7 un magnífico escudo de armas reales trabajado por 
el arquitecto Pedro Picart, destruido por los franceses en la gue- 



\ 



288 GUIPÚZCOA 

trabajado en tiempo del emperador Carlos V. D. Juan Acufia, 
capitán general de Guipúzcoa, trazó en 1567 el rebellín situado 
junto al postigo de San Nicolás, y otros ingenieros dirigieron 
los baluartes y demás obras exteriores que se construyeron en 
los reinados de Felipe III, Felipe IV, Carlos II y Felipe V. 

Se dice que Hércules Torels ó Torrelli, ingeniero y arqui- 
tecto militar, trazó y dirigió la construcción del castillo de la 
Mota. Habrá sido alguna parte de él, porque es del tiempo de 
Carlos V, y sobre otro más antiguo que mandó levantar Don 
Sancho el Fuerte de Navarra, y porque en este mismo reinado 
de Carlos II el arquitecto ingeniero D. Diego Luís Arias cons- 
truyó almacenes, cisternas y otras piezas subterráneas. Lo qu* * 
es indudable, es que Torrelli trabajó en el castillo hasta ^^ 
año 1 694, que pasó á reconocer las plazas de la costa de And^^ 
lucía y África. 

Hoy es este castillo casi inútil, como se vio en la últinn^^* 
guerra civil, que no evitó el bombardeo de la ciudad, com ^^° 
tampoco le impidió en 1835. Pueden dominarse sus fuegos pe^^ -^ 
fectamente desde los montes Igueldo y Ulia, y desde las altura-^^^ 
de San Bartolomé ; para la defensa del puerto y de la parte d ^^^ 
la Zurrióla, es deficiente; así que en caso de guerra sería má-^^* 
perjudicial que útil para el vecindario, que há tiempo está pidier ^' 
do su desaparición para dar más conveniente destino á tod 2 
aquella montaña, desde la que se disfrutan encantadoras vista^^. 
de las que suele estar privado el público por la rígida cuantr ^^ 
absurda suspicacia militar. 

Si es de lamentar que no podamos registrar muchas obr^»-s 
antiguas, eslo también que el Tratadillo de los célebres arqc» *~ 
tectos de Guipúzcoa escrito por el Dr. Isasti, no se imprimieK'^ 
ni el manuscrito parezca. Se opuso á que se diera á la estamf^^^ 
la diputación de aquel tiempo y el censor Gil González Dávil.^-» 
cronista del rey, que tenía en más las muchas sandeces y far»^- 
tismo de sus obras, que las noticias que pudiera dar el ¡lustra«3o 
Isasti. 



29o 



GUIPÚZCOA 



II 



El santuario de Nuestra Señora de Iciar, jurisdicción 
Deva, es uno de los más venerados de la provincia. Situad 
en una eminencia, desde la que se descubre una gran extensi¿ 



Vista dk Iciar 



del Océano, no sólo la invocan en sus peligros los marinos pr<^ 
ximos á naufragar á la vista de aquella imagen, sino los que cj^ 
lejanos mares le son devotos y esperan por su intercesión 
vida. Así hacen á la Virgen tantas ofertas, religiosamente cu» 
plidas; y son de ver las conmovedoras procesiones de marine 
ros que acuden fervorosos y agradecidos á poner á las plant 
de la sagrada imagen las ofrendas de su piedad, siendo de ad- 
mirar que aquellos hombres de piel curtida, de feroz aspecto, 
que parecen haber desechado ó no haber abrigado jamás en su 



corazón el menor sentimiento de ternura, por su costumbre de 
luchar con los elementos en su mayor impetuosidad más, ó 
tanto como para defender la vida, para salvar su buque, derra- 
man abundantes lágrimas al postrarse de hinojos ante la Vir- 
gen de Iciar. 

Cuenta la tradición que esta milagrosa imagen, que se ve- 
nera en el altar mayor de la parroquia bajo la advocación de 
Santa María, se apareció á una doncellita de Iciar. Se tienen 
noticias de su existencia á principios del siglo xi, y hay documen- 
tos posteriores que áella se refieren. Más antiguo Iciar que Deva, 
pues ésta villa se fundó, como hemos visto, en el término de 
aquél, y siendo éste algo dilatado, los pobladores de ambos pue- 
blos rendían culto á la milagrosa imagen (i) que ha sido objeto 
de una gran peregrinación en 1884. 

El templo es muy capaz, de una sola nave, de buena arqui 
lectura y sólida construcción. La sacristía con su media naranja, 
y el camarín de Nuestra Señora son obras dignas de mención y 
de ser visitadas. 

Lo es asimismo la iglesia parroquial de Deva, por su ele- 
gante claustro, en cuyo patio estaba el cementerio, y el pórtico 
de entrada al templo, de arcos ojivales de buen gusto con san- 
tos, figuras y adornos, todo de piedra y resguardado en gran 
parte de la intemperie por el grande atrio ó portalón que le 
cubre. Se ha contado que este gran templo se costeó con el 
producto de algunos maravedises por cada arroba de lana de 
la que se embarcaba en el puerto de Deva, al que acudían, por 
más próximo, todas las lanas de la Rioja y Castilla, hasta que 
el camino que por la Peña de Ordufia se abrió á Bilbao, llevó á 
esta villa tan productivo comercio. 

La ermita del Cristo de Lezo, la de Nuestra Sei\ora de 
Guadalupe en Fuenterrabía, cuya basílica fué construida en 1 63 



( I ) Existe uoa Historia déla Virgen de Iciar, por D. Pkdro Josh ce Au>AZAnAL_ 
T MuRCuiA, publicada en Pamplona en 1 767. 




santos que hay en Guipúzcoa, sólo tienen de notables la vene- 
ración que el pueblo les profesa y lo bullicioso de sus concurri- 
das romerías; si bien en ninguna hay festejos tan originales 
como en Fuenterrabfa el 8 de Setiembre de cada año, en cuya 



DEVA. — Portada de la Iglesia 



294 



GUIPÚZCOA 



ñesta de la Natividad de la Virgen, se conmemora el triunfo 
obtenido contra los tenaces sitiadores de la ciudad, parodiando 
sencilla y teatral mente un alarde militar, en el que no faltan 
repetidas descargas de fusilería por los entusiastas titiribitis, 
que así llaman á los protagonistas de la ñesta. 

Otro de los santuarios, más célebres en lo antiguo que con- 
currido en el día, es el de Nuestra Señora de Aranzazu, situado 
en una de las estribaciones de los Pirineos, alta sierra que sepa- 
ra á Guipúzcoa de Navarra y de Álava, dirigiéndose desde el 
puerto de San Adrián, de oriente á occidente. En una de sus pro- 
longaciones, en la alta de Aiztgorri, cuyas aguas van á ambos 
mares, ya mediado el siglo xv, se apareció en un espino la: Virgen 
que aún se venera con el nombre de Aranzazu, que quiere decir 
^Vos en el espino? que parece fueron las palabras que al des- 
cubrirla pronunció el pastorcillo Rodrigo Balzátegui. Comunicó 
éste al día siguiente á la vecina Oñate su hallazgo, esforzándose 
para que le creyeran, cuando casualmente se efectuaba proce- 
sión de rogativas para que cesara la pertinaz sequía de dos años 
que arruinaba al país, la cual, según Iturriza, fué enviada por Dios 
para castigar la obstinación de los bandos contendientes, se apa- 
ciguasen, « abrieran los ojos y pidiesen misericordia de tantos 
delitos cometidos en más de 40 años de continua discordia,» 
después de haberla profetizado San Vicente Ferrer que anduvo 
predicando en la provincia. Acordaron al fin ir los más robustos 
del clero y del pueblo por ser largo y áspero el camino, lleno 
de barrancos y despeñaderos, y al llegar al sitio donde está la 
aparecida imagen la rindieron fervoroso culto, cubriéndola des- 
pués con ramas, tablas y otras cosas que al intento llevaban. 
Con esta visita á la Virgen coincidió comenzarse á nublar el cie- 
lo, y al regresar los peregrinos á Oñate con la fausta nueva de la 
verdad de la aparición de la Virgen, comenzó abundante y ferti* 
lizadora lluvia á enloquecer á todos de alegría, pues ya comen- 
zaban á experimentar la milagrosa intercesión de aquella Señora 
en favor del país. 



296 



GUIPÚZCOA 



Nada más natural que el agradecimiento de los devotos oña- 
tenses ; por lo que acordaron trasladar la Virgen á la parroquial 
de San Miguel ó á alguna de las 32 ermitas que habfa dentro 
de la jurisdicción de la villa; así lo hicieron; pero la imagen se 
volvió al espino; y comprendiendo los hijos de Oñate que no 
quería la Virgen recibir homenajes en la villa, determinaron 
construir una iglesia en el pequeño llano que se extiende desde 
Arrieruz hasta Guesalza. Acopiáronse materiales; mas al comen- 
zar la obra se encontraron los operarios con que aquellos, así 
como la imagen, habían desaparecido, trasladándose todo al lu- 
gar de la aparición. Decidióse edificar una ermita, no precisa- 
mente en aquel lugar, por las dificultades que presentaba el 
terreno, sino en otro muy próximo, el que ocupa hoy la Capilla 
del Santo Cristo: se colocó la Virgen provisionalmente en una 
capilla de madera ; desapareció otra vez, y no se insistió más 
en separarse del espino. 

Erigióse primero una pequeña capilla, después proyectaron 
los frailes mercenarios establecerse en aquellas asperezas, y co- 
menzaron á fabricar un convento ; pero arredrados por el frío y 
rudeza del sitio, abandonaron la obra, que la continuaron los 
franciscanos, los cuales, ó sea los moradores de esta casa, no 
queriendo aceptar la reforma de la Orden y reducirse á su pri- 
mitivo instituto, abrazaron el de la Orden de predicadores, que 
ocuparon el monasterio. Disputáronles su posesión los francisca 
nos, y después de haber intentado las vías de hecho, y aun el 
rigor de las armas, obtuvieron los dominicos en los tribunales 
de justicia ejecutorias de pertenencia. 

A los treinta y ocho años de su establecimiento, en 1552, se 
quemó el convento, quedando la iglesia intacta, pereciendo casi 
todos los documentos de su archivo ; le reedificó la caridad pú 
blica; volvió á quemarse en 1622; y con las limosnas que se 
fueron reuniendo se construyó el actual Santuario sobre un ba- 
rranco profundísimo, formado de duras rocas, apoyando la obra 
en tres gigantescas puntas ó peñascos que, caprichosamente co- 



GUIPÚZCOA 



297 



locados por la naturaleza, le ofrecían tan difícil como inusitada 
base, pareciendo colgado en un barranco. Nada más grandioso 
é imponente que la naturaleza que rodea al edificio. 

En creciente progreso, se hizo casa de estudios, contando á 
principios de este siglo más de sesenta y un profesos, varios 
criados, una sindica y cinco criadas; llegó á poseer grandes rique- 
zas en alhajas ofrecidas á la Virgen, albergando además el tem- 
plo algunas preciosidades artísticas, obras de Gregorio Hernán- 
dez y una Concepción de Murillo : los franceses expulsaron á 
los religiosos en 1809; en 1822 fué saqueado é incendiado el 
convento ; se reedificó después ; nuevamente se incendió de or- 
den de Rodil en 1834, disolviendo la comunidad, simpática á los 
carlistas. Reedificado el templo en 1846, volvió á él la Santa 
Imagen conducida en ostentosa procesión; se autorizó en 1878 
la fundación de una comunidad de franciscanos que viviera con 
arreglo á su instituto sin gravamen alguno para el Estado ni 
para los municipios; se efectuó al año siguiente una concurrida 
peregrinación, y hoy sólo es el Santuario de Nuestra Señora de 
Aranzazu objeto de devoción para peregrinos y de curiosidad 
para turistas. 



III 



Álos anteriores Santuarios sobrepujó bajo todos conceptos 
el templo erigido al fundador de la Compañía de Jesús. 

Entre las villas de Azcoitia y de Azpeitia, en uno de los más 
encantadores valles de Guipúzcoa, fertilizado por el río Urola, 
se comenzó á levantar en el siglo xvii por el arquitecto Fontana 
el celebrado Santuario de Loyola, con la expresa condición al 
cederse para él el terreno, de que no se demoliera pared alguna 
de la casa solar en que nació San Ignacio de Loyola. Así forma 

parte integrante de tan famoso edificio la llamada Casa Sania, 

36 



'^ 



300 GUIPÚZCOA 



De este dormitorio se pasa á una pieza destinada á sacristía, 
que contiene, entre otras cosas notables, dos trozos de mármol 
de extraordinario mérito. Junto á la alcoba está el oratorio, que 
tanto excita la piedad de los fíeles, especialmente la imagen del 
Santo, en cuyo pecho ostenta uno de los huesos extraídos de su 
cuerpo mortal. En aquel oratorio, de forma cuadrangular, dice 
la tradición que tuvo el Santo la visión de San Pedro al regfre- 
sar del cerco de Pamplona ; y allí el arte ha transmitido por me- 
dio de la pintura, diferentes milagros, y una conferencia con San 
Francisco de Borja, que también abandonó las grandezas del 
mundo para militar en la Compañía de Jesús. 

Sobre la puerta morisca hay esta inscripción : 

Casa solar de Loyola 
Aquí nació S. Ignacio en 1491 
Aquí, visitado por S. Pedro y la Santísima Virgen, 
Se entregó á Dios en 152 1. 

Encima de esta lápida están las armas representando una 
caldera colgada de unas llaves en campo de plata y á cada lado 
un lobo empinado agarrando el borde y las asas. 

Una gran tranca que se conserva detrás de la puerta, se 
muestra al público como la antigua, con la cual, en tiempo del 
Santo, se cerraba por dentro. Tiene aspecto de antigüedad, y 
está desgastada por las muchas astillas arrancadas de ella. 

Fundadora del Santuario la reina D.' María Ana de Austria, 
viuda de Felipe IV, había comenzado por obtener (1682) de los 
marqueses de Alcañices y de Oropesa, dueños de la antigua 
torre de la casa de Loyola, la cediesen, para cederla á su vez y 
el santuario á los jesuítas á fin de que situaran en aquel sitio 
el colegio; pidió á D. Carlos II, su hijo, le incorporase en el pa- 
tronato real con los mismos privilegios que gozaba el monaste- 
rio del Escorial y los conventos de las Descalzas y de la Encar- 
nación de Madrid, á lo que accedió tan piadoso monarca, y dueña 
la Compañía de Jesús de la casa de Loyola, se encargó de 



levantar el suntuoso edificio denominado exageradamente la ma- 
ravilla de Guipúzcoa. 

k Su bella escalinata y hermosa cúpula, llaman seguramente 

la atención del viajero. 

La planta del edificio es un paralelógramo rectángulo, con 
dos resaltos, figurando todo una águila levantando el vuelo: su 
cuerpo es la iglesia, el pico la portada, las alas la casa santa y 
el colegio, y la cola varias oficinas. 

L La fachada principal tiene 524 pies; lo mismo la opuesta, 
y las de los costados 210 cada una; siendo la área total de 
unos I 22,000. 

Sobre la majestuosa escalinata, de tres ramales, con balaus- 
tradas de piedras con leones y otros ornamentos, se alza la por- 
tada, pesada, de figura convexa, constando de un cuerpo con 
tres arcos de medio punto; sirve de entrada al de enfrente, ador- 
nado con cuatro medias columnas, con pilastras en las dos res- 
tantes, terminando todo con un frontispicio triangular, sin gallar- 
día, un escudo de armas en medio y balaustradas por ambos 
lados. Lo más notable de este pórtico son los exquisitos már- 
moles con que está fabricado: le decoran cuatro estatuas; y es 
unánime la opinión de la falta de buen gusto ; además de que su 
forma semi-circular no es la más á propósito para el mejor efec- 

_to de tan rico vestíbulo. 

P Por la puerta de en medio (por no dejarla quizá sola hay 
otras pequeñas con frontones triangulares), y entre dos colum- 
nas salomónicas, se entra en la iglesia, que es una rotonda de 
131 pies de diámetro, sosteniendo su cúpula ocho grandes pila- 
res que forman una galería circular. 

El decorado interior es de tan mal gusto como el exterior. 
l1 retablo mayor que pudo ser una excelente obra de arte, y en 
el que se emplearon los más ricos mármoles, no tiene más de 
notable que su empleo en embutidos y mosaicos del peor gusto. 
Compone su mezquino cuerpo dos columnas espirales con una 
imagen de San Ignacio, que ha sustituido á una de plata rega- 



3oa 



GUIPÚZCOA 



lada por la compañía de Caracas, y que hoy conserva, para ma- , 
yor seguridad, la villa de Azpeitia. ^H 

Dos altares laterales, consagrado el uno á Nuestra Señora | 
del Patrocinio, y á San Francisco Javier el otro, buenas imáge I 
nes talladas y bien colocadas en nichos con guarniciones y otros 
adornos en talla y dorado, resaltan á su vez y hacen resaltar 
los mármoles del retablo, perfectamente ligados sus colores y 
clases, sobresaliendo las columnas brillantes de una pieza con 
las bases y capiteles de mármol blanco. La mesa de altar está 
sostenida por una urna hecha con dos piedras ricas; y corona el 
altar un cascarón ó cuarto de esfera cóncavo, adornado de floro- 
nes, ángeles, rayos de luz y atributos peculiares á la imagen. 

Lo mayor parte de los demás altares están sin concluir. 

Ocho pequeñas puertas comunican la iglesia con el colegio, 
con la casa santa y las dos sacristías; y hay, sobre aquellas, otras 
tantas tribunas, no del mejor efecto. 

La cúpula, toda de piedra, de 75 pies de diámetro, fué ce- 
rrada, á pesar de los que opinaban la imposibilidad de hacerlo, 
por D. Ignacio de Ibero, que habría realzado su gloria, si en 
otras partes de la fábrica no se hubiera dejado llevar del mal 
gusto de la época. Ocho ventanas dan luces al grandioso cimbo- 
rio, cuya linterna remata á 200 pies de elevación; ostentando en 
el cascarón mantos, coronas y obeliscos pareados. 

La solidez de la obra, la riqueza de los materiales en ella 
empleados, el pavimento de mármoles de diversos colores, la 
forma del edificio, el aspecto de triste severidad que le da lo 
oscuro de sus mármoles, y no pocos detalles verdaderamente 
hermosos, revisten todo cierta magnificencia y grandiosidad, que 
sostienen justamente la fama de aquel santuario, tanto más no- 
table cuanto que no hay en estas provincias templos de extraor- 
dinario mérito. Sin terminarse una de las alas del edificio, deS' 
luce el conjunto de toda la obra; pero ahora se han reunido 
fondos para terminarla, y se está terminando. 

Casi todos los mármoles empleados son de la provincia. 






A. 









^.^ 



^(¿'■^<' 



k 






CAPITULO IX 

Viajes regios. — Armamentos.— Nuevas armas. 
D. Felipe IV en San Sebastián 



ñ 






I 



FECTUADA la paz de Cambray, 
concertóse la entrevista de Doña 
Catalina, reina de Inglaterra, con su 
hija Doña Isabel que lo era de España; 
cuya señora acompañada de los du- 
ques de Alba, Infantado y Osuna, del 
cardenal de Burgos y otros persona- 
jes, salió de Madrid (1565) entró en 
Guipúzcoa por Alsasua, recibióla la 
diputación en la jurisdicción de Segu- 
ra (i); confesó y comulgó en la pa- 
rroquia de esta villa por ser la Pascua 



(1) Acompañados de mucha gente en traje y orden de guerra, estaban los di- 
putados vestidos con capotes tudescos de terciopelo negro guarnecidos con Tran- 



104 



GUIPÚZCOA 



del Espíritu Santo, diciendo la misa de pontifical el obispo de 
Pamplona; siguió á Villafranca, donde se hallaba congpregada la 
junta general de Guipúzcoa, se repitió el besamanos, al que 
asistieron los procuradores y alcaldes de todas las villas de la 
provincia, y por Tortosa y Hemani se dirigió á San Sebastián, 
acompañada yi. del duque de Orleans y muchos caballeros fran- 
(i). Marchó la reina el 13 de Junio á Renteria (2), con- 



ceses 



tiouó por 0\-arzun á Irún donde pernoctó, y al día siguiente 
abrasó en Francia á su madre y á su hermano el re)' Carlos IX, 
quienes con los cardenales y obispos que les acompañaban hi- 
cieroo á la reina española suntiioso redbñniento. Regresó Doña 
Isabel el 3 de julio del mismo año, atravesando el Bidasoa en 
una magnífica embarcadóa, destinada al efecto por Guipúzcoa, 
acompañándola hasta Irún su madre y el delfín de Francia. 
procedieodo de la misma noanera la d^tacióo al día siguiente 
con la reina de h^ U t aia al re gr e sa r ¿sia á Francia por que 
darse OOQ la de Rspafta d ddfin: Tohrieraa por Rentería á San 
SdMistsia, donde durante su breve esiancia paseó la reina por 
mar con sus daoaas. En Tolosa deseó tct fonciooar una ferrería, 
k) cual p r e se n c ia en la de Yarza. En VÜafiranca se despidió la 
jvttta de procnradores de la p rovida. en Segura, el delfín, y al 
pbar Navarra, la dápatadóa gnipsacoana. 

SirTÍ6 C u i p áxco a i Fcfipe II ctm sence de mar y tierra para 
bs gnerims de k» PlssesBajos y IVirt^gia]; se presentaron 



«579.* 



pein 



X retirará los 
Xlapuen^ 



qoede 



■nevo asi 



piraban 



d reinado de Fdi 
(|oe la djpuudáo 



I y priorfP* 






\« 



t4cUi 



I 



mandó se efectuaran en todas las villas y lugares (1600 -1609), 
y que «hicieren lista y muestra de armas de las que tienen los 
vecinos de V. S. y á los que no las tuvieren siendo de edad 
de 18 años hasta 70, compelan y apremien á que las tengan á 
su costa ayudándoles para que se las den de los almacenes 
de S. M. por su dinero (i).» 

^ No era esto difícil, porque la industria armera estaba muy 
desarrollada en Guipúzcoa. En el mismo San Sebastián había 
por entonces fábricas de armas de fuego y blancas de todas cla- 
ses, de armaduras, morriones, rodelas, etc., etc., y en 1574, 
Juan Pérez Ercilla inventó en aquella población un cañón de 
hierro de 926 libras, que disparaba con 3 i de pólvora una bala 
de 33 libras á enorme distancia; y Andrés Lloydi, célebre maes- 
o de armas, trabajó para Felipe III en San Sebastián cinco 
arcabuces ochavados de cinco tiros cada uno, con sólo un 
fuego. 

Concertados los desposorios del príncipe de Asturias, luego 
Felipe IV, aun cuando sólo tenía cinco años, con D.* Isabel de 
Borbón , hija del rey de Francia Enrique IV, y de su mujer 
Doña María de Médicis, y á la vez el matrimonio de la infanta 
Doña Ana con Luís XIII, se ajustaron ambos enlaces por pode- 
res, en Burgos y en Burdeos (16 15) y se dispuso la entrega de 
ambas señoras ten el Bidasoa y paso de Behovia cerca de Irún.» 
Al efecto escribió el rey á la provincia reparase los caminos 
para que pudieran pasar los coches y carros ; mas ya se había 
anticipado Guipúzcoa á disponer lo necesario para el espléndido 
recibimiento de la regia comitiva, que, seg^n el itinerario que 
tenemos á la vista, saldría de Burgos, y pernoctaría en los si- 
guientes pueblos; Quíntanapalla, Bribiesca, Pancorbo, Miranda, 
Vitoria, Salinas, Oñate, Villafranca, Tolosa, Hernani é Irún (2). 



(O Son curiosas las instrucciones que respecto á municiones y demás, dio U 
putación en las juntas celebradas en Villafranca en Abril y Mayo de 1610. 
(3) Además de remitir el rey este itinerario escribió i la provincia excitando 
celo, y encargando y mandando que «siguiendo vuestra antigua costumbre 



3o6 



GUIPÚZCOA 



Recomendóse que presentara Guipúzcoa 4000 hombres, 
«siendo gente bien vestida con sus plumas, y cadenas de oro, ó 
bandas rojas, espadas, dagas y arcabuces, y siendo posible no 
usando de vestidos negros sino es de mezcla. > Celosa la provin- 
cia por el mejor cumplimiento presentó 4,443 hombres, ftodos 
ellos armados de espadas, dagas, arcabuces, mosquetes, picas, 
coseletes, y adornados con vestidos y bandas lucidos y brillantes. » 

A su virtud , desistió el rey de llevar ninguna gente de 
armas, muy satisfecho de lo prevenido por Guipúzcoa, en cuyo 
territorio penetró el 30 de Octubre, jinete en hermoso alazán, 
habiendo abandonado su carroza á pesar de la lluvia; y la reina 
con la duquesa de Medina de Rioseco en una litera. Recibió 
á SS. MM. el duque de Ciudad Real, virrey de Navarra y ca- 
pitán general de la gente de guerra de Guipúzcoa, la comisión 
de diputados y «más de 1500 soldados provincianos, gente lu- 
cidísima y bien industriada toda en el arte militar de los quales 
formó S. E. un muy bien ordenado esquadron, en cuya van- 
guardia en el cuerno derecho puso la compañía de la villa de 
Vergara por ser muy numerosa en gente y de muy gallardos y 
bizarros soldados y muy bien disciplinados todos en las salvas 
reales que hicieron en presencia de Sus Magestades de que los 
Reyes recivieron muy grande contentamiento y hicieron de ello 
demostración dando S. M. con favorecidas palabras las gracias 
de todo al Duque de Ciudad Real atribuyendo á su buena industria 
la destreza de los soldados y respondiendo el Duque muy eo 
favor de todos ellos y honrándolos como buen capitán (i).« 



luego que recibáis este despacho prevengáis y pongáis á punto de guerra la gen- 
te de esa provincia en el mayor número que pudicrcdes, y armada, vestida y 
puesta en buena orden para en cualquier suceso la encaminéis para que se arrime 
á la frontera de Francia por la parte de esa provincia halldndose en aquel puesto 
para asistir i las entregas al tiempo que os señalare y del amor y celo con que 
acudís á lo que se os encarga de mi servicio espero que en esta ocasión os avcn- 
tajareis li las pasadas y qgc la gente saldrá con lucimiento y prevención que pide 
el caso, pues aviendo de ser d vista de tantas naciones como han de concurrir 
conviene que os señaléis...» 

(1) Relación verdidera de lo sucedido en I» /arn»áa d» las entrega*, ñc, cU., 
por Fr. TomAs DE Lasarte: m. 8. ' 



GUIHUZCOA 



307 



Era de ver el magnífico espectáculo que todo representaba, 
y lo mucho que alegraba el gran ruido de chirimías, trompetas, 
clarines, cajas y pífanos, al que acompañaba el estampido de 
las repetidas descargas de arcabuces y mosquetes. El coronel 
dejó la pica, se acercó con los tres diputados al rey, quien le 
echó los brazos ; se saludó á SS. MM. con un breve discurso, 
contestado con palabras de favor y estimación ; alabó mucho el 
rey el marcial continente de la milicia guipuzcoana, haciéndole 
la guardia en Salinas la de Mondragón, donde al día siguiente 
vio el regio huésped forjar y barrenar un mosquete, expresan- 
do el capitán veedor de la fábrica de armas, que forjadas en ella 
tenía en la provincia ochenta mil. 

Por Oñate y Villareal, siguió la jornada á Villafranca donde 
vio labrar fierro en la herrería de agua del palacio de Yarza, 
continuando por Alegría, Tolosa y Hernani á San Sebastián, que 
recibió á la regia comitiva con salvas del castillo, plaza y navios 
que estaban en la Concha, y la milicia formada en los arenales, 
disparó la arcabucería y mosquetería, en cuanto divisaron 
á SS. MM. que bajaban de lo alto de San Bartolomé. 

Constituían el tren de la corte, 74 coches, 174 literas, 
190 carrozas, 548 carros, 2750 muías de silla, 128 acémilas 
con reposteros bordados, otras 256 acémilas, 1750 machos con 
cascabeles de plata, sumando el número de personas 6500. 

Visitó el rey los conventos y castillo y desde el Cubo del 
Ingente vio botar al agua un galeón de 600 toneladas, que le 
bautizaron con el nombre de Santa Ana. 

Al proseguir la regia comitiva á Fuenterrabía, en el embar- 
cadero de la Herrera había aprestada una pinaza bien esquifa- 
da con muchos remeros de librea, bien toldada para pasar 
á SS. MM. á Renteria; mas teniendo Renteria, en el mismo em- 
barcadero de la Herrera, un gran bajel, en forma de galera 
ricamente adornada con toldo de proa á cubierta y dos sillas 
en ella y cortinas corridas por los lados, para no estorbar la 
vista, cubierto el suelo de alfombras, el Alcalde de Corte 



3o8 GUIPÚZCOA 



de S. M. escogió esta embarcación por ser más firme, y se em- 
barcaron con ella SS. MM., su hija con el duque de Uceda, 
marqués de Velada y otros muchos titulados,- dueñas y damas 
de la reina: el resto del acompañamiento se embarcó en chalu- 
pas y otros barcos, yendo todos á la lengua del muelle de Ren- 
tería. 

Á pesar de la copiosa y constante lluvia, continuó la jomada, 
ya de noche, alumbrando el camino con muchas hachas ó teas de 
palo encendidas, llegando á Fuenterrabfa á las i o de la misma, 
en estado bien lastimoso. 

Despedido el rey tiernamente de su hija y después de haber 
visitado la muralla de la ciudad sin aguardar á las entregas que 
se hacían en virtud de los poderes, dio vuelta á Castilla á la 
ligera, alargando las jomadas; en Oñate visitó el monasterio de 
Vidaurrieta y el de Aranzazu, á pesar de lo mucho que llovió. 
El 1 3 de Noviembre salió de la provincia. 

La futura reina de Francia fué acompañada con gran sé- 
quito hasta el otro lado de Behovia, donde la recibieron con no 
menos ostentación los duques de Guisa, de Buf, de Nevers y la 
duquesa, la guardia tudesca, todos con grande ornato de vesti- 
dos pajes y libreas; pasando el Bidasoa en barcas. 




ftL 



V 



/i 



e¿ 



^£J. 



C-C 



fb 



-)' 



'^í 



CAPITULO X 

Conspiraciones. — Piratería Inglesa. — Segregaciones 
ISulpuzcoanos en Terranova y en Spitzberg. — Rivalidad de los ingleses 
Marina pesquera de San Sebastián 



I 



^^i en 1579 se fraguaban pequeñas conspiraciones en Francia 
^^ contra plazas españolas, y el conde de Gramont se aprestó 
á apoderarse de San Sebastián, conduciendo á los bearneses y 
á otros, contando con la infidelidad de un capitán español y 
algunos pocos soldados de Fuenterrabía, cuyo plan fracasó; 
años después (1592), como compensación al anterior proyecto, 
se fraguó en San Sebastián entre el gobernador de Fuenterra- 
bía y el médico de Bayona Blampignon, el de la entrega de esta 
ciudad á los españoles. Una flotilla de lanchas, bien tripuladas, 



^lO 



GUIPÚZCOA 



llevar/a gente á propósito para conseguir su intento durante la 
procesión de Natividad ; pero descubrió esta conspiración de la 
Liga el conde de Lahiliére, y tuvo peor desenlace que la ante- 
rior conjura, porque fueron ajusticiados los cómplices. 

No cesaban por esto las mutuas conspiraciones, pues en 
una carta de lo de Mayo de 1594 se denunció un proyecto de 
los franceses de apoderarse por sorpresa de San Sebastián, por 
lo que dice salieron de Burdeos dos navios con 600 hombres: 
también se frustró este plan. 

En el reinado de Felipe III, que si fué un santo varón mere- 
ce como rey el dictado de funesto, reinó la paz: la grandeza 
por la nación adquirida presagiaba un gran progreso en todos 
los ramos; la marina de Guipúzcoa necesitaba corresponder á 
su pasado; mas fué desgraciada: once buques con valioso car- 
gamento, dispuestos para Andalucía, se incendiaron en Pasajes 
por efecto de un descuido. Procuró rehacerse de tamaña pérdi- 
da, sin abandonar especialmente la productora pesca de la ba- 
llena, allí donde la hallase : un buque de San Sebastián volvió 
bien cargado de Groenlandia, á donde fué y hasta el 78 J° lati- 
tud N., por escasear aquel cetáceo en Terranova; alentó esto á 
salir I 2 embarcaciones de los puertos de Guipúzcoa para igual 
destino y pesca; pero los ingleses, á pesar de la paz y de las 
patentes de garantía que los buques llevaban, les despojaron 
de todos sus aparejos, causándoles considerables pérdidas, no 
indemnizadas. 

Golpes terribles eran éstos para la provincia, aunque no los 
únicos que la lastimaban, que daño, y grande, se hacía á sí mis- 
ma con intestinas discordias, causantes de la segregación de 
muchos pueblos que dependían en parte de Tolosa, Villafranca, 
Segura, etc., á los cuales se habían anexionado espontánea- 
mente á fines del siglo xiv, para tener entre todos más fuerza á 
menos costa. Se comprende la segregación de Irún de Fuente- 
rrabía, por la gran extensión de terreno que aquel tenía, por lo 
numeroso de su vecindario, por la tiranía que la ciudad ejercía. 



313 



GUIPÚZCOA 



pues no permitía á Irún construir casas de piedra, razón por la 
que en vano se buscan en este pueblo fronterizo edificios anti- 
guos; y por la multitud de razones alegadas en los eternos 
pleitos sostenidos por ambas poblaciones hasta que se separa- 
ron en 17Ó6; pero las anteriores segregaciones de que nos ocu- 
pamos, obedecían, en general, á móviles menos levantados 
patrióticos, no á los que obedecen hoy las anexiones que 
realizan. 



'Wttfefl^ 



? I 






íl 



¥f< 



PASAJES DE SAN JUAN. — Entuaoa del Puerto 



La marina de Guipúzcoa no podía abandonarse; en su pro- 
vecho se erigió la Torre de Pasajes (1621) en cuyo puerto se 
guarecieron en aquel invierno unos 60 navios balleneros. 

Los vascongados se habían adelantado hasta el Océano 
boreal, hasta Groenlandia y Spitzberg, enviando todos los aflos 
(Iotas de 50 á 60 naves. Evidencian el gran comercio de los 
g^ipuzcoanos en el N., la lonja nacional que establecieron con 
los demás vascongados en Bruselas, célebre emporio comercial 
en aquellos tiempos, mediados del siglo xiv, adelantándose á 



VA 



GUIPÚZCOA 



los irlandeses, escoceses, catalanes, ingleses, repúblicas anseáti- 
cas y venecianos, en la formación de sus factorías en aquella 
dudad comercial, centro de toda la correspondencia mercantil de 
los pueblos marítimos del norte y mediodía de Europa. Tam- 
bién había en la Rochela otra compañía de mercaderes guipuz* 
coanos (i). 



^^. 



■f*f' 






.^^-^1.^^ 



PASAJES DE SAN JUAN.— Plaía r jvEGo de pelota 



Era natural esta primacía, no sólo debida á que el primero 
que descubrió Terranova fué un hijo de San Sebastián, Juan de 
Echaide , que abrió aquella navegación á sus compatriotas 
(con la gloria de ser ellos los únicos que frecuentaban allí la. 
pesquería y el comercio), sino por la grande inteligencia y vale- 
rosa audacia que, como marinos, han mostrado siempre los vas — 
congados. ^M 

Rivales de ellos los ingleses, se apoderaron de los mare^H 
de Groenlandia á últimos del siglo xvi por derecho de 



(i) Diccionario geografico-histórico de Espaüa, por U Real Academia de la Uil 
loria. 



GUIPÚZCOA 315 



fuerte; pero no se dieron por vencidos los vascongados; no 
abandonaron el mar, y tcon sus galizablas y pataches tomaron 
más de ciento y veinte navios de cuatrocientas toneladas abajo, 
con muchos géneros de mercadurías, de holandeses enemigos, 
y alguno de rocheleses y ingleses, peleando con ellos con su 
artillería y mosquetes valerosamente, y los han traido á San 
Sebastián y al puerto del Pasaje, y los han vendido en almone- 
da, y su procedido se les ha aplicado por Su Magestad para su 
provecho y ayuda de costa, porque ellos mismos han armado 
los navios y tripulado de marineros, que son guerreros y ani- 
mosos con la licencia que Vuestra Magestad les ha dado para 
dio ; y lo continúan cuando hay ocasión. Con lo cual han dismi- 
nuido las fuerzas y poder del enemigo, y ensalzado el nombre 
y valor Guipuzcoano, sin que Su Magestad les ayude con dine- 
ros, barcos, municiones, bastimentos, gente ni otra cosa alguna. 
"—Anénimo (i).> 

En 1625 contaba San Sebastián 41 bajeles para la pesca de 
la ballena, 248 chalupas y 1475 hombres; así pedíase con razón 
a! afío siguiente en las cortes de Aragón celebradas en Bar- 
bastro, se declarase á Pasajes puerto franco. 



(i) Isasti: Compendio historial, etc. 



'iccca 




gvV^^" 



318 



GUIPÚZCOA 



Richelieu aprestaba tropas en Burdeos esperando ocasión 
de lanzarlas á la frontera ; la provincia, ante este temor, oponía 
sus milicias, reforzaba á Fuenterrabía y preparaba el resto de 
,su gente de armas. La derrota que los franceses sufrieron en el 
Tesino, aun siendo menor el número de los combatientes impe- 
riales y españoles, infundieron temores y alentaron grandes 
resoluciones; navarros y guipuzcoanos invadieron á Francia; 
una escuadra guipuzcoana peleó en las aguas de Socoa y San 
Juan de Luz, triunfando de los franceses; se sucedieron los com- 
, bates por tierra, tomando los españoles á Urruña, Hendaj'a, 
jCiburu, San Juan de Luz y Socoa, hasta que considerando Ri- 
'chelieu la ocasión propicia por estar debilitada y mal gobernada 
España, se decidió á invadirla, resuelto á apoderarse lo primero 
de Fuenterrabía, ante la que se presentó (i." Julio 1638) con| 
grande y lucido ejército, guiado por el célebre príncipe de Conde, 
á la vez que el arzobispo de Burdeos dirigía poderosa armada 
contra los pueblos de nuestra costa y quemaba una escuadra 
española que iba á introducir socorros en la plaza. 



II 



Sobre un derruido torreón de la que fué espantosa mura/la 
y lastimosa 

reliquia es solamente 
de su temida gente, 



y que si no albergaron aquellos muros una población de la 
grandiosidad de Itálica, formaron el recinto de la Muy Noble, 
Muy Leal, Muy Valerosa y Muy Siempre Fiel ciudad de Fuen- 
terrabía, comienzo á trazar á grandes rasgos la historia de uno 
de los asedios que más celebridad le conquistaron. 



GUIPÚZCOA 



V9 



Contemplo la tierra francesa de la que sólo me separa la 
desembocadura en el mar del Bidasoa, y comprendo la mal 
reprimida saña de sus guerreros habitantes viendo de continuo 
las murallas ante las que tanta sangre de sus compatriotas se 
había derramado. 

No podfan los franceses dar un paso por esta parte de la 
tierra española, sin ser dueños de Fuenterrabía ; á la vez que 
los españoles podían recorrer parte de la antigua Aquitania 
hasta cerca de Bayona. 

De fundación romana, pues se atribuye á los tiempos de 
Suintila, principios del siglo vii, hase afirmado que fué estación 
también romana, por indicarlo así las muchas piedras de labor 
é inscripción latina en el palacio de los Casabantes. 

Además de la importancia de población fronteriza, debió 
tenerla por sí misma cuando en el año 943 de nuestra era con- 
vocóse un Concilio en Fuenterrabía; pero no há menester anti- 
guas glorias quien tantas y tan preclaras más recientes las 
ostenta. Y sólo quedará de ellas el libro, verdadero monumen- 
to, ya que carezca de otro. Ni una pirámide, ni una lápida, 
ni un cuadro hay en toda la ciudad que recuerde sus gloriosos 
hechos; les basta haberlos ejecutado. Sólo en una fiesta á la 
Virgen, el 8 de Setiembre, al obsequiar á Nuestra Señora de 
Guadalupe que se venera en la elevada sierra de Jaizquivel, se 
conmemora el famoso sitio de 1638 con una fiesta cívico-reli- 
giosa, alarde militar, con descargas de fusilería, y en cuyo alarde 
muéstrase el buen deseo por la originalidad de los celebrados 
títiribitis, como ya dijimos. 

Destruidas las murallas en casi todo el recinto, ni aun puede 
formarse idea de lo que fué alcázar de Carlos V, del que sólo 
se conservan algunas fuertes y altas paredes revestidas de 
yedra, como si pretendiera esta planta trepadora, con su peren- 
ne verdor, hacer que hasta desaparezca el belicoso aspecto de 
aquellos muros ennegrecidos. Dentro de algunos años apenas 
quedará reliquia de aquellas murallas, mandadas reforzar por el 



)ao 



GUIPÚZCOA 



Emperador con un muro de 14 pies de ancho, ni podrá decirse 
al viajero dónde estuvieron los baluartes de la Reina^ de Leiva 
y el Cubo de la Alagdalena, situados en la parte del Poniente y 
Mediodía: han desaparecido gloriosas ruinas de muy célebres 
casas, comprendiéndose la fortaleza de la de Echeveste por lo 
que de sus paredes resta. 




ruKNTeRRABiA 



Y es de lamentar que á su pasada gloria no sustituya Fuen- 
terrabía un florecimiento presente. Pueblo de pescadores, la mar 
es su recurso, y aunque podía alimentar algunas fábricas de 
conservas y otras industrias, sólo tiene tres de escabeche. Su 
vega ostenta hermosos maizales, y es afán de todos que sea 
Fuenterrabía estación balnearia, á lo cual se presta admirable- 
mente su segura y hermosa playa, la excelente situación de la 
ciudad y de la marina, el clima, y sobre todo, los encantadores 
panoramas de que se disfruta desde cualquier punto. La des- 



)23 crtpexcoA 

cuántas emtnenciis fnwm ios nñieas, d histórico San Marci^^i 
y la cordQlera toda que l^a. hasta. San Martxjs. ^H 

Unida Fsfafta y Franca por d puente de Behobia y el del 
ferro-carríl. por d que cruzan constantemente trenes que ponen 
en rápida y frecue n te iiwii M'irtii á espajk>)es y franceses, 
harán que se conskirien bs raínas de Faenterrabía como triste 
recuerdo de aqueflos >»'— {"-"t en que b. ambición ó el amor 
propio de los re^^es bmahan á los parfJo s á destrozarse mutua- 
mente, coa mas salla. ''«"—" más vecinos: sm parar mientes en 
que esa misaa v w i ndad ddñera servir para estrechar más sus 
rdacioaes en provecho propio y d dd país de cada uno. 

La pre s e ncia dd ejército francés ante los muros de Fuente- 
rrabta, alarmó á G ni pñi m a y á España (i). El conde-duque 
de Olivares que no habáa querido creer en la existencia del ejér- 
cito en Burdeos y ni aun su ent ra da en España, y contestaba 
al de los Vdex que se ad%ia y temía sin motix'o. cuando yz. ha- 
da tres días que estaba sitiada Fuenterrabía, tuvo al tin que 
creer en la evidencia: y lo que d ioepco ministro no hizo, procih 



(i) «Dos o^ttil*» r«4(«s d« ettraortitaana carpttloKia aparecieron ca lo* i 
fÉbrc d cacip» iadicj: \xTsm) riAcadOttoapelca, conun ten 

|MK6a.i)acpna«ipiaSj -Loaha xl caer d« la urde.eovucJu x*< 

tre Im s om br a» tfe la aocte oaKvra. «imcado exacta» al comiMtc en el momeo 
p>B ci 9 o cada áb». La «aa ragraab* á s« gnarida j v«Ula al honzontc del 
de LcBbiei. por «qMciU pane de Ftaaeáa q«K se halla al orteate pasando f 
mtm; la otra retirtedoM por «1 ted» ofgfatearal «I taterior de España, 
MI aido; y trmimtnnAn al *B|Wfio al despMWwr cl alb«. se ia&iaba ripidaaeate 1 
cffiT O de SM coaipetidon coa deaodMlo cnpcdo. 

•Tres dias duro ua encara Uada tiaelUu que preseaciaroo las gentes de i«« al- 
deas f «illas ironteriíAS. st^uicado atAaitas desde el amaaeeer con la vista fi|* cfl 
lacdocara atmósfera de un cicto de verano puro y axulado, el vuelo circulirT 
Sera eaeaeaiyo de las reinas de las aves, qne al ^saagriento golpe de la garra y 
a c era do píeo, Itaiabaa cada vea mds, 4 bersa de terribles aletaxns. hasta llegar 
próadwn al suelo ; y cual si despreciaraa taa imisero palenque, separéadosc con 
igaal altivez, v olvion potentes a remontar basta los cieloSL Al fin cayeroa moer- 
taa, roías con la sangre y despedazadas las entrañas y las plumas, pero agamdat 
coa laa uAas hincadas en la carne, y por el cuello sujetas con el pico. 

• Ucradas i Pamplona á casa de D. Carlos de Lizarazn, y luego remitidas * Ma- 
drid coa tcsumonio auténtico. cau5<i en la corte y en la villa profunda scnsacidn 
este sneeso. 

• Tres dias dnrO el combate de tas i^tuilas.» f Sitio i« FimUr*»Ha, por 
OIUiixv.) 



GUIPÚZCOA 



333 



06 remediarlo con su actividad y acierto el Consejo de guerra 
y Estado; se enviaron á aquella provincia 500 veteranos, los más 
de ellos jefes de marina y del ejército, dióse el mando al almi- 
rante de Castilla Enrico Cabrera, adoptáronse en la corte acti- 
vas y eficaces disposiciones para hacer frente á tan temible 
enemigo; al coronel de los guipuzcoanos, D. Diego de Isasi, 
que se había replegado á Hernani después de haber resistido 

■eróicamente delante de Irún á los franceses, se le mandó espe- 
rase fortificado al ejército que se aprestaba, procurando moles- 
tar en tanto al enemigo cuánto pudiese, á fin de estar en dispo- 
sición de recuperar Pasajes, donde los franceses se habían 
apoderado de muchas armas dispuestas para embarcarse y de 
cuatro navios amarrados al muelle. Por de pronto acudió Isasi 

t»n el corregidor D. Juan Chacón á salvar á San Sebastián, á 
lya vista se presentaron los invasores, retirándose al punto sin 
tentar ataque ni amago. 
Mal provista Fuenterrabía de cuánto constituye lo necesario 
para resistir un sitio, y en el mismo estado sus murallas en que 
quedaron después de los reinados de Carlos I y Felipe II; con 
fcólo 700 hombres entre soldados y paisanos en disposición de 
tomar las armas para defender la plaza, no decayó el ánimo de 
sus intrépidos moradores, incluso mujeres y niños. A la vista mis- 
ma del ejército francés, salieron desarmados los habitantes todos 
de Fuenterrabía, con grave aspecto y paso mesurado, hasta la 
ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, la condujeron devota- 
mente al pueblo, la colocaron sobre un altar, y de rodillas todas 
^^s mujeres y niños y en el centro de pié los hombres de comba- 
re, « al primer estampido del cañón enemigo tendieron la mano 
ante la santa imagen, y juraron, si les concedíala victoria, guar- 
dar todos los años su festividad desde la víspera, con un día de 
ayuno, y devolverla en procesión á la ermita, su antiguo y pre- 
dilecto asilo (i).> 



(O O'Beillv. 



" ; » • r ■; 1 * 



A^f^jíena^iaaí. <SiaL ú áaeta *£ «iaipicfeoa de la qoecoháesta ñiésn 
'^''jXfifisyjrx 7 msuKrnaí cceásG». aolocaadoae bien d arnés y ten- 
'iútiwJo I«v» n«*rr j<íoft facaaos coa A poíio cenado para ensayar 
9>i i-yf^eTOt. 'f *faarñrirfiarf. coa. ceño akño y vmHantr sereno se 
^*^PXiÁaaí í rtgiaóe éí asaba, aegóii lo eadgta de su honra la 

hnvi/f *á .KlimeiaXk abonas fiíerzas pora, que penetraran en 
íjk (4ái%a cai.}t<^j«ameate gtnadas por ei veterano D. Miguel Ubi- 
n^k ; p^ff tUíft/^Kié» áiK. aigatuM p a dgffmií entos se descubrió la ex- 
pt-AitÁ/m yf/r d casual disparo de un arcabuz, y s^o unos Socoo 
^1 j^f^T ptifiif^fjn Xífsjgu á nado á ki dudad por estar alta la marea. 
i /A <*»tMíicá//n que produjo este pequeño socorro de gente, la 
tt*'.ntr¡t]i//t /;| »aber que aún tardaría un mes en aprestarse el 
*'yrt:íto tfiif. había de salvarles, siendo como era cada día más 
«rltkn MI situación. 

l'/l vainroiio gobernador Hgea no pensó ya más que en batir- 
tt*i A i:nm\tt> rano para morir ó vencer. Escogió de entre los más 
fniitr/Mi\nn 350 hombres para clavar los cañones enemigos. En 
v«M<> Ifi Nuplicaron que desistiese de tan arriesgada empresa: se 
iHMiCHriiit A njltt con tal furor, que derribaron muertos ó heridos 
nmiiloN Imlluron al paso. El gobernador, de pié sobre el cercano 
iMiliM «In LnyvH, Irr alentaba, llamando ácada uno por su nombre, 
MlMli4tuli)tnN NUN proezas, y á cada una agitando su sombrero, 
Mlit (|un innrinaran mu valeroso esfuerzo la multitud de balas que 
«uinlmlmii á nun oídos hasta que le atravesó una por medio de 
Im ww* ntcHrimdu de lu orden de Montesa, de la que era comeo- 
dndor, \\n nqucl momento llegaban nuestros soldados al interior 
\\p Kxi cu*rtrlra; jHíro reforzados los franceses, les cerraron por 
UnUit |»Artr!i; no pudiendo cargar su arcabuz, le enq>ufiaban por 
r\ CAAOn» Hirvk'ndoles de maza; las picas y las espadas centeflea- 
Iv^iv r« rl «irr; «qudlo era un combate desesperado cueq»i 
c\H»»iH\; nvft» qvif w> de6^nderse se pensaba en matar. Losq* 



desde el muro lo presenciaban, tenían el ánimo suspenso: no 
>odían arrojar granadas para proteger la retirada de sus com- 
pañeros porque los dañarían, y tuvieron el sentimiento de ver la 
pérdida de más de cien hombres entre muertos, heridos y prisio- 
neros; no siendo menor el número de los muertos y heridos 

ríran ceses. 

r Al preclaro Egea que vivió con gloria y murió ensalzado, 
reemplazó el anterior gobernador D. Domingo de Eguía, no me- 
nos esforzado, al que ayudaban infatigables el Padre Isasi y el 
alcalde Butrón, que de la actividad de éstos y de todos se nece- 
sitaba para hacer frente al cada día más terrible y empeñado 
fuego de los sitiadores, trabajando éstos y los sitiados sin des- 
canso en minas y contraminas. La plaza apenas contestaba al 
cañón enemigo: profundamente enterrado el pedrero que tanto 
sirvió para destruir los trabajos avanzados en el foso, se procu- 
raba en medio de un granizo de balas desembarazar la masa 
informe que cubría un resto de muralla para sacar dos piezas de 
grueso calibre, reparar sus antiguas galerías, y dificultar la 
entrada por la brecha abierta. 

Pensóse en Madrid enviar á las agfuas de Fuenterrabía la 
escuadra preparada en Lisboa para recuperar el Brasil ; pero 
se opuso á ello el conde-duque con quijotesco empeño; también 
á que fuera el rey á la cabeza de un ejército á salvar la ciudad 
gfuipuzcoana, por juzgarse que se daba demasiada importancia 
al príncipe de Conde, rebajándose la fama de nuestra monar- 
quía, como si no se rebajara más dejando perder una plaza de 
aquella importancia y por tan valerosos españoles defendida, 
cuya sangre valía más que todos los esfuerzos y trabajos que 
pudiera experimentar el monarca, que en vez de rebajarse se 
elevaba acudiendo al socorro de tan heroicos y fieles subditos. 

f No amedrentados éstos por el alarde marítimo que hizo la 
escuadra francesa, ni por las voces que corrían de que Conde 
iba á anunciar la rendición de Fuenterrabía, enarbolaron bande- 
ra roja en lo más alto del palacio. Irritados los enemigos diri- 



128 



GUIPÚZCOA 



gieron inútilmente el fuego contra ella : irritándoles más ver un 
grupo de paisanos sentados al pié del enhiesto pendón, con las 
armas en reposo, y riendo de la porñada saña de los franceses. 
Llamábanles estos ¿ocos, vanos y obstinados; les gritaban los 
nuestros: cobardes y topos; t que no hacían cosa alguna que no 
fuese á lo ratero ; que este era el lance de verse su valor ; que 
bien patentes estaban las brechas, que las asaltasen, cumplien- 
do como buenos soldados su obligación ; y que aquella bandera 
significaba no parar hasta arruinar á los franceses á sangre y 
fuego.» 

El 1 5 de Agosto no hubo fuego. Los sitiados rindieron fer- 
voroso culto á la Asunción de Nuestra Señora y confesaron y 
comulgaron todos. Al día siguiente continuó el bombardeo. 

El Almirante, en tanto, reunía en Hemani seis mil infantes de 
los que 800 correspondían á Vizcaya y 500 á Álava : 1 200 eran 
irlandeses; los demás habían ido acudiendo desde Madrid. De 
Navarra, después de cubrir los desfiladeros del Pirineo y guar- 
necer á Pamplona, llevó Redin 4,500 soldados, y 500 nobles 
voluntarios ; cuatro estandartes de caballería, la mayor parte 
hijosdalgo elegidos, sumando en junto 400 caballos, guiadas 
todas estas fuerzas por el marqués de los Vélez que se unió con 
el Almirante cerca de Oyarzun, abandonado precipitadamente 
por los franceses, así como Lezo, Rentería y Pasajes, donde de- 
jaron cuatro cañones intactos, faltándoles para llevárseles el 
tiempo que les sobró para quemar muchas casas. 

Como si los franceses quisieran resarcirse de la pérdida de 
los anteriores puntos, arreciaron el fuego contra Fuenterrabía, 
y prendieron á una mina que lanzó al aire con parte del muro 
á seis de nuestros soldados envueltos en humo y escombros, 
si bien por mal asegurado el fogón, causó la explosión la 
muerte de 30 soldados enemigos. Dada la señal del asalto, 
tá todo remo se lanzaron sobre la estacada que defendían 
los paisanos multitud de chalupas equipadas con buena gente 
de armas : al propio tiempo dos lucidos escuadrones, acometia 



o U I P u z c o A 



S2Q 



uno la muralla de San Nicolás y el otro por la parte tocante 
á la mar.» Era de ver el reflejo de un sol brillante en los es- 
cudos chapeados de bruñido acero, dando matices á los pe- 
nachos y plumajes de variados colores, tornasolando las ban- 
das de seda que desde el hombro cruzaban sobre las cotas 
de malla. Armados de pica ó espada avanzaron aquellos va- 
lientes á asaltar el baluarte de la Magdalena, que, con gran 
sorpresa y estupefacción de los asaltantes, quedó entero, porque 
al reventar la mina se desahogó por las grietas. Buscaron afa- 
nosos otro sitio propicio para entrar y le hallaron al costado 
derecho de Leyva. Subieron gallarda y briosamente á la brecha, 
calada la pica y en alto las espadas ; pero les recibieron no me- 
nos bravamente nuestros soldados, con tan nutrido fuego de 
arcabuz y lluvia de piedras y granadas que los que no quedaron 
tendidos retrocedieron tristes arrastrando las picas. 

AI día siguiente se presentaron en el alto de Jaizquivel tres 
mil hombres que el Almirante envió á las órdenes del marqués 
de Mortara. Al mismo tiempo sucedía en las aguas de Zarauz 
una inmensa desgracia. Don Lope de Hoces que mandaba la es- 
cuadra enviada desde la Coruña en socorro de Fuenterrabía, 
ó aturdido ó inepto se dejó acometer por la francesa, ser por 
ella destrozado, é incendiados sus buques ; y apelando él mis- 
mo á este medio por considerar que el barco que no se que- 
mase caería en poder del enemigo, mandó á todos los capitanes 
que cada uno pegase fuego á su navio. Desparramando por sí la 
pólvora por la plaza de armas, dio el ejemplo volando con su 
propia mano la altiva capitana. Estalló el incendio en todos los 
buques; cada navio era el cráter de un volcán: extraviado el 
juicio de todos, corrían, se atropellaban, sin oir órdenes, ni res- 
petar jerarquías ; saltaban en los esquifes, botes y lanchones de 
á bordo ó de la gente que acudió de Zarauz ; unos se iban á pi- 
que, otros zozobrando los arrojaban á la mar; quienes saltando 
empujados ó sin medir la distancia caían en las olas; muchos se 
herían gravemente en los palos que flotaban : de nada servía el 



330 



GUIPÚZCOA 



saber nadar : no existía la piedad, ni la compasión se conocía. 
Con la precipitación nadie pensó en descargar los cañones, y al 
penetrar las llamas por las baterías, despidieron tal borrasca de 
balas, que destrozaron numerosos lanchones cargados de tropa; 
y como si esto no bastara, como nadie pensó tampoco en la 
Santa Bárbara de su navio, atestada de barriles de pólvora, voló 
con horrísono estruendo, lanzando á los aires balerio, piezas de 
artillería del más grueso calibre y el maderamen incendiado, lle- 
vando los estragos á las casas del pueblo en el que hubo inocen- 
tes y sensibles víctimas. Pasaron de 1500 los muertos; muchos 
los heridos; los restantes convertidos en mendigos. 

Se salvó el navio Santiago, cuyo capitán Montanio se negó 
á volarle y supo evitar el encuentro de los brulotes incendiarios; 
rechazó bravamente los ataques y abordajes de toda la escuadra 
francesa por espacio de siete días, y aunque muy destrozado el 
buque le llevó victorioso á Pasajes. Evidente prueba de la ofus- 
cación é ineptitud de Hoces, que desde un peñasco presenció 
este último titánico combate, y avergonzado pedía á gritos se 
asestaran cañones contra el Santiago, para que desapareciese 
en el mar aquel elocuente testimonio de lo que hubiera podido 
hacerse con más pericia de la que demostró el desgraciado jefe 
de aquella lucida escuadra (i). 

Coincidieron con el anterior desastre proposiciones y conse- 
jos de capitulación á los defensores de Fuenterrabía, quienes 
consideraron como ignominioso todo lo que no fuera vencer ó 
morir, sin que les importara el desastre de la armada, pues sólo 
confiaban en el esfuerzo de sus brazos y en su resolución inque- 
brantable. De lo que esta era capaz lo experimentaron los fran- 
ceses en el combate de caballería que se trabó en los campos 
de Irún, entre unos 50 jinetes navarros del estandarte de Ayanz, 



( 1 1 Perecieron en Guctaria once navios. Sólo se salvaron las piezas medio de- 
rretidas que sacaron los buzos. Doscientas cincucnt.i mil libras de bronc« que »c 
llevaron á Lisboa para hacer cañones, sirvieron n los portufjuescs para rebelarle 
contra EspoAa dos años después. 



GUIPÚZCOA 



3^1 



guiados por este señor, y tres escuadrones enemigos mandados 
por Mr. Dorsa, llegando el coraje de estos dos jefes á pelear 
personalmente, agarrados cuerpo á cuerpo, quedando vencedor 
el español y prisionero el francés. 

Aprestábase un nuevo asalto; Butrón activó la contramina 
y dio con la de los sitiadores, quienes ignorando tan hábil tra- 
bajo, prendieron fuego, encontró la llama respiradero y no hizo 
daño en la muralla (i). 

Dos meses duraba ya el sitio é iban en aumento los desas- 
tres ; escaseaba el agua ; la falta de plomo y de hierro para el 
balerío la remedió la patriótica generosidad de los vecinos. 
Intimó Conde la rendición por escrito y en la misma forma se 
le contestó con arrogante dignidad. Arreció en los trabajos de 
mina, que iban dando excelentes resultados á los sitiadores, los 
cuales quedaron al fin dueños de una gran brecha, después de 
empeñado combate. 

Aumentadas en tanto las fuerzas de socorro que mandaban 
el Almirante y el de los Vélez, escribióles el rey «que no admi- 
tía disculpa alguna, si el francés se apoderase de la plaza, á 
vista de dos generales y de dos ejércitos de tropas españolas. > 
Aprestáronse á dar la batalla al rayar el alba del 3 de Setiem- 
bre, ocupando los españoles el monte Jaizquivel ; pero una gran- 
de y extraordinaria tempestad, que duró dos días, lo impidió; y 
loque fué peor, produjo la deserción de más de 7,000 soldados 
que no pudieron hacerse superiores á tamaño desastre, y los 



(1) ^Bernardo Bardón, soldado castellano, se hallaba de centinela ¡unto á la 
boca de la contramina : y al reventar la misma, la llama le lanzó á los aires hasta 
las trincheras del enemigo, donde lo recibió un alférez con \a punta del espon- 
tón (a) Bardón cayó al sucio mal herido, y al irle á sujetar para llevarle prisionero, 
se levantó recogiendo y sosteniéndose los intestinos con las manos, echó á correr 
j- se arroió á la mar. Al poco rato llegó d la estacada entre los suyos, y quedó no 
obstante con vida debido á los cuidados que le prodigaron sus camaradas y ami- 
icos.n (O'Reiulv.) 

(«> Efpccte de Ianx4 de poco más de do* varas de largo que usaban los nfícia1c<i de infantería, con el re- 
nule de hierro en forma de comen. 



332 o C I P f Z C o A 



sufrieron mayores (i). Ni un solo veterano, ni un noble de los 
que voluntariamente se alistaron viniendo de Castilla, Navarra 
y otros reinos abandonaron sus banderas: ¡se encontraron varios 
soldados muertos, apoyados en sus picas y arcabuces, y soste- 
nidos derechos por el contacto de sus compañeros ! Conservando 
alguna fuerza en Jaizquivel, se retiró el ejército para reorgani- 
zarse. Á los defensores de Fuenterrabía se les escribió: «que 
en resolver ó rehusar la rendición, sólo atendiesen á sus fuerzas, 
y no contasen sino las que estaban dentro de los muros, á lo 
menos ínterin sereno el tiempo no fuese juntando el ejército 
que disipó lluvioso. » Mas no llegó esta carta á la plaza. En 
cambio, Conde intimó de nuevo la rendición por última vez, 
amenazándoles con indefectible ruina si dilataban la entrega, y 
asegurándoles que no esperasen del ejército español su salva- 
ción. Reunido consejo, varios fueron los pareceres, dominándo- 
los el del alcalde Butrón, que dijo: «sabía muy bien si Fuente- 
rrabía estaba ó no para muchos días bien provista de guarnición, 
de víveres y de armas : que la falta de plomo no era tanto 
como se ponderaba ; y que fuese la que fuese él la sustituiría 
con plata por lo que faltase de plomo : que tenía él en casa, de 
plata acuñada, diez y ocho mil pesos en su especie (unas 1500 
libras): que todo este tesoro lo haría común para que se fun- 
diese en balas: que como hubiese valor no faltarían empleos 
para él; pero que ni faltarían los instrumentos: que perecerían 
los enemigos á manos del mismo interés, cuyo pillaje les engo- 
losinaría y se acabarían de desengañar de que bien se podían 
agotar los tesoros de Fuenterrabía, pero no el valor.» Y ter- 
minó diciendo con airado semblante: «al primero que averigüe 
que me anda soltando especie alguna que suene á entregamos, 
yo propio lo he de coser á puñaladas.» Animados todos del 



(O Verdaderos espectros, «hecho un harapo el uniforme, sin armas, bando- 
lora, ni v.'hamherf;o, pálidas y enjutas las mejillas y el cabello desordenado, se pre- 
Hcntnron á las puertas de (tyarzun, Lezo, Rentería, y los dos caseríos separados 
por d arenal de Pasajes.»— 0'Rl■•n.^.^. 



mismo sentimiento, se contestó á Conde tque bien podía pegar 
fuego á las minas; que intentasen el asalto; que ellos no nece- 
sitaban socorros forasteros, y que Fuenter rabia, sin ayuda de 
vecinos, tenía para su defensa, en sí sola, lo bastante, i 

» Intentó Conde doblegar la entereza de Butrón recordándole 
que tenía casa y una hija soltera, que una y otra serían presa 
del pillaje y de la licencia del soldado, á lo cual contestó con 
digna y valerosa patriótica entereza. Imitando su desprendi- 
miento ofrecieron otros muchos cuánta plata tenían para que 
se fundiese en balas, y se dispusieron todos á no escasear ni 

(aun la última gota de su sangre. 
Los sitiadores que tenían ya prevenidos algunos hornillos, 
les prendieron, disparando á la vez la artillería un diluvio de 
balas, para impedir que los sitiados defendieran la brecha, y á 
ella se lanzaron en seguida con denuedo varias compañías. 
Hiciéronles frente los capitanes navarros Beaumont y Esain, y 
rechazaron gallardamente la acometida. Aunque los vencedores 
permanecieron de pié en la brecha, á cuerpo descubierto, de- 
sanando al enemigo, no se atrevió éste á repetir el asalto, y 
enfilaron contra ellos sus cañones. Los españoles que caían 
eran inmediatamente reemplazados. Asombrados los franceses 
de tanto valor, dispusieron nuevo asalto, que se repitió hasta 
por tercera vez, en todos rechazados. Volvieron al cuarto usan- 
do la estratagema de llevar teas encendidas en la mano para 
que con el humo les ocultase, y arrojándolas sobre los nuestros 
les cegara, cargaron impetuosos sobre montones de cadáveres 
penetrando en la brecha sin disparar un tiro; pero en ellas los 
recibieron los sitiados con una descarga cerrada á quema ropa, 
y soltando los arcabuces arremetieron con las picas. Apiñados 
los franceses, no daban un paso que no fuera adelante, empu- 
jados por los que iban detrás en forma de cufia: el combate era 
casi cuerpo á cuerpo; sólo se peleaba con pica y espada; los 
españoles atentos á herir sin descanso ; los franceses á marchar 
adelante á toda costa. Si los franceses se multiplicaban, los 



españoles se veían á cada instante reforzados, porque allí exis- 
tía el mayor peligro y á él acudían, si no los más bravos, que 
todos lo eran, los más cercanos; hasta muchachos, que cogiendo 
escopetas caídas y buscando municiones por el suelo, propor- 
cionábanse sitio desde donde hacer daño al asaltante (i): las 
mujeres, atendiendo á heridos y á muertos y llevando municio- 
nes á los hombres, estuvieron admirables y ayudaron al triunfo 
que al fin se obtuvo, retrocediendo los franceses. Pero apenas 
tuvieron tiempo los vencedores de celebrarle; porque ordenados 
los fugitivos y con tropas de refresco intentaron el quinto asal- 
to, no menos mortífero é inútil, pudiendo avalorar otra vez más 
los sitiadores el indomable valor y la resolución de los sitiados. 
Más de cuatro horas duró el mortífero pelear de aquel día. Los 
dos siguientes los emplearon unos y otros en reparar los des- 
trozos y ejecutar nuevas obras de aproche y de defensa, de 
zanjas y minas. hI 

En disposición las obras de los franceses de ejecutar un ^í 
nuevo asalto, á él se lanzaron con resolución y bizarría ; pero 
con no menor fueron rechazados. Con gente de refresco volvie- 
ron á dar el séptimo asalto, teniendo que retroceder perseguidos 
por los españoles hasta las trincheras, los que en la brecha y 
en el foso no quedaron tendidos (2). Con nuevo furor volvieron 
los franceses al octavo asalto, llegando valerosamente á la bre- 
cha, en la que les esperaban el valiente Osorio, de Deva, y seis 
tolosanos armados con pica y ciñendo casco y cota. Guiaba á 
los franceses apuesto coronel, al que Osorio, con la mayor sere- 



(1) Dos de estos chicos, no hallando piedra en la que encaramarse para desde ! 
la muralla hacer fuego, arrastraron el cadáver de un paisano para que tes sirviera j 
de pedestal. 

(3) « Parecerá imposible al que no conozca el carácter español, que después] 
de tan rudos combates tuviera en seguida nuestra gente gana» de divertirse. Conj 
grande algazara dejaron bien cargadas las armas en sus puestos y principiaron m 
saltar al foso á despojar los cadáveres, registrar las faltriqueras y tirarles la ropa^ 
y el dinero á los franceses con manifestaciones de burla y de desprecio : y tods 
esta bullanga tuvo lugar en medio de las balas de mosquete y de cañón, porque 
irritado el enemigo al verles rompió el fuego.» — O'Rcillv. 



nidad, del primer bote le quitó el magnífico penacho que lucía 
en su lujoso morrión, como para dejarle desairado, y del según- 
3o le atravesó el pecho. Los ocho primeros franceses que aco- 
metieron de frente cayeron al empuje de los seis tolosanos, 
y reforzados éstos arrollaron á todos los asaltantes hasta el 
foso. Otro asalto, por la desesperación preparado, no obtuvo 
mejor éxito. 

I Tantos asaltos inútiles y tanta sangre derramada, hirieron 
en lo más vivo la vanidad de los sitiadores. Habido consejo, se 
acordó el asalto general con todas las fuerzas disponibles de 
mar y tierra. 

Fuenterrabía que había llegado á reunir hasta mil defen- 
sores, sólo contaba con 400, no muy bien parados después 
de 69 días de continua lucha. Escaseaba la póltora ; concluidos 
el hierro y el plomo, se había apelado al peltre de las cocinas, 
casi consumido, y se disponía la plata para fundir balas. Pero 
se mantenía inalterable el valor y el patriotismo. Y había sufrido 
la ciudad los terribles efectos de 16,000 balas de cañón y 463 
bombas, no habiendo casa que no estuviese hundida ó espanto- 
samente agujereada; por el baluarte de la Reina podía penetrar 
el enemigo á pié llano; no se dudaba volaría pronto el de Ley- 
va; nada atemorizaba, y esperaron todos con tranquila sereni- 
dad la acometida del enemigo, confiando los españoles en salir 
de ella tan victoriosos como en las anteriores. Ni el buen humor 
les abandonó un instante. 

I Reorganizado el ejército que había de socorrer á Fuente- 
rrabía, se aprestó á dar la batalla el 7 de Setiembre ; el mismo 
día que el francés iba á ejecutar el asalto general. 

Encomendándose á la Virgen cuya Natividad se celebraba, 
al siguiente día avanzaron los españoles con orden y resolución 
ocupando el Jaizquivel ; y al comenzar la batalla, los de Fuente- 
rrabía, de hinojos ante la imagen de Nuestra Señora de Gua- 
dalupe y expuesto el Santísimo Sacramento, elevaron sus ple- 
r^arias pidiendo la victoria. Esta fué completa. Pelearon bien 



3l6 



GUIPÚZCOA 



los franceses, pero les vencieron los españoles. Sobre mil qui- 
nientos muertos en combate, dos mil ahogados é igual número 
de prisioneros perdieron los franceses, además de 8o banderas, 
25 piezas de artillería de sitio, armas, tiendas, bastimentos, 
dinero, alhajas y muchos efectos (i); lo cual evidenciaba lo pre- 
cipitada que fué la retirada. La pérdida del ejército español en^j 
el que había irlandeses y napolitanos, pequeña. ^H 

Fué para los franceses terrible esta derrota; porque conta- 
ban segura la conquista de Fuenterrabía. Así escribía Richelieu 
á Conde: «Tengo por muy importante que se fortifique á Fuen- 
terrabía, ► y que en este asunto procediera con la misma activi- 
dad que si los españoles la hubieran de sitiar al día siguiente 
de rendida. 

El almirante de Castilla y el marqués de los Vélez, que 
penetraron en Fuenterrabía á caballo por la brecha, seguidos 
de la comitiva y de varios escuadrones de su bizarra caballería, 
entrando la infantería por la puerta, fueron recibidos todos con 
delirante entusiasmo, dirigiéndose en el acto á la iglesia donde 
se cantó un solemne Te-Deum. 

Al llegar la noticia de tan valioso triunfo á Madrid, inunda 
ronse calles y plazas, aclamando todos al rey: arrolló el pueblo 
la guardia de palacio, invadió la misma cámara real, y no paró 
hasta felicitar cara á cara á S. M. Fué el día siguiente de gala, 
hubo besamanos, regia visita á la Virgen de Atocha, se dispu- 
sieron otras ñestas religiosas, casar huérfanas y rescatar cauti- 
vos, y se dio este decreto (22 Setiembre 1638): «El valor, fide- 
lidad y constancia de los de Fuenterrabía en la defensa de 
aquella plaza ha sido tan grande, que por el ejemplo se debe 
conservar en la memoria, encaminándose á su mayor beneficio 
las obras pías, en hacimiento de gracias de la merced que Dios 
Nuestro Señor se ha servido hacernos; y así he resuelto, que 



(t) En los reales franceses estaban los aparadores llenos de vajilla de pUU,} 
en tas tiendas abundaban preciosas alhajas. ^ 



G UI P ó Z C o A 



137 



en primer lugar sean preferidas á todas, las hijas de Fuenterra- 
bía para la colocación de huérfanas; y ni mas ni menos en la 
redención de cautivos los que fueren hijos de la misma villa; 
en 2." lugar las hijas de soldados de las fronteras de África, y 
^os que estándome sirviéndome allí fueren prisioneros de moros, 
Rn 3."^ hijas de soldados marineros perdidos peleando, en la 
dotación de huérfanas, y ellos en la redención de cautivos; y 

r4.° en ambos géneros, entrarán criados de mi casa.» 
A Fuenterrabía escribió esta carta: «El Rey. Consejo, Jus- 
ticia, Regimiento, Caballeros Hijosdalgo de la muy noble y muy 
leal villa de Fuenterrabía: por lo que ha escrito el Almirante 
de Castilla en 7 de Setiembre se ha entendido, como después 
de haber acometido al enemigo aquel dia, fué Nuestro Señor 
servido de dar tan feliz suceso á mis armas, que pudo aquella 
noche entrar en esa villa, después de haber rompido y puesto 
en huida al enemigo con gran pérdida de su gente, banderas, 
artillería, municiones y bagajes, con que salió esa plaza del 
aprieto en que se hallaba, habiendo con vuestro valor resistido 
por discurso de 69 dias el sitio que puso sobre ella, llevando 
las incomodidades que en este tiempo se ofrecieron con tal biza- 
rría, que sin reparar en las haciendas y vidas, mantuvisteis la 
reputación de mis armas con la fidelidad que siempre lo habéis 
hecho, dando ejemplo á todas las naciones vuestra constancia y 
valor de que haré siempre singular estimación como merece 
servicio tan particular; pues en él consistió la gloria de tan feliz 
suceso. Y aunque todo viene de mano de Nuestro Señor, reco- 
nozco la parte que en él habéis tenido que es muy conforme á 
vuestras obligaciones : y así lo manifestaré haciéndoos grandes 
mercedes; y si bien tengo resuelto algunas, me diréis las que se 
os ofrecieren que sean de mayor conveniencia vuestra para que 
tome resolución de ellas ; y desde luego ofrezco la pronta re- 
edificación de vuestras casas ; y he mandado al Almirante me 
envié relación de lo que importa este g^sto para que se provea 
sin dilación ; y que se dé á cada vecino por ahora el socorro que 



de él entenderéis. También he mandado me informe los que se 
señalaron en esta ocasión, á quien se deban dar ventajas sobre 
cualquier sueldo, f>orque tan buenos vasallos queden remune- 
rados y haya memoria en todos tiempos de la ñneza con que 
habéis perseverado y resistido en la oposición del ejército ene- 
migo; pues hasta las mugeres acudieron á todo lo necesario, 
gobernándose con tal valor, que no escusaron las acciones de 
mayor riesgo, de que me doy por muy obligado y de lo mucho 
y bien que obráisteis en este sitio así en daño del enemigo como 
en nuestra defensa; y es cierto no olvidaré el amor y perseve- 
rancia con que os habéis expuesto á la fuerza del enemigo, pues 
habéis tenido tanta parte en que mis armas conser\'en el crédito 
que han adquirido en todas partes y escusado otros inconve- 
nientes. — De Madrid á 15 de Setiembre de 163S. — Yo el Rey. 
— Por mandado del R. N. Sr., D. Fernando Ruiz de Contra- 
ras.» 

También el conde-duque escribió á Fuenterrabia ofreciendo 
que las mercedes que les haría el rey y «merecían tan justa- 
mente, serán mayores que su deseo mismo de Vm.; las cuales 
solicitaré yo con mucho gusto;» se ponía á su servicio y que 
nada quisiera sino haber nacido hijo de aquella villa (ignoraba 
que era ciudad), á la cual se añadió á los títulos de Muy Noble 
y Muy Leal, el de Muy Valerosa. 

Y, consecuencias del vergonzoso favoritismo que entonces 
reinaba : cuando nadie con menos títulos que el de Olivares, que 
quiso abandonar Fuenterrabia á los franceses, que se negó á 
que fuera en su auxilio la escuadra dispuesta para el Brasil, que 
no se movió de Madrid, y que más bien perjudicó que favoreció 
la salvación de la plaza, fué el más favorecido; era el favorito 
del rey y se le dio el gobierno perpetuo de Guipúzcoa con el 
título de Adelantado (t), 12 mil escudos de renta al año, se le 



^1) No consta que el condc-duquc tomara posesión y ejerciera el empico de 
Adelantado mayor de Guipúzcoa : pero si que quiso tomorla su sucesor el duque 



GUIPÚZCOA 339 



hizo gobernador de Fuenterrabía, con su sueldo, pudiendo 
delegar este puesto en persona elegida por él mismo, y se le 
concedió además una copa de oro que le entregaría el rey 
todos los años en recuerdo de la victoria y de su mérito; de- 
biendo advertirse que estos honores y rentas se heredarían, 
no por derecho de sangre sino por libre disposición del conde- 
duque. 

Butrón, que adquirió nombre inmortal, tuvo que ser reco- 
mendado. — Las indemnizaciones y mercedes ofrecidas se cum- 
plieron. Ya que hubo injusticias, no hubo regia ingratitud, tan 
frecuente en aquellos y otros tiempos. 

Tal fué el sitio y famosa defensa de Fuenterrabía, honra 
de Guipúzcoa, gloria de España. 



de Medina de las Torres, y aunque los alcaldes ordinarios de Fuenterrabía admi- 
tieron su presentación, suspendieron su ejecución. Expuso la provincia al rey con- 
tra tal nombramiento, y quedó extinguido el cargo en Guipúzcoa. 



CJP 




volver á sus casas fínalizada la guerra, tenía ofrecido para cam- 
pear y hacer resguardos en Guipúzcoa 2000; se ocupaban en 
las fábricas de armas de Placcncia. Tolosa, Eibar, Mondragón, 
Elgoibar, Vergpra y otros pueblos Soo; en el tren que sfi destina- 
ba para el ejército, pontones y cabalgamento de las dos plazas 
y castillos de San Sebastián, Fuenterrabía, el Pasaje y Guetaria 
se entretenían 300; y en las obras y fortificaciones 1 50 carpinte- 
ros y oficiales y 800 peones sin las mujeres y gente voluntaria, 
Y aún se pedían más servicios, y secundaba al rey el consejo de 
Cantabria que residía en Vitoria: hacía esfuerzos la Diputación 
para complacer al monarca, y cuando el Corregidor, por orden 
del rey mandó que todos los guipuzcoanos desde la edad de 
16 años hasta la de 50 tuviese cada uno su arma de fuego, pól- 
vora, balas y cuerda, para cuando se ofreciese, la junta respon- 
dió que, careciendo de armas, suplicase el Corregidor á S. M. y 
señores de su consejo de Cantabria ordenasen que á la gente 
de la provincia se la surtiese de armas y municiones (1). 

Las necesidades crecientes de aquella desgraciada monar- 
quía, aumentaban sus exigencias, y tales hizo á Guipúzcoa que 
no se creyeron bastante autorizados sus representantes para 
concederlas todas; no fueron más condescendientes los reunidos 
en nueva junta en Tolosa; pero mostróse inexorable el Corregi- 
dor en cumplimiento de las órdenes del rey, y por temor á ma- 
yores males, obedeció la provincia (2). Acudió gente de ésta á 
la guerra de Cataluña y á la conquista de Portugal, haciéndose 
además levas para la real escuadra (3), después de haberse apa- 



(I) «V que respecto a que no 3e le había querido dar pólvora, plomo y caerda 
en Pamplona ni en otras partes, ni en Placencia armas de fuego por su dinero i 
ñn de que en alguna ocasión repentina que se ofreciese se hallasen prevenidos los 
guipuzcoanos se determinó lo conveniente.» {Act^ de la junta iel ¡n Marzo /'►Í9.J 

(j) Junta particular celebrada en la Iglesia parroquial de San Bartolomé de 
Vidania en ó de Tcbrero de 1640. 

()) Eran tan estimados los i^uipuzcoanos para la marina, que en los continuos 
pedidos que de ellos se haci.-in para tripular buques, merece consign«r«c cl qtic cb 
JO de Marzo de i(i(>3 h'uo el rey á la provincia de « la mas numci ' .1 

que pudiera vcrilicar para servir de guarnición á tos cuatro Galcoi* 
el general D. .Miguel de Oquendo y que se hallaban ya prontos para balir •! tn«r. 



GUIPÚZCOA 



143 



rejado en San Sebastián algunas y hasta una se armó de 17 na- 
vios con destino á Burdeos en favor de los sitiados, rebeldes á 
Luís XIV. 

Veinticinco años de asoladora guerra entre Francia y Espa- 
ña, hacían necesaria la paz: al cabo de no pocas peripecias, se 
convino en una tregua mientras se ajustaban ciertos prelimina- 
res ; terminados los cuales y dada la última mano á los capítulos, 
se convino en firmarla en la frontera de ambos reinos, señalando 
la Isla de los Faisanes. 

Entre varias isletas que forma el río Bidasoa, es una la 
de los Faisanes, que llamada así desde tiempo inmemorial, y 
colocada más arriba del paso de Behobia, y media legua larga 
de Fuenterrabía, consta de quinientos pies de longitud y de se 
tenta de latitud. Sobre ésta, se empezó á edificar algunos meses 
antes, de común acuerdo de ambos reyes, una casa, para que al 
fin de los ajustamientos sirviese á estas funciones. Y porque la 
posesión y derecho que tiene Fuenterrabía á todo el Río que- 
dase salvo é ileso, se repitieron en esta ocasión por dicha ciudad 
á los ministros franceses las protestas judiciales que siempre ha 
hecho en los demás actos celebrados sobre sus aguas por las 
dos coronas, como el que se ofreció con el rey Francisco I de 
Francia el año de 1526 y el de 1530 con sus hijos; el de las 
vistas de la reina D." Isabel de la Paz, con la reina madre y su 
hermano Carlos IX en el de 1565, y el de las entregas de las 
reinas D." Añade Austria y D.^ Isabel de Borbón el año de 161 5, 
como consta de los mismos instrumentos auténticos que guarda el 
Archivo de Fuenterrabía y lo escriben Cabrera, Mantuano, Sa- 
lazar de Mendoza y otros. Iba caminando la obra al paso de los 
tratados y estuvo perfecta cuando la conclusión de ellos la hizo 
necesaria. Era su forma prolongada, por haber de obedecer la 



pues necesitaba de Infantería de buena calidad á propósito como la que se puede 
sacor de vuestros naturales por las experiencias que se tienen de su valor y cons- 
tancia.» 

El rey autorizaba además á la Diputación para nombrar capitanes guipuzcoanos. 



344 GUIPÚZCOA 



fábrica á la comodidad que dispensaba la isla ; é hfzose igual- 
mente común á las dos naciones, de suerte que cada una de ellas 
tenía las mismas piezas, y de igual proporción y distancia qae 
la otra, y con el mismo lujo amuebladas ; pues no se escaseó la 
ostentación más esmerada. Como la mitad correspondía á Fran- 
cia y la otra mitad á España, cada ministro tenía su entrada, y 
cada uno se presentó con el más ostentoso aparato, como si mu- 
tuamente pretendieran eclipsar en gprandeza y ofuscar en lujo. 

Al cabo de veinticuatro conferencias en cerca de tres meses, 
se ajustaron los 124 artículos que constituyen el &moso tratado 
de Paz de los Pirineos (i), que demostraba el estado á que ha- 
bían reducido á España reyes ineptos é indignos favoritos. 

También se estipuló que Luís XIV casaría con la infanta 
D." María Teresa de Austria, primogénita de Felipe IV, renun- 
ciando ésta á la sucesión de la monarquía española, mediante el 
dote de 500,000 escudos. 

Como el príncipe de Conde, el sitiador de Fuenterrabía, se 
había puesto al servicio de España, por lo cual le odiaba Maza- 
riño y le protegía nuestro rey, fué objeto igualmente del tratado, 
conviniendo el cardenal en reponer á Conde en su gobierno de 
Borgoña. 



( 1 ; Recuerda esta paz una columna conmemoratoria con cuatro inscripciones. 

Mirando á Irún, dice : 

MDCCCLXI 

En la cara que mira á la carretera de Irún á Behovia, dice : 

En Memoria de las conferencias de 
MDCLIX 

Por las cuales 
Felipe IV y Luis .\1V 
Con una feliz alianza 

Pusieron término 
A una empeñada guerra 
Entre sus dos naciones. 

Restauraron esta isla 
Isabel II, reina de las Españas 

y 

Napoleón III, Emperador de los franceses 
En el año MDCCCLXI. 

En el lado oriental que mira al puente, la misma inscripción en francés. 



GUIPÚZCOA 345 



A entregar á Luís XIV la infanta de España que había de 
ser reina de Francia, salió Felipe IV de Madrid, lo que se avisó 
á la provincia, para que procediera, como procedió, con la es- 
plendidez que en el viaje de Felipe III, si no se excedió (i). 



(i) Es curiosa la relación de este viaje : 

El I 5 de Abril salió de Madrid la corte con gran séquito, tardando cerca de un 
mes en llegar á San Sebastián; tan cortas eran las jornadas, tantas y tan grandes 
las detenciones, por no dejar convento que visitar, y encontrarse con algunos obs- 
táculos que vencer ; así al tratarse de la bajada de la cuesta de Salinas, dice la rela- 
ción: «el cuidado de quien avia ido á prevenir los caminos y la diligencia de las 
«justicias de los lugares cercanos, y de los demás de la Provincia, tenian repara- 
i>dos los malos passos de ella, y aderezada esta cuesta en la mejor forma, que avia 
opermitido su terreno, y la incomodidad con que habia porfiado á impedirlo el 
•temporal, y así el coche de sus Magestades, baxó con toda seguridad, y todos los 
•demás, sin azar considerable, ayudándose muchos con la precaución de quitar 
»los tirantes, y muías de delante, y con la industria de amarrar una rueda, para 
•que la firmeza de ella fuese deteniendo, y suspendiendo el ruedo en las pendien- 
•tcs de la cuesta, con que al anochecer llegaron sus Magestades á Mondragon; pero 
•muchas personas mas tarde.» 

Dice más adelante : o Iba llegando á Villareal el séquito de la corte con gran di- 
•ficultad, por la que habia dado á la cuesta el rigor del día. Esto obligó á variar el 
•orden prevenido, y dispuesto ; porque aviendo de pasar en el siguiente á comer, 
»y dormir á Tolosa : determinó su Magestad dividir la jornada, quedándose á ha- 
•zer medio dia en Villafranca ; lugar, que parte la distancia : pero ni aun esto pudo 
•exccutarse, porque no bastando las hogueras que se pusieron á trechos del cami- 
»no, ni la providencia de salir á él muchos hombres con teas encendidas, eran las 
•diez de la noche sin que hubicssen arribado algunos coches: por lo qual tomó su 

• Magestad nueva resolución, de no passar de Villareal al otro dia, para que se re- 

•cobrase, y uniesse toda la familia dudóse, si avria allí la provisión suficiente 

•de bastimentos, por avcrseles perdido muchos, que tenian prevenidos, para el 
•tránsito de su Magestad, á este, y á los demás lugares, desde Burgos, á causa de 
•la detención que tuvo en aquella ciudad, contra los primeros avisos que les fue- 
•ron, y el tiempo á que los aguardaban ; y también, porque consumiendo cada dia 
»los vagages de la corte 700 fanegas de cevada, quanta se gasta en aquella tierra 

• se conduce de acarreo.» 

Todos los pueblos se esmeraban en agasajar á la corte. Este fervor monárquico, 
estuvo á punto de producir un conflicto entre el vecindario de ambos Pasajes. «Es 
•de la jurisdicción de S. Sebastian, el Passage que está de su banda ; y de Fuente- 
•rrabía, el que está de la otra parte, y defiende cada uno de estos lugares con tan- 
»ta observancia la inmunidad de sus términos, que no permite, que use el otro en 
•ellos de ningún acto de superioridad. Los del Passage de Fuenterrabía, qui- 
»sieron entrar aquella tarde con estandarte arbolado en la jurisdicción del de San 
•Sebastian, defendiéronlo los de este con resolución, y los otros en dos comp;i- 
•ñías, que tenian formadas, para hazer alarde delante de su Magestad, venían á 
•franquearse el paso con las armas, á tiempo, que D.Juan del Águila, cavallero de 
•la Orden de Santiago, Oidor de la Chancilleríade Valladolid, Corregidor de aque- 
»lla Provincia; y otras personas de quenta, que á la sazón se hallaron allí, compu- 
•sieron la diferencia, y hizieron contener en los límites, y en los de la razón á los 
•de Fuenterrabía.» 

44 



3^6 r, u 1 p ú z c o A 

Verificados los desposorios en España, hízose la entrega de 
la infanta, ya reina, á su marido, en la raya de Francia; hallán- 
dose allí la reina D.' Ana de Austria, hermana de Felipe IV, 
viéndose ambos hermanos después de tantos años de ausencia y 
tantos desabrimientos como habían tenido. 

En el mismo Bidasoa se separaron las cortes de ambas na- 



Describiendo los festejos celebrados en Pasajes, después de expresar la inmen- 
sa concurrencia de toda clase de gentes, y multitud de botes, añade: «Estaban 
«surtas en el Puerto siete fragatas ostentosos, un Galeón de la Plata, nombrado 
«Roncesvalles, y un navio de particular grandeza, que fuera ya del astillero, ven 
«los términos de aprestarse, se había destinado desde el principio de su fábrica 
«porquenta de Su Magestad, para Capitana Keal de la Armada del (.'cceanoly como 
«tal há número de meses que navega, quando se dá á la estampa i.ste resumen). 
«Extiéndese la quilla hasta 66 codos y medio de longitud; contiene la manga, que 
«viene á ser lo ancho, el espacio de veintiquatro; la Esloria <que es lo más largo) 
«en la tercera cubierta, 87 ; desde el Soler, hasta la tercera cubierta, ay veinte y 
«dos; tiene ciento y cinco portas para la artillería, y llevará encavalgadas hasta 
«noventa piezas; há menester 1600 quintales de jarcia, 8000 varas depacage,é 
«lienzo, para velas, y es de mil quinientos y veinte y dos toneladas; y en suma 
«dizen, no averse visto Nao de tanto porte en Europa, ni aun en el Orbe; excepto 
«las Carracas de las Indias Orientales, que por su desmedida grandeza, no pueden 
«navegar, sino en aquellos inmensos mares 

«Luego que se descubrió el vareo de Sus Magestades, les hizo una salva toda la 
«artillería, y mosquetería de la Capitana Real, de Roncesvalles, de las fragalasOs- 
«tendesas, del Castillo, y de la gente de los Passages, en que se dispararon hasta 
«doscientos cañonazos, y mas de dos mil mosquetes, que con ruidoso estruendo, 
»y dilatado eco, resonaron por aquellos espacios del agua, y de la tierra, y con 
«densidad de volcanes de fuego, y de opacas nubes de humo, embarazaron todo 
«el aire. 

«Assí como se fué levantando este nublado, se ofreció á los ojos un hermosíssi- 
»mo objeto. Venia la gavarra de Sus .Magestades, vestida de toldo, y paramentos 
«de color pajizo, y remolcada de dos chalupas de á seis remeros cada una por 
nvanda, vestidos todos de encarnado, y que á fuerza de brazos, en la alta marea.la 
«conducían en veloz serenidad, contra la corriente. 

«Rodeábanla algunos vareos con clarines, violones, y otros instrumentos músi- 
«cos, con que también otras naciones (no solo la Española) procuraban festejar, y 
«servir a tal .Monarca, poblando aquellos huecos de armonía suave, y gustosas 
«consonancias. Dábanla infinitos bordos muchas gavarras, y vareos, queremolca- 
•das unas, y conducidos otros, de aquellas varoniles mugeres, admiraba á todos 
«la constancia con que remaban, y la ñrmeza, y brio con que disparaban á pecho 
«los mosquetes. 

«Entretenía la diversidad de gente, que se miraba al rededor de aquellas naos, 
«y la que iba por medio del canal en chalupas, en gavarras, en falúas, y en otros 
«géneros de embarcaciones pequeñas, la diferencia de colores con que venían 
«ellas aparejadas, y vestidos sus remeros, el ardor con que contendían unas con 
«otras, sobre ganarse el varlobento, y vencer en la velocidad ; y últimamente, 1« 
«ansia, y deseo con que todas procuraban adelantarse á viva fuerza, y diligencia, 
«y ganar tierra, ó ganar agua en la cercanía, y vista de su Rey.« 



'3 U I P U Z C o A 



147 



^ones, muy satisfechas de aquel matrimonio, concertado como 
prenda de paz, « que había de ser fuente inagotable de gravísi- 
mos acontecimientos para España, y el suceso que más había de 
influir en el porvenir de esta nación (i)-» 
^ Durante las anteriores conferencias para la paz, tuvo Gui- 
púzcoa looo hombres armados. 

Poco tiempo después se estuvo á punto de que ocurriera un 
grave conflicto, que afortunadamente no hizo más que iniciarse. 
■ Al cangearse y restituirse á sus reinos los embajadores de 
España y Francia (22 Diciembre 1673) ^" ^^ salva que al pasar 
el Bidasoa hacían las fuerzas de naturales de una y otra nación, 
celebrando el recibo de su embajador, los franceses dispararon 
con bala é hirieron gravemente en un muslo al señor de la casa 
solar de Ribera, y al ver tal alevosía la gente de Irún, disparó 
también con bala matando á dos franceses é hiriendo á otros. 
Por ambas partes se trabó la lucha, peligrando las personas de 
los embajadores, que al fin quedaron ilesos, lográndose apaci 
guar á los contendientes, de suyo exasperados, con los ánimos 
más dispuestos á la gu6rra que á la paz. 

H Los apuros del tesoro por la conquista de Portugal, obüga- 
Bon al rey á pedir á Guipúzcoa un donativo, y concedió el de 
20,000 duros, además de tener que acudir á la defensa del 
país amenazado con las fuerzas que Francia presentó á la dere- 
cha del Bidasoa, frente á Irún (1666); teniendo que apresurar 
al año siguiente la conclusión de fuertes exteriores de San Se- 
bastián y prepararse á rechazar la posible invasión francesa. 
No corrían seguramente buenos tiempos para Guipúzcoa. 



II 



( 1) Lafuente. 



íq8 



ü I I P U Z C O A 



Siguieron las peticiones de gente de mar y tierra en el rei 
nado de Carlos II, quien en 1677 solicitó de la provincia la 
formación de una escuadra de bajeles, acordándose en la junta 
celebrada en Motrico el 14 de Octubre que se compusiera de 
cinco bajeles, vergas en alto, de 3,600 toneladas en junto, con 
tal que el rey auxiliara á la provincia con 2Ó ducados de plata 
por cada una de las toneladas, supliendo Guipúzcoa todo lo res» 
tante (i). 

Pero el mayor peligro de Guipúzcoa era su vecindad del 
otro lado del Bidasoa; llegando los franceses (16S0) á construir 
en Hendaya un fuerte, que al terminarle, tres años después, 
dispararon desde él algunas bombas á Fuenterrabía. Temióse la 
invasión francesa en la provincia; pero se dirigió á Cataluña; a 
allí fueron también guipuzcoanos; efectuaron éstos además una 
ligera excursión hacia Sara, que si no tuvo por objeto, coincidió ^ 
á poco con la celebración de un tratado entre Labourd y Gui- — 
púzcoa sobre la pesca del bacalao en Terranova; en 1696, quiso •^c 
Francia poner obstáculo a la navegación y pesca de los buques-^^ 

guipuzcoanos, desistiendo por las representaciones de sus jun 

tas; aunque no cejando el francés en tener como en jaque áí^S 
Guipúzcoa ó más bien á España, con el ejército considerable que^ss 
mandaba en Bayona el general Harcourt, á la espectativa de la - _» 
intrigas que en Madrid pululaban á la cabecera del lecho de ^^! 
monarca hechizado. A tal extremo llegaron los propósitos d^^c 
Luís XIV, que viendo próximo el fallecimiento de Carlos II ^ \ ' 



(1) Habiendo pedido el rey después 200 infantes para la tripulación de lc=^ 
bajeles de Oqucndo y respondiendo la provincia que no podía dar cumplimiento ' 
este servicio si habla de formar la escuadra, la relevó S. M. de ella. 

Merece referirse la gran tempestad que sufrió San Scbastiin el;7 de Dicici*^^- 
bre de 1(188. Coincidió con la del cielo un desusado movimicoto en el mar, 4 V< 
hora de la pleamar de la tarde. Inundó el mar camino y huertas, y subió el aguJk. * 
tanta altura que excedió en mucho á lu de las murallas de la ciudad que miran -f ' 
muelle, entrándose el agua dentro de ella ú la parte llamada el Ingente. Al tcrr<3' 
que infundió esta inundación, se añadió el que producían los truenos y reli(n;><'' 
j{Os; que un rayo cayó en el castillo prendiendo los 780 quintales de pólvora qv»r 
habla en el almacén con la voladura de 1 o hombres : conmovió el estruendo 4 tocJ* 
la población, produjo un pánico y azoramiento indescriptibles y no pocos daño«. 



r. u I p u z c o A 349 



dudando conseguir su deseo de que le heredara el duque de 
Anjou, pensó en un tratado con sus coaligados para repartirse 
los dominios españoles, reservándose para sí Guipúzcoa y Na- 
varra (i). 



(i) Gainza, Hixtoría de Irunuranzu. 






w 




CAPITULO XIII 



Principios del reinado de Felipe V.— Aduanas. — Nueva guerra con Francia.- 
Defensa y sumisión de Guipüzcoa. 



I 



L venir Felipe V á reinar en España, entró por Guipúz- 
coa (i), cuya Diputación se esmeró en sus obsequios, pro- 

|(i) Conforme d tuero correspondía u irün dar la guardia al rey cuando se alo- 
ara en esta villa, alegó el mismo derecho Fuentcrrabia, ninguno quería ceder, 
dióse cuenta a D. Felipe que estaba ya en la frontera, y se dctu%'o tres días en San 
Juan de Luz mientras se resolvía la cuestión, mandando que la guardia la diesen 
militares del presidio de San Sebastián, y que ni el alcalde de Fuenterrabia ni el 
de Irún salieran á recibirle. 

Formóse un largo proceso que se sentenció en 1702, dando sobre lo militar 
voz y voto á la Universidad de Irún, con separación y total independencia de 
Fuenterrabia. 

En I 7 14 se decretó á favor de Irún la exención de jurisdicción de Fuenterrabia, 
para poder ejercerla por medio de sus alcaldes ordinarios con independencia de 
los de aquella ciudad, sin embargo de los antecedentes, reales resoluciones, etc. 





duciendo la gratitud del monarca, que hasta mandó retirar la 
guardia de honor, en demostración de la confianza que tenía en 
sus nuevos subditos. Desembarcó en Irún, en cuya iglesia pa-d 
rroquial oyó un Te-Deum, visitó á Fuenterrabía y San Sebastián,] 
y siguió á Madrid. 

Inminente la guerra con laque ya empezaba á ser poderosa] 
Albión, ordenó el rey se resguardasen las plazas marítimas deJ 
la provincia « por si fuesen atacadas como se recelaba por escua-j 
dras inglesas y holandesas, que se tomasen las medidas condu- 
centes para precaver cualquiera insulto, teniendo en buen estado 
las guarniciones y artillería y prevenida la gente y milicias del I 
país para entrar en San Sebastián, Fuenterrabía y los Pasajes 
luego que tuviesen la primera noticia de hallarse los enemigos,| 
en el mar.» De todo cuidó la Diputación, llamando la atención 
de S. M. hacia la importancia de los demás puertos de la pro- 
vincia, especialmente del de Guetaria ; y en cuanto supo haberse 
dado á la vela las escuadras de Holanda é Inglaterra con gran 
número de navios y gente de desembarco, nombró por su coro- 
nel al príncipe de Esquilache, y adoptó cuantas determinaciones 
le sugería su celo, contribuyendo con hombres y dinero á los in- 
cesantes pedidos de unos y otros. 

No impidió esto se produjeran graves disgustos con la corte, 
por cuestiones de contrabando, y quererse establecer una adua 
na en Hernani, además de las que había en Tolosa y Ataun. 
Fundábase para esto la Real Hacienda en el mucho contrabando 
que se hacía ; y apoyaba é inspiraba este propósito el rey en su 
deseo de crear y fomentar la industria nacional, tan lastimosa- 
mente abatida. Opúsose la provincia alegando sus fueros ; con- 
sideró el rey esta oposición perjudicial al resto de España, y yi. 
no pensó en la aduana de Hernani sino en llevar á Irún y San 
Sebastián la de Miranda ó Vitoria : juntóse la provincia en San 
Sebastián (29 Enero «718), reclamó alegando sus fueros y dere- 
chos, desagradaron al rey sus reclamaciones, envió tropas, mar- 
chando desde luego ocho batallones de guardias y el regimiento 



GUIPÚZCOA 



153 



de caballería de Armendariz, llamó á la corte á tres de los prin- 
cipales caballeros de Guipúzcoa, y amenazó al Diputado general, 
al Secretario y á otros caballeros con igual llamamiento. 

Tan extremadas resoluciones asombraron á la provincia, á 
la que no convenía apelar á otras armas que á las de la persua- 
sión, como lo demostró la misión que llevó á la corte el marqués 
de Rocaverde, que regresó desengañado. También probó la pro- 
vincia sus pacíficos sentimientos en la ayuda y hasta protección 
que dispensó á las tropas para salvar las dificultades que tuvie- 
ron que vencer en su marcha por el temporal de nieves que 
sobrevino. 

Los desmanes á que se entregaron los bilbaínos al estable- 
cerse en la capital de aquella provincia la aduana, contagiaron á 
los guipuzcoanos de genio levantisco. No estaban menos alar- 
mados los más pacíficos; y cuando escribió el ministro de parte 
del monarca que, t la providencia de las aduanas no ha tenido 
en la voluntad del Rey otro fin que el bien común de sus vasa- 
llos y una igualdad en sus reinos sin el menor perjuicio, > envió 
Guipúzcoa dos diputados para que se quitasen las aduanas, pero 
nada consiguieron y las aduanas continuaron en la frontera. 

Motivos eran éstos seguramente de disgusto para los gui- 
puzcoanos, añadiendo á aquellos la impericia militar y conducta 
harto incorrecta del general que mandaba las tropas de Guipúz- 
coa, y cuando más acierto se necesitaba por los rumores de 
guerra con Francia que empezaron á esparcirse (17 19). Sin em- 
bargo, atenta la provincia á servir al rey, le expuso lo dispuesta 
que estaba á repetir los sacrificios que otras veces hiciera ; pero 
que tenía desmanteladas sus plazas, desprovistos sus almacenes, 
inermes los pueblos, por haber confiado en una paz eterna con 
Francia, y el rey mandó se proveyese á todo, nombrando gober- 
nador de Fuenterrabía al mismo diputado que tenía Guipúzcoa 
en Madrid D. Francisco de Emparan, demostrando así su gran 
confianza en aquel país, pues confería á uno de sus hijos el 
puesto de mayor gravedad é importancia. 



45 



Puso la provincia sobre las armas cerca de 5000 hombres (i). 
demandó ayuda á sus hermanas Vizcaya y Álava ; mas ésta res- 
pondió que sentía mucho no hallarse en disposición de contribuir 
con las asistencias que deseaba y debía, ofreciendo procurar 
hacer lo que pudiese, y Vizcaya puso á disposición del rey el 
servicio de 800 á 1000 hombres armados y equipados; así que 
el peso de todo cayó sobre Guipúzcoa, y aun el peso de la gue- 
rra, porque no obstante estar allí un ejército de tropas regula- 
res, las milicias guipuzcoanas, que así las llamaban y eso eran, 
ocupaban en los avances la vanguardia, y la retaguardia en las 
retiradas. 

Era el causante de la nueva guerra con Francia el cardenal 
Alberoni, quien no contento con habernos indispuesto con In- 
glaterra, como nos indispuso con toda Europa, pretendió que 
sus disensiones con el duque de Orleans las dirimiera Espafia 
con las armas. Francia declaró formalmente la guerra ( 9 de 
Enero de 17 19) publicando antes un manifiesto en el que con- 
signaba que < aunque los soberanos no están obligados á dar 
cuenta más que á Dios de sus operaciones, cuando importa á su 
gloria, ó á la tranquilidad pública , es bien informar al mundo 
de su justicia: Que había tomado esta empresa por el propio 
bien de España ; que no conocía sus actuales intereses, y era 
preciso mantenerla, sin imputar esta infracción de tratados á la 
religiosidad del rey Felipe sino al inconsiderado empeño de sus 

ministros; 

que España había querido turbar su estado (Francia) con se- 
cretas conjuraciones; que para asegurarse de ellas había hecho 



( I ) oEntcndicndosu muy ú tiempo que quando havian cesado ó á lo incnoii i 
flaquccido conBÍderablcmcnte las sospechas de que la Francia invadiese « Guipd 
coa, una porción numerosa de la marincria, se encaminaba á la pesquería de I 
Valicnas y del Vacallao, y conociendo que seria muy sensible su (alt.i, Iti Provin- 
cia embarazó con facilidad su salida porque ni los marineros querían dejar A su 
Patria en el riesgo sin contribuir d la defensa y verdaderamente fue de gnnác 
ventaja para el Real servicio esta providencia porque los marineros llenaron co 
ambas plazas la suma falta que tenia el Hey de artilleros, haciendo las mciorcs 
granadas y disparando con raro acierto la artillería » Cm. s. anónimo). 



GUIPÚZCOA 



355 



una alianza, que aunque perjudicial á España podría resultarle 
útil, pues si eran precisas las armas después de avisado del ri- 
gor de ellas el Rey católico, y aun dádole la utilidad de las pro- 
posiciones, era una de ellas que el Cristianísimo alcanzaría para 
el Rey de España á Gibraltar; y que todas habían sido despre- 
ciadas, creyendo que ir contra la neutralidad de Italia y Sicilia, 
no era de cuenta de los aliados.» 

D. Felipe dio otro manifiesto motivando por qué no había 
admitido el tratado de la cuádruple alianza, la rescisión del con- 
trato de la neutralidad de Italia, violado muchas veces por el 
emperador de Austria ; se quejaba de Inglaterra tan beneficiada 
en el comercio ; ponderaba la ambición de la Casa de Austria y 
se ensangrentaba contra el regente de Francia. Otro papel es- 
cribió Alberoni defendiéndose é injuriando al duque de Orleans, 
lo cual le exaltó y avivó la guerra determinando hacerla contra 
Cataluña, Navarra y las Provincias Vascongadas. 

Aunque el duque de Berwich y Liria era grande de España 
y tenía un hijo casado con la hermana del duque de Veraguas, 
se puso al frente del ejército francés invasor, restituyendo el 
Toisón de oro á D. Felipe que no le quiso. 

Penetraron los franceses en España por Vera, forzando el 
puente (i), con intento de seguir á Pasajes á quemar los buques 
en aquel puerto anclados, en lo cual mostraban grande interés 
los ingleses, que siempre han tenido para con nosotros tan bue- 
nas intenciones. Acudieron los guipuzcoanos á disputarles el 
paso de Arichulegui, no se atrevieron los franceses á forzarlo, 
torcieron la marcha por camino muy áspero en el monte á tomar 



(i) Cuanto narramos sobre esta campaña esld tomado de una relación manus- 
crita anónima. Con gusto lo copiaríamos integro por los importantes y desconocidos 
detalles que contiene, exactos todos, si la naturaleza de nuestro trabajo lo permi- 
tiera; pero nos vemos precisados á hacer solamente un ligero extracto. Y es inte- 
resante; porque se ocupan muy poco de aquellos hechos todos los historiadores; 
pues aun el marqués de S. Felipe, en sus Comentarios, en los que tantos detalles 
refiere, siendo parto ó testigo en muchos de ellos, pasa como sobre ascuas en los 
referentes ¡i Guipúzcoa; lo cual da mayor importancia al manuscrito de que nos 
ocupamos. 



la ruta de Irún; se destacaron inmediatamente cuatro compartías 
para interceptarles el paso, pero una niebla densa acompañada 
de un constante diluviar, impidió se atinase con una oculta vere- 
da que se debía ganar, y los franceses penetraron en Irún, á 
donde condujeron grandes fuerzas las barcas de Hendaya, pa- 
sando otras por un puente que echaron sobre la Isla, debajo de 
la pesquería de la ciudad, junto á la casa de Martinenea. El fue- 
go de la escasa artillería del castillo de Behoyia causó á los fran- 
ceses algunas bajas ; lo cual no impidió que reunieran en nues- 
tro terreno más de 8000 hombres que se apoderaron fácilmente 
de la basílica de San Marcial, débilmente atrincherada, y caye- 
ron sobre el castillo de Behovia. Rechazados dos veces por su 
corta, pero valerosa guarnición, acudieron los enemigos en gran 
número, atacaron con insistencia; y como fabricadas reciente- 
mente con tierra las obras exteriores, podían resistir poco y las 
dañaban las grandes lluvias de los días anteriores, suplieron con 
su valor la debilidad de la fortaleza, jugando incesante la escasa 
artillería y mala fusilería. 

Admirado el francés de tanta bizarría intimó la rendición del 
castillo, permitiendo á sus defensores paso libre para cualquiera 
de las dos plazas, á lo que respondió el comandante que las pla- 
zas del rey de España no se rendían tan fácilmente y prosiguió 
el fuego. A las dos horas un segundo parlamento anunció que 
pasaría á cuchillo la guarnición si no se rendía ; obtuvo la misma 
respuesta, y continuó defendiéndose hasta que al día siguiente, 
destruidas unas obras, amenazando inminente ruina otras, contan- 
do apenas con 37 hombres, careciendo de lo más preciso, capituló 
la guarnición quedando prisionera de guerra. 

Dice muy bien Gaínza lamentándose del abandono en que* 
el rey tenía á Guipúzcoa cuando penetraron en ella los france- 
ses (19 Abril 1 7 19), que las pocas fuerzas enviadas, parecían 
«que más bien vinieron á cumplimentar al ejército de Francia, 
que á hacer la oposición ; > y añade : 

« Se me hará muy creible lo que digo de que el rey nuestro 



GUIPÚZCOA 



?57 



señor nunca asintió á que tal invasión hiciesse la Francia en 
España; y para esto devo suponer, que S. M. nada ignoraba 
de la Corte de Francia, pues tenia en Paris por Maestro Emba- 
xador suyo al Príncipe de Chalamar, Señor Italiano de rara 
viveza, y aun de travesura, según publicaron los afectos al Du- 
que de Orleans en la Francia y también en el Exército; y 
ademas de esto sabia muy bien que los Príncipes de la Sangre 
de Francia, y especialmente el Duque de Borbon, le eran muy 
afectos, y se oponían á las ideas de Orleans. Y últimamente que 
los Mariscales mas experimentados de la Francia se escusaron 
de Comandar la guerra contra España; y los Tenientes Gene- 
rales, Mariscales de Campo, Brigadieres, hasta los Capitanes y 
Oficiales Subalternos salian á Campaña mas de fuerza que de 
grado; y que esto fué así, puedo yo certificar por confesión 
universal de todos los que entraron en Irun ; pues muchos de 
ellos, los mas principales del Exército, me lo aseguraron con la 
ponderación de que hasta los soldados ordinarios hacian la 
campaña violentos.» 

Por su parte los de Irún, con las pocas fuerzas que allí 
había, se propusieron entorpecer cuando menos el avance de 
los enemigos, haciendo grandes cortaduras en los caminos es- 
trechos, trincheras en las laderas y disparando desde las altu- 
ras; pero se dispuso la retirada, pensada antes, y se ejecutó 
con gran pesadumbre de todos. 

Al ocupar los franceses á Irún la saquearon. 

Avanzaron los invasores á Oyarzun, desguarnecido; procu- 
raron, para más fácilmente realizar sus intentos, hacer creer 
que no luchaban contra el rey sino contra su ministerio; atajó 
oportunamente la diputación estos trabajos, y seguramente que 
la leal decisión de los guipuzcoanos merecía más ayuda por 
parte del rey, si bien no debe prescindirse de los apuros de 
aquel monarca por las empresas en que estaba comprometido á 
la sazón, bien distantes unas de otras. 

Continuaron avanzando los franceses, se apoderaron del 



castillo de Santa Isabel, que les dio la posesión de Pasajes; 
quemaron, en obsequio de los ingleses, uno de los seis navios 
que se fabricaban por cuenta del rey en el astillero apartado de 
la población, y no los otros cinco por no incendiar las casas 
contiguas, pero los destrozaron, saqueando los almacenes, cuyas 
existencias condujeron á F"ranc¡a. Guarnecieron los puestos que 
ganaron á costa de 300 hombres, muertos por los de Oyarzun 
y Renteria, que defendieron los navios, volviéndose al campa- 
mento de Irún. 

Ocupados por los franceses ambos Pasajes, creyeron conve- 
niente atacar á Fuenterrabía y San Sebastián, que no podrían 
ser socorridas por las tropas, tan ocupadas en la guerra de 
Cataluña. Entonces conocieron los enemigos lo útiles que les 
habrían sido los navios que destruyeron con daño ageno y 
sin provecho propio. Pero no era este solo el gran peligro de 
Guipúzcoa. Abandonados sus puertos de Motrico, Deva, Zuma- 
ya, Guetaria, Zarauz y Orío, les amenazaban tres navios ingle- 
ses de á 50 cañones, que bordeaban por la costa, apoderándose 
de barcas y chalupas desarmadas. Embarcaban tropas francesas 
con las que amenazaban temidos desembarcos, y dificultaban 
los socorros á Fuenterrabía y San Sebastián. 

En breve experimentaron los efectos de la dominación fran- 
cesa Renteria, Lezo y Astigarraga : se corrieron desde allí á la 
vista de San Sebastián por el monte Ulia, algunos destacamen- 
tos franceses, pero salieron 800 hombres contra ellos y les hi- 
cieron retirarse á Pasajes. Hiciéronse temer algunos paisanos 
de Oyarzun é inmediaciones; se estimuló la deserción de los 
franceses, que supieron atajarla sus jefes; trabáronse algunos 
pequeños combates parciales que costaron la vida á no pocos 
franceses, pero prevaliéndose los guipuzcoanos del conocimiento 
del terreno escogíanle á propósito para bruscas acometidas, 
asegurando siempre la retirada. En estas pequeñas algaradas, 
hasta los muchachos 



stinguiar 



(O- 



(1) «otro día, cinco muchachos que no pasaban de á 16 afios de cd«d. cmbU- 




c 




Decididos los franceses á ocupar á Hemani, aunque no 
tuvieron que vencer más que muy pequeños obstáculos en Asti- 
garraga y Ergovia, saquearon la villa y la abandonaron á las dos 
horas, llevándose rico botín ; y lo que era más sensible bajo el 
punto de vista del honor militar, < algunas vanderas, mucha 
ropa y varios equipajes que por la aceleración de su marcha dejó 
en la villa el batallón de África (i).» 

Además de ser Hernani punto estratégico en aquellos tiem- 
pos, y que podía defenderse, fortificado el monte de Santa Bár- 
bara, á cuyo pié se asienta la villa, está en su iglesia parroquial 
enterrado Juan de Urbieta, el apresador de Francisco I en Pa- 
vía, según la inscripción que se lee al lado del altar mayor (2). 

Sitiada de nuevo por los franceses Fuenterrabía, establecie- 
ron sus trincheras y primera paralela á poca más distancia de 
tiro de fusil ; comenzó el fuego de cañón y arcabuces por una y 
otra parte; y ila nueva batería situada entre la cortina de San 
Nicolás y el Cubo de la Magdalena, disparó con bala menuda 
matando y hiriendo gran número de los enemigos que cubiertos 
de la trinchera disparaban también mucho con carabinas raia- 
das (3).» 

Pronto presentaron los sitiadores 20 cañones frente al 
baluarte de la reina, y otros cuatro en el padrasto alto de la 
ermita de Santa Engracia, para quitar los fuegos del Cubo sobre 
la puerta de Santa María, que, según decían los franceses, les 
causaban imponderable daño por la suma destreza de los arli- 



ticron á siete franceses que estaban hurtando habas en la casería de Aldccoa, ma- 
taron á tres y los demás huieron a contar el suceso á su modo á su excrcilo, de 
donde se destacó un coronel con un grueso de gente considerable y llegó al barrio 
de Alcihar, llamó a uno de los alcaldes de Oyarzun y le llevó preso i su campo 
donde se le hizo cargo, á que satisfizo el alcalde manifestando que no era de »u 
arbitrio el contener á la gente que el Kcy tenia alistada: y asi soltaron al Alcalde 
previniendo al coronel que impidiese ti su gente el hacer corros en Oyarxun, de 
donde sallan siempre descalabrados.»— fV. s. anónimo.) 

(1) M. s. anónimo. 

(3) 'Aqui yace enterrado el capitán Joanes de Urbieta, caballero de la orden 
de Santiago y contino de su majcst.-id." 

(1) M. s. anónimo. 



GUIPÚZCOA 



36f 



Ileros, vecinos de la ciudad, hábilmente elegidos. Ocho cañones 
más batían diferentes puntos de la plaza, que abrieron en breve 
brecha en el baluarte de la reina ; y si bien trabajaban de noche 
en limpiar el foso de las ruinas que despedía la muralla, pronto 



'U^ 



\i 



U^. 



i'Üf^ 



E 



Ir.LESiA be Mernan'i 



precisaba á los soldados retirarse el continuado fuego de los 
sitiadores, quienes dejando en tal estado aquella brecha, ases- 
taron la artillería á la otra que estaban abriendo en la cortina 
de San Nicolás y que la pusieron también accesible. Metiéronse 
por un ramal en la estrada cubierta y se acercaron con otro al 
foso por la parte que miraba á Santa Engracia, y si no pene- 

4« 



36a GUIPÚZCOA 



traron dentro del rastrillo, tenían ya deshechos los parapetos 
de la inedia luna de San Nicolás y abierta brecha suficiente para 
poder avanzarla, tan descubiertamente todo, que no podía man- 
tenerse en aquellos parajes la gente de la plaza que los guar- 
necía. 

No obstante la peligrosa disposición en que se hallaban este 
rebellín y el camino cubierto, enñlado por todas partes, la plaza 
se mantuvo ñrme : al día siguiente avanzaron los enemigos á la 
media luna de San Nicolás y á la estrada encubierta, con gran 
fuego de artillería y arrojando bombas, correspondiendo la pla- 
za con el mismo empeño, con la artillería que no había sido 
desmontada, y con la que desmontada una vez volvía á plan- 
tarse sobre cestones y tierra. La gente que guarnecía aquellos 
puestos los mantuvo con gallarda resistencia hasta la temeridad, 
y entonces precediendo la orden, se retiró, sin descomponerse, á 
la plaza. Dueños los franceses de la estrada y rebellín donde se 
alojaron, temiendo el fuego que se les haría desde la muralla, 
volvieron cara á su campo, disparando contra los suyos con pól- 
vora sola. Intentaban con este ardid engañar á los de la plaza; 
pero en breve lo descubrieron, y con tan buena puntería dispa- 
raron contra los enemigos, que por la mañana se vio la media 
luna cubierta de cadáveres. 

El diluvio de bombas, muchas de ellas incendiarias, arroja- 
das á la ciudad, que es de corto recinto y las casas fácilmente 
combustibles, causó grandes destrozos : el fuego de los sitiado- 
res no cesaba ni de noche, que lo continuaba la batería de 
morteros, que había arrojado ya 400 bombas y muchas pie- 
dras (i). 



(i) Una bomba incendiaria cayó en la bóveda del almacén de pólvora; el to- 
rreón de dicha bóveda estaba dentro de la casa vieja de la munición, en cuyo 
techo se fué cebando el fuego y viósc arder el almacén que contenía á la sazín 
600 quintales dentro del torreón. «Pudo aterrarse toda la gente en el conocimien- 
to de que si prendiese la pólvora volaría la ciudad ; pero los vecinos, hombres y 
mugeres, despreciando todo aquel peligro con inimitable arrojo, sacaron agua de 
los pozos, la subieron al techo, y cortando y arrojando cuanto ardía y echando 



G ü r p tr z c n A 363 



Perdidas las fortificaciones exteriores, estaba facilitada la 
ocupación de Fuenterrabía. Temió su jefe las consecuencias de 
que fuese tomada á viva fuerza, y aunque el vecindario, sin 
exclusión de las mujeres, estaba resuelto á sacrificar no sólo 
sus haciendas sino su vida, se pidió parlamento, se enviaron las 
bases de la capitulación, y aceptada (i) se rindió la plaza el 16 
de Junio de i 719. 

Habíanse arrojado á ella sobre 5,000 bombas y 28,000 pro- 
yectiles sólidos. 

Considerada heroica su defensa, fueron recompensados el 
jefe D. Francisco José de Emparán, el gobernador D. Anto- 
nio de Mata y Arnau, y los jefes y oficiales superiores de los 
cuerpos. En cuanto á «los oficiales y soldados ciudadanos, fue- 
ron quando menos iguales en los méritos y escedieron en repug- 
nar las remuneraciones, porque nunca las pretendieron sus pre- 
decesores (2).» 

La ciudad escribió á los ocho días al rey, el cual contestó 
mostrándose satisfecho del celo y fidelidad mostrados por su 
real servicio en cuanto se había hecho, lo mucho que sentía sus 
desgracias «y no haberla podido socorrer, como lo solicitó, por 



agua apagaron el incendio con tan extraña felicidad, que no hubo quien noloatri- 
buyese á manifiesto milagro de Maria Santísima, en especial cuando se advirtió 
que estaban abiertas dos ventanas que tiene el almacén para ventilar el ambien- 
te."— f A/, s. anónimo. > 

(1) Sólo se discutió el artículo en el que los españoles habían de salir de la 
plaza con tambor batiente, etc.. pretendiendo el mariscal Trances, duque de fícr- 
wik, que permanecieran algún tiempo sin defender al rey, pero se negaron á con- 
ceder ni un dio de permanencia en tal situación, y hubo al fín de acccderse á tan 
noble pretcnsión. 

La guarnición saldría con armas, banderas y cajas y cuatro tiros para cada sol- 
dado: pudiendo ir á Pamplona por el camino de San Juan de Pié del Puerto, ca- 
minando de 1 á 4 leguas diarias, con los bagajes posibles, y escoltada hasta 
Pamplona. 

Habiendo en el ejército francés algunos principes que deseaban ver destilará 
los capitulados, lo presenciaron admirados y convidaron á comer á sus jefes, que 
recibieron loables distinciones. Componían la guarnición de Fuenterrabía unas 
compañías de guardias españolas y valonas, un batallón de Zamora, el regimiento 
de Galicia y dos piquetes de África. Una gran parte de estos soldados eran biso- 
ños, acabados de reclutar. 
(a) M. s. anónimo. 



haberse rendido dos días antes del arribo de S. M. con su exér- 
cito á esas cercanías, y que en consequencia del amor que tiene 
á V. S. procurará por quantos medios sean posibles ponerla 
quanto antes en libertad (i).» 



II 



A moverse con más diligencia la corte, se hubiera podido 
socorrer á Fuenterrabía (2) ; pero todo eran entorpecimientos, 
de muchos de los cuales se podía prescindir y otros evitar, de- 
biendo ser mayor el interés que se tomara en abreviar las mar- 
chas, cuando hasta había que abrir camino para el paso de la 
artillería. 

El 9 de Junio salió el rey de Tudela, precediéndole el prín- 
cipe Pío que apareció impensadamente en Tolosa en la tarde 
del 21, y siguió á San Sebastián, satisfaciéndole, ó aparentando 
satisfacerle, las obras de defensa de esta plaza. Prometió que 
nada faltaría ni aun la oportuna llegada del rey, y regresó á 
Hernani « donde se detuvo mientras se acercaban menos los pe- 



(1) Está fechada esta carta en «Campo KL-al de Lizaso, á ;o de Juniu di. ¡ti^.m' 
(3) D. Felipe que llegó hasta Lesaca (3 leguas de Irúa) con su mujer. mAs que 
i pelear con los franceses, dice Oaínza que iba á « hacer llamada con la proximi- 
dad de sus personas reales á los afectos suyos, que había muchos en el ejercito de 
Francia ú lo eran todos.» Añade después que se pasaban muchos fraoecscs; «pues 
compañías enteras y hasta en número de más de 6,000 soldados pasaroo i tomar 
partido en España.» 

«F'udo el rey, dice el marques de San Felipe, apresurar su viage, y l« marcha 
de las tropas, pero no quería el Cardenal ni el principe Pío exponer la persoaa 
del rey u una empresa imposible, por ser tan inferiores en numero los cspcAoles: 
con todo esto el rey, sin sabida del Cardenal, mandó .iprcsurur su cxcrcito: pero 
como las montañas por donde había de pasar eran tan difíciles, no pudo llegar A 
tiempo de ponerse el rey ú vista de las tropas francesas, que era lo que dcseaNu, 
esperando que su presencia facilitase la deserción; y como miraba al ('ardenal 
como impedimento de su designio, esplicólo su indignación con palabras, que 
podían significar haber caído de su gracia; pero la reina le mantuvo en ella, por- 
que aun estaba persuadida, que las dispo.sícioncs del Cardenal eran las mas acer- 
tadas, para el bien de la monarquía.» 



ligros. » Y era el capitán general del ejército destinado á salvar 
á Fuenterrabía. 

No confiaba mucho seguramente el buen príncipe en la de- 
fensa de San Sebastián ni en la de Guetaria cuando insinuó se 
retiraran de esta última las nueve piezas de artillería de bronce 
que había en su puerto, por temor de que sirviese de trofeo á 
los enemigos, y se orden<5 además al comandante de San Sebas- 
tián que después de defender la ciudad hasta donde alcanzase, 
se retirara al castillo, dejando clavada la artillería que no pudie- 
se llevar, inutilizados los víveres y municiones y voladas las 
fortificaciones. También ordenó la voladura de los puentes de 
Usurbil y Zubieta ; mostrándose más aficionado á evadir peligros 
que á afrontarlos ; pues al proponerle el mayor Atorrasagasti 
fortificar un sitio ventajoso desde el que se podía disputar el 
paso á los enemigos, agradeció el celo é inteligencia del mayor, 
pero se aplicó más á ponderar inconvenientes que á vencerlos. 
Regresó á poco al campo del rey, dejando en Oyarzun 600 ca- 
talanes, denominados fusileros reales de la banda roja; mas 
fueron tan funestos que tuvieron que regresar aceleradamente 
los que no se habían pasado á los franceses. 

La situación, en tanto, de la provincia, iba siendo cada vez 
más crítica. Los franceses se aseguraban en sus posiciones y 
avanzaban para dominar en toda Guipúzcoa : en Zarauz, en Gue- 
taria, en Orio, en toda la costa, combatían diariamente nuestros 
pequeños barcos y lanchas con las de los ingleses y franceses, 
cuyo bloqueo rompían audaces y valientes los incomparables 
marineros de la más brava de las costas. Se exponía al rey (que 
continuaba en Lizaso esperando siempre la reunión de un ejér- 
cito que nunca se reunía) el deplorable y apurado estado de la 
provincia, y contestaba : « Gran lástima tengo á mis nobles gui- 
puzcoanos, mucho estimo sus finos procederes y el amor que 
me tienen ; jamás olvidaré sus esfuerzos ; haré siempre todo lo 
posible para sus alivios.» Y tal vez cruzaba las manos compelido 
de su amorosa compasión, dice el manuscrito anónimo, y continúa: 



ibb 



GUIPÚZCOA 



fCon estas expresiones volvió el diputado á su patria y pudo 
enternecer también, pero no pudo ni quiso desalentar á sus com- 
pañeros, que, si bien conocian que engañaban al Rey, su animo»^ 
so corazón y su condición amorosa y que cada dia se disminuían ' 
las fuerzas de la Provincia con la opresión de tantos pueblos 
dominados del enemigo, sacando las mayores fuerzas de los ma- 
yores desengaños, trabajaron con mas calor para encender los 
espíritus de sus naturales.» 

Y sin embargo, como dice San Felipe, «D. Blas de Loyá, á 
cuyo cargo estaba salir de los puertos de Larado y Santander, 
con dos navios cargados de armas, y patentes para algunos 
caballeros de la Bretaña, nunca salió de los puertos, pretes- 
tando el mal temporal, que muchos llamaron miedo, por no te- 
ner el mayor crédito de valor en las tropas este ofícial. Llegóse 
á esto, el que poniendo de mala fe con Alberoni al coronel Boi- 
siniene, le fué mandado retirar como preso á Burgos» (i). 

Avanzaron los franceses á Tolosa, venciendo las parciales 
resistencias que al amparo del terreno se presentaban, y favore- 
ciéndoles la traición de un sargento de dragones que en vez de 
avisar el avance de los enemigos, avisó á estos que los españo- 
les estaban descansando y desprevenidos : en la antigua capital 
guipuzcoana recibieron á los franceses el alcalde, la comunidad 
de San Francisco y algunos pocos vecinos, acogiéndolos afable- 
mente Lilli; fueron obsequiadas con vino sus tropas que pasea- 



(i ) uTúvosc por cierto, que Boisiniene tenia la comisión y el secreto de gn 
á muchos de los que venian en el Ejército de Kervich, para que se pasasen al Ke]^^ 
Felipe y mantener la correspondencia con los principales franceses de la Itretaña, 
que estaban esperando armas, patentes y órdenes del Key Católico, para la suble- 
vación; pero cortada la comunicación, iban con ol arresto de Boisiniene. y tas es- 
peranzas de los Bretones, con la detención y miedo de Loya que nunca tu%-o áni- 
mo de embarcarse; muchos de ellos descubiertos ya, se arrojaron al peligro delll 
mar, por huir el evidente de caer en las manos del Hegcntc, y en una pcqucAk] 
embarcación, arribaron •! Santander, y de aquí á Madrid, donde se quejaroaí 
agriamente de la mala conducta y poca resolución de D. Blas de Loya. Uc esM | 
modo Se mojaba con las desgracias y con la fatalidad de los subalternos cl ardi- 
miento del Cardenal y se desvanecían sus intentos. De estas malas resultas s&IiA^J 
que se enviase preso al Castillo de Alicante al Duque de %'craguas, porque ¿ste] 
se correspondía con el de Berx-ich, y aun suponía que con cl de Orlcans.» 



ron las calles desde la Magdalena hasta el convento de Santa 
Clara, batiendo los pañuelos en señal de amistad, y verdade- 
ramente la practicaron, correspondiendo el vecindario con su 
conducta. A todos decían los franceses que amaban á Felipe V 
y á España, querellándose sólo del ministerio, suponiendo que 
con su mala conducta y con sus irreverencias con todo un du- 
que de Orleans, regente de Francia, había obligado á la ro- 
tura. Lilli preguntó por el príncipe Pío y censuró el que sin más 
tropas hacía aquel aparato fútil de defensa solamente para en- 
gañar y destruir los pueblos. 

A las cuatro de la tarde abandonaron los franceses á Tolo- 
sa, lamentando muchos caseríos la rapacidad de insubordinados 
soldados que ni aun respetaron las campanas de Santa Lucía y 
de San Juan, que las robaron también. 

Era de todos modos devastadora la guerra que se hacía en 
Guipúzcoa ; pero no temía tanto la provincia verse ocupada por 
los franceses, como por los ingleses los puertos. Así suplicó al 
rey no la desatendiese, porque « era la común opinión de que 
rendidas las plazas de Fuenterrabía y San Sebastian se guarne- 
cerían por los ingleses, que no enteramente asegurados de la 
Francia, decían que habían de ser depositarios ó dueños de estas 
plazas.» Acudió de nuevo la Diputación al rey, quien otra vez 
más demostró la triste y vergonzosa situación á que estaba re- 
ducido, y lo consignó así el cardenal Alberoni en la respuesta 
que dio á la representación de Guipúzcoa, fechada en el Campo 
Real de Asiain, 24 Julio 17 19. 

Durante el sitio de Fuenterrabía comenzaron los enemigos á 
bloquear á San Sebastián. Cerraron el puerto atravesando fra- 
gatas de guerra y pinazas armadas, que se ponían en cordón 
desde el anochecer enfrente de la barra. Las chalupas españolas 
hábilmente dirigidas, sabían eludir la vigilancia enemiga y pasar 
por entre sus buques ; lo cual hacían con frecuencia los barcos 
de Lequeitio que se esmeraban en surtir á San Sebastián de 
provisiones. 



^^^^^6^ 




GUIPÚZCOA 1 


^^^H 


terminar sus obras de defensa tuvo que resistir San Se- 1 






bastián el vigoroso ataque de los fran- ^H 
ceses, quienes no sólo acometieron á ^H 




Á 


>. la plaza, sino que en combinación por ^H 




/.-*■ 


mar con los ingleses atacaron el 4 de ^^ 
Julio la isla de Santa Clara, asestándola ^J 


^^H 


. -4 




más de 1 50 cañones, que disparaban ^M 
desde los navios, á la vez que desde ^H 




-)'\ -• 




la batería de la Antigiia y desde el 
Arenal hacían fuego los franceses con 
sus cañones y carabinas rayadas. 


^^^^^^^H 

^^^^H 
^^^^H 

^^^^H 
^^^^^1 

^^^^^^^^^H 


^p 


\ 


En once barcazas, dirigiéronlos in- 
gleses al asalto nueve compañías de 


^^^^^^^H 

^^^^^^H 

^^^^^1 

^^^H 

^^^^^^H 


\'\ 


granaderos; pero los azpeitianos que 
defendían la isla, « montaron dos pie- 


^^^^m 

^^^^^^m 


•g^r 


cezuelas que tenian solamente, seña- 


^^^^^^^M 

^^^^^^H 


^flr 


lándoles por artilleros dos de sus sol- 


^^^^^^H 


\ ' 


dados, » y con los demás, bien coloca- 


^^H 

^^^^H 

^^^^^H 

^^^^^H 

^^^^^H 


} " 

1 




dos por su mayor Alcibar, resistieron 
valerosamente á los enemigos, á los 
cuales rechazaron después de hora y 


^^^^^^B 
^^^^^H 


; -'C 




media de combate. Alentada la guar- 


^^^^^^H 






nición de la isla con tan lisonjero éxito, 




:i 


■ 


la defendió no menos gallardamente 
de muy repetidos ataques. 

Avanzando los sitiadores de la 






plaza, llegaron á establecer una línea 
á tiro de pistola de la empalizada por 
la parte de la Concha; quedó comple- 
tada la circunvalación de mar á mar; 


^^^1 ^'DL/ derribáronse el hospital de la Caridad, 
^^^H n ' la parroquia de Santa Catalina y va- 
^^^H rías casas, que se estimaron en 20,000 ducados, y cortada el 
^^^H agua hubo de surtirse con la de las balsas de los pozos, que 



GUIPÚZCOA 



^e>9 



ocasionó una especie de contagio y gran mortandad: lamentable 
desgracia que aumentó las que se experimentaban, y de las que 
nadie se libraba, si bien nadie lo pretendía, porque hasta las 
más tímidas mujeres, de varonil aliento inspiradas, tomaban par- 
te en las más rudas y peligrosas faenas. 

Aún tiraron los enemigos otro ramal hacia la brecha por 
debajo del camino cubierto que salía á Santa Catalina; una línea 
desde su tercera paralela por la orilla del río hasta el puerto en 
que se amontonaba la vena; levantaron nuevas baterías, sustitu- 
yendo prontamente los cañones desmontados é inutilizados por 
el fuego de la plaza; no había vagar en el ataque y la defensa; 
rechazóse valerosamente la embestida á que se lanzaron los sitia- 
dores en la noche del 29 al 30 {julio); pero estando practicable 
la brecha se consideró temeraria la defensa. El comandante de 
la plaza D. Alejandro de la Mota, riíanifestó al vecindario la 
necesidad de capitular, para lo cual le invitó á que nombrara 
sus representantes. Aún quisieron resistir, acudiendo á defender 
la brecha practicable en baja mar; les engañaba su buen deseo. 
El jefe militar no quería exponer al vecindario á las consecuen- 
cias de un asalto, y para más obligar á aquél, se retiró con la 
guarnición al castillo. 

El mariscal Berwick, que deseaba la benevolencia mejor que 
la enemistad de los guipuzcoanos, asintió á cuánto le pidieron y 
ocupó la población, asegurando la vida y los intereses de todos 
los vecinos. 

Sólo quedó por ocupar el castillo, cuya guarnición apuró su 
defensa, capitulando al fin el 17 de Agosto en los términos más 
honrosos; así como los bizarros defensores de la isla de Santa 
Clara. 



III 



Rendida .San Sebastián, podían considerarse los franceses 
dueños de toda la provincia; pero querían la sumisión volunta- 



no 



OV TPVZCO h 



ria. Al efecto escribió el de Berwik á la Diputación mostrando 
su cxtraAeza de que no hubiera acudido á prestarle obediencial 
hacía un mes. lo disculpaba; mas no podía menos de manifestar, 
que ya no era tiempo de diferirla, no sólo por el honor de las] 
armas francesas, sino también para no exponer á los pueblos á] 
desdichas inexcusables, por lo que citaba á los diputados paraj 
la maAana siguiente á prestar obediencia en nombre de la pro-l 
vinda y convenir con él en lo que fuere del mayor servicio del 
rey y ventaja de los pueblos. 

De acuerdo la Diputación con los generales Alarcón y Loza,] 
V obedeciendo las órdenes del rey, accedieron á los deseos del 
mariscal francés (i), que asintió por su parte á las proposiciones] 
que le presentaron, expositivas de la conservación de sus fueros,] 
privilegios, usos y costumbres, del comercio franco y libre empleo] 
de los pocos frutos del país, de la introducción y abasto de los 
extraños; y «que la pesca del vacallao en los puertos de Piasen- 
cia y Terranova descubierta y enseñada por los naturales de 
este país, se les franquee absoluta y libremente por el Rey Bri- 
tánico como es justo y se capituló últimamente por las paces de 
Utreq.i A esta proposición contestó: «Haré mis oficios con el 
Sr. Stanop, Ministro y plenipotenciario de Inglaterra, en lo que 
toca al libre comercio y pesca de vacallao en Plasencia y en los 
demás puertos de Terranova » (2). 

En unos tres meses perdió España dos provincias, Álava y 
Guipúzcoa, y experimentó daños que importaron más de tres 
millones de pesos: todo por la soberbia del cardenal y la incuria 
del rey que sostenía en el poder á tan funesto ministro. 

A virtud de la paz celebrada en 1721 se nos devolvieron 
San Sebastián, Fuenterrabía, Pasajes y cuánto habían ocupado 
los franceses. San Sebastián fué guarnecido por las tropas del 
rey mandadas por el brigadier D. Fermín de Veraiz. 



(i) Vcasc el Afémtice n." 3. 
(a) Durante el anterior sitio experimentó la ciudad la pérdida de uno 4 ffilllo- 
ncs de reales de pluta. 



por el afán de Inglaterra de ejercer en el comercio de América 
la influencia que su industria necesitaba, se declaró la gue- 
rra {1739), y con verdadero entusiasmo tanto en Londres como 
en Madrid y en toda España. Los ingleses porque soñaban con 
las minas de plata del Perú y Potosí, y los españoles que no 
podían soportar á aquellos isleños, consideraban como una lucha 
nacional, que á todos interesaba, y para sostenerla se impusie- 
ron todos los mayores sacrificios. Grandes daños nos causaron 
los ingleses; pero no los sufrieron menores; pues se ha afirmado 
«que á los tres meses de publicadas las represalias ya habían 
entrado en el puerto de San Sebastián diez y ocho presas ingle- 
sas, y que antes de un año, una lista que se remitió de Madrid 
y se publicó en Holanda, hacía ascender el valor de las presas 
hechas á 234,000 libras esterlinas (más de 23.000,000 de rea- 
les) (i).. 

En junta general celebrada en Cestona (3 Mayo 1741) se 
leyó una carta del comandante general de los presidios de Gui- 
púzcoa, fechada en San Sebastián el mes anterior, haciendo pre- 
sente á dicha junta que estaba pronta á salir de Inglaterra la 
escuadra del almirante Norris, y á su virtud que se hallase pre- ; 
venida para hacer el servicio con las más oportunas providen- 
cias. La provincia acordó que, respecto á tener formadas en los 
pueblos de tierra adentro 42 compañías y otras en los mismos 
puertos, se solicitase aprobación real, para que comunicándose 
Guipúzcoa con el comandante general ejecutase lo que convi- 
niese, y que á este fin se diesen las órdenes directamente á la , 
provincia, lo cual no dejaba de tener grandes y graves inconve- 
nientes y ocasionar perjuicios á los mismos guipuzcoanos en la 
mayor parte de las circunstancias en que en apuros se vieran. 
La diputación, además, no carecía de atribuciones militares ; así 
en las juntas de Azpeitia (2 Mayo 1 743) se determinó que con- 
siderando los riesgos que todavía ocasionaba la continuación de 



(1) LAruKS'rs. 



V4 



GoiPúrcoA 



la guerra (en Italia), todas las repúblicas de la provincia tu- 
vlKNen prontas sus compañías para acudir con ellas á la primera 
ordnn de la diputación á donde lo pidiese la necesidad. 

KcNtablecida la paz cesó el servicio de las milicias guipuz- 
coanaii, con el que contribuyó tanto tiempo, y se recogieron las 
armuii; pero apenas se habían comenzado á recoger, cuando 
Ion trmorcH de guerra y de invasión de los ingleses hicieron se 
apercibiesen las compañías para marchar al primer aviso. 

Kn el reinado de Carlos III sirvió Guipúzcoa, formando parte 
ilrl regimiento de Cantabria, con centenares de marineros para 
l.i rriil armada y considerables donativos en metálico. 

\',t\ rslR reinado de Carlos III, cuyo ilustrado monarca no 
participaba de la ignorancia tan generalizada y del fanatismo 
tan arraigado, se inauguró en España una época de verdadera 
iliiittrftción, contribuyendo á ella no poco uno de los más ilustres 
hijoit dr (.iiiipÚKCoa, de la villa de Azcoitia, Munive é Idiáquez, 
CtMulci de IVAatlorida, fundador de la Sociedad vascotigaiia de 
.•fmt'xi^ *M /W (1704), para el fomento de las ciencias, bellas 
Irir»» y artes, aprobada y protegida por el rey: tomaron en 
ella ^rte Víicaya y Ala\'a: fué origen del Real y patriótico 
Svmituirio de Vrrgara; y aquella sociedad, que celebraba sus 
juma» ó r» - ya en Vergara, Bilbao ó Vitoria, sirvió de 

baa« A Ua .,^....1. tufadas Económicas de Amigos del País, que 
llqpiroii á ser e) ctHUro dle las ina)-ores ilustraciones de Espa- 
Aa. Con raiQA y justicia hé el coode de Peflatlorida merecedor 
de los ekifios que le tríbutaroa naciones extranjeras, y de los 

á su ilustre memoria por las sociedades 
y ii«M9Qagai^; aKrectalo todo su patriotismo, su 
b por li pro ay rndad de ks deodas y las artes, su 
$u ex tr ao fd iaario talento, cuantas preo- 
^ ifmt ité g^w^ de Guípáxooa y es hoy su 
de k patria. Le debe la pcovioda una esutua, 
y Haf cspcñiÉMeMe VefgMa« ^yn^l o m sayaes haberse en ella 
k Siiriidn' f ««KMKMitt base, ooaao hemos dicho, de 



GUIPÚZCOA 


37> ^^H 


las Ecanómicas, que tanto fomentaron la ilustración española ; y ^| 


si bien no puede atribuirse á 




^H 


Azpeitia y á Azcoitia el lauro 




4 ^ ;.. ^1 


de celebrarse antes en estas 




I. V-' •: ^1 


villas las reuniones académi- 




¿l^m 1 


cas de los sabios fundadores 




de la Vascongada^ se creó 






ésta en Vergara en i 764. 




^r ^^1 


^ft No iban entonces los 




i¿> s-^í^ '[~^- ^^H 


enemistados Ozaetas y Ga- 




^^«^''- - -^ ^^^1 


vinas á guerrear por dominar 




w% .^ '^ "-sv ^^1 


en el pueblo, produciendo 




££i«r^y"j ^^1 


sus bandos tantas muertes, 


/' 


w»'^i^'''' ^^H 


quemas y desastres, que tu- 


\" 


1^ ^1 


vieron que ponerles coto los 




^ 1^^ ^ ^1 


Reyes Católicos, quienes 




áf^*-' ^^U t ^1 


para extirpar de raíz aque- 


> 


^K£''''' CL V ^ ^1 


llos males, impusieron la 




.if^W^ij rf ;• ^M 


ordenanza de 20 de Julio 


'•»'\"T 


■^^Sk^i'Jy 1^ ^M 


de 1490, la primera munici- 


i 

* 


^H^^HH|^^u "^ ^^^^^1 


pal que tuvo la villa ; absor- 






bida ésta antes por las ve- 


■ 


^^^'¿'«i-'l ^1 


cindades y parroquias de 




aJo^''-'' i H 


Oxirondo y Uzarraga, con 
las que tanto pleiteó des- 


-■• ■ 


wíi - M 


pués. 


t 


.^^v':''i-' ^^1 


I^ nueva Sociedad fun- 




^'fl^v^** '' ^^B 


dada por D. José M."* de 




•^ jRj-^ ^1 


Munive é Idiáquez, conde de 




wiE¿*-'i ^^ ^1 


Peñaflorida, era de instruc- 




j^^S^< .i^' ^1 


ción, no de guerra sino de 




■' m^''' m 


paz. En breve empezó á dar 




sus frutos, fundando (1776) 


el Real Seminario de Vergara en ^H 


el colegio que fué de jesuítas 


para la enseñanza de las lenguas ^H 



37fi 



GUIPÚZCOA 



castellana, latina, francesa é inglesa ; matemáticas, ciencias 
naturales y otros ramos de instrucción. Declaráronse válidos y 
académicos los cursos ganados en él ; en 1 844 quedó erigido en 
Instituto provincial de segunda clase, y en 1851 le elevó el 
Gobierno á la categoría de Real Seminario Científico é Indus- 
trial. En él han recibido instrucción y la reciben además de 
muchos españoles no pocos jóvenes de las repúblicas de la 
América que fué española, que no pueden menos de conservar 
gratos recuerdos de la hermosa villa de Vergara, tan bien 
sentada junto al río Deva, y rodeada de montes. 



II 



Al tumulto que secundando el de Vizcaya se produjo (1718) 
en Vergara, Mondragón y Arechavaleta en contra del estableci- 
miento de aduanas, ocasionando graves daños, sucedió años des- 
pués (i 766) otro, la yJ/rtr///«<7rt'ff, respondiendo al que recorrió 
toda España por la carestía del pan. Mas no se limitó en Gui- 
púzcoa á la perturbación de algunos pueblos, sino que los que 
se insurreccionaron en Azcoitia y Elgoibar, salieron al campo y 
llevaron la insurrección á otras villas y aldeas, no en todas 
bien recibidos, como sucedió en Vergara, donde al presentarse 
unos 700 amotinados de Elgoibar, les rechazaron y les cogie- 
ron 13 prisioneros; lo cual agradecieron el rey y el consejo de 
Castilla dirigiendo á los vergareses sendas cartas de felicitación. 

Los insurrectos de Azcoitia en número de unos 2,000, obli- 
garon al corregidor á rebajar el trigo y los comestibles; y con 
el bando que al efecto se dio y un estandarte que hicieron llevar 
á un eclesiástico, derramáronse en partidas que fueron engro- 
sando; amenazaron á Vizcaya, reconcentraron sus fuerzas en 
Hernani para caer sobre San Sebastián, donde no faltaban ele- 



GUIPÚZCOA 



177 



mentos levantiscos dispuestos al motín, anunciado ya por pas- 
quines, lo cual produjo la prisión de algunas mujeres, más 
audaces que los hombres que las ayudaban ; pero merced á las 
precauciones adoptadas se conservó el orden y aun pudo salir 
tropa y vecinos contra los sublevados, ahuyentándolos. La acti- 
tud de San Sebastián mató la insurrección, que falta de apoyo 
y ayuda en poblaciones importantes, se fué disolviendo, respi- 
rando tranquila la provincia en cuanto á estos disturbios, por- 
que respecto á sus intereses mucho padecieron con las nuevas 
hostilidades con Inglaterra, por la imprudencia cometida por 
España favoreciendo la independencia de los Estados Unidos. 
Guipúzcoa y especialmente la ciudad y consulado de San Sebas- 
tián, pusieron á disposición del rey 500,000 reales, ofreciendo 
catorce compañías armadas de tercios, y se procedió á la for- 
mación de las de toda la provincia; mas no indemnizó esto las 
pérdidas en el mar sufridas. 

La muerte de Carlos III contuvo el progreso que su reinado 
inició en España. Atento á todo, procuró estrechar nuestras 
relaciones comerciales con África; pues «atendiendo al beneficio 
común en el tráfico y comercio de frutos y géneros de ambos 
dominios (Marruecos y España), ha mandado S. M. circular 
órdenes á los capitanes y comandantes generales de las costas, 
previniéndoles que en tanto que se solemniza el tratado de paz, 
reciban como amiga siempre que arribe á nuestros puertos 
cualquier embarcación subdita de aquel príncipe (el de Marrue- 
cos), facilitándola cuanto necesitare, el desembarco y venta de 
los efectos que condujere á este fin, y la compra de los que 
quisiere cargar... (i).» 



(t) Comunicación del marques de Squilace de 23 de Enero de 1766, de orden 
del r<cy. No debemos omitir, aunque sea en este sitio, que en el aflo de 1 ■? 1 1 Don 
Fernando IV mandó á los vecinos de San Sebastián que aprontasen cierto número 
de bajeles contra los moros, pero habiéndole representado que esta disposición 
era contra fuero, la revocó. 



38o 



Gü t P 07 C O A 



de aquellas; así que, agregadas unas veces á los reyes de Na 
varra, otras á los de Castilla, los señores de Oñate no se sus 
traían de la soberanía de las respectivas coronas. 

No podían estar, como no lo estaban los vecinos de Oñate, 
contentos de la sujeción en que les tenía su señor, mucho me- 
nos al ver las libertades de que gozaban sus comarcanos de 
Guipúzcoa y Álava; por lo que en cuantas ocasiones se les pre- 
sentaban aspiraban á eximirse de ella. Por haberlo intentado 
en 1389, D. Beltrán de Guevara, su señor, mandó quemar las 
casas de los autores principales, talar sus manzanales, deste- 
rrarlos de la villa y señorío, é imponerles otras penas; de todo 
lo cual se libraron por reconocer su culpa, pedir perdón de 
rodillas y merced á poderosas intercesiones. Aún hizo más otro 
señor, D. Pedro López de Guevara, que fué incendiar comple- 
tamente la villa de Mondragón (23 Junio de 144S) en venganza 
de no quererse unir al señorío de Oñate. 

En 1540 solicitó la villa ser de realengo, exponiendo que el 
conde que llevaba su título no le tenía para llamarse señor de ella 
ni para ejercer ninguna clase de jurisdicción; pero el pleito fué 
largo, y no debió ser favorable la resolución para el pueblo 
cuando ha continuado hasta la presente época perteneciendo al 
señorío de los poseedores de la casa de Guevara, que adminis- 
traba justicia, nombraba escribanos de número, confirmaba los 
alcaldes, ejercía la tutela de los negocios públicos de la villa, la 
capitanía á guerra de la gente armada, cobraba ciertos tributos 
pecuniarios y el puerco ezcurbesle ( i ) ; tenía receptor de penas de 
cámara, prestamero, cárcel pública en la casa de éste, cobraba 
los derechos de carcelaje de los presos, y la horca. Algunos de 
los onerosos tributos que el conde cobraba, los redimió la villa 
dando una alzada cantidad de una vez. Generalmente era cons- 
tante la lucha entre el señor y la villa que resistía las desmedí- 



( I ) Consistía este tributo en que de cada rcbaiHo de 06 puercos que se engor- 
dasen en los montes que señala, le hubiesen de dar uno trasoñado. 



r. DtPUZCOA 



18i 



das exigencias de aquél, produciéndose continuos pleitos y aun 
asonadas. Pretendió el conde D. íftigo Vélez de Guevara se le 
señalase un río para pescar solo, sin que pudiera hacerlo otro 
vecino; los jefes de los linajes de Garibay y Uribarri, aunque 
enemigos entre sí, convinieron en oponerse á la demanda del 
conde, como así lo hicieron. Enojado el conde, dijo á García 
Ruiz, capitán de los oñacinos, que llevó la palabra, que por el 
desacato que había cometido le pondría la cabeza donde tenía 
los pies, á lo que Sancho García, capitán de los gamboinos, 
replicó que pesaba demasiado la cabeza de García Ruiz para 
podérsela quitar. A vista de tal oposición de los linajes y del 
pueblo, marchó el conde airado á su casa de Guevara; y como 
tuviese en ésta al hijo mayor de Sancho García, quiso darle 
con el bastón que llevaba, diciéndole que era hijo de un villano, 
y que su padre, casa y todo Oñate no le querían obedecer. Gil 
García tuvo que defenderse con su espada, y se fué á casa de su 
padre; pidió el conde favor al condestable de Castilla, el cual 
dio una partida de caballería que llegó al valle de Leniz; acu- 
dieron á esperarle los gamboinos y oñacinos, levantándose 
padre por hijo, apostándose en las herrerías de Marulanda para 
que no entrase el conde en el término de aquella villa; visto lo 
cual se retiró la caballería y el conde retrocedió con su gente á 
Guevara. 

Apenas se comprende el estado anómalo de Oñate, encla- 
vado en el confín de dos provincias, viviendo independiente de 
ellas, sin lazo de unión con ningún pueblo, ni el amparo de una 
autoridad provincial ; sólo puede explicarse en aquel estado de 
abyección pública, cuando se tenían en más los intereses del 
señor que los de los pueblos. Así que, apenas se iniciaron en 
España las reformas políticas y administrativas á la sombra de 
las ideas liberales, fué natural é inevitable la agregación de aque- 
lla villa á la provincia de Guipúzcoa, á la que la inclinaban la 
identidad de idioma, la semejanza de costumbres, y su deseo 
de vivir sobre todo la vida de los pueblos libres y que tienen el 



,8a 



-GülPÓZCOA 



sentimiento de su dignidad. Tuvo esta anexión los intervalos 
que la libertad en España: desde 1814 a 1820 y desde 1S23 
hasta 1833, hasta que fué completa y definitiva y en escritura 
de concordia consignada en 9 de Octubre de 1845, por conve- 
niencia recíproca y conformidad mutua. 

Los edificios de Oñate que mención merecen, son la iglesia 
parroquial, que consta de tres naves sostenidas con columnas 



mfÁ 






ix£\ 



■n- 



ONATE. — Casas Consistoriales 

aisladas; es templo espacioso, claro y elegante; de estilo góti 
co, presentando su conjunto cierto aire de majestad propia de 
una catedral, aunque su mérito artístico no es muy notable. 

Otro edificio importante es el colegio mayor y universidad 
de Sancti-Spiritus, fundado á mediados del siglo xvi por la ilus- 
tración y generosa piedad del obispo de Avila D. Rodrigo San 
chez de Mercado y Zuazola, en cuyo colegio cursó el historiador 
Garibay y otras personas eminentes (i). Trazada y ejecutada 



(1) Las vicisitudes de este colegio-universidad están perrectamente rcscA*- 



384 GUIPÚZCOA 



la obra por el arquitecto francés Pedro Picard, forma un cuadro 
perfecto. En su fachada de piedra arenisca se descubren varios 
cuerpos de orden corintio y compuesto, unos sobre otros, con 
abundancia de nichos y estatuas aisladas de piedra: sobre la 
portada una que representa al fundador orando de rodillas, y 
encima las armas imperiales. Llaman la atención las fíguras de 
medio relieve, ejecutadas en unos cuadros de los pedestales, 
representando otras tantas personas humanas del tamaño de la 
mitad del natural, lidiando con leones, sátiros y otros monstruos 
de la mitología: su ejecución es de gusto y tiene gracia. Parece 
representar la lucha entre la ciencia renaciente y la barbarie de 
los siglos anteriores. 

La procesión del Corpus que se celebra en Oñate, es nota- 
ble por la asistencia de las figuras del Señor y de los doce após- 
toles precedidos de San Miguel, representadas por otros tantos 
hombres que llevan unas vestiduras talares antiguas y caretas; 
una comparsa de jóvenes bailarines contribuye á amenizarla. 
Todo esto que da gran realce á la función, por lo bien dispues- 
ta, lleva á la villa gran concurrencia de los pueblos comar- 
canos. 



das en la Onxción inaugural que en la apertura del curso académico de 1870 
á 1 87 I , leyó en la universidad literaria de Oñate D. Casimiro de Egaña y Oquen- 
do, catedrático decano y rector interino. 





de España con la república france- 
tiio de los tres ejércitos que se for- 
maron fué el enviado á Guipúzcoa á las órdenes del 
general D. Ventura Caro : un batallón de guipuz- 
coanos formaba la vanguardia, ocupando los puntos 
"más peligrosos. Penetró en Francia , destruyó el fuerte de 
Luís XIV en Hendaya, rompió la línea de Sara, dieron vista 
nuestras avanzadas á los muros de Bayona, y se peleó en el alto 
de Tallatueta, cerca de Irún, mereciendo el batallón de Guipúzcoa 
justos aplausos por haber sido el primero que llegó á apoderar- 

Kde una batería en medio de nutrido fuego enemigo. 
Victoriosos los franceses en Alemania é Italia, enviaron nu- 
erosas fuerzas á los Pirineos, las cuales no sólo recuperaron 
lo perdido sino que bombardearon desde Hendaya á Fuenterra- 




bía, y avanzaron peleando en Irún (i), haciendo retroceder á 
nuestros soldados, en cuya retirada cometieron tan punibles ex- 
cesos, que la Diputación impuso al que los causara la pena de 
muerte. 

Rendida Fuenterrabía á los franceses, cayeron sobre San Se- 
bastián que también capituló. Crítica la situación de la provincia, 
en la que no reinaba la mayor unanimidad de pareceres, pues se 
ha publicado que no faltaban quienes pensaron en « gozar de 
una independencia absoluta, persuadidos de que su provincia 
aunque pequeña, podría, con el apoyo de Francia, constituir una 
república libre y soberana, por lo que opinaban que no se debía 
resistir á los franceses, sino abrirles las puertas de todas las 
poblaciones» (2). Pero no era esta la opinión general, ni abun- 
daba en tales ideas la Diputación que se trasladó á Guetaria, 
sitio que consideró más seguro que Hernani ó Tolosa, como 
acordaron las Juntas generales (Julio i 794). Pretendía el enemi- 
go, que avanzó hasta Tolosa, se sometiera toda la provincia, y 
no se hallaría á ello muy dispuesta la Diputación, cuando fué 
presa por una columna de franceses enviada por el convencional 
Piner y encerrada en el castillo de Bayona. Exasperó esto en 
vez de amedrentar y los 18 pueblos de la parte alta de Guipúz* 
coa no sujetos al invasor, celebraron ¡untas en Mondragón, eli- 
gieron Diputación á guerra, que comenzó á adoptar toda clase 
de belicosas medidas, proporcionándose recursos con la plata de 
las iglesias y donativos voluntarios; pidió ayuda á Álava y Viz- 
caya ; formáronse en Guipúzcoa dos batallones de voluntarios; 
trabáronse escaramuzas y aun acciones serias, y aunque no pu- 
dieron detener el avance de los franceses (3), portáronse con su 
acostumbrada bizarría los voluntarios guipuzcoanos, mereciejido 
las frases más lisonjeras del rey, que reconoció los grados 



(1) Tomadu por capitulación, infringicrun ul pacto, saqueándola y IlcvaAdci»c 
presos ¿ riayona j los vecinos mas inlluycntcs. 

(i) Hasques ei Aavarraís. por Lande. 

(l> En menos de un mes llegaron los franceses desde la orilU derecha del 
Dcva. u su entrada en el mar, hasta Miranda de Ebro. 



GUIPÚZCOA 



?87 



|de todos los jefes y oficiales conferidos por la Diputación. 
ha. paz de Basilea puso fin á esta guerra; se devolvieron á 
España las plazas ocupadas por los franceses, haciendo éstos, 
con insigne mala fe, volar antes las murallas de Fuenterrabía. 

, En aquella guerra, ó más bien invasión, no mostró el país 

Peí entusiasmo que en otras ocasiones para su defensa y del que 
■hizo justo alarde después; así que dada la naturaleza del terre- 

[ no que fueron ocupando los franceses, no puede menos de ex- 
trañarse que Moncey no se quejara en sus partes de un solo 
correo detenido, de un convoy asaltado, y de que no sólo no se 
defendiesen los pueblos, sino que le recibieran bien. Godoy cul- 
paba al ejército llamándole infiel y diciendo: c sólo una turba de 
oficiales ignorantes, y una sola opinión infame, sobre la cual se 
apoya el honor de esos caballeros, pudieron haber sido móviles 
capaces á destruir los planes que tenía formados un ministro 
que se desvive para ponerlos á cubierto de sus maldades. A ese 
ejército deberá la España el sacrificio de una parte de sus fuer- 
zas, la pérdida de las provincias y la degradación de la sobera- 
nía; pero el rey hará justicia y jamás negará el premio.» 

I Zamora, intendente del ejército y amigo de Godoy, le escri- 
bía á su vez, culpando del mal éxito de la guerra á las provincias 
vascongadas, acusando á individuos y á clases enteras de estar 
en connivencia con el general francés, según delación de éste 
mismo. Su ayudante Lamarque escribía á Moncey que la Dipu- 
tación de Álava estaba siempre en la mejor voluntad, que temía 
más que deseaba la paz, por si olvidados en el tratado eran sa- 
crificados á España que tal vez los deshojaría todos sus pri- 

rvilegios. «Ellos merecen una suerte mejor...» 

r Por estos y otros antecedentes, y con especialidad las cartas 
que Zamora escribía á Godoy, acusando la apatía que, según 
afirmaba, tuvieron los vascongados para hacer frente á los fran- 
ceses (i), y estimulándole á establecer las aduanas en Bilbao. 



f»5 Decia en una de sus cartas: «Yo en mi conciencia comprendo que \i\ ftcne 



GUtPOBCOA 



San Sebastián y la frontera, « que serían unas fincas de las me- 
jores del reino »; las contribuciones catastrales, quintas, etc.; se 
preparó á ejecutar lo que consideraba una necesidad y un bien 
para la monarquía, y si no tomó por entonces las medidas que 
deseaba, fué porque < como la menor alteración en nuestro sis- 
tema influirá en el éxito de la campaña, parecía conveniente que 
se halagara al país, sacando el partido posible en su situación... 
y conviene el disimulo. Dejar á un lado desavenencias para tra- 
tar de ellas cuando no embaracen las disposiciones de la guerra.» 
Como preparación del terreno encargó reservadamente á Don 
Juan Antonio Llórente escribiera la obra que se publicó más ^— 
tarde (i); originando esta publicación y la del Diccionario geo- ^^ 
gráfico histórico de la Academia, apasionadas controversias, que 
no son de nuestro objeto, ni el ocuparnos de ellas en cualquier 
sentido, conducirían á un fin práctico. 

De todos modos, las simpatías que pudieran tener los vas- 
congados por los enciclopedistas franceses, demostraban un 
grado de ilustración que no era general en España, y no fal 
taban seguramente quienes lamentándose del atraso en que el 
absolutismo tenía sumida á esta nación deseaban propagar, sino 
todas, la mayor parte de las ¡deas proclamadas en Francia. 

Interesada España en conservar su neutralidad de la que 
pretendía sacarla Napoleón, pendientes estaban ciertos tra- 
tos á los que no podía ser indiferente Inglaterra, cuando ésta, 
procediendo arteramente, dio órdenes secretas á sus cruceros 
para que acometieran los buques españoles en todos los mares. 
Cuatro fragatas españolas que venían de América, conduciendo 
ochenta millones de reales, fueron sorprendidas y asaltadas por 
los ingleses en el cabo de Santa María (Octubre de 1804), 



ralidad de la nobleza y gentes ricas de aquel pais han abrazado de corazón 4 lo» 
franceses. Lea V. E. en apoyo de esto la copia de las cartas adjuntas, que son de 
las primeras gentes de Itilbao y Vitoria, á sus parientes y amigos.» 

(1) noticias históricas Je las tres provincias vascongadas, en ^ue se ftocut a 
investigar el estaJo civil antiguo de Álava, Guipúzcoa y i'izcaya y ti ongcn Se su i 
íueros. 



Z CO A 



389 



defendiéronse heroicamente nuestros marinos, pero viéndose 
perdida la fragata Mercedes su capitán D. José Goicoa, natural 
ie San Sebastián á donde iba á casarse, habiéndolo ya hecho 
Jor poderes, con D.'' Josefa Berminghau, antes que quedar pri- 
sionero prefirió morir, mandó prender fuego á la Santa Bár- 
bara y voló con los 3000 hombres que llevaba á bordo. Las 
otras tres fragatas se rindieron y con el dinero que conducían 
fueron llevadas á los puertos de la gran Bretaña. Este hecho le 
consigna la historia; no el nombre heroico del malogrado don 
losé Goicoa. 

Invadida Guipúzcoa por los franceses (1808), aun cuando 
continuó la Diputación con sus atribuciones, fueron más nomina- 
es que efectivas; hasta que perdió la denominación de foral por 
la de Consejo provincial. Creóse una Junta universal que oscu- 
reció completamente á la Diputación; y como si esto no fuera 
bastante, se formó para las tres provincias hermanas un Conse- 
jo de Gobierno con tres representantes de cada una de ellas, 
cuyo consejo residió en San Sebastián hasta Enero de 1 8 1 1 que 
pasó á Vitoria. 

Lisonjeaba al emperador la posesión del país vascongado y 
"de Navarra, é intentó agregar á su imperio estas cuatro provin- 
^^as (i): pero su hermano José, que aunque francés, reinaba 

^^P (1) D. José M.* de Soroa y Soroa.que tan importante papel representó en Gui- 
^^púzcoa desde 1808, en el Manijieslo que se vio obligado á publicaren 181 •?, rela- 
tivo á las operaciones de la Diputación, Administración y Consejo de la Provincia 
en r8i 3. ocupándose de este asunto dice: «El general Thouvenot. sea por insi- 
nuaciones de París, ó por hacer mérito con el Emperador, manifestó en varias 
decisiones lo útil que seria á la provincia el solicitar la agregación al grande im- 
perio. Ya se dexa conocer el horror con que miraría todo español tal propuesta, y 
el desagrado silencioso que se manifcstaria; pero esto no desengañaba del éxito 
á aquel general perspicaz, que esperaba la ocasión oportuna para promover el 
asunto con maña. Kn una de las juntas de Provincia á que asistí, halló persona 
adcquada d sus intentos ; pero no de modo que no los trasluciésemos. En mi mis- 
ma casa me manifestaron su aflicción y recelos los Srcs. Aguirrc, y Clarens, Dipu- 
tados del Clero y Comercio de esta Provincia, y los demás Diputados que se 
hallaban de las otras dos provincias; pero les tranquilicé manifestándoles con 
franqueza que no ignoraba cuanto habia en el asunto, ni los medios de evitar las 
consecuencias, quedando además todos resueltos á oponernos unánimes en el úl- 
timo extremo, etc., etc....» 



■?9o 



GUIPÚZCOA 



forzosamente en España, y aspiraba á ser apreciado cuando fue- 
ra más conocido, consideró humillante para su nueva patria tal 
segregación de territorio y se opuso á ella. 



II 



Cinco años de sufrimientos contaba San Sebastián cuando á 
fin de Junio (1813) vieron entusiasmados aparecer en el alto de 
San Bartolomé tres batallones guipuzcoanos, á los que se aco- 
gieron muchos vecinos, huyendo de los peligros de un sitio, al 
que se aprestaron los franceses destruyendo los barrios extra- 
muros de Santa Catalina y San Martín : fueron pocos los fugiti- 
vos por prohibir en seguida el gobernador de la plaza la salida. 

Sitiada la ciudad por ingleses y portugueses al mando deL 
general Thomas Graham, destruyeron sus baterías 63 casas er* 
el barrio cercano á la Brecha, y después de un asalto infructuo •< 
so, no lo fué el ejecutado el 3 i de Agosto, y se enseñorearon 
los aliados de la ciudad, guareciéndose los franceses en el c^g 
tillo. ^ 

¡Qué ageno estaba el vecindario de San Sebastián de que ^ 
día que consideraban de delirante júbilo había de serlo de tri^, 
teza, de infortunio, de muerte! A los que alborozados se asonn^ 
ban á las ventanas y balcones tremolando pañuelos y vict<3i 
reando á los vencedores, les saludaban éstos á balazos : á IaI 
seguridades que los jefes ingleses dieron al Ayuntamiento y ^H 
misión de vecinos que se le presentó, respondieron sus tropas co*^ 
el saqueo, acompañado de los más feroces excesos. No se ocupa- 
ban de perseguir á los franceses, á los que se trató con la mayo*" 
benevolencia, sino al vecindario amigo, víctima del saqueo, del 
asesinato, de la violación, del incendio, de toda clase de horro- 



GUIPÚZCOA 



3<>i 



res é infortunios (i). Así pereció San Sebastián, quedando de sus 
600 casas sólo 36 por estar contiguas al castillo ocupado por 
los franceses. También se salvaron del incendio no del saqueo, 
las dos parroquias que servían de hospitales y cuarteles á los 



f 1 ) • Kcsonoban por todas partes los ayes lastimeros, los penetrantes alaridos 
de mujures de todas edades que eran violadas, sin exceptuar ni la tierna niñez, ni 
la respetable ancianidad. Las Esposas eran forzadas ú la vista de sus afligidos ma- 
ridos, las hijas a los ojos de sus desgraciados Padres y Madres : hubo algunas que 
se podian creer libres de este insulto por su edad, y que sin embargo fueron el 
ludibrio del desenfreno de los Soldados. Una desgraciada joven vé a su madre 
muerta violentamente, y sobre aquel amado cadáver sufre , increíble exceso! los 
lúbricos insultos de una vestida fiera en tigura humana. Otra desgraciada mucha- 
cha cuyos lastimeros gritos se sintieron hacia la madrugada del i ." de Setiembre 
en la esquina de la calle de San Gerónimo, fué vista cuando rayó el día rodeada de 
soldados, muerta, atada á una barrica, enteramente desnuda, ensangrentada, y 
con una bayoneta atravesada por cierta parte del cuerpo, que el pudor no permite 
nombrar. En fin, nada de quanto la imaginación pueda sugerir de mas horrendo 

dexó de practicarse 

^Bii.4 los que no fueron muertos y heridos, no les faltó padecer de mil maneras. 
^B{cto hubo, y en ellos Eclesiásticos respetables, que fueron despojados de tuda 
la ropa que tenían puesta, sin excepción ni siquiera de la camisa. En aquella no- 
che de horror se vcian correr despavoridos por las calles muchos habitantes 
liuyendo de la muerte con que les amenazaban los Soldados. Desnudos entera- 
mente unos, con la sola camisa otros, ofrccian el espectacu!»"" más misero, y hacían 
tener por feliz la suerte de algunas (sobre todo del sexo femenino) que ya subicn 
dote á los texados, ó ya encenagándose en las cloacas, hallaban un momentáneo 

asilo 

j «Mientras la Ciudad ardía por varias partes, todas aquellas á que no llegaban 
I llamas sufrían un saqueo total. Xo solo saqueaban las tropas que entraron por 
"aSalto, no solo las que sin fusiles vinieron del campamento de Astigarraga. dis- 
tante una legua, sino que los empleados en las Brigadas acudían con sus mulos n 
cargarlos de efectos, y aun tripulaciones de trasportes Ingleses, surtos en el Puer- 
to de Pasages, tuvieron parte en la rapiña, durando este desorden varios días 
después del asalto, sin que se hubiese visto ninguna providencia para impedirlo, 
ni para contener á los soldados que con la mayor impiedad, inhumanidad y bar- 
barie, robaban ó despojaban fuera de la Plaza hasta de sus vestiduras á los habi- 
^^tes que huían despavoridos de ella, lo que al parecer comprueba que estos 
ccsos los autorizaban los Jefes, siendo también de notarse que los efectos roba- 
>ó saqueados dentro de la Ciudad y á las avanzadas, se vendían poniéndolos 
I manifiesto al público á la vista é inmediaciones del mismo Quartcl general del 
Erclto sitiador por Ingleses y Portugueses.» ¡Manifiesto que el Ayunlamienlo 
ililucioual. Cabildo eclesiástico. Ilustre consulado, y vecinos de la ciudad deSan 
►■J«f/'an freseulan a la \acion sobre la conducta de las tropas británicas y portii- 
'¡as en dicha plaza el ji de Agosto de riii ; y dias sucesivos.) 
[Son curiosas c importantes las comunicaciones que mediaron después entre 
'anteriores y el duque de Ciudad-Kodrígo que negó hasta 2,000 raciones al 
Tbriento vecindario, y considerando como libelos infamatorios lo que se habla 
fcMicado respecto a la quema de la ciudad, «deseaba que no se le hicieran nuevas 
P'^scntacioncs acerca de ella, ni tuviera motivo de escribir sobre este asunto.» 



conquistadores. Excedió en loo millones de reales el valor de 
lo perdido; sin tener en cuenta el inmenso de los libros co 
merciales, registros, escrituras, protocolos, archivo de la ciu- 
dad y del consulado, libros parroquiales, bibliotecas, etc. ^H 
San Sebastián quedó arruinado, el infortunio no pudo s^^ 
más grande; pero no fué bastante para entibiar en lo más mínimo 
el entusiasmo de aquellos patriotas tan horriblemente sacrifica- 
dos. Sobre los calcinados escombros proclamaron la Constitución 
política de la Monarquía española, concurriendo á tan solemne 
acto el vecindario disperso en los pueblos inmediatos; y los que 
tanto habían sufrido aún tenían el valor de decir: c Si nuevos 
sacrificios fuesen posibles y necesarios no se vacilaría un mo- 
mento en resignarse á ellos.... t y se reunían en Zubieta el 8 de 
.Setiembre del mismo año de 1813, acordando levantar de nue- 
vo la ciudad, erigiendo desde luego un Ayuntamiento para que 
sonara su existencia política ya que había desaparecido la física 
por la quema. 



Carta fechada en Vera a j de Octubre de 1 81 3 y Itrmad.i : WELLixr.Tov, :fu4i<ej 

Se halla todo esto impreso en un folleto titulado ; Primer Snf-Umeitlo al il*i 
fícslo fiuhlicado el 1 6 de Enero íillímo f>or el Ayunlamienío conslituciontt, ct'rfot, 
dones, vecinos de /a ciudad de San Sebaslran. — Al fin.— A ño 1 8 1 4. — En Tolos* p 
n. Francisco de la Lama, impresor de la M. N. y M. L. provincia de GuiputcM ¡r 1 
Diputación. 





CAPITULO XVII 



Industria antigua y moderna. 



■G 



I 

/~]i- combate de San Marcial fué el último que hubo en la 
^->\provincia, libre ya de enemigos. No de guerra, que á los 
pocos años, diferencias políticas armaron á los mismos guipuzcoa- 
nos unos contra otros ; algunos guiaron y escoltaron á aquellos 
franceses que vinieron á España en 1 808 á destruir el despotis- 
mo y la teocracia, y volvían en 1823 á entronizar lo que antes 
destruyeron. ¡Triste período de la historia patria! 
I No fué más lisonjero para Guipúzcoa que presenció el decai- 
miento de todas sus industrias y muy especialmente de la del hie- 
o; aunque las salinas de Leniz eran productivas, pues alimenta- 
an en el siglo pasado ocho duerlas que producían en el tiempo 
que trabajaban 8,500 fanegas al año, beneficiadas por medio del 
fuego y de la linaza, vendiéndose á ocho reales fanega. Pero la 
ferretería era la principal industria, llegando á tener la provincia 
en 1626, 82 herrerías mayores, sobre 37 martinetes y 2 máquinas 
destinadas para el acero: en el siglo pasado excedían de 90 las 



704 



GUIPÚZCOA 



herrerías mayores que labraban más de i 20,000 quintales 
hierro de todas clases, que se exportaban á toda España, á Fra 
cía, Inglaterra, Flandes é Italia, y á las orientales de Asia dond< 
los portugueses tenían su comercio y navegación. En Mondragón 
se labraba acero á fuerza de brazos, en herrerías de agua con 
gran beneficio para el comercio y riqueza de la población, c hasta 
que se perdió todo habiéndose hallado en Alemania la invención , 
de convertir el hierro en acero > (i). |H 

Eran notables las armerías de Flasencia y Tolosa, en las 
que se fabricaban arcabuces, mosquetes, * coseletes, arneses 
rodelas de fierro para hombres y caballos, de orden de S. M., 
dejando la pelotería de tiros para la ferrería y ingenio de Eugui, 
que es en Navarra » (2). También en Mondragón, San Sebastián. 
Elgt>ibar, Eibar y Vergara, se hacía todo género de armas como 
espadas, alfanjes, machetes, ballestas, cuchillos, picas, lanzas, 
medias lanzas, dardos, azconas, venablos, jinetas, alabardas y 
partesanas, porqueras (llamadas templonas en Andalucía y en 
Portugal chuzas), hachas, azuelas y otros instrumentos de t 
géneros. 

Vizcaya impuso derechos al fierro de la producción de 
púzcoa (1776); y aun cuando á poco se arregló esta imposición, 
prohibió en i 790 la e.xportación de sus venas de hierro, permi- 
tiéndola seis años despuéss previo el pago de medio real vellón 
en quintal macho (seis arrobas). Guipúzcoa tenía prohibida la ex- 
tracción de sus carbones vegetales. 

En el siglo pasado se explotaba en Amezqueta una mina 
de cobre. 

La situación política que estableció en España la reacción 
de 1823 y el adelanto de la industria en el extranjero, amen de 
otras causas interiores, hicieron tan precario el estado industrial 



( 1 ) ruoHANes.— El mecanismo cOmo se labraba el ücero en CuipOtcoa lo npll- 
can los Exiraclüs ,1i; /.t í<¿al SocieJaJ yascuMi¡ada, cürrespondicntcs al año I77l*j 
Isusti dedica un capituln i las herrerías grandes y martinetes, y Ins dcfigna. 

[2) ISAtlI. 



G IM p o z r o A 



195 



mercantil de Guipúzcoa, que las juntas de 1831, inspirándose 
verdadero patriotismo y sincero amor á su país, haciendo su- 
yas las ideas manifestadas ya en San Sebastián, pidieron el plan- 
teamiento de las aduanas para el fomento de la industria y del 
comercio. Para vergüenza de otras juntas que tenían en más el 
aura de una opinión extraviada y de un provincialismo suicida, 
que los verdaderos y legítimos intereses de su país y de su evi- 
dente prosperidad, se opusieron en Agosto del mismo año á la 
interior salvadora petición. Aquí podemos repetir lo dicho por 
Xin escritor guipuzcoano, « en Guipúzcoa continuamos contem- 
plando los pergaminos del título LXl y otros del Fuero tan 
contrarios al desarrollo del progreso que se observa desde hace 
lo afios • (i). En idéntico sentido se han explicado otros escri- 
tores no sospechosos para los fueristas. El mismo Fuero, en sus 
títulos 38 y 39 atacaba al derecho de propiedad con disposi- 
ciones que podían ser muy convenientes y acertadas en los si- 
glos XIII y XIV, no en nuestros días. Podríamos citar otras dispo- 
siciones y otros hechos, pero ¿cuál más elocuente que el fomento 
|ue adquirió Bayona libre á costa de San Sebastián y aun de 
toda Guipúzcoa fuerista? 

No es nuestro objeto, ni creemos oportuno en este libro, 
tratar la cuestión foral : sí expondremos que, amantes del país 
vascongado, partidarios como somos de una bien estudiada y 

izonada autonomía provincial y municipal, creemos que en nin- 
guna 6 en muy pocas provincias es tan necesaria como en las 
vascongadas. La absorbente intervención del Estado es más ve- 
ces perjudicial que beneficiosa, y más de una vez hemos tenido 
que lamentarnos de ella, y aun prescindir de ella en asuntos 
imperiosamente reclamados por la equidad, la justicia y la con- 
veniencia de los pueblos, arrostrando nosotros una respon- 
sabilidad de la que nos absolvía nuestra conciencia y el bien 
público. 



(t) SORALL'CE. 



¥^ 



OütPOZGOA 



Abundando más el patriotismo que el amor propio; teniendo 
por norte la justicia y por guía el bien del país, todo es posible. 

Los grandes servicios prestados por mar y tierra por los-i 
guipuzcoanos y vizcaínos, pararon muchas veces la tendencia del 
poder real, que consideraba como un desprestigio ciertas resis- 
tencias basadas en derechos concedidos. Aumentaban la presta- 
ción de esos mismos servicios algunos reyes y buscaban medios! 
de mermar ciertos derechos, fundándose en que monarcas débi- 
les ó de menos necesidades para la defensa ó el esplendor de la 
patria, concedieran exenciones que no tenía generalmente el res- 
to de los españoles; pero tratándose de reyes poderosos, y de lo 
que de suyo exigía á la vez la grandeza de la patria, necesitan- 
do el concurso de todos para su defensa ó su gloria, parecíales 
á tales reyes que ante las exigencias y necesidades del Estado 
no debía haber privilegios ni exenciones que favorecían á los 
menos en perjuicio de los más. Ya en 1 484 se conformó Guipúz- 
coa con que á los servicios marítimos debía contribuir como 
obligación, no voluntariamente como hasta entonces. En casi 
todas épocas se han hecho mutuas concesiones en beneficio 
mutuo. 

La tradición y la antigüedad no son títulos bastantes al res- 
peto y veneración pública, si pugnan con lo moderno ó la con- 
veniencia y aun la justicia. ¿Admitiríamos hoy las penas infaman- 
tes, horribles y crueles de la Edad Media? ¿Seguiríamos sus 
usos y costumbres? Las venerandas juntas ordinarias sólo se 
celebraban en poblaciones que tenían título de villa, y las extra- 
ordinarias había libertad de convocarlas para los despoblados 
de Ozarraga (territorio de Vidania) y Basarte, entre las villas 
de Azpeitia y Azcoitia ; pero experimentando los inconvenien- 
tes de celebrarse á la intemperie, se convino en 1470 en re- 
unirse en la iglesia de San Bartolomé de Vidania, cuando se 
convocasen para Ozarraga, y en la de Santa Cruz de Azcoitia ó 
en Santa María de Olas, cuando fueran extraordinarias. Esto si- 
fué modificando como se modificó mucho y se alteró ó extinguió 



no poco. Las ordenanzas de 1 5 29 se suprimieron en la compila- 
ción de 1696. La necesidad es siempre imperiosa y exigía y 
exigirá siempre modificaciones y transformaciones aun en las más 

^—venerandas leyes. 

^ Además, se ha dicho con razón, que el comercio y la marina 
figuraban poco en las juntas, aunque eran, con la industria el alma 

^■de la importancia de la provincia. Las leyes de Cataluña favore- 

^ cían el comercio y la marina ; en los fueros de Barcelona pre- 
ponderaba el espíritu mercantil ; en las juntas de Guipúzcoa la 
predilección á la propiedad. Bien puede decirse, que en lo gene- 
ral, fueron los propietarios casi exclusivamente los que consti- 
tuían el eje de su rueda legislativo administrativa, así que de la 
I Diputación (i). 
Los tiempos tienen de suyo exigencias imperiosas que hay 
que respetar; y por lo mismo que en los antiguos era mayor la 
credulidad por estar menos difundida la ilustración, hasta el 
punto de ocupar seriamente á las Juntas generales de Fuenterra- 
bía la existencia de muchas brujas (i 530) (2); empeño debe ser 
;n los modernos seguir la corriente del siglo en lo que tiene de 
'moral y de justa, de fraternal y de elevada, de civilizadora en 



(I) SORALUCE. 

(3) No sólo como notable recuerdo tradicional en Deva, sino como hecho his- 
'tóríco consignado en los Anoiies ie la Inquisición, y comprobando de lo que es 
capaz la ignorancia ayudada por el fanatismo, merece referirse que una mujer del 
citado pueblo formaba parte de una sociedad de guipuzcoanos y vascos-franceses 
que teniéndose por brujos, se reunían en Aquelarre, en el que trataban de los ma- 
lehcios y demás que habían de ejecutar para aterrar las comarcas por donde pasa- 
ban, en las que llegaban á cometer delitos graves. Complicada la mujer de Deva 
en el proceso que con tal motivo llegó á formar la Inquisición de Logroño, declaró 
lin vacilar la acusada que era bruja. Deseando el tribunal salvarla de la pena que 
había que aplicarla, aun cuando no fuera más que como auxiliadora de aquellos 
oalhcchores, la indujo á que declarase que había sido engañada y que no había 
■les brujerías; nada consiguió: « La mujer se había connaturalizado de tal suerte 
eon aquel quimérico y funesto oñcio, y su terca obcecación había subido d tan 
alto puesto, que pretirió el suplicio á la rectiñcación de su error, y murió insis- 
tiendo, sin titubear, en que era brma» (a). Sobre este asunto es curioso el capitu- 
lo titulado. Las Itechiceras vascas, i6og, que se halla en el libro í.a Ari</'j, por 
Ir. Micheict. 

(d) ¿I» Muj'tr tU Giáifmxcoa, por el Maiiqué5 de Valuar. 



fin. « La situación de la misma provincia, es hoy otra, que en 
tiempos antiguos, distintas y mayores sus necesidades, y muchos j 
los medios para cubrirlas con utilidad, pero para eso son menester 
las aduanas. Es de eterna verdad que las leyes están sujetas á 
las variaciones que son efecto de los adelantos sociales, y de 
exigencias nuevas que crea el transcurso de los años» (i). Estoi 
se decía en nuestros días, y por un guipuzcoano que no podía 
ser tachado de anti-fuerista; pero era más amante de la provin-i 
cia, cuyas necesidades y conveniencias conocía como hombre 
práctico, al que no ofuscaban teorías proclamadas más porj 
costumbre que por convencimiento de su bondad y eficacia. 

La industria ha erigido edificios monumentales, como el de^ 
La Guipuzcoana, en Tolosa ; grandiosa fábrica que construye 
cada 24 horas 5,000 kilogramos de papel. Su propietario, el in 
teligente industrial D. Baldomero Olio, lo es de otras tres fábri« 
cas más. tituladas: La To/osana, La Guadalupe y La Papelera,. 



(1) Contestación del Ayuntamiento de San Sebastian, i." de .Sjtoslo dt i^^4>| 
tirmada por el alcalde-presidente Ángel Gil de Alcain, a la cñcuUr de U Diputa 
ción de la provincia para el nombrumicnto de apoderados y restablecimiento dc^ 
sistema foral ; y como con arreglo á fuero debían i'síos ser nombrados ea lafarmt 
antigua, esto es, por el estado noble ; respondía á esto el municipio, tribut^indo el 
debido homenaje á los principios políticos que profesaba y á la legalidad: en cuan- 
to á lo primero, que no alcanza el motivo, que puede privar del ejercicio de ui 
derecho, á los ciudadanos á quienes conñere el art." ;.° de la Constitución : 4 II 
legalidad porque el art." 7." del decreto de 4 de Julio, en cuya parte final se h.illl 
comprendido este ayuntamiento, no le da más. ni otras atribuciones, que las coni 
feridus por la ley común. El ayuntamiento prefiere los derechos políticos de lo 
ciudadanos, y cumplir con el precepto de unidad constitucional, mandado co ll 
ley de 3$ de Octubre de 1839, á tener mas atribuciones, limitadas á una due^ 
privilegiada, que no representa al pueblo : las pedirá, pero para ser ejercidas | 
los ciudadanos a quienes la ley confiere ese derecho; ya guardará la dccisioo le-l 

gal Las decisiones forales son exclusivamente de la clase de nobles, y los qufl 

no tienen esta calidad, quedan separados de la menor participación, á pesar de 
que pueden ser tan útiles al país por sus conocimientos y luces, y ofrecen porsu>| 
bienes y fortunas, toda garantía : y llega á tanto grado, lo que hoy es tan chocan- 
te, que los abogados están excluidos de poder representar a los pueblos en Jun- 
ta, cuando ésta y la Diputación tienen dos consultores letrados, y cuando paríJ 

dirimir con acierto las cuestiones se busca siempre á las capacidades L'n»!ui'i 

puzcoano que no sea noble, puede representar al país en las Cortes, puede llc««r j 
tí ser Consejero de la Corona. {Y no conceptúa V. S. muy extraño, que esc mi«ít"> 
guipuzcoano, si no tiene litigada su hidalguía, no puede ser escribano de la * ldc* , 
mas miserable del país >....» 



GUIPÚZCOA 



399 



trabajando todas sin descanso, lo cual proporciona la subsisten- 
cia de centenares de familias, y también su bienestar, á lo que 
tdedica sus desvelos el Sr. Olio, que más que patrono, es el pa- 
dre de sus operarios. 

L Hay en Tolosa otras fábricas de papel, inclusa la que utiliza 
como única materia la paja; y de tejidos y de pianos. Se hallan 
también otras de telas y de hilados en Lasarte, bajo la acertada 
[dirección de los Sres. Brunet ; así como en Villabona, en Ver- 
jara, en Zarauz y en Rentería, cuyos productos son muy estima- 
dos. Las construcciones de mimbres en Zumarraga, se exportan 
á toda España y al extranjero; igualmente las delicadas armas 
^de Eibar, de Plasencia y Elgoibar; los vidrios y productos quí- 
Hmicos de San Sebastián ; los fósforos de esta misma capital, de 
Irún, de Oñate, de Arechavaleta y de otros pueblos; los peines 
^■de búfalo, de concha, de cuerno y de madera; las conservas de 
^pescado, etc., etc.; están tomando merecido incremento y gran 
perfección los hilados y tejidos con seda de gusanos criados con 

Íhoja de roble y de fresno. 
La industria de Guipúzcoa representa muchos millones de 
reales, y su creación, su fomento, su prosperidad, es debido todo 
al establecimiento de las aduanas en la frontera. Así lo recono- 
cen todos los guipuzcoanos en su patriotismo ; sin que se ocupen 
de comparar lo que producían sus ferrerías antiguas, con sus 
martinetes actuales, que también es otra industria que prospera. 
Laborioso, inteligente el guipuzcoano, no hay arte, ni industria 
que le sea refractaria; y así abre los más difíciles túneles con 
asombrosa maestría y construye atrevidos puentes y viaductos, 
como maneja los instrumentos de arte más finos para producir 
objetos tan delicados y bellos cual esas encantadoras incrusta- 
ciones de oro y fierro en que .sobresalen Zuluaga, Felipe Guisa- 
sola y otros, y esos maravillosos repujados que no tienen rival 
y son tan codiciados por españoles y extranjeros. Reine la paz 
en Guipúzcoa, que es lo que necesita para su riqueza, esplendor 
y gloria. 




CAPITULO xvni 



Guerras civiles 



I 



las dos guerras civiles que tuvieron su principal foco en 
país vascongado, los guipuzcoanos, peleando en uno y 
otro campo, contribuyeron de consuno á arruinar el país. 

No fué la provincia de Guipúzcoa la primera en promover 
la guerra civil de 1833; carecía de jefe carlista que reuniera las 
necesarias condiciones y tuvo su diputación que entregarse á 
Zumalacarregui, ya puesto al frente de los navarros, aunque 
era guipuzcoano ; pero valía más que Eraso, y aquél levantó el 
espíritu carlista de Guipúzcoa, que se sostuvo en toda la cam- 
paña, hasta que en 1 83 9 se terminó la del norte por el convenio 
de Vergara, que valió á Espartero el título de Pacificador, y 
años después, haciendo justicia á sus merecimientos, el de Prín 
cipe (i). 



(i) Todavía está sin cumplirse la ley hecha en cortes pura erigir en Vergara 
un monumento que perpetúe aquel tan solemne como bencticioso acto; más mere- 
cedor de perpetuarse que otros, que al fín representa la paz entre hermanos. 



|02 



GUtPL'ZCOA 



Además de experimentar después la provincia algunas vid- 
situdes políticas, pretendiendo guipuzcoanos mal aconsejados 
promover de nuevo la guerra civil, en la antigua capital foral, 
en Tolosa, el 3 de Abril de 1 849 el rey de Italia, Carlos Alber- 
to, fugitivo de su reino, fué alcanzado por el general Lamarmora 
y el conde San Martino, y ante ellos abdicó la corona, de lo 
cual se extendió acta formal, ñrmándola como testigos el dipu- 
tado general D. Javier de Barcaiztegui y el gobernador civil 
D. Antonio Vicente de Parga. 

Cuando la revolución de 1 868, la reina de España D." Isa- 
bel II, abandonada de los que la perdieron y bajo su sombra y 
protección medraron, permaneció en San Sebastián los últimos 
días de su reinado, respetada y compadecida por los guipuzcoa- 
nos, á quienes inexpertos políticos pretendieron comprometer 
para armarlos en defensa de lo que ya no la tenía: no lo- 
graron su intento, y D." Isabel marchó á Francia escoltándola 
los diputados vascongados hasta la frontera, rindiendo así caba- 
lleroso tributo á la desgracia. 

Nueva guerra civil se promovió en 1873. Escrita su historia 
así como la de la anterior, á ellas nos remitimos. Sólo diremos 
que, á la sombra de la paz, á la laboriosidad é inteligencia de 
los guipuzcoanos, á su amor al trabajo y al deseo de su bienes- 
tar, se debe el desenvolvimiento de muchas industrias, el fomen- 
to de las artes y la prosperidad del país, que, encantador de 
suyo, lleva á sus abundosos establecimientos- balnearios, á sus 
seguras playas y pintorescos pueblos, multitud de personas de 
todos los de España, buscando unas salud en las aguas minera- 
les y de mar, otras recreo y esparcimiento en el clima y la 
belleza del país, y todos satisfacción en el trato de sus simpáti- 
cos habitantes. 



\ 



/*% A 



ff' 



^.^ ""^K^i 



^^ 



^ 



(■ 



í^- 



1^-: 









t~. i; 



>. 



' ■.'■-■■ 



CAPITULO XIX 



/, 



^. 



.^ 



San Sebastián moderno. 

Edincios notables. — Paseos. — Puerto. — El casino. 

Motrlco. — Mon dragón.— Leyendas y tradiciones. 

Escritores guipuzcoanos contemporáneos 



I 



"S 



.1^ 



W- 



\ 



L actual San Sebastián en nada se 
[parece al antiguo , aun con ser éste 
bello. Reedificada la ciudad en 1814 se 
'iifiW'u • hicieron sus calles rectas, alineadas sus 
casas, de igual exterior y altura, y se dio á 
todo belleza; así que la plaza de la Cons- 
titución con sus cómodos soportales, es 
; I perfectamente ordenada. En ella está la casa 

del Ayuntamiento trazada por el célebre 
arquitecto D. Silvestre Pérez, adornado de las excelentes cuali- 
dades que requería Vitrubio tuviera la profesión ; dirigiendo la 
obra el arquitecto Ugartimendi. Es el edificio de orden dórico, 
y las columnas exentas de su fachada le dan una gran severi- 
dad. La escalera es ancha y espaciosa, y la sala de sesiones ele- 
gante. El gran espesor de sus muros indica se tuvo en cuenta, 



-l'>-) 



GÜtPOZCOA 



al construir esta casa- 
ayuntamiento, que había 
de ser el centro de refu- 
gio de una plaza de ar- 
mas, como era San Se- 
bastián en caso de sitio. 

La libertad de ense- 
ñanza que produjo la 
revolución de 1868 , y 
adquirida la facultad de 
conferir títulos de bachi- 
11er, hizo que el municipio 
de San Sebastián esta- 
bleciera un instituto que 
sustituyó al provincial de 
Vergara, construyéndose 
un edificio en 1872 con 
arreglo á su programa, 
que obedecía á las nece» 
sídades que en aquel en- 
tonces había que satisfa- 
cer. Trasladado á San 
Sebastián, durante la gue- 
rra civil, el Instituto pro- 
vincial de Vergara , se 
instaló en aquel edificio, 
en el que hoy continúa, 
desapareciendo el Insti- 
tuto libre municip>al. Al- 
berga también la Escuela 
de artes y oficios, cuya 
organización es notable é 
importantes los resulta- 
dos que en la enseí\anza 



4o6 



liUlPüZCOA 



se obtienen, perfectamente dirigida por D. Nicolás Bustinduy. 
En el piso bajo está la Biblioteca municipal. Los gabinetes de 
física é historia natural y clases de dibujo, se hallan bien dota-¡ 
dos de material. 

Algo reducido es el edificio, pues los muchos y distintos ser*' 
vicios que en él se han establecido obligará á separarlos, má.x¡4 
me si continúa el noble afán de los obreros á recibir la ense-i 
ñanza que allí se da y el creciente desarrollo del Instituto, 
fachada es de sillería arenisca del país ; consta de un piso bajol 
y dos altos; y la ornamentación así como su aspecto exterior,! 
es sencillo y hermoso, revelando el buen gusto del director del 
la obra, el arquitecto D. José Goicoa. 

Este mismo señor dirigió la construcción de las Escuelas 
Públicas (187 i), de piedra sillería. Grandes huecos antepecha- 
dos acusan su destino. Las plantas son sencillas. El piso bajo 
está destinado á escuela de párvulos y habitación del maestro; 
los otros pisos á escuelas de niños, con salas espaciosas. 

Tanto el Instituto como las Escuelas forman los costados 
laterales del gran edificio de Guipúzcoa, que se ostenta en la 
plaza del mismo nombre; la cual es un rectángulo formado por 
casas sujetas á un modelo de gusto elegante, en cuya plantad 
baja tienen la primera crugía destinada á pórticos anchurososl 
con pilastras y arcos convenientemente decorados, en número] 
de 23 por los lados mayores del rectángulo y 1 5 por los me-j 
ñores. Cruzan la plaza por sus ángulos cuatro calles ; de modo] 
que resultan ocho entradas, donde se han dejado preparados] 
los arranques para voltear los arcos que completen y derreaj 
el perímetro de la plaza. Ocupa su centro un jardín inglés de 
los llamados paisajistas, con cascada, lago y puente nistico; 
columna meteorológica en un templete en cuyo cielo están pin- 
tadas las constelaciones y en el friso interior vistas panorámicas 
de San Sebastián. Todo el jardín ofrece muy agradable perspec- 
tiva, y está rodeado de una verja de hierro dulce sobre zócalo de 
piedra, con seis entradas, una en cada ángulo cortado en chaflán 



_ 






^_ 




VjJt 








1 


■ ; f^'f z ■ 1 ■ ..|r 


^ 1 


1 


^ 
r 




^ 1 


"'4 




-F?/! 


Éi« ^ ■ 




L 




fíS -' 1 




m 


i #■ >-J 


iHi - 1 


. < 




■h . Mfpf:i „ vT ■üúj 




h" 




■tor ""'ifiíJI 


F-(#f^ < ■ 






■f.. . • .i^%ffx 


LS^I - ■ 










i 1 


i"-' 


!¿¡ 


ifl^I^ ^fl^lPlHl 


»^4fl 


■ 


1 




HB|^ « .^4f^c^ ^J!v9^9H 


■ -"^^M ^^^1 






kSOvQdW^ '•JjKrJa^.M^^S^^CR 


Iff^'H í ^ 


, m 


A 


^mU^^^^^^^Mñ 


ITi ^ J 


i 


••í%í 


^^^■w^guSuRn^^^,. JEubfi 




yt 


Ir 


4'*^ ■■.•-^,^-^....^ 


r^l? 1 


^^a« 




i ' / ^:í^ ^ -^ 


MÜ 


>' 


,-^ ,r;T,^vÍ 


■ 1 


'^^^^1 




' ' <íi¿Jf ; "' '^ ■ 


^ 1 


j| 


t '-^ - 


' ■ --^Í^-N 


'*2^B 


■» -. 




1'. j 1 






./S 


""'^31 


'■ ' '^ ' 


i i M m 




-Jm 


: ^'^íV^ 


i^í 


■ 


1 








j 



4o8 



GUIPÚZCOA 



y otra en el centro en cada uno de los lados mayores del rec- 
tángulo. — Es una de las plazas más bellas de España. 

A su lado occidental se hallan tres notables edificios públi- 
cos, aunque formando un conjunto armónico en sus fachadas. 



t 



-S— 



IZ 



41 



SAN SEBASTIÁN. -Columpia meteobolócíica (ie la 
Plaza db GcipOzcoa 



La central, marcada por una fuerte salida, corresponde á la 
Diputación provincial, y forma por sí un conjunto compuesto de ' 
dos pabellones laterales y un cuerpo central. Sobre la arcada 
general hay un cornisamento que sirve de apoyo á columnas 
exentas en el anterior cuerpo y adosadas en los laterales, estria- 
das sobre pedestales y con las proporciones y decoración del 



orden corintio. Abarcan en su altura estas columnas, la de los 
pisos principal y segundo, y sostienen un entablamento comple- 
to ricamente decorado, y cuyo friso lleva los nombres de cinco 
ilustres giiipuzcoanos. Los huecos del piso principal son baleo 
nes con jambas, ménsulas y antepechos de balaustres de piedra, 
coronados con un amplio romanato decorado de forma circular 
y triangular alternativamente; en el piso segundo hay ventanas 
antepechadas con decoradas repisas. 

Los pabellones laterales de esta fachada central son más 
ricos en su decoración, y sobre el entablamento llevan romana- 
tos circulares, en cuyos tímpanos van los escudos de los cuatro 
partidos judiciales. Sobre los románalos se asientan unos pedes 
tales destinados en el proyecto á sostener grupos alegóricos de 
estatuas, que han sido sustituidos, por economía, por unos tro% 
feos militares y marinos en recuerdo de las glorias guipuzcoai 
ñas. 

En la parte central y sobre el entablamento, hay un ático' 
decorado con pequeñas pilastras que corresponden sobre las 
columnas; y en los espacios intermedios los bustos de los gui 
puzcoanos Oquendo, Legazpi, Urdaneta, Lezo, El Cano. En el 
centro, flanqueado por dos tenantes, el escudo de Guipúzcoa. 

Las fachadas de los edificios laterales, Gobierno civil y De 
legación de hacienda, armonizan con el centro, aunque no son 
tan ricas en el decorado. 

En el pórtico general, que se une con los de los otros tre 
lados de la plaza, se halla en el centro la magnífica puerta del 
vestíbulo principal, de un bello trabajo artístico, tallada en roble 
y erablo. En su decoración alegórica campea el roble enlazado 
con el laurel, trofeos marítimos, y en la parte superior las armas 
de la provincia con sus dos tenantes y el lema de Muy Noble y 
Muy Leal. 

El vestíbulo principal, los descansos de la escalera y las 
gradas de la misma son de mármol de Carrara; la ornamen- 
tación, pilastras estriadas con capiteles corintios dorados; la 




dobbzpor 

les de colores, bsmasde 
y fasdeh 
deeoralocoa recaadrosji 
pialado al óleo por na aprot 



es Boa %ma alegóric a , la Adniniscradóa apo>-ada en iml 
CMnóa, teaiendo en la mano dcxedta d compás, símbolo del( 
orden y de la medida. Está trazada la figura coa gran valentía 
Otra de bronce con on reloj en la mano, CDaq>)eta, en el 
deacaiMo de la escalera, la deooradóo de la misma. 

El talón principal, de zi metros de Iar]go por 8*75 de ancho, 
es grandioso. Lujosamente adornado, corre por todo ¿I y á una 
altara conveniente, un friso de nogal, sobrio en líneas, pero rico 
en tonos y aguas, por ser de una madera escogida. Sobre el 
friso y constituyendo el fondo de las paredes, hay bastidores 
imitando tapices con asuntos de glorias guipuzcoanas, y las 
vistas de .San Sebastián. Tolosa, Vergara y Azpeitia como 
cabeza de loe cuatro partidos judiciales de la provincia, cu^'as 
armas, artísticamente enlazadas, se hallan entre los balcones. 
También están, al rededor de todo el salón, de relieve y pintados 
con los colores heráldicos, los escudos de todos los pueblos de 
Guipúzcoa. 

Las puertas y los demás adornos del salón es todo rico y 
del mejor gusto, especialmente el techo. Un medallón represen- 
ta la provincia de Guipúzcoa, teniendo en una mano un remo 
y apoyada en el escudo. Las artes, la navegación, la pesca, sus 
hombres célebres, la rodean en una atmósfera luminosa y de 
gran vigor. Otros dos grandes medallones haciendo juego con 



el central, representan la historia y la justicia. Arabescos dt\ 
exquisito gusto, frisos de gru{x>s de niños, ejecutados coa gran] 
perfección, constituye el decorado de este techo, cuyos recua- ' 
dros, molduras y fajas contribuyen con sus entonaciones y vue- 
los bien entendidos á dar realce á las pinturas de fondo. El oro j 
en las partes salientes y los fondos generales de madera, hábil- 
mente imitados, dan al salón carácter de seriedad y riqueza. 
D. Adolfo Perea y los Sres. Zuloaga hermanos, son los autores j 
de las pinturas. 

Los gabinetes laterales se hallan también decorados con 
sumo gusto. La ornamentación de sus muros está formada por 
arabescos sobre fondo guinda en uno de ellos y fondo oro en e! 
otro. Los techos representan asuntos alegóricos. 

En el piso segundo está la sala de sesiones, departamento ' 
del vice-presidente, secretaría, ofícinas, etc., todo perfectamente 
distribuido; bien es verdad que los proyectos y dirección honran 
al distinguido arquitecto Sr. Goicoa: las pinturas á los Sres. Pe- 
rea (D. Adolfo) é Irureta; así que el moviliario á los señores ¡ 
Echevarría y Odhon Martitu ; como enaltece á la provincia tan 
grandioso edifício y los más modestos laterales destinados á 
Gobierno civil y Delegación de Hacienda, en cuyo piso bajo se 
halla la encina de correos. 

En la clase de obras importantes hay que colocar las eje- 
cutadas para el abastecimiento de ag^as á San Sebastián. Ya 
en 1566 Juan Sanz de Lapaza, para la conducción del agua de 
la fuente de Olaréu, situada al pié del monte Igualdo, á dos 
millas de la ciudad, construyó un magnífico acueducto, cu)'as 
ruinas permanecen para memoria de una empresa que no llegó 
á concluirse. En 1609, el famoso arquitecto hidráulico y militar 
Juan Ferrier, que trabajó con gran crédito en el castillo de 
Pamplona y en las fuentes de Madrid, dirigió el espacioso acue- 
ducto que conduce las aguas desde Morlans á la capital guipuz 
coana. Continuaron esta obra Pedro Larrochet, de Burdeos, y 
el célebre Francisco Gienzi, que construyó fuentes en Bayona, 





^^ 


^^^ 




^^^^^^^v 








i- , v^éiM".'^'' 








^'.v^'T* *■■■ ■^' 


áÉ^-- ^ 


: ■ <i^ -/• m ' 










■ 




■ '.vb' :»_-i' ..< 


s^^si^^^^Bi^'Vi 


• 


H 




19^ 


^BH^^^^^HBfrU^^^>'~'JH^Kd^^^^_^^tfÉH 


1 


; 1 




^H^^gflP^^ 


o 


■': m'-'-'éf*'*^,'^ ■ 


mHBHRv S^^^^^^I 


tW- 


it 


^^^^1 




^i^E^^ ' 


% 


1 '-^ 

1 0- 




f«ig 






^^H 

^^H 


^ 


' ) . 




!' ■■ 




^^1 

^^^H 












^^H 

^^^^1 

^^H 

^^1 

^^H 
^^H 




5^^-- *' .- 






i < 


^^^H 




P^' "^^^^.;- ■ 


Jiy > -"^ - í;^ 




'Í.V| 


^^H 




Ü'ii:;/^ít= 




1 1 


1 


^JTwwS 


" 


^■es^ 


.,1 


A*^^ 


^ 


■*■•■,?•• s;. 


k 




/ 7? 






' 


mi^ 


^1 






*; 






M 


H 


1 






^H^^^^^^^^l^^^^^ly^BL 


Ir.— 


1 




L 












^^^^^H 



ii8 



OVtPVZCOA 



Así que, vista San Sebastián desde el alto de Concorronea, 
por cima de la estación del ferrocarril, ofrece uno de los más 
encantadores panoramas. El río Hurumea, el magnifico puente 
de Santa Catalina nuev'amente construido, pasado el cual se 
entra en el paseo de la Zurrióla, hoy ensanchado por haberse 
tomado al mar gran extensión de terreno, quedando siempre el 
paseo á su orilla, la nueva población construida en el espacio 
que ocuparon las antiguas murallas y el glacis, ostentando edi- 
ficios monumentales, la Avenida de la Libertad, de treinta me- 
tros de anchura aquella con cuatro hileras de plátanos, comien- 
za en el puente de Santa Catalina y acaba en el paseo de la 
Concha, elegante barriada construida enfrente de la playa de 
aquel nombre, sin rival en toda la costa por su extensión, su 
belleza, y la completa seguridad que ofrece á cuantos en ella se 
bañan. 

Partiendo de la Zurrióla se halla el bellísimo paseo de la 
A/atucda, cuyos extremos se apoyan en ambos mares; y de 
cuyo paseo apenas da pequeña idea la lámina que le representa. 
En medio de la población, como la Rambla de Barcelona, divide 
la Alameda el San Sebastián antiguo del moderno. En el verano 
es el sitio predilecto de los forasteros, cuyo paseo ameniza una 
música colocada en un elegante kiosko levantado en el centro 
del principal salón. Por la noche se alumbra todo el paseo con 
luz eléctrica. 

Otros paseos tiene además San Sebastián, uno de los sitios 
de más amena y encantadora estancia en el estío; esto sin tener 
en cuenta sus bellísimos alrededores, que están pidiendo caminos 
para mejor disfrutar de las vistas panorámicas que la menor de 
las eminencias proporciona. La vista de San Sebastián, desde el 
Semáforo, es otro bello panorama, pudiéndose apreciar la forma 
del puerto ; viéndose además la población por toda aquella par- 
te, destacándose en primer término, el nuevo casino y campo 
de Alderdieder; y desde la Concha es vistoso el puerto, cuando 
está poblado de buques, teniendo por fondo el monte UrguU, 



en el que está el castillo de la Mota. A la izquierda, como re- 
presenta la lámina, se ve la Isla de Santa Clara y el monte 
Igueldo, con el antiguo y animado faro en la cima. 

Con los elementos reunidos ya en San Sebastián y su pro- 
bable y progresivo desarrollo, se hacía necesario un edificio 
que satisfaciendo las exigencias del gusto y de la comodidad, 
proporcionase horas de solaz y esparcimiento, aparte de lasj 
que el país brinda con sus naturales encantos. 

De aquí nació la idea de construir un gran Casino. Llamóse 
á concurso á los arquitectos españoles. Presentados 15 pro- 
yectos, recayó la elección en uno cuyo lema era: AurrerA, quej 
quiere decir Adelante. 

El terreno destinado para su emplazamiento es el Parque de 
Alderdieder (catnpo hermoso), al extremo de la Alameda próxi- 
ma al puerto. 

Se halla en construcción, bastante avanzada, esperándose 
termine dentro de un año, no cesando los trabajos. 

La fachada general de sobre el Parque, por donde tiene su 
ingreso más importante, va precedida de una gran terraza que^ 
se apoya en toda su línea. Otros dos ingresos están situados, 
uno en la fachada á la Alameda y otro por el paso de carruajes 
en la parte posterior que atraviesa el edificio en punto inme- 
diato á la escalera de honor, separando el Casino, propiamente] 
dicho, del gran Salón de Juntas. 

Las líneas de la planta del edificio presentan gran movimien- 
to, así como la altura de fachadas, resultando un conjunto ar- 
mónico cuyo carácter está en relación con su destino. 

Tiene dos solos pisos, insistiendo sobre su basamento de 
I '"50, a cuya altura se encuentra la terraza de loi metros de 
longitud, igual á la fachada que precede; mas para evitar el' 
efecto que produciría una masa de construcción en que predomi- 
nase la dimensión horizontal, se han acentuado algunos puntos 
con líneas verticales de mayor altura, resultando así las dos to- 
rres de 25 metros de elevación á ambos lados del cuerpo central, 



en el que está el castillo de la Mota. A la izquierda, como re- 
presenta la lámina, se ve la Isla de Santa Clara y el monte 
Igueldo, con el antiguo y animado faro en la cima. 

Con los elementos reunidos ya en San Sebastián y su pro 
bable y progresivo desarrollo, se hacía necesario un edificio 
que satisfaciendo las exigencias del gusto y de la comodidad, 
proporcionase horas de solaz y esparcimiento, aparte de las 
que el país brinda con sus naturales encantos. 

De aquí nació la idea de construir un gran Casino. Llamóse 
á concurso á los arquitectos españoles. Presentados 15 pro- 
yectos, recayó la elección en uno cuyo lema era: Al'RRER^Í, que 
quiere decir Adelante. 

El terreno destinado para su emplazamiento es el Parque de 
Alderdieder (campo hermoso), al e.xtremo de la Alameda próxi- 
ma al puerto. 

Se halla en construcción, bastante avanzada, esperándose 
termine dentro de un año, no cesando los trabajos. 

La fachada general de sobre el Parque, por donde tiene su 
ingreso más importante, va precedida de una gran terraza que 
se apoya' en toda su línea. Otros dos ingresos están situados, 
uno en la fachada á la Alameda y otro por el paso de carruajes 
en la parte posterior que atraviesa el edificio en punto inme- 
diato á la escalera de honor, separando el Casino, propiamente 
dicho, del gran Salón de Juntas. 

Las líneas de la planta del edificio presentan gran movimien- 
to, así como la altura de fachadas, resultando un conjunto ar- 
mónico cuyo carácter está en relación con su destino. 

Tiene dos solos pisos, insistiendo sobre su basamento de 
I '"50, a cuya altura se encuentra la terraza de 101 metros de 
longitud, igual á la fachada que precede; mas para evitar el 
efecto que produciría una masa de construcción en que predomi- 
nase la dimensión horizontal, se han acentuado algunos puntos 
con líneas verticales de mayor altura, resultando así las dos to- 
rres de 25 metros de elevación á ambos lados del cuerpo central, 



^20 



GUIPÚZCOA 



en el que está el castillo de la Mota. A la izquierda, como re- 
presenta la lámina, se ve la Isla de Santa Clara y el monte 
Igueldo, con el antiguo y animado faro en la cima. 

Con los elementos reunidos ya en San Sebastián y su pro 
bable y progresivo desarrollo, se hacía necesario un edificio 
que satisfaciendo las exigencias del gusto y de la comodidad, 
proporcionase horas de solaz y esparcimiento, aparte de las 
que el país brinda con sus naturales encantos. 

De aquí nació la idea de construir un gran Casino. Llamóse 
á concurso á los arquitectos españoles. Presentados 15 pro- 
yectos, recayó la elección en uno cuyo lema era: AurrerA, que 
quiere decir Adelante. 

El terreno destinado para su emplazamiento es el Parque de 
Alderdieder (campo hermoso), al extremo de la Alameda próxi- 
ma al puerto. 

Se halla en construcción, bastante avanzada, esperándose 
termine dentro de un año, no cesando los trabajos. 

La fachada general de sobre el Parque, por donde tiene su 
ingreso más importante, va precedida de una gran terraza que 
se apoya en toda su línea. Otros dos ingresos están situados, 
uno en la fachada á la Alameda y otro por el paso de carruajes 
en la parte posterior que atraviesa el edificio en punto inme- 
diato á la escalera de honor, separando el Casino, propiamente 
dicho, del gran Salón de Juntas. 

Las líneas de la planta del edificio presentan gran movimien- 
to, así como la altura de fachadas, resultando un conjunto ar- 
mónico cuyo carácter está en relación con su destino. 

Tiene dos solos pisos, insistiendo sobre su basamento de 
r"50, a cuya altura se encuentra la terraza de 101 metros de 
longitud, igual á la fachada que precede ; mas para evitar el 
efecto que produciría una masa de construcción en que predomi- 
nase la dimensión horizontal, se han acentuado algunos puntos 
con líneas verticales de mayor altura, resultando así las dos to- 
rres de 25 metros de elevación á ambos lados del cuerpo centt 



en el que está el castillo de la Mota. A la izquierda, como re- 
presenta la lámina, se ve la Isla de Santa Clara y el monte 
Igueldo, con el antiguo y animado faro en la cima. 

Con los elementos reunidos ya en San Sebastián y su pro 
bable y progresivo desarrollo, se hacía necesario un edificio 
que satisfaciendo las exigencias del gusto y de la comodidad, 
proporcionase horas de solaz y esparcimiento, aparte de las 
que el país brinda con sus naturales encantos. 

De aquí nació la idea de construir un gran Casino. Llamóse 
á concurso á los arquitectos españoles. Presentados 15 pro- 
yectos, recayó la elección en uno cuyo lema era: Aurrerá, que 
quiere decir Adelanfc. 

El terreno destinado para su emplazamiento es el Parque de 
Alderdieder (campo hermoso), al extremo de la Alameda próxi- 
ma al puerto. 

Se halla en construcción, bastante avanzada, esperándose 
termine dentro de un año, no cesando los trabajos. 

La fachada general de sobre el Parque, por donde tiene su 
ingreso más importante, va precedida de una gran terraza que 
se apoya en toda su línea. Otros dos ingresos están situados, 
uno en la fachada á la Alameda y otro por el paso de carruajes 
en la parte posterior que atraviesa el edificio en punto inme- 
diato á la escalera de honor, separando el Casino, propiamente 
dicho, del gran Salón de Juntas. 

Las líneas de la planta del edificio presentan gran movimien- 
to, así como la altura de fachadas, resultando un conjunto ar- 
mónico cuyo carácter está en relación con su destino. 

Tiene dos solos pisos, insistiendo sobre su basamento de 
i"'50, á cuya altura se encuentra la terraza de loi metros de 
longitud, igual á la fachada que precede ; mas para evitar el 
efecto que produciría una masa de construcción en que predomi- 
nase la dimensión horizontal, se han acentuado algunos puntos 
con líneas verticales de mayor altura, resultando así las dos to- 
rres de 25 metros de elevación á ambos lados del cuerpo central, 



J^22 



tiVlPUZCOA 



dos ángulos cilindricos sobre planta cuadrada en los pabellones 
extremos, y ñnalmente la gran cúpula central que corresponde 
á la escalera grande. 

Como se ve en el grabado, las galerías formadas por arcos 
rebajados sobre columnas sueltas separan el cuerpo central de 
los pabellones extremos, dando lugar en el piso principal á dos 
grandes terrazas que dominan la pintoresca playa de baños. 

En la fachada á la Alameda y sobre la puerta de entrada, 
que es un dintel adovelado, existe un balcón de forma original; 
su repisa de planta elíptica, sin ménsulas de apoyo , tiene un 
saliente de 1,65 sobre el haz del muro, que como problema de 
construcción, acusa un detenido estudio; á ambos lados del bal- 
cón dos columnas aisladas sostienen un frontón curvo que no es 
menos interesante bajo el punto de vista de su construcción, 
finalmente, en el fondo otras dos columnitas sueltas sostienen 
un arco de medio punto que sirve para apoyar las grandes pie- 
dras al frontón exterior. El aspecto del conjunto tiene novedad 
y es de efecto. | 

El salón de Juntas en la fachada posterior se destaca de la 
masa general del edificio, apoyándose sobre un basamento de 
4,50, del que forman parte á ambos lados los cuerpos cilindricos 
que encierran los baños, y en la parte posterior un cuerpo acha- 
flanado acusa el sitio para la orquesta. I 

El gran salón sobre dicho basamento se eleva á la altura de 
la común general y se ilumina por tres grandes ventanas en 
cada lado con arcos y columnas, de las cuales las del centro dan 
sobre las monumentales estufas de hierro y cristal, que además 
de ser un sitio ameno sirven de expansión á la citada sala. 

Larga tarea fuera describir detenidamente la distribución in- 
terior del edificio, sus vestíbulos, galerías, escaleras, salones, etc.; 
pero no debemos pasar sin apuntar como la nota más saliente 
de todo su conjunto la gran escalera de honor, por la importan- 
cia que tiene tanto por sus dimensiones como por su construc- 
ción y decorado. Desde el vestíbulo de carruajes arrancan dos 



I ¿4 



'i U I P Ú Z C o A 



tramos de escalera de planta circular, pero de un gran radio; 
entre ellos una rara combinación de bóvedas constituyen el tra- 
mo central, cuyo arranque se halla al nivel del vestíbulo principal 
y su desembarco á la altura del salón, desde donde se bifurca 
nuevamente hasta alcanzar la altura del piso primero en que 
termina. Es de notar la valentía de estos tramos de forma elizoi- 
dal completamente independiente de los muros y cuya estruc- 
tura se ha realizado con el hierro forjado. 

En general, tanto al interior como al e.\terior del edificio hay 
gran sobriedad de decoración, y la belleza arquitectónica reside] 
exclusivamente en las proporciones de las masas y en la puré»] 
de los perfiles y filetería. El estilo que afecta sus formas es el'j 
renacimiento moderno, con algunos detalles que recuerdan la épo-] 
ca de arte en que florecieron Berruguete y sus discípulos. 

Al exterior, además de los contrastes y claro-oscuro que dan 
las pilastras, columnas, archivoltas, ménsulas, cornisas y pina- 
culos se ha empleado el color, destacando con la tonalidad de 
la piedra arenisca, y á este efecto se ha combinado con la caliza 
azulada el ladrillo rojo natural, el esmaltado, la tierras cocidas, 
las porcelanas decorativas y los mármoles. 

Son arquitectos de las obras y autores de los planos loS] 
muy ilustrados y distinguidos jóvenes Sres. D. A. Morales de 
los Ríos y D. Luís Aladren. 

Modesto en su forma, pero grande por lo que representa,] 
es un pequeño monumento ó mausoleo construido en un muro] 
del muelle á la memoria de un héroe de la caridad ; pobre ma» 
riño, cuyo busto revela la nobleza de sus sentimientos, la valen- 
tía de su alma, la ternura de su corazón. 

En Zumaya nació José María Zubia el 1 5 de Marzo de 1 809.] 
Hijo de pescadores siguió tan peligroso oficio hasta 1830; se 
matriculó de marinero en la carrera de América y después dej 
largos años de brillantes servicios, se estableció en San Sebas* 
tián de patrón de una lancha de pescadores. 

Su biografía es una relación de actos heroicos: amaba el pe- 




GUIPÜZCOA. -Campesino de áas oeroanlas de S. SebasuAa 



G ü 1 P Ú í C 6 A 



4a5 



y, de corazón esforzado, siempre estaba dispuesto á salir al 
mar cuando éste amenazaba con la muerte, arriesgando su vida 
sólo con la esperanza de arrancar algunas víctimas al Océano. 

Uno de estos hechos, el más conmovedor, ocurrió en Julio 
'tie 1 86 1. Después de un calor sofocante, el cielo con negras 
nubes de tempestad y el mar enfurecido desafiaban á José Mari; 
lanchas pescadoras pedían auxilio ; José Mari tripula con nueve 
valientes su trañera y se lanza al mar ; lucha, se ve cercado de 
peligros, su blusa roja aparece y se esconde en las espumosas 
olas; pero al cabo de una hora, hora de agonía para la gente 
del muelle, vuelve Mari trayendo en su lancha los pescadores sal- 
vados. Mari en terrible lucha había vencido al mar. Teodora 
Lamadrid estaba en el muelle, y emocionado su corazón de mu- 
jer y de artista, ofreció una función en honra del pescador. Asis- 
tió éste al palco presidencial y apareció en el escénico al terminar 
la función con la boina en la mano y su blanca cabeza ceñida 
por la corona de laurel que la eminente actriz le había coloca- 
ndo entre las aclamaciones y aplausos del público. 

Su muerte fué como su vida toda. El 9 de Enero de 1 866, 
la gente de San Sebastián acude al muelle, llena de terrible an- 
siedad: lanchas de pescadores habían salido de madrugada, el 
mar se había alborotado y las lanchas no volvían ; al fin se ve 
una envuelta en espuma, va tripulada por marineros casi niños 
y van á sucumbir. Todas las miradas se vuelven á José Mari: al 
poco tiempo ya está remando con sus compañeros ; se alejan, se 
los pierde de vista, tardan en volver, los gritos y llantos aumen- 
in, salen dos lanchas á buscarlos, y vuelven sus marineros con 
la espantosa noticia de no haber podido arrancar á las olas el 
cuerpo de José Mari. 

Nada más honroso que el tributo de gratitud rendido á estos 
iéroes del pueblo (i). 



(1) D. Ramón Fernández le dedicó unos scnlidos versos, en los que se Icen 
Btas dos estrofas : 

54 



436 



1 U t P U Z C o A 



u 



Fuera de San Sebastián, en Guetaria, se ha erigido una es- 
tatua á El Cano, y en Motrico, villa fundada por D. Alfon- 
so VIII en I 209, otra á Churruca inaugurada el 28 de Junio 
último costeada en su mayor parte por la diputación provincial. 
Vergara está pidiendo, como dijimos, el monumento conmemo- 
rativo de la paz de 1839, por las Cortes decretado. 

Más recuerdo del que en Mondragón tiene consagrado, li- 
mitado á una lápida en su casa nativa, debido aquel á la ilustrada 
generosidad de los señores Medinabeitia y Oquendo, merece el 
insigne historiador Esteban de Garibay y Zamalloa, que nadó 
el 9 de Marzo de 1533, según opinión más admitida que la de 
la fecha de 1525 que e.xpresa Gorosabel. 

Desde los 23 hasta los 32 años escribió los cuarenta libros 
del Compendio historial de las Crónicas y Universal historia 
de todos los reinos de España. 

Recorrió a caballo toda la península estudiándola y escribió 
además: Grandezas de España, Ilustraciones Genealó^cas de 



Con el valor de un gigante 
y la ternura de un niño, 
en arrojo y en cariño 
eras todo cora/.ón ; 
ci amnrde tus hermanos 
te abrasaba en sus destellos; 
vivir y morir por ellos 
era tu sola ambición. 



Bien lo dicen con su llanto 
los niiuCrogos que salvaste, 
y las viudas que amparaste 
con santa solicitud : 
CSC llanto es tu diadema, 
y es tun pura y sin mancilla 
que en cada lágrima brilla 
un rayo de tu virtud. 



GUIPÚZCOA 



429 



ha dicho Herder, son los archivos del pueblo, el tesoro de su 
ciencia, de su religión, de su cosmogonía, la vida de sus padres, 
los factores de su historia ; así las ha considerado nuestro anti- 
guo y querido amigo D. Juan Vicente Araquistain, autor de las 
bellísimas Tradiciones Vasco Cántabras y del Baso Jaun de 
Itumcta. 

Moralidad profunda encierra seguramente la fúnebre cere- 
monia de la Gau i¿¿a,- pero en esta tradición se ve la existencia 
de personas y caracteres tan malvados como puedan existir en 
nuestros días y han existido en todas partes. 

Hurca mendi, monte de la horca, es una tradición preciosa 
y de gran enseñanza moral : en la Emparedada de Irarrazabal^ 
se retratan gráficamente las costumbres feroces y vengativas de 
aquellos tiempos en los que gamboinos y oñacinos se destruían 
mutuamente. En Las tres ola^ se presenta repugnante la per- 
fidia de Mari y de su madre; pero se explica fácilmente por la 
influencia que ejercía la brujería en muchos pueblos vasconga- 
dos, que dieron no poco qué hacer á la Inquisición; en cambio 
La hilandera de la capilla de Zubalzu^ ¡cuánto sentimiento y 
ternura encierra! ¡cuánta belleza atesora! Todo en ella es noble. 

Las leyendas populares suizas participan de una dulzura en- 
cantadora : todas ó casi todas refieren amores puros y sosega- 
dos, virtudes domésticas, inspiran aversión á los vicios, y llevan 
hasta el sacrificio y el martirio el culto á la virtud y el honor 
del individuo; así que no hay ellas ese choque de pasiones, esa 
lucha de intereses encontrados que tanto abundan en las pro- 
vincias vascas. 

El libro titulado El Basojaun de Itumeta^ es también una 
leyenda en la que figura el Zorguindanza ó baile de brujas, que 
es ciertamente notable; así como la descripción de todos los 
bailes del país, que reproduciríamos gustosos á contar con más 
espacio, así como todo lo relativo á los juegos éntrelos que se in- 
cluye el de cortar troncos, á lo que se apuesta quién corta más 
en menos tiempo, no siendo raro que termine el vencedor echan- 



4?o 



OCIPL'ZCOA 



do sangre por la boca, por lo cual y otras causas suelen prohi- 
birse tales juegos ó apuestas. 

Al ocupamos del Sr. Araqutstain, gustosos lo haríamos 
también, y con la detención que merecen, de los demás escrito- 
res guipuzcoanos ; mas no lo hemos hecho de los alaveses taii 
merecedores de honorífica mención, como los Sres. Becerro 
Bengoa, Baraibar, Herrauz, Velasco, Cola y Goití, y otros no 
menos distinguidos, y nos limitaremos sólo á citar á los señores 
Arana, de la Compañía de Jesús, residente en Loyola, poeta y 
escritor éuscaro, cuyo idioma manejan tamlúén magistralmente 
los laureados poetas Artola, Arzac, Iraola y Otaegui; los pro- 
sistas Arrúe, Antia, Guerra, autor del Düdonario heráldico tU 
/a Hoó/eza giit^uscoana ; los ingenieros de montes y de minas 
Aguirre, Miramón y Baroja y el industrial Busiinduy, el aboga- 
do Gorostidi, el malogrado Manterola, Jamar, Laflfitte, los ilus- 
trados poetas Fernández y D. Marcelino Soroa, el profundo 
investigador Madinabeitia, el joven, muy joven inspirado poeta 
D. Carmelo Echegaray, verdadera esperanza del país, y otros 
cuyo nombre no recordamos, que hay muchos y muy distingui- 
dos escritores en Guipúzcoa que necesitan campo más dilatado 
que el que les ofrece su tierra natal, á la cual están exclusiva- 
mente dedicados los más cuando tan ancho campo ofrece á su 
clara inteligencia la Patria, que de todos es madre. 









4 




^Y^E las tres provincias hermanas, es Vizcaya la de más exten- 
"^^sión, de mayor mimero de habitantes y la más floreciente 
y rica. En las 1 8o leguas de superficie de aquel antiguo señorío 
y condado, contiene hoy «na población de más de 200,000 almas, 
cuando apenas excedían de la mitad á principios de este siglo. Su 
terreno quebrado, aunque no tan abrupto como el de Guipúzcoa, 
sus verdes montañas de diferentes alturas, sus lindos valles y 
estrechas vegas, presentan panoramas encantadores, cuando no 
terroríficos é imponentes como los desfiladeros y peñascos de 
Manarla, ricos en mármoles, que abundan también en el elevado 



43-1 



VIZCAYA 



Ereño y en Arteaga. Los ríos Ibaizabal ó Nervión, Cadagua, 
los de Mundaca, Plencia, Lequeitio y Ondarroa, sobre embelle- 
cer el país que atraviesan, sirven de motor á multitud de moli- 
nos harineros y á otras industrias, desembocando después en 
el Océano por los pueblos de quien toman su nombre los tres 
últimos, y el Cadagua unido al Nervión, por Portugalete. 



T<*«I 



ím 



?i*j>fc(í 



Kfí 



i«; 



•».•• 






nJ^r 



-V 



f!^'^*'^* 



Vista de Bermeo 



m 



La costa que se extiende desde Ondarroa hasta el lado 
oriental de la ensenada de Ontón, es una de las más bravas del 
mar cuyas olas la baten impetuosamente : y es admirable que 
junto á aquellos cabos y peñascos despedazados por la impetuo- 
sidad del oleaje, se mezan tranquilamente las aguas en las areno- 
sas playas de Ondarroa, Lequeitio, Ea, Mundaca, Bermeo, Baquio, 
Plencia, Algorta, Las Arenas, Santurce y Poveña; tan pobladas 
de bañistas los veranos, que apenas pueden aquellos compren- 
der ni explicarse, á no ver algún día alterado el mar, cómo en 
aquella inmensa superficie, casi llana constantemente en el es- 
tío, se arrostran tantos peligros, y encuentran la tumba tantos 



seres y tantas riquezas. Adelantándose en la costa como vigía el 
Cabo Machichaco, aconsejamos al viajero que recorra aquel 
país, suba al faro para disfrutar de bellas y extensas vistas : á 
un lado la costa de Francia, á otro hasta el Cabo de Quejo, y 
en el intermedio de uno y otro extremo, multitud de puebleci- 
llos, semejando las casas de unos á bandadas de gaviotas des- 
cansando á la orilla del mar; otros, como Elanchove, un pinto- 
resco nacimiento colgado en un monte; las islas de Izaro, de San 
Nicolás y la pequeña de Aquecho; y si es á la caída de la tarde, 
cuando el sol semejando un globo de fuego se sumerge en el 
Océano, vuelven las lanchas pescadoras de Ondarroa, de Le- 
queitio, de Bermeo, de todos los pueblos de la costa, desplega- 
das sus blancas velas apenas hinchadas por viento suave, se 
siente concluya la claridad y las barcas lleguen á puerto, por lo 
que contemplándolas en el mar se goza. 

Otro espectáculo no menos agradable ofrecen aquellas lan- 
chas ya en el puerto, á donde llevan la abundante pesca que 
llena sus fondos. Si vuelven con sardinas, brillan como de plata, 
enganchadas aún en las mallas de las redes que las aprisiona- 
ron, de las cuales las van desprendiendo para llenar las cestas 
que recogen y lavan alegres las mujeres de los pescadores, lle- 
vándolas en el acto á los mercados inmediatos, y salando las 
que han de venderse más lejos. El atún y el bonito van en su 

t mayor parte á las fábricas de conservas y escabecherías, así 
como una buena cantidad de besugos. La demás clase de pesca 
se destina á los mercados (i). 
(f) En Bermeo csUn agremiados los pescadores, que tienen una albóndiga 
para la venta de lo que pescan, digna de ser visitada. La sala de subastas es un 
salón circular con un saliente donde estál.-i mesa presidencial. Los subastantes se 
sientan todos en sillones de madera con respaldo y brazos, y en los que hay un 
botón al que tocan para señalar la cantidad de pescado que cada uno desea adqui- 
rir, cuyo número aparece en una bola que se ostenta en una grande urna circular 
que hay en medio, con una casilla delante de cada uno de los asientos ; asi no 
se oye más voz que la del pregonero ó del presidente, y se efectúan las contra- 
taciones en medio del mayor orden y silencio. El precio se señala por la presiden- 
cia. 

La pesca es uno de los principales ramos de la riqueza de esta villa, cuyos ha- 



416 



VIZCAYA 



El viaje por la costa desde Ondarroa hasta Guecho, que 
puede hacerse una gran parte de él siguiendo la carretera, que 
parece en muchos trechos colgada sobre el mar y á gran altura, 
es encantador, ofreciendo á cada instante los más caprichosos 
panoramas. Y si se deja el camino para subir al enhiestado Ere- 
ño, al Sollube ó al Jata, se ve desde la cúspide de cualquiera de 
estas eminencias un paisaje de esos que no sólo producen entu- 
siasmo, sino que arrebatan, particularmente desde Sollube. De 
aquella altura se domina una buena extensión de terreno, exube- 
rante de vegetación y vida, con verdor perenne, descollando 
Bermeo hacia la falda meridional y en la occidental varios pue- 
blecillos, destacándose sus blancas casas en el oscuro verdor de 
los bosques vecinos, y en el alegre de los prados y sembrados. 
Si esto produce grata y á la par tranquila meditación, aterrori- 
zan por su imponente sublimidad los hondos barrancos cortados 
á pico, cuyo fondo oscuro son abismos que reciben con aterra- 
dor ruido el agua, más espumosa que cristalina, con ser pura." 
que se precipita en ruidosas cascadas desde elevadas peñas: por 
otra parte, rocas peladas, jamás holladas ni aun por animales 
montaraces ; pero lo terrorífico y agreste es lo menos ; la vege', 
tación, aunque sea en algunos puntos de añosas encinas, hayas 
y robles seculares, es lozana, y abundan bosques de castaños, 
laderas de madroños y tierras bien cultivadas. 



hitantes son descendientes de los que en lo antiguo iban á buscar bacalao á loft 
bancos de Tcrranova. de Escocia y Noruega, y las ballenas á la Groenlandia. Hof ' 
pescan atún, merluza, besugo, sardina, lija, anchoa, chicharroy vcrdel.quc abuo- 
dan en sus mares y costas, siendo su merluza la más estimada, y merece eeirur»- 
mentc serlo. De anchoa y sardina suelen pescar al año de i ^o á 1 80,000 arrobaSfl 
lo mismo de merluza, y de toda clase de pescado un año con otro suele asccnJcH 
de '^80 á 400,000 arrobas.— Los únicos pescados exentos del gremio son la sonilMl 
y la lija, que es libre el pescador de venderlas al precio que le conviene, sin qM' 
tenga que ir su producto al acerbo común. 

Más de 1,000 hombres se ocupan de la pesca, con unas 1 ^o embarca' ' ' ': 
todos tamaños. Hay excelentes establecimientos de escabechcrlas y d. '■ 

en latas, que gozan de justa y merecida fama, como el del Sr. Nardiz. 

En Ondarroa hay también una excelente fábrica de conservas, coyas latas van 
todas á Francia, 



V I z c A r A 



437 



Esto y el camino que serpentea á la elevada montaña, es lo 
inmediato; que el grandioso panorama que se divisa desde So- 
llube, es la gran extensión de terreno que se abarca desde 
Machichaco hasta los picos de Larrún y el cabo de las tumbas de 
Hendaya y la farola de Biarritz, formando olas de espuma ei lími- 
te del mar y la costa: divísanse pareciendo monolitos gigantescos 
las montañas de Ereño, Arteaga y Gorbea ; y cuánto en este 
espacio hay de blancos caseríos, cristalinos arroyuelos, y los 
ríos Plencia, Mundaca y Lequeitio ; corre el primero haciendo 
multitud de ondulaciones desde que llega á Munguía, por regar 
los valles de Gatica, Lauquiniz y Urduliz, y tardar más en llegar 
á Plencia para perderse en el mar; el segundo parece enseño- 
rearse desde GuernicaLuno, marchando casi derecho al Océa- 
no, del que si Mundaca es puerto, debiera ser la villa juntera el 
desembarcadero ; pues nada más necesario que la canalización de 
este río que corre por una de las más vistosas y fértiles vegas de 
Vizcaya; y el Lequeitio desde su nacimiento en el elevado monte 
Oiz, en cuya falda opuesta nace también el Durango, corre 
aquél serpenteando por muy estrechos valles, siguiendo siem- 
pre la carretera de Guerricaiz á Lequeitio. 

Y no son sólo los montes que hemos referido los que ofre- 
cen tan bellos y majestuosos espectáculos, que más á la orilla 
del mar hay otro, el Serantes, que si no excede por los encantos 
con que convida á los anteriores, no es inferior. Artillado hoy 
para defender el Abra de Bilbao y hacer imposible la repetición 
de los sangrientos y lastimosamente dirigidos combates que en 
Febrero y Marzo de 1S74 se libraron en el Montano, teniendo 
en su falda oriental á Santurce y Abanto, al norte la punta de 
Lucero, rompiendo á sus pies las olas, si su posición, desde 
cualquier parte que se la mire es hermosa, ascendiendo á su 
cumbre, el cuadro que se ofrece á la vista embarga los sentidos. 
Es verdaderamente mágico: por un lado el Océano con su inmen- 
sa grandeza, la costa hasta Quejo viéndose claramente Castro 
Urdíales, Laredo y Santoña ; al Sur todo el distrito minero de 



':r:rjriÁr, j/'jr íctj^a. zf» ss=r <:Trfa 



^ja! fié afrryzáeaaü&o satyñaácfltD. taaco sbs arrarM- :íi¡¡uu^ < 

'JiíiáSiáo á ^::2i skaO ixtc^A de eq%reacibK. «£ amnrraZ á 

'd»l <)tK »t •rr.'jrk*:ti aerea, óe cxatro mwWirs óe =3Qda3ss alsScL 

3^'ta.^ moRCaf^s pobla.'^as i«: arbolesía v sus pcctacxs TaZirs.. «■ 
\fA'\^ h^y Vigas tan -«-ístosas como la ¿e Orf=5a_ óe Aiacra.- 
v>tta. fj»: I>-ran;50. de Elorrio. de G-err^ca. ¿e Asr:s. Bazacalído 
y '/tra* a'^fv^^e nienores. no mencs ¿ertües. ccc zniv «'^■-«^jA» 
f.Áú'.'o. ¿"MAo más que á la bondad del terreEO al cx?ostaace y 
;/en<>v^ trabajo de sus cuItK-acores i\ As: ooseciíac oereates 
y tr^Ja clase de leg^^mbres. hortalizas y frutas : hacen gicje.lm te 
chacolí, que aún podría ser mejor eo alg^^nos puntos apresatan- 
do menos la vendimia y empleando mayor esmero en la eJccci áo 
de la uva (2j. 

' I , '»*<'; ',,'1 V.z;*:. J:, pi.--: r-.~'^v£rlí r.im. ci!» Iiyi.:-5trj=4=to»c^-Jl!te 
.i 'jfi Urií'í'/r •,'/,'! ';'/» .-/uri»-:-! '^.- hí-^rro. ro~ o ct =si¿:i van ¿s Iir^is. separxUs 
;,:irnW.:i:ii:u'.'i -.'/rrio ir.'.';:o p,:-;. ur.i'ia? por I»? ci-£z;5 ;on ucaraiT=ti:!a. i on ei- 
tf.ui'i 'Je ;-•! '.'J.íl :• p';rpí;.':ii; j;4r t'tá el —¿ar.-'O de rr.iáera. Juniicc :.s< dos o =á5 
|:iKr.-i'J'/rci íinilu'i'i ¡íi'i rr. j tr-j%. que tra^aian tar.to conio lo* honbrís. pues uno 
♦.'/I'/ ha',/: p'/ca y nr.ala is'.or, toma aada uno cio« layas en las manos: puestos en 
lil'i lo<i clavan, y <>ubien'Jo%c «jcípucs en las rarrctiílas. un:das por la parte opues- 
ta) ;i lo» man({0«i. mueven hieao los dos instrumentos atrás y adelante, todos j 
iiii.'i, y arrancan un «ran tcrrOn que echan delante volviéndole lo de abaio arriba, 
y ;i<ii ••¡«•icn por todo el lart^o de la heredad, llamándose á esto layar. Por la zanii- 
t'i <|uc dejan formada, va un trabajador cortando las raices de algunas yerbas: des- 
fjiiéx ()ijcbrantn lo» terrones con azada, y los fríos de invierno los acaban de des- 
moronar. V.n la primavera pasan por la heredad un rastro de puntas tirado por 
iiii'.-ycs para destrozar m.'is los terrones : después otro cuyos dientes rematan en 
unan paletas de figura de corazón para revolverlos, y si aún quedan terrones suel- 
to», lo» desmenuzan con un mazo de madera. Tales son los trabajos que ejecutan 
para preparar las tierras, cuyas cosechas se suceden unas á otras; donde se ha 
rceoKido el tri;(0 6 cebada, 8c siembra nabo al que sustituye el maíz: á éste los ce- 
reales y así sucesivamente, además de la remolacha, alubias, etc., interpolándose 
con otras legumbres. 

(j) «Para sardinas, Bermco, 

para guindas. Haracaldo (a), 

para chacolí, Santurce. 

y para naranjas, liaquio.» 
(iií Y fiii'tuti.1. 



VIZCAYA 



•14» 



Ocupado constantemente el aldeano y repartida como está 
la propiedad, además de no experimentar onerosos tributos, es 
general el bienestar; lo cual, y la poca desigualdad délas fortu- 
nas, hacen que reinen las virtudes públicas, que allí no escasean, 
y que faltan donde la ociosidad y la holgazanería no pueden 
proporcionar ciertas comodidades que con el trabajo se adquie 



:# 



P o U T l' r. A I- E T E 

ren. Así son honrados, corteses y participan de todas las cuali- 
dades que hemos atribuido á los vascongados ; diferenciándose 
entre sí en que los alaveses son serios, los guipuzcoanos graves 
y los vizcaínos alegres. Son dóciles bien conducidos; pero, cuan 
do se les contraría, duros, inflexibles y tercos. Respetuosos para 
con sus superiores, con autoridad el padre en la familia, reinan 
en el seno de ella las virtudes y el cariño ; y como en la familia 
se refleja la sociedad, es altamente honrada la vizcaína. 
En Vizcaya se canta: 

« Una hiTcdad en un bosque 

y una casa en la heredad, 

y en la ca.sa pan y amor, 

iJesiis, que felicidad! ¡t 



Y t Z C A V A 



«■J 



sores en las casas de San Martín y Muñatones, de los príncipes 
de Vizcaya, señores que la dominaron, su sucesión y memorias, 
y en fin de los linajes de Haro, Lara, Castro, Ayala, Salazar, 
Avendaño, Butrón, Mujica y los demás del país con quienes es- 
taban enlazados los Salazares, proponíase sólo celebrar su es- 
clarecido linaje y manifestar las muchas é ilustres casas con que 
estaba conexionado. Algo añadió Varaona, que no han sido muy 
escrupulosos los reyes de armas en tales cosas, cuando podían 
hallar pretexto para añadir algún cuartel ó signo á las armas 
de una familia (i). Hemos hojeado el manuscrito de esta cróni 
ca, escrita á lo que parece en Febrero de 1454, cuyo título pri- 
mero lleva por epígrafe < de dónde y cómo fué poblada primero 
y señoreada Vizcaya , • y empieza con la misma conseja de que 
se han ocupado otros, ó sea de la venida ó más bien traída á 
Mundaca de la famosa infanta escocesa, cuya doncellita fué 
madre de Jaun Zuria, Iturriza cuenta este mismo suceso con 
algunos más detalles diciendo que Lope Chope Ortiz, codicioso 
de honra y ascensos, en vida de su padre, navegó á tratar cier- 
tas amistades y paces á Irlanda y Escocia, entendiendo los is- 
leños la parentela que con los vizcaínos tenían por haber sido 
pobladores de aquellas tierras (2). Bien recibidos, trabó amistad 
Lope con la hermana del rey de Escocia, la cual tenía derecho 
al reino, y para conferírsele parece que conspiraban sus parcia 
les, originando turbulencias, que terminó Lope para tener pro- 
picio al rey y á los suyos para los asuntos de Vizcaya. Impidió 
la rebelión, y al marcharse, ó más bien fugarse de noche, llevóse 
á la escocesa, con la que desembarcó en Mundaca, donde tu- 
vieron un hijo, que se llamó Lope Fortún y por sobrenombre 
Jaun Zuria, por ser blanco y rubio ; y añádese que fué el que 
venció á las fuerzas de Ordoño en Arrigorriaga, ó Padura, per- 



(O D. Nicolás Antonio atribuyó á Salazar en vez de la Crónica de Viscaya, la 
irónica de loscondes de Wizcaya. que podía llamarse asi también. 

(3) Otros atribuyen su descubrimiento y población á guipuzcoanos, con la 
misma falta de pruebas que se atribuye ú los vizcaínos. 



siguiéndolas hasta el árbol Malato, escapándose por la peña de 
Orduña. De aquí el que se eligiera al capitán Lope señor de 
Vizcaya. Podemos decir con el venerable Prudencio Sandoval: 
«donde avia tanto valor, también avria gente ¡lustre, de quien 
se pueden preciar mucho venir los que ahora son, sin yrlos á 
buscar á Escocia, ni otras partes, como dicen algunas historias 
que vinieron los Señores de Vizcaya (i).» 

Ocúpase después la crónica de García de Salazar de la in- 
cestuosa pasión de la condesa de Vizcaya, mujer de D. Munio, 
que estando éste prisionero de los moros, llamó al hijo de aquél, 
al que propuso la madrastra partir con él, tálamo y poder, lo 
cual rechazado, convirtió á aquella en nueva mujer de Putifar, 
acusando al inocente que huyó; y al volver el padre rescatado, 
acusó la infiel al virtuoso joven su hijastro; desafióle su padre; 
puso el hijo por condición, después de negarse, que su padre 
lidiase con cota y lanza acerada y él sin cota ni hierro en la 
lanza, y á pesar de esto, murió el padre en la pelea. 

Seguramente que ni esta es la historia de Vizcaya ni estos 
son sus principios. 



(i) Añade después el ilustre historiador de Alfonso Vil: » El nombre de Cu* 
don, que es lo mismo que Eudu, dice claramente ser estos señores de los antiqui' 
simos españoles, y primeros pobladores de la tierra : porque asi como aora usamM 
poner los nombres de los Santos, usaban en aquella primera edad poner á la gente 
mas noble el nombre del Dios mas señalado que tenia y en nuestra España huvo uo 
Dios cclcbradísimo, llamado t'ndo, cuya memoria se ha hallado en V'illaviciOM, 
que está en unas piedras que están en el portal de San Agustín, las cuales se Ir»- 
xeron de Arnmcnea que es un sitio allí cerca, donde se hallan señales de gran 
población, que debió ser lade Hcrminiu, y en estas piedras h.iy inscripciones que 
dicen :£ndo Volico Deo pnv/tanti/simi (<ríe/enttísimi numinis. V. S. L. M. esto e*, 
V'oliim Soltiit libens mérito, y Tulio, lib. de natura licorum. dice : Antiqui Déos En- 
dos, olios vocahant : y asi en llamarse los señores de Vircaya, h'nJos ó Euíos-, que 
todo es uno, se vee que ni eran i'.odos, ni Hretoncs, ni Escoceses sino Españole* 
de los que primero poblaron : y dcslc nació Don Adar, en tiempo de Don Fruela 
Kcy de Asturias, casado con doña Momerana, hija de este caballero Ende, y del 
don Kudon, en tiempo de don Ramiro I, de ICudo Lope Zuria, que quiere decir 
Klanco, el cual casó con Dalda. hija de Sancho Estigucz Ortun, Señor de Tavíra. 
de Duraneo, de la cual hubo un hijo que se llamó Manso López, que sucedió en In 
de Vizcaya y Tavira. Dicen que don /.uria casó segunda vez con doña Munia, nus 
solo nos importa el casamiento de que resultó sucesión*. (Descendencia Je lot te- 
rtorcs Je l'lzcxyj, apelliJo Je Haroy orii>en de los de Mendoza.) 



-VIZCAYA 



445 



El mismo cronista escribió las Bienandanzas y fortunaSy 
recientemente impresas, y las Guerras de Vizcaya^ que abun- 
dante asunto daban los linajes y bandos, como veremos oportu- 
namente. 

Tanto llamaron la atención las casas ¡lustres de Vizcaya, 
que son muchos los escritores que á reseñarlas y sus hechos se 
dedicaron, de todas las cuales se ocuparon Sandoval, Iturriza y 
Llórente ; éste en sus Noticias históricas de las Provincias Vas- 

I tongadas, el obispo en su Descendencia de los Señores de Vizcaya^ 
é Iturriza en su Historia general de Vizcaya, la más acreditada, 
aunque no se distingue por muy severa y detenida crítica al na- 
rrar ciertos hechos que pasarían en su tiempo como moneda 
corriente y hoy son considerados con justicia en el número de 
las fábulas. Algunas refiere como consignadas en crónicas anti- 
guas, que se desconocen, y si de ellas han tenido conocimiento 
los escritores modernos que de aquel país se han ocupado, no 
las han dado crédito cuando para nada las han tenido en cuen- 
ta; y se trataba de sucesos tan notables como la reproducción 
de las plagas de Egipto, pero aumentadas; porque si aquellas 
fueron 7, en Vizcaya dice que hubo i 2 en el primer tercio del 
siglo VI (i). 

Como estas plagas debieron destruir el país, añade Iturriza 

'^que, con la gran bonanza de los años sucesivos, se recuperó lo 
perdido. 



(l^ Consistió la primera en manar sangre los pozos, fuentes, manantiales y 
^arroyos, carecicndosc un mes ele aguii limpia, lo cual causó la muerte de muchas 
personas; la segunda fue de multitud de sapos y ranas que emponzoñaban ú las 
Jentcs; la tercera de mosquitos, avispas, etc., muriendo las personas ó animales 
|i quienes picaban ; la cuarta fué de cantáridas, moscones grandes, etc., de ponzo- 
ñosa picadura : la quinta, de ratones y lirones venenosos ; la sexta, de vejigas que 
ke formaban en las manos, pies y boca, convirtiéndose al reventar en mortíferas 
llagas; la séptima, una constante lluvia de agua y granizo por espacio de diez días 
'y noches, cuya lluvia corrompió frutos y aguasóla octava, de langostas; la novena, 
una oscura tinicbla; la decima, de zorras y lobos rabiosos ; la undécima, de hor- 
migas ponzoñosas que volaban: y la última, de haber salido la mar de madre inun- 
dando más de cuarenta estados, dejando en tierra al retirarse gran cantidad de 
pescados, desbordándose asimismo los rfos, que destruyeron muchos pueblos. 



No nos hemos propuesto escribir la historia de Vizcaya, que 
atrevimiento fuera en nosotros, y encomendada como está á 
mejor pluma ; pero hiciéranos desistir de nuestro propósito la 
escasez ó falta de datos, no ya de remotos siglos sino aun de 
los ocho ó nueve primeros del cristianismo; así que, si como se 
ha dicho, los pueblos sin historia son felices, por tales ha 
de tenerse no sólo á los vizcaínos, sino á los guipuzcoanos y 
aun á los alaveses durante muchos siglos. Nos ocuparemos sólo 
de algunos hechos que den á conocer el país y puedan servir de 
guía al lector que le recorra, admitiendo los más verosímiles. 
Lo son indudablemente y exactas las más de las narraciones de 
Iturriza y sus aseveraciones; al admitir las afirmaciones de otros 
escritores confirmando la veracidad de sus documentos, no hay 
motivo para dejar de darles el mismo crédito, mientras no se 
destruya aquella veracidad. Porque no hayan llegado hasta nos- 
otros los documentos escritos en vascuence que aquel escritor, 
y otros antes que él, citan haber visto, no podemos en buena 
ley negar su autenticidad, teniendo solamente el derecho de la- 
mentar su desconocimiento por la utilidad que su examen hu- 
biera reportado en nuestros días. Sin embargo, el asunto á que 
se refieren abona su autenticidad: se trata de hechos que llenan 
verdaderamente la historia de aquella tierra; aun cuando no 
se consideraban tan antiguas las luchas de linajes, aquellas 
enemistades en Vizcaya, hay que creer en ellas en vista de los 
documentos escritos en vascuence, de que se valió Iturriza (i), 
su fecha 19 de Junio del año del Señor de 564, haciendo constar. 
que en dicho día se congregaron en el Palacio de Andramendi 
Gonzalo González, López y Ochoa, sus hijos y otros muchos 
escuderos para hacer las amistades entre Aramac, Obeilos y 



(i) El Dr. Fernández Cachopfn—á quien cita iñif^uezde Ibarguen en la Crónica 
General de España, cuaderno 65 —dice liabcr visto algunos instrumentos y pape- 
les auténticos de mucha fe, escritos en vascuence y en latín correcto y natural, 
en cueros de animales y en hojasy cortezas de árboles adobadas, con letra le- 
gible. 






Ranicio: • se besaron, abrazaron é hiciéronse amigos en gracia 
e todos los presentes para siempre jamás, y de no quebrantar 
esta amistad, paz y treguas echas sopeña de malos hombres 
traidores, y como tales serán desterrados á voluntad de su Ca- 
pitán y cabeza, t 

No por esto dejaron de reproducirse más adelante las lu- 
chas domésticas; pues en otro documento en vascuence, de la 
misma procedencia ( i ), se dice : « estando presentes en pie Ochoa 
González cabeza de todos los de su linage, y después de él muy 
cercanos sus queridos hermanos Sancho, Juan y Gonzalo, con 
mucha gente escudera con larga lanza en puño: estando todos 
ellos juntos en su Junta general se les vino Iñigo Pagoeta Tan- 
tai, con su lanza y dardos nuevos, y les dijo que sus armas viejas 
habia roto y quebrado delante de su pariente mayor el de Ibar- 
guren por el gran pesar que le habia causado, y que dejándo- 
le queria agregarse á Ochoa González, mientras que le diese 
5 satisfacción bolviendole lo que suio; y con esto todos los pre- 
sentes le recivieron por suio ; y Iñigo de Pagoeta Tantai con 
placer y contento de todo ello le dijo en reconocimiento asu 
nuebo pariente maior, Ochoa González, agur, agur. i 
También admite Iturriza, siguiendo á Rodrigo Martínez Sil- 
va, que en el tercer concilio toledano celebrado en 589, abju- 
raron sus errores los vizcaínos, y por la fama de las virtudes 
I del católico rey Flavio Suintila, se le encomendaron con sus fue- 
ros, franquezas y libertades, que hasta entonces se habían go- 
bernado independientes, según Paulo Emilio. De la celebración 
de aquel concilio al comienzo del reinado de Suintila (621), 
transcurrieron 32 años; y es opinión generalmente admitida que 
hasta el siglo vii no imperó el cristianismo en el país vasconga- 
. do. A este mismo siglo, y al rey Ervigio atribuye el principio de 
^■las merindades fundándose algunas en Vizcaya. Los elegidos 



(1 ] En el robledal que está en la delantera del palacio de Andramcndi ¿ Igle- 
tia, á as de Julio, año 7-58 del nacimiento de Cristo. 



448 



I ZC A Y A 



por los más ancianos y sabios so el árbol de Guernica en junta 
que en vascuence se llama Batuzarra (ayuntamiento de ancia- 
nos), deliberaban y acordaban lo más conveniente á la merin- 
dad y al señorío. El presidente era elegido por toda su vida y 
los merinos por tres ó cuatro años. Residía cada uno en su me- 
rindad para administrar justicia en los pueblos de su jurisdicción, 
y atender á la defensa déla patria, por cuya causa tenía Vizcaya 
en campo rojo cinco torres de plata y en cada una un hombre 
tañendo una bocina, significando llamar á junta de ancianos 
(Batuzarra). Las cinco torres demostraban las cinco merinda- 
des. Los merinos avisaban además á los parientes mayores para 
que acudiesen á junta á Busturia, Idoibalzaga y árbol de Guer- 
nica, donde estaba el se.xto electo que era merino mayor, pre- 
sidente y gobernador de la tierra, el cual proponía lo que se 
había de hacer, y cuando las guerras, distribuía la fuerza á 
donde más necesaria era. 

Si los primitivos ó antiguos vizcaínos vivían en pequeñas ba- 
rracas de madera cubiertas de césped y heno, y en chozas, y 
estaba además muy esparramada la población, era motivo bas- 
tante para no excitar la codicia de extraños invasores; pues los 
extranjeros buscaban más grandes focos de población y tierras 
fértiles para su comercio ; sin que tales circunstancias la exi- 
mieran de acometidas de piratas y corsarios, que hacían fre- 
cuentes desembarcos para saciar su rapacidad y malos instintos. 
Efectuada una de estas algaradas por asturianos, penetraron en 
Vizcaya por la parte de Baquio cometiendo tantos desafueros, 
que cargaron sobre ellos los vizcaínos y los derrotaron, que- 
dando como eterno recuerdo el dicho de: s^uániaíe del cazo de 
Baquio. También en la playa de Arbiluaga desembarcaron in- 
gleses, con los que trabaron gran combate los pocos vizcaínos 
que fueron contra ellos, obligándoles á reembarcarse, ccm tan 
mala suerte que una tormenta les sumergió en el mar. 

De otros desembarcos y remotos hechos hablan tradiciones, 
transmitidas, según es fama, de unos á otros en sencillos versos; 



«, 



f 



|ue en Vizcaya como en Guipúzcoa, no han faltado inspirados 
vcrsolaris^ poseyendo más imaginación que conocimientos histó- 
ricos. 

Cuenta el comendador Hernando de Zarate (i), que hacia el 
ifio de 796 un caudillo moro que residía en Navarra cerca de 
los Pirineos, con gran compañía de infieles entró por tierra de 
cristianos en Álava, llevando con crueldad la desolación á su 
paso; penetró en Vizcaya, se internó hasta Tavira de Durango, 
aquí le hicieron frente los vizcaínos, ayudándoles algunos de 
Aramayona y Álava que iban en seguimiento de los moros; 
trabóse la batalla que duró dos días, peleando de rato en rato, 
juedando la victoria por los cristianos; cuyo triunfo se fija el 
; I de Junio, día de San Bartolomé. Admitiendo este hecho Itu- 
rriza, cita los nombres de algunos de los capitanes vizcaínos. 
^L No podrá deducirse por lo referido que los moros domina- 
^^on en Vizcaya ; pues si pisaron aquella pequeña parte de su 
territorio, escarmentados quedaron. Pudieron efectuar algunas 
otras algaradas de esta naturaleza, pero sin importancia ; aun- 
^kue sí la tendría, á nuestro juicio, la que se supone librada á fin 
^Bel siglo IX en Eure-Caona, en cuyo sitio se unieron gamboinos 
^w oñacinos y juntos pelearon con los moros y los vencieron (2). 
^^ No se hallan en el mismo caso que los musulmanes los ro- 
manos. Aun prescindiendo de las fundaciones atribuidas á Ves- 
pasiano, y del origen romano de algún puerto de la costa, en 
Forua se han encontrado monedas de plata de Tiberio César y 
sn la anteiglesia de Morga, aparecieron (1770) en las excava- 
"ciones de una obra, varias piedras con inscripciones romanas. 
No demuestra esto, seguramente, que dominaran aquellos en 
Vizcaya, ni lo creeríamos nosotros á no ver pruebas muy evi- 
dentes ; mas no parece muy improbable que residieran en pue- 
blos de la costa como Bermeo, desde donde era fácil algún 



( I ) Anligüedad y Nobleza de Vizcaya. 
(3) Iturriza. M. s. 



57 



45° 



VIZCAYA 



avance hasta Forua, si bien era algo más atrevido llegar hasta 
Morga, y hasta Izurza, donde refieren las más antiguas crónicas 
que la célebre torre de Echaburu se fundó en tiempo del empe- 
rador Antonino Pío, y se demolió en los de Ataúlfo (i). 

Algunas otras citas podríamos hacer ; pero no tenemos em- 
peño en estas disquisiciones. Consignaremos sin embargo que 
el arcediano de Valencia D. Francisco Pérez Bayer, hizo un ex- 
celente trabajo del que dio conocimiento la Gaceta de Madrid 
en el siglo pasado, participando el hallazgo en 1777, de varias 
monedas antiguas de plata, del tamaño de las de media peseta, 
al cavar cajigos en el monte Lejarza propiedad de la casa de 
Zugasti, jurisdicción de Larrabezua, cuyas monedas con otras 
alhajas también de plata, se remitieron á Madrid para averiguar 



(O Iturriza dice, oque fué por los enemigos derribada á causa de las continuas 
guerras de aquel tiempo.» Todo puede ser verdad, porque fué reparada muy de 
antiguo y la destruyó la hermandad por m.mdado de Enrique IV. Volvió ¿ str rc- 
cdiñcada á principios del siglo xvi. para ser totalmente abandonada después. 

El mismo Iturriza le da origen romano. Admitiendo lo referido por el licencia- 
do Gaspar de Peña y Galdocho respecto al valeroso Juan de Echaburu (señor ca- 
beza de casas) muerto en el cerco de Navarra, yendo en ayuda del rey Gesalico. 
que le dejo abandonado, cuando vislumbraba la victoria: sucedióle D. Juan de 
Aguirre y Guevara, como descendiente legítimo de la antigua y noble casa sola- 
riega y cabeza de bando armero de Echaburu, que radicaba en la iglesia de Sao 
Nicolás de Izurza de la vecindad de Durango, « que está pl.intada al pié de la gran 
sierra de Urquiola de la cual armas y blasón dicen que en el principio de su fun- 
dación fué un castillo inexpugnable y fuerte fabricado sobre una gran roca y de- 
bajo de él iba una grande y larga cueva hecha con industria por donde podliaJ 
caminar gentes á caballo y de á pié d una parte donde había dos grandes boque 
roñes, y que cuando se hacia esta cava repentinamente salió de una morada uaj 
puerco espino monstruoso.» Continúa relatando lo que más parece cuento fant4s-l 
tico que historia y añade; 

i> Este castillo de Echaburu se echaba de ver haber sido fabricado en tiempo ( 
los romanos por haberse encontrado allí en la antigüedad lanzas, escudos, dardos^l 
ballestas, armatistcs con poleas en lugar de gafas, y ser costumbres en aquellos 7 
tiempos fundar fortalezas en altos y por debajo cuevas para entrar y salir, para oleo- 
der ii los enemigos y salir cuando se velan apurados, y hasta el día de hoy le dunn 
sus vestigios y se han hallado en las cuevas huesos y calaveras de hombres fina- 
dos. Después de su destrucción se rccdiñcé por su dueño y duró hasta el tiempo 
del rey D. Enrique II y porque se refugiaban los malhechores mandó incendiar yl 
arrasar por el suelo. Y últimamente volvió á reedificar Sancho López de Ibaruiiclll 
de Durango que fué allá en casamiento con f).* Estibaliz de Echaburu. por lo cuati 
quieren decir algunos escritores que de la casa de Ibargücn de Durango se fuadA^ 
y pobló la dicha Torre dC Echaburu, siendo en esta parte la verdad en contranOr 
pasando el cuento de la manera que tengo notado.» 



VIZCAYA 



4SI 



su procedencia descifrando sus inscripciones, lo cual no se con- 
siguió por completo, prevaleciendo únicamente la opinión de que 
eran monedas samaritanas, que importarían fenicios ó griegos. 

Si parece evidente que no faltaban bríos á los vizcaínos para 
que se dejaran dominar por extraños, y que avezados á cons- 
tante guerra entre sí, no podía arredrarles el pelear, antes al 
contrario, estaban connaturalizados con la lucha, debía serles 
grato el tañer de las bocinas bélicas, ya fueran acaudillados por 
los jefes de casas ó linajes, ya por los valerosos Lope Fortún y 
Sancho Estiguiz, señor del Duranguesado, que se había segre- 
gado del señorío, formando un condado hereditario, reincorpo- 
rado por entonces al Estado de que se había desprendido. 

Era la merindad de Durango una de las cinco en que se ha- 
llaba dividido el condado de Vizcaya, del que se separó hacia el 

laño de 756, en el que Aznar, hijo de Andeca, á su muerte dejó 
ásus dos hijos Eudón y Aznar, al primero el señorío de Vizcaya, y 
al segundo la Merindad de Durango, que por sucesión pasó con el 
tiempo á Sancho Estiguiz (i), y casada su hija Dalda con Lope 
Zuria volvió á reunirse Durango con Vizcaya á los 1 14 años de 
haberse separado. Al principio de su separación formó condado 
aparte bajo la protección de los reyes de Navarra, que dieron 
fueros y privilegios á sus labradores. Experimentando el conda- 
do no pocas vicisitudes, agradecido el rey D. Alfonso III á los 
eminentes servicios de D. Diego López de Haro, en las guerras 
que aquél tuvo con Navarra cedióle el protectorado que en el 
Duranguesado ejercía. Denominábase antes Villanueva de Ta- 

ivira, cuyo nombre se lee aún en el escudo de sus armas (2). 



(1) Estiguiz fué mal mirado de sus vasallos por las censuras eclesiásticas en 
que incurrió á causa de haber sepultado á su mujer D.* Tido en la iglesia de San 
Pedro de Tavira, contraviniendo á la costumbre de aquel tiempo que sólo permi- 
tía se enterrase dentro de los templos á los prelados y sacerdotes de notoria san- 
tidad y virtud. Por esto se consideró como sacrilega profanación aquel enterra- 
miento, inspirado por el profundo amor que Estiguiz profesaba á su mujer, muerta 
al dar A luz una niña que recibió el nombre de Dalda.— Trueba. 

(3) Lo son un castillo, un rio y dos lobos andantes, ostentando en una orla 
este lema : Durango nobliv y leal á la coron-a real. 

Tavira era la antigua población, cuya torre pertenece á antiquísimo linaje. 




CAPITULO TI 

Señores de Vizcaya 



[IGURA ya por este tiempo 
como primer señor de Viz- 
caya Lope Fortún , ó sea Jaun 
Zuria, hijo de Fruiz López, caba- 
llero de Busturia. Casó con Dofla 
Dalda, hija de Estiguiz, señor del 
Duranguesado, y asistió en 905 
con las huestes castellanas á la 
toma de Lara. 

Al anterior sucedió como se- 
gundo señor, su hijo Munio ó 
Manso López, que casó en segun- 
das nupcias con D." Belazquita 
hija de D. Sancho Garces, rey de Navarra (1). El hijo de D. Mu- 



(i) a esta señora se refiere lo que en la página 444 manifestamos de la mujer 
de D. Munio y madrastra de D. Iñigo. 



454 



VIZCAYA 



D. íñigo López, conocido 



esto 



''do« 



• czquerra, 
fué el tercer señor, muy amado de los vizcaínos, 
virtudes; sucedióle su hijo D. Lope Iñiguez, llamado por unos 
D. Lope Díaz, y por otros D. Lope Núñez, de sobrenombre el 
Lindo, casó con D." Elvira Bermúdez, nieta de Laín Calvo, juez 
de Castilla ; y por los servicios que este cuarto señor prestó al 
conde Fernán González y al rey de Navarra en sus guerras con- 
tra los moros, obtuvo de ellos grandes honores, que en muchc 
tuvieron la ayuda vizcaína. 

Sucedióle en el señorío su hijo mayor D. Lope Iñiguez, quí 
murió á poco de un saetazo cuando al volver de pelear con los 
moros trató de apaciguar un motín que produjeron sus soldados 
en Subijana (Álava). La corta edad de sus hijos íñigo y García, 
en aquellos tiempos en los que más que minorías se necesitaban 
señores de fuerte brazo para empuñar la lanza, hizo se procla- 
mara sexto señor á D. íñigo López de Ezquerra, hermano delj 
muerto, dándose á los dos niños los valles de Orozco y dc 
Llodio. 

Todos los anteriores detalles parecen demasiados para te-J 
nerlos por fabulosos, como algunos han pretendido; y aunj 
cuando no sea exactamente riguroso el orden de sucesión, las] 
fechas del desempeño de sus cargos, ó de su fallecimiento y has«| 
ta los liechos en que parece intervinieron, su existencia como 
personajes en Vizcaya está en algunos comprobada con docu- 
mentos. Hay más ; independiente ó sujeta á otros reyes aquella 
parte de la península, no podía menos de tener algún jefe quel 
gobernara inmediatamente en ella. Era ya conocida también co- 
mo señorío, y no siéndolo de realengo, lo era de condado ó del 
persona conspicua. Podrá cuestionarse la soberanía de Zuría; 
podrá confundirse á Zenón con Eilón que gobernaba en Álava, 
y aun considerar á esta provincia como Vizcaya, por lo general 
que ha sido llamar vizcaínos á todos los vascongados; pero si 
Álava tenía su gobierno de una ú otra manera ó nombre, si lo 
tenía igualmente Guipúzcoa, no puede negarse lógicamente que 



lo tuviera Vizcaya, de tanta ó mayor importancia que las ante- 
riores. 

No será una razón que aune la independencia del país el 
ejercicio de la soberanía por los señores de Vizcaya, el que con- 
gregaran á sus pueblos, el que los reyes trataran muchas veces 
con aquellos de igual á igual, para formar pactos y alianzas, 
porque esto sucedía con otros señoríos, en los que regía el de- 
recho de behetría, sin que unos ni otros se consideraran como 
soberanos absolutos, independientes de la monarquía; pero no 
puede perderse de vista el estado especial de Vizcaya, ya en 
tiempo de los romanos, ya en el de los moros, para no conside- 
rarla en iguales circunstancias y situación que las demás pro- 
vincias de España. Así que, en nuestro concepto, no tiene rela- 
ción con el país vascongado, el derecho público constitucional 
jue los reyes tuvieran sobre los ricos hombres y principales 
personas del reino, los derechos y prerrogativas que estos goza- 
ran cerca del trono y sobre sus vasallos, porque en casi toda la 
dominación goda en España más se puede asegurar la indepen- 
dencia vascongada que su sumisión á aquellos reyes, ó que estos 
lejercieran el pleno dominio como en lo demás del territorio su- 
jeto á la monarquía. 

Si los reyes godos se vieron precisados á compartir su po- 
^der con los grandes, estableciendo á veces más bien una aristo- 
cracia que una monarquía , sin ser fija ni estable la sucesión 
hereditaria en el trono, y precisados los monarcas á contempo- 
rizar con los valientes y osados caudillos que les ayudaban á 
sostenerse y á ensanchar sus dominios, concertando con aquellos 
magnates las más importantes resoluciones de la paz y de la 
guerra, ¿se hallaban los reyes en el caso de imponerse á pue- 
blos que habían permanecido independientes, ó aislados, si se 
quiere, contra los que era difícil la guerra por la misma natura- 
leza del terreno que ocupaban, y que de tanta utilidad eran como 
auxiliares? 

Podría prevalerse Vizcaya de la debilidad de la monarquía 



para afirmar su autonomía ó extender sus franquicias y privile- 
gios ; pero sobre que esto lo hacían los demás pueblos, no se 
hallaban estos sin embargo con precedentes autonómicos tan 
antiguos como los vascongados, ni por su situación ni por su 
idioma podían comparárseles, aun prescindiendo de la mayor ó 
menor riqueza del suelo. 

Afectando poco á los sucesos generales del reino lo que 
aconteciera en Vizcaya, alejada de las fronteras en las que esta- 
ba la vida de la nación, por la constante guerra sostenida con 
el mahometano, y careciendo aquel país por aquellos tiempos de 
cronistas propios, no es extraño prescindiera de él la historia. 
En la misma Vizcaya harto había que hacer por la enconada lu- 
cha de los linajes. Así que, no creemos aventurado afirmar que 
hubo condes ó señores, ó gobernadores ó jefes de Vizcaya, el 
nombre no importa, que ejercieron omnímoda autoridad en ella 
antes que D. Iñigo López Ezquerra, el hermano de Sancho 
López. 

Aquel señor casó con D." Toda Ortiz ; ejerció importantes 
cargos en Castilla y Navarra ; y dejó fama de valiente, discreto 
y piadoso : se titulaba Conde por la gracia de Dios. D. Lope 
íñiguez, del mismo nombre que el designado como cuarto señor, 
y nombrado por algunos igualmente que aquel D. Lope Díaz, 
causa de no pocas confusiones y dudas, sucedió á su padre, ca- 
só con la castellana D." Tido Díaz, sirvió á D. Alfonso VI, se 
tituló en muchas escrituras de Castilla, señor de Álava y Gui- 
púzcoa, y á su muerte le heredó su hijo D. Diego López I, de» 
nominado el Blanco, constando tener por el rey de Castilla los 
gobiernos de Nájera, Grañón y Buradón, y ser poblador de Haro 
ó de su castillo por lo que tomó aquel apellido. Su hijo D. Lope 
Díaz de Haro le sucedió en el señorío, siguiendo alternativa- 
mente á los reyes de Castilla y de Navarra, y contra ésta cuan» 
do su rey D. Sancho el Sabio atacó en i i6o á Vizcaya por el 
de Haro valerosamente defendida. Fué conde de Nájera, como 
firma varios instrumentos, sin que figure en ninguno como de 



Vizcaya. Asistiendo voluntariamente con gentes propias al cer- 
co de Zurita, la ganó, y queriendo darle el rey en premio el se- 
ñorío de Nájera , no le quiso recibir porque hallándose el mo- 
narca en necesidad no creía justo tomar de él cosa alguna (i). 
Si celebridad adquirió Lope Díaz, mayor fué la de su primo 
Diego López de Haro II, el Bueno, quien tuvo por el rey 
ie Navarra el gobierno de Álava y Guipúzcoa hacia los años 
de 1181 y 82, según consta en escrituras; siendo de lamentar 
no se hiciera constar en ellas la situación de Vizcaya, ó sea de su 
señorío, que podría suponerse pertenecía á Navarra, cuando se 
daban al conde aquél gobiernos tan importantes como el de 
Álava y Guipúzcoa, á cuyos territorios alegaba el rey de Casti- 
lla mejores derechos que los que presentaba el navarro. A poco 
se le ve de alferiz regís de D. Alfonso de Castilla y teniendo 
jor él el gobierno de Haro. Ayudó á este rey á la conquista de 
Vitoria, se restituyó al conde el mando que en Álava y Guipúz- 
coa ejerciera, y «bajo la dominación de D. Alfonso mandaba Don 
Diego en Borobia y Soria hasta el mar de Vizcaya. > Desnatu- 
ralizóse del monarca castellano por agravios hechos á su her- 
mana D.^ Urraca, viuda del rey de León y madrastra del que 
ocupaba aquel trono. Peleando D. Diego contra él y el de Cas- 
tilla, vencido, se refugió en Navarra, siendo de extrañar que no 
lo hiciese á Vizcaya, sin duda por contar con la ayuda de este 
monarca y del de Aragón, mal avenidos con el castellano. Eje- 
cutó Diego algunas algaradas en Castilla, se vio encerrado en 
Estella por el castellano y leonés ; pero concertados éstos con 
el aragonés y el navarro, vióse solo D. Diego y despechado se 
pasó á los moros de Valencia. En un encuentro de éstos con los 

I aragoneses, muerto el caballo de! rey hubiera éste caído prisio- 
I (i) En su sepultura en Santa Maria de Nájera se puso esta inscripción : <• Aquí 
yace el conde D. Lope de Maro el de Nájera, de noble generación, de noble sabi- 
duría, gran señor, hombre de mucha virtud. Vivió muchos años, fuú generoso, de 
ilustres abuelos : venció lodo su linaje por nobleza y buenas costumbres, l-'uc su 
uertc triste caida en el Obispado de Sigüenza, do la luz muric^ y el duelo nació, 
la virtud fue cubierta. Este tan amado ha fallecido y su honra está aquí.» 

58 



ñero si D. Diego que por aquella parte peleaba, no acudiera 
apresuradamente, y dándole su caballo le salvara. Si pudo dis- 
gustar esta generosa acción á los musulmanes, le reconcilió con 
los cristianos, á cuya gracia y amistad volvió, contribuyendo 
después con la gente vascongada al señalado triunfo de las Na- 
vas de Tolosa, formando la vanguardia del ejército cristiano. 

Se ha dicho que se confirió á D. Diego la distribución del 
botín, que fué riquísimo ; y al ver el rey lo espléndido que fué 
con todos sin reservar nada para sí, dijo: tY para vos, ¿qué 
guardáis? 

— Señor, le contestó, para mí guardo la parte de honra que 
me corresponde en esta gloriosa empresa. » 

Otros dicen que á la anterior pregunta respondió no querer 
otra cosa sino que se volviese al monasterio de Nájera la villa 
del Puerto, que dada por reyes anteriores no la poseía á la 
sazón. Natural respuesta de la gran devoción de D. Diego, que 
tanto distinguió á aquella iglesia y á la de Toledo, pues además 
de las donaciones que á la metropolitana hizo, colocó allí las 
banderas ganadas en aquella memorable batalla. El cabildo 
agradecido colocó en el coro de la catedral su estatua, de rodi- 
llas, en ademán de orar. En Nájera se honra dignamente su 
memoria (i). Es de lamentar que en los archivos de Vizcaya no 
se hayan encontrado documentos que demostraran los beneficios 
debidos á estos condes, que no podían menos de tener á las 
iglesias de este país, sino la misma afición devota, alguna al 
menos. En cambio dio fueros y leyes para el gobierno de Viz- 
caya. 

Heredóle D. Lope Díaz de Haro, cabeza brava; y de su bra- 
vura necesitó para hacer frente á los Laras, cuyas huestes 
llegaron á Vizcaya, valerosamente defendida por aquel insigne 
alférez del rey, á quien también defendió contra la tendencia 



(i) Hase dicho que este D. Diego agregó los dos lobosa las armas de Vi/ca<f<i 
como recuerdo, sogún unos, de que su padre había batido moneda con el anvcrto 
de tos dos lobos, y, según otros, en memoria de su apellido López. 



w 



I 



opresora y dominante de aquellos señores. Protegió la minoría 
de D. Fernando el Santo, y le ayudó en sus belicosas empresas 
á sujetar á Baeza y conquistar á Quesada, Martos, Úbeda y Cór- 
doba. A él debe su fundación la villa de Placencia ó Plencia. Su 
hijo D. Diego López de Haro, que le sucedió, se indispuso en 
un principio con San Fernando, y se desnaturalizó de Castilla re- 
tirándose á Vizcaya (i); mas reconciliado luego, asistió á la con- 
quista de Sevilla, en que tanta parte tuvieron los vascongados 
como soldados y como marinos: indispuesto después con Don 
Alfonso el Sabio, se desnaturalizó de nuevo, pasando al servicio 
del rey de Aragón. Bañándose en Bañares de la Rioja, envol- 
vióse en una sábana impregnada de alcrebite ó azufre derretido, 
y prendida por descuido se quemó y murió el conde. Continuó 
sirviendo al de Aragón su hijo D. Lope Díaz de Haro; acompa- 
ñó después á D. Alfonso de Castilla en todas sus empresas: por 
sus consejos y apoyo ocupó el trono D. Sancho el Bravo, á lo 
que se oponían los de la Cerda, uno de los cuales, el infante 
D. Fernando, armó caballero á D. Lope y le concedió grandes 



(i) «La historia de aquel tiempo no nos instruye del motivo de scmeiantes 
desavenencias; pero la razón es que se alborotó O. Diego, al dar por uno de sus 
primeros pasos el de dcsancurallzarse de Castilla, la atención que Ic mereció al 
rey santo esta novedad, pues envió contra Vizcaya a su hijo primogénito, y aun el 
mismo se acercó en persona a sostenerle; todo hace muy verosímil la conjetura 
que ya propuso el erudito D. Miguel de Manuel en una de sus notas á las memo- 
rias del P. Burricl para la vida de aquel rey ; es a saber, que D. Diego fué leal has- 
ta el monjío de la Infanta D.* Uercnguela, y que cayendo el rey enfermo en Bur- 
gos, tomó ocasión para tentar la independencia por creer débil el brazo de su so- 
berano en tales circunstancias, en que además estaban las mejores tropas de éste 
ocupadas en Andalucía. Lope García de Salazar escribe, que habiéndose descom- 
puesto D. Diego con los vizcaínos sobre la observancia de sus fueros, y habiéndo- 
se juntado en Gucrnica hasta 10,000, determinaron expatriarse, buscando tierras 
francas donde poblar, y habiéndose llegado hasta Lequeitio, los alcanzó allí Doña 
Constanza, mujer del D. Diego, que les prometió se les guardarían dichos fueros; 
con lo que se tornaron d sus casas. Pero faltando nuevamente D. Diego á lo pro- 
metido, le cercaron en el pueblo de Bilbao, y alli lo tuvieron tres meses, donde 
enfermó, por lo cual les otorgó todos sus fueros y libertades. 

■>Mas estas noticias de Salazar van tan desnudas de todo apoyo y fundamento, 
que nadie puede atreverse á tenerlas por suficientes para inclinarse á su creencia. 
Ello es cierto que el carácter ardiente é inquieto de D. Diego era el más á propó- 
sito para semejantes aventuras...» (Diccionario Geográfico-Hislúríco, por la Real 
Academia de la Historia.) 



mercedes á cambio de sus servicios, amenazándole, si del rey y del 
infante se apartaba, con perder á Vizcaya y todo cuanto poseían 
en los reinos de Castilla y de León. Por cuestión de enlaces y 
de carácter se indispuso con el rey D. Sancho; y como esta falta 
de armonía originó grandes males en el reino, acordaron rey y 
conde verse en Alfaro para concertar su unión. Pidióle el rey 
sus fortalezas, so pena de aprisionarle, dejóse llevar D. Lope ' 
de su orgullosa altivez, llegando hasta á echar mano á la espa- 
da contra el rey, y fué muerto por los que á su lado estaban. 

Ardiendo su hijo D. Diego López de Haro en deseos de 
venganza, que no necesitaba estímulos seguramente, pasó á 
Aragón, proclamó en Jaca rey de Castilla al libertado infante 
D. Alfonso de la Cerda; invadió al saberlo D. Sancho la tierra 
de Vizcaya, apoderándose de Orduña y de su castillo, y cuando 
se aprestaba su recuperación, falleció D. Diego. 

Su tío, del mismo nombre, uno de los pretendientes al sefto- 
río de Vizcaya, lo obtuvo alegando que el infante D. Juan, 
marido de D." María Díaz de Haro, su sobrina, á quien corres- 
pondía la sucesión, estaba preso y necesitaban los vizcaínos 
señor que les defendiese de los invasores, dueños ya de toda 
Vizcaya e.xcepto de la torre de Unzueta. No consiguió D. Diego 
recobrar su señorío, encomendado por el rey al infante D. En- 
rique; pero muerto D. Sancho, con el auxilio del rey de Aragón, 
quedó Vizcaya por los vizcaínos y D. Diego de señor con d 
consentimiento de D.'' María, que sería su heredera. Débese á 
este décimo-quinto señor de Vizcaya la fundación de Bilbao, 
previa real aprobación (1300). 

Renovada por el infante D. Juan la pretensión de los dere- 
chos de su mujer D." María al señorío, deseó complacerle Don 
Fernando IV, y propuso á D. Diego que quedándose con Viz- 
caya, Orduña, Encartaciones y Durango, cediese al infante las 
villas de Tordehumos, Iscar y Santa Olalla, y lo que tenía en 
Cuéllar y en el reino de Murcia; pero D. Diego mostrando rara 
discreción y tacto político, contestó al rey entre otras cosas: 



VIZCAYA 



461 



«Ca cierto sed, que si nos todos somos avenidos, toda la ave- 
nencia será sobrevos; lo uno en que no nos sufriremos que baga- 
das ninguna cosa de quantas vos hacedes: lo otro en que querre- 
mos nos ser señores y poderosos de todos los reynos, é querre- 
mos que todos los hechos libren por nos. Y así se tomará toda 
esta avenencia en nuestro daño y desapoderamiento.» 

Produjéronse después algunas diferencias, en las que siem- 
pre se acudía á las armas; y terminadas aquellas, insistió Don 
Juan en sus pretensiones contra el señor de Vizcaya; hízose 
comparecer á éste en la corte, sometióse el pleito á prelados y 
letrados que informaron sobre las omnímodas atribuciones del 
rey, considerándole exento de la jurisdicción de la Iglesia roma- 
na, y que podía pronunciar sentencia en que adjudicase á Doña 
María, Orduña, Valmaseda, las Encartaciones y Durango, de- 
biendo D. Diego entregar Vizcaya á la misma señora que había 
probado ser heredera de su hermano D. Diego y de D. Lope 
su padre. Aunque se dio en este sentido ejecutoria al infante y 
á su mujer, fué á condición de que no usaran de ella hasta que 
el rey lo mandase. Pretendió éste reducir á D. Diego á que á 
su muerte heredase el señorío D." María, y D. Lope, hijo de 
D. Diego, Orduña y Valmaseda, además de lo que el monarca 
le daría; el infante por su parte propuso se le diesen á él y á 
su mujer la provincia de Guipúzcoa y Salvatierra de Álava; 
mas D." María manifestó que aunque le diesen diez veces el 
valor de Guipúzcoa y cuanto valiese Vizcaya, no dejaría su 
derecho. Indispuso tal negativa al infante con su mujer, y pro- 
curó amistad con D. Diego, al mismo tiempo que el rey procu- 
raba desunir á éste de su yerno D. Juan Núñez; en vez de ave- 
nencia se produjeron discordias, desnaturalizóse D. Diego y 
aun su hijo D. Lope, á pesar de no haber estado en todo con- 
forme con su padre; ocasionáronse mutuos daños; se hizo la 
paz por intervención de la reina ; aprovechó el rey esta ocasión 
para separar á D. Juan Núñez de su suegro, consiguiéndolo con 
dádivas y mercedes, que si quebrantan peñas más quebrantarían 



T (ZCATft 



■o«áfecldcberfflá],sáK> b 

taám ca a^ b aabkíte y d maé% tfm 

tMtgPt y de b-CuaSa, tapalsbcadbdaydj 

■«06 eate D, Joaa á oooccrtarse coa d 

f eaconado eacaí^ de D. E>ieso, qai 

íograto yenio, eoari a o al fia, oo aatjr á sa gasto, si 

víoleatado, en d heredaaaestto de D/ María en b 

ríormente concertada. Juntóse d senario; pero habiendo éstej 

prestado homenaje á D. Lope, no podtaa ir contra su propio 

hecho prestándolo á D.' ^tar{a; dio D. Lope sa oaaseatúniento , 

alzando el homenaje que le habían prestado, y recSiióse á DoAa] 

Marta por heredera de D. Oiego (1308). Murió éste al afio' 

•fíente en el cerco de Algeciras. con gran pesadumbre dd 

rey, que tuvo que pactar con los moros la retirada. — Fué sepul- 

tado en el convento de San Francisco de Burgos. 

A poco de tomar D.* María posesión dd señorío, dispúte- 
sele su primo D. Lope, reconocido su derecho en documento 
real (1), con el cual amparado se presentó en Burgos como tal 
seAor de Vizcaya, pues por tal le reconoció el rey «é por alcal- 



(1) En ana escritura ó privilegio referido por Garíbay, Salazv de McQdMt f\ 
Diccionario de la Academia de la Ilisloria. fechado en Burdos en jg de Enero, era 1 
de I ■)4Cj (aAo 1 1 1 i j se dice : «Y aunque dixeron que por fuero era Vizcaya y to4ej 
lo demás suyo, y se paraban á derecho y mostraban cartas fechas con iuramentot 
y aprobadas por S. M., cn-quc el infante y D.* María su mujer, en 36 de junio del 
aflo I 300 se apartaron de toda voz y demanda que tenían á Vizcaya y detntt )a- 
gares, consintiendo que fuese D. Diego, y los que de ci viniesen de la linea dcre- 1 
cha, seAores herederos de Vizcaya, de la quat y de los otros lugares aria muchot ' 
aAos que era ScAor y tenedor en faz y en paz. todavía el rey no lo quiso oír, bftsU 
que con fuerza y premio y por miedo se rindieron á quitará los vizcaínos el bom^ I 
nage que les avian hecho, y consentir que D.* María Díaz en vida de D. Diego l»-| 
viese gran parte de sus heredamientos de Castilla, Navarra y Aragón, y dcspuef 
de su vida tuviese á Vizcaya, Durango y las Encartaciones, y para ello la hicieran 
homenaje los vizcaínos, en cuyo tiempo declaró D. Diego la violencia que padecía 
y lo protesto. Y porque el rey habido consejo sobre esto con ornes buenos, alcal-j 
de* y foreros de su corte, halló por fuero y por derecho, que todo quitamicntov 1 
homenaje y partimiento hecho por miedo y fuerza, mayormente de rey, es cnga«-| 
Aoso y no vale, y que el primer homenaje, juicio y pleito es valedero, debe ser I 
guardado y no se deshace por otro, por guardar derecho y quitar su alma de peca--' 
do, do su oficio da por ninguno el alzamiento de homenage que D.Diego y O. Lope 
hicieron á los vizcaínos, y la concordia que entre ellos y el infante y D.* Maris 
Dlot se hizo ante él el dicho día de 14 de Noviembre de i ^07...* 



VIZCAYA 



463 



de mayor de las alzadas de nuestra corte, así como debe ser 
todo señor de Vizcaya.» A su virtud, al ir D. Lope á Burgos, 
ocupó la posada llamada de San Juan, destinada para los seño- 
res de Vizcaya. Concordias posteriores dejaron sin efecto la 
2stitución del señorío á D. Lope. 

Fué D.'' María muy amada de los vizcaínos, que la llamaron 
la Buena. A ella debe Lequeitio (1325) la señalara términos 
y diera á sus pobladores y moradores el fuero de Logroño, el 
mismo que dio cuatro años después á Ondarroa y el título de 
villa (i). 

En este año de 1327 se retiró al convento de Perales, y la 
heredó en vida D. Juan el Tuerto^ su hijo; aun cuando es du- 
doso desempeñara el Señorío. Fué inquieto y bullicioso, sucedió 
á su padre en la tutoría de D. Alfonso XI, quien le llamó á Toro 
le hizo asesinar en un banquete, confiscándole todos sus bie- 
'hes menos el señorío de Vizcaya, por reclamarle su madre Doña 
María, ó más bien por venderle al rey D. Alfonso (2) ; que así 
se disponía de los pueblos como de rebaños ; y así se suscitaban 
discordias y guerras como las que produjo D. Juan Núñez de 
..ara en defensa de los derechos de su mujer D." María Díaz 
de Haro, como hija de D.^ María Díaz. Aún era niña cuando 
fué asesinado su padre; al saberlo el aya, abandonó á Vizcaya y 
se refugió con la niña en Bayona; la casó después con el de Lara, 

! quien tomó posesión del señorío en nombre de su mujer, y se 
(i) En Estella el 28 de Setiembre. 
(j) Dice á este propósito la crónica de D. Alfonso .\I : « Et porque D. Juan avia 
inuchas villas ct muchos castiellos et muchas heredades en muchas partes del 
regno, entre tanto que el Kcy iba á tomar lo uno enviaba los sus oliciales ct los 
de su casa que entrasen et tomasen lo otro en su voz et para él. Et aviendo envia- 
do por esto ú algunos logares á Carcilaso de la Vega, que era su Merino mayorcn 
Castiella, este Garcilaso pasó por un monesterio que dicen Perales, que es moncs- 
tcrio de Monjas, et falló y á D." María Et Garcilaso entróla ó ver en aquel mo- 
nesterio, como quicr que el Bey non ge lo oviese mandado: pero él por servir al 
Rey su Señor fabló con ella ct traxo con manera porque ella le vendió para el Rey 
el señorío de Vizcaya, et fizo la carta dcnde. Et el Rey envió caballeros de su casa 
con las cartas que entregasen, et tomasen el señorío de la tierra. En dende ade- 
lante llamóse el Rey grand tiempo en sus cartas Señor de Vizcaya ct de Molina.» 



declaró en contra de D. Alfonso. Acudió éste á Vizcaya, se le 
presentaron en Orduña los de la tierra de Ayala y de las Encar- 
taciones, á prestarle homenaje, como señor; fué á Bilbao, donde 
permaneció irnos días ; siguió á Bermeo, cuyos moradores le 
suplicaron no se dañasen sus haciendas, ofreciéndoselo el rey, 
recibiéronle por señor otras villas y tierras llanas, le juraron en 
Guernica, y dejando defensa en Bermeo cercó el castillo de San 
Juan de la Peña, ó de Gaztelugache, casi rodeado por el mar, 
sin que al cabo de 30 días de asedio lograse rendirle, como no 
pudo rendir ninguna de las fortalezas que estaban por D." María. 
Considerando larga la empresa y temiendo que en su ausencia 
se combinasen en su contra el hijo del infante D. Manuel, Don 
Juan Alfonso de Haro y otros, dejó parte de sus huestes para 
que se apoderasen de aquella fortaleza y regresó á Burgos. 
Cayó después sobre algunos de los pueblos que en Castilla per- 
tenecían á D. Juan Núñez, mediaron tratos entre éste y el rey, 
y al fin se concertó que éste dejase libre á D. Juan el señorío 
de Vizcaya, ofreciendo servirle bien, leal y verdaderamente « así 
como debe servir vasallo leal á su señor 1. Se cambiaron rehe- 
nes y se ajustó la paz. 

No duró mucho: vióse á poco en guerra á D. Juan Núflez 
con el rey, servir aquél al de Portugal; pero cercado en Lerma, 
la necesidad le obligó á rendirse á D. Alfonso, pidiéndole « mer- 
ced que le non quisiere matar, et que le quisiese para su ser\'i- 
cio á él et á los que eran con él, et que saldrían todos á la su 
merced » . Dio en rehenes al rey los castillos y torres de Vizca- 
ya, salvando el resto del señorío, mostrándose D. Juan tan agra- 
decido al perdón, que él y los que le acompañaban t siempre 
serian tenidos de le servir et morir en su servicio ». D. Alfonso le 
nombró su alférez mayor dispensándole otras muchas mercedes. 
Ya en quieta posesión del señorío D. Juan y su esposa, otorga- 
ron privilegio de fundación de la villa de Haro, hoy Villaro. — 
Ayudó eficazmente al valioso triunfo del Salado, que muy 
bien lidiara, hiriendo de corazón, como dice la Crónica rima- 



■VtZCkYX 



^5 



(/a ( I ), al frente de la caballería y de los vascongados, con los que 
asistió también á las conquistas de Alcalá de Benzaide y Algeciras 
y al sitio de Gibraltar. — Llegó á adquirir tal prestigio, que en 
peligro la vida del rey D. Pedro que acababa de heredar el 
teino, pensóse en D. Juan para sucederle en el trono de Castilla. 
Dos años tenía D. Ñuño de Lara cuando murió su padre 
(1350); y su aya, temiéndolas iras del rey D. Pedro, desde 
Paredes de Nava donde se le criaba, le llevó á Vizcaya. Fué en 
su seguimiento el rey, le detuvo en Puentelarrá la rotura de un 
arco del puente, lo cual aumentó su saña contra el niño y sus 
salvadores que le guarecieron en Bermeo; y aunque regresó el 
rey á Burgos, envió fuerzas á Orozco contra las propiedades 
del aya D.* Mencía y de su familia, y otras contra las Encarta- 
ciones. Defendieron los vizcaínos á su infantil señor ; pero los 
defensores de la casa fuerte de Orozco no pudieron resistir un 
asedio de más de dos meses, combatida con bombardas y otros 
ingenios que arrojaban bolas de piedra de gran peso, y capitu- 
laron, obteniendo su libertad. No pudieron las fuerzas reales 
obtener el mismo triunfo en la Torre de Unzueta, defendida por 

^el hijo de D. ' Mencía ; sí rindieron en las Encartaciones el cas- 
tillo de Aranguti; mas acudió gran número de vizcaínos, que 
si no pudieron recobrar el castillo, murado y bien guarnecido, 

. hicieron huir de las Encartaciones á Fernán Pérez de Ayala que 



(t) Y añade: 



I 74g Bien así los i;ibdadanos 

Facían gran cauallcna. 

Fijos dalgo castellanos, 

Lcuauan la mejorin. 
I 7 so Lionescs, asturianos, 

Gallegos, portogaleses, 

Biscaynos, guipuscanos, 

E de la roontanna c alauescs 
17SI Cada vnos bien lidiau.in, 

Que siempre será t'asanna, 

E la mejoría dauan 

M muy noble rrey de Espanna.» 

Poema Je Allomo XI. 
S9 



mandaba la hueste invasora, vengándose de la retirada con abraJ 
sar y destruir cuánto en Gordejuela hubo á mano. 

El niño D. Ñuño, guarecido en Bermeo, murió en Agosto' 
de este año (1352) recayendo el señorío en su hermana mayor 
D."* Juana de Lara, á la cual y á su hermana D.^ Isabel retuvo 
el rey en su poder juntamente con el gobierno y señorío de Viz- 
caya. El matrimonio de D.'" Juana con D. Tallo, hermano del 
rey, la puso en posesión del señorío y todos sus bienes; ofendido 
D. Tello se unió á los enemigos de D." María de Padilla, y ene- 
mistóse con D. Pedro, quien para quitarle el señorío casó á doña 
Isabel con D. Juan infante de Aragón, haciendo se titulase señor 
de Vizcaya. Para que de ella tomase posesión le auxilió con 
fuerzas acometiendo unas por las Encartaciones y otras por 
Ochandiano. Hízolas frente D. Tello ayudado por Juan de Aven- 
daño, destrozándolas completamente. 

Parecía natural la venganza de D. Pedro; pero apeló á otros 
medios, ayudándole por el pronto la actitud de Avendaño y 
otros que deseaban la concordia de aquellos hermanos, por lo 
que con ello ganaba el señorío, en cuyo sentido escribió al rey; 
reuniéronse además en Bilbao representantes de algunas villas 
y otros particulares que deseaban la paz, aunque se ha dicho 
que servían en esto los intereses de D. Pedro, que obraba con 
intencionada sagacidad; mas el resultado fué que suscribieron 
con D. Tello y su mujer (21 Junio 1356) un compromiso en que 
se estipulaba que si D. Tello desirviese al rey, los vizcaínos no 
le acogerían ni ayudarían en Vizcaya ; que si le desirviese Don 
Tello y no D.^ Juana ésta quedaría por señora y obedecerían 
las cartas y mandamientos del rey con tal de que se les guar- 
dasen sus fueros; y que si le desirviesen ambos, reconocerían 
por su señor al rey siempre que éste les jurase previamente sus 
fueros. 

Enemistados de nuevo aquellos hermanos que parecían con- 
trariados cuando en paz estaban, se propuso el rey matar á Don 
Tello ; corrió á sorprenderle en Aguilar de Campóo donde es- 



taba cazando; sabedor de la aproximación de su hermano se 
guareció en Vizcaya, contando con el ayuda de los vizcaínos; 
pero éstos se la negaron, aceptando como suyo el compromiso 
de algunos hecho en Bilbao, alegando que D. Tello comprome- 
tía á Vizcaya faltando á sus deberes señoriales, mezclándose en 
cuestiones agenas al señorío, puramente personales y de fami- 
lia; por lo cual, viéndose perdido D. Tello, corrió á Bermeo, 
siguióle D. Pedro aún por el mar hasta Lequeitio 



^r Pcfo 



< y saben allí que al alba 
huyóse a Francia 1 ). Tello ' 



Este marchó á San Juan de Luz y el rey volvió á Bermeo. 
Convocó junta general so el árbol de Guernica, ya porque no 
le pareciera conveniente imponer señor á Vizcaya, ó porque 
contara con que no aceptasen al infante, y aun para ello, según 
es fama, predispusiera los ánimos; lo cierto es que, al manifestar 
D. Pedro que según el compromiso de Bilbao había perdido 
D. Tello el señorío por deservirle y huido al extranjero, y que eli- 
giesen en su reemplazo al infante D. Juan, á quien le correspondía 
como esposo de D." Isabel, los vizcaínos contestaron que no 
uerían otro señor en Vizcaya que el rey de Castilla, < y que 
querían ser de la su corona del y de los reyes que después del 
reinasen en Castilla, y que no les hablase hombre del mundo 
en cosa contraria » {2). 

Lisonjeado ó conformándose aquel altivo monarca con esta 
spuesta dijo al infante que ya veía que los vizcaínos no le ad- 
mitían por señor, lo cual no era culpa suya; mas puesto que le 
había ofrecido apoyar su pretensión, iba á hacerlo en Bilbao. 
Hospedóse en la antigua torre de Zubialdea; á ella acudió el in- 
_£tinte confiando en el cumplimiento de la promesa de D. Pedro, 

'^f (1) Z.a (^>uinctfnij tfe D. Pecfro, leyenda histórica por o. Nicanor de Zuricalday, 
premiada en el certamen literario celebrado en Bilbao con motivo de la Exposi- 
ción pruvinciul de 1883. 

(2) Crónica del rey D. Pedro. 



|re 



l68 



VIZCAYA 



y según algunos con más siniestra intención ; pero fué muerto 
por orden del rey y arrojado su cadáver á la plaza llena de gen- 
te, á la que dijo D. Pedro asomándoseá una ventana . catad ahi 
el vuestro señor de Vizcaya i^ue vos pedia. 

La reina D." Leonor, madre del infante, y D." Isabel su mujer, 
sufrieron la misma suerte envenenadas. 

A la muerte de D. Pedro (i), recobró D. Tallo el señorío, 
haciendo creer á los vizcaínos que vivía aún su mujer D.* Juana, 
envenenada por D. Pedro, á la que sustituyó con otra á ella pa- 
recida, cuya superchería sostuvo hasta su muerte. 

Accidentado en verdad fué el señorío de D. Tello, que no se 
distinguió por muy heroicas acciones, y sí por prestarse con fa- 
cilidad á actos de feroz venganza, que parecían caracterizar á 
aquellos grandes señores. Cuéntase que, aficionado á correr ja- 
balíes, teniendo algunos en Albia los echó en un cercado que 
mandó construir al efecto en la plaza de Bilbao. « Cabalgando 
un brioso caballo, metióse en el cercado para perseguir los puer- 
cos monteses, como las crónicas les llaman, y no lograba darles 
alcance. D. Juan de Abendafio que como otros caballeros prin- 
cipales asistía al espectáculo y era hombre galán, diestro, va^ 
liente y audaz, dijo entonces á D. Tello. — Señor, dejadme ca- 
balgar en ese caballo, que yo le haré saltar por sobre los puer- 
cos. — Accedió D. Tello a esta demanda y arremetiendo D. Juan 
á los jabalíes, el caballo dio tan violento salto que cayó al suelo 
sin que perdiera la silla el caballero. Hízole éste levantar y saltó 
con la mayor agilidad y gallardía por encima de los jabalíes en 
medio de los aplausos de los espectadores y del mismo D. Tello. 
Engreído D. Juan con su triunfo, dijo á D. Tello chanceramente: 



(i) • Cuandu D. Pedro vino ayudado de los ingleses á recobrar su reino, ofre- 
ció al principe de Gales dicho señorío; y en efecto, vencedor en la batalla de 
Najcra, envió a l'ernhn Pérez de Avala con los procuradores ó apoderados del 
principe á tomar posesión por este : mas los vizcaínos se levantaron contra tal pre- 
tensión, diciendo que no qucrian conocer dominio de principe extranjero. Tomó 
D. Pedro á jurar á aquel que lo pondría en posesión del estado, pero en venci- 
miento y ente.» (Oiccionario Histórico, ttc, por ia Academia.) 



T I ZC A Y A 



469 



I — « Aunque ruin malandante, yo fuera para señor de Vizcaya, > 
es decir, aunque mal cabalgador, sirvo para hacer las veces del 
señor de Vizcaya. Retiróse D. Tello á comer, acompañándole 
en la mesa Pedro Ruiz de Lezama. Era este un caballero de 
pocos bríos que odiaba á Juan de Abendaño, porque éste galan- 

' teaba á su mujer, que era muy hermosa, y aprovechó la oca- 
sión para airar á D. Tello con D. Juan, diciéndole que Aben- 
daño le había insultado públicamente con las palabras que le 
dirigió y no debía dejarle sin castigo. D. Tello se fué enojado 
de tal modo con aquella malquistación, que concluyó por llamar 
á Abendaño, y al llegar éste á su presencia, le hizo matar y 
arrojar su cadáver por aquella misma ventana por donde más 
tarde hizo arrojar D. Pedro el del infante, sin duda recordando 
la acción de su hermano bastardo D. Tello» (i). 

Muerto éste (1370) pasó el señorío á la corona de Castilla 
por recaer en D." Juana Manuel, mujer del rey D. Enrique la 
sucesión de las casas de Haro, Lara y Villena ; y aunque esta 
señora renunció el señorío en su primogénito el infante D. Juan, 
que fué reconocido y jurado con arreglo á fuero, se incorporó 
definitivamente á la monarquía cuando D. Juan ascendió al 
trono. 

Gestionó el señorío D." María Díaz de Lara como tercera 
hermana de D. Juan Núñez ; mas como estaba casada en Fran- 
cia con el conde de Estampes, y el rey puso por condición para 
concederle á uno de los hijos de aquella señora, que viniese á 
ser vasallo de Castilla, no consintió ninguno en esto por agra- 
darles más vivir en Francia. 



(1) Trueba. 



CAPITULO ITI 



6 






m 



Importancia política del señorío. 

Hermandades. — D. Knrlque III en 

Vizcaya. — Anteiglesias y villas 



I 



.\N breve reseña de los se- 
ñores de Vizcaya, contiene 
la historia del país de su tiempo: 
algunos de aquellos señores ocu- 
pan además muchas é impor- 
tantes páginas de la historia de 
España, por la influencia que 
tuvieron en los asuntos generales 
de la nación. Las casas de Haro 
y de Lara tuvieron representan- 
m. tes ejerciendo los más altos des- 

tinos de la nación á la vez que el 
señorío de Vizcaya, llegando al- 
guno como D. Lope de Haro á influir tanto en el ánimo del rey, 
y de un rey como D. Sancho el Bravo, que, como dice Lafuente, 
«todo el vigor, toda la bravura, toda la energía de carácter que 
había desplegado D. Sancho así en las relaciones exteriores co- 



472 



V I Z C A Y \ 



mo en los negocios interiores del reino, así cuando era príncipe 
como después de ser rey, desaparecía en tratándose de D. Lope 
de Haro, señor de Vizcaya, que parecía ejercer sobre el ánimo 
del monarca una especie de influjo mágico. A pesar de la acti- 
tud semi-hostil que el de Haro había tomado desde la retirada 
de Sevilla, ni pedía al rey gracia que no le otorgara, ni había 
honor, título ni poder que D. Lope no apeteciera, Habiendo fa- 
llecido en Valladolid D. Pedro Alvarez, mayordomo del rey 
(1286), solicitó el de Haro que le nombrase su mayordomo y 
alférez mayor, y que le hiciese conde además con todas las fun- 
ciones y toda la autoridad que en lo antiguo los condes habían 
tenido, con lo cual, decía, se aseguraría la tranquilidad del rei- 
no, y acrecerían cada año las rentas del tesoro. Concedióselo 
todo el rey; mas no satisfecho todavía con esto D. Lope, atre- 
vióse á proponerle, que para seguridad de que no le revocaría 
estos oficios, le diese en rehenes todas las fortalezas de Castilla 
para sí, y para su hijo D. Diego si él muriese. D. Sancho con 
una condescendencia que maravilla y se comprende difícilmente 
en su carácter, accedió también á esto, y así se consignó y pu- 
blicó en cartas signadas y selladas, obligándose por su parte 
D. Lope y su hijo D. Diego á no apartarse jamás del servicio 
del rey y de su hijo y heredero el infante D. Fernando. En el 
mismo día que tales mercedes fueron concedidas, dio el rey el 
adelantamiento de la frontera á otro D. Diego hermano de 
D. Lope, á título hereditario (Enero i 287). Dio además al se- 
ñor de Vizcaya una llave en su cancillería. De modo que la fa- 
milia de Haro, emparentada ya con el rey y con el infante 
D. Juan, teniendo en su mano los castillos, el mando de la fron- 
tera, el del ejército, y la mayordomía de la casa real, no sólo 
quedaba la más poderosa del reino sino que tenía como supedi- 
tada á sí la corona. Crecieron con esto las exigencias del orgu 
lioso D. Lope, y habiendo pedido que fuese despedida de pala- 
cio la nodriza de la infanta D." Isabel, tampoco se lo negó el 
monarca, y el aya y todos los que suponía ser de su partido 



VIZCAYA. 



47? 



fueron expulsados de la real casa con gran sentimiento de la 
reina. Esto era precisamente lo que buscaba D. Lope, indispo- 

er á los regios consortes, con el pensamiento y designio, si el 
matrimonio se disolvía ó anulaba, de casar al rey con una so- 
brina suya, hija del conde D. Gastón de Bearne. Penetrábalo 
todo la reina, que era señora de gran entendimiento ; pero disi- • 
mulaba y esperaba en silencio la ocasión de que el rey conocie- 
ra la mengua que con la excesiva privanza del de Vizcaya pade- 

ían él y el reino. > 

La consecuencia era lógica y ha solido ser en política natu- 
'ral. Podía ser D. Lope digno de tantas distinciones y de tan ex- 
traordinario encumbramiento; pero se desvaneció á tanta altura, 
ofuscó su ambición; no sólo se atrevió contra la reina sino con 
tra el prelado de Astorga á quien después de insultar impía - 
ente, le dijo : maravillotne cómo no os saco el alma a eslocadas. 

o que al principio produjo envidias y rivalidades, convirtióse 
*en alteraciones y alzamientos de los ricos-hombres y señores, 

(acabando con la muerte del favorito (i). 
I El deseo de venganza llevó al hijo de D. Lope á proclamar 
por rey y señor de Castilla á D. Alfonso de la Cerda, produ- 
ciéndose una guerra tan desastrosa para el reino ; pues de tales 
disturbios se aprovechaban los magnates para enriquecerse á 
costa de la nación y ensanchar su poder enflaqueciendo el del 
I monarca. 

^B Es verdad que los señores de Vizcaya ejercían más influen- 
* cia por tener mayor poder que los demás señores del reino, por 
la situación de la provincia donde dominaban, á un extremo de 
nínsula, fácil de defenderse por lo quebrado de su suelo y 



(t) Al encontrarse presos tn palacio D. Juan y D. Lope, <■ ¿fónio?— exclamó 
el conde —tfiresDs ! , Hd de tos míos! Y echando mano á un gran cuchillo fuese el 
trazo levantado derecho al rey. Mas acudiendo á protegerle dos de sus caballeros 
}¡cron tan fuerte mandoble con su espada al osado conde, que cayó su mano cor- 
' tadn al sucio con el cuchillo empufiado : luego golpeándole, sin orden del rey, con 
una maza en la cabeza, acabaron de quitarle la vida. i>— Lafiente: : Historia ie 
iSpaña. 



474 



VIZCAYA 



por el valor siempre acreditado de sus naturales. Así era la pro- 
vincia de Vizcaya, como se ha dicho, alhaja preciosa en todos 
tiempos, deseada por los reyes de Navarra y de Castilla en dife- 
rentes ocasiones; y aun después de unida á esta corona, ambicio- 
nada su posesión por los magnates de la monarquía, vino á ser 
ocasión de grandes turbulencias entre ellos, é influyó poderosa- 
mente en los demás sucesos del Estado en general. Los reyes 
mismos no contentos con el alto dominio que allí conservaban, 
procuraban apropiarse el señorío inmediato de aquellos pueblos, 
gloriarse después de conseguido con ese dictado, y contar su 
goce como una de las más preciadas joyas de su diadema. « En 
todos estos acontecimientos fué preciso siempre á los que tenian 
la posesión tener contentos á sus subditos para que les defen- 
dieran en ella, y á los que pretendían subrogarse en lugar de 
aquellos, prometer para lo subcesivo aun mas lisonjeras espe- 
ranzas. He ahí el origen de tantos privilegios, fueros y liberta 
des como ha disfrutado y aun disfruta aquel noble señorío, y 
que concedidos en distintos tiempos y lugares, llegaron á for- 
mar con el tiempo una especie de código constitucional suma 
mente útil y glorioso para aquellos habitantes» (i). 



II 



En tiempo de D. Enrique II tomaron parte los vizcaínos en 
la guerra de Castilla con Navarra ; pues si el navarro llamó en 
su au.xilio á los ingleses á quienes dio algunas plazas de su rei- 
no, el castellano envió á su hijo el infante D. Juan con 4.000 
lanzas y buen golpe de ballesteros vascongados, con los cuales 
penetró hasta las murallas de Pamplona, devastó la comarca, 
tomó algunos lugares y conquistó á Viana. 



K) OONZÁtFX ARNAO. 



VIZCAYA 



475 



No sólo en la anterior guerra, sino en cuantas importantes 
hubo en la península, figuran los vizcaínos acreditando en todos 
sus hechos el elevado y merecido concepto que de ellos se ha 
tenido siempre; hasta por sí mismos, igualmente que Guipúzcoa 
en sus cuestiones marítimas con Inglaterra, concertaban con 
esta nación tratados de paz y amistad, como el firmado en 
Fuenterrabía (21 Diciembre 1353) entre los apoderados de Ba- 
yona y Biarrltz, entonces de los ingleses, de una parte y de la 
otra los de las villas marítimas de Vizcaya : aprobado todo por 
el rey de Castilla, con estas frases: « A lo que me pidieron por 
merced en razón de la tregua que fué puesta entre el rey de In- 
glaterra é los de las marismas de Castilla, de Guipúzcoa é de 
las villas de Vizcaya, que me pluguiese ende: á esto respondo 
que me place éque lo tengo por bien.» 

No era tan bonancible la situación interior de Vizcaya, pre- 
cisando apelar á las hermandades para hacer frente á los crimi- 
nales y á los bandos que la destrozaban. Se acordaron en junta 
general las ordenanzas que sometieron á la aprobación de 
D. Enrique III, como señor de la provincia; pero, escrupuloso 
guardador éste de los fueros, envió al Dr. Gonzalo Moro para 
preguntar á los vizcaínos, reunidos en efecto en Guernica, si al 
guno de los capítulos de la hermandad era contra-fuco. No 
sólo declararon que á él no se oponían dichos capítul o sino que 
le mejoraban ; por lo que el monarca aprobó y sancionó tales 
ordenanzas, añadiendo «que cuando quier que dijese Vizcaya ó 
la t":.yor parte de ella que en este dicho cuaderno habia algún 
capítulo que fuese contra fuero de lo quitar é tirar dende é lo 
dar por ninguno. » 

Estas mismas hermandades, en observancia extricta de los 
fueros, pidieron que el rey, como señor, acudiera á jurarlos, ne 
gándose á pagar en tanto los pedidos ; y el rey, mientras las 
Cortes se reunían, determinó ir para tomar á la vez personal- 
mente posesión del señorío que acababa de heredar de su padre. 
Exigían los fueros la presencia del rey y su juramento en los 



47« 



VIZCAYA 



lugares y con las formalidades de costumbre, para poderse titu 
lar señor de Vizcaya: se dirigió á Bilbao desde donde convocó 
la junta (i); juró D. Enrique sucesivamente en Larrabezua, en 
Bermeo y só el árbol de Guernica, guardar los fueros, privile- 
gios y costumbres según que les fueron guardados por sus su- 
cesores, y cuenta la Crónica que al presentarle los bermeanos 
tres arcas, empeñándose en que jurara guardarles todos los 
privilegios en ellas contenidos, el rey contestó que él confirma- 
ba todos los privilegios que tenían, según les habían sido guar 
dados por sus predecesores ; mas en cuanto á los de las arcas, 
no podía hacerlo sin saber lo que contenían ; de lo cual no que- 
daron muy satisfechos los de aquella villa (2). 

No rigiendo en Vizcaya el derecho del reto ó desafío, como 
en Castilla, le concedió á petición de la mayoría de los congre 
gados, que consideraban se evitarían así muchas muertes y ma- 
les. Otorgó algunas peticiones más, y con mayor entereza que 
á la que á sus pocos años correspondía, pues apenas había cum- 
plido catorce, negó demandas que le parecieron injustas, como 
la de condonar rentas atrasadas, respondiendo á otras que to 
maría su acuerdo y consejo, y resolvería lo que fuese más en 
pro de su servicio y de Vizcaya. Así lo hizo respecto á perdonar 
delitos antes cometidos (3). 

Aquella provincia iba acreciendo su importancia. En un 
principio no tuvo más que anteiglesias, llamadas así porque en 
las mañanas de los días festivos, cuando se juntaban los feligre- 
ses para oir misa, daban poderes, elegían fieles y otorgaban es- 
crituras ; y como en la antigüedad no había conjunto de casas, 
ni edificios concejiles, sino unas caserías esparramadas, escribía 



(i) En Arcchabala halló á los vascongados que, como enemistados cotrc si. 
estaban apartados con sus compañas. « E en otra parte fulli) muchas eotnjytfm 
que se llamaban la Hermandad que desque el regnara eran puestos en hermandad 
piir rescclú de los mayorales de la tierra si quisiesen atreverse áfacer algún dafto 
para non gclo consentir.» — Crónica de D. Enrique III. 

(a) AvAi.A.— CrOn. 

()) Consultó el rey con los de su Consejo é con los mayores de Viicaya, acor» 
dando se hiciese justicia con los malhechores. 



el notario: len la anteiglesia de tal parte», como si dijese: en 
la puerta de tal iglesia ; esto es : eleze ateae, según los vizcaínos; 
en Guipúzcoa se dice: elizaco-atia. 

Para aumentar la población, y por consiguiente la renta de 
los señores se fueron fundando villas en terrenos que pertene- 
cían ó habían pertenecido á las anteiglesias, y á fin de favorecer 
el desenvolvimiento de aquellas nuevas poblaciones, los reyes y 
señores hacían concesiones, muy á disgusto de aquellas, origi- 
nándose no pocas turbulencias, viéndose obligadas las villas de 
buen ó mal grado á reducirse á los más estrechos límites. Así 
sucedía á Guernica, á pesar de su importancia foral, que no te- 
nía más terreno que el que ocupaban las casas, pues la misma 
iglesia parroquial, el edificio de las juntas y hasta el famoso ro- 
ble de Guernica, están en terreno de Luno (i). Bilbao, la flore- 
ciente capital de la provincia, estaba encerrada en un verdadero 
lecho de Procusto, impidiendo su crecimiento las anteiglesias de 
Begoña, Deusto y Abando, hasta que se legisló su ensanche 
en 1865. 

Las grandes desavenencias entre las anteiglesias y las villas, 
produjeron además ruidosos pleitos, terminados el año 1630 
con una concordia por la cual vinieron á ser elegibles los veci- 
nos de las villas, que antes no lo eran, y se hizo aún en otros 
puntos menos desigual la condición de los pobladores de las vi- 
llas, bajo cierto aspecto, porque en cuanto á privilegios, los te- 
nían grandes : sólo así adquirieron gran desenvolvimiento y pro- 
greso (2). 

Es indudable que el estado social de Vizcaya ha sufrido 
alguna transformación, aunque no tan grande como la que otros 



(i) Hace tres años que el autor de estJS lincas realizó la fuxión de la anteigle- 
sia de Luno con la villa de Guernica, decretada por las Cortes ú propuesta de 
nuestro malogrado amigo el diputado por aquel distrito D. Ángel Allende Salazur. 

(3> " May en Vizcaya irnas 8oij casas labradoriegas tributarias 6 censuarías al 
señor, que tuvieron principio en la elección de Jaun Zuria, año de 870, y desde 
dicho año hasta el de 1480 se fundaron las más anteiglesias de Vizcaya. Anterior 
al año 870 apenas había en Vizcaya una docena de parroquias.»— Trieha. 



pueblos han experimentado ; porque el país, las costumbres y 
el idioma, aunque no en toda la provincia se hable el vascuen- 
ce, han sido valladares, sino insuperables, algo poderosos para 
mantener á los vizcaínos en cierto aislamiento que les agrada 
ba, aun cuando con él sufriese su prosperidad y riqueza. Allí, 
como en ninguna otra parte de España, los segundones nobles 
ó hidalgos, como si temieran la nostalgia, consumían su inteli- 
gencia y ejercitaban su valor y su fuerza en aumentar las desdi- 
chas de su país. Los solares infanzones de Vizcaya, llamados de 
parientes mayores, son la cuna de los infanzones labradoriegos, 
por ser fundados por los hijos segundones de estas casas princi- 
pales; y Trueba dice que, «cuando se fundaban las iglesias pa- 
rroquiales tomaban denominación de las casas por ser erigidas 
junto á ellas.» Eran por consiguiente estas casas más antiguas 
que las parroquias de Vizcaya. 

Experimentara en lo antiguo poca ó mucha variación el es- 
tado social de Vizcaya, su forma de ser, su gobierno, ya fuese 
republicano, patriarcal ó como quiera que fuese en la esencia y 
en la forma, en su prestigio ó poder, tenía necesariamente que 
transformarse al contacto de otra civilización, porque ésta no 
podía menos de afectar, como afectó, á los hombres y á las cos- 
tumbres, á sus leyes, á todo el modo de ser de la sociedad vas 
congada, que no había de permanecer inalterable, como petrifi- 
cada, á ese impulso regenerador que ha removido y remueve 
hasta en sus cimientos las instituciones seculares. 



/^' 



i:^..%, 



¡"t^f r 



?>^l^ 



,j.'-j./ 






'\ 



L- \\ 



^V7 



.k>. 



i?i' 



W 



CAPITULO IV 



R,^ Guerra de linajes. — Horribles venganzas. — Ferocidad, 
T D. Lope García de Salazar. — Retos. — Severidad 

de la justicia. — El Clero 



I 



I— V A considerado un ilustrado escritor alavés, como un ele- 
'^—f mentó nuevo que venia desarrollándose lentamente, sin per- 
der nunca su carácter democrático, el de las casas solariegas lla- 
madas de parientes mayores, y dice: t Soldados godos españoles 
de los que se refugiaron en estas montañas : hijos de la tierra 
que siguieron á los reyes en sus empresas contra los moros; 
quizás algunos de los más beneméritos servidores del país, tal 
fué sin duda el origen de esta clase social.» Pudo serlo; pero 
vemos muy claro que en aquella continua lucha de bandos y 
linajes no se peleaba por ninguna idea que beneficiara al pueblo 
ni al país. Inspirados todos en un ardiente y nunca satisfecho 
deseo de venganza y de predominio, en pos de aquellas huestes 



no quedaba más que sangre, ruinas y cenizas, que no son segu- 
ramente elementos civilizadores cuando no fueron producidos 
tales desastres por la defensa de una idea ó de un principio 
civilizador. Antes por el contrario, se conculcaban los deberes 
más sagrados, los principios más humanitarios, los respetos 
más santos; porque ni los vínculos de la familia ni del paren* 
tesco, ni la ancianidad, la niñez, ni el sexo, ni aun los templos 
consagrados á Dios se respetaban. ¡Tristes páginas de la histo- 
ria de Vizcaya escribieron los linajes, los parientes mayores, 
los gamboinos y oñacinos, y desde bien remotos tiempos! 

Si en 1390 se levantaron las hermandades con el corregidor 
Moro; años después (141 5) se alzaron en su contra porque em- 
barcaba trigo para Asturias por mandado del rey. Tenían esto 
por desaforamiento, juntaron unos y otros fuerzas, y no queda- 
ron bien parados los de la hermandad, que poderosos vizcaínos 
ayudaron al corregidor (i); en general, podían masías rivalida- 
des de familia que los intereses del país. Abundaba el odio y 
faltaba el patriotismo. 

En todos los encuentros de aquella tan sostenida lucha fra- 
tricida se ve saña, ferocidad en la pelea (2); en ninguno esa 



(t) Los levantados en su contra «cercáronle en la villa de Ouerntcct. cu u^ 
casas que había junto á la iglesia de arriba, salió de ella por plcitcria, se Tué i Zor- 
noza y llamú á todos los vasallos del Rey de Vizcaya y Eocartacion, y coo ello» 
Junn de Abcndaño y Ochoa de Salazar; en la villa de Larrabczua, juntáronse los de 
la hermandad de X'izcaya y Kncartaciones. y estando apunto de pelear, el Dr. Moro 
tuvo maña porque se fuesen los de la Encartación, y los de Villcla viendo aquello 
»e rctragcron á Erandio, y por consejo de Martin Ortiz de Martiarto, que cr« gober- 
nador mayor, y con el los alcaldes de Busturia ihaticatonse nlli; llegó el Dr. Gon- 
zalo Moro con toda la gente y Juan de Abcndaño con todos los parientes »egua I» 
voluntad, como á contra del enemigo, dio cl primero encima de un caballo en 
ellos y todos los basaltos con cl dicho Doctor, y como era comunidad fueron lodo» 
desbaratados, murieron Martin Ortiz de Martiarto. un alcalde de Uusturía )r 
otros 58 hombres entre heridos y ahogados en el pasnge de Luchann.— Iri-nm** 

(i) Entre los infinitos ejemplos que podríamos presentar y aun presentare- 
mos, de bárbara crueldad, no debemos omitir que en la empeñada lucha de lo* 
de fJurango con sus vecinos los de Zaldivar. en la que también tomó parle Horrio 
(i 468). reuniéronse en los campos de esta villa nlgrunos miles de hombres, pue» 
Sólo de los que acudieron contra ella, «ayuntcírunsc en Comna de Durando fstta 
cuatro mil ornes mucho armados, e ochenta de caballo con los de /.arate, que ve- 
nieron diez de caballo, c fueron derechamente ti la villa de Elorrio, por la c«rc*r 



Z C A Y A 



481 



elevada humanidad y nobleza que enaltece al hombre ; más que 
guerra entre cristianos, parecía serlo entre salvajes. Así la historia 
no lamenta el trágico fin de casi todos aquellos que se llamaban 
nobles y caballeros; y el mismo García de Salazar, refiriendo la 
muerte de algunos de éstos dice; «E así fenecieron los cua- 
les lebantaron todas estas guerras e fueron causadores de todas 
estas cosas e omecidas que fasta aquí se ficieron. E de todas 
las otras que después se fisieron e farán de aquí adelante en el 
dicho señorío de Vizcaya e de la Encartación, e aun algunos 
de Burgos abajo. E fesieron ir muchas almas al otro mundo á 
dar cuenta de todos sus fechos. E después fueron ellos en pos de 
ellos, á dar cuenta de los suyos ante el juicio de Dios.» 

La mala semilla por ellos sembrada no podía menos de fruc- 
tificar. Cuando se carecía de fuerzas propias se apelaba á las 
agenas; y entró en Vizcaya el conde Diego Gómez Sarmiento 
con gente de á caballo á sueldo, por llamamiento de Pedro de 
Avendaño y sus parientes, quemando y robando cuánto de los 
gamboinos encontraron á su paso desde Ochandiano á Duran- 
go, Guernica y Bermeo; peleándose con tal encono, que los de 
Zaldivar prefirieron quemar su casa antes que se apoderaran de 
ella sus enemigos, é hicieron lo mismo con otras. 



c combatir con las Lombardas de Santander, que llevaba Juan Alonso, que era 
mucho buena, e grande, con grand soberbia, no conscnticndo pleitesías ningu- 
nas...» Llegaron hasta 600 hombres que llevaban el cargo de asentar Kns lombar- 
das, y los que habían quedado atrás con Juan Alonso, no sabiendo si por traición 
<> por misterio de Dios, huyeron odcrrancadaniente, echando los pabescs en tierra 
á una hora, mas de tres mil quinientos omes.o 

Las de la villa trabaron entonces la pelea «e como Gonralo de Salazar se vio 
lerído por la cara do una lanza, dejó el pabcs e tomó la espada en la mano, ca era 
el mas valiente orne de su cuerpo, c esforzado, que se fallaba entre los ornes, c 
pribado en muchos logares, c dio con la espada al caballo de Juan de Avendaño 
en el pescuezo, que gclo echó en tierra con la cabeza, c cayó el caballo en tierra. 
Juan de Avendaño delante del, e como le vio en tierra caído, le lebar la cabeza 
por so el capacete que tenia atacado, e dióle sobre la visera del que entró la espa- 
da mucho por el, e en esto lo cargaron de golpes en la cabeza, quel háblese alzado 
la barreta, e en los muslos, que fue luego muerto, c moricron con el, de los 
suyos.,.» De los dos prisioneros, que heridos y contra lo acostumbrado llevaban li 
la villa, mataron .i uno á la puerta de ella y murió solocadn el otro.como otros mu- 
chos, pues "lastimaban de feridas á los que yaci.nn afogudos e muertos, e desnu- 
dábanlos sino los paños menores.» 



482 



VIZCAYA 



Para atajar tantos males fué á Vizcaya por virrey de ella, 
con poderes del monarca, el conde D. Pedro de Velasco, pedido 
también por los mercaderes de Burgos y por las villas del se- 
ñorío, cuyos habitantes no estaban seguros ni aun por el mar. 
que en todas partes les robaban, y si alguno de aquellos hidalgos 
bandoleros no robaba, tomaba, «como Lope Hurtado, la tercia 
parte de lo que otros robaban, dando gelo ellos.» Y fué tam- 
bién el conde de Haro con poderosa hueste, que le permitió 
ejecutar severos castigos, colgando á unos y desterrando á 
otros. 

Todo este rigor era necesario, porque constantemente se 
cometían los más feroces asesinatos y traidoramente. tEn el 
año de 1330, según García deSalazar, convidaron los escuderos 
de Ibarguen á comer á Juan Ruiz de Zaldivar, y cuando se sen- 
taron á comer pidieron sal, y salieron de una cámara 50 hom- 
bres que hacian escondidos y mataron á dicho Juan Ruiz de 
Zaldivar y á los 15 hombres, y quedó por refrán que cuando 
alguno pide sal que digan no sea lo de Ibarguen. » — tEn el año 
del Señor de 1370 años salió Juan López de Gamboa, el viejo, 
abuelo de Fernando de Gamboa, con poderosa gente de los 
Gamboynos, con la luna, e amanecióle en Marquina, e quemó á 
Gonzalo Iñiguez de Marquina, e á dos fijos e otros ocho ornes 
de los suyos dentro de su casa, e derribáronla por el suelo.» 

Más de veinte años duró la sangrienta guerra emprendida 
por los del linaje de Leguizamón con los de Zurbarán; y en 
medio de estas luchas se promovían otras y nuevas discordias. 

El Dr. Gonzalo Mora, corregidor de Vizcaya, casado con 
D."* María Urtiz de Ibarguen, además de estos vínculos de 
parentesco, tenía derechos á la gratitud de los vizcaínos por 
los beneficios que les prestó en la larga duración de su corregi- 
miento, por haber reedificado y ampliado la ermita juradera de 
Santa María la Antigua de Guernica, donde yace sepultado, 
por las muchas pruebas que dio de su amor á la proxñncia. 
¡Cuan poco le hubieran valido todos éstos méritos si buenos 



48i 

vizcaínos no le hubieran ayudado en las luchas que tuvo que 
sostener! 

Por este tiempo, convocando D. Pedro de Avendaño toda 
su parentela á voz de justicia, acompañado del Prestamero 
Ochoa Sánchez de Guinea, fué á Ochandiano, donde quemó las 
casas fuertes de Butrón, 20 más en Aramayona, de las cuales 
eran 14 de Juan de Mendiola, que corrió á tomar venganza (i). 

Iturriza refiere que hacia 1438 fué Pedro Avendaño á la 
villa de Munguía con 300 hombres y una bombarda, comba- 
tiendo con ella la casa de Bertiquiz, de Gómez González, t tirán- 
dole noches y dias y pasándola de parte á parte por ser de 
madera y paredes delgadas, púsole en mucho aprieto; vino 
Gómez González con todos sus parientes, y no la pudo socorrer, 
porque la combatian y derribaban de dentro de la villa con la 
bombarda, y porque Pedro de Avendaño no queria salir de ella, 
convinieron que Gómez González derribase totalmente la dicha 
casa de Bertiquiz, y que Avendaño por consiguiente deshiciese 
una buena casa que tenia en Zornoza y hiciese treguas.» 

De estos odios de linajes participaban las mujeres, quizá 
con mayor pasión. Cabeza del linaje de los Vélaseos D."* San- 
cha de Carrillo, cuyo esposo había muerto en una de las bata- 
llas con los Salazarés y Calderones, anhelaba venganza y la 
inspiraba á su hijo de pocos años; pero estaba dividido el linaje 
de los Vélaseos, al que se propuso reconciliar y unir, cual lo 
consiguió, uno de sus principales miembros, Diego el Gallardo; 



(1) «Como el de Mendiola no les hallase fué buscándolos y topó con uno de 
Arratia que yba diciendo á voces : balda, balda ; y como le vio arrojóle una lanza 
que en las manos llevaba diciendo •- bada emenhera y la cobalalda, que quiere de- 
cir : pues aquí también debe haber otro como tú: y del golpe quedó muerto el 
Arratiano, y pasando adelante topó con Gasto Apala que andaba recogiendo los 
suyos, los quales andaban sin orden robando la tierra, y como le viú le arrojó un 
dardo con que le hirió y se asieron y el de Mendiola le asió de los cabellos y arras- 
tró y mató queriéndole quemar; acudieron unas mujfcres del dicicndole que fuese 
á defender la tierra de los vivos, que ya aquel no tenia mas mal.— Asi fue contra 
el Prestamero y Pedro de Abendaño, que se iban cargados del robu hecho por el 
paso de Aratondo á los que andaban robando, y después de haber bien peleado 
vencieron los de Aramayona.»— .Mendieta, Sí. .S. 



y como sólo un pariente se negara á la concordia, obligóle so 
pena de muerte á llevar un cencerro al cuello, «para que fuese 
conocido do quiera que ándase.» «Un día estaba D." Sancha 
Carrillo con los suyos orilla del Ebro, junto á Ofia, y el del 
cencerro se le escapó pasando á nado el río. D." Sancha soltó 
en pos de él sus perros alanos, que le alcanzaron y sujetaron 
hasta que pasó á allá Pedro Ruiz de Barcena y le cortó la 
cabeza por encargo de D.'' Sancha (i).» 

Alentando ésta á los suyos, no perdonando medio ni fatiga 
para lastimar á sus contrarios, obtuvo del rey D. Alfonso que 
depositara en ella la justicia y fuera por Adelantado Fernán 
Pérez de la Orden, quien juntando fuerzas acometió á Sancho 
de Salazar al que cortó la cabeza Fernán Pérez. Era tío del de- 
capitado, Lope García, el de los ciento veintidós hijos, y con 
40 de ellos y hasta más de 300 de á pié y á caballo corrió á 
vengar á su sobrino y á socorrer á dos de sus hijos y algunos 
criados á quienes se pretendía quemar dentro de la casa en la 
que estaban cercados: interpúsose el Cadagua entre ambas 
huestes, Lope alentó á las suyas, remitiéndose á su decisión; 
ninguno respondió embargados ante el peligro, hasta que uno 
de sus hijos bastardos, dijo: — « Señor, allí tenéis dos hijos de..., 
y aunque vos maten aquellos, vos quedamos otros ochenta ; pero 
tenedes allí también doce criados que los criasteis de pequeños, 
y si aquellos habéis de ver morir delante de vuestros ojos, 
malo fué el dia que vos nacisteis é mas vos valiera morir una 
muerte é no dos ó más. Por ende, vayamos lo mismo en esta 
ocasión que en otras, á los enemigos, é matémonos con ellos, é 
con la gracia de Dios yo mataré con esta lanza cinco, é con esta 
espada otros cinco, é otros cinco con esta daga, é á dentadas 
otros cinco despedazaré. Vamos á ellos, é haga cada uno de vos 
así. » — Espoleó á su caballo, lanzóse al río, le esguazó, siguié- 
ronle los demás, arremetieron á los enemigos que se vieron 



(1) Trl'eiia. 



Z C A Y A 



485 



también acometidos por la espalda por los cercados, mató Juan 
López por su propia mano más del número que ofreciera, incluso 
al Adelantado la Orden (i); admiraron amigos y enemigos 
sus heroicas proezas, y al fin después de mucho derramamiento 
de sangre triunfó el de Salazar, muriendo unos i 20 de los Vé- 
laseos. Entre los prisioneros se contó D."* Sancha, que debió 
quedar pronto en libertad, porque, t continuándose la guerra 
entre estos Vélaseos é Ángulos é Salazares, esta D." Sancha 
Carrillo de Velasco derribó la casa é palacios de Salazar que 
eran de Lope García, é tomó las maderas é tejas, é escrituras, 
é salió á un campo para hacer con ello unos palacios é casa. E 
' como lo supo Lope García, tomó consigo 50 de á caballo é 200 
hombres de á pié é salió una noche de Nograro con la luna é 
amanecióle en Salazar. h como los vieron todos los vecinos é 
carpinteros echaron á huir hacia el monte que es cerca; é como 
él los vio así ir huyendo, llamólos diciéndoles: — < Tornad acá 
mis naturales é parientes, que no tenedes culpa. » — E torna- 
dos, dióles de comer allí con los suyos, é dio fuego á las made- 
ras por cuatro lugares é también á la teja. É asi quemado, dí- 
joles: Ahora parientes é naturales, quedadvos á Dios, que nunca 
mas aquí me veredes; pero D." Sancha ni los de Velasco nunca 
harán casa ni palacio con lo que mis antecesores dejaron 1. 

Si en este hecho mostró Lope García sentimientos de hu- 
manidad no acostumbrados, su bastardo Juan López creyóse 
obligado á ser hidalgo y á arriesgar su vida aun en defensa de 
criminales. Seis de estos, perseguidos por la justicia se entraron 
en su casa de San Pelayo cuando estaba comiendo. Pedro Nú- 
fiez de Avellaneda, merino y prestamero de las Encartaciones 
I por el señor de Vizcaya, pidió amparo á Juan López, que con- 
[ testó que aunque le pesaba verlos en su casa, no los desampa- 



(1) Como una prueba de la saña con que se combatía, cuenta la Crónica que 
Lope García cortó ta cabeza á la Orden, ya muerto, y dándose golpes con ella, gri- 
taba : «¡Oh sobrino Sancho Salazar, que mal trueco tomo yo en esta cabeza por la 
, tuya que é\ cortó malamente lo 



486 



VIZCAYA 



raría. Acudió entonces el merino con su gente; aprestó López 
diez jinetes y 50 peones que aun en tiempo de paz tenía para 
su defensa; le requirieron dos alcaldes y escribanos para que 
entregase á la justicia aquellos malhechores, y contestó: que 
sentía hubiesen entrado en su casa aquellos hombres, que ni 
sabía quiénes eran, c por lo que les ruego é pido con mucha gra- 
cia que pues con el temor de la muerte entraron cuidando es- 
capar de él con mi esfuerzo, por honra mia é del mi linaje no 
quieran dar tal baldón é amenguamentoá mi casa é persona.» 
Insistió uno en que había de dar á los acotados ó él entraría 
por ellos. — Otra vez respondió López: « decid al caballero de 
Avellaneda que no me quiera poner en tal prueba é será cosa 
que yo mucho se lo agradeceré. » No atendiendo el merino Ave- 
llaneda á más razones, mandó cercar la casa, lanzóse López 
fuera con su gente, y como la del merino sólo estaba armada 
con ballestas y lanzas, y eran gente de comunidad que no ca- 
taban uno de otro, mató 257 prendió 100, cuyas vidas respetó. 

No fué muy agradecida esta generosidad, ni se tuvo á sus 
canas el respeto y consideración debida, que veinte años después, 
contando López ya ochenta, obtuvo Pedro Fernández de Velas- 
co un albalá del rey D. Pedro para matar á López. No atre- 
viéndose á acometerle de frente, usó de astucia, invitándole á 
que le ayudase á la toma de Arceniega, á lo cual accedió acu- 
diendo con 20 caballeros y 700 peones. Aun cuando V^elasco 
tenía mayores fuerzas no se atrevió con las de López, y le con- 
vidó á comer con él en Villasana, dejándose la gente. En vano 
le advirtieron sus parientes que iba á buscar la muerte; les recha- 
zó diciéndoles que no era Pedro Fernández de Velasco caballero 
capaz de una alevosía, y sólo le acompañó uno de sus hijos, de 
18 años. 

Al entrar á comer en Villasana, quitáronle la espada, daga 
y manto para que se sentase. Terminada la comida, retiraron 
los cuchillos y diez hombres armados le prendieron y á su hijo. 
Al punto dijo á su mozo de espuelas corriera á Arceniega «é di 



á los míos que curen de sí que lo mío hecho es ». — « É el mozo 
tiró á poder de cabalgadura é fuese haciendo grandes llantos.» 
Atado y sobre una muía con un hombre á las ancas llevá- 
ronse á Juan López á la puente de Caniego, donde le preguntó 
Velasco en qué sitio murió López de la Orden, y respondió ; — 
« Aquí, aquí le corté la cabeza con la mi espada y á otros 
muchos de vuestro linage. La vida me quitáis, pero no podéis 
quitarme 8o años que yo he vivido ensangrentando las mis 
armas é las mis manos en los vuestros, no con alevosía, mas si 
en plaza é como todo hijo-dalgo debe hacer. La muerte que me 
dais, en los tiempos del mundo que de ella habrá memoria vos 
será retraida por aleve á vos é á vuestra generación é á estos 
mis enemigos que son con vos en ella». 

Aquel hombre que así respondía á su enemigo en cuyo 
poder estaba, que tantas veces había arrostrado la muerte y pro- 
ducídola, que jamás la temió, entristecióse, y dicela Crónica «que 
fué un rato callando é llorando.» Lejos de respetar su desgra- 
cia insultáronle sus apresadores, instando á Velasco le acabase 
pronto empozándole, que sino le acabarían ellos; diéronle un 
clérigo y otro á su hijo, empozaron á éste antes para dar al 
padre mayor pena, y sin que éste acabara de confesarse, echá- 
ronle en el pozo del río, «étan esforzado se mostró, que cuando 
salia mostraba la cara alegre. Como el agua era asaz pequeña, 
quedaba con los pies metidos en ella é salia la cabeza sobre el 
agua é le daban los enemigos en ella con los cuentos de las 
lanzas é algunos con los fierros, é cada vez que así salia é le 
daban les decia: — Dad, dad hijos de p..., que si como tengo una 
alma en mi cuerpo tuviera cien, no vos podríades vengar de mí, 
que yo he sido tal en sacar sangre del vuestro linage, que no lo 
podríades vengar en otros trescientos tales como yo. Dad cuanto 
pudierades, hijos de p...! » Así acabaron con aquel anciano de 
tanta fuerza y bríos como espíritu. 

Sin aplacar estas muertes los vengativos deseos de Velasco, 
que obtuvo del rey D. Enrique el favor que D. Pedro le dispen- 



L 



j88 



VIZCAYA 



sara, derribó 37 casas fuertes del linaje Salazar, y no pudiendo 
hacer lo mismo con la de la Cerca, defendida por dos hermanos, 
obligó á éstos á encerrarse en la pegante iglesia de Santa Ma- 
ría, por considerarse seguros en aquel lugar sagrado; pero ni 
esto detenía al vengativo Velasco, que creyendo acallar los es- 
crúpulos de su conciencia encomendando á otros su venganza, 
llamó á unos judíos para acometer la iglesia, los cuales la de- 
rribaron, cogieron á los Salazares, los de Velasco y les corta» 
ron la cabeza junto á la iglesia de Medina de Pomar. 

No impedía todo esto que continuara la lucha encarnizada 
de linajes y bandos en Vizcaya, llevándola á Álava y Guipúz- 
coa, como vimos al referir la expedición en 1420 de Fernando 
de Gamboa el Ladrón de Balda con todo el poder de los gam- 
boinos contra Lezcano. 

No fué sola D/ Sancha la que de su sexo se mezcló en 
aquellas contiendas tomando una parte activa en ellas; pues 
cuando entró Avendaño con gran golpe de gente en Bermeo, 
( 1440) cercó á Arbolancha en su torre y trabóse pelea, acudió 
D." María Alonso, mujer de Butrón, en su socorro y recrude- 
cióse el combate. 

Dos años después, siendo corregidor de Vizcaya y de toda 
Guipúzcoa Gonzalo Muñoz de Castañeda « y habiendo hecho á 
muchos entre linages de Bilbao prisioneros por sus barbaridades 
y omicidios y dejando allí su teniente se fué á Guipúzcoa lle- 
vando consigo á Juan Marroquin de Salcedo, a Martin Saenz de 
Aun-cibay y otros de sus linages y entró en la villa de Mondra- 
gon y recrecióse nudo entre los que llevó el corregidor con los 
del bando de la villa, y habiendo peleado entre ambas partes 
murieron Juan Marroquin de Salcedo y Martin Saenz de Aun- 
cibay y otros también algunos de dicha villa de Mondragon • (1). 

En este mismo año, según Garibay al que sigue Soraluce, 
para que nada faltase de infausto recuerdo, Fray Alonso de 



(i) ITLI.RIZA.— a/, s. 



VIZCAYA 



489 



Mella tuvo la osadía de predicar en Durango y otros pueblos 
inmediatos la comunidad de mujeres. No parece sino que ade- 
más de los ánimos, estaban perturbadas las creencias religiosas 
y hasta las nociones de toda moral, los principios más vulgares 
de derecho, de respeto y aun de consideración mutua. Pero aún 
no hemos terminado la narración de horrores, increíbles á no 
consignarlos escritores autorizados y especialmente uno que fué 
además de narrador, testigo y actor en muchos de ellos. 




.PLruT! 






Castillo de MuSatones 



D. Lope García de Salazar, á quien ya hemos citado, que 
además de la Crónica de Vizcaya, escribió el precioso libro de 
las Bienandanzas ¿fortunas, cuando, como se ha dicho oportu- 
namente, por su mala andanza y peor fortuna se hallaba preso 
en la torre de San Martín de Muñatones por su ingrato y des- 
naturalizado hijo, es una de las más notables figuras de Vizcaya. 

Niño aún I ). Lope peleó en los campos de Santullán con los 
Marroquines de Samano, con quienes por tercera vez guerreaba 
su linaje, .y al año siguiente fué con siete de los suyos á sor- 
prender á Lope Ochoa de Mendieta, y lo consiguió, atravesán- 
dole de parte á parte con su ballesta. Siguió interesándose en 
peleas sucesivas, constituyendo la guerra su más predilecta ocu- 
pación, pues si alguna vez daba tregua al pelear era para es- 



-,90 



VIZCAYA 



cribir sus crónicas : heredó á su padre en la jefatura y caber.i 
de su linaje y bando; declaróla cuarta guerra á los Marroquí 
nes, á los que se pasaron sus sobrinos del solar de Alcedo, 
dándole con esto uno de los mayores sentimientos que tuvo en 
su vida; otros parientes siguieron el ejemplo de aquellos, dicien- 
do Salazar que por su falta de corazón se le tornaron enemigos; 
no le desanimó esto ni disminuyó sus bríos, que emplearlos supo 
en repetidos combates en los que puso á sus contrarios en tal 
aprieto que de nuevo pidieron ayuda al conde de Haro, dicién- 
dole que si no les ayudaba se verían obligados á pasarse á los 
Salazares ; y aun con la ayuda que el conde les envió, lejos de 
arredrarse García de Salazar, convocó todos sus parientes y 
aliados, resistiendo con ellos tan valerosamente que desesperan- 
zados sus enemigos de vencerle, abandonaron las Encartaciones 
dejando en pos de sus huellas el incendio. 

Durante aquella constante lucha murió Juan de Salcedo, y 
un hijo de García de Salazar solicitó la mano de la hermosa y 
rica viuda de Juan, y como se le negara, se apoderó de noche 
por fuerza de la torre del difunto y de la viuda, y acompañando 
le un clérigo se efectuó violentamente el casamiento. Produjo 
este escandaloso hecho terrible guerra, y no menos terribles de- 
sastres. Por una sopa de pan que había comido en la caldera 
uno de los linajes de los Galochas con los de la Sierra se produ- 
jo «mucha guerra é muertes, é omecidos, é salieron todos mu- 
cho guerreros, é profiosos, é perversos por ser ornes comu- 
nes » (t). 

No era seguramente muy distinguido ni muy honroso el 
origen de la mayor parte de aquella civil guerra, que á partir 
del siglo XII ensangrentó á Vizcaya, Guipúzcoa y Álava; pues 
aun haciendo caso omiso de ciertos y no comprobados incestos, 
aunque otros son evidentes (2), la feroz lucha entre las casas 



(o Sai.azar. 

(a) En pugna los linajes de Mendoza y Guevara en Álava, sobre quién nU» 
nás, se realizó, como prenda de unián, el casamiento de D. lAigo de Guevara coa 



» 



I 



de Mendoza y de Mendivil, procedía del rapto de una hija de 
aquél ; la producida entre Ochoa de Butrón é íñigo Ortiz de 
Ibargüen su primo, comenzó en vida de sus padres, que eran 
hermanos, sobre cuál valía más: la persecución de un jabalí, el 
levantamiento de una casa de madera, un dicho jactancioso y 
aun menores motivos lo eran para matarse mucha gente y aso- 
lar una comarca. Transmitíanse los rencores no sólo en el mismo 
linaje sino en los de los parientes y amigos. Era así constante 
el pelear sin que arredraran las muertes que cada combate pro- 
ducía, ni aun tratándose de los principales, como en la pelea de 
Altamira (1425). 

La enemistad entre los de Butrón y los de Zamudio les lle- 
vaba á no respetar ni las treguas (i); bien es verdad que nada 
se respetaba, ni el regazo de la madre para matar sobre él al 
hijo del enemigo, ni el encontrar á éste solo é inerme, como hi- 
cieron los de Zarriaga y de Martierto con Diego Pérez de Le- 
guizamón, que viéndole solo en la cuesta de Castrejana, le cor- 
taron la cabeza huyendo los asesinos : ni se reparaba en herir á 
traición y por la espalda; centenares de muertes las califican los 
cronistas de malamente hechas. Veinte años más tarde, los hijos 
del degollado quemaron á uno de los Martierto dentro de su 
casa con i 5 hombres más, y algún tiempo después «los de Mar- 
tierto e los Zamúdianos con los alcaldes de la hermandad, que- 
maron á los hijos de Diego Pérez de Leguizamon, e a sesenta 
mes e catorce mugeres de su linage, e escapó Sancho Diaz su 



^ 



a hermana du D. Lope Uonzáicz de .Mendoza, la cual, al poco tiempo querellóse á 
su hermano de o qucl su marido yantaba é cenaba con ella, e $c iba acostar con 
una manceba que tenia, e por esta causa creció tanto desamor, quel dicho D. Lope 
onzalcz, por le dar baldón, dormió con la dicha su hermana, e después buscó 
achaque sobre la demanda de los bienes quel D. íñigo había lebado con ella para 
que los tornase, pus quel la habia dejado.» 

Devolvió los bienes, excepto una bocina de cuerno, y ésta fué la causa de la 
guerra entre ambos linajes que á tantos costó la vida, incluso á sus jefes, siendo 
nos gamboinos y otros oñacinos. Fué sangrienta la batalla dada en la sierra de 
rvato, en Álava. 
(1; i'Por las treguas de Butrón 

No dejes el Larogón.» 




i 



492 VIZCAYA 

nieto, que era de diez afios, en la torre vieja de Leg^ízamon. E 
escondiólo so las aldas una su ama, ferído de dos saetas. E de- 
rribaron la dicha Torre.» Se preparaban celadas para cazar 
.hombres como si se tratara de fieras. Porque Zaldivar contra- 
riaba á los Avendaftos en el mando de la tierra, le mataron en 
una celada cerca de Durango. 

Por muerte del Dr. González de Santo Domingo (1451) dio 
el rey el corregimiento de Vizcaya á D. Juan Hurtado de Men- 
doza, Prestamero del Señorío. Antes de ir á Guernica á tomar 
posesión y prestar el acostumbrado juramento, comunicó su nom- 
bramiento á todos los nobles y escuderos, convocándolos para 
dicho acto, obteniendo respuestas satisfactorias, excepto de Gar- 
cía de Salazar, á pesar de ser deudo de Mendoza, al que contes- 
tó que si el rey le hubiera dado villas y lugares y señoríos en 
Castilla, placiérale mucho y le ayudara con su cuerpo y hacien- 
da; pero le pesaba tal nombramiento «ca es perdición de mi li- 
bertad é de todo el condado é señorío de Vizcaya é de la En- 
cartación, é cosa que es en daño de la tierra non me puede 
placer. » La merced hecha á Mendoza la consideró Salazar como 
desafuero, porque el prestamero que era ejecutor, no podía ser 
corregidor, que era á la vez juez; y como era libertad de Vizcaya 
que el rey había de dar á los vizcaínos corregidor por vida y 
pagado por sus dineros, sin tomarlos por sentencia civil ni crimi- 
nal, y había de ser letrado del Ebro arriba para que no fuera 
parcial, ya que no podía remediar se hiciera junta en Guernica, 
por ser cabeza de Vizcaya, iría allá á decir la verdad á los que 
consintieran el desafuero. 

Antes, convocó García de Salazar junta general en Avella- 
neda, y exponiendo su opinión todos los caballeros de las En- 
cartaciones juraron morir primero que consentir que Vizcaya ad- 
mitiese por corregidor á Mendoza. 

No pensaban lo mismo los de las villas, cuya cooperación no 
consiguió, respondiendo que pues ellos tenían buenos alcaldes, 
y el rey no les hacía agravio, no querían mezclarse en la cues- 



VIZCAYA 



^91 



• 



tión, máxime cuando Mendoza no era su prestamero n¡ ejecutor, 
como lo era de la tierra llana y de las Encartaciones. Estos 
mandaron procuradores al rey, suplicándole revocase el nombra- 
miento de Mendoza, á lo cual no accedió ni quiso oírlos, expi- 
diendo hasta tres cartas confirmatorias que fueron obedecidas y 
Ho cumplidas. 

Alentado Mendoza con la conñanza del rey obtuvo albalá 
para prender á Salazar en las juntas de Guernica, si insistía en 
su propósito ; pero no era aquél de los que cedían ; y á pesar de 
aconsejarle sus amigos que no fuese á ella, temeroso de que en 
su ausencia se admitiese al corregidor, se negó á faltar á la jun- 
ta, creyéndose por su posición más obligado que otro á defen- 
der las libertades de Vizcaya, y que si ésta le desamparaba en 
vez de ayudarle, acudiría personalmente al rey. 

Al frente de 3,000 hombres se presentó Salazar en Guerni- 
ca, lo cual visto por Mendoza, consideró prudente marchar á Bil- 
bao. Los reunidos acordaron entonces fuesen Mugica y García 
de Salazar á defender ante el rey los fueros del señorío. Murió el 
rey D. Juan antes que partiesen, y su hijo D. Enrique les dio 
f provisiones para sus libertades.» 

Grandes alardes de virilidad mostraban los vizcaínos; pero 
generalmente los empleaban en contra de ellos mismos, en des- 
trozarse y la tierra. ¿Qué producían estas guerras ó más bien 
qué las sostenían.' Originadas por el orgullo, la vanidad ó la 
ambición, nadie quería ser menos fuerte ni menos poderoso; 
para conseguirlo se ahogaba toda clase de afecciones y de sen- 
timientos, toda noción de humanidad; se producían incendios, 
se cometían los más repugnantes asesinatos, los crímenes más 
nefandos; no había escrúpulos en escoger los medios de ven- 
ganza. Ofuscados unos y otros contendientes con la sangre que 
derramaban, no se saciaban de ella, uniéndose á la terquedad 
de carácter, mucho del espíritu aventurero de la época y no 
poco de la belicosa ferocidad de las costumbres. 

Apenas se hallará anteiglesia ni villa en Vizcaya que dejara 



de ser teatro de las funestas escenas que tanto abundan en 
aquella fratricida lucha: no había linaje, ni familia que no tuvie- 
se que llorar la pérdida de más de uno de sus esclarecidos 
miembros. Así es una larga serie de crímenes y horrores la na- 
rración de las peleas entre los linajes, de los Yarzas con los 
Arancibias, de los Mugicas con los Butrones, de los López Ibá- 
ñez con los Barroetas, y los Lezamas, Zugastis, Leguizamones, 
Urquizus, Zangronis, Asuas, Luzunagas, Ochoas, Salazares y 
cuántos tenían poder alguno, casa fuerte ó á su disposición gen- 
tes, quienes, si no luchaban por sí, peleaban en bandos de pa- 
rientes ó amigos; que á ninguno faltaba pequeña ofensa que 
vengar ó medio de satisfacer su deseo de combatir, demostrar 
su valor, que parecía ser la ejecutoria más preciada. De aquí el 
que se apelara á la fuerza no á la justicia, que no estaba segu- 
ramente ensalzada. 

Para evitar muchos de estos males se pidió el derecho del 
reto ó desafío; porque de esta manera, había que acudir ante el 
rey á formar el proceso; pero esto pareció dilatorio á muchos 
que querían tomarse la justicia por su mano prontamente y se 
hacían jueces á sí mismo de su honra ó de su agravio. Si no de- 
generada, estaba perturbada la raza humana; mas no solamente 
en Vizcaya. 

iQué severidad se usaba al hacer justicia! No bastaba sólo 
castigar el delito ; á los mozos azotados y sus mancebas que pe- 
dían viandas por las caserías < por la primera vez que el tal 
mozo ó la tal manceba sean traídos publicamente desnudos 
como nacieron, é con una soga á la garganta é las manos atadas 
atrás por la villa más cercana de la Merindad donde los tales 
fuesen tomados, é les corten la una de las orejas en raiz del 
casco, en la puerta de la tal villa... é por la segunda que fueren 
hallados que les corten ambas orejas á raiz del casco, é la ter- 
cera vez que mueran por ello. » — A testigo falso, «que le qui- 
ten los dientes, sacándole de la boca en pública plaza de cinco 
dientes uno.> — Contra los peones lanceros que se desmandaban 



VIZCAYA 



495 



como villanos del condado de Vizcaya, se les imponía la pena 
de la horca, de la que no se les había de descolgar. — Un alcal- 
de de Hermandad degolló por su mano en la plaza de Bilbao 
(141 7) á Sancho López de Marquina y á Ochoa de Landaburu 
« por causa de haber escondido los de Leguizamon el sayón 
berdugo. » Se derribaban también las casas fuertes si al guare- 
cerse en ellas los azotados y banderizos, no se les entregaban ; 
pero ya vimos que cuando el dueño déla casa tenía fuerzas para 
resistir hacía lo que dijimos hizo García de Salazar. 

De extrañar es que una clase de natural y legítima influen- 
cia, no la hubiera tenido entonces para intervenir atenuando si 
apaciguar no podía aquellas luchas que tenían tanto de inhuma- 
nas como de anti-cristianas : nos referimos al clero; pero vemos 
que participaba de las pasiones y de los vicios de la época. El 
mismo P. Mariana refiere la ignorancia que se apoderara de los 
eclesiásticos en España en tanto grado, « que muy pocos se ha- 
llaban que supiesen latin, dados de ordinario á la gula y desho- 
nestidad, y los menos mal á las armas. La avaricia se apodera- 
ba de la Iglesia, y con sus manos robadoras lo tenia todo 
estragado: comprar los beneficios en otro tiempo se tenia por 
simonía, en este por grangería ; no entendían los príncipes cie- 
gos y los prelados que esta sacrilega manera de contratación 
mucho enoja y ofende á Dios, así bien el disimulallo como el 
hace II o » (i). Si esta era la situación del clero en España, no 
hemos de pedir mayores virtudes al de Vizcaya. Permitiéndose 
á los clérigos casarse, y que ellos y los legos tuvieran cuantas 
concubinas pudieran sustentar, cuidándose más de las cosas del 
mundo que de las de Dios, tomando parte en aquellas luchas, se 
enagenaron las simpatías de muchos y el respeto de casi todos. 
Así vemos que « estando los vizcaínos hechos al cebo de estos 
Arciprestes cuando los tiempos corrieron más ilustrados y blan- 
dos y habían de venir á manos de Obispos, concibieron contra 



(i) Libro 3}.— Cap. XVIII. 



VIZCAYA 



ellos tal odio que ni su nombre podían sufrir, ni quisieron que 
les viese ni les oyese, sobre que ordenaron en su fuero viejo 
del año 1452 una ley que es la 226 que antes estaba en uso, 
en la cual se dice: Que á los vicarios y fiscales que por vengan- 
zas habían llevado algunos parientes mayores é linages, lo cual 
se consideraba en usurpación de la jurisdicción de nuestro señor 
el Rey é de las sus justicias: é otro sí en quebrantamiento de 
los fueros, usos é costumbres de Vizcaya, é otro sí en escanda- 
lizamiento de los fijos-dalgo-escuradores de ella, buscando en 
los tales procesos é pleitos el dicho fiscal achaques para cohe- 
char é llevar dineros seyendo su final conclusión del dicho vica- 
rio. » Por esto el prohibirse se diera favor á los vicarios ó fiscales, 
comisarios ó presentadores de cartas del Obispo, y si • fuesen 
muertos ó feridos por algunos de los vizcainos por ser quebran- 
tadores del dicho fuero, que los tales no hayan pena alguna, • 
ni los puedan prender, etc., etc., (i). Continuó esta mal queren- 
cia ó entredicho con tal decisión, que cuando D. Fernando el 
Católico fué á Vizcaya á jurar los fueros, tuvo que despedir al 
Obispo de Pamplona D. Alonso Carrillo que le acompañaba, 
por no permitírsele la entrada en Vizcaya (1476); y hasta el 
año de 1545 que fué el prelado de Calahorra, siendo ya mejor 
regidas las cosas de la iglesia, no había entrado obispo alguno. 

Para tomar posesión del Señorío, jurar sus fueros y poner 
algún orden en Vizcaya fué á ella el rey D. Enrique IV (1456). 
Mandó derribar muchas casas principales, impuso castigos y 
desterró á * todos los mejores desta tierra de Vizcaya é de la 
Encartación» (2). 

Uno de los desterrados fué Lope García de Salazar, y ado- 
leciendo en Sevilla de tercianas, le manifestaron los médicos 
que sólo se recobraría la salud y aun salvaría la vida con los 
aires de la tierra natal : se fué á ella enviando á su hijo á decir 



( I ) M. S., existente en la Biblioteca de Caridad de Bilbao, folios 408 A 494 
(3) Salazaii. 



VIZCAYA 



497 



» 



al rey, que estaba en Jaén, lo que le obligaba á ir á Vizcaya, 
pidiéndole por merced no se enojase. En cuanto supieron su lle- 
gada los corregidores de Vizcaya y de Guipúzcoa, acudieron 
con las respectivas hermandades, y aun otros colindantes de 
Santander, á Somorrostro. No se movió Salazar, ya muy mejo- 
rado de su dolencia; demostró no proponerse hacer resistencia 
á la justicia, poniendo sólo lOO hombres para la guarda de su 
casa; pero pidiósela el rey y que se entregara á su merced; así 
lo hizo con sus hijos, y anduvo tres años cumpliendo su destie- 
rro por donde le plugo fuera de Vizcaya y de las Encartaciones 
hasta que fué perdonado con los otros desterrados. 

Cuenta la Crónica que durante este tiempo se vio muy per- 
seguido por causas criminales y civiles, ante el rey, la Chanci- 
llería, los obispos de Burgos y de Calahorra, por el corregidor 
y hermandad de Vizcaya y de la Encartación, ocupándole su casa 
y bienes y ocasionándole muchos gastos. No tuvo en esto poca 
parte el prestamero Mendoza, en odio á haberse opuesto á que 
fuera corregidor de Vizcaya. 

Cuando Salazar, cumplido su destierro volvió á su casa, aun- 
que no se la habían entregado, « llamáronlo á la Cadena con 
700 ornes, parientes de los suyos, por la fuerza de la muger que 
fuera de Juan de Salcedo, que tomara Fernando de Salazar su 
fijo... condenándolos a muerte sino se presentasen a la dicha 
Cadena, e fueron mucho fatigados por el Corregidor e por Men- 
doza. » Querellóse Salazar, fué privado Ruiz de Ulloa del corre- 
gimiento, y se hizo justicia á Salazar tornándole su casa. 

Mucho se trabajó por las autoridades para restablecer com- 
pletamente el orden; propúsose conseguirlo el corregidor Juan 
García de acuerdo con los alcaldes de la Hermandad; hacía jus- 
ticia «é derecho á todos;» pero no satisfacía esto á aquellos 
orgullosos y mal apaciguados banderizos, quienes no pudiendo 
por sí combatir el poder del corregidor y el de la Hermandad, 
acudieron al conde de Haro, cuyo hijo, de acuerdo con varios 

nobles del Señorío fué á él á quitar el corregimiento á García, 

«1 



poniendo en su lugar al Dr. López de Burgos ( 1 465) que había 
obtenido del rey, á mucho precio, dicho nombramiento. Entraron 
en Valmaseda á prender á García ; mas no estaba éste en áni- 
mo de entregarse, ni los que le seguían en el de consentirlo, 
ofendidos desde luego con la invasión: armóse g^an pelea que 
duró dos días con sus noches, sin que se dirimiera la contienda; 
continuó por el contrario con no poca saña, se incendiaron casas 
y Terrerías ; excedióse el hijo del conde de las instrucciones que 
llevaba, lo cual pesó mucho á su padre, y quizá contribuyó á 
que terminara por el pronto esta cuestión, sufriendo el país 
las funestas consecuencias de antiguos odios y enemistades. 

Continuaron éstas con tanto ó mayor furor que antes, espe- 
cialmente entre gamboinos y oñacinos; pues si algunas veces 
se concertaban treguas, rompíanse antes que espirase su tér- 
mino. Hubo combates sangrientos, como el librado en los cam- 
pos de Elorrio, teatro de muchos en años anteriores, y en el 
que nos ocupa murieron 45 hijos y nietos de Lope García Sala- 
zar, (i) que se opuso á aquella lucha fundándose en que si bien 
estaban obligados los de su linaje á defender el solar de Butrón 
y de Mugica, no había razón ni causa para ir contra Avendaño, 
que esto nunca lo hicieron sus antecesores. No bastaron estas 
consideraciones ni aun la maldición de su padre y pariente, para 
realizar aquella campaña, reuniendo en Durango hasta 4,000 
hombres; pero 3,000 de éstos estando ya al frente de Elorrio, 
huyeron desordenadamente arrojando los paveses; y al notar 
aquel inesperado suceso los de Avendaño salieron de la villa, 
dieron sobre los que quedaron sin saber la huida de sus compa- 
ñeros, asentando el real y las bombardas ; resistieron valerosa- 
mente; pero sucumbieron. De los fugitivos perecieron muchos 
ahogados de calor y sed, y á golpes de los contrarios que les 
alcanzaron. No sólo fué importante la pérdida por el número de 
los que murieron, sino por la calidad. Para cuantos sabían la 



(I) Aún le quedaban 8> hijos y nietos, legitimes y bastardos. 



VIZCAYA 



49Q 



oposición de García Salazar á aquella lucha, fué providencial el 
desastre, como consideraron misteriosa la retirada de los 3,000 
que guiaba Juan Alonso de Mugica. 





fSan Martín de Muftatones.— Disturbioaí— Jura los fueros Isabel la Católica.— 
Ordenanzas de Chinchilla.— Justicia 
^JN el año 1467, Fernando Sánchez y otros considerándose 
^^dueños de Santander, la vendieron al marqués de Santillana 
por dineros y vasallos; opusiéronse á tal venta la mayor parte de 
los santanderinos que no querían dejara de pertenecer la villa á 
la corona real, acudieron en su ayuda hombres esforzados de 
toda la costa hasta Fuenterrabía, pelearon con denuedo en las 
mismas calles, pusieron navios en la mar, fueron en su socorro 
los Mugicas con todos sus parientes, Gonzalo de Salazar, Agüe- 
ro y otros vizcaínos t porque Santander les daba sueldo del, o 
del Rey, o porque les pesaba de tal merced fecha, aposentaron- 




se varreados encima de la Villa, por donde los del Marques ha- 
bian de venir ; e llegados los del Marques a la puente, darse, 
no se atreviendo venir el término complido, combatieron la Villa, 
e entráronlo por fuerza, e posieron a sacamano a los que en ella . 
estaban, ca eran tres mil ornes escogidos de solares, e de cadaJ 
Villa, e mucho armados, e entrados, derribaron las casas de los' 
susodichos que la vendieron, e tomados sus bienes por sefiia, e 
quedó por Corregidor e defensor de la dicha Villa, Gonzalo de 
Salazar por un año e medio, e asi se quedó por del Rey, e con 
todos sus términos e libertades cuando el la dejó. Después dio 
el Rey encomienda de la dicha Villa al dicho Marques, e queda- 
ron libres por el Rey fasta agora » (i). 

Como si á García de Salazar no le bastaran las contrarie- 
dades y sinsabores que experimentara en su ancianidad, que por 
otra parte sabía sobrellevarla (2); tuvo uno de los mayores do- 
lores que puede tener un padre; el de verse despojado de sus 
bienes y sitiado en la torre de San Martín por uno de sus hijos, 
que díscolo y ambicioso, pretendía el mayorazgo que correspon- 
día á los hijos de su hermano mayor muerto en Elorrio. 

Durante esta forzosa reclusión (147 1) y en el mes de Julio, 
fué cuando García de Salazar compuso y escribió su famoso 
Libro de las Buetias andanzas é fortunas, en el que relata las 
guerras que asolaron á Vizcaya. Puro y copioso manantial al 
que con frecuencia hemos acudido; que de él no puede prescin- 
dir el que se haya de ocupar de la historia de Vizcaya, aun 
cuando lo haga tan en bosquejo como lo hacemos. 



(t) Salazah. 

(3) « En 1469 perdió Lope á su mujer O.* María Alonso Mugica, con quicQ ha- 
bía casado en 142; y de quién había tenido seis hijos y tics hijas. Y áp' 
de hijos, debemos notar una circunstancia. Sin duda para consolarle de ! > 

de sus hijos y de su mujer, que á la verdad debió apenarle mucho en su u\ oíuuUa 
edad de setenta años. Lope pidió al amor sus consuelos y el amor 8C los dio din- 
dole unos cuantos hijos bastardos, porque en punto lí íccundidAd. como en punto ; 
á valor, Lope Garci.T tampoco negaba la casta, como hubiera dicho el hidalgo lic 
la Cerca». — Trueha. 



* I « C A T A 



5*»^ 



■ 



Obligado á rendirse á su descastado hijo á los pocos meses 
que éste le sitiara, falleció años después. 

Aun cuando la casa ó torre de San Martín, que subsiste 
como representa el grabado, no tuviera otro mérito que el haber 
sido construida por García de Salazar, haberla habitado y escri- 
to en ella el anterior libro, debiendo suponerse fuese también 
en ella enterrado, merece algún más respeto del que se le tiene, 
pues su estado es ruinoso, y estuvo á punto de desaparecer por 
completo cuando en sus inmediaciones se efectuaron, en 1874, 
las inolvidables batallas de Somorrostro, no menos sangrientas 
y en civil lucha también, como las de la Edad Media en aquellos 
mismos sitios. 

La torre de San Martín de Muñatones, cuánto desde su fun- 
dación con ella se relaciona y la tierra que la rodea, se prestan 
á muy extensas é importantes reflexiones, que las vemos con- 
densadas en estos elevados y exactos pensamientos . ♦ Tenemos 
tal afición los españoles, desde que el mundo es mundo, á rom- 
pernos unos á otros la crisma (sin perjuicio de rompérsela tam- 
bién al vecino, y al no vecino, tan luego como criamos una poca 
sangre ó reunimos un poco dinero), que todos los sucesos algo 
dramáticos ocurridos en nuestro país, en que pueden aprove- 
charse los aficionados á composiciones históricas, resultan coe- 
táneos ó dependientes de alguna guerra ctvt¿, ya sea entre 
magnates y magnates, ya entre los magnates y el rey, ya entre 
el rey y las comunidades ó municipios, ya entre los varios rei- 
nos en que casi siempre ha estado dividida la Península espa- 
ñola, ya entre moros y cristianos, ya entre inquisidores y here- 
jes, ya entre absolutistas y liberales, ya entre monárquicos y 
republicanos, ya entre republicanos y federales, ya entre fede- 
rales y petroleros. — Dijérase que los nacidos en esta tierra de 
garbanzos somos capaces de todas las virtudes cívicas y de 
todos los afectos privados, de todas las grandezas y de todos 
los heroísmos, excepto del amor fraternal * (1). 



(i) D. Pedro Antomo de Alarcón. 



II 



Los trascendentales sucesos que conturbaron el animo de to- 
dos los españoles en los últimos años del reinado y vida de D. En- 
rique IV, afectaron como no podían menos de afectar á los viz- 
caínos, obligándoles á tomar en ellos una parte más activa que la 
que hasta entonces tomaron. Representaron en unión con los gui- 
puzcoanos, y muy enérgicamente al rey contra la boda ajustada 
con Francia (1470) del duque de Guiena, hermano de Luís XI 
con la princesa D.^ Juana (la Beltraneja), declarándose además 
partidarios de D.' Isabel, hasta el punto de elegirla por Señora 
desconociendo la autoridad del rey su hermano que no pareció 
muy respetuoso de los fueros que jurara; la mayor ofensa que 
á los vizcaínos pudiera hacerse. Este desgraciado rey se había 
anulado de tal manera, que la mayor parte del reino se sepa- 
raba de su obediencia sometiéndose gustoso á la de aquella 
¡lustre princesa cuyas virtudes y cualidades excelentes ponían más 
en evidencia los vicios y la ineptitud de su hermano. A pesar de 
la oposición de D.'* Isabel á ejercer soberanía alguna, mientras 
viviera su hermano, y como si no existiera la desgraciada niña 
D.^ Juana, no tuvo escrúpulo en aceptar el señorío, quizá por 
evitar mayores males. 

No eran pequeños los que Vizcaya experimentaba á la sazón, 
aumentados con los graves disturbios entre los condes de Tre- 
viño y de Haro, virrey éste de Guipúzcoa y Vizcaya. Originaba 
la enemistad cuestiones mujeriles, ó desdenes que el de Treviño 
recibiera de la de Haro y trataba de vengar con las armas. 
Aprovechando esta ocasión algunos vizcaínos desterrados por 
el de Haro, se confederaron con el de Treviño, como lo hablan 
hecho ya con Pedro López de Padilla, adelantado de Castilla, 
que era fácil entonces á los descontentos hallar toda clase de 



: 



alianzas, por lo perturbada que la nación estaba, reuniéndose 
todos en Vizcaya. 

Para desbaratar el conde de Haro aquella formidable co- 
alición y recuperar el señorío para el rey, trasladóse á Burgos, 
juntó sus gentes con las del conde de Salinas, las de D. Luís y 
D. Sancho de Velasco sus hermanos y otros, dirigiéndose á Viz- 
caya con poderoso ejército especialmente de caballería, y cinco 
millones. Topáronse unas y otras fuerzas en Munguía (27 Abril 
de 1 47 i), se bregó todo el día con encarnizamiento, y quedó el 
triunfo por los vizcaínos, perdiendo sus contrarios más de mil 
hombres (i). 

Las ventajas que para el país se obtenían en victorias sobre 
enemigos extraños, las esterilizaban intestinas discordias, cuan- 
do no sobrevenía la pérdida de las cosechas, produciendo hambres 
como la de 1474 (2). No disminuía esto el belicoso espíritu de 
aquellos guerreros, que por no desmerecer de sus antepasados, 
militaban por necesidad y peleaban por costumbre ; hasta que 
ocupando el trono los Reyes Católicos se propusieron acabar de 
una vez con las malas pasiones que impulsaban á la grandeza á 
destruirse y destruir el reino, terminar sus discordias, atajar su 
ambición y dar paz al país. Acudió el mismo rey á Vizcaya, rin- 
dió la torre de San Martín donde se defendía el ambicioso y mal 
hijo Juan de Salazar, el Moro, y mostróse severo con los dísco- 
los y amoroso con los obedientes, restableciendo definitivamente 
la paz. 

Para mejor restablecerla y asegurarla, comisionaron los re- 



(1) De este hecho data este cantar: 

« Esta es Vizcaya 
Buen conde de Maro, 



Esta es Vizcaya 
Que no Bclorado.u 



(2) En Vizcaya y en Guipúzcoa la fanega de trigo llevado de Inglaterra y (-"ran- 
cia se pagó á corona de oro ó ¿ quintal de fierro. 

Como se infringieron las leyes del reino sacando de él oro, plata é moneda 
amonedada para comprar con ella cereales, los reyes perdonaron esta infracción A 
Bilbao, á petición de la villa, según carta real otorgada en Tordesillas á 4 de Mar- 
zo de I -)7'i. 

64 




Sd6 



V T « C A r A 



yes al licenciado García Lope de Chinchilla, que de acuerdo 
con las autoridades y vecinos de Bilbao dieran las ordenanzas 
que mejor cumplieran á su servicio, € é á la paz é sosiego é bien 
común de la dicha villa». Chinchilla propuso las ordenanzas 
dadas poco antes por el rey á Vitoria, con el mismo objeto de 
tranquilizar los bandos; las aceptaron, y aprobaron unánimes 
los bilbaínos, las juraron y quedaron establecidas. Por enton- 
ces ( 1483) fué D.* Isabel la Católica á jurar los fueros so el ár- 
bol de Guernica, como años antes lo hizo su marido. 

Reemplazó á Chinchilla en el corregimiento el licenciado 
Logrofio, á cuya admisión se opusieron los vizcaínos, y no sien- 
do á propósito para el establecimiento de las ordenanzas en toda 
Vizcaya, volvió Chinchilla, formó ordenanzas más fuertes que 
las anteriores, porque los males se reproducían y no toleraban 
los reyes en su amor á la justicia y al orden, continuase en aque- 
lla tierra la anarquía; reclamaron contra ellas los vizcaínos; au- 
torizóse á Chinchilla para que en unión de los representantes 
de las villas, adoptasen lo conveniente para concluir con las di- 
sensiones y falta de administración de justicia que se observaba, 
y reunidos acordaron quince ordenanzas, « que no puede negar- 
se suspendieron por algún tiempo los más preciosos derechos y 
libertades de las villas de Vizcaya, pero que cayeron en desuso 
inmediatamente que desaparecieron las causas que las motiva- 
ron, y más principalmente después de la muerte de los Reyes 
Católicos, que llamados á regenerar en cierto modo el estado 
anárquico de la monarquía, trataron á las Provincias Vasconga- 
das con algo de rigor, suspendiendo ya que no conculcando, al- 
gunos de los fueros y libertades que de inmemorial disfrutaban, 
y que con levísimas excepciones respetaron todos los reyes pre- 
cedentes. La población las admitió sin repugnancia, cansada 
de los desórdenes, inseguridad y sobresalto en que los bandos 
la tenían sumida» (i). 



(1) Historia Je I» Le^i.tlacif'm. vtc. por \o» señores Marichalar y MAKKiQi-ft. 



VIZCAYA 



Porque á virtud de tales ordenanzas, Chinchilla, « hobo su 
[información, é fizo ciertos procesos, y pronunció ciertas senten- 
cias contra los que halló en culpa, condenando á unos á pena de 
muerte, y á otros á destierro, y á otros á perdimiento de bienes 
y derribamiento de sus casas, y á otros á penas pecuniarias 
[para la guerra contra los moros • . 

Había en las ordenanzas un artículo, el 8.", mandando « que 
en ninguna junta general ni particular no se juzgue ni se den 
por desaforadas las cartas de sus Altezas, firmadas de sus nom- 
bres ó de los de su muy alto Consejo ú Oidores de su Audien 
cia, ni de otros sus jueces que son superiores del condado de 
Vizcaya, pues para ello no tienen jurisdicción ni autoridad, ni 
facultad ni privilegio alguno; y es ofensa de la magestad real, 
usurpación y perjuicio de su jurisdicción y preeminencia, y mala, 
damnada, detestable y muy escandalosa costumbre é corruptela 
que sobre esto querian introducir algunos en Vizcaya, queriendo 
juzgar y determinar los subditos sobre el juicio de su rey ó 
reina; sopeña que cualquier procurador de juntas, y sus jue- 
ces y diputados que lo contrario ficieren, mueran por ello ; y así 
mismo los letrados que tal consejo dieren, y la parte que pidie- 
re se dé la carta por desaforada ; y el escribano que signase la 
escritura ó diere fé de ella, pierda el oficio y le corten la mano » ... 

Estas ordenanzas se mandaron guardar en el arca de sus 
privilegios, con carta de los reyes, porque lo en ella contenido 
fuera mejor cumplido y guardado en todo tiempo. 

Prescindiendo de estas ordenanzas, la junta de Guernica 
( 1 49 1 ) se quejó á los Reyes Católicos del licenciado Toro, juez y 
pesquisidor de Vizcaya, por haber mandado degollar sin las for- 
malidades de derecho á tres vizcaínos, y fué atendida la queja, 
sustituyendo á Toro con el licenciado Castillo. No es de extra- 
ñar, pues, que se considerasen en desuso las Ordenanzas y se 
eliminaran de la compilación de 1526; pero no podía negarse 
su utilidad porque, merced á ellas, se extinguieron las constan- 
tes disputas y pleitos entre las villas y las anteiglesias. No con- 



siderando Carlos III revocadas las tales Ordenanzas, mandó 
en 1773 «se imprimiese é incorporase literalmente á los fueros 
del Señorío el capitulado de Chinchilla, para que según y como 
estaba prevenido, se tuviese por parte de ellos» (i). 

El grande empeño qué pusieron los Reyes Católicos en paci- 
ficar á Vizcaya y hacer que imperase en ella su autoridad, le 
consiguieron al fin; pues desde el principio de su reinado para 
conseguirlo trabajaron. Ya se exponían ante el trono las quejas, 
ninguna desoída (2) ; eran atendidos los intereses de Vizcaya, á 
donde se enviaban comisionados para que se labraran en las 
Terrerías armas necesarias para proveer las fortalezas de Si- 
cilia y la armada contra el Turco ; se daba comisión á los co- 
rregidores en favor de los labradores vizcaínos (1483) para que 
averiguaran los montes y exídos que estuviesen usurpados por 
poderosos y caballeros, cuya influencia inutilizaba el cumpli- 
miento de la justicia, y mermaba las rentas reales; • por cuanto 
los dichos montes son de nuestro patrimonio real, é les fueron 
dados é dotados con sus solares labradoriegos, é si los montes 
que así les pertenescen les hobiesen de estar entrados é toma- 



(2) Como no se cumpliera este mandato, el buprcmo Consejo de Castilla expi- 
dió una real provisión, c hizo insertar en ella el capitulado, rcmitidndola al Corre- 
gidor de VizL-nyn en abundante número de ejemplares, para que se comunicase á 
todos los pueblos, m.indando guardar el capitulado y la resolución real de \ 77^ 
á consulta del Consejo, y que uno y otro documento se incorporasen á tos fuero* 
como parte de ellos, cuando se reimprimiesen, para su cumplimiento por la Dipu- 
tación y demás á quienes correspondiese, sin permitir lo contrario bajo ningút) 
pretexto. 

Al reimprimirse los fueros se excluyó otra vez el capitulado, decretando la Junta 
general de Guernica de 10 Febrero de 1780, que el capitulado de Cbincbína «« 
reputase contra fuero atendida su inobservancia. 

(j) Martin de Ochoa, vecino de liermco, como procurador de la Orduñ.i, ctc, 
expuso á la reina que sobre los alborotos, talas, quemas, robos, muerte», pri«lo> 
ncs, etc., que en tiempos pasados se hicieron entre los solarcsde Butrón, Mu^ic, 
Urquizo, \noaga y otros; entrada de los condes de Maro, Treviño, Salinas, alia- 
dos y parciales, trataron nuevamente de querellarse criminalmente los unos coatra 
los otros; y para impedir se renovasen causas yu sobreseídas, facultó al corregi- 
dor y cuatro diputados especiales elegidos por los cuatro consejos contendiente* 
entiendan con los elegidos también por los cuatro solares querellosos, conozcan 
en las causas y las fallen, sin que hubiese que acudir n jusliciasalgunas crimioal- 
mente. 



5IO VIZCAYA 



dos que nos non podrían dar ni pagar el pedido é otros dere» 
chos que nos son tenidos á dar en cada un año > . Autorizó á dos 
vecinos de Burgos y otro de Segovia para abrir y labrar mine- 
ros de cobre, plomo con plata y estaño en las provincias vas- 
cas (1484); amparó á los judíos de Valmaseda para que la 
justicia los dejase vivir en la villa y nó los maltratase ( 1486); 
facultó á Chinchilla para que averiguase los repartimientos he- 
chos sin licencia real, por quién, por qué causas, en qué cuantía, 
por quién se habían gastado, etc., etc., para proveer como 
cumplía al real servicio y á la buena gobernación y regimiento 
del condado; declaró libre el aprovechamiento de la vena de 
Somorrostro (1487); castigó á los que debiendo ser guarda- 
dores de la fe pública, la vendían; proveyó á las necesidades 
de los pueblos, dirimiendo sus contiendas domésticas, nombrando 
alcaldes; y procurando hacer siempre justicia, se inauguró en 
Vizcaya un período de prosperidad. 

No parecían estar muy avenidos con ella algunos vecinos de 
Lequeitio y de sus inmediaciones, que obligaron á los Reyes Ca- 
tólicos á enviar á Chinchilla y al corregidor á hacer pesquisa y 
juzgar á los que tomaron parte en la pelea entre los del Solar 
de Arteaga y Cenearra ó Zubieta (i) en la que hubo muertos y 
heridos ; y después de saber quiénes apellidaron la tierra, man- 
daron tocar las campanas, salieron al ruido, favorecieron los ban- 
dos, fueron causadores é principiadores del ruido é feridores é 
matadores, procediera brevemente contra los que hallase culpa- 
bles y contra los vecinos de Lequeitio que quebrantaron la co- 
munidad de Hermandad. 

A la vez que los reyes empleaban el rigor contra los per- 
turbadores del orden en Lequeitio, hacían justicia á los mismos 
lequeitianos que se quejaban de que habiendo en su iglesia doce 
clérigos de misa las decían todas juntas quedándose sin oiría los 
que á aquella hora no podían ir; por lo cual, aquellos católicos 

( I ) La carta rt-al dice : Artoanga é Ccnniera. 



VIZCAYA 151I 



monarcas mandaron al Arcipreste que se repartieran las misas 
comenzando desde la mañana hasta la misa mayor, para que 
todos los vecinos puedan oír misa, < cuando buenamente las 
puedan oir, » y c que la dicha iglesia sea bien servida á sus 
tiempos convenibles » . Esto « so pena de la nuestra merced é de 
perder las naturalezas é temporalidades que en estos nuestros 
Reynos habedes é tenedes é de ser habidos por ágenos y ex- 
traños dellos, etc.» 

Como si en algunos puntos de Vizcaya estuvieran mal ave- 
nidos con la paz, si no podían perturbarla, trataban de proteger 
á los perseguidos por la justicia, hasta que los Reyes Católicos 
mandaron en 1 494 que de allí adelante y para siempre 110 se 
nombrasen parentelas ni parcialidades por vía de bando en las 
Encartaciones ni en su tierra, mandando hacer juramento de 
así lo guardar, y de que ni pública ni secretamente ayudaran 
por vía de bando á caballeros ni escuderos, ciudades ni villas, 
ni que por bandos acudiesen á misas nuevas ni á bodas, bajo la 
pena de perder la cuarta parte de sus bienes y cualquier oficio 
que por merced del rey tuviera, ser condenados á dos años de 
destierro por la primera vez, por la segunda extrañados del 
reino, y á la pena de muerte por la tercera. Esta ley se hizo 
después extensiva á toda Vizcaya, Álava y Guipúzcoa. 



rey D. Sancho el Mayor. El valle de Aramayona había sido 
de Vizcaya, de cuyos fueros gozaba, así como los de Llodio, 
Oquendo y tierra de Ayala ; y posteriormente el de Mena y la 
villa de Castro Urdíales. Es verdad que Llodio había pertene- 
cido antiguamente á la Cofradía de Arriaga. 

Aun con los privilegios de la tierra, si los señores no eran 
feudales, eran tiranos, y admira la paciencia de los vizcaínos so- 
portándoles, y aun matándose por ellos de grado ó por fuerza. 
Si no parece admisible, aunque esté consignado, que hubo seño- 
res que enviaban á las anteiglesias sus perros para que los man- 
tuviesen y sus criados para que los gobernasen, es evidente el 
bandolerismo y la incalificable conducta de los que tan mal tra- 
taban á los vizcaínos, que hasta desmembraban su territorio, 
cediendo porciones de él como si se tratara de bienes muebles. 
Sólo podían tener yeguas en Vizcaya la abadía de Cenarruza y 
la casa solar de Iturretajauregui. 

Oponíanse á su engrandecimiento las otras provincias her- 
manas. Al comenzarse en tiempo de Carlos I la construcción del 
camino carretil de Bilbao para Castilla por la peña de Orduña, 
se opusieron Álava, Guipúzcoa y Navarra, la primera « con 
fuerza de armas deshaciendo cuánto se trabajaba, llegando á 
tanto extremo que fué preciso que el señorío pusiese gente ar- 
mada para impedir semejante atrevimiento; la segunda, y Na- 
varra molestando con pleitos continuos > , resultando que aquel 
monarca absoluto mandara (1553) suspender la apertura de 
dicho camino. Muchos años después se enviaron diputados á 
Madrid, y á pesar de la oposición de Álava y Santander, no se 
imitó el arbitrario y absurdo proceder de D. Carlos, y se dieron 
cédulas para que el señorío con la villa de Bilbao y su consu- 
lado, á terceras partes, hicieran construir (1770) el camino 
nuevo por Arrigorriaga á Orduña, á su elevada peña y Berbe- 
rana hasta Pancorbo: 14 leguas terminadas en 1775. Es verdad 
que el buen rey no era tan despótico ni tirano como el primero 
de su nombre ; trataba más paternalmente á los pueblos y en 



Z C A Y A 



515 



cuestión de caminos á él se deben los primeros de España. 

Tanto en tiempo del Emperador como en el de su hijo Don 
Felipe II, para nutrir los ejércitos eran necesarias constantes 
levas en las que se cometían atropellos y desmanes; y al llegar 
hasta el rey las quejas por las molestias, agravios y vejaciones 
que recibían sus subditos, con aquel motivo, de parte de los co- 
misarios, capitanes, oficiales, soldados, etc., trató con su consejo 
de poner el debido remedio, y se acordó establecer una milicia 
de 60,000 infantes, con las libertades y exenciones que se con- 
signaron ; dirigióse el rey para su cumplimiento al señorío de 
Vizcaya, Encartaciones y tierra llana; por la novedad que en- 
trañaba en los privilegios de que gozaba aquella tierra, fué obe- 
decido el regio mandato pero no cumplido, produciendo además 
protestas y reclamaciones en las juntas de Guernica; mostró el 
rey grande extrafieza y disgusto de que no se cumpliera lo por 
él mandado, ordenó con apremio se ejecutase sin demora; no 
obtuvo este segundo mandamiento mejor éxito, y aquella indo- 
mable, absoluta y despótica voluntad hubo de ceder ante la 
tenaz negativa de quienes se amparaban en los fueros y exen- 
ciones por los mismos monarcas concedidos. 

Hallándose Felipe II en Portugal, pretendieron sus ministros 
imponer en Vizcaya un real por el consumo de cada fanega de 
sal, acudieron en queja al rey, como contrafuero, y atendióles 
el monarca, al cual no molestaban tanto las libertades de Viz- 
caya como las de Aragón. 

Al servicio de millones, que tuvo que pordiosear D. Feli- 
pe III de ciudad en ciudad, se mandó que contribuyesen todas 
las ciudades, villas y lugares del reino t esentos y no esentos 
sin perjuicio de sus privilegios y libertades; » mas también lo 
consideraron como un atropello á sus fueros, juntáronse los viz- 
caínos só el árbol de Guernica, y dirigieron al rey una exposi- 
ción diciendo en ella entre otras cosas : « Hallamos que querien- 
do usar V. M. de tanta riguridad con nosotros, y quebrantar 



rados padres han tenido; que debíamos suplicar y pedir humil- 
demente á V. M. sea servido de mandar, que se borre, teste, y 
atilde de sus Pragmáticas Reales, lo que á nosotros toca, pues, 
es justicia lo que pedimos, y suplicamos á V. M. no hubiese 
lugar de hacernos, nosotros quedamos obligados á defender 
nuestra muy querida, é amada Patria, hasta ver quemada y aso- 
lada esta Señoría, y muertos mujeres, é hijos, y familia, é bus- 
car quien nos ampare y trate bien » . En vez de ofender al rey 
aquella amenazadora y valiente actitud de los vizcaínos, accedió 
á lo que le pedían. Al año siguiente (1602) aprobó y confirmó 
D. Felipe todos los fueros, privilegios y libertades del señorío. 

Había declarado la diputación vizcaína ( 1 63 1 ) libre la venta 
de la sal, y al año siguiente se pregonó por mandado del Corre- 
gidor que pagase cada fanega una cantidad para el rey, á lo cual 
se opusieron como contrario á sus fueros, representando al mo- 
narca en este sentido; mas no fué tan atendida esta exposición 
como las anteriores, resolviéndose que el señorío debía obede- 
cer y cumplir lo mandado, exigiéndose sin remisión un tributo 
por cada fanega de sal que entrase en el señorío. Para su cum- 
plimiento se prescindió de las autoridades ferales; se amotinó el 
pueblo; reuniéronse los diputados y síndicos, suplicando al co- 
rregidor interino Calderón de la Barca, suspendiese la ejecución 
del bando; negóse á ello; aumentó el tumulto que en vano tra- 
taron de apaciguar el alcalde y regidores de Bilbao, hasta que 
no se halló otro medio de contenerle que suspender la ejecución 
del bando publicando otro en tal sentido. 

No duró mucho esta tranquilidad: había interesados en per- 
turbarla y en fomentar gran desorden. Circuló entre las masas 
la especie de que algunos vizcaínos habían aconsejado el im- 
puesto é insistido en su exacción : se les calificó de traidores y 
enemigos del fuero: amotinado el pueblo se entregó furioso al 
asesinato y al incendio, cometiéndose por el populacho ultrajes 
indignos, actos vituperables de venganza personal, de pillaje y 
devastación, derramándose sangre ¡nocente. 



5i8 



VIZCAYA 



Inquieto y suspicaz el pueblo, sublevado por predicaciooesl 
apasionadas, no exentas de particulares intereses, desbordada 
su cólera, desconoció inconscientemente insignes virtudes y 
grandes merecimientos por no menores serv-icios á la patria; y 
ésta en último resultado era la que más sufría, porque es en la 
que influyen siempre así las torpezas de sus malos gobernantes 
como las deplorables consecuencias de motines impulsados por 
mezquinos propósitos. 

Reuniéronse en el Ayuntamiento las autoridades y cuánto de 
notable residía en Bilbao, cuya villa contaba á la sazón unos 7,000 
habitantes, y convinieron unánimes en ordenar ciertas medidas 
administrativas respecto á derechos sobre los paños de Castilla, 
lanas y vinos, sin ocuparse absolutamente de la cuestión de la sal. 

Perseguidas por los amotinados algunas de las principales 
personas de Bilbao, no podía tener el motín el carácter de ge- 
neral y tampoco lo era, sino impulsado por D. Agustín de Mor- 
ga y Saravia, de quien eran principales instrumentos, Juan de 
la Puente y Ortusaústegui, Martín Ochoa de Ayorabide y un 
escribano revoltoso é intrigante, conocido por el mote de Amu- ' 
zuri; cuyos cuatro individuos fueron ajusticiados con otros dos 
el 24 de Mayo de 1634: los tres primeros, como personas de 
calidad é importancia, garrotados dentro de la cárcel, y los otros 
tres ahorcados en la plaza pública, en medio del silencio pro- 
fundo y espantoso de la población, inmóvil y aterrada, que con- 
templaba de lejos el siniestro espectáculo. 

Antes de esto, al llegar á oídos del rey la noticia de los re* 
feridos sucesos, no faltaron quienes aconsejaran medidas de ri- 
gor; pero se procuró saber antes la verdad, cual cumple á pru- 
dente monarca, y ordenó lo conveniente á D. Lope Morales y al 
duque de Ciudad-Real, para que éste como vizcaíno tratase de 
paciñcar á sus paisanos y auxiliar al corregidor en el castigo de 
los delincuentes, y á las anteiglesias del infanzonado para que 
informasen á Su Majestad, pasando después todo al Supremo 
Consejo de Castilla. 



El señorío envió como diputado en Corte al que lo era ge- 
neral D. Gonzalo de ligarte y Mallea, á implorar del rey el pleno 
iTeintegro de la inmunidad, la piedad en la corrección ó castigo 
|de las principales cabezas del motín y el indulto á los demás. 
JExpuso ligarte la evidente infracción del fuero y el proceder que 
'hubo en la ejecución de la Real orden, cuyo proceder poco co- 
rrecto originó las turbulencias. El Consejo informó y el rey 
mandó que, «atendiendo á los señalados servicios que tiene he- 
chos ese Señorio, y de presente hace y espera harán en adelan- 
te, como tan fieles y leales vasallos, he tenido por bien de man- 
dar... que ese Señorio goce de la paz y gobierno con que se ha 
gobernado y gobernaba antes que se enviasen las nuevas Órde- 
nes, cerca de lo tocante á la Sal, de 3 de Enero de 631, las 
quales, y las que después acá se han dado, tocantes á ella... que 
cesen, y que no se use de ellas en manera alguna.» 

Concedido un amplio indulto, se exceptuó sólo á unas cuan- 
tas personas. 

Así terminaron aquellas tristes y funestas turbulencias, pro- 
vocadas por la insensatez de un ministro y la facilidad de un 
pueblo en acoger interesadas y malas sugestiones. 

Se ha culpado, y en recientes publicaciones, de no pocas 
desgracias y desastres de Vizcaya, particularmente en los si- 
glos XVI y XVII á los escribanos, por el gran número de ellos; y 
como testimonio de mayor excepción, el mismo cronista de aque- 
lla provincia dice que «quizás las ruidosas y lamentables cues- 
tiones habidas por tanto tiempo entre la tierra llana y las villas 
y ciudad, se debieron en grandísima parte á los escribanos, que 
eran los que parecían tener el monopolio de la cosa pública. 
Asómbrase el que lee y estudia los acuerdos y cuentas del Se- 
ñorío al ver á los escribanos mezclados en todos los asuntos y 
monopolizando todas las comisiones, todas las diligencias y to- 
dos los oficios. » Llegó á formar un verdadero batallón de unas 
700 plazas, esta gente armada de pluma ; no pudiendo menos 
de ser exacto «que la sangre de los pobres se empleara sólo en 




530 VIZCAYA. 



engordar á los curiales.» Pero ¿qué dase social se ve£a 
libre de merecer los más severos cargos y más fuertes 
ras? Lo mismo que los tiempos, han variado las daaesjrlttr 
personas, mejorando en sus costumbres y condiciones, que ec- 
celencia es de la civilización de nuestros tiempos la condenadóo 
de la rudeza de los antiguos y la desaparición de privilegios dé 
castas y clases, á los cuales más que á su propio valer y mere» 
cimientos debían su poderío y prepotencia, empleados general» 
mente contra el débil ; de lo cual no se vio exenta Vizcaya, como 
no se veía ningún pueblo de España. Podrá, como creen algu« 
nos apasionados aún por lo antiguo, haber variado la forma de 
aquella preponderancia; pero sobre no haber distinción de da» 
ses, y siendo igual la justicia para todos, es hoy penable lo que 
antes era privilegiado. 






:^ .^ 



■\ 



CAPITULO VII 



Nuevos motines.— Sublevación. — Excesos.— Castigos.- Generosidad 



I 



/^ N los años de paz que disfrutó Vizcaya prosperaba su co- 
^^^ mercio y acrecentaba su riqueza, adquiriendo así tanta con- 
sideración y respeto que en la paz de Utrech entre España é 
Inglaterra (17 13) se consignó «y porque por parte de España se 
insta sobre que á los vizcaínos y otros subditos de S. M. C. les 
pertenece cierto derecho de pescar en la isla de Terranova ¡ con- 
siente y conviene S. M. Británica que á los vizcaínos y otros 
pueblos de España se conserven ilesos todos los privilegios que 
puedan con derecho reclamar.» En el convenio de arreglo de 
aranceles para el tratado de comercio, entre los mismos monar 



cas celebrado también en Utrech, se exceptúa de los derechos 
de entrada y salida, á los puertos de Guipúzcoa y Vizcaya, ú 
otros no sujetos á las leyes de Castilla. 

Nuevas turbulencias vienen á poco á dañar los sagrados in«i 
tereses que con la paz florecían. 

Al disgusto que causó á los vizcaínos la trasladación de la 
Aduana de Orduña á Bilbao, se añadió el que produjo la incon-í 
veniente conducta del administrador de la misma * y del codi-^ 
cioso é indecoroso modo de sus guardas que daba motivo á quí 
mis hijos habitadores de mi tierra llana del ¡nfanzonado se ma'* 
nifiesten ofendidos de que sus mujeres é hijas inmodestamente 
atropelladas con el prete.xto de ser registradas á la entrada 
salida en mi villa de Bilbao con sus verduras y demás viandaal 
que diariamente traen á vender á la plaza para el abasto.* As 
decía el corregidor de Vizcaya al dar cuenta al rey de aquellos 
sucesos, implorando su piedad y justicia tno debiendo persua- 
dirse que el Real ánimo de S. M. fuese exterminar vasallos tan 
leales.» 

A la vez que se denunciaban los anteriores hechos, exdta- 
dos los bilbaínos con el proceder de los aduaneros quienes aun- 
que cumplieran con su deber, quizá se excedieron en él, faltán- 
doles la prudencia necesaria en tales casos, produjeron riñas, 
pendencias, heridas, muertes y tumultos, que ya no se contu- 
vieron en cuestiones aisladas los exasperados vizcaínos. El 
tumulto produjo incendios (i) y excesos graves, que pocas ve- 
ces se contiene una conmoción popular, aun siendo justa, en los 
límites de la justicia. Las pasiones desbordadas son como las 
inundaciones; pero sin dejar como estas el limo que fertiliza los 
campos. 

Mal avenidos, pues, los vizcaínos con el planteamiento de 
las aduanas, como contrario á sus fueros, aunque favorable áíf 



(i) Antes quemaron los bcrmcanos el barco destinado á la guarda do U 
Aduana. 



VIZCAYA 



52^ 



SU industria y riqueza, y no bastándoles las anteriores escenas, 
se propusieron sublevar el país. Para alentar á los bilbaínos, 
acudió á la villa tumultuosamente la república de Begoña; no ha- 
llando al diputado general, que huyó por los tejados, saquearon 
su casa, robando alhajas, quemando papeles y cuánto encontra- 
ron ; ejecutaron lo mismo en otras casas principales; viéronse 
las autoridades desamparadas y sin fuerza, alentó esto á los re- 
voltosos para mayores excesos; ni los jesuítas eran respetados; 
se sacó en procesión el Santísimo Sacramento para ver de apla- 
car la ferocidad de aquellos desalmados, alentados por iracun» 
das mujerzuelas; mas ni esto les contuvo, «atropellaron con 
implacable furor y con tal desenfreno al P. Rector que tenía el 
Santísimo Sacramento, que sin duda hubiera sufrido un sacrile- 
gio y espantoso desacato á no haberse retirado y en comunidad 
con el desconsuelo que se deja ver» (i). Lo mismo sucedió á 
los PP. Agustinos; más afortunados los franciscanos impidieron 
algunos incendios, aunque no los actos de barbarie ejecutados 
en las personas de respetables clérigos, y sólo la noche dio va- 
gar á aquellos incendiarios, aun cuando no necesitaban la oscu- 
ridad para guardar lo robado. Sirvió esto sin duda de aliciente 
á otras repúblicas inmediatas y aun de la marina, para volver á 
Bilbao el día siguiente (5 Setiembre) cometiendo no menos ex- 
cesos y horrores que el anterior, y crueles asesinatos, cebándose 
con inhumana furia en el dignísimo é inocente diputado general 
D. Enrique de Arana, al que asesinaron lenta y villanamente 
después de haberle hecho salir del convento la multitud ofre- 
ciendo respetar su vida. Ni el sagrado de la iglesia era respeta- 
do por aquellas furias que dentro de la capilla de San Patricio 
del Convento de San Agustín arrastraron á D. Carlos Aguirre, 
que yacía mal herido, «y á un religioso, que por amor les pedia 
que le dejasen hasta el umbral de la puerta, para arrojarle á la 



(i) Relación de tos sucesos que tuvieron lugar en la villa de Bilbao y otros 
pueblos en 1718, á consecuencia de tumulto comunmente llamado Machinada 
para la extinción de las Aduanas. 



ria.» Se intentó por cuatro veces incendiar á San Agustín, se 
allanaron y robaron conventos, sin respetar el que fuera de re- 
ligiosas, y al irse retirando muchos aldeanos terminado el día, 
incendiaron muchos caseríos y posesiones inmediatasála villa (i). 

Empezaron entonces á armarse algunos vecinos ; volvió en 
sí el Ayuntamiento, y si bien eran ya muchos los daños causa- 
dos, pudieron evitarse mayores, porque era el plan de los aldea- 
nos para el día 6, saqueo general é incendiar á Bilbao por cua- 
tro partes y por el centro ; pero les impuso la actitud de los 
bilbaínos armados : sólo se permitieron algunos robar tal ó cual 
casa é incendiarla. 

Se formaron numerosas guardias en todas las bocas calles, 
avenidas y puertas, se colocó artillería en algunos puntos, y esto 
impuso. 

En Portugalete robaron y quemaron las casas de algunos 
vecinos; los de Busturia, Mundaca y otros, cometieron actos de 



(i) En un papel de aquellos días que tenemos á la vista, dirigido por O. Carlos 
de Soracoiz y Ayala i D. Nicolás de Ubilla, reCricndose á lo sucedido en Vizcaya 
se dice: «han entrado en conventos de monjas á quienes han atropellado y h<a 
sacado refugiados de ellas y los han muerto alevosamente, y asimismo ha habido 
hombres de estos asimilados á los gentiles que al P. Rector de la Compañía que 
llevaba el Santísimo Ic atropellaron y porque no se cayera el copón fué preciso 
que el compañero del Rector tomase en sus manos dicho copón, y finalmente son 
tantos los casos que es menester una resma de papel para relatarlos. Ea cuanto i 
lo que me dice Vmd. es tratarlo y mirar d este señorío con mucha honra y esa mc- 
rindad se porta con ells por estar prevenidos para esperar á todos los malvados 
que tuviesen atrevimiento de arrimarse y me parece muy bien que los esperen 
con fusilazos porque de otra suerte no se logrará nada con ellos, como consta de 
la experiencia que tenemos en esta villa, pues el día 4 y S tic' corriente hicieron 
lo que quisieron profanando templos y casas de santas religiosas, y el día 6 sali 
de San Francisco y toda la gente de orden de esta villa tomó las armas formando 
en cada calle su compañía y desde entonces no se han atrevido á cfccutar insolen- 
cias como los dos dias antecedentes, que si no hubiera tomado esta resolución 
toda la gente honrada conmigo á la hora de aora estuviera quemada toda la villa, 
que ojalá el primer día se hubiera tomado esta determinación, como yo lo vocea- 
ba y invitaba el dia 4 por la tarde en la lonja de la compañía y ha vista de que no 
querían seguirme me refugié en el colegio de la compañía y de alli me fui a Saa 
Francisco donde capitulé que habia de salir con mi fusil como todos los dcmla f 
habiendo salido se remedió lo que arriba he referido. Vmd. me mande lo que «ele 
ofreciere con la seguridad de que será obedecido con la mayor puntualidad. Guar- 
de Dios á Vmd. muchos años. Bilbao y Setiembre 1 a de 1 7 1 8. 



VIZCAYA 



'535 



feroz vandalismo en Guernica, hasta en el convento de religio- 
sas de Santa Clara ; corrieron después á Bermeo, donde em- 
plearon su cruel saña y aun en una señora que murió abrazada 
á su marido, arrojando sus cadáveres por la ventana, y arras- 
trando otros. 

Penetró la sublevación en Guipúzcoa cometiendo no menos 
punibles excesos, y con las armas de Eibar y de otros pueblos 
se armaron muchas gentes decididas á oponerse á las tropas 
reales que avanzaban. 

A castigar tamaños excesos acudió el general Loya con 
unos 3000 hombres, llevando fiscal y juez (i), que sentenciaron 
á pena de muerte, sufriendo la de garrote en la cárcel 16 reos, 
cuyas cabezas se colocaron en varios pueblos. 

Estas justicias no terminaron aquella situación verdadera- 
mente violenta para la provincia, hasta que al fin, buscando los 
medios de una avenencia equitativa, en junta general (1726) se 
transigieron todas las pretensiones que sobre intereses tenían 
contra los causantes y complicados en las turbulencias las perso- 
nas que daños sufrieron, y se pidió al rey el indulto (2) que con- 
cedió, aprobando además los capítulos estipulados en la junta; 
quedando así satisfechos los que habían sufrido daños en el tu- 
multo, los delincuentes perdonados y en libertad de volver á 
sus casas, el señorío repuesto en sus fueros, libertades y exen- 



(1) Temiendo el señorío las consecuencias, representó al rey suspendiera la 
ejecución de su real mandato y encomendara al mismo señorío cl restablecimien- 
to del orden y cl castigo de los delincuentes. 

(2) Se elevó una reverente súplica á S. M. diciéndolc el señorío entre otras 
cosas, que era importante acabaran de extinguirse los recuerdos y centellas de 
las infaustas turbaciones, que no pudieran renacer con los sollozos y continuas 
lágrimas de los que no podían dejar de estar bien castigados y escarmentados con 
muy cerca de ocho unos que padecían la pena de presidio, galeras y destierro, y 
el rubor de la fuga, desperdicio y abandono de sus casas y familias, con el temido 
amago y continuo sobresalto de la prisión y del castigo: se volvía á implorarla 
piedad del rey, remitiendo los desmerecidos ultrajes que tan indebidamente pa- 
decieron, y condonando los crecidos intereses de bienes incendiados; que aten- 
diera las penalidades con que los lastimados habían satisfecho á la suprema real 
autoridad y severa justicia de S. M. y se habían habilitado para soberana clemen- 
cia y real gratitud del piadoso indulto que esperaban. 



Vizcaya ante los franceses. — Puerto de la Paz. — Zamácola. 

Lucha entre el señorío y Bilbao. — Nueva sublevación y nuevos excesos. 

Knemiga de Godoy. — Invasión francesa. — Patriotismo y desconcierto. 

Excesos de los franceses guerrilleros.— Guerra civil 




y i'l dominar los franceses en el pasado siglo la provincia de 
j-^Guipúzcoa, quisieron enseñorearse también de la de Vizcaya, 
cuya Diputación acudió al rey en i6 de Agosto (17 19), el cual 
contestó á los cuatro días desde Inojosa, por medio de D. Mi- 
guel Fernández Duran, que le extrañaba mucho la conducta del 
mariscal imputando la guerra á caprichos del Ministerio, lo cual 
hacía apartar á S. M. de su libre y soberano arbitrio; que era 
acusación injusta el que se mandara despóticamente en España 
cuando era notorio en el mundo la constancia de S. M. en de- 
fender lo justo y conveniente á sus vasallos, exponiendo su real 
persona á los peligros y descomodidades de las campañas en 
defensa de su justa causa ; que también había extrañado 



á S. M. que el Mariscal hubiese hecho llamar á uno de la Di- 
putación para tratar con él de los intereses de la provincia, 
amenazando con las calamidades de la guerra si no condescen- 
día la Diputación, lo que se consideraba asimismo contra todas 
las reglas y prácticas de la buena guerra, pues nadie podía ig- 
norar que una provincia, donde el enemigo no tenía plazas ni 
tropas establecidas, ni podía, ni debía darle la obediencia, ni 
enviar diputado ni otro individuo á tratar con los enemigos de 
su legítimo soberano ; y aun cuando llegase el caso de que en- 
trasen en ellas algunas partidas ó destacamentos amenazando 
con hostilidades ó practicando algo para atemorizar, debía saber 
el Mariscal que tampoco bastaba esto para que una provincia 
abandonase á su soberano y se entregase á otro dueño, y sí 
sólo para que los lugares más expuestos á la extorsión se com- 
pusieran violenta y temporalmente con los jefes militares ó con 
el intendente del ejército enemigo mediante alguna moderada 
contribución ó en otra forma, como quien se sujeta á padecer 
algún daño para evitar otro mayor, todo lo cual no podía igno- 
rarlo el Mariscal sabiendo que deben excusarse las hostilidades 
á los pueblos cuando éstos no cometen acción que pueda justa- 
mente excitar la ira á los enemigos; que si á pesar de esto ex- 
perimentase Vizcaya las extorsiones con que se les amenazaba, 
tomaría S. M. las resoluciones convenientes para el desagravio 
de sus vasallos por medio de las represalias y otros actos que 
no se podría negar la justicia de S. M. aunque los había de sus- 
pender y prohibir hasta entonces sin permitir se hiciera á los 
pueblos de Francia daño alguno ni por mar ni por tierra, no 
obstante la injusta y sangrienta que le hacía el Duque Regente; 
antes bien les había dejado el libre comercio en sus dominios por 
el amor que S. M. conservaba á la nación francesa, facilitando 
sus conveniencias en todo aquello que no se opusieran á las de 
sus fieles vasallos que merecían siempre la primera atención 
de S. M.: de todo lo cual deducía que eran remolos los motivos 
que pudiesen obligar á la Diputación á obedecer á los enemigos 



y que por consecuencia tampoco debía enviar diputado ni otra 
persona alguna á tratar con ellos; que al tener el Mariscal pre- 
sentes los mencionados motivos así como el celo y la constante 
fidelidad de la Diputación á su dueño legítimo, hubiera excusa- 
do el Mariscal su solicitud, sabiendo además el amor y confian- 
za que debía Vizcaya á S. M. 

No consta que se sometiera esta provincia como se some- 
tieron las de Guipúzcoa y Álava. 

Decretado por las juntas generales que se construyese un 
puerto libre en la anteiglesia de Abando, se opusieron tenaz- 
mente Bilbao y el consulado de comercio, suscitándose un rui- 
doso pleito, defendiendo los de Abando los derechos del seño- 
río y las atribuciones de sus juntas, y sosteniendo los bilbaínos 
los intereses de la villa, que consideraban destruidos por los de 
la república vecina. 

No se esgrimieron seguramente en este asunto armas de 
buena ley; porque nombrado por el gobierno del señorío para 
que le representara en la corte y le defendiese á D. Simón Ber- 
nardo de Zamácola, alcalde del fuero de la merindad de Arra- 
tia, de talento y patriotismo, tales intrigas contra él se tramaron 
que al llegar á Madrid fué encerrado en la cárcel por secreta 
delación, incomunicado y sin la menor noticia de su proceso. 
Prendióse también á algunos de sus amigos de Bilbao, acusados 
todos de que en una posada de Orduña ó inmediata habían re- 
cibido, al ir Zamácola á Madrid, importantes pliegos de D. Ma- 
riano Luís de Urquijo, para darles el curso que en la delación 
suponían ; pero como Zamácola ni había recibido tales plie- 
gos ni pasado por Orduña, pues fué por el valle de Arratia á 
Ochandiano, se probó la falsedad de la acusación y la inocencia 
del acusado (i). 



(i) Aunque se mandó la averiguación del falso delator, se opuso el noble 
Zamácola, que al presentarle la delación exclamó suspirando: «¡Ahí... yo le per- 
dono... ha sido amigo mió... le he querido mucho... demasiado tendrá que sufrir 
con los remordimientos de su conciencia, pero cortaré todo trato con él.» 

67 



5r> 



VIZCAYA 



La injusta persecución sufrida por Zamácola le granjeó las 
simpatías del gobierno y favoreció la causa que defendía, que 
no informaban en favor de la contraria los malos indicios que 
algunos al menos empleaban. El puerto de la Paz, que así se 
bautizó el que debía construirse en Abando, con absoluta inde- 
pendencia de Bilbao y de su consulado, se decidió por el Con- 
cejo de Castilla en pleno y aprobación del rey. 

No podían conformarse los bilbaínos con esta resolución 
que suponían arruinaba su querida villa; agitáronse aún más los 
ánimos, acudieron con nuevas súplicas al soberano, obtuvieron se 
mandase reconocer por otras personas facultativas los planos del 
nuevo puerto; el Señorío se opuso á esta suspensión de la obra 
exponiendo al rey los inconvenientes que producía, no siendo el 
menor el desprestigio en que quedaban las juntas forales y los 
derechos del Señorío; mas impacientes sus contrarios, antes de 
que llegara la contestación de Madrid apelaron al supremo y 
funesto recurso de las revueltas. Vecinos de Abando y Begofia, 
aunque arrendatarios de los de Bilbao, bajaron en tropel y como 
impetuoso torrente (i6 Agosto 1804) á Bilbao, gritando t mue- 
ra Zamácola, el corregidor, el consultor, los diputados genera- 
les, todos los zamacolistas ! » No había ejemplo de sublevación 
parecida, de tamaño desacato á sus principales autoridades fo- 
rales, á los padres de provincia. A estas turbas se juntaron los 
de Bilbao y algunos de Deusto y Baracaldo; fueron en busca 
de Zamácola que pudo huir á Dima , su pueblo, y por no com- 
prometer á los arratianos, resueltos á defenderle, se marchó á 
Echarriaranaz, Navarra: corrieron los sublevados á Dima, y no 
hallándole allanaron su casa, recogieron sus alhajas y efectos, y 
lo entregaron todo en Gucrnica á la junta revolucionaría allí 
constituida. 

Como si no bastaran los gritos que sirvieron de bandera á 
aquella sublevación, se amplió su objeto t á castigar á todos los 
que habían dispuesto en las juntas generales armar á todo el 
país, y, convertido en compañías de soldados, entregarlo á los 






w. 






generales de los ejércitos del rey.» Arrestaron al corregidor 
Pereyra, á los diputados generales, al secretario general del Se- 
ifiorío, nnaltrataron al consultor Aranguren y á su segundo Albo- 
niga, prendieron á otros, allanaron varias casas y se entregó 
aquel desenfrenado populacho á los más criminales y punibles 
excesos, entretenido en ellos algunos días. 

El gobierno acudió á remediar aquel desorden, enviando á 
Bilbao un ministro togado del Consejo real con tropas. Su ines- 
perada presencia en la villa aterró á los sublevados. Así pudo 
más fácilmente restablecer el orden é imponer severos castigos, 
que se cumplieron. Entre otros fueron condenados á extraña- 
miento de Vizcaya el ex ministro Urquijo, y Mazarredo, capitán 
general de Marina. 

Empeñado Zamácola en su propósito que consideraba be- 
neficioso para los intereses de Vizcaya, aunque no tanto para 
los de Bilbao, á pesar de que pudieran armonizarse, volvió á 
Madrid acompañado del consultor Aranguren, á fin de obrar de 
consuno para vencer los obstáculos que se oponían á la ejecu- 
ción del puerto de la Paz; pero, ya se ha dicho, aquellos parti- 
darios ardientes de la libertad de Vizcaya, pudieron ver con sus 
propios ojos que en la corrompida corte de Carlos IV no se tra- 
taba ya tanto de llevar á efecto la ejecución del puerto de Aban- 
do, como de arrancar de cuajo el árbol secular de las libertades 
vascongadas, t Los trabajos y desvelos de estos dos buenos pa- 
tricios y las aflicciones que con tal motivo sufrieron, no se pue- 

en referir». Mostróse infatigable, sobretodo para desvanecer 
en Godoy las prevenciones que tenía contra las provincias vas- 
congadas y muy especialmente contra Vizcaya; por saber que 
algunos y muy importantes vizcaínos simpatizaban con los fran- 
ceses y habíanseles mostrado muy amigos en la campaña 

e 1795 (O- 



(i) Así pudo escribir Monsey que «-las poblaciones de Vizcaya y Álava hablan 
recibido á sus soldados como á verdaderos hermanos y amigos, observándose 
que prestaban sus servicios con lealtad y franqueza.» 



Esmerábase Zamácola en desvirtuar estas prevenciones, 
que eran mayores que sus constantes y celosos afanes, y al ver 
la poca eficacia de estos, es fama que al volver desalentado á 
su casa, dejábase caer exclamando: * Vizcaya, ya acabaron tus 
días. Tus mismos hijos te dan la muerte. Yo no quiero sobrevi- 
vir á tu desgracia » . Y no sobrevivió mucho tiempo : trastornada 
á veces su razón, enfermo, no pudo ocuparse más de su desea» 
do puerto de la Paz, del que apenas volvió á hablarse. 



u 



El triunfo obtenido por ]as armas españolas en Bailen alen- 
tó á los mal avenidos con la dominación francesa en Vizcaya, 
alborotóse el pueblo, se impuso, se adhirió Bilbao con entusias- 
mo á la causa nacional, se constituyó una junta suprema de 
Gobierno, que estimuló el armamento general ; pero se compo- 
nía aquella corporación de elementos algo heterogéneos, dis- 
traíanla de sus patrióticas ocupaciones las inconvenientes exi- 
gencias de los partidarios de que se restituyese á la Diputación 
foral el pleno de sus atribuciones, produjo todo choques y de- 
fecciones, y tuvo que restablecerse á poco la Diputación en sus 
funciones normales, á pesar de la fuerte oposición que hicieron, 
fundados en justos y patrióticos motivos políticos y militares, al- 
gunos vocales de la Junta, además del comisario inglés que se 
había presentado con una escuadrilla, conduciendo abundantes 
armas, municiones y recursos para proteger y secundar la organi- 
zación de la defensa; todo fué inútil. La Diputación, aunque ani- 
mada de los mejores deseos, había producido ya lamentables 
divisiones; obró con precipitación, aturdimiento y desconcierto; 
en el cuartel general de Orozco, donde habían de reunirse los 



VIZCAYA 



533 



1 4,000 hombres alistados, no se establecía la organización, ni 
la disciplina; conocía la Diputación lo falso de su posición; pero 
confiaba en el apoyo del ejército de Asturias y Galicia. 

José Napoleón, en tanto, había llegado á Miranda de Ebro; 
el movimiento de Bilbao le apenó y contrarió (i); dictó ordenes 
enérgicas para sofocarlo á todo trance, marchó á conseguirlo 
una división francesa, venció en el Puente Nuevo la valerosa 
pero mal organizada resistencia de los bilbaínos, y la entrada 
de los vencedores en la villa (16 Agosto) fué un día de saqueo, 
de sangre, de horrible duelo. El rey José dijo en su parte que 
Bilbao «había recibido una terrible lección, costándole su rebel- 
día la sangre de i 200 personas » . Con tal y tan cruel saña pro- 
cedieron los franceses. No se había dado motivo para cometer 
tamaños excesos ; pero la imprudencia de un patriota de poco 
juicio excitó la cólera y el espíritu de venganza del general 
francés. 

Reunida en Bilbao la Junta general del Señorío bajo la pre- 
sidencia del general Mazarredo, que había acudido solícito á la 
villa, á remediar los males posibles, ofreció en nombre del nuevo 
rey libertad de las industrias terrestres y marítimas, y otras liber- 
tades, que se concedían á la vez á toda la nación, pues no había 
de consentir en España la existencia de tiranías, abusos y ver- 
güenzas políticas y aun sociales que humillaban al individuo sin 
enaltecer á sus dominadores, y juraron todos los diputados viz- 
caínos amor, obediencia y fidelidad al rey José Napoleón, jurán- 
dole como su señor. 

Desalojada al mes la corta guarnición francesa de Bilbao por 
la división del marqués del Portazgo, tuvo ésta que seguir á 
poco el movimiento general de retirada, abandonando la villa 
<jue ocupó con poderoso ejército el mariscal Ney, encontrando 
vacío el pueblo, cuyos vecinos temiendo la repetición de los ho- 



(i) Confiaba, según le habían asegurado los viícainos, el Kcnernl D. José Do- 
mingo Mazarredo y D. .Mariano Kuiz de Urquijo, ambos ministros del nuevo rey, 
en que Vizcaya permanecería adictaó sumisa á los franceses. 



S3-1 



VIZCAYA 



rribles excesos anteriores, huyeron despavoridos. Para que re- 
gresaran, publicó Ney un bando en el que daba 24 horas de 
término para que los vecinos volvieran á sus casas, amenazan- 
do en caso de negativa con el saqueo de la villa. Volvieron 
muchos y se abrieron la mayor parte de las tiendas. 

Simultáneamente ocupada Bilbao por franceses ó espartóles, 
derrotados estos en Zornoza, y aquellos poco después en los 
campos de Valmaseda, dejó de ser Vizcaya teatro de operacio- 
nes de considerables ejércitos para serlo de hazañas de guerri- 
lleros, como el desgraciado Echavarri, D. Juan de Aróstegui, 
jefe de los bocamorteros con los que alcanzó grande y merecida 
fama, y algunos otros que guiaban paisanos ó francos, cuyo 
cuerpo no llegó á reglamentarse por completo. 

Llegó á instalarse en Vizcaya la Junta patriótica, reunién- 
dose en Orduña, formáronse tres batallones de i 200 hombres 
cada uno, mandados por D. Mariano Renovales, se formaron 
nuevos focos de insurrección, operóse con éxito ayudando al- 
gunas fuerzas marítimas inglesas, conquistó Jáuregui (el Pastor) 
la villa de Lequeitio, obtuvo Longa otros triunfos, y el avance de 
Porlier obligó á los franceses á evacuar á Bilbao, volviendo á 
ocuparle después de los rudos y encarnizados combates soste- 
nidos en Bolueta: el interés de los invasores de atender á San- 
toña les hizo abandonar de nuevo á Bilbao, que celebró con 
grandes regocijos su libertad, reunió sus juntas, publicó con 
toda pompa la Constitución y se atendió á cuánto la defensa del 
país exigía, encomendada con la presidencia á D. Gabriel Men- 
dizábal, general en jefe del séptimo ejército. 

No pudo impedir que otra vez ocuparan los franceses á Bil- 
bao, constantemente asediada desde entonces por los vizcaínos, 
y aun invadida momentáneamente como lo fué el 8 de Enero y 
10 de Mayo (1813); hubo reñidos encuentros en Ceberio, 
Marquina y Guernica, y cuando se iba organizando tenaz y bien 
combinada resistencia, abandonaron los franceses la provincia y 
España. 



V I Z C A YA 



537 



vascongado, á Navarra y á la Rioja, aprovechando en todas 
partes la impericia del gobierno, que trató á poco de recuperar 
el tiempo perdido, mas lo hizo de mala manera. 

El general Sarsfield arrollando á todos los realistas de Cas- 
tilla la Vieja que mandaba el cura Merino, haciendo huir des- 
pavoridos á los alaveses, posesionándose fácilmente de Vitoria, 
en la que se detuvo sin necesidad dos días, siguió á Bilbao por 
Durango, para acabar con la insurrección en Vizcaya con la 
misma facilidad que en Álava. 

La junta carlista de Vizcaya mandó temerosa reconcentrar 
las fuerzas á las inmediaciones de Bilbao, saliendo de la villa 
Zabala á ponerse á la cabeza de los carlistas para infundirles la 
confianza que ya perdían, desertando unos en pelotones, reti- 
rándose otros á ocultarse al abrigo de las montañas, ó á escon- 
derse en los barrancos, siendo tal el pánico que se introdujo, 
que en vano apelaron Zabala y la Junta á todos los medios po- 
sibles, invocando los fueros y la religión, palabras que les llena- 
ban antes de entusiasmo. Todo fué en vano; el desaliento era 
profundo, general el desorden. Rotaeche y Urquiju no secunda- 
ron los denodados esfuerzos de Zabala, que, incansable, comi- 
sionó á varios oficiales para que al frente de los menos temero- 
sos, reclutaran jóvenes, recogieran las escondidas armas y 
reanimaran el espíritu público. Sólo unos 200 hombres perma- 
necieron en Ermua y sus inmediaciones retenidos por su honor. 

Los tres batallones que quedaron en Bilbao la abandonaron 
en cuanto supieron la aproximación de Sarsfield, que entró al 
día siguiente concediendo indulto general á los que en el tér- 
mino de I 5 días depusieran las armas. 

El jefe liberal obtuvo fácilmente un triunfo no disputado. 
Destruyó en su paseo triunfal desde el Ebro al Nervión los prin- 
cipales focos del carlismo ; pero parecía que lo que á su frente 
se destruía, anhelaba se organizase á su espalda, pues al entrar 
en Durango, el alcalde á quien entregaron muchos carlistas sus 
fusiles le preguntó : 



68 



5í8 



VIZCAYA 



— ¿Qué hago, general, con estos fusiles? 

— Cuidarlos — le contestó. 

— No tengo tropa: le ruego me deje un batallón para guar- 
necer la plaza. 

— No, ni una compañía — le replicó Sarsfield. 

Quedaron allí abandonadas las armas; otras las escondieron 
sus dueños; así que, cuando Sarsfield regresó de Vizcaya, vol- 
vieron muchos á empuñarlas, se obligó á que lo hicieran otros, 
se puso la Diputación de acuerdo con Zumalacarregui que ya 
empezaba á distinguirse en Navarra y se fué organizando la 
guerra civil que duró 7 años. No ayudaron poco los desaciertos 
del gobierno y la impericia de algunos generales. Narrados es- 
tán estos hechos, que ni aun en extracto podemos presentar 
aquí, porque excedería su narración á los límites de que dispo- 
ner podemos, y á su historia nos remitimos. Sólo diremos res- 
pecto á Vizcaya, que fué teatro de muy reñidos encuentros, que 
su capital sostuvo tres sitios, inmortalizándola el último del que 
la salvó su constancia y Espartero en la memorable batalla de 
Luchana. Es tanto más de admirar el heroísmo délos bilbaínos, 
cuanto que basta ver la posición que ocupa Bilbao, rodeada de 
montañas, en las dos terceras partes de su perímetro, para com- 
prender hasta qué punto tuvieron que emplear aquella virtud, 
tanta constancia, tanta privación, tanto sufrimiento para que los 
carlistas no se apoderaran de la invicta villa por ellos tan codiciada. 

Nuevas vicisitudes producidas por cuestiones políticas, expe- 
rimentó después de terminada la guerra civil ; emprendió otra 
en 1872, concluida á poco por el tratado de Amorevieta; de 
este mal apagado incendio renació el fuego de la última lucha, 
que si no duró tanto como la primera, no fué menos considera- 
ble é imponente : volvió su suelo á ensangrentarse ; las lade- 
ras del Ciérvana, del Montano, de las Carreras y de Abanto, 
presenciaron los combates más sangrientos que se han librado 
en toda la guerra; también Bilbao sostuvo empeñado sitio y te- 
rrible bombardeo, sufrido con la ya proverbial constancia y pa- 



VIZCAYA 



539 



triotismo de sus liberales habitantes; y el restablecimiento de la 
paz restauró las ruinas, y devolvió á la invicta villa el movimien- 
to comerciad que la distingue y la honra, que la coloca en un 
lugar preeminente y merecido, como he tenido ocasión de cono- 
cerlo, apreciarlo y admirarlo. 







'^sj' 



CAPITULO TX 

Vizcaya artística. — Bilbao. — Iglesias , edinctos civiles , paseos. 
Kl Puerto y la Ría 



I 



pife.; 



^j L primer deseo del viajero que llega á Bilbao, es el de ir á 
^^-^ias Arenas, á Portugalete y á las minas. El trayecto á cual- 
quiera de estos sitios no puede ser más encantador. 

En el pequeño espacio que media de Bilbao á las Arenas 
(unos 14 kilómetros), recréase la vista con los más bellos pano- 
ramas, y aliméntase la imaginación con los más interesantes he- 
chos históricos y novelescos. 

Antes de salir de la invicta villa, junto al hermoso y aban- 
donado palacio de Quintana, existió el convento de San Agus- 
tín, que conquistó imperecedero nombre en la guerra de los siete 



54' 



VIZCAYA 



años, en la cual adquirieron no menor celebridad el puente y 
campo de Luchana, los altos de San Pablo, de Cabras, de Ban- 
deras y de Aspe; y muchos de los caseríos, en los que apenas 
repara el viajero, han sido teatro de conmovedoras y dramáticas ] 
escenas. 



■iteí 



»Q^ 



L-í.Vl- 



ij)»/ 



I 



BILBAO. — Palacio de Quintana 



El Arenal, que así se llama uno de los más cómodos y her- 
mosos paseos de Bilbao, era en lo antiguo, como su nombre 
indica, un campo de arena, erial ó más bien fangoso, cubierto 
por las aguas de pleamar, que hasta la villa y más allá llegaba 
y llega la creciente. El casco de Bilbao era pequeño y murado, 
y fuera de las murallas formáronse los barrios de Ascao y San 
Nicolás, no habiendo noticias de que se edificara en lo que es 
hoy paseo, sino que encauzadas las aguas del Nervión quedó li- 
bre de la inundación de las mareas ese extenso espacio que se 
convirtió después en alameda, sufriendo no pocas variaciones y 



541 



T I Z C A Y A 



un espantoso huracán en Julio de 1851. E^e bello paseo es un 
gran respiro para los apiñados pobladores de la vQla, que en la 
mayor parte de sus calles carecen de luz y de aire ; de lo que 
puede convencerse el que recorra por la calle de la Ronda, los 
Cantones, etc. El gran salón, en un tiempo alumbrado con luz 
eléctrica, los corpulentos árboles que le adornan y forman her- 



^^:; 



■t»-3 



*••>%*- i 



U 



-^ 



LU-i^-"" 



yj^ 



BILBAO.— Campo ce VolantIw 



mosas calles, cubiertas con las ramas de los árboles que se en- 
lazan, las lindas plazas circulares, teniendo una en medio un pre- 1 
cioso estanque con caprichosos surtidores, que elevan el agua 
á 20 pies de altura, y otra un kiosco para música, la cual ame- 
niza á veces las horas de paseo, la variedad de arbustos y flores 
que adornan y matizan este predilecto sitio de los bilbainos, jus- 
tincan la fama del Arenal. Lleno de cómodos asientos, hacen allí 
agradable la estancia y muy entretenida en la calle paralela al 
río, frente á la cual atracan los vapores que navegan de Bilbao 







■< 

u 

I 

ó 

•<< 
ffi 

-1 



^ 



546 



VIZCAYA 



á Santander y vice-versa, y la mayor parte de los buques que 
conducen mercancías. 

El campo de Volantín es otro paseo, grande y hermoso á| 
orilla de la ría, con vistas encantadoras. En su principio, ostenta, 
como se ve en la lámina, una serie de elegantísimos hoteles, con 
jardín por delante, formando una de las calles más lindas de 
Bilbao, por la que pasa el tranvía á las Arenas; y entre esta 
calle y la ría, corpulentos y altísimos árboles trazan frondosas 
alamedas, en algunas de las cuales impiden penetren los rayos j 
del sol las entrelazadas ramas de las hayas, álamos, robles, fres- 
nos, arces, acacias y tilos. 

Á continuación de estas alamedas hay lindos jardines á la 
inglesa, extensos parterres y frondosas arboledas, formando ' 
todo un paseo que empieza en el Arenal y acaba en la Salve; 
unos dos kilómetros. 

Dando frente al salón del Arenal, se ve la poco artística fa-] 
chada de la iglesia parroquial de San Nicolás de Barí, erigida á 
fines del siglo .\v sobre las ruinas de la ermita que bajo la mis- 
ma advocación de aquel santo e.xistió en el propio sitio para que I 
no carecieran de culto los marineros y pescadores que poblaban 
el arrabal de San Nicolás, extramuros de la villa. 

Mucho sufría ésta con las inundaciones; fué memorable la I 
del año 1553, que arrasando las casas de calles enteras, causó 
grandes desperfectos en este templo, que se hubiera cerrado al 
culto sin los donativos del acaudalado comerciante Juan de Ben- 
gochea, enterrado entre el altar mayor y el colateral del lado 
del Evangelio; pero mal restaurado y amenazando inminente 
ruina, hubo al fin de cerrarse al culto en 1 740, por carecer. 
el Municipio de fondos para las grandes reparaciones que el 
templo exigía, hasta que por acuerdo general los dineros que 
se habían reunido para construir una Casa de Misericordia de 
que se carecía siendo tan indispensable, se dedicaron á la recons* 
trucción de San Nicolás, ayudando los capitales que á censo te- 
nía. No bastando aún lo que á los pobres se quitaba, se crea- 



de 1756 se trasladó con gran pompa el Santísimo Sacramento 
desde la iglesia de Santiago, quedando la de San Nicolás abier- 
ta para el culto público. Concedió el Gobierno se celebraran en 
la plaza principal corridas de toros de Castilla y Salamanca, en 
los días 19, 20 y 21 del mismo mes de Agosto, con otros fes- 
tejos verdaderamente espléndidos, que á presenciarlos llevaron 
á Bilbao multitud de forasteros, y cuando todo terminó, el pue- 
blo cantaba por las calles unas canciones que terminaban con 
este estribillo: 



Adiós, toros y toreros, 
adiós, fiestas sin igiial , 
ya no queda más recuerdo 
que la Plaza y Arenal. 



En este templo se celebraron las famosas juntas generales 
extraordinarias (18 12) en medio del mayor entusiasmo, no bas- 
tando su capacidad al público que ansiaba presenciar las delibe- 
raciones, y que recibió con el mayor entusiasmo la proclamación 
del Código Gaditano. 

Durante las dos guerras civiles sirvió San Nicolás de parque 
de artillería y almacén de pólvora y proyectiles, hasta que 
en 1879 se construyó el Parque en San Francisco, se devolvió 
la iglesia, sufriendo importantes reparaciones, y se abrió al culto 
con gran solemnidad el 2 1 de Enero de 1 88 1 . 

Fundada Bilbao el año de 1300, no se hallan en ella monu- 
mentos anteriores á aquella fecha, y los de la posterior no son 
notables sino por los recuerdos históricos de algunos. 

Debemos hacer una excepción á favor de la iglesia de San- 
tiago, cuya existencia se. supone antes de la fundación de la vi- 
lla, porque de ella, así como del puente viejo de San Antón, se 
habla en antiguos documentos. Mucho dice en favor de aqud 
templo el gótico purísimo de la construcción que se tiene por 
primitiva; pero se amplió hacia 1379, el incendio de 1571 que- 



mó sus naves laterales, quedando sólo en p¡é la principal y la 
torre de las campanas ; en 1650 se le añadió una malísima fa- 
chada de cuatro columnas dóricas de mármol de Mañana; se 
efectuaron después otras construcciones ó reparaciones; se edi- 
ficaron en el siglo pasado el coro y el presbiterio, y en medio 
de la mescolanza de estilos que ostenta el templo, se distingue 
la pureza y elegancia de las columnas, de los andenes y ojivas 
de la obra antigua que armonizan mal con las pesadas pilastras 
y follajes de la moderna. 

Las tres espaciosas naves de que consta esta iglesia están 
sostenidas por seis pilares: muchas de sus trece capillas osten- 
tan hornacinas góticas. El frontal y el tabernáculo son de plata; 
la custodia rica por la profusión de pedrería, notable por su al- 
tura, 6 pies, es obra preciosa y de gran paciencia. 

La iglesia de S. Antonio Abad se construyó sobre loscimieo^H 
tos del antiguo alcázar de Bilbao, á principios del siglo xv. Es^^ 
graciosa y elegante la decoración de la puerta de ingreso, del 
renacimiento; faltan algunas estatuas y no pocos detalles, bár- 
baramente destruidos. 

La parroquia de los Santos Juanes, colegio antes de jesuítas, 
sin ser una obra notable, está bien entendida. Su fachada de 
cuatro columnas dóricas, de piedra, empotradas con su cxjrress 
pondiente cornisamento, hace buen efecto. 

Si nada más hay que admirar respecto á templos en 
invicta villa, aunque admiración no cause, es más que nota- 
ble el Hospital civil, por lo suntuoso de su fábrica, de piedra 
sillería, si bien, higiénicamente considerada su distribución, 
deja mucho que desear. Hospicio de peregrinos en el siglo xv, 
se amplió y mejoró á principios del xvi, y se hizo de nuevo 
en el presente bajo la dirección y planos de D. Gabriel Benito 
de Orbegozo, á costa del vecindario, siempre generoso y cari- 
tativo. 

Constituyen la fachada principal cuatro columnas dóricas de 



32piésdealtiira,ooosnooraBaiBCBCo(i),y porremateel escudo 
de armas de la vSa. El «fi<kk> ooosta de cuatro cuerpos, que le 
dan on aspecto eartraflo. Sa capacidad es grande y los enfermos 
recSieo fsiiiriad a asisten c ia . 

El liroituto , situado donde estovo el antiguo convento de la 
Cruz, regalado por la reÍBa á la p rov Í D cia , empezó á construirse 
en 1 844. Su fachada de orden jómco, es severa y elegante á la 
vez. Para obviar los i ncoaie ni entes del terreno, da acceso al 
rdMiiii,» una gran escalera, que se dK-íde en dos aachos tramos, 
qoe van á «•f»«M'fcTÍr en ana piataíoroia con su barandillaje de 
piedra. Desde esta meseta se penetra en el Instituto, en el que 
hay on d^pnte salón de actos. Todas sus dependencias están 
bien distriboídas. En la planta baja hay la capilla, museo de 
pinturas, bíblioceca, rscoHa pública, etc., y en la principal las 
cátedras, gabinetes de física é historia natural, sala de recepción 
y oficinas. En una extensa huerta, hay jardines, gimnasio, juego 
de pelota y otros. 

La plaxa Nacva y los tres puentes son las construcdones 
más notables de Bilbao, que carece de grandes ediñdos públicos. 
Adornada la primera con bellos jardines, en los que crecen 
lozanas y corpulentas magnolias, hermosos naranjos, grandes 
acacias de bola y \'ariedad de plantas, ocupa el centro una mag- 
nífica fuente de juegos de aguas, con 18 surtidores y uno más 
en la cúspide, que arroja aquella á 25 pies de altura; reco- 
giéndose todas las aguas en un tazón superior que formando 
un hermoso &nal, las deja caer sobre otro mayor, desde el que 
se desprenden al gran receptáculo inferior. 

Ocupa toda la plaza un espado de 234 pies de largo por 196 
de ancho. Rodéanla anchos y por la noche bien alumbrados so- 
portales compuestos de 64 arcos con 66 columnas dóricas. Todo 
el caserío está construido con hermosa piedra sillería. Se comen- 
zó á edificar la Plaza el 31 de Didembre 1829 y se terminó el 

(1 ) Encima se ostenta un tarjetón con estos Tersos : 

Entcrmos que gemís en la indigencia 
aquí hallaréis solicita asistencia 



556 



Z C A Y A 



mismo día de 1849. En ella.se han celebrado vistosas fiestas, y 
cuando la visita á Bilbao del rey D. Amadeo en 1872, se convir- 
tió la plaza en un estanque, surcado con góndolas á la veneciana.J 



;;*'' 



BILBAO.— Plaza Nieva 



i 



En el centro de uno de sus lados, armonizando con las casasJ 
está la de la Diputación general, que no se distingue seg^ra-j 
mente por sus proporciones artísticas, ni por su comodidad in* 
terior; y aunque el salón de sesiones es elegante, no corresponde] 
sin embargo á la importancia de la corporación provincial. 

Su fachada, como representa la lámina, la forman cuatro 
pilastras jónicas, sosteniendo su correspondiente cornisamento 
ático, en cuyo centro hay un buen reloj de esfera transparente. 
Sobre el sotabanco que corona el frente descansa el escudo deJ 
armas de Vizcaya. 

Reconocida por la Diputación la deficiencia de este edificio, 
va á construir otro en el ensanche. 



558 



VIZCAYA 



Respecto á puentes desapareció el llamado Viejo unido á la 
torre de la iglesia de San Antonio Abad, y se construyó el 
Puente nuevo de San Antón, que hemos presentado más ade- 
lante. 

Al arquitecto D. Antonio de Goicoechea se debe el puente 
colgante que vivió 22 años sin alteración sensible, hasta que 
en 1 85 1 fué sustituido con uno de alambre, que ya no existe. 

El actual de Isabel II ha sustituido también á otro del mismo 
nombre. Autor del proyecto y director de la obra el ingeniero 
de caminos D. Adolfo de Ibarreta; la belleza de la misma, lo 
atrevido de sus arcos y lo magnífico del conjunto revelan la in- 
teligencia y el buen gusto de su distinguido autor. 

El no menos ilustrado ingeniero D. Pablo Alzóla proyectó 
y construyó el elegante de San Francisco, de hierro, á cuyo 
puente sirve de acceso por la parte de la Ribera una bonita es- 
calinata de dos tramos, lo cual impide sirva para el paso de 
caballerías y carruajes. 

El antiguo convento de frailes, titulado de San Mames, si- 
tuado en una bellísima altura á la izquierda de la ría, y desde 
cuya eminencia se dominan las hermosas vegas de Abando. 
Deusto y dilatado espacio, sirve hoy de Asilo de pobres ó casa 
de Misericordia. Sin otros bienes que la generosa y espléndida 
caridad del vecindario, sostiene á cerca de quinientos asilados y 
ascienden sus gastos anuales á más de 200,000 pesetas. 

En Bilbao, sin embargo, todo es secundario ante el puerto 
y su ría. Fundada la villa en una pequeña barriada de la ante* 
iglesia de Begofta, á orilla del Nervión , á 1 4 kilómetros del 
mar, reunía siempre e.\celentes condiciones para ser un puerto 
productivo y seguro. Ya se llamaba puerto de Bilbao al otorgar 
el de Haro su carta puebla, en la que consignó que ni su puer- 
to de Portugalete, tnin en la barra, nin en toda la canal que 
non haia precio ninguno de nabe, nin de bagel que vengan ó 
salan del Logar, cargados con sus mercaderías et mostrando 
recabdos que vienen á esa villa de Bilbao ó van de ella.» 



560 



VIZCAYA 



La barra y la falta de encauzamíento de la ría eran un 
grande obstáculo para la navegación , que procuró ir facilitando 
el Consulado de Comercio, el cual adquirió importancia y crédito 
en tiempo de los Reyes Católicos. Se proyectaron muchas obras, 
se hicieron algunas, inclusos los muelles de Portugalete y las 





- 








»4fc 1 






H^' 


S^^i^-Qj^fattli^ 




m 


^^^ 




■H 


1^ 



BILBAO. -San Ma.mís 

Arenas; pero no remediaba esto el mal estado de la barra y de la 
ría, que sobre dificultar la navegación causaban averías y desgra- 
cias. Se crearon arbitrios para atender á las obras necesarias, y 
aquel Consulado, años antes modelo, evidenció en ocasiones, tener 
una organización administrativa deplorable; sólo dedicaba para 
aquel importante objeto poco más de un 6°/^, mientras que en 
salarios de jueces, escribanos, tesorero, procuradores, agentes, 
misas, etc., etc., se invertía lo restante (i). Fueron remedian- 



(1) «En los expresados 17 años (1613 i 1670) los arbitrios que recaudo el 
Consulado produjeron un total de 0.417.S07 mrs. y lo que de ello se scpsrO p«r« 
atender á las obras de la ria y barra fué 591,006 mrs.» {Memoria sol» e l»t otra 
de la ria, ele, por el Sr. Ciiurruca.) 



dose estos vicios de administración; al mejorar ésta se atendía 
más á las importantes obras que tanto afectaban al comercio de 
Bilbao y á la construcción de buques, en la que tanto se distin- 
guían los constructores bilbaínos; se fueron prolongando los mue- 
lles de Portugalete y las Arenas (Mojijonera), que daban admi- 
rables resultados, se acometió en i 753 la grande obra del muelle 
de la Benedicta y el correspondiente de la margen derecha, 
cada uno de los cuales pasa de 2,400 metros de longitud: 
en 1804 se empezó la construcción del Puerto de la Paz^ en el 
que estaba tan empeñado Zamácola, como vimos, pretendiendo 
con él «librar á Vizcaya de la presión que á su juicio ejercían el 
Consulado y municipio de Bilbao en el resto del Señorío»; sien- 
do esto causa de las turbulencias que dejamos narradas; en 1 844 
dejó de existir el Consulado pasando el servicio de las obras á 
la Dirección general de las públicas, la que después de orde- 
nar nuevos estudios en la ría y la barra, determinó (1856) á 
virtud de un proyecto del ingeniero Peironcely, que se limitaba 
á la mejora de la ría desde Bilbao á Portugalete, que se hiciera 
otro que «comprendiera las obras necesarias en el puerto y ría, 
á fin de hacer una entrada fácil y segura y que se pueda practi- 
car á todas horas la navegación hasta Bilbao con buques de 
gran porte»; ni de este ni de otros proyectos resultó nada prác- 
tico, no llevándose á efecto ninguna de las obras proyectadas, 
con muy contadas excepciones; presentaron distinguidos planos 
los ingenieros Lázaro, Orense, Alzóla y otros extranjeros, pero 
hacía falta más que proyectos ; la importancia del puerto y el 
colosal desarrollo de la industria minera, motivaron que la junta 
de Comercio de Bilbao solicitara del gobierno la creación de una 
junta de Obras del Puerto, viendo conseguidos sus deseos 
en 1877, impidiendo la guerra civil lo fueran antes. 

Nombrado director facultativo de las obras el tan modesto 
como ilustrado y eminente ingeniero D. Evaristo Churruca, y 
arbitrados recursos, han recibido aquellas grande impulso, á la 
vez que se ven en la barra los resultados que se venían buscan- 
do hace siglos. 



564 



VIZCAYA 



Verdaderamente grandiosos los trabajos que se han reali 
zado y se están realizando desde Bilbao, es evidente además su 
utilidad, porque aquella barra que en la baja mar equinoccial 
de 1878 se sondeaba i metro 14 centímetros, después de lo 
construido prolongando el muelle de Portugalete en 800 metros. 



[ílLUAO. — El Desierto 



de los que hay concluidos 600, ha aumentado hasta tal punto 
la profundidad que ya en las mismas anteriores circunstancias, 
en 1884, daba la sonda mínima en el talweg de la barra 4 me- 
tros y 1 5 centímetros; así que, considerándose antes casi como 
un prodigio el que salvaran aquel peligroso y movedizo obs- 
táculo buques de poco más de 600 toneladas, hoy se balan- 
cean sobre sus crespadas olas vapores de 3,000 y llegan 
hasta los muelles de Bilbao buques que no podían salvar el 
paso ó canal de los Churros. De aquí que se halla multiplicado 
el comercio de aquella importante plaza cuya aduana es la ter- 
cera y á veces la segunda en productos. 



En cuanto á exportación, el principal artículo es la vena de 
hierro, acercándose á cuatro millones de toneladas, arrancadas 
de los ricos criaderos de la César, la Orconera, Galdames y 
Somorrostro. Esto es lo que constituye la gran riqueza de Viz- 
caya, y uno de los espectáculos más asombrosos para el viajero 
la visita á las minas, á las que se va cómodamente en ferrocarril 
que penetra en la mina César. 

Ya que las minas citamos, no creemos ociosos ciertos re- 
cuerdos históricos importantes, con ellas relacionados. | 

Las cortes de Valladolid de 1537 dijeron al rey en la ¡leti- 
ción 58 de su cuaderno: « El metal mas necesario que hay en 
estos reinos es el hierro; y en Vizcaya y en las montañas donde 
hay la mayor abundancia dello, se van acabando los mineros 
porque se saca mucha vena para los reinos de Francia y de 
otras partes, en tanto grado, que si no se remedia, dentro de 
diez años se acabarán los mineros y valdría mucho dinero el 
hierro y el acero, y no se podría haber sin dificultad, y por sa- 
carse la vena se dejaran de mantener muchos naturales de los 
reinos que se sostienen de labrarla y hacer carbón para este 
trato, y se siguen otros daños ; y en el fuero de Vizcaya confit' 
mado por S. M. se proveyó que no se saque de estos reinos. 1 
Suplicamos á S. M., porque la guarda de esto es muy conve- 
niente y necesaria, mande que se guarde el Fuero de Vizcaya 
en el capítulo que desto habla y poner mayores penas contra 
los transgresores del (i).» 



( I ) En efecto, la ley 17 de los lueros y privilegios Je Vizcaya dice asi: «Otroll, 
dixeron: Que havinn de Fuero. Franqueza, y Libertad, y estabiccian por Ley, que 
ningún natural ni extraño, assi del dicho Señorío de Vizcaya. comodetod«c] 
Rcyno de España, ni de fuera de cllo8, no puedan socar ú fuera de este dichu Sc> < 
nodo para Rcynos estraños. Vena, ni otro metal alguno para labrar Fierro ú Ate*] 
ro: So pena, que la Persona que lo sacare pierda la mitad úc sus bienes, y Mi 
desterrado perpetuamente de estos Reinos: c la .N'au, Haxcl, O otra cualquier | 
Otra cosa, en que la sacare, c la Vlcrcadcria que en tila llevare, pierda, é sea lo<t9; 
ello, c la dicha mitad de bienes, la tercia parte para los reparos de los cañáis 
este dicho Señorío, e la otra tercia parto para el Acusador, y I» Otra tercia { 
para la Justicia que lo cxecutarc.» 



VIZCAYA 



Ya antes, en 1499, expuso el Señorío que debía el aumen- 
to de su población y de su riqueza á la industria de labrar el 
hierro y el acero que se exportaba labrado con gran provecho 
del vecindario y aprovechamiento de las rentas reales, habién- 
dose al efecto prohibido la extracción de vena ; pero teniendo 
algunas personas el privilegio de sacarla fuera del reino, «donde 
lo vuelven con otra vena, é diz que labran dello fierro ó acero, 
á cuya causa los estrangeros que solían venir á comprar é lle- 
var el dicho hierro é acero... non vienen por ello, por lo tener 
dentro de sus tierras, é que las ferrerías se pierden é dejan de 
labrar, etc.,» pedían no se sacase vena bajo grandes penas, y 
así lo mandaron los Reyes Católicos. 

No debió cumplirse este mandato cuando se reprodujo 
en 1503; y á pesar de esto, Ochoa de Salazar, preboste de Por- 
tugalete, exportaba vena en gran cantidad para Francia, auto- 
rizado para ello por real carta: reclamó Guipúzcoa y se anulóla 
autorización dada al preboste. 

Al mediar el siglo xvi había en Vizcaya y en Guipúzcoa 
unas 300 ferrerías en las que se labraban anualmente 300,000 
quintales de fierro y acero: un siglo después, en 1644, existían 
sólo en Vizcaya 1 5 2 ferrerías mayores y menores : 1 4 años 
después, 177. En las mayores se fundían las mazas que llama- 
ban agoas, de i 2 y 16 arrobas, y con cada agoa hacían 4 to- 
chos á manera de unas barras de á vara de largo, y en las 
menores reducían á barras largas como las que se usan ahora. 
Desde fines del siglo xvii dieron en hacerlas de una misma 
clase, fundiendo mazas de 5 arrobas y tirando las barras de 
proporción regular en el yunque y martinete; dejando el mode- 
lo antiguo de labrar tocho, porque el fierro no salía tan refinada 
como después. La rutina por un lado, la falta de estímulo por 
otro, carencia de emulación y sobra de conformidad, pocas ne- 
cesidades, mucha indolencia y adormecido el amor propio, ni el 
hombre se enaltecía ni la industria adelantaba. Y eso que 
en 1775 prohibió Carlos 111 la introducción de fierro de Suecia 



VIZCAYA 



569 



Ó de otro reino, á instancia de los caballeros y Terreros de las 
Provincias Vascongadas, por el escaso consumo y poca estima- 
ción que tenía el que en ellas se labraba, vendiéndole los sue- 
cos á 70 reales el quintal, no pudiendo producirle los vasconga- 
dos menos de 80. A su virtud llegó á venderse en Bilbao 
á I to reales, y pocos años después contaba Vizcaya con 154 
Terrerías, inclusas unas 8 sarteneras, labrándose más de 1 00,000 
quintales de fierro, aunque muchos artefactos dejaban de fun- 
cionar algunas temporadas por falta de agua y carbón; y dice 
un cronista vizcaíno: «en lo sucesivo me parece que no se labra- 
rá tanto porque los montazgos se van minorando considerable- 
mente por razón de reducir lós terrenos á heredades de pan 
sembrar y omisión de varias repúblicas y caseros en no plantar 
cagigos, por cuya causa sin duda se acordó en Junta general 
de 6 de Junio de 1642 que se dividieran entre los vecinos de 
las repúblicas los ejidos y montes concejiles portiendo mojones 
y límites para que cada uno plantase la porción que le cupiese, 
pero no se efectuó aquella determinación.» 

Explotábanse las minas de la manera que la ignorancia de 
los tiempos permitía: mas no se apreciaba debidamente la gran- 
de importancia de tan colosal riqueza. 

Es verdad que la invención de la pólvora fué un terrible 
golpe para las ferrerías vascongadas, empezando entonces á 
disminuir las que se dedicaban á labrar armas para la guerra; y 
á fines del siglo pasado, se dijo, hablando de la disminución de 
ferrerías, que fué « de tal suerte que al presente no existe nin- 
guna en Vizcaya. » Pero no mató la pólvora la industria armera, 
pues la disminución del arma blanca estaba compensada con la 
construcción de mosquetes y cañones; y aun creemos que, si 
por el pronto padeció la industria armera, fué esto momentáneo, 
porque es sabido que en tiempo de Felipe II se construían bas- 
tantes armas de fuego en las provincias vascongadas y no se que- 
daría rezagada Vizcaya seguramente. Con posterioridad se acudía 
á aquellas provincias por armas. 



570 



VIZCAYA 



De todas maneras, poseyendo Vizcaya montañas de hierro, 
mal explotadas, víctimas de absurdas ideas económicas, exis- 
tían las bases de una gran riqueza y colosal industria que el 
progreso de los tiempos había de desenvolver en la forma pro- 
digiosa que actualmente se desenvuelve, pudiendo considerar 
hoy nosotros asombrados, cómo á la pesada carreta que trans- 
portaba el mineral ha sustituido el ferro-carril; é importando 
poco los elevados montes y los profundos barrancos , vías 
aéreas llevan como por magia el pesado mineral de la mina al 
barco, dejando absorto nuestro ánimo y asombrada nuestra in- 
teligencia. 

Millares de obreros deben su subsistencia á esta industria y 
miles de colosales naves llevan á todas las partes del mundo 
los despedazados montes para convertirlos en variados objetos, 
que así se fabrica con ese mineral la poderosa locomotora, el 
colosal cañón ; el gigantesco edificio , como la pequeñísima 
aguja. 

No todo el mineral que se arranca va al extranjero; grandes 
fábricas con altos hornos funden el mineral y elaboran objetos, 
distinguiéndose muy especialmente la de Bolueta, la de los se- 
ñores Ibarra, en la que se acaba de montar la fabricación de 
acero, primera que lo hace en España, y la del marqués de 
Múdela, y ya está funcionando otra, La Vizcaya^ con dos altos 
hornos. 

Existen además en la provincia las fábricas de Astepe 
en Zornoza, de los Sres. Jáuregui, y en Galdácano la de D. Fer- 
nando Campos, en las cuales se construyen efectos de hierro. 

También en Galdácano acaba de instalarse una fábrica de 
productos químicos, con los que se confeccionan las primeras 
materias para la dinamita, cuyos productos se traían antes del 
extranjero, y otra de abonos artificiales en la que antes era de 
harinas. 

Conociendo los verdaderos industriales sus intereses, que son 
también los de la provincia, irán disminuyendo la exportación de. ' 



vena y aumentando la de los productos con ella fabricados, 
aun cuando sólo llevaran lingotes á las grandes fábricas de Ale- 
mania, Inglaterra y Francia, en vez del mineral que van á bus- 
car á Bilbao sus grandes vapores. 

En el sitio denominado El Desierto^ á la orilla del Nervión, 
ente al histórico puente de Luchana , y á los célebres Monte 
de Cabras y alto de Banderas, que tan belicosos recuerdos evo- 
0can, toda aquella fértil comarca de Baracaldo, que hoy atravie- 
san ferro-carriles y tranvías, no hace muchos años que apenas 
veía interrumpido el silencio de sus campos y de sus aislados 
caseríos por otros vehículos que la chillona y pesada carreta: 
en el Desierto se ostentaba antes silencioso convento; hoy se ve 
poblado de bulliciosas fábricas , y en vez de las gruesas y pesa- 
das torres, cuyas campanas llamaban al recogimiento, se ven 
ahora elegantes, esbeltas y enhiestadas chimeneas que anuncian 
los progresos de la industria y los milagros de la inteligencia; 
y aquellas blancas y perennes nubes de vapor que hienden los 
aires, parecen coronar en el cielo los admirables destellos de la 
inteligencia humana, que no pretende, locamente, como los tita- 
es de la fábula, escalar el cielo, sino ponerse en inmediata co- 
municación con Dios por ser su instrumento en la tierra, derra- 
mando en ella dones de sabiduría que producen veneros de 
riqueza. 

La civilización se mide hoy por los progresos de los pue- 
blos. ¡Desgraciados los que la desatienden! los que apegados á 
añejas costumbres se quedan rezagados en la marcha de la hu- 
manidad ! El hombre no se pertenece á sí mismo ; esto sería la 
apoteosis del egoísmo. La inteligencia humana tiene mucho 
campo en qué obrar, y si no refleja sobre los demás, sobre la 
humanidad toda, será estéril, infecunda, inútil. Es también la 
inteligencia humana como el sol que para todos luce, á todos 
alumbra, á todas partes lleva el vivificante ardor de sus esplén- 
didos rayos. 

¡Qué aspecto tan diferente el de aquellos campos hoy al 




57^ 



VIZCAYA 



que presentaban durante las guerras civiles! Allí reina la 
antítesis de la guerra ; allí se rinde culto al trabajo que produJ 
ce, que enaltece al obrero, más útil que el guerrero, pues si 
aquél construye, éste destruye y deja en pos de su terrible 
huella montones de ruinas y cenizas, arroyos de sangre, char- 
cos de lágrimas, luto y orfandad, vergüenza y miseria. 

Así presenta Bilbao la magnífica perspectiva, el encantador 
panorama, del que dan idea las láminas; y poco más adelan- 
te, á la izquierda de la ría, los muelles de todas las sociedades 
mineras, que descargan el mineral conducido por ferrocarriles 
en los mismos buques. La lámina que representa los muelles 
de la sociedad franco-belga, hace concebir en parte el gran 
movimiento de vapores y de caminos de hierro, dedicado todo 
exclusivamente al transporte del mineral, venero de tanta ri- 
queza. 



}^ 



4^\Í^ 



'\^^ 



V 



CAPITULO X 



, ,^, Vizcaya artística-— Durango. T r fe 

h^. ■' ídolo de Miqueld». — San Miguel de ' ' f 

Arrechinaga. 
Sepulcros de Elorrlo ó Arguineta. — Guernlca. — Torre 
palacio de Arleaga. 
Lequeitlc— Romerías y diversiones.— Fin 

I 

A antigua Villanueva de Tavira, Durango, cabeza 
del Duranguesádo, que se separó de la provincia 
á mediados del siglo ix, tiene en su recinto con la ad- 
vocación de San Pedro de Tavira, un templo conside- 
rado como el primero de la religión cristiana en Vizcaya . 
Conserva poco de su fundación por los reparos que ha 
sufrido: frente á la puerta de ingreso se ve del lado 
del evangelio en su parte baja un trozo de gótico purísimo, 
ejecutado en tabla ; tienen mérito también cuatro pequeñas es- 
tatuas de madera colocadas sobre otros tantos tizones que so- 
bresalen de las paredes laterales, y que se supone fundadamente 
fueron en un tiempo peanas de estatuas de piedra. Un sepulcro 
de la misma materia, que se cree guarda ó guardó los restos 



574 



V I z c A ir A 



convertidos en esqueletos ó momias de Sancho Estiquiz y Dalda 
su mujer, fallecidos á fines del siglo ix, no ha sido conservado 
como por la tradición y la historia merecía; bien es verdad que 
tampoco lo ha sido el templo, próximo á desaparecer. 



»¿ÍS¿^^: 



^. 



-^t' 



-j-^ 



DUKANOO.— Pórtico os Santa María dk Urisarri 



Entre las pocas obras del renacimiento que hay en Vizcaya, 
sobresale el coro de la iglesia de Santa María de Uribarri, en 
Durango. Esta es más antigua, y reedificada y ampliada á fines 
del siglo XVI, debe ser de esta época el coro, formado de un 
atrevido arco escarzano, en bóveda, sostenido por cuatro lindí- 
simas columnas empotradas en las primeras pilastras de la igle- 
sia, todo recamado de una rica ornamentación, cuyo frontb 
representa el firmamento tachonado de estrellas, con el sol y la 
luna en sus extremos. De buena talla la sillería del coro, sobre- 
sale como verdadera obra de arte el grandioso marco tallado y 
dorado de un cuadro representando á Nuestra Señora de Gua- 
dalupe de Méjico, regalado por el durangués D. Antonio de 



Meabe. Hay en la sacristía é iglesia algunos otros objetos no- 
tables, aunque nada llama tanto la atención como el pórtico de 

I este templo, formado de atrevidos arcos de madera. Pueden 
cobijarse en este pórtico más de dos mil personas, y sirve de 
mercado y de paseo en los días lluviosos. 

Se concede mérito á la cruz de piedra que se conserva en el 
barrio de Crutriaga, junto al antiquísimo humilladero de la Ve- 
racruz. Están esculpidos en ella personajes y escenas del Pa- 
raíso y del Evangelio, atribuyéndose esta obra correcta á los 
siglos XIV y XV. — La cruz de Goico-errota, también es notable. 

, Durango, que en el siglo xv tenía su caserío todo de tablas, 
hoy tiene buenos edificios y la torre de Lariz, que albergaba á 
los reyes en sus visitas á la villa. 



U 



^los reyei 

^V Después de lo mucho que se ha escrito y cuestionado refe- 
H rente al ídolo de Miqueldi (i), que, como se ha dicho, está muy 
B lejos de ser despreciable para el discreto arqueólogo, y no es 
deshonroso ni indigno del pueblo á que es debido, y convinien- 
do en su significación histórica, el Sr. Delmas, libre de las pre- 



I 



\ 



(i) Según el Sr. Trueba, ala escultura de Miqueldi no cs monumento de car- 
tagineses, ni romanos, ni ningún otro pueblo extranjero y mucho menos monu- 
mento religioso: » y añade : u Sabido cs porque lo atestiguan aún muchos monu- 
mentos, que en la Edad media se adornaban los udilicios más suntuosos con 
esculturas, algunas extravagantísimas, que representaban animales, escenas pu- 
ramente fantásticas ó alegóricas y pasajes de la Historia Sagrada y profana. i£n los 
terribles incendios que redujeron casi completamente á cenizas la villa de Duran- 
go en los años de IÍ54 y t 67 j, desupurceicron cditicios muy notables, en los 
que, si existieran aún, llamarían la atención del viajero las caprichosas esculturas 
á que aludo, pues se ven en el dia en una de tas pocas casas que no desaparecieron 
en los incendios ó inundaciones que también han desolado a la villa.' 

Conviene sin embargo en que «la escultura de Miqueldi, prescindiendo de que 
tuviese ó no el origen y la signilicación que le habían atribuido Olálora y FMrez, 
era ya un objeto curioso y digno de ser conservado por el solo hecho de haber 
servido de tema por espacio de más de dos siglos á tantas suposiciones y contro- 
versias». 




ocupaciones que empequeñecen á los pueblos y no subliman á 
los hombres, nada ha visto de ofensivo y denigrante en que tal 
ídolo pertenezca, cual monumento positivo, á uno de los pue- 
blos idólatras que en la antigüedad penetraron en el suelo vasco. 
Se han recogido tradiciones idolátricas en las colinas de San 
Adrián de Arguinetas, vestigios de antigüedad gentílica y lápi- 
das latinas en Ochandiano, Meacáur de Morga y Gentrubi; han 
mencionado geógrafos griegos y romanos ciertas poblaciones 
idólatras en el litoral vizcaíno, dando origen á la intrincada con- 
troversia sobre la colonia de yuliobriga^ y consta, como afirma 
Amador de los Ríos, de un modo que sería temeridad descono- 
cer, el hecho histórico de que los pueblos vascos de una y otra 
vertiente del Pirineo dieron culto á no escaso número de ídolos. 
Los nombres, añade, de Bopian, Afunso, Ele, Lixo, Bihoscin, 
Artahé, Abelioni, Leherem, Illiimb, Lahc, Bensosia, conservados 
en lápidas votivas, que guardan los museos de Cominges y de 
Tolosa, nombres son de divinidades vascas ; y con los de mu- 
chas otras deidades de igual índole y naturaleza, han convencido 
sin duda al Sr. Delmas, y tiene razón, de que lejos de ser el pue- 
blo éuscaro una horda, desposeída de todo sentimiento religioso, 
como resultaría de la insostenible imposición de sus irreflexivos 
encomiadores, pagó antes de ser cristiano, semejante á los de- 
más pueblos de la tierra, el tributo de su respeto y de su ado- 
ración á todas las fuerzas protectoras de la naturaleza, como lo 
pagó también á la idealización que exaltaba y santiñcaba las 
humanas virtudes. 

Convengamos pues en que el ídolo de Miqueldi lejos de ser 
un mamarracho, ofrece todos los caracteres de un monumento 
arqueológico ; que en vez de ser ofensiva su existencia para el 
pueblo vizcaíno, por arrojar sobre él la supuesta mancha de la 
idolatría, puede contribuir á ilustrar la historia, enlazándose de 
una manera más eficaz con los monumentos ya felizmente cono- 
cidos, los cuales nos revelan una parte no indiferente de las 
creencias religiosas, profesadas desde la más remota antigüedad 



578 



VIZCAYA 



por la raza pobladora de las vertientes occidentales del Pirineo; 
que persistiendo á uno y otro lado en esta idolatría, hasta el 
siglo X, seg^n testifica la predicación y el martirio de San León, 
fundador de la Sede de Bayona, como sobrevivió también en 
otras comarcas de España hasta la invasión mahometana, y re- 
presentando las divinidades vascas fuerzas y atributos de la 
naturaleza, y aun la naturaleza misma, sobre no repugnar á la 
sana razón el que simbolice alguno de estos atributos ó se enla- 
ce el ídolo de Miqueldiy más ó menos directamente, con los he- 
chos relativos á la historia religiosa del pueblo vizcaíno, no sólo 
ha podido ser fruto de muy remota edad, sino también de 
tiempos más cercanos al citado siglo x, reducidos, por su mismo 
aislamiento y amor á la independencia, aquellos moradores de 
la montaña á un invencible estado de primitiva y embrionaria 
cultura; y finalmente que no es necesario, para explicar allí la 
presencia del Ídolo, el suponer determinadas y triunfantes inva- 
siones de pueblos extraños, pues que, fuera de las que sólo po- 
drían comprobarse con un gran desarrollo de las investigacio- 
nes prehistóricas, conviene repetir que después de la constitución 
definitiva del pueblo éuscaro, debida á la irrupción de los celtas, 
no han sospechado siquiera los historiadores más diligentes de 
la antigüedad invasión alguna que penetre, arraigue y fructifi- 
que en el suelo vasco. 



III 



En la merindad de Marquina y anteiglesia de Jemein, entre 
las cinco ermitas antiguas que allí existen, se distingue la de 
San Miguel de Arrechinaga, construcción del pasado siglo. For- 
mando su planta un exágono regular, ofrece en su interior .el 
peregrino espectáculo de levantarse en medio de aquella cons- 
trucción religiosa (que mide en cada uno de sus seis chaflanes 
41 pies, recibiendo una cúpula de 28 en su mayor desarrollo 



caliza, y sirve á todas tres de base por un espacio de 1 8 pies 
de circunferencia. Entre mediodía y poniente está la otra de 
46 pies de circunferencia y 1 4 de altura, tocando á la base por un 
espacio que apenas tendrá dos de circunferencia; la tercera está 
entre mediodía y levante y tiene 29 i pies de alto, siendo su cir- 
cunferencia de 10 por donde toca á la base de 44 á dos varas 
del pavimento y de 87 en la cima, donde se engancha con las 
otras dos, formando con ellas como tres grutas, en las cuales 
hay otros tantos altares. De estos el principal se halla en el 
centro de la ermita, frente á su puerta, y en él hay una hermo- 
sa escultura de San Miguel, que sustituyó á la antigua, á la 
que el pueblo tiene mucha devoción. En uno de los otros dos 
hay un dosel formado naturalmente, que no lo haría mejor la 
mano del hombre. A toda la mole cubre una media naranja á 
Vuelta de cordel de 28 pies de radio, y todo el edificio que se 
concluyó el año de 1741 es de buena arquitectura» (i). 

Préstase indudablemente la reseñada ermita á profundas re- 
flexiones y no creemos ocioso exponer las de los que, como el 
Sr. Amador de los Ríos, la han estudiado. Así pregunta: * ¿Era 
sin embargo la colocación de aquellas piedras resultado fortuito 
de algún sacudimiento de la naturaleza, ó respondía más bien á 
un designio especial, siendo por tanto fruto de los esfuerzos 
y de la industria de los hombres, y como tal, un verdadero mo- 
numento? ¿A qué estado de cultura pertenecía este, en el se- 
gundo caso, y qué pudo significar, levantado en el centro de un 
valle por todas partes cerrado y sin correspondencia alguna 
con otro agrupamiento de rocas análogas? ¿Porqué había llega- 
do aquel monumento misterioso hasta la primera mitad del 
siglo xvni, cobijado por las alas de la religión, no desdeñándose 
los católicos vizcaínos de consagrarlo de nuevo con renaciente 
devoción, y no sin alguna magnificencia, en i74i?i 

El Sr. Amador nada resuelve de una manera definitiva, si bi< 



(i) D. J. E. Oblmas. 



VIZCAYA 



;8i 



se inclina á creer que las tres piedras de San Miguel de Arre- 
chinaga, formaron en realidad una construcción megalítica, agena 
del pueblo celta, aunque celtas parecieran, cuya nómada planta 
jamás llegó á penetrar hasta el valle de aquella merindad; y 
muéstrase tentado á admitir la hipótesis de que hubieron de 
componer estas colosales rocas un menhir (i), por más que este 
linaje de monumentos, propios de la Edad de piedra bruñida, 
según quieren hoy los apóstoles de la ciencia nueva, rara vez 
ofrecieron agrupamiento análogo. 

Hablan, en efecto, historiadores de antiguas razas, de nota- 
bilísimas pirámides de cinco á diez metros de alto sobre tres 
de base , colocadas en cerrados valles y estrechas gargantas , 
aisladas unas de otras, aunque pareadas á veces, construidas 
de piedra sin labra alguna y con muy escaso cemento, y osten- 
tando en su frente á la altura de tres metros, profundos nichos 
ú hornacinas; deduciéndose de aquí, que no vacilaran los más 
-distinguidos arqueólogos considerarlas como fundidas sobre el 
tipo del prehistórico menhir, « vinculando por tanto la antigua 
tradición religiosa de un modo tan vividero que no puede causar 
maravilla, á quien conozca semejantes monumentos, el hecho, 
tomado ya en cuenta, de que llega la idolatría, dentro del pue- 
blo vasco, hasta los primeros días del siglo x». 

Créese, pues, en la existencia de un adoratorio semejante 
á los que habían servido, al otro lado del Pirineo, de tipo y mo- 
delo á las construcciones vasco-romanas, á la veneración de 
ídolos vascos, trazada, después de abrazada la religión cristiana 
por aquellos indígenas, por la veneración al arcángel San Miguel. 

€ De esta manera, testigo é intérprete á la vez de la varia 



(i) Consagrados los me/i/iires por el supersticioso respeto de los primitivos 
hombres á la memoria de los muertos, llegaron luego á ser objeto de cierto culto 
religioso, como eran también el punto obligado donde se congregaban aquellos, 
en determinados días, para sus grandes festividades; y en estos hechos, pro- 
clamados recientemente por los más hábiles cultivadores de la ciencia prehistó- 
rica, paréccle al señor Amador vislumbrar ya la primera luz, que empieza á 
iluminar las rocas de San Miguel de Arrechinaga. 



582 



VIZCAYA 



y sucesiva cultura de tantas generaciones, aparece á nuestra 
vista el monumento megalítico de San Miguel de Arrechinaga, 
cual misterioso lazo que uniendo, dentro del suelo vasco, en in- 
destructible cadena, las edades prehistóricas con los tiempos 
históricos, perpetúa y transmite hasta nuestros días la memoria 
de aquellos hombres, á quienes fué dado acaso el asentar su 
planta por vez primera en sus encrespados valles y monta- 
ñas » (i). 

Un escritor vascongado, el Sr. Velasco, no admitiendo la 
dominación de celtas , fenicios, ni cartagineses, cree pueda 
atribuirse el monumento á los indígenas ó éuscaros para con- 
signar con él algún hecho ó recuerdo; y pregunta: « ¿Acaso los 
ibero-éuscaros eran menos rudos que los celtas? :No tenían 
ambos pueblos en la manifestación de sus recuerdos ó sucesos, 
las rocas y sus fornidos brazos para arrastrarlas? — Es necesa- 
rio un esfuerzo violento de imaginación para colocar cual ae- 
reoHto caído del cielo un supuesto monumento celta en aque- 
llas montañas, sin poderlo clasificar ó eslabonarlo con otro 
vestigio ó huella; en tanto es más natural y sencillo ver en 
aquellas tres rocas, la expresión de una obra de los primeros 
hombres del país. He dicho, me inclinaba á creer que las pie- 
dras de Arrechinaga eran un capricho de la naturaleza » . 

No es el único que de esta manera piensa (2). 



(1) Amador DE LOS «ios. 

(3) «Siendo cl éuscaro lengua antiquísima y fundándose los nombres éusca- 
ros en las condiciones de la localidad ó del objeto que designan, no es posible 
dejar de ver si el nombre de Arrechinaga da alguna luz con cuya ayuda podamos 
penetrar en la oscuridad que rodea el origen del Santuario de que nos ocupamos. 
Arrechinaga, 6 Arrichinaga, ó Arruchinaga, pues de todas estas maneras he visto 
escrito este nombre y le he oído pronunciar, signiñca s»7ít> de piíJras suspendidas 
de arri ó arria-a, piedra, > echinóeuchin, cosa suspendida 6 en suspensión, y Aga 
nota de localidad. Nadie que tenga el mas vulgar conocimiento de la lengua vas- 
congada dudará de que ésta sea la signiñcación de Arrechinaga. Es indudable, 
pucí, que este nombre es descriptivo del fenómeno que tanto llama la atención 
en aquella localidad, y este fenómeno está descrito con la precisión que se admir* 
en todos los nombres primitivos éuscaros. La palabra arri arri-a con cl articulo 
positivo signi6ca precisamente piedra ó roca suelta, pues para designarla roca 
vivu ó nacidiza, el éuscaro emplea en cl dialecto vizcaíno la poJabra »ch ach*-» y 
en el guipuzcoano aitz ai/z-aa.— Truesa. 



V I Z C A Y 



Si llamaron la atención de algunos arqueólogos y de cuan- 
tas personas las han visitado las antiguas sepulturas de Audí- 
cana y de Sobrón, no son comparables con las de Elorrio ó Ar- 
guineta. 




SEPULCHoa oe Elorrio ó Arguineta 



Entre las muchas ermitas, unas 20, que se encuentran en 
los alrededores de Elorrio, y las hay como la de San José con 
columnas monolíticas en su pórtico, la de Ntra. Sra. de Gáseta, 
con su imagen bizantina, la de Santa Marina de Menaya (1), 



(1) Según documentos antiguos, se denominaba parroquia monasterial, y exis- 
tia en sus paredes una piedra con caracteres romanos, que se empotró en las de la 
ermita de San Roque. 



584 



V I Z C A Y A 



que es fama albergó á los templarios que se instalaron después 
en la antigua iglesia de San Agustín y alguna otra, ninguna tan 
notable como la de San Adrián de Arguineta que en vascuence 
significa sitio de luz. 



im. 



ELORRIO.— Ermita de San A(5ü8tI.<* 



En sus inmediaciones se encontraron hace tiempo muchos 
sepulcros y lápidas funerarias, de piedra ; habiéndolos de la 
misma clase cerca de algunas de las ermitas que hemos citado, 
en la de Santo Tomás de Mendraca, de San Esteban de Berrio: 
Iturriza habla de da muy grandísima infinidad de sepulcros 
que solia haber > en derredor de la iglesia de Santa Lucía de 
Garay, de remota antigüedad, hoy ermita ■ se han visto en otros 
puntos y casi junto al mar; pero á ningunos se ha dado la im- 
portancia que á los de Arguineta, pues aunque parecen perte- 
necer á la misma época, y quizá á los mismos hombres, es dife- 
rente su construcción, conteniendo signos que caracterizan la 
religión y la fecha en que se labraron. 



sin mucho fundamento al infante D. Ordofto, hijo de D.Alfonso 
el Magno de León, muerto en la batalla de Padura ó Arrigo- 
rriaga. 

Se han atribuido también estos sepulcros á los llamados 
conditorios de los primeros siglos de la iglesia ; y su orientación, 
mirando los discos y los sepulcros á Oriente, era común á todos 
los monumentos consagrados al culto católico desde sus prime- 
ros días; atribuyéndose su origen á los refugiados en el país 
vascongado que al derramarse por los valles de Álava penetra- 
rían desde el de Aramayona en el territorio vizcaíno por Elo- 
rrio. Así el Sr. Velasco los considera casi contemporáneos á los 
de Audícana y Sobrón, fundándose para ello en que si estos de- 
ben atribuirse á los primeros tiempos de los refugiados, desde 
que llegaron al país en la última mitad del siglo vin, los de Ar- 
guineta corresponden, como hemos visto, á los años 883 y 893. 



Para los fueristas ha sido siempre Guernica la verdadera 
capital de Vizcaya, políticamente considerada; y tenían razón. 
Residencia de su Congreso, símbolo del Código foral, crecía allí 
el roble bendecido y adorado, el signo de las libertades viz- 
caínas, 

< á cuya sombra entre infanzones fieros 
reyes juraban populares fueros. > 

Allí, en la campa, se celebraban en lo antiguo, después de ser 
convocados por las bocinas de los Merinos, las primitivas juntas 
para la población rural, llamada tierra llana ó Infanzonado, con 
objeto de reunir los esfuerzos individuales contra los malhecho- 
res que no dejaban en paz á los aislados habitantes de los cam- 
pos y organizar su persecución ; apropiándose después atribu- 
ciones más generales para la defensa de sus privilegios y líber- 



588 



V 1 Z C A V A 



tades, de sus fueros, buenos usos y costumbres. Allí, en Santa 
María de la Antigua, reedificada á principios del siglo xv por el 
corregidor Moro, se eligió el recinto de la ermita para la cele- 
bración de las juntas generales en sustitución del campo raso que 



t»>^ 



uLLlíMCA. -.\iii:ui. Nutvü 



á su frente sé extendía. En 1 686 se construyó en su parte 
güera una sacristía para que sirviese de archivo ; en i 700 se 
pusieron bancos de madera con respaldos para los representan- 
tes de los pueblos, y decretada su demolición en 1826, le susti- 
tuyó el edificio que se alzó sobre sus antiguos cimientos y re- 
presenta la lámina la parte construida, porque debe constar de 
cuatro fachadas. 



590 



VIZCAYA 



La principal al poniente consiste en tres pabellones, forman- 
do en su centro un martillo de dos columnas y dos machones en 
los extremos, con sus lápidas en los vacíos y su cornisamento; 
la del mediodía sirve de archivo ; coronan estas dos fachadas 
dos hermosos escudos de armas de Vizcaya, y por el costado 



''A 



n 



c>,v 



í^' 



v»>?v' 



.«¿íí<^' 



GUERNICA.— Palacio de las Justas 

del N. descuella sobre el cuerpo de los pórticos, un ático en lor-j 
ma de rotunda, cuya planta es un elipse sin casquetes, forman- 
do anfiteatro á su alrededor cuatro hileras de bancos de piedra] 
forrados de madera con respaldos de hierro, y encima una coi 
moda galería para el público : en la parte inferior más inmedia- 
ta á la testera, los bancos para los padres de provincia, y en 
testera el altar con una buena imagen de la Concepción. En ¿11 
se dice misa los días de sesiones y se cubre durante las juntas! 
generales. Banderas y armas, recuerdo de la guerra de África y 
una colección de retratos de los señores de Vizcaya, excepto 
las señoras, aun cuando alguno como el infante D. Juan, hijo de 



D. Alfonso XI, y D. Tello, hermano del rey D. Pedro, lo fue- 
ron, el primero por su matrimonio con D.* María Díaz de Haro 
y el segundo por marido de D." Juana, tenían indisputable de- 
recho para estar allí retratados. También se ve un cuadro al 
óleo representando la jura de los fueros por D. Fernando el 
Católico, rodeado de ilustres vizcaínos, de damas y del pueblo. 
< Bajo el árbol de Guernica y delante del salón de juntas, 
sobre un estrado cubierto de losas y circuido de una elegante 
verja de hierro, se eleva un pequeño solio de piedra de 22 co- 
lumnas corintias de 10 pies de altura con su cornisamento y 
frontispicio. Frente á este solio hay dos tribunas cercadas de 
balcones, en una de las cuales se sitúa el secretario de la Dipu- 
tación en los días de juntas para proceder al llamamiento de 
los apoderados de los pueblos, que van dejando sus poderes 
respectivos á medida que se les nombra, sobre una gran mesa 
de jaspe, fija y preparada al intento. Recogidos los poderes, en- 
tra la diputación en el santuario-congreso, y los apoderados pe- 
netran también en él después de ser llamados nue\'amente por 
el secretario desde el umbral de la puerta. Las sesiones duran 
generalmente tres ó cuatro horas, desde las 9 y media ó 10 de la 
mañana hasta la i ó 2 de la tarde, si bien suelen celebrarse alguna 
vez de noche y cuando las necesidades lo exigen, en cuyo caso 
se ilumina la magnífica araña que cuelga desde el techo del sa 
lón. El aspecto que presenta una de estas asambleas es por de 
más curioso: allí la antigua anguarina vizcaína, el calzón corto y 
la montera ó el cónico sombrero campesino, lucen su vetustez al 
lado del aristocrático frac, del elegante pantalón y del apretado 
guante: la espesa melena del echecojauna y el ancho cuello de la 
camisa que cubre la mitad de la espalda del rústico aldeano, se 
confunde con el esmerado traje del habitante de la >'illa ; y como 
en todo lo que se relaciona con estas populares asambleas, rd 
na el más perfecto principio de ignjaldad, los discursos en \'as 
cuence y en castellano alternan, ó se confunden, empero guar 
dándose siempre el mayor respeto á la más leve advertencia dd 



VIZCAYA 



593 



presidente corregidor, que es el representante de la corona en la 
noble tierra solariega. Excusado parece decir que durante los 
diez ó doce días que permanece abierta la asamblea, reina en la 
villa el movimiento y alegría más completos. Y esto no es ex- 
traño, teniendo en cuenta que en tales días se reúnen en ella, 
además de la Diputación y casi todos sus empleados, más de 250 
representantes de los pueblos, las personas que tienen negocios 
que ventilar en las sesiones, los padres de provincia, los candi- 
datos á diferentes oficios del gobierno que se eligen cada dos 
años y los naturales y forasteros á quienes la curiosidad, ó el 
interés, ó la distracción, traslada al santuario de las leyes fera- 
les á presenciar las cuestiones que en la lengua vascongada y 
castellana se debaten públicamente (1).» 

Esto sucedía en efecto, y eran estas juntas motivo de gran- 
'des comidas y festejos que se celebraban en Guernica, llevando 
á ella gran concurrencia de toda la provincia, atraída por la fa- 
ma de las celebradas fiestas; pero ya no ha quedado de todo 
ello más que el recuerdo y el edificio. El mismo roble ha sido y 
sigue siendo sustituido por retoños del antiguo. A la Diputación 
foral ha reemplazado la provincial que se rige por la misma ley 
que las demás de España, excepto en la parte relativa á conta- 
bilidad, disfrutando así de una autonomía tan necesaria como 
conveniente, por lo que contribuye al mayor desenvolvimiento de 
la prosperidad de la provincia. 



VI 



Cerca de Guernica, en la anteiglesia de Gautéguiz de Artea- 
ga, cuyo origen proviene de haber construido allí Gonzalo Fuer- 
te de Noreña y su hijo Fortún Ordóñez en 798, una casa fuerte 
con el nombre de Gautéguiz, y en 914, García de Noreña y 



(i) D. J. E. Delmas. 





Gautéguiz otra semejante denominada Arteaga, reuniéndose 
ambos nombres para dársele al pueblo, se ostenta la casa fuerte 
de Arteaga que absorbió el nombre de la anterior. Reedificada 
por Fortún García, muerto alevosamente de orden del rey Don 
Pedro de Castilla en Villareal de Álava en 1398, fué demolida 
por los Mugicas y Avendaños enemigos de Arteaga en 1468; 
volvió á reedificarla á poco el sucesor de Fortún, más sólidamen- 
te y con arreglo al arte militar de la época dotándola de artille- 
ría, construyendo un espeso muro almenado formando cuadro, 
con sólidos torreones ó cubos en sus cuatro ángulos, y dentro y 
casi en el centro, una altísima torre aislada, coronada de saete- 
ras y de almenas. 

Despertaba, como no podía menos, la curiosidad del viaje- 
ro, porque excepto la torre de San Martín de Muñatones y la 
de Butrón, ninguna conservaba en Vizcaya los restos que la de 
Arteaga, lamentándose cuantos la veían de que no se reparase,! 
podiendo hacerlo su opulenta dueña Eugenia de Montijo; per 
llegó á ocupar el trono de Francia, y teniendo en cuenta la DU 
putación de Vizcaya, que la Emperatriz era propietaria en 
país, en las juntas celebradas en Guernica en 1856 declararon 
vizcaíno originario al príncipe Napoleón por la procedencia de 
su madre. 

Lisonjeada ésta con tal acuerdo en favor de su hijo, encar- 
gó á su arquitecto Mr. Couvrechef, la reparación de la torre, re- 
formarla ó construirla de nuevo; para esto último levantó pla- 
nos, siguiendo las inspiraciones de la misma señora, y al año 
siguiente (1857) se comenzaron las obras sobre los cimientos 
de la antigua torre, conservándose toda la parte sólida de las 
murallas ó recinto, y dos de sus cubos, quedando como repre- 
senta la lámina (i). 

Fabricado todo este hermoso edificio con mármol de dife- 



( I ) Habiendo muerto Mr. Couvrechef, antes de terminada 1n obra, le rccmpl^ 
z6 y la concluyó el también ¡oven arquitecto frunces .Mr. AnccIcL, rccliñcandoi 
Hún tonto el proyecto de su antecesor. 



V- 1 Z C A Y A 



505 



rentes colores de las abundantes canteras de Ereño y Gautég^íz, 
si llama justamente la atención el exterior, los trozos ó hilada 
primera de la torre, de la escalera exterior y las de los cubos, 
no es menos notable el interior, en cuyas principales habitacio- 
nes se ostentan frisos de roble negro, techo tallado de la misma 



mi^ 



'í 'dfe: 



TORRE-PAl.AtlO DE AKIEAnA 



materia, paredes vestidas de rica tapicería, altas chimeneas de 
mármol con coronamiento de roble tallado, capilla con magníñca 
ventana de vidrios de colores y una soberbia escalera espiral, 
verdadera obra de arte, que arranca desde el suelo hasta la 
azotea del edificio, y desde cuya azotea se descubre uno de los 
más bellísimos panoramas de Vizcaya. 

La corta distancia que hay de Arteaga á Lequeitio merece 
recorrerse y Lequeitio visitarse por su hermosa posición á orilla 
del mar. 

Su mejor monumento es la iglesia parroquial consagrada á 



596 



V I Z C A Y-A 



Nuestra Señora de la Asunción. Se ha supuesto su fundación en 
el siglo VIII: pero no merece completa fe el documento en que 
esto se apoya; ni que fuese consagrada en 12S7, quemada 
en 1442, y terminada su reconstrucción en 1508; consérvanse 
del siglo XIII dos sepulturas notables, en el suelo, cubiertas 
con chapas de bronce. Cinceladas con raro mérito, representa 
la una, dos figuras hombre y mujer en traje de la época; (i) la 
otra un guerrero con escudo y una mujer al lado (2). 

€ Estos monumentos respetables, por su raro mérito, por su 
venerable antigüedad, serían en otros países objeto de especial 
cuidado. Se habrían sacado calcos, grabados, figurarían en los 
museos... no pedimos tanto... pero ¿porqué una barandilla de 
madera no los preserva al menos de la destrucción? » (3). 

La señora de Vizcaya D.' María Díaz de Haro señaló tér- 
minos á Lequeitio y la dio el fuero de Logroño, el año 1325: 
seis después, para que se pudiera mejor poblar, « mandó que < 
todos aquellos que han poblado casas en la dicha villa, et non 
son ¡dos de morada a ellas que baian de pies et de cabeza a 
morar, a las dichas sus casas, et facer Vecindad fasta el dia de ¡ 
Carrestoliendas primero que viene » . 

D. Alfonso XI concedió á Lequeitio los mismos fueros y pri* 
vilegios que disfrutaban los de Bermeo en tierra de Castilla, ) 
disponiendo después que no fuese nunca la villa incorporada á | 
la corona, señalando el tributo que debía recibir. A la vez man- 
dó construir murallas de seis pies de espesor, de las cuales sel 
conservan algunos restos. 



(t) Con estas inscripciooes: Aquí yace Joiian Pérez de Omacoi'! uiruxTU v*^l 
Dros perooní: que finó á... ob... en la era de mcccxx anos. Kooao ron la tO] 

ALMA. 

Aquí yace ooí^a Auri a .Martínez db Ceranga so mogek que Dioa peuoomc ^VII 

FINÓ A I ■) días andados DE NOVIEMBRE EN LA EKA .MCCCSIX ANOS. ROCAD rOR UA M 
ALMA. 

(3) La inscripción de este sepulcro del guerrero, que formaba la ' 
chapa no existe. L.i mitad correspondicnteá su mujer, dice: Aqu yacü (i> 
Ibañez DE Uribakren so mocer finada <.<l'e Dios i-erdons qvk finO... A oki. m 

DE... ano M E CCC anos. QUE DiOS HAYA SO ALMA. 

(1) Lequeitio en iH^j, por D. Antonio C/.vamlle». 



59» 



VIZCAYA 



La iglesia de la Asunción, que hemos citado, era suntuosa , 
hoy lo es más por las grandiosas obras que en ella se han eje- 
cutado costeadas con esplendidez por la generosa piedad de los 
Sres. Uribarren y Abarca. Hay en ella obras de verdadero 
mérito. 



k 



-V. 



Jas 



> M 



LEQl'EITIO.— Exterior de la iclcsia db la Asvncióx 

Merecen también visitarse las regias moradas de los seflo- 
res Adán de Yarza y del conde de Torregrosa, ésta á la orilla 
del mar, aquella en las afueras de la villa, en Zubieta, donde 
estuvo en lo antiguo la torre de Ondarra. 

Aun cuando no hay en Vizcaya templos como los que se ad- 
miran en la mayor parte de España, no faltan notables, y en 
casi todas las anteiglesias y pequeñas villas se ostentan iglesias 
que exceden á las erigidas en más considerables poblaciones del 
resto de la península. 

No carecen tampoco de historia algunos templos, y enojosa 
urea sena la nuestra si á referirla nos entretuviéramos, nnáxi 



T IZC * T • 



me ofirecíeodo sólo una enseflania. en general pocx> fructuosau 
aunque abundante en guerras é inoeodios. No ha mennado esto 
sin embargo la piedad de los vizcaínos, de lo que es buen ejem- 
plo, entre los muchos que pudiéramos otar, la ^lesia de Santa 
María de Begofia, admirablemeote situada en una eminencia que 
domina á Bflbao, como si le tuviera á sus pies y al encantador 
valle dd Ihairabal. coa las repáblícas de Abando. Deusto y 
Olareaga. AHÍ se ostenta un tem{^ que tiene algo de gótico y 
poco de notable, ar tistiram eDte considerado. 

Reedificado y ampliado en d s%1o xvi, consta de tres naves 
coo bóvedas sostenidas por diez columnas, tres altares, capillas, 
coro, gran retablo de plata que drcu>'e á la imagen de la Virgen 
ele\*ada sobre d tabernáculo, y presbiterio -. y cuj'a Virgen, rica 
en ornamentos y alhajas, es objeto de grande veneración, con- 
sideriadoia los marinos como su protectora. Se le atribujren 
machos milagros, y á so historia ooosagró Fray Tomás Granda 
un libro publicado en 1 796. 

La posMáóa que ocnpa la fiesta de BegoAa y su proximidad 
á Bilbao ha contribuido á aumentar su bma histórica, pues en 
los sitios que sufrió la invicta villa en las dos guerras civiles ól 
timas, fué medio destmkia, reedificándose difcrcntes veces, es 
pecialmente su fachada prin c i pal , e ^ tecie de atala}-a religiosa de 
toda una gran oooaarca. Algunas cosas, sin embargo, han des- 
aparecido, porque d retablo de ma dera y los seis altares pe- 
gados á sus paredes laterales, coo soberbias estatuas atribuidas 
á Juan de Mena, siivi eíoo para calentar los randios a las tropas 
que guamecian la ^[lesia. 

No d ebem o s ooútir, anoqoe de bastantes santuarios pres- 
f i ndiino^ á n ues tr o pesar, d de Nuestra Sra. de la Antigua en 
bs iomediadooes de Onhifta, asentado sobre ana escarpada 
meseta, al pié de la famosa Peña de Ordnfia, oomo si aqudb 
pequefia eminencia sirr iera de primer escalón de la enhiestada 
Pefta. Es la ermita un akonmneoto M o d erno, bien acabado, da- 
tando su ooostmociáa de irSx. 



VIZCAYA 



bol 



El enorme tiesto que se ve al lado, contiene un vastago, 
árbol robusto ya, de la morera en que la tradición asegura se 
apareció la Virgen. 

Hace 3 años se celebró una concurrida peregrinación, y el 
8 de mayo de cada año se festeja á la Virgen, concurriendo 
procesionalmente el vecindario del valle de Arrastaria, con el 
ayuntamiento á la cabeza, y precedido de estandartes y cruces, 
efectuándose actos tan originales como corteses. 



VII 



^f La añción que hay en Vizcaya á las romerías y ñestas reli- 
giosas, es antigua: si entonces eran motivo de escándalo y de 
crímenes, apenas se cuenta hoy uno en tales actos, lo cual 
prueba cuánto han mejorado las costumbres en Vizcaya, á pesar 
de todo lo que se esfuerzan en repetir diariamente los aferrados 
á añejas instituciones, defendidas por ellos más por tradición y 
odio á lo presente, que por conocimiento de aquellos usos y 
costumbres. No lo decimos nosotros: escritores antiguos de co- 
nocida religiosidad lo consignan. « Hasta ahora 33 años (i) 
había tanto desorden en las fiestas de parroquias y hermitas que 
hera compasión ver tanto ebrio tendido en el suelo, entre ellos 
muchos postulantes pordioseros; y otros descalabrados y en- 
sangrentados, á causa de las rehiertas, y fuertes palizas, que 
precedian antes de separarse unos de otros para sus casas; por 
cuyo motivo y ebitar inconvenientes y gastos superíluos se ban 
suprimiendo las fiestas de varias Hermitas y arruinando lasque 
estaban en despoblado y en eminencias. En la anteiglesia de 
Cenarruza determinaron el año de i 763 que no hubiese funcio- 
nes en los ermitorios de San Pedro de Asta, San Lorenzo de 
Elorriaga y Santa María Magdalena de Mendivitarte y en la 



(O Historia de Vizaya, manuscrito del siglo pasado. 



{ 



6o2 



VIZCAYA 



parroquia de Santo Tomás de Bolibar la que se celebraba el 
dia 4 de Julio por la traslación de las reliquias de San Martin 
Obispo de Tours en Francia. 

1 Acabadas las danzas á las Aves Marías, se retiran los con- 
currentes á sus casas con acelerados pasos y confusa gritería 



iñ 5f=^: 



^ k'*». ^* 






i?sai ''Ja 



\ ti 



i 



ORDUÑA. — Santuario de la Anticua 

por tener que andar muchos de ellos una legua, relinchando de 
rato en rato como las yeguas, y algunos de los relinchos que 
regularmente llaman ijuijac y Zauzuac, suelen ser de desafío á 
palos para acreditarse de valientes; sin duda costumbre anti- 
quísima originada como escribe Juan Ifiiguez de Ibargüen, en el 
Quaderno 65 de la Crónica g^eneraJ Española y sumario de la 
Casa de Vizcaya citando al Dr. García Fernandez Cachopín, de 
los centinelas que solian estar en guardia en los oteros, y eminen- 
cias, etc., etc. » 



VIZCAYA 



603 




¡De cuan distinta manera se celebran hoy estas fiestas! Ex- 
traordinariamente concurridas, apenas tiene que intervenir la 
autoridad, respetada siempre. 

Otra de las diversiones favoritas de los vizcaínos, sino la 
principal, es el juego de pelota, en el que se atraviesan grandes 
cantidades, se celebra también con el mayor orden. La gran 
afluencia de gentes á este espectáculo y el beneficio que redun- 
da al pueblo en que se efectúa, ha hecho que algunos constru- 
yan frontones de piedra verdaderamente notables, como el de 
Durango, el de Abando y algún otro. 

Las novilladas son también otra de las diversiones que tie- 
nen apasionados, y con frecuencia se contentan con correr no- 
villos de cuerda ó atados, que los capean por las calles. Pero 
respecto á novilladas se lleva la primacía Valmaseda. Desde muy 
antiguo gozan de merecida fama. Por morir en 1599 de la peste 
700 personas no se celebraron toros según costumbre los días 
de San Juan y San Pedro; pero se corrieron el día de San Se- 
verino € no obstante la mortandad y ser tan grande la miseria 
pública, que para remediarla en parte hubo de empeñarse hasta 
la cruz de plata de la iglesia > . Acompañan á estas corridas otras 
fiestas que evidencian la cultura de los habitantes de una de las 
más lindas poblaciones de Vizcaya, pues Valmaseda merece 
ocupar el lugar que en la historia, la industria y la riqueza pú- 
blica ha ocupado en para ella mejores tiempos. 

Los juegos de la barra y de bolos son comunes, y lo era, 
como diversión absurda é interesada por las apuestas que se 
hacían, la prueba de fuerza de las yuntas de bueyes, que he te- 
nido la satisfacción de haber concluido con ella, obligando á 
destruir las grandes moles de piedra á la que se ataba la pareja 
para ver lo que la movían á fuerza de aguijonear á los anima- 
les, prorrumpiendo los que lo hacían en los mayores denuestos. 
Más que prueba de fuerzas, era destrucción de las mismas. 

Aunque todos los domingos y días de fiesta se baila en la 
plaza pública, en los días solemnes ó de romería reviste el baile 



el aspecto de un espectáculo oficial. En el campo ó en la plaza 
donde se haya de bailar el zorzico se coloca un banco destinado 
á la autoridad local : delante se hinca en el suelo uno ó dos es- 
petones ó chuzos, atributo de los antiguos alcaldes pedáneos, 
respetados aquellos por el pueblo como si fuese el mismo alcal- 
de, pues cuando éste deja desierto el banco se observa la misma 
respetuosa compostura. La autoridad que preside el baile desig- 
na su principio y conclusión. 

En estas fiestas es indispensable el zorzico, que quiere decir 
ocho, porque en rigor debía bailarse entre cuatro parejas; pero 
es indefinido el número. El alguacil hace plaza, y una hilera de 
hombres agarrados de las manos, pasea gravemente el recinto, 
siguiendo al tamboril y al pito. De rato en rato, el que va á la 
cabeza, aurresco^ baila el contrapás dando saltos y piruetas á 
compás, que obtienen nutridos aplausos; porque tanto el au- 
rresco como el atzeco, el último, son bailadores. Después de esta 
especie de prólogo, sale de la hilera una comisión á buscar la 
pareja para el primer bailarín, y como ninguna joven se niega 
á este honor, la conducen con el mayor respeto sombrero ó 
boina en mano, paseándola por delante de todos los del zorzico 
para saber si es aceptable. En seguida se paran delante del 
aiirresco, quien después de saludar á la dama, arroja á sus 
pies la boina, baila un rato como celebrando la elección y ha- 
ciendo méritos, termina con una reverencia á la que contesta 
con otra la dama y se coloca ésta á la izquierda del hombre. 
Con la misma solemnidad conducen la segunda pareja, ó sea la 
del atzecOy último de la hilera, que repítelo que el primero; bai- 
lan estos también uno enfrente del otro: las parejas restantes 
van todas de una vez sin que al recibirlas se baile delante de 
ellas. Agarrados todos de las manos, y algunas veces de pa- 
ñuelos, se forman arcos pasando por debajo hombres y mujeres; 
y terminada esta primera parte, la más grave y vistosa y segu 
ramente la más antigua, sigue el fandango, terminando con el 
arin, arin, que significa ligero, ligero. 



VIZCAYA 



605 




En grandes solemnidades tomaban parte en estos zorzicos 
las primeras autoridades y personas más caracterizadas de uno 
y otro sexo. 

La espata danza es un baile guerrero con espadas, que se 
bailaba de tres en tres y ha caído en desuso. 

Hoy se baila en las romerías vascongadas mucha polka y 
mucho vals, que los prohiben algunos mal humorados alcaldes, 
por no creerlos tan honestos como las antiguas danzas del país. 



VIII 



Vizcaya, que merced á sus ferro- carriles, á su gran comer- 
cio y floreciente industria, á su red de carreteras que facilita la 
comunicación de todos sus pueblos entre sí (i), y á la laboriosi- 
dad de sus habitantes, sale como por encanto del aislamiento 
en que ha vivido, renace á nueva vida vigorosa y lozana , y bo- 
rrará definitivamente hasta las huellas de funestos aconteci- 
mientos. 

No há mucho que aún parecía querer perpetuar el recuerdo 
de sus discordias, de los deplorables bandos y parcialidades, 
condenados expresamente por el capitulado de Chinchilla. Ade- 
más de haber sido inútil y hasta repugnante que la Diputación 
conservase los nombres de los antiguos bandos de oñacinos y 
gamboinos, era una falta, una transgresión latente contra las 
regias disposiciones, que no ponía en muy buen lugar á una 
corporación de tan alta importancia, que tantas pruebas de 
lealtad había dado, y que podía dudarse de ella y quizá de sus 
intenciones, cuando desde su nacimiento en cada bienio salía 
manchada con el pecado original de su oposición á todo gobier- 
no y aun al mismo fuero, la escritura de Chinchilla. 

De origen menos distinguido la tierra llana que las villas 



( 1 ) Y la facilitará más cuando desaparezcan tas cadenas, ó portaxgos, que sólo 
existen en las Provincias vascongadas. 



represencacáóa qoe, á pesar de las i a a nn Mia blesaherado nes que 
por distmtas causas había solido, era viciosa, hasta d ponto de 
que, de 192 apoderados y 67 suplentes de qoe oíostala la juoa 
de Goemica, desuñados unos y otros por los ayimt 
respec ti vos, sólo tocaban 33 de los piBuefos y 21 de los 1 
dos á las villas y ciudad , repartiéndose los deaás entre las an- 
tejglestas, valles y conchos. Pobladóa había que nombraba dos 
repiesentantes por menos de 300 habitantes, y otras con más 
de 600 sólo enviaba uno. También había pitillos sin este dere- 
dio. No se a^ñene con nuestras actuales costumbres, ni 000 la 
equidad el que se dé mayor inter%'ención y mando á los menos 
que á los más. Era muy (recuente verse sin r^)resentantes la 
propiedad, el comercio, el talento, la industria, cuando en aque- 
lias juntas se llegaban á discutir asuntos de verdadera impor- 
tancia administrativa y política y se tomaban acuerdos de tras- 
cendencia. 

Vizcaya, pues, al experimentar la grande transformaciún 
que está experimentando, creciendo su población considerable- 
mente, dada la honradez, laboriosidad é ilustración de sus habi- 
tantes, no llegará á ser, sino que es ya una de las provin- 
cias predilectas de España. 

Antiguo viajero yo por las vascongadas, á la vez que las 
admiraba, compadecía siempre los extraWos de los hombres 
que ultrajaban la riente naturaleza de aquel suelo, haciéndole 
teatro de sangrientas escenas ; interrumpiendo la preciada paz 
de sus campos con el rencoroso grito de guerra; talando sus 
bellas montañas, pobladas de seculares hayas, fuertes robles y 
fértiles castaños, devastando los preciosos valles, ensangrentan- 
do los cristalinos arroyos, incendiando los enhiestados caseríos, 
y llevando la desolación y el exterminio á donde antes reinara 
la paz y el amor. 

¡ Parece imposible que donde tanto se ama el trabajo se 
abandonara por la destrucción ! ¡ donde tan preciada es la inde- 



pendencia individual, se trocara por la disciplina militar! ¡donde 
tanto se respeta el individuo se gozara con el derramamiento 
de sangre fraternal! 

b He procurado estudiar estas aberraciones y sólo me las he 
explicado por la servil docilidad que hace del honrado aldeano 
y del obediente joven, el inconsciente instrumento de los que 
saben explotar esa docilidad y obediencia paraproducir con ellas 

|la ruina del país. 

Pero hemos dicho que Vizcaya experimenta una gran trans- 
formación, y lo ha demostrado de una manera tan honrosa 
como evidente en la exposición provincial que há tres años ce- 
lebró, protestando con este certamen que representa la civi- 
lización moderna, de las antiguas luchas. En éstas emulan los 

fmás nobles y elevados pensamientos; en aquella las malas pa- 
siones: en la guerra todo conspira á destruir-, en esta liza de la 
inteligencia y del trabajo compiten todos en crear; pretendiendo 
demostrar unos que no se ha extinguido la fratricida raza de 
Caín, ostentan otros su amor á la humanidad empleando su in- 
teligencia en obras útiles ó amenas, cumpliendo así mejor la 
misión del hombre en la tierra. El individuo lucha por la exis- 
tencia, los pueblos por su prosperidad. La exposición á que nos 

Ireferimos evidencia los grandes elementos con que Vizcaya 
cuenta para conseguirla. En ella lució la inteligencia, ese des- 
tello de la divinidad : en ella se vio ese afán de todos por el 
perfeccionamiento de la humanidad ; por crear ó perfeccionar 
esos grandes inventos que contribuyen á enaltecer al hombre, á 
facilitar sus relaciones, á hacer frecuente su trato, á estrechar 
los vínculos sociales, á que fraternicen los hombres; y hasta la 
invención de esas poderosas máquinas de guerra, si no acaba 
con esas luchas á que parece estar condenada la humanidad, 
las abrevia. El tiempo es hoy un gran factor en la vida humana. 
No podía suceder otra cosa cuando nos comunicamos instan- 
táneamente de polo á polo, cuando los mares que parecían ser 
límites del mundo son el medio de rápida y económica comuni- 



6o8 



VIZCAYA 



cación. Intérprete el hombre, aunque limitado, de la sabiduría 
divina, penetra su imaginación en los arcanos de la naturaleza, 
avanza de maravilla en maravilla, se apodera del rayo para di- 
rigirle á su antojo, lleva la escritura y aun el sonido á través de 
los mares, y hace que un pequeño carbón reproduzca por la 
noche la clara luz del día. Asombran los estudios cósmicos, y 
hay que agradecer á la ciencia su constante empeño de poner 
al alcance de todas las inteligencias, tantas maravillas deseo* 
nocidas antes, y hoy patrimonio del vulgo. 

No sólo la Exposición vizcaína ha evidenciado el progreso ' 
de aquel país, sino que ha ayudado á ello su prensa que además 
de numerosa, es ilustrada ; contribuyendo así todos de con- 
suno á ese perfeccionamiento relativo que busca anhelante la 
ciencia así en política como en todos los múltiples ramos del 
saber humano. El trabajo, ó más bien la existencia del jornale- 
ro, el mejoramiento del proletario, la beneficencia, deber del 
Estado, todo se estudia, todo se mejora, y lo mismo contribuye 
al bien público el modesto trabajador que crea ó perfecciona un 
aparato que produce economía en el uso doméstico, afina y 
abarata una tela ó pone á disposición de todas las fortunas 
lo que antes estaba sólo al alcance de los poderosos, que el que 
populariza los estudios astronómicos, el que halla nuevos reme- 
dios á inveterados males, y arrebata á la muerte desgraciados 
seres, que, si no eran sacrificados á la ignorancia, eran víctimas 
del atraso de las ideas y de los tiempos. 

La paz, don del cielo, elemento de riqueza pública, en 
partes es más necesaria que en las Provincias vascongadas ; pu- 
diendo suponerse cuál sería hoy su riqueza, si no hubiera derro- 
chado en las guerras civiles tantos millones de reales. Vizcaya 
sola gastó más de doscientos, é inmoló miles de hombres ; y 
esto sin tener en cuenta lo que dejó de producir, lo que perdió 
el comercio, la industria, la agricultura, todas las artes, todos 
los oficios, porque ni éstos se ejercían: del extranjero se lle- 
vaban, generalmente, vestuarios, armas y municiones. 



VIZCAYA 609 



La distinguida provincia de Vizcaya, que no carece de 
timbres de gloria, no podía verse privada del que adquirió con 
su notable Exposición. Era una necesidad si no había de ir á la 
raza de pueblos de muchísima menos importancia ; y la invicta 
villa, familiarizada con el heroísmo, no podía menos de estarlo 
con la civilización, poseyendo los poderosos elementos de la 
riqueza, de la ilustración y del trabajo. 

Hay en Vizcaya hombres de grande ingenio ; pero pocos es- 
critores. Más lucrativo el comercio, tiene éste la preferencia. 
Entre los publicistas que se han distinguido debemos citar al tan 
conocido D. Antonio Trueba, al erudito profundo D. Camilo 
Villavaso, al gran pensador D. Vicente Arana, los laureados 
poetas éuscaros Sres. Zuricalday y Arrese, á los distinguidos 
escritores D. José M.* Lizama, D, Fidel Sagarminaga, D. Juan 
Delmas, Artiñano, y otros que no por dedicarse á los rudos y 
anónimos trabajos del periodismo, dejan de merecer un lugar 
eminente entre los pensadores y literatos de Vizcaya. 



Finsr 



n 



APÉNDICES 



I^áíD. { 



Álava. — Pág. 9a 



'Escritura de la Incorporación de Álava á Castilla en el año de 1332 



si 



ubre de Dios Padr 



Fijo, e Espíritu Sanio, que son tres per- 
sonas e un solo Uios verdadero que vive e reina por siempre jamás, e de 
, la bienaventurada Virgen Señora Santa María su madre, á quien Nos te- 
nemos por Señora e por abogada de todos nuestros fechos, e a honra e a ser- 
vicio de Dios, e a todos los Santos de la Corte celestial : porque es natural 
cosa que todo home que bien face quiere que lo lleven adelante, e que se non 
mengUe e se pierda, que como quier que crece e mengua el curso de la vida de 
este mundo, aquello es lo que finca en rensembranza por el mundo, e este bien 
es guiador de la su alma ante Dios, e por no caer en olvido lo mandaron los 
Reyes poner en escrito en sus privillejos, porque los otros que reinasen des- 
pués dellos, e tuviesen su lugar fuesen temidos de guardar aquello, e de lo le- 
var adelante confirmándolo por sus privilegios : Por ende Nos catando esto 
queremos, que sepan por este nuestro previlegio todos los homes que agora son 
o serán de aquí adelante, como Nos Don Alfonso por la gracia de Dios, Rey de 
Castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, 
de Jaén, del Algarve, de Algecira, e Señor de Vizcaya, e de Molina, en uno con 
la Reina Doña Maria mi mujer, e porque Don Lope de Mendoza, e Don Bel- 
tran Yañez de Guevara, señor de Oñate, e Juan Furtado de Mendoza, e Fer- 
nand Ruiz, Arcediano de Calahorra, e Rui López, fijo de Don Lope de Men- 
doza e Ladrón de Guevara fijo del dicho Don Beltran Yañez, e Diego Furtado 



6l2 



APÉNDICES 



de Mendoza, e Fernán Pérez de Ayalu, e Fernant Sanches de Velasco, e Gon- 
zalo Yañez de Mendoza, e Furtado Díaz su heraiano, e Lope Garcia de SaU- 
zar, e Rui Díaz de Torres fíjo de Rui Sanches, e todos los otros fijosdalgo, co- 
mo otros cualesquier cofrades que solían ser de la cofradia de Álava, nos 
otorgaron la dicha tierra de Álava que hobiesemos ende el señorío, e fuese rea> 
lenga, e la pusieron en la corona de los reinos nuestros,' e para Nos e para los 
que reinasen después de Nos en Castilla e en León, e renunciaron e se partie* 
ron de nunca haber cofradia ni ayuntamiento en el campo de Arriaga ni en 
otro lugar ninguno á voz de cofradia, ni que se llamen cofrades, e renunciaron 
fuero, e uso e costumbre que hablan en esta razón para agora e para siempre 
jamás, e sobre esto fíciéronnos sus peticiones. 

I. — E primeramente pidiéronnos por merced, que no diésemos la dicha tie- 
rra de Álava nin la enagenasemos á ninguna villa, nin á otro ninguno, mas que 
finque para siempre en la Corona Real de los nuestros Reinos de Castilla e de 
León : por el conocimiento del gran servicio que los dichos ñjosdalgo de Álava 
nos fícieron como dicho es, tenérnoslo por bien; pero que retenemos en Nos 
lo de las Aldeas sobre que contienden con los de Salvatierra, para facer dello 
lo que la nuestra merced fuere. 

IL — Otrosi, á los que Nos pidieron por merced los dichos íijosdalgo, que 
les otorgásemos que sean francos, e libres, e quitos, e esemptos de todo pecho 
e servidumbre con cuanto han e pedieren ganar de aqui adelante, según que lo 
fueron siempre fasta aqui ; otorgamos á todos los fíjosdalgos de Álava, e tene- 
mos por bien que sean libres e quitos de lodo pecho ellos e los sus bienes que 
han e hobieren de aqui adelante en Álava. 

III. — Otrosí, nos pidieron por merced, que los Monesterios e los CoUatot 
que fueron de siempre acá de los fíjosdalgo, que los hayan según que los be- 
bieron fasta aqui, por doquiera quellos fueren ; e si por aventura los CoUaiOi 
desampararen las casas ó los solares de sus señores, que los puedan tomar los 
cuerpos doquier que los fallaren, e que les entren las heredades que hobieren^ i 
tenemos por bien e otorgamos, que los dichos ñjosdalgo hayan los Monesterios 
e los Collazos segund que los hobieren e los deben haber; pero que rctenemoi 
en ellos para Nos el Señorío Real e la justicia. 

IV. — Otrosí, que sea guardado á las Aldeas que há Vitoria la sentencia que 
fué dada entre ellos en esta razón. 

V. — Otrosi, nos pidieron que los labradores que moraren en los suelos de 
los fijosdalgo que sean suyos según que lo fueron fasta aqui, en cuanto moraren I 
en ellos; tenemos por bien e otorgamos, que los fíjosdalgo de Álava hayan ea.| 
los homes que moraren en los sus suelos, aquel derecho que solían e deben ha- 
ber; pero que retenemos en ellos para Nos el Semoyo e el Buey de Marzo, e 
el Señorío Real e la Justicia. 

VI. — Otrosi, nos pidieron por merced, que los homecillos e las colonias que 
acaesciesen de los dichos Collazos c labradores, que los hayan los Señores de 
los Collazos e de los solares o moraren los labradores: tenemos por bien e 
otorgamos que los fíjosdalgo hayan las colonias e los homecillos cada uno de 
ellos de los sus Collazos e de los homes que moraren en los sus suelos segund | 
que los solían e deben haber : pero que retenemos en ellos para Nos el derecho 
si alguno hi habían los Señores que solían ser de la cofradia de Álava. 



VII. — Otrosí, nos pidieron por merced, que otorgásemos á los fijosdalgo y 
á todos los oíros de la tierra el fuero e los privilegios que há Portilla Dibda : i 
esto respondemos que otorgamos e tenemos por bien que los fíjosdalgo hayan 
el fuero de Soporticlla para ser libres e quitos ellos e sus bienes de pecho: e 
cuanto en los otros pleitos c en la justicia tenemos por bien que ellos e todos 
los otros de Álava hayan el Fuero de las leyes. 

VIH.— Otrosi, nos pidieron por merced, que les diésemos Alcaldes fijosdaN 
go naturales de Álava, e si alguno se alzare dellos, que sea la alzada para ante 
los Alcaldes ñjosdalgo que lueren en la nuestra Corte : tenemos por bien e 
otorgamos, que los fíjosdalgo de Álava, que hayan Alcalde ó Alcaldes fijosdal- 
gos de Álava e que ge los damos assi, e que hayan la alzada para nuestra 
Corte. 

IX. — Otrosi, nos pidieron por merced que les otorgásemos, que el Merino ó 
justicia que hobieremos de poner en Álava, que sea fíjodalgo, natural e here- 
dado e raigado en Álava, e non de las Villas; e que non puede redimir por. 
pago á ninguno, ni prender ni matar á ninguno, sin querelloso e sin juicio de 
Alcalde, salvo ende si fuere encartado, e si alguno fuere preso con querelloso, 
que dando fiadores raigados de cumplir de fuero, que sea luego suelto : tené- 
rnoslo por bien e otorgamoslo; pero que si alguno fíciere maleficio atal porque 
merezca pena en el cuerpo, tenemos por bien que lo pueda prender el Merino, 
y no sea sacado por fíadores. 

X. — Otrosi, nos pidieron por merced que les otorgásemos, que cuando Nos 
ó los que reinaren después d« Nos, hob ¡eramos á echar pecho en Álava, que 
los que fueren moradores en los Monesterios e los Collazos, e los moradores 
que moraren en los suelos de los fíjosdalgo, que sean quitos de todo pecho e 
de pedido, salvo del pecho aforado que habemos en ellos que es el Buey de 
Marzo e el Semoyo, e esto que lo pechen en la manera que lo pecharon siem- 
pre fasta aqui : tenemoslo por bien e otorgamoslo, salvo cuando nos fuere otor- 
gado de sus señores. 

XI. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que los labrado- 
res que morasen en los Palacios de los fijosdalgo, e los amos que criaren los 
fijos de los Caballeros, que sean quitos de pecho, según que lo fueron fasta 
aqui : tenérnoslo por bien e otorgamos, que los que moraren en sus palacios que 
sean quitos de pecho, e que sea uno el morador e no mas. 

XII. — Otrosi, que los amos que criaren los fíjos legítimos de los Caballeros, 
que sean quitos de pecho en cuanto los criaren, e que sea á Nos guardado el 
derecho que en ellos hnbemos. 

XI H. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que los fijos- 
dalgo que moraron ó moraren en las aldeas que dimos á Vitoria, que hayan el 
fuero que dimos á los ñjosdalgo de Álava, e que sean librados ellos e lo que 
ellos hobieren por los Alcaldes que Nos dieremos en Álava : tenemos por bien 
e otorgamos, que esto pase segund que se contiene en la sentencia que fué dada 
entre ellos, e los de Vitoria. 

XIV. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que los mon- 
tes, e seles, e prados que hobieran facto aqui los fijosdalgo, que los hayan se- 
guro que los hobieren facta aqui, como dicho es, e que los ganados de los fijos-, 
dalgo que puedan andar en cada lugar, o quier que los fíjosdalgo fueren devi- 



seros e hobieren catas e solares, e todos los otros de la tierra que pascan según 
que lo hobieren de uso e de costumbre fasta aqui : tenemos por bien e otorga» 
raos que los montes, e seles, e prados que hayan cada uno dellos lo suyo, e qae 
puedan pascer con sus ganados en los pastos de los lugares donde fueren deri> 
seros, e los ganados de los labradores e de los otros que puedan pascer, e usar 
e cortar libremente. 

XV. — Otrosi, nos pidieron por merced, que si alguno matare a home ñjoJal- 
go, que peche a Nos, quinientos sueldos por el homecillo, e si alguno fíriere ó 
deshonrare a algún home ñjodalgo, o ñjodalgo que peche quinientos sueldos ¿ 
aquel que rescibiere la deshonra : tenérnoslo por bien e otorgárnoslo. 

XVI. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que Nos, ni 
otro por Nos que no pongamos ferrerias en Álava porque los montes no se yer- 
men ni se astraguen : tenérnoslo por bien y oiorgamoslo. 

XVII.— Otrosi, nos pidieron por merced, que defendiésemos que ninguno 
non faga casa fuera de las barreras; tenemos por bien e otorgamos que esto 
pase según que pasó fasta aquí. 

XVIII. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que las com- 
pras e vendidas, e donaciones e ñadurias, e posturas e contratos que fueren fe- 
chos, e otrosi los pleitos que fueren librados e los que son comenzados fasta 
aqui, que pasen por el fuero que fasta aqui hobieren: tenérnoslo por bien e 
otorgárnoslo. 

XIX. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que si a algunt 
fíjodalgo fuere demandado pecho, que faciéndose fíjodalgo segund fuero «le 
Castilla, que sea libre e quito de todo pecho: tenérnoslo por bien e otorgá- 
rnoslo. 

XX. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que ningún 
fíjodalgo natural de Álava no sea desafíado salvo mostrando a los Alcaldes que 
dieremos en Álava, razón derecha porque non deba haber enemistad e que 
dando fíadores e cumpliendo cuanto mandaren los Alcaldes, que le non desa> 
fíen, e si lo desafíaren, que el nuestro Merino que lo faga afíar: tenérnoslo por 
bien e otorgárnoslo. 

X.XI. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que los que 
vienen de solares de Piedrola e de Mendoza, e de Guevara, e los otros Caballe- 
ros de Álava, no hayan los sesteros e deviseros en los logares do hobieren de- 
visa, según que lo hobieren fasta aqui, e porque esto fuese mejor guardado, 
que les otorgásemos de non facer puebla nueva en Álava : tenemos por bien e 
otorgamos que los fíjosdalgo non hayan sesteros nin devisas de aqui adelante 
en Álava. 

XXII. — Otrosi, nos pidieron por merced, que las aldeas de Mendoza e de 
Mendivil que sean libres e quitos de pecho e que sean al fuero que fueron fasta 
aqui: tenérnoslo por bien por les fucer merced, e otorgamos que sean quitos 
los de las dichas aldeas de pecho, pero que retenemos para Nos el Señorío 
Real. 

XXIII. — Otrosi, nos pidieron por merced, que les otorgásemos que la aldea 
de Guevara onde Don Beliran lleva la voz, que sea escusada de pecho, c de Se- 
moyo, e de Buey de Marzo, segunt que fue puesto e otorgado por ¡unta otro 
tiempo : tenérnoslo por bien por le facer merced e otorgamos que la dicha al- 



dea sea quita de pecho, según dicho es, pero que retenemos en Nos el Señorío 
Real e la Justicia. 

E sobre esto mandamos e defendemos firmemente que ninguno ni ningunos 
nos sean osados de ir nin de pasar contra esto que dicho es, en ningún tiempo 
por alguna manera, si non cualquier ó cualesquier que lo ñciesen, habrá la 
nuestra ira, y demás pecharnos hi han en penas mil maravedís de oro para la 
nuestra Cámara, e si alguno e algunos contra ello quisieren ir ó pasar, manda- 
mos á los Alcaldes e al que fuere justicia por Nos, agora e de aquí adelante en 
tierra de Álava, que ge lo non consientan e que los prendan por la dicha pena, 
e los guarden para facer dellos lo que Nos manderemos. E non fagan ende al, 
so la dicha pena : e demás a ellos e a lo que hobiesen nos tornaríamos por ello. 
E desto mandamos dar a los ñjosdalgo de Álava este nuestro previlegio rodado 
e sellado con nuestro sello de plomo. Fecho el previlegio en Vitoria dos días 
de Abril. Era de mil e trescientos e setenta años. E nos el sobredicho Rey Don 
Alfonso, reinante en uno con la Ri^ina Doña Maria mi muger en Castilla, en 
Toledo, en León, en Galicia, en Sevilla, en Córdoba, en Murcia, en Jaén, en 
Baeza, en Badajoz, en el Algarve, en Vizcaya y en Molina otorgamos este pre- 
vilegio e confírmamoslo. — Juan Pérez, Tesorero de la Iglesia de San Juan, te- 
niente lugar por Fernán Rodríguez, Camarero del Rey lo mandó facer por man- 
dado del dicho Señor Rey en el veinte e un años que el sobredicho Rey Don 
Alfonso reinó. — Yo Hernán Ruiz lo escribí. (Siguen numerosas firmas de con- 
firmantes.) 

E agora los fijosdalgo de Álava con este nuestro previlegio, enviáronnos 
pedir por merced en estas Cortes que ñcieramos en Burgos, que les confirmá- 
semos e mandásemos guardar el dicho previlegio en todo bien c cumplidamen- 
te según que en él se contiene : e Nos el sobre dicho Rey Don Juan, por facer 
bien e merced á los dichos fijosdalgo de Álava, confirmamosvos el dicho pre- 
vilegio, e mandamos que vos vala e vos sea guardado e todo bien e cumplida- 
mente según que mejor e mas cumplidamente vos fue guardado en tiempo del 
Rey Don Alfonso nuestro abuelo, e del dicho Rey Don Enrique nuestro Padre, 
que Dios perdone, e en el nuestro fasta aqui e defendemos firmemente por este 
nuescro previlegio ó por el traslado del, signado de Escribano publico que al- 
guno ni algunos, no sean osados de los ir ni pasar el dicho previlegio del Rey 
Don Alfonso nuestro abuelo, que Dios perdone, agora ni de aqui adelante en 
ningún tiempo, ni por alguna manera e cualquier que contra ello vos fuere e 
pasare, habrá nuestra ira e demás pecharnos, y ha en pena mil maravedís desta 
moneda usual, por cada vegada que contra ello vos fuere ó pasare, e a vos los 
dichos fijosdalgo o a quien la vuestra voz tuviese, lodo el daño e menoscabo 
que por ende rescibiesedes doblado : e desto mandamos dar a vos los dichos 
fijosdalgo de Álava este nuestro previlegio rodado e sellado con nuestro sello 
de plomo colgado : fecho el previlegio en las Cortes que Nos fecimos en la muy 
noble ciudad de Burgos á trece dias de .Agosto. Era de mil e quatro cientos e 
diez y siete años. — Don Peilro, Obispo de Plasencia, Notario mayor de los pre- 
vilegios rodados lo mandó faser por mandado del Rey, en el año primero que 
el sobre dicho Rey Don Juan reinó, se coronó e armó caballero. — Yo Diego 
Fernandez Escribano del Rey lo fice escribir. — Gonzalo Fernandez. — Vista 
Juan Fernandez Alvar Martínez. — Alfonso Martínez. 



E agora los fijosdalgo de Álava enviáronme pedir naerced que les ooofir- 
mase el dicho privilegio e ge lo mandase guardar e cumplir. Yo el sobredicbt 
Rey Don Enrique, con acuerdo de los del mi Consejo, e por facer bien e loe 
i los dichos fijosdalgo, tóvelo por bien e confírmoles dicho privilegio elasi 
cedes en el contenidas e mando que les vala e sea guardado, según que iBriv ' 
e mn> cumplidamente les valió e les Tué guardado en tiempo del Rey Don Eoñ- 
que mi abuelo e del Rey Don Juan mi padre e mi Señor, que Dios perdone, ó ca 
el tiempo de cualquier dellos en que mejor les valió e les fué guardado, eú ti 
mismo fusta aquí; e defíendo firmemente que ninguno sea osado de lesirnt 
pasar contra el dicho privilegio, confírmado en la manera que dicho es,aicoD- 
tra loen el contenido, ni contra parte dello, para que lo quebrantarni reen> 
guor en algún tiempo, por algun.i manera, que cualquier que lo liciese lubrlli 
nuestra ira e pecharme y há la pena contenida en dicho privilegio, e i lo( 
dichos ñjosdnigo o a quien su voz loviere, todas Ins costas e dagnos c menot- 
cubos que por ende recibiesedes doblados: e demás mando a todas las Justjciff 
O ofK'iult's de los mis Reinos do esto acaesciere, asi á los que agora son coom 
4 los que serdn de aqui adelante e a cada uno dellos, que ge lo non consientan, 
roas que los defiendan c amparen con la dicha merced en la manera que dicho 
ei, c que prendan en los bienes de aquellos que contra ello fueren por la dicha 
pcnii, c guarden para faser dellos lo que la mi merced fuere, e que enmiendes 
o fiigiin enmendar á los dichos fijosdalgo de Álava o a quien su voz loWere, dt 
lodiif Ins costas, e daños, e menoscabos que rescibieren, doblados, comodidM 
os, o ademas por cualquier e cualesquíer por quien ñncare de lo asi faser e 
cumplir, mando al home que esce privilegio les mostrare o el treslado del, «$• 
nudo de Kscrivano público, sacado con autoridad de Justicia ó Alcalde, qK 
los empliice que parezcan ante Mi en la mi Corte del dia que los emplanreí 
quince diu.i primeros siguientes, so la dicha pena a cada uno a decir porqvc 
rucan no cumplen mi mandado; e mando so la dicha pena a cualquier Escfi- 
vano público que para esto fuere llamado, que dé ende al que vos la mostran 
leiliinonio signado con su signo; e de esto les mandé dar este mi privilegio 
escrito en pergamino de cuero e rodeado e sellado mi sello de plomo pendien- 
le: el privilegio leído dadgelo. Dado en las Cortes que yo mandé faser en li 
vlllu do Madrid a veinte dias de Abril uño del nacimiento de nuestro Salvador 
Jeiucristo de mil e trescientos e noventa un años. — El Infante Don Femando 
hermano del Rey, Señor de Lara, Duque de Peñafiel, Señor de Mayorga coa 
Armn, etc. (Siguen numerosas confirmaciones.) 

Concuerda con el registro que está en los libros de mercedes y prtrikg:^ 
con otro que obra en las Contadurías generales, núm. 2 150, y con un letrimo» 
nio auténtico que está entre los papeles de la Secretaria de Hacienda. 

A excepción de levísimas variantes de copia, pero no sustancíales en el 
fondo, excepto en la cláusula vii que es vi en la de Vitoria, concuerda esta 
copiíi dol Archivo de Simancas con el original que existe en el de la provincia 
de Álava. F.l privilegio está confirmado por el Rey D. Pedro en i363; D. Enri- 
que II en 1374; D. Juan 1 en 11 de Agosto de i'}-<); D. Enrique III, so 
Abril i3oit cuando se hallaba celebrando Cortes en Madrid la Reina regen- 
te D.* Catalina, durante la minoría de D. Juan II, 5 Abril 1413, y luego el Rey 
li Mano 1410; D. Enrique IV en a de Abril de 1455 ; los Reyes Católico» es 



APÉNDICES 017 



aoSetíembre de 1483 7 i5 de Febrero de 14S4; el Emperador D. Carlos 
en 1524; D. Felipe II en 3o Agosto de i56o, mencjonindose en esta confirma- 
ción la de su padre el Emperador j la de su abuela la Reina D.* Juana: D. Fe- 
lipe III el 4 de Marzo de lóai; D. Felipe IV en iS Enero de ió5i; D. Carlos II 
en a6 Marzo 1680; D. Felipe V en 11 Julio de 1701 ; D. Femando VI en 5 Ju- 
nio de 1748 ; D. Carlos III en ó de Febrero de 1760 ; D. Carlos IV en 20 Ocni- 
bre de 1789; D. Femando Vil S de Setiembre de 1814. 



I^áfl). 2 



G V I p r z c o A . — Pág. 24Í 



«^'^ oÑA Juana, por la gracia de Dios. Reyna de Castilla, de León, Je Gua- 
1 9 dalajara, de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de 
^^^ Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Cana- 
rias, de las Islas, Indias é Tierra Firme del mar Occeano, Princesa de .Aragón, 
de las dos Sicilias, de Jerusalen, de Navarra, Archiduquesa de .Austria. Du- 
quesa de Borgoña e de Bravante, Condesa de Flandes é de Tirol, Señora de 
Vizcaya é de Molina. Por cuanto á mi, é a todos es público é notorio, que en 
el mes de Diciembre del año pasado de mil quinientos y doce, al tiempo que 
el Exército de los Franceses, autores y favorecedores de la Cisma, en que habia 
mucho numero de Alemanes, é otras Naciones, alzaron el Cerco de sobre la 
Ciudad de Pamplona, que es en el nuestro Reyno de Navarra, los Fijos-Dalgo 
Vecinos é moradores de la mi M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa que á la 
sazón se fallaron en la Tierra, aunque la mayor parte de los Hombres de Gue- 
rra de la dicha Provincia, andaban fuera de ella en mi Servicio, especialmente 
en dos armadas de Mar, la una mia, y la otra de los Ingleses, que yo mandé 
proveer, y en otras Armadas de Mar y de tierra se levantaron esforzadamente, 
é salieron á ponerse en la delantera de los dichos Franceses, é los fallaron en 
el Lugar llamado Veíate, e Leyzondo, que son en dicho Reyno de Navarra, 
donde varonilmente pelearon con ellos, é desbaratándolos, é matando muchos 
de ellos, les tomaron por fuerza de armas toda el -Artilleria que llevaban, que 
eran doce Piezas de metal, conque valieron y combatieron á la dicha Ciudad 
de Pamplona, á la cual los dichos Guipuzcoanos, que asi ganaron la dicha Ar-> 
tilleria, la levaron á su costa, y con la gente que la ganó y la entregaron al 
Duque de Alva, nuestro Capitán General, que alli estaba, para que aquella Ar- 
tillería, que primero le ofendió y le tuvo cercado en la dicha Ciudad, fuese 
dende en adelante en su favor, é de ella, é quedase, como quedó, para nos, é 

7» 



6{8 



APÉNDICES 



Armas de Guipúzcoa 



para nuestro servicio. Y porque es razón, que de tan señalado servicio quede 
perpetua memoria, y entre las otras honras y mercedes, que por ello la dicha 
Provincia merece, tenga la dicha Artillería por Armas. Por la presente acatan- 
dolo suso dicho, e porque á la dicha Provincia quede perpetua memoria de 

ello, y los que ahora son y serán de 
aqui adelante tengan voluntad de 
guardar y acrecentar su honra en los 
fechos de Armas, que se recrecieren, 
y otros tomen ejemplo, y se esfuercen 
a facer semejantes cosas ; doy por 
Armas á la dicha Provincia las dichas 
doce piezas de Artillcria, y les doy 
poder é facultad para que juntamente 
con las armas que ahora tiene, que 
es un Rey asentado sobre la Mar con 
una Espada en la mano, puedan poner 
la dicha Artillería en sus Escudos, 
Armas y Sellos, Vunderas y obras, é 
otras cosas, en que se hubieren de 
poner sus Armas, las quales han de 
ser de la manera que en este Escu- 
do van pintadas, é mando al llustrisimo Principe Don Carlos, mi muy caro é 
muy amado Fijo, é i los infantes, perlados. Duques, Marqueses, Condes, Ri- 
Cos-Horaes, Maestres de las Ordenes é á los del mi Consejo, Oydores de las 
mis Audiencias, Alcaldes, Alguaciles de la rai Casa y Corte, é Chancillcrias, é 
i los Priores, Comendadores, Subcomendadores, Alcaydes de los Castillos, 
Casas Fuertes é Llanas, é á todos los Consejos, Justicias, Regidores, Caballe- 
ros, Escuderos, Oñciales, é ({ornes Buenos de todas las Ciudades é Villas é 
Lugares délos mis Reynos é Señoríos, así á los que ahora son, como á los que 
serán de aqui adelante, é á cada uno, é qualquier de ellos, que guarden é cura- 
plan, ó fagan guardar esta mi carta de privilegio en todo lo en ella contenido, 
é que en ello ni en parte de ello no pongan, ni consientan poner embarazo, ni 
impedimento alguno ahora, ni en algún tiempo, ni por alguna manera, so pena 
de la mi merced ¿ de mil doblas de oro para la mi Cámara é Fisco á cada uno 
que lo contrario ficiese, é demás mando al Home, que les esta mi Carta mos- 
trase que los emplace, que parezcan ante mi en la mi Corte, do quicr que yo 
sea, del dia que los emplazare fasta quince días primeros siguientes, so la dicha 
pena; só la qual mando á qualquier Escribano público, que para ello fuere 11«> 
mado, que dé al que ge la mostrare Testimonio signado con su Signo, porque 
Yo sepa en como se cumple mí mando. Dada en la Villa de Medina del Campo 
á veinte y ocho días del mes de Febrero, año del Nacimiento de nuestro Señor 
Salvador Jesu-Crisio de mil quinientos y trece años. — Yo bl Rev. — Yo Lope 
Couchillos, Secretario de la Reyna nuestra Señora, lo fíce escribir por manda- 
do del Rey su Padre. 



APÉNDICES 



619 



I^ám. 



GuipOzcoa. — Pág. 170 



f^ ERENfsiMo Señor: — Don José Antonio de Yarza, Diputado General de 
v^^ esta M. N. y M. R. Provincia de Guipúzcoa, Don Miguel de Aramburu. 
j™^ Don Juan Felipe de Murguia Idiazquez y Don Antonio de Iriarie Eli- 
salde todos cuatro con el secretario de la dicha Provincia, Diputados por ella, 
para prestar su obediencia en manos de V. A. al señor Rey cristianísimo que 
Dios conserve, en virtud de lo que ayer, quando se sirvió V. A. admitir benig- 
namente este acto, les ordeno, proponen á la clemencia de V. A. que esta pro- 
vincia, desde su primitiva población, se mantubo siempre libre hasta el año de 
mil y docientos, en que voluntariamente se unió á la corona de Castilla con la 
misma livertad y fuero particular, usos y costumbres, que los señores Reyes 
Católicos han mantenido, añadiendo su Real generosidad y fortificación diver- 
sos privilegios y confírroando según los tiempos leyes y ordenanzas especiales 
con las cuales se ha governado la Provincia con el aprecio y provecho que es 
publico en el Mundo. 

Estos fueron leyes, ordenanzas y privilegios, practicados y observados in- 
concusamente por los señores Reyes Católicos sus predecesores los confirmo 
el presente Rey de España el señor Don Felipe 5.° especifica y literalmente en 
Providencia Real de 28 Febrero de 1704 y están impresos en el libro separado; 
lo que los suplicantes en nombre de esta providencia deven pedir al señor Rey 
Cristianisimo y que V. A. en su Real nombre, es que se digne declarar que la 
obediencia prestada por la Provincia en nnanos de V. A. se entiende por su 
soverana piedad debajo de la calidad de guardarle todos sus fueros, privile- 
gios, leyes, usos y costumbres, en la misma forma que están impresos y de 
guardarla tamvien comoá sus ciudades, villas y lugares, los demás particulares 
privilegios, honores, gracias, mercedes, facultades y arvitrios que gozan para 
su govierno y subsistencia en servicio del Rey, sirviéndose V. A. conceder á la 
Provincia su declaración y providencias, de modo que la aseguren en el honor 
y en el consuelo de la futura observancia de su natiba livertad, fueros, privile- 
gios y franquezas, que quedan referidos. 

Proponen á V. A. que en la esterilidad de este terreno como resulta de los 
fueros, los medios casi únicos de mantener á sus habitadores, han sido el co- 
mercio franco, de libre empleo del fierro y de los pocos puntos propios, la 
Introducción y abasto de los estraños, y la fábrica de Bajeles y de Armas, para 



que es acomodada la situación de la Provincia, y lo facilita el genio de los ha- 
bitadores de ella y piden á V, A. se sirba recibir y florecer con las probidcn- 
cias y órdenes más prontas de S. M . estos medios como precisos para que estos 
naturales no abandonen por la pobreza el Pa{s y puedan ser de senricio 
á S. M. como lo desean. 

Proponen á V. A. que una parte esempcial del Comercio de esta Provincia 
ha sido la libre pesca del Bacalao en los puertos de Plasencia y Terranoba de 
que los hijos de esta Provincia fueron los primeros descubridores, resultando 
de esta nabegacion, un especial beneficio de la Monarquía en la abundancia de 
este necesario mantenimiento, y la crianza de numerosa y diestra marinería y 
porque sobre la libertad de esta pesca pactada en el tratado de la paz de Utrech 
á nuestro favor tiene la Provincia debajo del Real amparo, instancias pendien- 
tes en la Corte de Inglaterra, suplican á V. A. sus oficios para que S. M. se 
interese eficazmente desde luego con el señor Rey Británico en el cumplimien- 
to de lo pactado en favor de la Provincia y de sus habitadores, para que asi 
reciba y asegure en su aübío esta ventaja de Comercio, que hasta estos últimos 
tiempos han continuado sin contradicion. Proponen á V. A. también que los 
señores Reyes Católicos en fuerza de la Natural Nobleza y libertad de esta 
Provincia, nunca la han grabado con alojamiento de soldados, ni cuando se 
han ofrecido tránsitos, sino con el solo simple cubierto y que esta exempcion 
se la observo también S. M. quando pasaron sus auxiliares tropas el año de mil 
setecientos y cuatro, formándose con sus Ministros y por la Provincia, regla- 
mento particular con el posible alivio y comodidad de los soldados, y por algu- 
nos desórdenes que á principios de este presente año se han esperimentado y 
aprobado por el Señor Rey Católico el reglamento general de que ponen una 
copia en manos de V. A. y piden á V. A. sus órdenes para que observe perpe- 
tuamente como providencia competente á la nobleza y livertad déla Provincia, 
y precisa en su esterilidad para la conserbacion de sus habitadores: Todo lo 
esperan los suplicantes, de la magnanimidad y justificación de S. M. y de los 
favorables benignos oficios de V. A. y lo firmamos en este Campo Real de San 
Sebastian á 5 de Agosto de 1719 : — Don José Antonio de Yarza — Don Miguel 
de Aramburu— Don Juan Felipe de Murguia Idiaquez — Don Antonio de Iriarte 
y Elizalde. — PorlaM. N. yM. L. Provincia de Guipúzcoa, — Don Felipe de 
Aguirre, Secretario. 

Por las noticias que tengo de las Reales intenciones del Rey cristianísimo 
mí amo (que Dios guarde) y de las de su Alteza Real el Señor Duque de Orleans 
Regente del Reino, en favorecer á los pueblos de la Provincia de Guipúzcoa 
recientemente conquistada, acepto en el Real nombre de S. M. las muy humil- 
des representaciones insertas en las cartas que me dieron los Diputados de 
dicha Provincia los quales se havian ¡untado en Tolosa, y lu copia de dicha 
carta esta antes de este decreto, y porque no quede alguna dificultad sobre los 
capítulos que ban contenidos en dicha carta he convenido con los dichos Di- 
putados: I.» Que no se dará ningún toque á los fueros, privilegios, leyes, usos, 
costumbres, honores, gracias, mercedes, facultades y arbitrios de que goza la 
dicha Provincia de Guipúzcoa para su govierno y subsistencia de los cuales 
les concedo desde luego ia confirmación como á sus ciudades, villas. Pueblos 
y Lugares, de suerte que gozen de ellos conforme han sido confirmados por 



APÉNDICES 621 



los Señores Reyes Católicos, y en estos últimos tiempos por el Rey Don Fe- 
lipe 5.0 que Dios guarde, sin innobar cosa alguna, prometiendo á la dicha Pro- 
vincia y á sus havitadores y moradores de procurarles un decreto de S. M. mi 
Amo si fuere necesario. 2.° Que los habitadores de la dicha Provincia, siendo 
ahora sugetos del Rey mi Amo, tendrán el comercio libre, no solamente en los 
puertos del Reyno del Rey mi Amó, mas tamvien en los de sus confederados, 
y amigos de S. M., en la conformidad que le tienen sus Basallos, y de la suerte 
que les pareciere el mas útil para subsistencia y conveniencia de los pueblos y 
conforme se practicaba antes de la declaración de la guerra. 3.» Haré mis ofi- 
cios con el Señor Stanhope, Ministros y plenipotenciarios de Inglaterra en lo 
que toca al libre comercio y pesca de vacallao en Plasencia y en los demás 
Puertos de Terranova. 4.° que no será innobado cosa alguna en lo que toca al 
transito y alojamiento de las tropas en las tierras de la dicha Provincia, sea en 
lo que puede concernir los presidios, sea en lo que tocare las tropas que tran- 
sitaren por los lugares del territorio, conforme al cap. 6.0 del título 24 del libro 
de la recopillacion de los fueros de la Provincia, el cual capitulo trata de las 
lebantadas y cosas de guerra, y dice que los comisarios de guerra del Rey, 
conduciendo las tropas las remitirán y entregarán á los comisarios nombrados 
por la Provincia para que los dichos comisarios los conduzcan en sus tránsitos 
hasta los lugares á donde deven llegar; y por evitar todos géneros de desórde- 
nes se hará en reglamentos sobre este Capitulo entre el señor intendente el 
Ejercito el Rey mi amo y los Diputados de la Provincia dado en el campo de 
San Sevastian Agosto 7 de 1719. — Berwick. — Don Pedro de Merville. 



Il^DIO^ 



PXgi»a«. 



Prólogo. 



Capítulo PRIMERO. — Primitivos pobladores de Álava. — Vestigios pre- 
históricos. — Monumentos celtas. — Dominación romana. — Restos de 
monumentos romanos 47 

Cap. II. — Siglo v.— Los godos en España. — dominación de los Reyes 
de Asturias. — Formación del conaado de Álavq. — Guerras entre los 
reyes de Navarra y Castilla. — Conquista de Álava por D. Alfonso 
de Castilla. . ., . 63 

Cap. III. — Unión de Álava con Castilla. — Célebre cofradía de,Arriaga. 
— Fueros, privilegios y exenciones concedidos á Vitoria y Álava por 
varios monarcas 87 

Cap. IV. — Estado social. — Orden de la Banda. — Servicios de los alave- 
ses. — El conde de Siilvatierra y los comuneros. — Pero López de 
Avala- — Ordenanzas 99 

Cap. V. — Álava antigua. — Basílica de Armentia. — Santuarios de Nues- 
tra Señora de Ayala y de Estibaliz. — Monumentos antiguos de Vi- 
toria. — Sama María. — San Vicente. — San Pedro. — Casas de la Cu- 
chillería. — Casa de los Álavas 119 

Cap. VI. — Disensiones civiles. — Deplorable situación del pueblo. — Des- 
potismo de los magnates , i39 

Cap. VII.— Apuntes de la historia moderna de Álava. — Señoríos.— Des- 
población. — Aduanas.— .Sumisión á Francia. — Patriotismo de los 
alaveses. — El general Álava 149 

Cap. VIII. — Fueros 161 

Cap. IX. — Álava moderna. — Edilicios públicos de Vitoria. — Aspecto de 

la población. — Paseos 169 

g-tjtfXjtzgoa. 

Capítulo primero. — Investigaciones históricas. — Señores en Guipúzcoa. 
— Cambios de dominio. — Su voluntaria unión á Castilla. — Lealtad y 

nobleza de ambas. — Cuestiones exteriores i?o 

Cap. II. — Guerras y tratados de Guipúzcoa con Inglaterra 20J 

Cap. III. — Beotivar. — Servicios y mercedes. — Los guipuzcoanos en Ca- 
narias ai I 

Cap. IV. — Luchas por mar y tierra. — Parientes mayores. — Oñacinos y 

gamboinos. — Desastres, — Hermandad 2ai 

Cap, V. — Entrevista regia. — Muerte de Gaón en Tolosa. — Mala adminis- 
tración de justicia. — Ingleses y guipuzcoanos. — Rivalidades de pue- 
blos. — Invasión francesa. —Servicios marítimos y terrestres de los 
guipuzcoanos. — Complemento al escudo de armas de Guipúzcoa. — 
Capitulación de Fuentcrrabía. — Valerosos guipuzcoanos. — Recupe- 
ración de Fuenterrabía a39 

Cap. VI, — Los comuneros y los guipuzcoanos. — Francisco I y Carlos V 

en San Sebastián i5b 

Cap. VII. — Glorias marítimas de Guipúzcoa.— La monja alférez. . . zbg 

Cap. VIII. — Antigüedades artísticas de Guipúzcoa _ . «69 

Cap. LX. — Viajes regios. — Armamentos. — Nuevas armas. — D. Felipe IV 

en San Sebastián 5o3 



ÍNDICE 



62'í 



PXCIWAS. 

Cap. X. — Conspiraciones. — Piratería inglesa. — Segregaciones. — Los gui- 
puzcoanos en Terranova y en Spitzberg. — Rivalidad de los ingleses. 

— Marina pesquera de San Sebastián 809 

Cap. .\I.— Sitio y gloriosa defensa de Fuenterrabía 317 

Cap. XII. — Servicios de la provincia. — Isla de los Faisanes. — Paz de los 
Pirineos. — Reyes de Francia y de España. — Incidentes. — Tratados y 

proyecto de repartición de España 341 

Cap. .KIII. — Principios del reinado de Felipe V. — Aduanas. — Nueva gue- 
rra con Francia. — Defensa y sumisión de Guipúzcoa 35 1 

Cap. XIV. — Compañía de Caracas. — Presas. — Penaflorida y la Sociedad 
Vascongada de Amigos del País. — Disturbios. — Comercio con Ma- 
rruecos 371 

Cap. XV.— Oñate 379 

Cap. XVI. — Guipúzcoa ante la república francesa. — Actitud de Godoy 
para con los vascongados. — Heroísmo de José Goicoa. — Saqueo é 

incendio de San Sebastián 385 

Cap. XVM. — Industria antigua y moderna SpS 

Cap. XVIII. — Guerras civiles 401 

Cap. XI.K. — San Sebastián moderno. — Ediñcios notables. — Paseos. — 
Puerto. — El Casino. — Motrico. — Mondragón. — Leyendas y tradicio- 
nes. — Escritores guipuzcoanos contemporáneos 4o3 

Capítulo primero. — El país y sus habitantes. — Su antigüedad. . , . 433 

Cap. II. — Señores de Vizcaya 453 

Cap. IH. — Importancia política del señorío. — Hermandades. — D. Enri- 
que III en Vizcaya. — Anteiglesias y villas 471 

Cap. IV.— Guerra de linajes. — Horribles venganzas. — Ferocidad. — Don 
Lope García de Salazar. — Retos. — Severidad de la justicia. — El 
clero 479 

Cap. V. — San Martín de Muñatones. — Disturbios. — Jura los fueros Isa- 
bel la Católica.— Ordenanzas de Chinchilla. — Justicia 5oi 

Cap. VI. — Bondad de! pueblo. — Camino de Orduña. — Milicia. — Servi- 
cio de millones. — Impuesto sobre la sal. — Motín popular. . . . 5i3 

Cap. VII. — Nuevos motines. — Sublevación. — Excesos. — Castigos. — Ge- 
nerosidad 5ai 

Cap. VIII. — Vizcaya ante los franceses. — Puerto de la Paz. — Zamácola. 
— Lucha entre el señorío y Bilbao. — Nueva sublevación y nuevos 
excesos. — Enemiga de Gouoy. — Invasión francesa. — Patriotismo y 
desconcierto. — Excesos de los franceses guerrilleros. — Guerra civil, 5a7 

Cap. IX. — Vizcaya artística. — Bilbao. — Iglesias, edificios civiles, paseos. 

— El Puerto y la Ria. 541 

Cap. X. — Vizcaya artística. — Durango. — ídolo de Miqueldi. — San Miguel 
de Arrechinaga. — Sepulcros de Elorrio ó Argumeta. — Guernica. — 
Torre-palacio de Arteaga. — Lequeitio. — Romerías y diversiones. 
—Fin 573 

Apéndices 611 



PLANTILLA PARA LA COLDfACIIJN DE LAS lÁfflNAS 

ALAV.\ Vitoria. — San Vicente t34 

» » Paseo de la Florida 18a 

GUIPÚZCOA. Santuario de Loyola . . ao8 

» OÑATE. — Fachada de lo Universidad 38a 

» Campesino de las cercanías de San Sebastián. . . . 434 

VIZCAYA. . . . Aldeana de Alonsótegui 442 

» Castillo de Zaldua 4S0 

» Ría de Bilbao. — La Orconera 566 



ERRATAS 



HgtBOS. 


Linea. 
20 


Dlct. 


Dibi ieelT. 


XIII 


á la Iberia. 


á Iberia. 


TVIII 


2 


^durísimos robles y más durísi- 
\ mas hayas. 


ídurísimas y más durísimos ro- 


ATlIl 




t bles. 


ZXTII 


3 


hay una tradición. 


hay tradición. 


XZIZ 


18 


Babilonia. 


Babel. 


48 


27 


cosecha de toda. 


cosecha toda. 


62 


i3 


y que no. 


y no. 


160 


2 


obra iba. 


obra que iba. 


160 


3 


que se suspendió. 


se suspendió. 


3o8 


8 


alumbrando. 


alumbrado. 


344 


7 


como. 


cual. 


399 


3o 


Felipe. 


Felipa. 


408 


6 


conjunto. 


edificio.